La lucha con el demonio

Por: Stefan Zweig
Fuente: Ensayo del mismo nombre y mismo autor

La tragedia de Federico Nietzsche es un monodrama: en la corta escena de su vida, no presenta a ningún otro personaje sino a sí mismo. Durante todos los actos de esta tragedia que se precipita como una avalancha, este luchador solitario se encuentra solo bajo el cielo tempestuoso de su destino; nadie está con él, nadie se opone a él; ninguna mujer endulza con su tierna presencia la tensión de la atmósfera. Todo movimiento parte únicamente de él, y repercute únicamente sobre él: las pocas figuras que, al principio, siguen su sombra, no acompañan sino con gestos mudos de asombro y de espanto su heroica empresa, y se apartan, poco a poco, como ante un peligro. Ni un solo humano se atreve a correr el riesgo de entrar plenamente en el círculo interior de este destino: Nietzsche habla siempre, lucha siempre, sufre siempre para sí mismo. No dirige la palabra a nadie y nadie le responde, y, lo que es más terrible aún, nadie lo escucha.

No hay seres humanos, ni actores, ni oyentes en la tragedia — de un heroísmo único — de Nietzsche, pero no hay tampoco escena propiamente dicha, ni paisaje, ni decorado, ni trajes: ella es representada, por decirlo así, en el espacio vacío de la idea. Basilea, Naumburgo, Sorrento, Sils-María, Génova, estos nombres no son los que corresponden a los verdaderos ambientes de Nietzsche, sino simplemente piedras miliares a lo largo de un camino recorrido en un vuelo abrasador, son sencillamente descoloridos bastidores. El decorado de esta tragedia es en realidad siempre el mismo: aislamiento, soledad, esa soledad atroz sin palabra y sin respuesta, que el pensamiento nietzscheano comporta a su alrededor y en sí mismo, cual impenetrable campana de vidrio, soledad sin flores ni luz, sin música, sin animales, sin seres humanos, soledad aún sin Dios, esa soledad muerta y petrificada de un mundo primitivo, anterior y posterior a todos los tiempos. Pero lo que hace que su vacío y su tristeza sean tan horribles, tan espantosos y, al mismo tiempo, tan grotescos, es el hecho inconcebible que esta soledad desierta, este ventisquero, se encuentre, intelectualmente hablando, en medio de la Alemania nueva, que vibra y retumba de ferrocarriles y telégrafos, de gritos y tumultos; en el centro .de una cultura cuya curiosidad es enfermiza, que esparce todos los años por el mundo cuarenta mil volúmenes, que estudia cada día mil problemas en cien universidades que, cada día, representa tragedias en centenares de teatros y que, sin embargo, no sabe, nada adivina ni nada siente de este formidable drama del espíritu que se desarrolla en su propio ambiente, en su círculo más íntimo.

Es precisamente en sus momentos más grandiosos, que la tragedia de Federico Nietzsche ya no tiene un solo espectador, ni oyente, ni testigo en el mundo alemán. Al principio, mientras habla de lo alto de su cátedra de profesor y mientras la luz de Wagner lo destaca, su discurso suscita aún un poco de atención; pero cuanto más desciende al fondo de sí mismo, tanto más se sumerge en la profundidad del tiempo, y tanto menos resonancia encuentra. Uno después de otro, los amigos, los extranjeros, se levantan alarmados durante su monólogo heroico, sorprendidos por las transformaciones cada vez más salvajes, por los éxtasis más y más ardientes del filósofo, y lo dejan espantosamente solo en la escena de su destino. Poco a poco el actor trágico se inquieta de hablar absolutamente en el vacío; siempre alza más la voz, grita y gesticula para hacer nacer un eco o, a lo menos, una contradicción. Inventa, para maridarla a su letra, una música — una música resplandeciente, embriagadora, dionisíaca, pero ya nadie lo escucha. Recurre a las arlequinadas, a una alegría forzada, estridente y penetrante: hace dar cabriolas a sus frases y las adorna de serpentinas, sencillamente para atraer, con estas entretenciones artificiales, un auditorio para su evangelio de una seriedad terrible; pero ninguna mano se mueve para aplaudir. Por fin inventa una danza, una danza de espadas y, herido, destrozado, sangrante, ejerce ante el público su nuevo arte mortal, más nadie adivina el sentido de sus bufonadas chillonas, ni la pasión herida a muerte que se oculta en aquella frivolidad afectada. Sin oyente y sin eco, termina ante bancos vacíos el drama más extraordinario del espíritu que se haya ofrecido a nuestro siglo agitado. Nadie dirige la mirada hacia él cuando el trompo de sus pensamientos, vibrando sobre una punta de acero, salta por última vez magníficamente, para caer por fin, extenuado al suelo, — “muerto ante la inmortalidad”.

Este estado de aislamiento consigo mismo, este modo de estar solo frente a sí mismo, es el sentido más profundo, la angustia sagrada y sin ejemplo de esta tragedia, que fue la vida de Federico Nietzsche; jamás plenitud tan grandiosa del espíritu ni orgía tan extrema del sentimiento fueron colocadas ante un vacío del mundo tan enorme, ante un silencio tan metálicamente impenetrable. El no ha sabido lo que es encontrar adversarios importantes; de este modo, la más poderosa voluntad de pensamiento “encerrada en sí misma, y perforándose ella misma”, tiene que buscar respuesta y resistencia en su propio pecho, en su propia alma trágica. No es al mundo, sino a los girones sangrantes de su propia piel, como este espíritu enfurecido par el destino, arranca, como Hércules, su túnica de Neso, aquel ardor devorador, para quedar desnudo frente a la verdad suprema, frente a sí mismo. Más que estremecimiento glacial alrededor de esta desnudez, que silencio alrededor de este grito sin precedente del espíritu, que cielo espantoso con nubes y relámpagos, se extiende sobre el “asesino de la divinidad”, quien, no teniendo adversario que salga a su encuentro, ataca sin piedad a su propio ser, “conocedor de sí mismo, verdugo de sí mismo”. Empujado por su propio demonio más allá del tiempo y del mundo, más allá aún del límite, más extremo de su ser.

Sacudido, ¡ay! por fiebres desconocidas. Temblando ante las flechas aceradas y consistentes de la frialdad. Rechazado por tí, ¡oh, pensamiento! ¡Indecible! ¡Sombrío, aterrador! retrocede a veces estremeciéndose, con mirada de espanto, al reconocer cuan lejos lo ha precipitado su vida más allá de todo lo que es viviente y todo lo que ha sido. Pero un impulso tan poderoso ya, no puede detenerse: con plena confianza y en el éxtasis más extremo de la embriaguez de sí mismo, cumple el destino que su querido Hoelderlin le prefigurara, — su destino de Empédocles.

Un heroico paisaje sin cielo, un juego gigantesco sin espectadores, el silencio, un silencio cada vez más intenso alrededor del grito más terrible de la soledad del espíritu, tal es la tragedia de Federico Nietzsche. Habría que abominarlo como una de las numerosas crueldades insensatas de la naturaleza, si no lo hubiera aceptado él mismo extáticamente y si no hubiera escogido y amado la dureza única, a causa también de ese carácter único. Pues, por su propia voluntad, con toda lucidez, renunciando a una existencia asegurada, se ha construido esa “vida particular” con el más profundo instinto trágico, desafiando a los dioses con un valor sin ejemplo, para ”experimentar por sí mismo el más alto grado de peligro en que puede vivir un hombre”.

”¡0s saludo, demonios!” Lanzando gritos regocijados del “hybris”, tal como en una noche de alegría, a la manera de los estudiantes, Nietzsche y sus amigos filósofos evocan a las Potencias a la hora en que rondan los Espíritus, vierten por la ventana el rojo vino de sus vasos llenos a la calle dormida de la ciudad de Basilea, como una libación a los Invisibles. No es aquello más que una broma de la imaginación, que adivina un presentimiento más profundo: pero los demonios oyen el llamado y persiguen al que los ha desafiado, hasta que el juego de una noche llega a ser la tragedia grandiosa de un destino.

Sin embargo, Nietzsche jamás se sustrae a las exigencias monstruosas que lo atraen y arrastran irresistiblemente: mientras mayor es la dureza con que lo golpea el martillo, mayor es la claridad con que resuena el bloque de bronce de su voluntad. Y, sobre aquel yunque llevado al rojo por el fuego del poder, se forja, siempre más duramente, a cada golpe redoblado, la fórmula que acoraza en seguida de bronce a su espíritu, la “fórmula de la grandeza del hombre”: “amor fati”: no querer cambiar ningún hecho en el pasado, en el porvenir, eternamente: no soportar la necesidad, menos aún disimularla, sino amarla”. Esta canción de amor ferviente, dirigida a las Potencias, cubre ditirámbicamente el grito de su propio dolor; arrojado al suelo, vencido por el silencio del mundo, devorado por sí mismo, roído por todas las amarguras del sufrimiento, no eleva jamás las manos para pedir paz al destino. Al contrario, reclama una angustia más grande, una soledad más profunda, un sufrimiento mas completo. La prueba más rigurosa a la cual pueda someterse su re sistencia, no es para sustraerse, sino únicamente para unirse, y alza las manos a fin de hacernos escuchar la oración más magnífica del héroe: “¡Oh Voluntad de mi alma, que yo llamo destino, tú que estás en mí; tú que estás por encima de mí, consérvame y presérvame para un gran destino.Y aquel que sabe orar con tal grandeza será escuchado.

DOS RETRATOS

Imagen patética del héroe. He aquí cómo lo figura la mentira marmórea, la leyenda pintoresca: una cabeza heroica muy erguida, una frente alta, abovedada, surcada por pensamientos sombríos, la ola de los cabellos pesando poderosamente sobre una nuca fuerte y prominente. Bajo las cejas enmarañadas, fulgura una mirada de potente halcón; cada músculo de este rostro se revela tenso de voluntad, salud y vigor. El bigote a la Vercingetorix cae virilmente sobre una boca áspera y sobre una barba pronunciada, mostrándose el guerrero bárbaro. Y, sin quererlo, completamos esta cabeza de león robustamente musculada, con un cuerpo de Vikingo germánico que avanza a grandes pasos, con la espada de la victoria, el cuerno de caza y la lanza. Haciendo de él arbitrariamente un superhombre alemán, una figura antigua de Prometeo encadenado, es así como nuestros escultores y pintores les gusta representar al solitario del espíritu, para hacerlo más accesible a una humanidad de poca fe a la que el libro del escolar y la escena han incapacitado para comprender lo trágico en otra forma, que con vestimentas teatrales. Mas, lo verdaderamente trágico, nunca es teatral, y es por esto que el verdadero retrato de Nietzsche es infinitamente menos pintoresco que los bustos y cuadros que se han hecho de él.

Retrato del hombre. —El mezquino comedor de una pensión a seis francos diarios, en un hotel de los Alpes o en la costa de la Liguria. Huéspedes indiferentes, casi siempre damas ancianas en conversaciones insulsas. La campana ha dado tres golpes para llamar a la mesa. Una silueta insegura, ligeramente encorvada, con los hombros caídos, traspasa el umbral: como saliendo de una caverna, Nietzsche, que “está ciego en las séptimas partes”, entra siempre con paso inseguro a una pieza desconocida. Usa traje obscuro, cuidadosamente cepillado. El rostro, de aspecto sombrío, con los cabellos revueltos, castaños y en desorden. Sombríos son así mismo los ojos, detrás de gruesos lentes de enfermo, extraordinariamente cóncavos. Con lentitud y timidez se acerca, envuelto en un mutismo anormal. Se presiente ahí a un hombre que vive en la sombra, fuera de toda sociedad y de toda conversación, temiendo el ruido con una ansiedad casi neurasténica. Cortésmente y con distinción, saluda a los demás y, finamente, con amable indiferencia, los demás devuelven el saludo al profesor alemán. Con la precaución del miope, avanza en dirección a la mesa; con la precaución del hombre de estómago sensible, examina todos los platos, para ver, por ejemplo, si los guisos no están demasiado condimentados, si el té no está muy cargado, pues los errores en la alimentación irritan sus intestinos frágiles, trastornando durante días sus nervios vibradores. Ni una sola copa de vino, ni un solo vaso de cerveza, ni café ni cigarro o cigarrillo, antes o después de las comidas: nada que estimule, refresque o calme, tan sólo una breve y sencilla comida y una insignificante conversación de cortesía, exenta de profundidad, en voz baja, con el vecino ocasional (habla como alguien que, desde años, ha perdido el hábito y teme las interrogaciones). En seguida sube a su cuarto amoblado, estrecho, mezquino, con la mesa cubierta de innumerables papeles, notas, escritos y pruebas; mas, sin una flor, sin un adorno, apenas un libro y escasamente una carta. En un rincón, una pesada y tosca caja de madera, su único capital con sus dos camisas y un traje de reserva (fuera de esto, sólo libros y manuscritos). Sobre un estante, innumerables botellas, frascos y mixturas: contra los dolores de cabeza, que por largas horas lo vuelven loco, contra los calambres del estómago, los vómitos espasmódicos, la pereza intestinal, y sobre todo, los terribles medicamentos contra el insomnio, —cloral y veronal. Un espantoso arsenal de venenos y drogas, únicos auxilios en el silencio inerme en tierra extranjera, donde jamás encuentra otro reposo que un breve sueño obtenido artificialmente.

Arropado en su abrigo, envuelto con un chal de lana, (pues la estufa miserable no cesa de humear, sin dar calor) con los dedos entumecidos y los lentes dobles tocando casi el papel, escribe con mano presurosa durante horas enteras palabras que su vista perturbada apenas logra descifrar enseguida. Horas y horas permanece así escribiendo, hasta que los ojos le arden y lagrimean; si alguna persona compasiva le presta su mano para escribir durante una hora o dos, ello constituye una de las pocas dichas de su vida. Cuando hace buen tiempo, el solitario sale, siempre solo, siempre solo con sus pensamientos; jamás un saludo en el camino, jamás un compañero, jamás un encuentro. El tiempo sombrío, que aborrece la lluvia, la nieve, que le hiere los ojos, lo retienen implacablemente prisionero en su pieza; nunca desciende hacia los demás, hacia los humanos. Por la tarde, algunas galletas y su taza de te simple y en seguida de nuevo la larga, la infinita soledad con sus pensamientos. Durante horas y horas, está alerta junto a la lámpara de llama temblorosa y humeante, sin que sus nervios, en ardiente tensión, se relajen en descanso reparador. Entonces su mano coge el cloral, o un soporífico cualquiera, obteniendo así por violencia el sueño, hecho para los demás, para los que no piensan y no se ven acosados por el demonio. A veces permanece días enteros en cama. Vómitos y calambres que le hacen perder el conocimiento, dolores insoportables en las sienes, una ceguera casi completa. Sin embargo, nadie viene hacia él, nadie está ahí para tenderle la mano, para colocarle ana compresa en la frente ardiente, nadie que le lea o que le converse.

Y esta pieza amoblada tiene en todas partes el mismo aspecto. Las ciudades cambian a menudo de nombre, se llaman Sorrento, Turín, Venecia, Niza, Marienbad, pero la pieza amoblada es siempre la misma, es la pieza alquilada en tierra extranjera, de mueble» descoloridos, viejos, deteriorados, y junto a la mesa de trabajo y al lecho de dolor, la infinita soledad. Nunca en sus largos años de vida nómada un agradable descanso en un ambiente alegre y cordial; nunca por la noche, el cuerpo desnudo y cálido de una mujer junto al suyo, nunca una aurora de gloria después de miles de noches negras y silenciosas de trabajo. La soledad de Nietzsche es amplia, infinitamente más amplia que la pintoresca meseta de Sils María, donde ahora los turistas, al atardecer acostumbran visitar su atmósfera, Su soledad se extiende sobre el mundo entero, sobre su vida, de un extremo al otro.

De vez en cuando, una visita, un extranjero, alguien que viene a verlo. Pero la costra ya se ha endurecido demasiado alrededor del corazón amigo de los humanos y deseosos de sociedad; el solitario respira, aliviado, cuando el extranjero lo restituye a su soledad. Después de quince años, ya no queda en él ningún impulso de sociabilidad.

La conversación fatiga, agota, irrita a aquel que se devora a sí mismo, que, sin embargo, no tiene hambre sino de sí mismo. A veces, muy fugazmente, brilla un pequeño rayo de felicidad; bajo el nombre de “música”: una representación de “Carmen”, en un teatro malo de Niza, algunos aires en un concierto, una hora al piano. Pero esto también le hace mal y le emociona hasta las lágrimas. La falta de bienestar hace que éste sea a tal punto extraño que no le pueda soportar sino como un sufrimiento.

Durante quince años se desarrolla este “torrente” de la vida de Nietzsche, — la que permanece desconocida, teniendo él sólo conciencia de su ser. Es ese pasaje tormentoso en la oscuridad de las grandes ciudades, en piezas tristemente amobladas, en pensiones de pobre apariencia, en trenes sucios, en numerosas piezas de enfermos, mientras que afuera se despliega la feria ardiente de las artes y las ciencias. Sólo la huida de Dostoiewsky, casi en la misma época, a través de la misma pobreza y el mismo abandono, presenta esta fría y gris luz de espectro. Aquí, como allá, la obra del Titán oculta la frágil figura del pobre Lázaro que muere cotidianamente de su desesperación y de sus enfermedades y que sólo, diariamente, el milagro salvador de la voluntad creadora arranca del fondo de su tumba. Durante quince años, Nietzsche sale así del círculo de su pieza y desciende de sufrimiento en sufrimiento, de muerte en muerte, de resurrección en resurrección, hasta que al fin estalla su cerebro sobrecalentado en todas sus energías. Extranjeros encuentran por tierra, en la calle, al hombre más extraño de la época. Extranjeros le transportan a la pieza extranjera de la Via Carlo Alberto en Turín. Nadie es testigo de su muerte intelectual. Alrededor de su fin reina la oscuridad y el santo aislamiento. Solitario y desconocido, el más lúcido genio del espíritu se precipita en su propia noche.

APOLOGÍA DE LA ENFERMEDAD

Innumerables son los gritos de sufrimiento que exhala este cuerpo martirizado. Es un cuadro de todo los males físicos, con cien inscripciones y el terrible trazo final: “En todas las edades de la vida, el exceso de dolor ha sido monstruoso en mí”. Efectivamente, ningún martirio diabólico falta en este tremendo pandemonio de la enfermedad: dolores de cabeza, martillantes y aturdidores que durante días enteros hacen extender sobre un diván o sobre un lecho a este pobre ser en delirio; calambres del estómago, con vómitos de sangre, jaquecas, fiebre, falta de apetito, abatimiento, hemorroides, trastornos intestinales, sacudimientos de fiebre, sudores nocturnos, es éste un círculo terrible. Agregado a ésto, “los ojos tres cuartos hundidos en la noche”, hinchándose al menor esfuerzo y que no le permiten disfrutar de la luz más de una hora y media por día. Pero Nietzsche desprecia esta higiene del cuerpo y permanece diez horas seguidas en su mesa de trabajo. Entonces su cerebro sobrecargado se venga de estos excesos por medio de furiosos dolores de cabeza o por una tensión nerviosa y en la tarde, aunque el cuerpo esté desde hace mucho fatigado, el cerebro no se detiene inmediatamente y continúa elaborando visiones y pensamientos hasta que es necesario el uso de soporíficos para hacerlo dormir. Pero estos son necesarios en cantidades cada vez más grandes, (en dos meses Nietzsche emplea cincuenta gramos de hidrato de cloral para procurarse un poco de sueño). Después, es el estómago que rehusa por su parte pagar un tributo tan alto y se rebela. Y ahora (círculo vicioso) son los vómitos espasmódicos, nuevos dolores de cabeza, que requieren nuevos remedios. Es una lucha implacable, insaciable y apasionada de los órganos exacerbados que se revuelven mutuamente en un juego loco, la bola de fuego del sufrimiento. Jamás un instante de reposo durante esos trances, jamás un breve momento de satisfacción, un pequeño mes de contento y de olvido de sí mismo.

Durante veinte años no se puede contar una docena de cartas en las cuales un gemido no se trasluzca en alguna línea. Y siempre más furiosos, más violentos se hacen los gritos de aquel que aguijonean sus nervios demasiado vivos, delicados y ya demasiado inflamados: “Haz tu suerte más liviana: muere”, exclama, o bien, escribe: “una pistola es para mí ahora una fuente de pensamientos agradables”. O bien todavía: “el martirio terrible casi incesante me hace aspirar al fin y según ciertos indicios, la liberación, la congestión cerebral se aproxima.”

Desde hace largo tiempo, no encuentra más para expresar sus sufrimientos los superlativos necesarios: se han convertido en casi monótonos en su exasperación y en la rapidez de su repetición, esos gritos atroces que no tienen casi nada de humano y que resuenan hacia los hombres con tanto desgarramiento del fondo de lo que es para él realmente “una existencia de perro”.

He aquí que de repente tremola (nos sucude de espanto ante una contradicción tan monstruosa), en su Ecce Homo, esta profesión de fe fuerte, altiva y lapidaria que parece tachar de mentira todos los gritos precedentes: “En resumidas cuentas, yo he estado en buena salud durante los últimos quince años. . .”

¿Qué se puede creer entonces? ¿Los miles de gritos de dolor o la palabra monumental? Las dos a la vez. El cuerpo de Nietzsche era orgánicamente fuerte y capaz de resistencia. Su tronco bien formado podía soportar la carga más pesada. Sus raíces se enterraban profundamente en una familia sana de pastores alemanes. En su conjunto, de una manera general, en cuanto a temperamento, en los fundamentos de su carne y de su espíritu. Nietzsche era realmente un hombre sano. Sólo sus nervios son demasiado delicados para la violencia de sus sensaciones y es por eso que están continuamente agitados y en revuelta. (Pero, se trata de una revuelta que no podrá jamás hacer vacilar la fuerza, broncínea, la fuerza de dominación de su espíritu). Nietzsche ha encontrado él mismo la expresión más feliz que se puede imaginar para designar este estado de semipeligro, de semiseguridad, cuando habla de “las pequeñas sacudidas de su sufrimiento”.

En efecto, jamás en esta guerra, el atrincheramiento interior de su energía es forzado. Nietzsche vive como Gulliver en Brobdignac, sencillamente, de una manera permanente por un hormiguero de Pigmeos: sus sufrimientos. Sus nervios están eternamente alertas, él está continuamente en vigilia y observación, toda su atención está acaparada por los cuidados extenuantes de su propia defensa. Pero jamás una verdadera enfermedad logra derrumbarle o vencerle, salvo talvez esta enfermedad, que durante veinte años, taladra una galería de mina en la ciudad de su cerebro, que repentinamente la hace explotar. Un espíritu monumental como Nietzsche, no sucumbe bajo una pequeña fusilería, sólo una explosión puede destrozar el granito de un cerebro así. De este modo a una enorme capacidad de sufrimiento, se opone una enorme resistencia al sufrimiento, lo mismo que a una vehemencia demasiado grande de la sensibilidad se opone una gran delicadeza nerviosa del sistema motor. Porque cada nervio del estómago, como del corazón y de los sentidos, representa en Nietzsche un manómetro de una exactitud extrema, de una delicadeza de filigrana, que registra las más pequeñas modificaciones y tensiones con una precisión monstruosa de las excitaciones dolorosas. Nada permanece inconsciente para su cuerpo como para su espíritu. La más pequeña fibra que en los demás es muda, le señala también su mensaje por una trepidación y desgarramiento, y esta irritabilidad local rompe en miles de estallidos penetrantes, incisivos y peligrosos su vitalidad naturalmente enérgica.

De ahí provienen esos gritos atroces cuando al menor movimiento, al menor paso que da en su vida, roza de repente uno de sus nervios desnudos y palpitantes. Esta hiper — sensibilidad fatal y casi demoníaca de los nervios de Nietzsche, hace que los matices más fugitivos que no franquean en los otros el umbral de la conciencia, lo sacudan dolorosamente y allí está la raíz de sus sufrimientos y también la fuente de su genial capacidad de apreciación de valores. En él no es necesario para que su sangre vibre bajo el efecto de una reacción fisiológica que haya algo tangible o una afección real: la simple atmósfera con sus modificaciones meteorológicas variables de hora en hora, es para él la causa de sufrimientos infinitos. Tal vez no ha existido jamás intelectual tan sensible a las condiciones atmosféricas, tan atrozmente accesible a todas las tensiones y oscilaciones de los fenómenos meteorológicos. Su cuerpo es un manómetro, un verdadero mercurio, la irritabilidad misma: entre su pulso y la presión atmosférica, entre sus nervios y el grado de humedad de la esfera, parecen existir contactos eléctricos secretos: sus nervios registran, en seguida cada metro de altura, cada presión de la temperatura, en forma de dolores de los órganos, que reaccionan por una rebelión concordante a cada sacudimiento de la naturaleza. La lluvia, un ciélo sombrío deprimen su vitalidad. “Un cielo nublado me abate profundamente”. El sufre casi en sus intestinos la influencia de un cielo cargado de nubes: la lluvia reduce su potencia vital: la humedad lo debilita, la sequedad lo anima, el sol le proporciona vital, el invierno es una especie de tétanos y de muerte. La aguja temblorosa del barómetro de sus nervios, oscilantes como una temperatura de abril, no permanece jamás inmóvil. Lo que le hace falta es incorporarse lo más ligero posible en un paisaje sin nubes sobre las altas mesetas de la Engadina, que no agita ningún viento. Como el efecto de la menor descarga y a la menor presión del cielo físico, sus órganos inflamables resienten también el efecto de todas las descargas, de todas las perturbaciones y de todas las liberaciones atmosféricas en el cielo interior del espíritu. Porque, cada vez que se estremece en él un pensamiento, fulgura como un re lámpago a través de sus nervios tensos. El pensamiento cristaliza en Nietzsche corno una embriaguez, como un sacudimiento eléctrico que obra siempre sobre su cuerpo como una tormenta, y que a cada explosión de su sensibilidad, un guiño de ojos, en el sentido más estricto, sirve para modificar la circulación de la sangre. El cuerpo y el espíritu en el más vital de los pensadores, están ligados tan íntimamente a las modificaciones de la atmósfera que, para Nietzsche, las reacciones interiores y exteriores son idénticas. “Yo no soy ni espíritu ni cuerpo sino un tercer organismo. Sufro por todo y doquiera”.

Por otra parte, esta tendencia innata a la diferenciación de todas las excitaciones, esta tendencia a reaccionar con vehemencia a cada impresión, se desarrolla poderosamente en la atmósfera inmóvil y confinada de su vida, en las decenas de años qua Nietzsche pasara en la soledad. Como durante los 365 días del año nada de corporal entra en contacto con él fuera de su propio cuerpo (mujer ni amigo). Como durante las 24 horas del día no tiene más que su propia sangre para alternar con él, él desarrolla una especie de diálogo ininterrumpido con sus nervios.

Continuamente, en medio de este montruoso silencio, maneja en sus manos la brújula de sus sensaciones y a la manera de todos los ermitaños, de todos los hombres que viven solos, célibes y originales, observa con minuciosidad de hipocondríaco las modificaciones que se producen en las funciones de su organismo. Los demás no se analizan porque su atención está enfocada en las convenciones y los negocios, en los juegos y la laxitud, porque ellos ahogan su sensibilidad en el vino y la indiferencia. Pero un Nietzsche, un diagnosticador tan genial, gusta continuamente la tentación de darse aún con su propio sufrimiento un placer curioso de psicólogo, tomándose a sí mismo como sujeto de su propia experimentación.

Continuamente, con pinzas agudas, médico y enfermo a la vez, pone al desnudo sus nervios en lo que tienen de doloroso, y así corno todas las naturalezas nerviosas y plenas de imaginación, no hace más que irritar aún más su sensibilidad ya exacerbada. Desconfiado de los médicos, se convierte en su propio médico, se medicina durante toda su vida.

Ensaya todos los medios y todas las curaciones imaginables, masajes eléctricos, regímenes dietéticos, curaciones por medio de agua y baños. Apacigua sus excitaciones por el bromuro o las estimula de nuevo con otras mixturas. Su sensibilidad meteorológica le empuja sin interrupción a buscar una atmósfera particular, un ambiente adecuado para él, “un clima de su alma”. Tan pronto se encuentra en Lugan, a causa del aire del lago y de la falta de viento, tan pronto se imagina que los baños de Rogaz pueden libertarlo de su yo doloroso y que la zona salubre de Saint Moritz, las fuentes termales de Baden-Baden o de Marienbad podrán hacerle bien. Durante toda una primavera es en la Engadina donde descubre la finalidad con su propio temperamento, debido a su aire azoado; después será una ciudad del Sur, Niza, con su aire seco, después todavía Venecia o Génova. Tan pronto quisiera estar en los bosques como a orillas del mar, de los lagos o en pequeñas ciudades serenas, con una alimentación buena y liviana.

Dios sabe cómo este fugitivo errante ha recorrido miles de kilómetros en ferrocarril únicamente para descubrir ese lugar fabuloso en el cual sus nervios dejarían de tiranizarlo. Poco a poco exprime de sus experiencias patológicas una especie de geografía sanitaria para su propio uso. Estudia gruesos volúmenes de geología para descubrir el lugar que busca, como un anillo de Aladino, para conquistar al fin el dominio de su cuerpo y la paz de su alma. Ningún viaje será demasiado largo para él. Barcelona está entre sus proyectos y sueña también con las altas montañas de Méjico, en la Argentina y aún en el Japón. La posición geográfica, la dietética del clima y de la alimentación se convierten poco a poco en su segunda ciencia particular. En cada lugar advierte la temperatura, la presión del aire, mide hasta el milímetro con el hidroscopio y los aparatos hidrostáticos, las precipitaciones atmosféricas y la humedad ambiente en tal forma, que su cuerpo se ha convertido en algo análogo a la columna de] mercurio de un barómetro. En su vida igual impresionabilidad excesiva. También tiene todo un catálogo medicinal de precauciones. El té debe ser de una cierta marca y dosificado según una cierta fuerza para que no le haga daño; la alimentación carnívora le es funesta, las legumbres deben ser preparadas de una cierta manera.

Poco a poco esta “medicinación” y diagnóstico toman un carácter de ergotismo enfermizo. Nada ha convertido los sufrimientos de Nietzsche tan dolorosos como esta eterna vivi-sección. Como siempre, el psicólogo sufre dos veces, porque siente doblemente el sufrimiento; primero en la realidad y después observándose a sí mismo. Pero Nietzsche es un genio de oposiciones violentas. Contrariamente a Goethe, que sabía de manera genial evitar los peligros, él tiene una forma extremadamente audaz de ir adelante de ellos y de tomar él toro por las astas.

La psicología, la intelectualidad, empujan profundamente al hombre impresionable hacia el sufrimiento y aún hacia el abismo de la desesperación: pero precisamente, la psicología le devuelve la salud. Como su enfermedad, la curación de Nietzsche viene del conocimiento genial que tiene de sí mismo. La psicología, de una manera mágica, se convierte aquí en terapéutica, una aplicación sin igual del arte de la alquimia que se envanece de ”extraer un valor de una cosa que no lo tiene».

Después de diez años de tormentos incesantes, está en el punto más bajo de su vitalidad: se le cree abatido, aniquilado por sus nervios; en el pesimismo y en el abandono de sí mismo. He aquí que de repente se produce en la actitud espiritual de Nietzsche uno de esos casos de “restablecimiento” verdaderamente inspirado semejante a un rayo, una de esas auto-salvaciones que hacen tan dramática, grandiosa y emocionante la historia de su espíritu. Bruscamente atrae hacia él la enfermedad que destruye su organismo y la estrecha contra su corazón. Ese es un momento misterioso (cuya fecha exacta no se puede determinar), una de esas inspiraciones brillantes en medio de su obra, en que Nietzsche “descubre su propia enfermedad, en que, — asombrado de encontrarse aún con vida y de ver que en el curso de las depresiones más profundas y de las épocas más dolorosas de su existencia, su producción intelectual no ha cesado de aumentar — proclama con la convicción más íntima que sus sufrimientos, sus privaciones, constituyen la única causa que es sagrada para él. Y a partir de ese momento, en que su espíritu ya no tiene piedad de su cuerpo, ve, por primera vez en su vida una nueva perspectiva y en su enfermedad, un sentido más profundo. Los brazos abiertos, acepta a sabiendas su destino como necesidad, como fanático “abogado de la vida”, ama toda su existencia y dirige a su sufrimiento el himno de Zaratustra, ese jubiloso “Una vez más, una vez más para toda la eternidadad”

El simple conocimiento se convierte en él en reconocimiento y éste en gratitud, pues en esta contemplación superior que eleva su mirada más allá de su propio sufrimiento y no ve en su propia vida sino un camino para llegar a sí mismo, él descubre (con aquella alegría excesiva que le da la magia de las cosas extremas) que no está atado a ningún poder de la tierra. Es precisamente a su más cruel verdugo a quien le debe el bien más precioso: la libertad, la libertad de la existencia exterior, la libertad del espíritu.

Por doquiera donde él corría el riesgo de reposar, de entregarse a la pereza, de malograr su originalidad, petrificándose prematuramente, sea en una función, en una profesión y en una forma espiritual, es la enfermedad que lo arrebata por la violencia de su aguijón; a la enfermedad debe haber sido salvado del servicio militar y reincorporado a la ciencia: ella también le debe no haber quedado estagnado en esta ciencia y en la filología; por ella ha salido del círculo de la Universidad de Basilea para entrar al “retiro” y por ahí al mundo, es decir, devolverlo a sí mismo. A sus ojos enfermos, les debe el haberse “libertado del libro”, “el más grande servicio que yo me haya prestado a sí mismo”. El sufrimiento lo ha arrancado (con dolor últimamente) de todas las costras que amenazaban formarse a su alrededor, de todas las amarras que comenzaban a cercarlo: “La enfermedad me liberta, por decirlo así, por su propia acción” dice él mismo; ella ha sido para él la partera del hombre interior y los sufrimientos que le ha causado son los del alumbramiento. Así, la vida no ha sido para él rutina, sino renovación, descubrimiento. “He descubierto y comprendido la vida, por mí mismo y en cierto modo como una novedad”.

Y este hombre torturado exalta ahora con gratitud sus tormentos en un himno grandioso al sagrado dolor, pues sólo por el sufrimiento se llega a la sabiduría. ”La salud de oso”, que es una herencia que no ha sido jamás alterada, se satisface sin aprehensiones y carece de lucidez. Nada desea ni interroga, y es por ésto que no hay problemas de psicología en los de buena salud. Todo saber proviene del sufrimiento, “el dolor trata siempre de reconocer las causas, en tanto que el placer tiende a permanecer donde está sin mirar Atrás”. Nos hacemos “cada vez más sutiles en el dolor”. El sufrimiento labora el terreno del alma y es el trabajo doloroso de surcamiento interior el que nos prepara para la nueva cosecha espiritual.

“El gran dolor es el último liberador del espíritu: y nos obliga a descender a nuestras últimas profundidades”, y es justamente aquel para quien ha sido casi mortal, el que tiene derecho de hacer suya esta altiva palabra: “Conozco mejor la vida, porque he estado más a menudo a punto de perderla”.

No es por medio de artificio, negación o paliativos o idealizando su debilidad corporal como Nietzsche se sobrepone a sus sufrimientos, sino por la fuerza primitiva de su naturaleza, por el conocimiento: el soberano “transformador” de valores, descubre a sí mismo el valor de su enfermedad. Mártir contra su voluntad, no tiene de antemano la fe con la cual se soportan los tormentos: es en los tormentos de donde se extrae esa fe. Pero su química sabia descubre no sólo el valor de la enfermedad, sino también el polo opuesto: el valor de la salud; es necesario las dos cosas reunidas para tener el pleno sentimiento de la vida, el eterno estado de tensión que va del tormento al éxtasis y que proyecta al hombre en el infinito. Ambos son necesarios: la enfermedad como medio y la salud como fin. Pues el sufrimiento, en el sentido de Nietzsche no es más que la ribera obscura de la enfermedad; la otra ribera brilla con luz indecible: se llama curación y no se puede alcanzar sino por la ribera del sufrimiento. Recobrar la salud significa algo más que volver al estado de vida normal; no es sólo una transformación, sino infinitamente más: es una ascensión, una elevación y un acrecimiento de finura vital.

Se sale de la enfermedad “con una piel nueva” más delicada, con el gusto más clarificado para el placer, con la sensibilidad más educada “y una segunda inocencia más peligrosa en medio de la alegría” semejante a un niño y cien veces más refinado de lo que se ha sido jamás. Esta segunda salud que sigue a la enfermedad, “fruto de la conquista y del sufrimiento”, que no es un bien gratuito, ciegamente recibido, sino un tesoro deseado con ardor, comprado con cien suspiros, gritos y dolores, es mil veces vivificante que el bienestar rudo de los que se sienten siempre bien, al que ha saboreado una vez la dulzura y la embriaguez de esta curación, arde en deseos de experimentar siempre esta misma sensación. Siempre de nuevo se arrojará en la ola de los tormentos devoradores, únicamente para volver a encontrar esa “impresión encantadora de la curación”, esa embriaguez dorada que para Nietzsche reemplaza, sobrepasándolos mil veces, a todos los estimulantes vulgares como el alcohol y la nicotina.

Mas, apenas descubre Nietzsche el sentido del dolor y la gran voluptuosidad de la curación, cuando ya quiere hacer de ello un apostolado y ver en ello el sentido del universo. Como todos los poseídos del demonio, es esclavo de su propio éxtasis y ya no puede saciarse con esta alternativa de placer y de dolor: -quiere que los tormentos le martiricen aún más profundamente para poder elevarse más alto en la esfera suprema y bienhechora del restablecimiento, que es todo claridad y vigor. En esta ardiente embriaguez, confunde poco a poco su furiosa voluntad de curación con la cosa misma, su fiebre con la vitalidad y el vértigo de su caída con un aumento de sus energías. ¡La salud! ¡la salud!, este hombre ebrio de sí mismo hace ondear esta divisa como un estandarte por encima de sí mismo: debe residir allí el sentido del universo, el objetivo de la Vida, la única medida de todos los valores. Y el que durante decenas de años ha andado a tientas en las tinieblas, de tormento en tormento, ahoga sus gritos en un himno que alaba la vitalidad y la fuerza viril. Con colores ardientes, despliega la bandera de la voluntad de poder, de vivir, de ser duro y cruel, y él despliega esta bandera frente a una humanidad que está por venir — sin sospechar que la fuerza que lo anima y le permite mantener tan en alto ese estandarte es la misma que tiende el arco con la flecha que va a matarlo.

Esta última salud de Nietzsche, que en su exaltación se estimula a sí misma asta el ditirambo, es una autosugestión, una salud “‘inventada”; en el preciso momento de elevar jubilosamente las manos al cielo, en la embriaguez de su fuerza y en que se vanagloria (en Ecce Homo) de su gran salud jurando que nunca ha estado enfermo ni decadente, la centella vibra ya en su sangre. Lo que canta y triunfa en él, no es su vida es ya su muerte: no es el espíritu hecho de ciencia, sino el demonio quien agarra su víctima. Lo que él cree ser la luz, el calor rojo de su sangre, encubre los gérmenes mortales de su enfermedad y la mirada clínica de cada médico diagnostica hoy claramente en ese maravilloso sentimiento de bienestar que se apodera de él sus últimos instantes, lo que llamamos euforia, ese estado de beatitud típica que precede a la muerte. La claridad argentina que se esparce sobre sus últimas horas, no hace más que proyectar ante él la vibración de otra esfera, la del demonio, del más allá; pero él, en su embriaguez, nada sabe. Únicamente se siente iluminado por todo el esplendor y privilegios de la tierra.

Las ideas brotan en él como fuego; el lenguaje estremece, con un poder primitivo por todos los poros de su discurso, y la música inunda su alma; por doquiera él mire, ve brillar la paz. Los hombres de la calle le sonríen. Cada carta es un mensaje divino, radiante de felicidad, exclama en su última carta, dirigida a su amigo Peter Gast: “Entóname un nuevo canto. El mundo está transfigurado y todos loa cielos se regocijan”. Precisamente de este cielo transfigurado parte el rayo que lo alcanza, confundiendo el sufrimiento y la beatitud en un solo e indisoluble segundo. Los dos extremos del sentimiento penetran al mismo tiempo en su pecho convulso y en sus sienes temblorosas, la sangre hace zumbar a la vez la vida y la muerte en una música única y apocalíptica.

DON JUAN DEL CONOCIMIENTO

Emmanuel Kant vive con el conocimiento como con una esposa: se acuesta con ella durante cuarenta años en el mismo lecho espiritual y engendra toda una familia alemana de sistemas filosóficos, cayos descendientes habitan todavía en nuestro mundo burgués. Sus relaciones con la verdad son las de un monógamo, al igual que las de sus hijos intelectuales: Schelling, Fichte, Hegel y Schopenhauer. Lo que los empuja hacia la filosofía es una alta voluntad de orden, que no tiene absolutamente nada de demoníaco, una buena voluntad alemana, objetiva y profesional, tendiente a disciplinar el espíritu y a establecer una arquitectura ordenada del destino. Tienen el amor de la verdad, un amor honesto, duradero, enteramente fiel. Pero este amor está desprovisto de egotismo, del deseo llameante de consumir y de consumirse a sí mismo; ellos ven en la verdad, en su verdad, una esposa bien segura, de la cual no se separarán jamás, sino en la hora de la muerte y con la cual no son jamás infieles. Es por eso que siempre en sus relaciones con la verdad existe algo que recuerda el matrimonio convencional. En efecto, cada uno de ellos ha construido su propia casa para alojar a su esposa, es decir, un sistema filosófico bien seguro. Trabajan con mano de maestro en este terreno que es de ellos, en este campo del espíritu que han conquistado para la humanidad de en medio de las malezas primitivas del caos. Con prudencia hacen retroceder cada vez más lejos los límites de su conocimiento en el seno de la cultura de su tiempo y aumentan con su aplicación y su sudor la cosecha espiritual.

Por el contrario, en Nietzsche la pasión del conocimiento proviene de un temperamento distinto, de un mundo del sentimiento, que es, por decirlo así, antípoda. Su posición con respecto a la verdad es demoníaca: es una pasión nerviosa y ávida que jamás se satisface, que jamás se agota, y que por encima de todas las respuestas, continúa siempre interrogando impaciente e insaciablemente de una manera duradera para convertirla, después de haber prestado juramento de fidelidad, en, su mujer, su “sistema”, su doctrina.

Todos lo excitan y ninguno logra retenerlo. En cuanto un problema ha perdido su virginidad, el encanto y el secreto del pudor, lo abandona sin piedad y sin celos para con los que vienen después de él, como Don Juan — su propio hermano en instinto — hecho para las “mille e tre” mujeres, sin preocuparse más de ellas. Así como todo gran seductor busca a través de todas las mujeres, a la mujer, así Nietzsche busca, a través de todos los conocimientos, el conocimiento, el conocimiento eternamente irreal y jamás completamente accesible . Lo que lo excita hasta el sufrimiento, hasta la desesperación, no es la conquista, no es la posesión ni el goce, sino únicamente la interrogación, la búsqueda y la caza. Su amor es incertidumbre y no certidumbre, por consiguiente, una voluptuosidad “dirigida hacia la metafísica” y consistiendo en el “amor-placer” del conocimiento, un deseo demoníaco de seducir, de poner al desnudo, de penetrar voluptuosamente y violar cada tema espiritual, —— entendiéndose aquí el conocimiento en el sentido de la Biblia, en la cual el hombre “conoce” a la mujer y le arranca así el secreto. Este eterno relativista de valores sabe que ninguno de esos actos de conocimiento, ninguna de esas formas de posesión por un espíritu ardiente es realmente un “conocimiento definitivo” y que la verdad, en el sentido último de la palabra, no se deja poseer; pues “aquel que cree estar en posesión de la verdad, ¡cuántas cosas no deja escapar!” Es por eso que Nietzsche no establece hogar con el fin de economizar y conservar, y no construye mansión espiritual: el quiere (o tal vez se ve obligado por el instinto nómada de su naturaleza) a permanecer eternamente sin posesión, el Nemrod solitario, que pasea sus armas errantes por todas !as selvas del espíritu, sin tener techo, ni mujer, ni hijo, ni servidor, pero que en cambio, posee la alegría, el placer de la caza. Como Don Juan, no ama la duración del sentimiento, sino ”los momentos de grandeza y de arrobamiento”. El se siente atraído únicamente por las aventuras del espíritu, por esas “peligrosas posibilidades” que llenan de ardor y estimulan mientras se les persigue, pero que no satisfacen en cuanto se las consigue; él no quiere una presa, sino (como él mismo se describe, en Don Juan del Conocimiento) sencillamente “el espíritu, el halago y los goces de la caza y de las intrigas del conocimiento, — hasta sus más elevadas y lejanas estrellas, — hasta que por fin no le queda ya nada más que cazar que lo .que hay de infinitamente dañino, como el bebedor que termina por beber ajenjo y alcoholes que son verdaderos ácidos” .

Para el espíritu de Nietzsche, don Juan es un epicúreo, un gran gozador; por eso le falta a ese aristócrata, a esa gentilhombre de nervios sutiles, el pesado goce de la digestión, el perezoso bienestar de la saciedad, la jactancia de sus triunfos y la satisfacción completa. El cazador de mujeres (como el Nemrod del espíritu) se ve eternamente acosado por un instinto inextinguible; el seductor sin escrúpulos es seducido a su vez por su curiosidad ardiente; es un tentador tentado de tentar sin cesar a todas las mujeres en su inocencia desconocida, tal como Nietzsche interroga únicamente por interrogar, por el inextinguible placer psicológico. Para Don Juan, el secreto está en todas y en ninguna, en cada una por una noche y en ninguna para siempre. De la misma manera, para el psicólogo, la verdad, no existe en todos los problemas, sino por un momento, y no hay ninguno en que ella exista para siempre. Por eso es que la vida intelectual de Nietzsche no tiene reposo, ni superficie tranquila, como la de un espejo; es absolutamente torrentosa, cambiante, llena de recodos inesperados, y de corrientes violentas. Para los demás filósofos alemanes, la existencia se desarrolla con una tranquilidad épica; su filosofía consiste en continuar de hilar cómodamente y por decirlo así, mecánicamente un hilo una vez desenredado; ellos filosofan sentados en su sillón, con los miembros estirados y apenas si se constata en ellos, mientras piensan, un aumento de la presión sanguínea en su cuerpo, una fiebre en su destino. Jamás se tiene en Kant esa impresión trastornadora de un espíritu cogido por sus pensamientos como por un vampiro, soportando dolorosamente la necesidad espantosa de crear y elaborar ideas. Para mí, la vida de Schopenhauer, a partir de Sus treinta años, en cuanto ha terminado El Mundo corno Voluntad y Representación ofrece el carácter de un hombre confortablemente entregado a su retiro, con todas las pequeñas amarguras de una carrera que ya no avanza. Todos siguen con paso preciso, firme y seguro un camino elegido por ellos, en tanto que Nietzsche’ siempre parece estar acosado y empujado hacia lo desconocido. Por eso es que la historia intelectual de Nietzsche (como las aventuras de Don Juan) toma una forma tan dramática; es una cadena de episodios sorprendentes y peligrosos, una tragedia que, sin ningún punto de descanso con arrebatos incesantes, pasa de una peripecia a otra más aguda, para llegar finalmente a la inevitable caída y al aniquilamiento en el abismo infinito. Y es precisamente esta ausencia de reposo en la búsqueda, esa incesante obligación de pensar, ese apremio demoníaco de ir a la delantera que le da a esta existencia única un aspecto trágico, inaudito, haciéndola tan seductora como obra de arte (pues en ella no hay nada de carácter profesional y tranquilamente burgués). Nietzsche es maldito, está condenado a pensar sin cesar, como el cazador salvaje de la leyenda está condenado a cazar eternamente; lo que constituía un placer, se ha convertido en un tormento, una aficción; y su aliento, su estilo, tienen los aleteos y estremecimientos de un pájaro gigante. Su alma tiene las aspiraciones y depresiones del que jamás tiene reposo y satisfacción. Por eso sus quejas de “Ashaverus” son siempre tan conmovedoras, así como el grito que lanza a partir del momento que quisiera la paz, el goce y el reposo: pero siempre el aguijón de la eterna insatisfacción traspasa su alma agotada, haciéndole violencia. Se ama alguna cosa y apenas esta cosa se ha convertido en un amor profundo, que el tirano que hay en nosotros (y que aún podríamos llamar nuestro yo superior) dice: “aquello es precisamente lo que tu debes sacrificar. Y en efecto, lo sacrificamos, pero no sin ser torturados y quemados lentamente”. Siempre estas naturalezas de Don Juan deben abandonar la ardiente voluptuosidad del conocimiento, los fugaces abrazos de mujer, pues el demonio de la insatisfacción que les apretuja la nuca, los arroja más lejos (ese demonio que mortifica a Hoelderlin y a Kleist y a todos los fanáticos idólatras del infinito). Y es el alarido agudo de un animal herido que huye alcanzado por una flecha, el que lanza Nietzsche, cuando, acosado por el demonio del conocimiento, exclama: “Existen para mí, por doquiera, jardines de Armida y por consiguiente desgarrones siempre nuevos y siempre nuevas amarguras del corazón; es preciso que parta con mi pie fatigado y herido, y porque estoy obligado a hacerlo lanzo a menudo una mirada de descontento sobre las más bellas cosas que no han podido retenerme, precisamente porque ellas no han podido retenerme”.

No encontramos semejantes gritos interiores, tales gemidos irresistibles, salidos del fondo del sufrimiento en todo lo que en Alemania, anteriormente a Nietzsche se ha llamado filosofía; tal vez en los místicos de la. Edad Media, en los herejes y santos de la época gótica, un semejante ardor doloroso estalle a veces (tal vez como con sordina) a través de las palabras de sombrías vestimentas. El mismo Pascal, que también se encuentra con toda su alma sumergida en el purgatorio de la duda, conoce ese trastorno, ese aniquilamiento del alma en eterna búsqueda, pero jamás en Leibnitz, ni en Kant, Hegel o Schopenhauer, nos sentimos estremecidos por ese tono elemental. Porque por muy leales que sean esas naturalezas científicas, por muy valiente y resuelta que nos parezca su concentración hacia el todo, no se entregan, sin embargo de esa manera, con todo su ser sin dividir su corazón y entrañas, nervios y carne, con todo su destino, al juego heroico del conocimiento. Ellos no arden jamás sino a la manera de las bujías, es decir, sólo por arriba, por la cabeza, por el espíritu. Una parte de su existencia, la parte temporal, privada y por consiguiente también la personal, queda siempre al abrigo del destino, mientras que Nietzsche se arriesga completa y enteramente, aborda de continuo el peligro, no “sólo con las antenas de un frío pensamiento”, sino con todas las voluptuosidades y tormentos de su sangre, con todo el impulso de su destino. Sus pensamientos no sólo vienen de lo alto, del destino, sino que ellos son el producto afiebrado de una sangre excitada, de nervios que vibran con violencia, de sentidos no saciados, del asimiento absoluto del sentimiento vital. Por eso sus ideas, como las de Pascal, vibran trágicamente, en una historia apasionada del alma; ellas son la continuación, llevadas al extremo, de aventuras peligrosas y casi mortales, un drama viviente que nos conmueve profundamente (en tanto que las demás biografías de filósofos no enriquecen ni en un ápice el horizonte intelectual). Y, sin embargo, aún en la angustia más amarga, no quisiera cambiar su vida, su “peligrosa vida”, con la de ellos que es modelo de orden, pues justamente lo que los otros buscan en el conocimiento, una “oequitas animae”, un reposo estable del alma, un baluarte contra el desborde de los sentimientos, Nietzsche lo odia, porque eso disminuye la vitalidad. Para él, el trágico, el hombre heroico, no actúa en la “miserable lucha por la existencia”, cuya seguridad se acrecienta y que protege contra los movimientos emocionales. No, no quiere seguridad, ni sentirse contento con lo que tiene. “¡Cómo se puede uno situar en esta maravillosa incertidumbre y multiplicidad de la existencia sin interrogar, sin temblar de curiosidad y de la voluptuosidad que proporciona la interrogación!” dice, mofándose con orgullo de los espíritus vulgares que se satisfacen rápidamente. Que ellos se traguen sus frías certidumbres, que se encierren en la cáscara de nuez de sus sistemas; en cuanto a él, lo único que lo atrae, es la ola peligrosa, la aventura, la multiplicidad seductora, la tentación brillante, el eterno encantamiento y la eterna desilusión. Que ellos continúen practicando su filosofía en la casa tibia de sus sistemas, como se practica el comercio, acrecentando sus bienes por el ahorro y con honradez; en cuanto a él, no se siente atraído sino por el juego, por la aventura de la riqueza suprema, de su propia existencia. Pues, como aventurero que es, no tiene ni siquiera interés, de poseer su propia vida, y aún más, anhela un excedente de heroísmo. ‘”No es la vida eterna lo que importa, sino la eterna vivacidad”.

Con Nietzsche aparece por primera vez en los mares de la filosofía alemana el pabellón negro del corsario y del pirata: un hombre de otra especie, de otra raza, una nueva clase de heroísmo, más filosofía que ya no se presenta bajo el ropaje de los profesores y sabios, sino con coraza y armas de lucha. Otros, antes que él, igualmente atrevidos y heroicos navegantes del espíritu, habían descubierto continentes e imperios; pero era, por decirlo así, con una intención civilizadora y utilitaria, a fin de conquistarlos para la humanidad, de completar la carta filosófica, penetrando más adelante en las tierras nuevas que han conquistado, construyen ciudades, templos y nuevas vías en la novedad de lo desconocido; y tras de ellos vienen los gobernadores y administradores, para laborar el terreno adquirido y extraer la cosecha, — los comentadores y profesores, los hombres de la cultura. Pero el sentido último de sus fatigas era siempre el reposo, la paz y la estabilidad; quieren aumentar las posesiones del mundo, propagar normas y leyes, es decir, un orden superior. Nietzsche por el contrario, hace irrupción en la filosofía alemana como los filibusteros al fin del siglo XVI hacían su aparición en el imperio español, — un enjambre de desesperados salvajes, temerarios, sin freno, sin nación, sin soberano, sin rey, sin bandera, sin hogar. Como ellos, no conquista nada para sí ni para nadie cerca de él, ni para Dios ni para su rey, ni para una fe, sino únicamente por el goce de la conquista, pues nada quiere poseer, ni adquirir, ni conquistar. El no firma tratado ni construye casa; desdeña las leyes de la guerra establecidas por los filósofos y no busca discípulos. El apasionado aguafiestas de todo “reposo”, desea únicamente saquear, destruir el orden de la propiedad, la paz asegurada y prudente de los hombres. El sólo desea propagar por el hierro y el fuego, esa vivacidad del espíritu siempre alerta, que le es tan preciosa como el sueño triste y deslucido a los amigos de la paz. Surge audazmente, derriba las fortalezas de la moral, las empalizadas de la ley; ninguna excomunión venida de la Iglesia o de la Corona, lo detiene. Tras de él, como después de la incursión de los filibusteros, las iglesias quedan violadas, los santuarios milenarios profanados, los altares derrumbados, los sentimientos insultados, las convicciones asesinadas, un horizonte de incendio, un monstruoso faro de intrepidez y de fuerza. Pero jamás se vuelve para gozar de lo que ha adquirido, ni para convertirlo en propiedad; lo desconocido, lo que jamás ha sido conquistado ni explorado, eso es su zona infinita; su único placer es ejercer su fuerza de “turbar a los dormidos”. No perteneciendo a ninguna creencia, ni habiendo prestado juramento a ningún país, teniendo en su mástil derribado la bandera negra del inmoralista y delante de él lo desconocido, sagrado, la eterna incertidumbre, de quienes se siente diabólicamente hermano, él se hace a la vela con frecuencia para nuevos y pe1igrosos viajes. Con el puñal en la mano, el tonel de pólvora a sus píes, aleja al navío de la costa y solitario en todos los peligros, se canta a sí mismo, para glorificarse, su magnífica canción de pirata, su canción de la llama, su canción del destino:

“Si, yo sé de donde vengo; insaciable como la llama, yo quemo y me consumo; todo lo que toco se convierte en luz, y todo lo que dejo se convierte en carbón, de seguro, yo soy llama”.

PASIÓN DE LA SINCERIDAD

Federico Nietzsche había proyectado en una hora temprana un libro que tendría por título “Passio nuova” o “Pasión de la sinceridad”. No escribió jamás este libro, pero, lo que es mejor, lo vivió. Una sinceridad apasionada y fanática, un amor a la verdad exaltado y llevado al tormento desempeña el papel de célula creadora, en el crecimiento y desarrollo de Nietzsche. Allí, profundamente adherido en su carne, en su cerebro y en sus nervios, está el resorte oculto, resorte de acero que mantiene en constante tensión su pensamiento y que lo alza con fuerza instintiva y mortal contra los problemas de la vida.
Sinceridad, rectitud, pureza, quedamos un tanto sorprendidos de no encontrar precisamente en el amoralista Nietzsche, ningún instinto primitivo y bizarro, fuera de los que los burgueses, comerciantes y abogados llaman, también ellos, con orgullo, su virtud: la honestidad, la sinceridad hasta la tumba, por consiguiente, una verdadera y auténtica virtud intelectual de gente pobre, un sentimiento del todo mediano y convencional. Pero en los sentimientos, la intensidad lo hace todo y no e1 contenido. A las naturalezas poseídas por el demonio les es dado reinterpretar la noción desde hace mucho tiempo banalizada y temperada para transportarla a un caos creador, a una esfera de tensión infinita. Ellas dan a los elementos, aún a los más insignificantes y más gastados, la convención, el color del fuego y e1 éxtasis de la exaltación. Por esto, la sinceridad de un Nietzsche no tiene nada que ver con la honestidad vulgarmente correcta de los hombres de orden; su amor a la verdad es una llama, un demonio de verdad, un demonio de claridad, una fiera salvaje en acecho del botín, dotada del más sutil instinto del olfato y de los instintos más violentos de animales carnívoros. Una sinceridad como la de Nietzsche ya no tiene nada de común con el instinto de prudencia doméstica, domado y temperado de los comerciantes, ni menos con la sinceridad grosera y brutal a lo Michel Kohhaas de gran número de pensadores ( por ejemplo Lutero), quienes llevando a derecha e izquierda anteojeras, no se precipitan con furor sino por la vía de una sola verdad, la de ellos. Por más violenta y ruda quesea. la verdad, en Nietzsche es siempre demasiado nerviosa, demasiado cultivada para ser estrecha: jamás se obstina, sino que va de problema en problema, temblando como una llama, consumiendo e iluminando a cada uno de ellos y jamás satisfecho por ninguno. Esta dualidad es magnífica; siempre se mantienen en Nietzsche la pasión y la sinceridad. Tal vez nunca un genio psicológico ha tenido al mismo tiempo tanta estabilidad ética, tanto carácter.

Por eso es que Nietzsche está predestinado como nadie a pensar claramente. El comprende y practica la psicología como una pasión, siendo harto su ser con esa voluptuosidad que se aporta a lo que es perfecto. En él se goza como de una música, de su sinceridad, veracidad, de esa virtud burguesa (ya he pronunciado antes la palabra) que no se asombra en considerar objetivamente sino como un fermento necesario de la vida espiritual. ‘Las magníficas exaltaciones, los “crescendo” en contrapunto que hay en su amor a la verdad son como una fuga magistral de la intelectualidad, pasando, con los movimientos de la tempestad, de un andante viril a un espléndido maestoso, — para renovarse constantemente y con sorprendente polifonía. La claridad se hace magia. Este hombre medio ciego, andando penosamente a tientas y viviendo en la obscuridad, como un mochuelo, tenía, en materia psicológica, una mirada de halcón, mirada que en un segundo, como ave de rapiña, se precipita, de lo alto del cielo infinito de su pensamiento, sobre la huella más sutil, sobre los matices más inciertos y menos estables, con infalible seguridad. Ante este conocedor inaudito, ante este psicólogo sin igual, no es posible ocultarse o esquívarse; su mirada, como los rayos de Roentgen, atraviesa las vestimentas, el cabello, la piel y la carne, yendo al fondo de cada problema. Y, tal como sus nervios reaccionan a la presión de la atmósfera, como un aparato de precisión, su intelecto, provisto de nervios también, tan finos, registra con la misma reacción impecable cada matiz del dominio moral.

‘La psicología de Nietzsche no surge de su inteligencia dura y clara como un diamante, es una parte inmanente de esa hipersensibilidad que caracteriza a todo su cuerpo para la determinación de los valores. El siente, y olfatea (“mi genio está en mis fosas nasales”), con la espontaneidad de una función física, todo lo que no es por completo puro y sano en los asuntos humanos e intelectuales.

“Una extrema lealtad — con relación a todos” es, para él, no un dogma moral, sino una condición completamente primaria, elemental e indispensable de la existencia: “perezco en un ambiente impuro”. La ausencia de claridad, la bajeza moral lo deprimen e irritan de la misma manera como las nubes pesadas y bajas a sus nervios y como los guisos demasiado grasos y mal cocidos a su estómago. Reacciona con el cuerpo antes que con el espíritu. ‘”Poseo una irritabilidad completamente desagradable del instinto de pureza, de suerte que percibo fisiológicamente y siento la vecindad o el fondo más íntimo, las entrañas de toda alma”. Olfatea con impecable seguridad todo lo que está adulterado por el moralismo, por el incienso de las iglesias, la mentira artificial, la frase patriótica o cualquier narcótico de la conciencia; tiene un olfato exagerado para todo lo que está podrido, corrompido y malsano, para coger ese olor de pobreza intelectual que hay en el espíritu; la claridad, la pureza, la limpieza, son pues, para su intelecto, condición de existencia tan necesaria como para su cuerpo (ya lo he indicado antes) un aire puro con contornos límpidos. La psicología es aquí realmente, como él mismo lo pide, la “interpretación del cuerpo”, la prolongación de una disposición nerviosa en e! dominio cerebral. Todos los demás psicólogos, al lado de esta sensibilidad adivinadora de Nietzsche, parecen un tanto pesados y burdos. Aún Stendhal, que estaba dotado de nervios de una delicadeza parecida, no se puede comparar con él, porque le falta la insistencia apasionada, la vehemencia del impulso, él se limita a anotar con indolencia sus observaciones, mientras que Nietzsche se precipita con el ímpetu de un ser sobre el menor conocimiento. Únicamente Dostoiewsky tiene también nervios de tal lucidez, (por consiguiente igualmente de una hipertensión y sensibilidad dolorosa y enfermiza); pero Dostoiewsky es, a su vez, inferior a Nietzsche en cuanto a la verdad. El puede ser injusto, puede exagerar, en medio de sus conocimientos, en tanto Nietzsche, aún en el éxtasis, no sacrifica ni un ápice de su lealtad. Por eso es que tal vez jamás nadie ha sido tan predestinado por la naturaleza a ser psicólogo; jamás un espíritu ha sido tan bien tallado para llegar a ser el barómetro sutil de la meteorología del alma; jamás el estudio de los valores ha poseído un instrumento tan preciso y tan sublime.

Pero no le basta a una psicología perfecta disponer del escalpelo más fino y cortante, del instrumento del espíritu mejor escogido; también la mano del psicólogo, a su vez, debe ser de acero, de un metal flexible y duro, no debe temblar y retroceder en el curso de sus operaciones, pues la psicología no queda agotada con el talento; es también, ante todo, una cuestión de carácter, exige el valor de “pensar todo lo que se sabe”; es, en el caso ideal de Nietzsche, una facultad de conocer unida a una fuerza viril y primitiva de la voluntad de conocer. El verdadero psicólogo debe “querer allí donde “puede”; no debe mirar o pensar de lado a causa de una indulgencia sentimental, de una timidez o temor personales; no debe dejarse adormecer por escrúpulos o sentimientos. En los leales y guardianes “cuyo deber es la vigilancia” no debe haber espíritu de conciliación, bondad, timidez, compasión; no debe haber ninguna debilidad (o virtud) del burgués, del hombre mediano. A estos guerreros, estos conquistadores del espíritu no les es permitido dejar escapar con benevolencia una verdad que cogen en el curso de sus patrullas osadas. En el dominio del conocimiento, “la ceguera no es falta, sino cobardía” y la frivolidad un crimen, pues aquel que tiene miedo de la vergüenza o teme hacer el mal, aquel que teme oír gritar a los que desenmascara. Y de ver la fealdad de la desnudez, ese no descubrirá jamás el supremo secreto. Toda verdad que no alcanza el punto extremo, toda veracidad que no es absoluta, no tiene valor ético. De allí también la dureza de Nietzsche para con todos los que, por pereza o bajeza de pensamiento, descuidan el deber sagrado de la resolución. De allí su cólera en contra de Kant por haber reintroducido en su sistema, por una puerta secreta y dando vuelta los ojos, el concepto de la divinidad. De allí su odio para los que en la filosofía cierran o guiñan los ojos; su odio por el “diablo o el demonio de la obscuridad”, que oculta bastardamente el conocimiento supremo. Las verdades de gran estilo no se obtienen por la adulación y los secretos no se obtienen por medio de un coqueteo familiar y seductor. Es sólo por la violencia, la fuerza, la implacabilidad, que la naturaleza se deja arrebatar o que tiene de más precioso; es sólo gracias a la brutalidad que se puede afirmar en una moral de gran estilo la atrocidad y la majestad de las exigencias infinitas. Todo lo que está oculto exige manos duras e implacable intransigencia. Sin sinceridad no hay conocimiento, sin resolución no hay sinceridad o conciencia del espíritu. “Cuando desaparece mi sinceridad, quedo ciego: cuando yo deseo saber, deseo también ser sincero, es decir, duro, severo, cruel e inexorable”. El psicólogo que alienta en Nietzsche no ha recibido como don del destino este radicalismo, esta dureza e implacabilidad, tal como ha recibido su mirada de halcón: los ha comprado con el precio de toda su vida, de su reposo, de su sueño y de su bienestar. Por su origen es de temperamento dulce, bueno, accesible, más bien jovial y absolutamente bien dispuesto y se ve obligado a recurrir a una fuerza de voluntad espartana, a convertirse en inaccesible e inexorable con respecto a su propio sentimiento: ha pasado en el fuego la mitad de su vida. Es preciso mirar profundamente en él para comprender todo el carácter doloroso de este proceso moral. Conjuntamente con su dulzura y su bondad, Nietzsche quema todos los lazos que lo unen a los hombres; pierde sus amistades, sus relaciones, etc., y su último trozo de vida se pone cada vez tan ardiente, se recalienta tan intensamente con su propia llama, que todos los que desean tocarlo, se queman !a mano. Como se cauteriza una plaga para evitar las impurezas, Nietzsche quema violentamente su sentimiento para conservarlo puro y sincero. Se trata a sí mismo, sin ningún miramiento, como el fierro rojo de su voluntad de. extrema veracidad. Como verdadero fanático sacrifica todo lo que ama, aún a Ricardo Wagner, cuya amistad ha sido para él uno de los encuentros más sagrados. Se convierte en pobre, solitario y odiado, únicamente para permanecer verdadero y llenar ampliamente el apostolado de la sinceridad. Como todos los poseídos por el demonio, la pasión en él pronto se convierte en monomanía y consumen su llama todos los bienes de la vida y al final, no conoce nada más que esta pasión. Es por eso que es preciso renunciar de una vez por todas a estas preguntas de maestro de escuela: ¿Qué deseaba Nietzsche? ¿Qué pensaba? ¿Hacia qué sistema tendía su filosofía? Nietzsche no deseaba nada; tenía en sí mismo una pasión excesiva por la verdad. Ella no tenía ninguna finalidad. Nietzsche no piensa para mejorar o ilustrar el universo, ni para apaciguarse a sí mismo; su embriaguez de pensamiento es un fin en sí mismo, una voluptuosidad completamente personal, egoísta y elemental, como toda pasión demoníaca. Jamás, en este enorme desgaste de fuerzas se trata de una doctrina (hace mucho tiempo que ha sobrepasado ese noble infantílismo y los escarceos del dogmatismo); menos aún de religión. (“No tengo nada de fundador de religiones. Las religiones son asuntos para el pueblo”). Nietzsche practica la filosofía como un arte y, como artista verdadero, no busca resultados, cosas fríamente definitivas, sino un estilo, el “gran estilo moral” y disfruta como artista todas las inspiraciones repentinas. Por eso, se comete un error al dar a Nietzsche el nombre de filósofo, es decir de amigo de la Sophia, de la sabiduría, y nada era más extraño en Nietzsche que llegar a la meta acostumbrada de los filósofos, a un equilibrio del sentimiento, a un reposo y a una sabiduría ‘”espesa”, repleta de satisfacción, al punto rígido de una convicción persistente de una vez por todas. Gasta y consume convicciones sucesivas; arroja lo que ha adquirido y por esta razón, le viene mejor el nombre de “amigo de la verdad”. Es un ferviente apasionado de Aletheia, de la verdad, de esta cruel y virginal diosa seductora, que sin cesar, como Artemisa, entrena a sus amantes en una caza eterna, para permanecer, a pesar e todo, siempre inaccesible, tras de sus velos destrozados. Porque la verdad tal como Nietzsche la comprende no es una forma rígida y cristalina de la verdad, sino más bien la voluntad ardiente y quemante de ser verdadero y de permanecer verdadero. No el término final de una ecuación, sino una incesante y demoníaca elevación hacia una potencia más alta y una tensión de su propio sentimiento vital, una exaltación de la vida en el sentido de la más integral plenitud. Nietzsche no desea jamás y en ningún caso, ser feliz, sino más bien ser verdadero. No busca el reposo (como las nueve décimas partes de los filósofos) sino en calidad de esclavo y servidor del demonio, busca el superlativo de todas las excitaciones y de todos los movimientos. Toda la lucha por lo inaccecible adquiere un carácter de heroísmo, y todo heroísmo, llega necesariamente, a su turno, en lo que es la consecuencia más sagrada, es decir, la caída.

Porque una hipertensión tan fanática de la necesidad de sinceridad, una exigencia tan implacable y peligrosa como la de Nietzsche, entra inevitablemente en conflicto con el mundo de una manera mortal sobre todo para sí mismo. La naturaleza que está compuesta de miles de elementos, rechaza necesariamente toda intransigencia unilateral. Toda vida, en el fondo, está establecida sobre la conciliación, la indulgencia. Es lo que Goethe reflejaba tan sabiamente en su ser: la esencia de la naturaleza, lo que reconoció y aplicó desde hora temprana. Para mantenerse en equilibrio, la naturaleza tiene necesidad, tal como los hombres, de situaciones término medio, de concesiones, compromisos y pactos. Aquel que tiene la pretensión antinatural y absolutamente antropomórfica de no participar en las superficialidades, en las concesiones y conciliaciones del mundo, aquel que desea apartarse con violencia al núcleo de las vinculaciones y convenciones forjadas por los siglos, entra en oposición mortal con la sociedad y la naturaleza. Mientras más el individuo pretende enérgicamente “aspirar a la pureza absoluta”, más el tiempo le testimonia su hostilidad. Sea que él persista como Hoelderlin en desear dar una forma únicamente poética a una vida esencialmente prosaica, sea que él pretenda como Nietzsche, penetrar la infinita confusión de las vicisitudes terrestres, en cada caso este deseo desprovisto de sabiduría, pero heroico, constituye una revuelta contra las costumbres y las reglas y arrastra al temerario a un aislamiento irremediable, as una guerra sorprendente, pero, sin esperanza. Lo que Nietzsche 1lama la “mentalidad trágica”, la resolución de ir hasta el final con cualquier sentimiento, pasa del espíritu a la realidad viviente y crea la tragedia. Los que desean imponer a la vida aunque sea una sola ley y en el caos de las pasiones desean hacer prevalecer una pasión única, la suya, se convierten en solitarios y como solitarios se aniquilan. Loco está en su sueño si obra inconscientemente; pero, es héroe si conociendo el peligro, lo desafía. Nietzsche por apasionado que sea en su sinceridad es de los que saben. Conoce el peligro al cual se expone; sabe desde el primer momento, desde el primero de sus escritos que su pensamiento rodea el centro peligroso y trágico, que vive una vida peligrosa, pero en cuanto héroe del espíritu de carácter verdaderamente trágico, no ama la vida sino a causa de este peligro, que justamente, aniquila su propia vida. “Construid vuestras casas al pie del Vesubio” grita él a los filósofos para aguijonearlos hacia una conciencia más alta del destino, porque el grado de peligro en el cual un hombre vive consigo mismo, es para él, la única medida valedera de toda grandeza. Sólo aquel que juega sublimemente el todo por el todo puede ganar el infinito, aquel que arriesga su propia vida puede dar a su estrecha forma terrestre el valor infinito. “Fiat veritas, pereas vita”, no importa si cuesta la vida con tal que la verdad se realice. La pasión es más que la existencia, el sentido de la vida es más que la vida misma. Con enorme potencia, Nietzsche, en su éxtasis, da poco a poco, a este pensamiento una forma grandiosa y que sobrepasa en mucho a su propio destino. ”Nosotros preferimos la ruina de la humanidad a la ruina del conocimiento”. Yo conozco mi suerte, exclama él en la víspera de su caída; un día se unirá a mi nombre el recuerdo de algo extraordinario, de una crisis como nunca ha habido sobre la tierra, el recuerdo de la más profunda colisión de conciencia, de una resolución conjurada contra todo lo que hasta aquí ha sido sagrado y artículo de fe. Nietzs-che ama este supremo abismo de todo conocimiento y todo su ser va adelante de esta resolución mortal. ¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre? Tal fue la interrogación que este valeroso pensador se planteó durante toda su existencia. Para profundizar completamente la medida de esta capacidad de conocimiento, está obligado a franquear la zona de seguridad y subir al escalón en el cual el hombre no la soporta más porque el último conocimiento se hace mortal y la luz está muy próxima y ciega.

Precisamente son estos últimos pasos adelante los más inolvidables y los más potentes en la tragedia de su destino: jamás su espíritu estuvo más lúcido, su alma más apasionada y su verbo más alegre y musical que cuando él se arrojó en pleno conocimiento de su plena voluntad, desde las alturas de la vida hasta el abismo de la nada.

MARCHA PROGRESIVA HACIA SI MISMO

Los hombres de orden, por ciegos que sean, ante todo lo que es original, tienen un instinto infalible para descubrir lo que les es hostil; mucho tiempo antes que Nietzsche se revelara como amoralista e incendiario, ellos han sentido en él un enemigo. El les molestaba como un tipo dudoso, como un descastado de todas las categorías, como una mezcla de filósofo, de filólogo, de revolucionario, artista, literato y músico. Desde la primera hora los hombres de1 oficio, lo odiaron porque traspasaba la frontera. Nadie ha poseído en más alto grado el gentil arte de hacer enemigos. Apenas si filólogo publica su obra de estreno, cuando el maestro de la filología, crucifica delante todos sus colegas a aquel que ha osado franquear los .límites profesionales. Wilamorvitz actúa como maestro durante medio siglo, mientras que su adversario cada vez crece más frente a la inmortalidad. Los wagnerianos se burlan del panegirista apasionado y los filósofos de sus trabajos sobre el conocimiento. Antes que haya salido de la crisálida de filólogo, antes que tenga alas, Nietzsche ya tiene en su contra a todos los especialistas. Sólo el genio conocedor de los cambios, sólo Ricardo Wagner ama en este espíritu en vías de porvenir a su .futuro enemigo. Pero los demás sienten el peligro en su manera atrevida, le toman las cosas desde lejos; sienten a alguien que no es seguro, que no permanecerá fiel a sus convicciones. Aún hoy mismo que su autoridad los intimida, los pone reservados, los especialistas desearían encerrar de nuevo “al príncipe fuera de la ley” en un sistema, doctrina, religión o mensaje. Les gustaría que, como ellos mismos, estuviera ligado a convicciones, enclavado a una concepción del universo. Precisamente lo que él temía más, o sea una posición definitiva sin ninguna contradicción, es lo que ellos desearían imponer a este hombre que ya no se puede defender más. Desearían ubicar a este nómade en un templo, en una mansión, lo que él no deseó jamás. Ahora él ha conquistado el mundo infinito del espíritu.

Pero Nietzsche no puede ser enjaulado en una doctrina; él no puede ser clavado en una convicción, porque jamás este apasionado relativista de todos los valores no se amarra a ninguna palabra de sus labios, a ninguna convicción de su conciencia, jamás en sus páginas se ha tratado de extraer a la manera de un maestro de escuela una fría teoría del conocimiento de la emocionante tragedia de su espíritu. “Un filosofo utiliza y consume sus convicciones”, responde él altaneramente a los espíritus sedentarios que se envanecen de sus convicciones. Cada una de sus opiniones no es más que una transición; y aún su propio yo, su piel, su cuerpo, su estructura intelectual, no han sido a sus ojos sino una multiplicidad, una “casa de sociedad” para numerosas almas. Un día, él ha pronunciado literalmente la más audaz de sus parábolas: ”no es ventajoso para un pensador estar ligado a una sola persona. Cuando uno se encuentra a sí mismo, hay que tratar de perderse de tiempo en tiempo para después encontrarse”. Su esencia es una continua transformación, el conocimiento de sí mismo, por la pérdida de sí mismo, es decir, un eterno devenir y jamás un ser rígido y en reposo. Es por eso que el solo imperativo vital que se encuentra en todos sus escritos, “llega a ser el que tú eres”.

Es así como Goethe ha dicho también irónicamente, que él estaba siempre en pena, cuando él estaba en Weimar. La imagen favorita de Nietzsche relativa a una piel de serpiente que se renueva, se encuentra cien años antes en una carta de Goethe; pero qué contradictorios son el desarrollo reflexivo de Goethe y la transformación eruptiva de Nietzsche. Goethe ensancha su vida alrededor de un centro fijo, como un árbol agrega todos los años un nuevo anillo a su corteza interior y mientras se libra de su corteza exterior, él se hace cada vez más fuerte, alto y firme y va siempre más lejos. El desarrollo de Goethe se efectúa pacientemente, gracias a una fuerza porfiada de absorción, siempre en actividad y también gracias a la resistencia que pone en defender su yo simultáneamente con todo crecimiento, mientras que el desarrollo de Nietzsche, se efectúa siempre violentamente, gracias a la vehemencia impetuosa de la voluntad. Goethe amplía su vida sin sacrificar jamás una parte de sí mismo; no tiene jamás necesidad de negarse para elevarse. Nietzsche por el contrario, hombre de metamorfosis, está siempre obligado a destruirse para reconstruirse todo entero. Todas sus ganancias espirituales y sus nuevos descubrimientos se convierten en tormentos mortales del yo y de creencia perdidas. Para subir más alto está siempre obligado a arrojar una parte de sí mismo. Goethe no sacrifica nada y se limita a trasformar químicamente sus elementos ya destilarlos.

Nietzsche, para alcanzar una vida más libre y más alta, debe pasar siempre por el dolor y el desgarramiento: “la ruptura de todo vínculo individual es dura, pero un ala me brota en lugar de cada vínculo”.

Siendo una naturaleza esencialmente demoníaca, no conoce sino la más brutal de las transformaciones, la que se opera por medio de la combustión. Como el fénix debe pasar con todo su cuerpo por el fuego destructor para renacer cantando en su propia ceniza, con nuevos colores. El hijo del espíritu, en el sentido de Nietzsche, debe pasar con toda su fe a través de la hoguera de la contradicción, que devora su yo para que el espíritu se eleve sin cesar, renovado y libre de toda antigua convicción. En su cambiante cuadro del uníverso, nada permanece inalterable de lo que fuera otrora, es por eso que sus diversas fases no se siguen fraternalmente, sino hostilmente. Está siempre el camino de Damasco; no es sólo una vez que cambia de creencia, de sentimiento, sino innumerables veces, porque cada nuevo elemento espiritual penetra en el, no sólo en su espíritu sino que hasta en sus entrañas. Los conocimientos morales e intelectuales se transforman en él modificando la circulación de la sangre, sus sentimientos y su pensamiento. Como un jugador temerario, Nietzsche expone toda su alma a la potencia destructora de la realidad y desde el comienzo, la experiencia y las impresiones que él siente, toman la forma de erupciones violentas y volcánicas. Cuando él era un joven estudiante en Leipzig, leyó “El mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer y no pudo dormir durante diez días; todo su ser estaba transformado por un ciclón, la fe en la cual se apoya se destroza ruidosamente y cuando su espíritu se liberta de este vértigo, y recobra su sangre fría, tiene delante de sí una filosofía completamente cambiada, una nueva concepción de la vida. Lo mismo su encuentro con Ricardo Wagner se convierte en una fuente de amor apasionado que extiende hasta el infinito la envergadura de su sensibilidad. Cuando regresa de Triebschen a Basilea, su vida toma un nuevo sentido: de la noche a la mañana el filólogo ha muerto en él y la perspectiva del pasado, de lo histórico, ha cedido su lugar a la del porvenir. Porque su alma estaba plena de este ardiente amor espiritual. Cuando ocurre la ruptura con Wagner, ésta abre en él una herida casi mortal que sangra y supura continuamente y que jamás se cerrará o cicatrizará del todo. Como en un temblor con cada una de sus sacudidas espirituales, todo el edificio de sus convicciones se desmorona y está obligado a reconstruirlo de nuevo. Nada crece en él dulce, silenciosa u orgánicamente. Como las cosas de la naturaleza, jamás su ser interior se extiende o se desarrolla por un trabajo secreto, en una superficie más amplia. Aún sus propias ideas golpean su interior como rayos; siempre un universo debe aniquilarse en él para que su cosmos se reforme. Esta fuerza explosiva de la idea, es sin ejemplo en Nietzsche: “Yo desearía, escribe .un día, libertarme de la expansión del sentimiento que comportan tales producciones; el pensamiento me ha sobrevenido en forma que yo moría de repente de una cosa parecida”. Efectivamente, hay siempre algo que muere en él en medio de sus renovaciones espirituales; siempre en su tejido interno hay algo roto, como si con un cuchillo de acero tajaran todas las relaciones anteriores. Siempre todo domicilio espiritual está quemado y carbonizado hasta hacerse inconocible por la acción flamígera de una nueva inspiración. En cada una de sus transformaciones se mezclan las convulsiones de la muerte y del nacimiento. Jamás tal vez un ser humano se ha desarrollado en medio de tormentos tan espantosos, jamás hombre alguno ha sangrado tanto en la busca de su yo. Y es por eso que todos sus libros no son sino informes clínicos de sus operaciones, los métodos empleados en sus vivisecciones, y una especie de ginecología del espíritu. “Mis libros no hablan sino de historias obtenidas sobre mí mismo”, son la historia de sus transformaciones, de sus embarazos y de sus alumbramientos, de sus muertes y de sus resurrecciones, la historia de las guerras que él ha dirigido sin misericordia contra sí mismo y en suma constituyen una biografía de todo los seres humanos que Nietzsche ha sido y devenido durante los veinte años de su vida espiritual. Lo que hay de característico en sus transformaciones continúa lo que la línea de su vida representa en cierto sentido un movimiento retrógrado”. Tomemos a Goethe, que es el más simbólico de todos los fenómenos humanos, como el prototipo de una naturaleza orgánica que se encuentra misteriosamente de acuerdo con la marcha del universo, nosotros vemos que la forma de su desarrollo refleja simbólicamente las diversas edades de la vida. Goethe en su juventud es exuberante como el fuego; en la edad del hombre es de una actividad reflexiva y en su vejez su pensamiento es todo lucidez; el ritmo de su espíritu corresponde orgánicamente a la temperatura de su sangre.

Su caos se encuentra al comienzo, como sucede siempre en el joven; su orden se encuentra al fin de su carrera como ocurre siempre en el caso del viejo. Llega a ser conservador después de haber sido revolucionario., hombre de ciencia después de haberse estrenado con el ocultismo, y administrador cauteloso de su yo después de haber sido pródigo con él. Nietzsche hace lo contrario de Goethe; mientras éste aspira a un vínculo cada vez más completo con su ser, Nietzsche desea ardientemente una disgregación cada vez más apasionada; como todos los caracteres demoníacos, se hace cada vez más impaciente, más vehemente, más revolucionario ,más caótico, a medida que avanza en edad. Desde luego su actitud exterior está en completa oposición con ]a evolución habitual. Nietzsche comienza con la vejez, a los 24 años, mientras sus camaradas se entregan todavía a las diversiones de estudiantes, y cumplen con jubilosos ritos en cervecerías y empinando rubicundos chops, Nietzsche ya es un auténtico profesor, titular de la cátedra de filosofía de la célebre Universidad de Basilea. Sus verdaderos amigos son entonces hombres de 50 a 60 años, grandes sabios de cabellos grises, tales como Jacobo Burchlkhard y Ritschl y su íntimo el primer artista de su tiempo, el grave Ricardo Wagner. Una severidad implacable, una objetividad sin falla hacen de él entonces un sabio, jamás un artista y en todos sus libros el torro pedagógicamente superior del hombre de experiencia prevalece sobre el del principiante. Reprime con violencia sus energías poéticas, sus entusiasmos por la música: como cualquier consejero áulice, fosilizado por los años, está encorvado sobre manuscritos y se contenta con revisar pandectas polvorientas. En sus comienzos la mirada de Nietzsche está por entero vuelta hacia el pasado, hacia la Historia, hacia lo que ha muerto y lo que ha sido, los placeres de su vida se convierten en manías de solterones, su alegría y su ardor se disfrazan bajo la dignidad profesional y sus ojos no se apartan de los libros y de los problemas de erudicción. A los 27 años “El nacimiento de la Tragedia” abre un primer surco en el presente; pero el autor de este libro lleva sobre su figura espiritual la máscara severa de la filología y sólo subterráneamente se advierte en esta obra una primera llamarada de cosas futuras, un primer resplandor del presente y de la pasión artística. Cerca de los treinta años, a la edad en la cual el hombre normal no hace más que inaugurar su carrera burguesa, en el momento en que Goethe es consejero de Estado, Kant o Schiller son profesores, Nietzsche ha ya arrojado tras de sí sus funciones oficiales y ha abandonado la cátedra de filología. Ese es su primer paso hacia su verdadero yo, su primer movimiento para penetrar en su propio universo, su primera transformación interna y esta ruptura constituye los verdaderos estrenos del artista. El verdadero Nietzsche comienza, en el momento en que hace irrupción en el presente el Nietzsche trágico, inactual, cuya mirada está dirigida hacía el futuro que tiene la nostalgia del hombre nuevo, del que vendrá un día. Entretanto se producen incesantes trastornos, parecidos a golpes de grisú, cambios radicales en su ser más íntimo: el brusco paso de la filología a la música, de la gravedad al éxtasis, de la paciencia positiva a la danza. A los 36 años es un amoralista, un escéptico, un poeta y un músico, libre de todo pasado y de su propia ciencia, compañero del hombre de mañana, del hombre futuro. Por consecuencia, en vez que los años de desarrollo, como ocurre en el artista anormal, estabilicen su vida, haciéndola más seria y más sistemática, no hacen más que liberarlo apasionadamente de todos los vínculos y de todas las relaciones. El ritmo de este rejuvenecimiento es monstruoso y sin analogía. A los 40 años, el estilo de Nietzsche, sus pensamientos, su ser, tienen más glóbulos rojos, más frescura de color, de temeridad, de pasión y de música que a los 1 7 años. El solitario de Sils-María va a través de su obra con paso más ligero, alado y danzarín que el antiguo profesor de 24 años, prematuramente envejecido. En él, el sentimiento de la vida se intensifica, en vez de apaciguarse; su metamorfosis se hace más rápida, libre, alada, variada, malvada y cínica; no encuentra en ninguna parte un punto de descanso para su espíritu siempre en movimiento. Su propia vida es incapaz de seguir la mutabilidad de su espíritu y los cambios que ocurren en el toman poco a poco un ritmo cinematográfico en el cual la imagen tiembla de continuo. Precisamente los que creen conocerlo de más cerca, los amigos de los períodos, se sorprenden cada vez más cuando le encuentran. Descubren con espanto en su figura intelectual que rejuvenece nuevos aspectos, que no tienen relación con nada anterior. El mismo, siempre en vía de metamorfosis, tiene la impresión de encontrarse delante de un fenómeno, cuando oye designar su propio título, cuando se le confunde con el profesor Federico Nietzsche de Basilea, con el filólogo, con ese hombre prematuramente envejecido de la erudición, de quien él se acuerda penosamente y que existió 20 años antes. Tal vez nadie ha arrojado lejos de sí su pasado con tanto rigor como Nietzsche, descartando aún los rudimentos y sentimientos anteriores, de allí proviene también la terrible soledad de sus últimos años. El ha roto todos los vínculos con el pasado y el ritmo de sus últimos años, de sus últimas metamorfosis es demasiado ardiente para que é se aferre a cosas nuevas. No hace más que pasar a toda velocidad al lado de los hombres y de los fenómenos y mientras más se acerca su yo, el deseo de evadirse de sí mismo es cada vez más quemante. Cada vez son más radicales las modificaciones de su ser, más bruscos sus altos del blanco al negro: se consume devorándose sin cesar y su ruta es un solo desfile de llamas.

Pero en la medida en que se aceleran sus transformaciones, se hacen más violentas y dolorosas. Las primeras “liberaciones” de Nietzsche consisten en desembarazarse de sus creencias de muchacho o de joven, opiniones hechas, aprendidas o impuestas en la escuela; él las ha arrojado fácilmente tras de él, como una vieja piel de serpiente reseca. Mientras más se acentúa su potencia psicológica, más debe hundir el puñal en las capas profundas de su substancia interna; cuando sus convicciones son subcutáneas, cargadas del flujo nervioso e hinchadas de sangre, cuando son formadas con su propio plasma, es más necesaria la violencia brutal, la efusión de sangre y la firmeza intransigente, es preciso allí convertirse en verdugo de sí mismo, efectuar un trabajo de Shylock, una incisión en su propia carne. Finalmente esta desnudez de su yo llega a la zona más íntima del sentimiento, allí donde las operaciones son más peligrosas; sobre todo la amputación del complejo wagneriano es una intervención quirúrgica extremadamente peligrosa y casi mortal en la parte más interna de su cuerpo, bien cerca de la línea del corazón; es casi un suicidio o una especie de asesinato lúbrico, porque su salvaje instinto de verdad viola y extrangula a la creatura que le es más próxima y más querida. Mientras más violencia hay, mejor es una de esas victorias sobre sí mismo; cuesta a Nietzsche sangre de dolor, de crueldad y su ambición disfruta voluptuosamente de esta prueba a la cual él somete su propia potencia de voluntad. Implacable inquisidor de sí mismo, sondea cada una de sus propias convicciones y experimenta una alegría sombríamente española y voluptuosamente cruel al contemplar los innumerables autos de fe de sus ideas reconocidas como herejes. Poco a poco el instinto de destrucción de sí se convierte en Nietzsche en una pasión intelectual: “conozco la alegría de destruir en un grado que está en armonía con mis fuerzas do construcción”. De la simple transformación de sí mismo, nace el deseo de contradecirse y de ser su propio adversario; trozos de libros se oponen bruscamente unos a otros. Este prosélito apasionado de sus convicciones coloca autoritariamente un “sí” al lado de cada “no” y un “no” al lado de cada “sí”. Se despliega hasta el infinito para tender los polos de su ser y para disfrutar como de la verdadera vida del espíritu con la tensión eléctrica que hay entre los extremos. Siempre huyéndose, siempre alcanzándose (el alma huye de sí misma y trata de reunirse en el círculo más vasto) eso le conduce al fin, a una excitabilidad local y esta intransigencia le es fatal. Precisamente en el momento en que la forma de su ser alarga hacia los extremos, la tensión de su espíritu estalla, el núcleo de fuego, la potencia primitiva demoníaca y esta fuerza elemental aniquila con un solo choque volcánico, la serie grandiosa de símbolos que su espíritu de creador plástico había arrancado de su propia sangre y de su propia vida en su persecución de lo infinito.

DESCUBRIMIENTO DEL SUR

“Nosotros, aeronautas del espíritu” dijo un día Nietzsche altaneramente, para celebrar esta libertad única del pensamiento que encuentra sus nuevos caminos en elementos sin límites y aún virgen. Y en efecto, la historia de sus viajes espirituales, de sus volteretas y de sus algaradas, esta persecución de lo infinito se desenvuelve en el espacio superior, en el espacio espiritualmente ilimitado. Como un globo cautivo que arroja lastre continuamente, Nietzsche se hace cada vez más libre. Con cada cable que él rompe y cada dependencia que arroja, se eleva siempre más magníficamente hacia un horizonte más amplio, de una perspectiva personal por encima del tiempo. Hay innumerables cambios de dirección, antes que el esquife caiga en la tempestad que lo destrozará. Sólo un momento decisivo sobremanera importante surge fuerte y simbólicamente en la vida de Nietzsche: es en cierta manera el minuto dramático en el cual el último cable se suelta y el aerostato pasa de la inmovilidad a la libertad, de la pesantez de la tierra al elemento ilimitado. Este segundo en la vida de Nietzsche es el día cuando él abandona su puerto de desembarco, su patria, su cátedra de profesor, su profesión, para no regresar a Alemania sino en vuelo rápido y desdeñoso, encontrándose para la eternidad en otro elemento dotado de más libertad. Porque todo lo que se produce hasta esta hora no es de una gran importancia para la personalidad esencial de Nietzsche que pertenece a la historia universal: los primeros cambios no son más que preparativos para conocerse mejor. Y sin este impulso decisivo hacia la libertad, a pesar de toda su espiritualidad, habría permanecido en estado de sujeción; él habría sido uno de esos profesores reducidos a una especialidad, un Erwin Rohde, un Dilthey, uno de esos hombres que nosotros honramos en su ambiente sin ver, sin embargo en ellos una revelación para nuestro propio universo espiritual. Es únicamente la aparición de la naturaleza demoníaca, la expansión de su pasión intelectual, el sentimiento de la libertad primitiva, que hace de Nietzsche una figura profética y transforma su destino en mito. Y como yo aquí trato de representar su vida, no dramáticamente, sino como una obra de teatro, como una obra de arte y una tragedia del espíritu, obra verdadera para mí, empieza solamente en el momento cuando el artista comienza en él y toma conciencia de su libertad. Nietzsche en su crisálida filológica, en un problema para los filólogos: sólo el hombre alado, el aeronauta del espíritu pertenece a la creación literaria. Esta primera decisión de Nietzsche sobre su ruta de aeronauta en busca de sí mismo, es el Sur y ella quedará como el cambio de los cambios. Lo mismo que en la vida de Goethe, el viaje a Italia es un corte decisivo, él también se refugia en Italia para buscar su verdadero yo, para pasar de la esclavitud a la libertad, de la vida simplemente vegetativa a una vida creadora. Cuando él atraviesa los Alpes en el primer resplandor del cielo italiano, una metamorfosis se produce con la potencia de una erupción: “me parece, escribe él, desde el Trentino, regresar desde una expedición a Groenlandia” . A él también lo enferma el invierno y en Alemania sufre con el cielo gris. Naturaleza absolutamente inclinada hacia la luz y hacia una alta claridad, desde que penetra en tierra italiana, siente producirse un brote elemental de la sensibilidad más íntima, una expansión y una necesidad de libertad nueva y más personal. Goethe experimenta demasiado tarde el milagro del Sur sólo a los 40 años: la corteza es ya demasiado endurecida alrededor de su temperamento ha quedado en su hogar en la corte con sus dignidades y funciones. Está ya fuertemente cristalizada en él para modificarse o transformarse por completo. Dejarse dominar sería contrariar la regla orgánica de su vida: Goethe desea permanecer amo de su destino y no tomar las cosas sino con la exactitud que permiten. Por el contrario, Nietzsche, Holderlin, Kleist, esos desipadores se abandonan siempre por entero con toda su alma a cada impresión, felices de sentirse lanzados de nuevo en el fuego de la vida. Goethe encuentra en Italia lo que él busca y no mucho más, busca encadenamiento más profundos, los grandes recuerdos del pasado, no se preocupa sino de las cosas que están bajo tierra; el arte antiguo, el espíritu romano, los misterios de la planta y de la piedra. Nietzsche, busca libertades más altas, el grandioso porvenir y la manurnisión de todo lo que es histórico. Nietzsohe contempla con embriaguez y con alegría vivificadora las cosas que están encima de él: el cielo de zafiro, el horizonte claro hasta el infinito, la magia de la luz penetra en todos sus poros. Es por todo esto que la impresión de Goethe, es sobre todo cerebral y estética y la de Nieirzsche es sobre todo vivificante. Mientras que el primero lleva de Italia un estilo artístico, Nietzsche descubre un estilo de vida; Goethe es sencillamente fecundo, mientras que Nietzsche sufre el efecto de una verdadera transplantación y de una verdadera renovación. El hombre de Weimar experimenta la necesidad de renovarse, pero como toda forma ya cuajada, no tiene más capacidad para experimentar impresiones, para una transformación radical tan completa como la de Nietzsche, el hombre de 40 años está ya demasiado formado, demasiado egotista y sobre todo demasiado indócil, el poderoso y sólido instinto de conservación de su yo, que en sus últimos años se convertirá en rigidez y coraza glacial no concuerda con el cambio. Un carácter dionisíaco toma de toda cosa con exceso y sin miedo de peligro. Goethe desea únicamente enriquecer posesiones pero jamás consiente en perderse en el fondo de las cosas hasta trasformarse. Es por esto que su última impresión con respecto al Sur, es un agradecimiento cuidadosamente pisado y medido que es de orden negativo a pesar de todo: “Entre las cosas dignas de elogio que yo he aprendido en el curso de este viaje, dice él en sus últimas notas relativas a Italia, es preciso comprender también el hecho que en manera alguna yo no puedo estar solo y vivir fuera de mi patria”. Basta dar vuelta esta fórmula en trazos duros como una medalla y se tendrá en sustancia el efecto producido sobre Nietzsche por el Sur. Su conclusión es un contraste absoluto con el resultado de Goethe a saber que no puede vivir sino solo y únicamente fuera de su patria. Goethe al salir de Italia regresa exactamente a su punto de partida y después de haber hecho un viaje instructivo e interesante, trae en sus equipajes en su corazón y en su cerebro, cosas preciosas para un hogar. Nietzsche está definitivamente expatriado y él ha encontrado su verdadero yo. “Príncipe fuera de la ley”, feliz de ser sin patria, sin hogar y sin posesiones, desprendido para siempre de las mezquindades, de la patria y de toda sujeción patriótica. Para él no hay otra perspectiva que una contemplación a vuelo de pájaro del buen europeo, de esta especie de hombre esencialmente nómada y colocado por encima de las naciones, de quien el siente atmosféricamente el inevitable advenimiento. En el seno de esta perspectiva establece su residencia, en un reino situado más allá en el porvenir.

Para Nietzsche, el intelectual tiene su casa no donde ha nacido, porque el nacimiento pertenece al pasado, sino allí donde engendra y da a luz: “Ubi pater sum, ibi patria”, “allí donde engendro, donde soy padre, ahí está mi patria, y no donde fui engendrado. El benefició inestimable e inalterable que sacó de su viaje al Sur, es que en adelante el mundo entero llega a ser para Nietzsche al mismo tiempo un país extranjero y una patria y que allí puede conservar esa mirada a vuelo de pájaro, ese mirar penetrante de un ave de rapiña que planea en las alturas, una mirada hacia los horizontes ampliamente abiertos por doquiera. Una vez que Nietzsche se ha establecido en el Sur, se encuentra para siempre más allá de todo su pasado; está bien definitivamente desgermanizado, desembarazado de !a filología, del cristianismo y de la moral y nada caracteriza tanto su naturaleza excesiva, sin ningún freno, que este simple hecho: nunca dio un paso atrás, y jamás lanzó una mirada de melancolía o nostalgia hacia su pasado. El navegante del reino del porvenir está demasiado feliz de estar embarcado sobre el navío más rápido para cosmópolis, para que él sienta todavía el deseo de su patria. Es por esto que toda tentativa hecha para regermanizarle debe condenarse como un error hoy día muy corriente. Para este hombre archilibre, no hay medio de renegar de la libertad; después que él siente la claridad del cielo italiano, su alma se agita con el pensamiento de la oscuridad que proviene de las nubes, del anfiteatro de los profesores de la iglesia, o del cuartel. Sus pulmones, sus nervios atmosféricos no soportan más ninguna especie de septentrión, de germanización, de pesadez. El no puede vivir más con las ventanas cerradas, en la semi-oscuridad, en un crepúsculo y en griterías intelectuales. Para él, ser verdadero es ser claro, es ver largamente y trazar hasta el infinito contornos preciosos y después que él ha divinizado con toda la embriaguez de su sangre, esta luz elemental, incisiva y penetrante del Sur, ha renegado para siempre el ”diablo propiamente alemán, el demonio de la oscuridad”. Su sensibilidad casi gastronómica, ahora, que eI vive en el Sur, en el extranjero, ve en todo lo que es alemán, una alimentación demasiado pesada para su gusto refinado, una especie de indigestión “una manera de no terminar jamás con el estudio de los problemas que se plantean. El alemán ya no será más lo suficientemente libre y rápido” para él. Aún las bocas que otras veces amara le producen ahora una especie de pesadez: en los “Maestros Cantores” advierte un esfuerzo violenta hacia la serenidad; en Schopenhauer las entrañas destrozadas, en Kant el gusto hipócrita de un moralismo de estado, en Goethe el entorpecimiento provocado por las cargas públicas y las dignidades y por los horizontes voluntariamente limitados. Todo lo que es alemán es para él crepúsculo, penumbra y oscuridad; no tiene sólo un malestar intelectual frente a la estructura de lo que era la Alemania demasiado joven, la cual había llegado a su punto extremo; no es sólo un descontento político causado por el “imperio” y con todos los que han sacrificado la idea alemana al ideal del cañón; no es sólo una antifalta estética para la Alemania de los muebles de felpa y el Berlín de las columnas de la Victoria. La nueva doctrina del Sur, que es la de Nietzsche, reclama ahora de todos los problemas una nitidez y una claridad como las del sol. La luz, sólo la luz, aún por encima de las peores cosas, una “gaya scienza” v no la didáctica pedagógica, esta erudición pacente, objetiva, gravemente doctoral de los alemanes, con olor de gabinete, de trabajo y sala de clase; no es sólo del es píritu, de la intelectualidad, sino de sus nervios, de su corazón, de su sentimiento y de sus entrañas de donde surge su afán de renegación definitiva, del septentrión, del alemán, de su patria. Es por fin la alegría de aquel que ha encontrado “el clima de su alma, la libertad”.

AI mismo tiempo que el Sur le ayuda a desgermanizarse definitivamente, le ayuda también a descristianizarse por completo. Mientras que como lagarto disfruta del sol, su alma se abraza de luz, él se pregunta qué es lo que durante tan largo tiempo ha ensombreci-do al mundo, lo que lo ha puesto tan inquieto, tan abatido, tan bastardamente conciente del pecado, despojándolo del valor de las cosas más serenas, más naturales y más vigorosas y envejeciendo en el universo lo que hay de más precioso en él, la vida misma. E] reconoce en el Cristianismo, en la creencia del más allá, el principio que arroja su sombra sobre el mundo moderno. Este “judaísmo maloliente hecho de rabinismo y de superstición” ha arruinado y ahogado la sensualidad, la serenidad del universo. Durante cincuenta generaciones, ha sido el narcótico más peligroso que ha paralizado moralmente lo que otrora había sido una verdadera fuerza: pero ahora él ve bruscamente en su vida una misión, la cruzada del porvenir contra la cruz, debe por fin comenzar la reconquista del país más sagrado de la humanidad: la vida de este mundo. El sentimiento exuberante de la existencia le ha dado una mirada apasionada para todo lo que es de esta tierra, verdad animal y objeto inmediato; es sólo después de este descubrimiento que él advierte cual largo tiempo “la vida roja y sana” había estado oculta por el incienso y la moral. En el Sur, en esta “gran escuela de curación intelectual y física” él ha aprendido a ser natural, a regocijarse sin remordimiento y de conocer la vida serena y jubilosa, sin temor del invierno y sin temor de Dios El ha adquirido la fe que dice a sí misma un sí cordial e inocente. Pero este optimismo viene de lo alto, no de un dios escondido, sino del misterio más abierto y más bienhechor, del sol y de la luz. “En San Petersburgo yo sería nihilista; aquí yo creo en el sol y en la planta que crece bajo él”. Toda su fisonomía proviene de su sangre libertada: “Permaneced meridional aunque no sea más que por la fe” dice él a un amigo. Mi actitud con respecto al presente será en adelante una guerra a cuchillo”. ¡Qué diferencia de ritmo entre el estilo de otrora, que en verdad era vigorosamente construido pero petrificado y este estilo nuevo, de impulso sonoro, ágil y exuberante y que como los italianos, gesticula haciendo toda suerte de mímica que no se limita como el alemán a hablar permaneciendo inmóvil y, sin que el cuerpo participe en la expresión! No es al grave y sonoro alemán de los humanistas vestidos de negro al cual el bueno de Nietzsche confía sus pensamientos, que han brotado como mariposas en el curso de sus paseos. Estos pensamientos, hijos de la libertad, desean un idioma de la libertad, flexible, con un cuerpo ágil y desnudo como el de un gimnasta, con un estilo con el cual se pueda correr, elevarse en el aire y danzar desde la ronda melancólica hasta la tarándola de la locura, un estilo que pueda soportarlo y decirlo todo.

Toda la pasividad del animal doméstico, toda la gravedad de las cosas confortables han desaparecido de su estilo. Este se eleva mediante juegos de palabra hasta las serenidades más altas y en otros instantes, a pesar de todo, tiene una exageración parecida al sonido retumbante de una campana muy antigua. Desborda en fermento y energía, está como champañizado, con muchas perlitas deslumbrantes y aforísticas y sin embargo es capaz de espumar con un repentino desbordamiento rítmico. Posee una luz dorada y solemne como la del Palermo antiguo y una transparencia mágica hasta en sus profundidades más grandes. Tal vez jamás el estilo de un poeta alemán se ha rejuvenecido tan rápida, repentina y completamente y da seguro ningún otro .ha estado tan penetrado del sol y ha llegado a ser tan libre, tan meridional, tan divinamente danzarín, tan pagano. No es sino en el elemento fraternal de Van Gogh que asistimos otra vez a este milagro de una irrupción parecida del sol en un hombre del Norte. EL paso del colorido triste de sus años holandeses a los colores violentos, cantarines y de un blanco ardiente de la Provenza. Sólo esta irrupción de la locura de la luz en un espíritu ya medio ciego, puede compararse con la iluminación que el Sur produce en Nietzsche. Es sólo en estos dos fanáticos del cambio que esta embriaguez, esa absorción de la luz con e! ardor de pasión vampiresca son tan rápidos e inauditos.

Pero Nietzsche no sería de la sangre de los demoníacos si él pudiera saciarse con cualquiera embriaguez y es por ello que busca siempre un superlativo con relación al Sur, a Italia; busca una ‘”súper-luz” una “superclaridad”. Como Hoelderlin, transporta poco a poco su Hélade hacia el Asia, es decir a Oriente, en la barbarie, lo mismo Nietzsche está todo cargado de chispazos de un nuevo éxtasis del trópico, de lo “africano”. Desea la quemadura del sol en lugar de la luz, una claridad que muerda cruelmente, un espasmo de voluptuosidad en vez de serenidad El deseo infinito estalla en él para transformar en embriaguez las sutiles excitaciones de sus sentidos, de hacer de la danza un vuelo y de llevar hasta el rojo vivo el cálido sentimiento de la existencia. Mientras él desea hinchar sus venas, el idioma no basta a su espíritu indomado. Tiene necesidad de un nuevo elemento para esta danza de Dionisios que ha comenzado en él corno embriaguez; tiene necesidad de una libertad más alta que la que puede ofrecerle la sujeción a la palabra. Y es por ello que retorna a su elemento primitivo, la música. La música del Sur es su última inspiración, uña música en la cual la claridad se convierte en melodía y en la cual el espíritu cobra alas. El busca y busca esta diáfana música meridional, en todos los tiempos y en todas las zonas sin encontrarla hasta que la inventa él mismo.
 

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