Historia No Oficial del Frente Patriótico Manuel Rodríguez

Fuente: http://www.thepaskin.cl
(14.06.09)

01.- LOS AÑOS VERDE OLIVO

Galvarino Apablaza y Raúl Pellegrín en La Habana

La “Solidaridad” Cubana

La larga trama de la historia que daría nacimiento al Frente Patriótico Manuel Rodríguez comenzó en Cuba, solo un par de años después del golpe militar de 1973. Para ese entonces gran parte de los militantes comunistas y socialistas que habían escapado de la represión desatada en Chile, desalentados y masticando la amargura de la derrota, habían recalado en la isla caribeña en busca del amparo del gobierno de Fidel Castro.

Desde que habían llegado en sucesivas oleadas, los chilenos habían percibido dos facetas de la solidaridad cubana. La primera era una genuina intención por acogerlos. Pese a la mala situación económica del país, los chilenos recibieron departamentos y trabajos, postergando incluso a los cubanos. Pero al mismo tiempo también existía -y con el tiempo adquiriría mayor intensidad- una reprimenda a su fracaso. Esto último se traducía en enrostrarles su falta de habilidad, y lo que es peor, de valentía para hacer su revolución.

“Les faltó un Fidel y les faltaron cojones”, es una frase que muchos chilenos escucharon. En momentos de ira, a los chilenos los trataban con uno de los más fuertes epítetos en Cuba: “Comemierda”.

Primero en voz baja, luego sin tapujos, las autoridades locales consideraban a la izquierda chilena, y especialmente a los comunistas, responsable de su derrota. No habían sabido “defender sus conquistas”, era el dictamen. Los chilenos sufrieron el desprecio de una elite gobernante que, para muchos, es sobre todo “machista-leninista” y cuyo mayor orgullo es haber llegado al poder por las armas y ser una espina en la garganta de la mayor potencia militar del mundo.

Fieles a la máxima de Ernest Hemingway -para quien “ser cobarde es la peor desgracia que le puede ocurrir a un ser humano”- los dirigentes de La Habana decían que no podían comprender que el golpe militar encontrara escasa resistencia, ni que los líderes de la UP huyeran sin “disparar un chícharo”, como dicen los cubanos. El propio Fidel Castro había comentado a sus cercanos que la de los chilenos no fue una “derrota productiva”, ya que, salvo Allende, ni siquiera dejó mártires, como su fracasado asalto al Cuartel Moncada, en 1953. Por “derrota productiva” se entendía al menos un legado de héroes caídos en combate para servir de ejemplos de lucha a los sobrevivientes. Esa visión crítica de la dirigencia de la UP -sobre todo de aquellos que alardearon que iban a incendiar el país y luego huyeron sin resistir- caló hondo, especialmente en las nuevas generaciones.

“La visión de los cubanos del fracaso chileno era terrible y por ello se los humillaba constantemente”, dice el ex agente de inteligencia cubano, Jorge Masetti. “El razonamiento en Cuba era que los chilenos eran unos pendejos, lo que en Cuba quiere decir cobardes. Se decía que no habían defendido a Allende, que eso en Cuba no habría pasado”. Incluso, los comentarios llegaban a la gente común. En más de una ocasión, cuando iba un chileno a una casa, no faltaba quien le dijera: “¿Y por qué no te quedaste a pelear?”.

Contribuyó a exacerbar este clima de recriminaciones el que, en los primeros días, todos los chilenos fueron alojados en los más elegantes hoteles de la isla. En el hotel Presidente de La Habana, el ambiente inicial era tan depresivo que durante una reunión del comité de la Unidad Popular realizado en sus salones y después de haber escuchado largo rato los debates, uno de los chilenos miró el desorden en que estaban las instalaciones y dijo: “¿Y esta huevá querían hacer en Chile?”.

La culpa que sentían los chilenos bajo el sol del caribe se repetía también en Moscú y en Berlín Oriental, urbes donde se habían instalado las máximas cúpulas del PC y el PS, respectivamente. En esas naciones, sus anfitriones les recalcarían continuamente que ellos sí habían sabido aplicar la máxima de Lenin: “La revolución no sólo hay que conquistarla, sino que hay que saber defenderla”. Las cúpulas máximas de la izquierda chilena tomarían nota de esa discusión. Y es imposible entender lo que posteriormente sería el viraje del PC hacia la vía armada sin tener en cuenta esta fuerte presión político-sicológica.

La Oferta de Castro

Un caluroso día de junio de 1974 aterrizó en La Habana el máximo dirigente del PC chileno en el exilio, Volodia Teitelboim, quien residía en Moscú y lideraba el partido en reemplazo del secretario general, Luis Corvalán, detenido en la isla Dawson. En el aeropuerto José Martí, Teitelboim fue recibido por los dirigentes chilenos del PC en Cuba, Rodrigo Rojas, Orel Viciani y Julieta Campusano.

La principal actividad de Teitelboim fue una cita en el Palacio de la Revolución, donde acudió con Rodrigo Rojas para entrevistarse con Fidel Castro. El gobernante los recibió en su despacho con su hermano Raúl, segundo hombre del régimen; el jefe de la inteligencia cubana y máximo implicado en exportar de la revolución, Manuel “Barbarroja” Piñeiro y el viceprimer ministro Carlos Rafael Rodríguez. Excepto Raúl, todos habían estado en Chile durante la UP.

Como siempre, Castro monopolizó la palabra. A sus 48 años, seguía siendo el icono revolucionario latinoamericano. Sus interlocutores chilenos, en cambio, estaban marcados por una derrota que el mundo socialista les enrostraba día a día. “El gran error del gobierno de Allende fue no contar con una fuerza militar que lo defendiera”, sentenció Castro.

Acto seguido, frente a sus perplejos interlocutores, Castro lanzó su propuesta para revertir la derrota; iniciar en las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas (FAR) un ambicioso proceso de formación de jóvenes comunistas chilenos, los que serían admitidos en escuelas de elite para graduarse como oficiales de carrera.

“Estos muchachos se formarán para que no vuelva a ocurrir la derrota de 1973”, argumentó Castro y aseguró que los nuevos militares serían “para defender al futuro gobierno democrático… no para tomar el poder por asalto”.

La última salvedad que el comandante puso sobre la mesa fue la siguiente: “Serán militantes suyos, pero yo seré dueño de darle la formación militar que estime conveniente”. Las FAR contaban con cientos de asesores soviéticos, altamente calificados. “Todos nuestros oficiales piensan en ruso”, acotó orgulloso Raúl Castro.

Teitelboim y Rojas aceptaron y agradecieron la inesperada oferta. Concluido el encuentro, Castro se despidió afectuosamente de los chilenos. Antes de abandonar la sala, el comandante señaló: “Este acuerdo lo voy a guardar yo en mi caja fuerte, porque es el acta de nacimiento de un nuevo ejército democrático para Chile”.

Al matricular al contingente del PC en la escuela Camilo Cienfuegos, Fidel por primera vez abrió a un grupo extranjero las puertas de una escuela militar para oficiales de carrera. Se trataría ahora de una formación castrense en el sentido clásico, profesional, y no de simples insurgentes. Hasta ese momento La Habana solo había instruido en sus escuelas de guerrilla a los militantes chilenos del MIR.

“Fue un gesto absolutamente inédito: ya no se trataba de especialistas en sabotajes ni atentados, sino de la tentativa más audaz de crear un ejército paralelo en otro país”, señala un ex dirigente del PC, actualmente retirado del partido.

“Los alemanes orientales, por ejemplo, dieron todo tipo de ayuda a la izquierda chilena, pero jamás permitieron que un chileno vistiera su uniforme militar”, explica otro ex comunista formado en la isla. Según un alto dirigente del PC a quien Rodrigo Rojas le relató detalles del encuentro ese mismo día, negarse al ofrecimiento de Castro era “impresentable”.

Si bien representaba un enorme giro en la tradición del partido, Teitelboim y Rojas aceptaron la oferta sin mayores reflexiones ni debates y la mantuvieron en estricto secreto por largo tiempo, sin informar, incluso, a la dirigencia al interior de Chile, encabezada por el ex sindicalista Víctor Díaz.

Inmediatamente instalaciones cubanas de entrenamiento militar del más alto nivel fueron puestas a disposición de los jóvenes comunistas chilenos. Bases como Punto Cero, Pinar del Río, o las Escuelas Militares Camilo Cienfuegos y José Antonio Maceo serian el punto de partida para los hombres que posteriormente formarían las filas del FPMR.

El Test De Los Cojones

Al subir a los buses verde olivo que los llevarían a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, en 1975, los estudiantes comunistas chilenos iban cantando a coro. En el campus de Girón de la Universidad de La Habana, toda la facultad de Medicina fue testigo de la escena. La dirigencia cubana así lo había dispuesto. En la simbología castrista, era una señal de que comenzaba el largo camino en que la izquierda chilena expiaría sus culpas. A gran parte de ese grupo la historia le depararía un camino inédito. Ellos serian los primeros chilenos en formar parte del “Ejercito de Fidel”.

La gran mayoría de esos jóvenes habían llegado a Cuba un año y medio antes del golpe, gracias a una invitación hecha por Fidel Castro durante su maratónica visita a Chile, entre noviembre y diciembre de 1971. En esa visita Castro ofreció 100 cupos para que jóvenes militantes de la UP, rigurosamente seleccionados, estudiaran gratis la carrera en la Universidad de La Habana. Un segundo grupo conformado por otro centenar llegó a Cuba en marzo de 1973. Casi todos eran humildes jóvenes comunistas y socialistas, aunque también había algunos miembros de la juventud del Mapu Obrero Campesino. Para todos ellos no había sido fácil la integración a la Cuba socialista y muchos la recuerdan como una época dura, salpicada por las disputas internas por el proceso político chileno y por el duro estudio, que hizo a más de la mitad desertar en los primeros años. Además, luego del golpe militar para muchos la alternativa de regresar a Chile se había desvanecido por completo.

Solo meses antes, los estudiantes de medicina habían sido citados a las oficinas del Comité Chile Antifascista de La Habana, en el barrio de El Vedado. Según relata un ex miembro del comité central del PC que residía en la isla, allí los esperaban el dirigente y ex diputado Orel Viciani, quien a cada uno le hizo una invitación formal: dejar sus estudios para transformarse en cadetes militares. “Nos dijeron que en ese momento, los fusiles eran más importantes que los libros para derrotar a la dictadura”, relata uno de los reclutados. La gran mayoría aceptó la oferta. Habían vivido el naufragio de la UP, muchos tenían familiares desaparecidos y querían imitar a los exitosos revolucionarios cubanos.

“Había una suerte de gran remordimiento, se hablaban cosas terribles de la represión en Chile. En ese contexto moral, era muy difícil decir que no”, relata el mismo testigo.

Sólo en contados casos la respuesta fue negativa. El estudiante Pedro Marín argumentó que quería aportar a la lucha, pero como médico. Se ganó el repudio de sus compañeros. Años después, Marín se “reivindicaría” combatiendo en Nicaragua e ingresando a Chile para integrarse a la red del FPMR encargada de darle asistencia médica a los combatientes.

El escritor Roberto Ampuero, quien hoy reside en Miami, también recibió la invitación para unirse a este destacamento, pero la desechó. Años mas tarde, en uno de sus escritos, justificó sus razones; “En 1975, en una tarde asfixiante y húmeda de La Habana, los dirigentes del Partido Comunista me citaron a una mansión de El Vedado para reclutarme como cadete para las escuelas militares de las FAR. Seríamos, supuestamente, los oficiales del ejército popular de un futuro Chile socialista. En ese momento, dos años después del golpe, el partido apostaba por la “crítica de las armas”, la misma que había desechado sabiamente en el pasado. Guiado por un fogonazo de racionalidad, que se alimentaba de la convicción de que en Chile no bastarían unas columnas de rebeldes barbudos para derrotar al ejército chileno, rompí desilusionado con la tienda política. Quizás a eso le deba que aún esté entre los vivos. Muchos compatriotas jóvenes, militantes de partidos de izquierda, ingresaron entonces voluntariamente a las FAR cubanas, se hicieron oficiales y combatieron en guerras de Centroamérica y África. Suponían tal vez que esa experiencia en los trópicos les serviría más tarde para tomar el poder en Chile. Algunos cayeron en tierras lejanas, otros decidieron olvidar para siempre ese pasado y hay quienes realizaron acciones armadas y terroristas en el país. Todos ellos son piezas de un sorprendente y vasto plan, fraguado por políticos, que fracasó, significó frustraciones y también sangre, y del cual la mayoría de los chilenos nada sabe”.

Entre los jóvenes que si habían adherido a la propuesta cubana estaba un activo militante comunista que había sido expulsado de Chile en 1974. Su nombre era Galvarino Apablaza Guerra -posteriormente conocido como el “comandante Salvador”- un joven de 25 años, al que la historia le depararía un papel protagónico en la insurrección armada chilena, pues llegaría a ser el máximo dirigente y cerebro político del FPMR.

En ese contexto, como Ministro de Defensa y segundo hombre del régimen cubano, Raúl Castro seria el responsable de la formación de los oficiales chilenos, a los cuales se sumaría su yerno, el chileno Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”.

La mayoría de los chilenos entraron a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, la más prestigiosa de Cuba, a un curso de un año destinado a perfeccionar a oficiales jóvenes para mandos superiores.

“Los chilenos compartían las aulas y los dormitorios con nosotros y estaban distribuidos sobre todo en artillería terrestre y antiaérea”, relata el ex capitán cubano Lázaro Betancourt, quién ingresó a la Camilo Cienfuegos en 1978.

A fin de llenar todos los cupos disponibles en la isla, muy pronto el primer contingente de ex estudiantes de medicina se hizo pequeño, por lo que el PC chileno comenzó a mirar hacia su militancia en otros países. Gracias a esto, en 1976 la isla empezó a recibir a hijos de chilenos exiliados en Europa Oriental que también deseaban enrolarse. Como el programa era secreto, estos jóvenes simplemente “desaparecían” de sus ciudades de residencia alemanas o soviéticas. Muchas veces ni sus padres sabían que estaban en Cuba.

Un ejemplo que marcó la senda de esta nueva oleada fue Raúl Pellegrín Friedmann, -conocido como el “comandante José Miguel”- quien en 1975 se trasladó con su familia desde Frankfurt para alistarse en la Camilo Cienfuegos.

Raúl Pellegrin, durante su exilio en Alemania Oriental.

A medida que transcurrió el tiempo, el destacamento chileno del PC se fue pareciendo cada vez más a un pequeño ejército a medida que Castro amplió su oferta, incorporando más centros de instrucción al proyecto. Un ex oficial chileno del ejército cubano, estima que en 1982 se habían formado en la isla por lo menos 200 compatriotas como oficiales, distribuidos en especialidades que iban desde blindados hasta pilotos de helicóptero.

Según un ex exiliado que estuvo en Cuba en esos años y que conoció a varios reclutas, la temida Dirección General de Inteligencia cubana (DGI) también enroló a algunos chilenos, mediante un programa especial de ese organismo para captar a cadetes de la Escuela Camilo Cienfuegos como agentes, sin que se enteraran sus compañeros. Incluso, diez chilenos pasaron por la Escuela Naval cubana Granma.

“Contábamos con todas las especialidades. Si el FPMR no llegó a tener pilotos de aviones de combate fue porque los pilotos cubanos se formaban en la Unión Soviética”, se jacta un ex frentista que en 1991 fue gravemente herido en una acción en Santiago, donde fue el único sobreviviente.

Una vez graduados, los oficiales chilenos se integraron sin distingos a la oficialidad isleña: vestían de verde olivo, cumplían turnos guardias y estaban bajo oficiales superiores cubanos. Casi todos pertenecían al PC. La excepción era un puñado de socialistas, “no más de diez”, asegura un protagonista de esos días. Con el correr de los años, decenas de otros chilenos pasarían por las aulas militares cubanas.

La escuela José Antonio Maceo -ubicada en Santiago de Cuba- recibió en 1982 al primer contingente de chilenos llegado íntegramente del interior de Chile. Habían salido clandestinamente del país para entrenarse en la isla. Estos jóvenes pasarían mas tarde a ser los mandos medios del Frente, ya que los comandantes se habían formado en el Ejército.

Campos de instrucción cubanos

Como ese mismo año el centro trasladó sus instalaciones a un complejo militar en la Isla de la Juventud -frente a las costas del sur de Cuba- los miembros de esa generación fueron bautizados como “los jóvenes”. Mientras los “camilitos” tenían una formación militar estándar que completaron con cursos posteriores, los “jóvenes” accedieron a una formación completa de oficiales, partiendo como cadetes y egresando de alférez. Teórica y técnicamente estaban mejor preparados.

La Reunión De Kuntseva

En agosto de 1977 tuvo lugar en la Unión Soviética el primer pleno del comité central del Partido Comunista chileno en el exilio. El lugar escogido fue una cabaña que perteneció a Stalin, en el espeso bosque de Kuntseva, al suroeste de Moscú. La mayoría de los dirigentes lo ignoraba, pero en esa cita iban a escuchar por primera vez a “Salvador”, Sergio Galvarino Apablaza, el líder de los oficiales del PC formados en las escuelas militares cubanas.

En sus memorias, el dirigente Luis Corvalán recuerda: “Sólo cuando salí al exilio me impuse del esfuerzo que habían hecho los compañeros del exterior en la preparación de cuadros militares y cuánto había avanzado el partido en este aspecto. En el pleno de agosto habló uno de esos cuadros, “Salvador”. Desde el fondo de la sala avanzó hacia la presidencia de la asamblea, se cuadró como militar y, dirigiéndose a mí, habló también como militar. Dijo: -¡Compañero secretario general, permiso para dirigirle la palabra al pleno!”.

Otros testimonios que corroboran esta historia detallan la sorpresa que causó el ingreso de Apablaza. Vestido con el uniforme verde olivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas (FAR), “Salvador” taconeó sus botas y habló con inconfundible acento caribeño. Al dirigirse a la audiencia, “Salvador” sintetizo el pensamiento de los jóvenes oficiales chilenos que se preparaban en Cuba, en una intervención breve y concisa. En ese entonces eran muy pocos los líderes del PC que sabían que, desde 1975, más de 200 jóvenes comunistas habían ingresado a las Fuerzas Armadas Cubanas para formarse como soldados de “un nuevo ejército para Chile”, según ofreciera Fidel Castro.

El ex senador Orlando Millas -en ese entonces tercero en la línea de mando comunista- reconoce en sus memorias que sólo se enteró del proyecto meses después y a grandes rasgos, en una reunión en Moscú con Volodia Teitelboim, Manuel Cantero y Gladys Marín; “Fue en esa oportunidad cuando supe del acuerdo al que habían llegado en La Habana dirigentes de los respectivos partidos, para que contingentes de militantes comunistas chilenos fuesen aceptados como alumnos en calidad de cadetes de la Escuela Militar de Cuba, manteniendo sus deberes disciplinarios de afiliados al PC, que podría disponer en cualquier momento de ellos para asignarles las tareas que determinásemos. La dirección del partido que actuaba en Chile, enterada mas tarde, no había hecho reparos y se entendía otorgado su consentimiento. El asunto implicaba mucho y nunca se debatió debidamente. Lo cierto es que al incorporarme al Coordinador Exterior muchas preocupaciones estaban dirigidas a la incorporación de nuestros noveles cadetes. Un dirigente estimaba que contribuir al enrolamiento era cuestión de honor revolucionario para las familias del partido y para los más meritorios jóvenes comunistas del exilio. Más tarde conocí a los muchachos, flor y nata de nuestra gente, de condiciones personales superlativas. Se reclutó para esta tarea a lo mejor de lo mejor de la nueva generación del exilio. Me impresionó conocerlos en Cuba. Era un grupo noble y valiente”.

La Escuela en Alemania

Pero no solo Cuba fue escenario de la formación de jóvenes militantes chilenos en pos de una respuesta armada al régimen militar de Pinochet. Jorge Gillies fue un dirigente del Mapu Obrero Campesino que estuvo cinco años a cargo de los jóvenes que llegaban a Alemania Oriental y que ingresaban a las escuelas de cuadros que habían sido abiertas para los chilenos. Indica que además de preocuparse de sus notas, tenía que dirigir las cartas a sus familias en Chile, aunque siempre manteniendo el secreto sobre el lugar donde estaban sus hijos. Para no despertar sospechas de los organismos de Pinochet, las cartas eran remitidas desde países europeos occidentales, donde se suponía que los muchachos cursaban una beca universitaria.

“Se abrieron dos escuelas para chilenos en la RDA -dice Gillies- la del Partido Socialista Unificado Alemán estaba ubicada en Kleinmachnow, cerca de Berlín. La otra era la escuela de Wilhelm Pieck, para los cuadros jóvenes, y que yo llegué a conocer muy bien. Eran cursos políticos de nueve o 10 meses, en que se hacía un estudio sobre teoría marxista-leninista y su aplicación a la realidad concreta de Chile. Pero entre las dos escuelas había una diferencia. La de Kleinmachnow era la escuela del partido único alemán, que abrió un curso especial para los chilenos, mientras que la otra era una escuela internacional para estudiantes del tercer mundo, entre los que los chilenos eran una delegación más.”

Calcula que fueron “centenares” los chilenos que pasaron por los centros de instrucción marxista-leninista en Alemania del Este, a los que en varias ocasiones seguían cursos de entrenamiento militar en Cuba, Bulgaria o en la propia RDA.

El caso de José Joaquín Valenzuela Levi, el “comandante Ernesto” del FPMR -quien dirigió el atentado contra Augusto Pinochet- es el más famoso, aunque Jorge Gillies no recuerda haber visto a Valenzuela Levi durante sus constantes visitas a Wilhelm Pieck, ya que la delegación chilena era una de las más numerosas en esa escuela de cuadros, ubicada al noreste de Berlín Oriental. Luego de su formación en la RDA, Valenzuela Levi partió a Bulgaria y desde allí a Cuba, para sumarse a los chilenos que se instruían en la isla. Sin embargo, Gillies aclara que la trayectoria seguida por este combatiente es una excepción, ya que la gran mayoría de los jóvenes que pasaban por ese centro y que llegaron a estar a su cargo siguieron caminos diversos. “Destacados parlamentarios, empresarios y ejecutivos actuales pasaron por ahí. Pero que cada cual decida si quiere contar esa experiencia, porque yo no voy a dar nombres”.

La escuela alemana de Wilhelm Pieck.

Una Invitación a La Guerra

En 1978, tres años después de que en Cuba se iniciara el plan de formación militar para jóvenes exiliados chilenos en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cundía el desánimo entre los jóvenes uniformados del PC. Pese a la generosa oferta de Fidel Castro de entrenarlos en los institutos militares de la isla para crear “un nuevo ejército democrático para Chile”, la desazón de no poder ir a combatir contra Pinochet a Chile había hecho mella incluso entre los líderes de estos jóvenes. El propio “Salvador” -número uno de este contingente- barajaba en esa época la posibilidad de abandonar las filas. Otros tantos ya habían expresado sus deseos de cursar su baja, relata un ex comunista.

Según “Salvador” esos fueron momentos de profunda crisis dentro del destacamento; “Nuestra preparación militar fue concebida para la organización de un cuerpo de fuerzas armadas democráticas dentro de un posible gobierno popular y nuestra incorporación a esas estructuras. En ese momento, fruto de la lejanía, esa posibilidad se iba alejando y nuestro contingente entró en crisis. La mayoría de los hombres quería retomar las carreras que habían dejado a punto de terminar. Otros habían configurado su estabilidad emocional, y sentimental en Cuba. Los rigores de la vida militar hacían dudar a muchos de proseguir la carrera. Hubo un altísimo porcentaje de deserción”.

Sin embargo, un acontecimiento internacional se convertiría en la “válvula de escape” para las fuerzas chilenas del PC. A fines de 1978, Fidel Castro necesitaba reforzar la ofensiva sandinista contra Somoza con oficiales calificados. La Habana había jugado un papel crucial en la insurrección nicaragüense -financió y entrenó a los tres grupos que formaban el Frente Sandinista de Liberación Nacional, creado a sus instancias-, pero no podía enviar un contingente cubano para no provocar una fuerte reacción de Estados Unidos. Nicaragua era un trofeo muy preciado por el líder cubano, ya que estaba en vías de convertirse en el único país latinoamericano -después de Cuba- donde mostraba la viabilidad de que la izquierda llegara al poder por la vía de las armas.

El primer pensamiento de Castro fue “invitar” al MIR chileno para ir a luchar a Nicaragua. De todos los movimientos procrastristas de América Latina, este grupo siempre había sido considerado el hijo predilecto de La Habana.

Los miristas cumplían con todos los requisitos pedidos por La Habana a sus seguidores: arrojo, radicalismo y lealtad irrestricta a la senda revolucionaria castrista. Los líderes del movimiento chileno cumplían con el prototipo del revolucionario romántico acuñado por Fidel y el Che Guevara en la Sierra Maestra: brillantes, ilustrados y bien parecidos. En La Habana eran conocidos como la vanguardia “más sexy de América Latina”.

Por ello, cuando el movimiento decretó un “repliegue táctico” tras la muerte de Miguel Enríquez en 1974, la isla recibió con los brazos abiertos a los diezmados cuadros que llegaron desde Chile. Los miristas comenzaron a preparar su vuelta al país en la llamada “Operación Retorno” en 1980 bajo los atentos ojos cubanos que pusieron a su disposición los centros de adiestramiento de Punto Cero y la Cordillera de los Órganos. Fue entonces cuando el propio Fidel le planteó a la cúpula mirista en Cuba que fueran a combatir a Nicaragua. Sin embargo, según relata un ex combatiente chileno, Castro recibió un balde de agua fría durante el encuentro.

“Nuestros cuadros se están preparando para ir a luchar a Chile y no a Nicaragua”, fue la respuesta de sus interlocutores, al rechazar la invitación del comandante cubano. La postura del MIR fue considerada una afrenta para Castro. El episodio marcaría el inicio del declive de la influencia del MIR en Cuba y, por ende, en su lucha contra el régimen militar chileno.

“En ese momento se quebró la confianza entre los seguidores de Miguel Enríquez y La Habana”, afirma un ex frentista que se enteró de los hechos por boca de los propios cubanos.

Ante esta negativa y limitado a proporcionar abastecimiento logístico, Castro decidió que era la mejor oportunidad para que los jóvenes oficiales del PC chileno, formados en las escuelas militares de la isla, tuvieran su prueba de fuego y demostraran en terreno todo lo que habían aprendido. Fidel Castro pidió autorización a Luis Corvalán -secretario general del PC, establecido en la isla luego de ser liberado por los militares en Chile-, para mandar a Nicaragua a aquellos oficiales sin ejército a asumir responsabilidades militares.

“Estos sí que tienen cojones”, fue la reacción de Castro tras reunirse con medio centenar de oficiales chilenos del PC a fines de 1978, cuando estos aceptaron de inmediato el ofrecimiento. Posteriormente a este grupo se unirían algunos jóvenes militantes socialistas, quienes en Nicaragua conformarían el mítico “Batallón Chile”. Con esta invitación, los hombres del PC calmarían en parte la inquietud que se anidaba entre sus filas, descorazonadas por no poder ir a combatir a Chile.

El “Batallón Chile”

El “Batallón Chile” avanzaba con dificultad. El fuego de la artillería y la aviación enemiga interfería continuamente en su desplazamiento bajo el tórrido sol de Nicaragua. Pese a ello, el casi centenar de chilenos destinados a este pelotón en el Frente Sur marchaba entusiasmado bajo las órdenes del celebre comandante Edén Pastora.

El destacamento del Partido Comunista chileno había comenzado a desembarcar en Nicaragua a inicios de 1979, proveniente de Cuba. Muy luego -en mayo de ese año- el Frente Sandinista inició su ofensiva final, convirtiendo la lucha de guerrillas en una batalla regular. Desde el sur del país, las tropas chilenas participaron en las batallas más cruciales contra el gobierno dictatorial de Anastasio Somoza y, pocos meses después, entrarían victoriosas a Managua.

Durante los seis meses de enfrentamientos, los chilenos se ganaron la fama de profesionales y “duros”. De todos los voluntarios extranjeros que ayudaban a los sandinistas, los chilenos eran los únicos que tenían una formación militar rigurosa. Su especialidad más apreciada eran sus conocimientos en artillería terrestre y antiaérea, a la que pertenecía el grueso del contingente enviado por La Habana.

El ex agente de inteligencia cubano Jorge Masetti -también veterano de Nicaragua- relata en unos de sus libros la diferencia entre estos oficiales y los guerrilleros nicaragüenses. En una ocasión se encontró con un oficial chileno que gritaba desesperadamente por su walkie-talkie: “¡Dime cuántos son!, ¡Está bien, pero coño, dime cuántos son!”. Al acercarse Masetti, el combatiente chileno le explicó que una avanzada enemiga se había atrincherado en una colina cercana y habían enviado un destacamento para desalojarlos. El problema era que cada vez que le preguntaba al nicaragüense el número de enemigos, éste le respondía: “¡Un montón, compa! ¡Montonazo!”.

“El contraste entre el chileno, de formación militar académica, y el compañero nicaragüense de formación guerrillera, y el diálogo absurdo que sostenían, me parecía de lo más cómico”, escribió Masetti.

Pero los chilenos no eran los únicos extranjeros en tierra nicaragüense. Los cinco mil hombres en armas con que contaban los sandinistas incluían a voluntarios colombianos, argentinos, uruguayos, brasileños y centroamericanos. Todo el movimiento revolucionario del continente se había desplazado en apoyo del único país que -después de Cuba- estaba a punto de tomar el poder por la vía armada.

Al acercarse la hora final para los sandinistas, a fines de mayo de 1979, uno de los más decisivos combates del Frente Sur se libró en la zona del Naranjo. La Guardia Nacional de Somoza intentaba por todos los medios expulsar a los sandinistas que dominaban varias colinas de la zona. En pocos días la lucha se transformó en un rotundo triunfo para los sandinistas. A esa profunda cuña abierta en el Frente Sur se sumó, el 4 de junio, una huelga nacional liderada por el mando sandinista. La balanza se inclinaba inexorablemente a favor de la insurrección.

La noche del 17 de julio de 1979 Anastasio Somoza huyó a Estados Unidos en su avión particular. Menos de 48 horas después, los rebeldes entraron a la capital.

Al amanecer del 20 de julio el destacamento chileno ingresó junto a las victoriosas tropas sandinistas por los suburbios de Managua. Los sandinistas habían demostrado que la revolución armada podía ser posible. A los chilenos, su valentía los había librado del sentimiento de culpa que los corroía desde el 11 de septiembre de 1973. La izquierda continental celebraba. “En Nicaragua se reinvidicó una generación derrotada”, sostiene el analista José Rodríguez Elizondo.

Un combatiente del Frente Sur sería el primer hombre que ingresó ese día al búnker de Somoza. Era el internacionalista español “Gustavo”, o en realidad el oficial cubano Tony de la Guardia. La leyenda cuenta que junto a él iba el líder del “Batallón Chile”: el “comandante Salvador”, el chileno Galvarino Apablaza Guerra.

“Salvador” junto a un grupo de combatientes sandinistas.

El balance de la participación del “Batallón Chile” resultaría por demás alentador. Algunos de sus integrantes recuerdan hoy esa experiencia sintiéndose participes de un hecho histórico; “La sandinista fue la última revolución triunfante del siglo veinte. Por tanto, haber participado en ella tenía un significado especial para nosotros que fuimos protagonistas directos. Habíamos entrado a pie por la frontera sur, por Peñas Blancas. Estábamos a la lucha guerrillera del Frente Sur. No hay palabras para describir los sentimientos que teníamos. Recordábamos también el dolor de haber perdido a dos compañeros; Days Huerta Lillo, quien fue abatido por las esquirlas de una bomba somocista. En tanto, esos mismos días previos al triunfo, otros tres compañeros resultaron heridos al enfrentar los agónicos combates de la Guardia Nacional Somocista. Uno de ellos, Edgardo Lagos Aguirre también falleció”.

Según Orlando Millas, testigo directo de aquellos años, los oficiales chilenos eran “un grupo de muchachos altamente capacitados” y que habían logrado un justificado prestigio en su paso por Nicaragua; “Adquirí aún mayor conciencia de sus méritos al recorrer en Nicaragua los campos de batalla en que contribuyeron a derrotar la Guardia Nacional de Somoza y al escuchar la valoración de ellos que hacía el general Arnaldo Ochoa”, relataría Millas.

Otro escrito de la investigadora chilena Virginia Vidal grafica la importancia que tuvieron los chilenos una vez finalizado el conflicto; “Después del triunfo del Frente Sandinista, los vencedores se fueron a sus casas a celebrar con sus madres, sus esposas, sus novias, sus amigos. Pero un grupo de elite quedó sólo, porque no tenían a nadie en ese país: los combatientes chilenos al mando del comandante Salvador. Les habían asignado el bunker de Somoza. Encontraron un caos, luego que los prófugos somocistas se llevaron todo lo que pudieron. Cualquiera hubiera quemado todo ese basural, pero ser chileno es ser cachurero. Entonces, el grupo empezó a revisar el papelerío y a clasificarlo. Eran valiosos documentos de lo que había sido la tiranía. Años después entrevisté a altos dirigentes sandinistas que afirmaron con satisfacción que esa labor de los soldados chilenos había sido la base de la organización del servicio de inteligencia de Nicaragua. También reconocieron la importante participación de ellos en otras altas tareas militares”.

También el propio “comandante Salvador” relató al respecto: “Sin lugar a dudas teníamos amplias posibilidades de quedarnos, pero nosotros jamás lo pensamos. Se nos reconocía un aporte importantísimo en defensa de la soberanía y de la revolución nicaragüense. Pero añorábamos regresar a Chile. Entre otras cosas, la lucha en Nicaragua nos condujo a un acercamiento al país y consolidó el contingente haciéndonos ver más nítida la vía para llegar a Chile. Desechamos establecernos a pesar de las condiciones óptimas. Empezamos a vivir en función de la realidad chilena. El Partido Comunista nos tomó más en serio y dejó de vernos en la perspectiva original de que nos incorporáramos cuando todo estuviera resuelto. Antes el PC no vislumbraba un camino para nosotros: había que seguir siendo oficiales cubanos. Desde ahí comienza a pesar la gran incidencia e insistencia nuestra”.

En un informe del 3 de octubre de 1979, la dirigencia comunista chilena también tomaba nota del triunfo sandinista. Según una conversación registrada en los archivos secretos alemanes, desclasificados en 1998, el secretario general del PC, Luis Corvalán, le informó a Friedl Trappen, alto funcionario en Alemania Oriental que “los jóvenes del PC chileno entrenados en Cuba pasaron con éxito por Nicaragua, aunque hubo que lamentar la muerte de dos de ellos. En total, hay 76 hombres nuestros que han alcanzado el grado de oficiales en las tropas sandinistas. Uno de ellos es actualmente asesor personal de Jaime Ortega, comandante en jefe de las fuerzas armadas de Nicaragua”.

Un ex oficial chileno del ejército cubano, hoy radicado en Alemania, confirma que cuando en 1979 el contingente chileno fue enviado a luchar a Nicaragua, su número ya era considerable, llegando casi al centenar.

Los servicios secretos norteamericanos tampoco dejaron de consignar los hechos. Después de informar que los militantes exiliados de la izquierda chilena “integraron la lucha contra Somoza”, un informe del Departamento de Estado consignó: “El cambio de énfasis en la retórica del Partido Comunista Chileno en los años ’80 (la vía armada) es una respuesta al ejemplo de Nicaragua”.

Pese a haberse abstenido de enviar tropas regulares cubanas al campo de batalla, Fidel Castro siempre mantuvo un ojo vigilante sobre lo que sucedía con “sus muchachos” en el campo de batalla. A su guía en tierras nicaragüenses, el español Tony de la Guardia -protagonista de las mayores aventuras conspirativas cubanas- Castro le había ordenado: “Mantén un ojo puesto en la guardia somocista y el otro en la plana mayor sandinista”, relata en uno de sus libros el ex miembro del círculo de hierro de Castro, Norberto Fuentes.

Otro agente cubano que pasó por tierra nicaragüense fue el entonces coronel Alejandro Ronda Marrero. Encumbrado después a jefe de la división cubana de Tropas Especiales, en el campo de batalla sandinista estableció estrechos lazos con los chilenos del PC. Años después, Ronda sería el cubano responsable de la internación de armas de Carrizal Bajo.

LOS AÑOS VERDE OLIVA, SEGUNDA PARTE

Combatientes chilenos en Nicaragua.
Los Chilenos Sandinistas
Durante la batalla del Naranjo se terminó de fraguar el prestigio de uno de los muchos chilenos internacionalistas que lucharon en Nicaragua. Su nombre era Osvaldo Roberto Lira. Tanto los oficiales del PC como los nicaragüenses vieron a Lira repeler solitariamente desde los techos de las viviendas campesinas a los aviones de combate. Según relata un ex combatiente, “pasaban los aviones y caían las bombas, pero él se quedó devolviendo el fuego con su fusil AK-47, sin lanzarse a tierra”.
Pero si Lira era uno de los más osados del “Batallón Chile”, también era un incorregible por lo que sus huellas se perderían mas tarde en tierras salvadoreñas. Tras enamorarse de una combatiente del Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí (FMLN), renunció al PC y a las Fuerzas Armadas cubanas para seguirla, entre 1981 y 1982. Incorporado a la guerrilla de ese país centroamericano, años después moriría en una emboscada del ejército salvadoreño.
Osvaldo Roberto Lira, uno de los chilenos más osados en Nicaragua
En el fragor de la batalla del Naranjo también otro chileno viviría una hora límite. El oficial Rodrigo Morales -hijo de la ex diputada comunista Mireya Baltra- fue encomendado a defender una porción a cualquier precio. Bajo el fuego de artillería y aviación, el chileno tuvo que decidir entre sacrificar a sus hombres o replegarse. Optó por lo último, después de lo cual fue detenido, juzgado por sus compatriotas y condenado a muerte. Según un ex oficial chileno de la isla, cuyo relato es corroborado por otro ex frentista, sólo la intervención de los cubanos y su amistad con el influyente oficial chileno Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”, salvó a Morales de morir. Trasladado a Cuba para evitar mayores conflictos con sus compatriotas, meses después Morales pidió autorización para ir a combatir a Angola, junto a las fuerzas expedicionarias cubanas.
Pese a que Raúl Castro había prohibido que los chilenos fueran a luchar a África -donde Cuba buscaba lucir la preparación de sus tropas regulares-, Morales fue autorizado, ya que necesitaba redimirse ante sus compatriotas. Como uno de los contados chilenos que combatieron por Cuba en Angola, en ese frente Morales se destacó por su valentía y regresó a La Habana convertido en un héroe.
Pero también hubo otros chilenos en Nicaragua que, tras destacar en la lucha, llegaron a ocupar altos cargos dentro del nuevo andamiaje del gobierno sandinista. Durante el conflicto armado, en una conferencia de prensa, el general panameño Omar Torrijos -uno de los máximos aliados de los sandinistas- apareció sentado junto a Galvarino Apablaza, “Salvador”, el líder de los oficiales chilenos del PC. Al ser consultado quién era aquel desconocido, Torrijos sólo respondió: “Es mi asesor personal”. La anécdota sería profusamente comentada en el “Batallón Chile”.
Galvarino Apablaza y Roberto Nordenflycht en Nicaragua.
Sin embargo, al llegar la paz este tipo de situaciones se convertirían a algo más cotidiano. Había que emprender la dura tarea de construir un estado socialista y muchos de los jóvenes del PC se quedaron en Managua, alcanzado un rol más político en la revolución sandinista.
Una parte del destacamento de oficiales colaboró con la creación de las nuevas Fuerzas Armadas nicaragüenses. Otros prestaban servicios en distintas zonas militares del país, como asesores de los jefes de tropa.
Entre estos últimos destacó el joven ingeniero Raúl Pellegrín Friedmann, futuro fundador y comandante del FPMR, quien luego de participar activamente en la lucha, se desempeño como asesor de una Región Militar del ejército sandinista.
Además, otros dos chilenos fueron fundadores de la Fuerza Aérea Sandinista; los dirigentes frentistas Iván Figueroa Araneda, “Gregorio”, y “Manuel”, ambos ex miembros de la FACH.

En el área de influencia de los chilenos, la de los socialistas sería muy diferente a la de los oficiales del PC. Los primeros colaboraron, más que todo, en tareas de seguridad del Ministerio del Interior nicaragüense. Entre ellos se menciona a un socialista llamado “Mauro”, cuyo nombre de pila verdadero era Daniel y que había estado a cargo del MIR en La Habana. Incluso, un chileno ex Mapu OC hoy se jacta de haber sido asesor personal del ministro del Interior Tomás Borge y del sacerdote Ernesto Cardenal, ministro de cultura sandinista.

Otros como el socialista Oscar Carpenter llegaron a desempeñarse en la estructura de seguridad de los comandantes sandinistas. Años después, Carpenter se convertiría en pieza clave de “La Oficina”, el organismo creado por Patricio Aylwin para desarticular a la subversión, dirigido por Marcelo Schilling. Desde ese puesto, este socialista se enfrentó a sus antiguos camaradas de Nicaragua, aquellos PC que pasaron por el país centroamericano y después integraron el FPMR. Años después, “Salvador”, se referiría despectivamente a Carpenter: “El era conocido como “Jaimitón”. Llegó a Nicaragua después del triunfo y trabajaba cuidando las casas de los comandantes sandinistas”.

Después del triunfo sandinista muchos chilenos permanecieron en el país ayudando a la formación del nuevo Estado Socialista. Para los que regresaron a La Habana, su bautismo de fuego en Nicaragua les permitiría demostrarles a los cubanos que ellos eran una generación de comunistas distinta a la que había sido derrotada en la UP.

Los Búlgaros

En la segunda mitad de 1981, al ya desarrollado destacamento de chilenos en La Habana se incorporaría una tercera generación que con el correr del tiempo sería considerada el cuerpo de fuerzas especiales del FPMR: los llamados “búlgaros”, que habían cumplido una acabada instrucción militar en la república socialista de Bulgaria. Cuando llegaron a Cuba, los “búlgaros” eran sólo 13, pero se distinguieron inmediatamente del resto por su excelente adiestramiento militar. De hecho, casi todos asumieron como instructores en los centros castrenses de la isla.

Su origen se remonta a un centenar de campesinos chilenos que el 9 de septiembre de 1973 viajaron a la URSS para instruirse como tractoristas. Cuando vino el golpe, quedaron olvidados en la ciudad cosaca de Saporoche.

“El resultado fue para esos pobres compañeros muy triste y a mi parecer inhumano”, relata Orlando Millas en sus memorias.
Muchos de ellos debieron partir rumbo a Bulgaria con la sola intención de subsistir a un exilio que nunca intuyeron. El resto de los reclutados habían llegado procedentes de Chile o de otros países de la urbe socialista, como Alemania Oriental, conformando un contingente de alrededor de medio centenar de compatriotas.

César Quiroz, un joven militante comunista, formó parte de ese contingente. Había llegado procedente de Finlandia en 1976, buscando algo que lo identificara ideológicamente; “Empecé a buscar algo interesante. Se abrió la posibilidad para los chilenos de formarnos como cuadros militares, no en una escuela común, sino en la Escuela Militar Búlgara. Eso era parte de lo que nos ofrecía la solidaridad internacional”. Quiroz estudió cinco años, graduándose con honores como teniente del Ejército Búlgaro.
Otro de los reclutados, José Joaquín Valenzuela Levi, más tarde conocido como el “comandante Ernesto”, llegó a tierras búlgaras procedente de la escuela alemana de Wilehlm Pieck. Pese a su juventud, muy pronto se convirtió en el líder indiscutido del contingente chileno en ese país.
En total, los chilenos que se graduaron como oficiales en Bulgaria fueron 30, pero sólo 13 aceptaron la instrucción del partido de ir a Cuba, formulada por el propio ex senador Millas. Pese a que al interior de la colectividad era el mayor opositor a la vía armada, Millas viajó especialmente a la capital búlgara, Sofía, para plantearles el desafío, a principios de 1981.
“A los que aceptamos, Millas se comprometió a facilitarnos los trámites de inmigración. A los que se quedaron les advirtió que no podrían salir de Bulgaria, para evitar filtraciones”, relata un ex oficial.

Producto de una formación mucho más pro-soviética, cuando los “búlgaros” llegaron a Cuba -encabezados por José Valenzuela Levi- tuvieron roces con los oficiales chilenos que copaban el aparato y que estaban encabezados por “Salvador”, quien no estaba dispuesto a ceder su influencia. Algunos, incluso, veían a los “búlgaros” como extranjeros. “Una vez hubo un paseo y estaban todas las mujeres invitadas, menos nuestras esposas búlgaras”, recuerda un ex “búlgaro”.
José Valenzuela Levi, líder de los “Búlgaros”.

Años más tarde, luego del quiebre del FPMR con el PC en 1987, la mayoría de los “búlgaros” se mantuvieron leales al PC. Sin embargo, la acelerada descomposición pronto terminó por alcanzarlos. En 1989, un informante en la CNI les hizo llegar una lista que tenía ese organismo con los nombres reales de más de cien frentistas, incluida una sospechosa nómina con la descripción demasiado en detalle de todos los “búlgaros”. Esta pista y otros indicios más poderosos fueron suficientes para que ex “búlgaros” aseguren hasta hoy que una de las más importantes filtraciones del FPMR -pero no la mayor- surgió de sus filas. Así lo corrobora también un ex miembro de “La Oficina”, quien asegura que un “búlgaro” fue “determinante” en la desarticulación del FPMR, aunque no el único frentista que trabajó para ellos.
El Nuevo Ejército Libertador
Desde el inicio del proyecto armado del PC en Cuba, a los chilenos que no se habían enrolado en el destacamento militar se les oculto el destino de sus compatriotas en las FAR. Para ellos el paradero de sus camaradas estaba envuelto en un velo de misterio e incertidumbre. El PC había prohibido hablar del tema a sus militantes, pues la información sobre los reclutados debía mantenerse bajo estricto secreto.
“Se especulaba que se encontraban realizando ejercicios en la sierra o combatiendo en África o Centroamérica, pero en general, durante varios años no supimos nada concreto sobre ellos”, confiesa un antiguo militante comunista.

Solo las mujeres o familiares más cercanos estaban quizás al tanto del paradero de los combatientes, pero manejaban la información con sumo recelo. Incluso por largos periodos muchos militantes comunistas se vieron impedidos de abandonar la isla a fin de que el proyecto no se filtrara al exterior.

En una lluviosa tarde de marzo de 1982, durante una reunión de base para los militantes civiles del PC, Orel Viciani anunció que se realizaría una ceremonia de recibimiento a los camaradas que se preparaban militarmente en las FAR. La noticia lleno de alegría y curiosidad a los militantes, pues por fin verían el resultado del ambicioso proyecto ofrecido por Fidel Castro al PC chileno. “Pero deben guardar la información en el secreto mas absoluto, ya saben que el enemigo acecha”, advirtió Viciani.

Una semana más tarde los miembros civiles de la juventud y el partido comunista chileno, en su mayoría mujeres y hombres mayores de cuarenta años, repletaban las graderías del teatro de la Central de Trabajadores de Cuba. Los dirigentes del PC ocupaban orgullosos y circunspectos la primera fila de butacas, entre la efervescencia y algarabía del numeroso público. De pronto, tras el toque de atención de una diana, entraron marchando al teatro, encabezados por banderas de Chile, Cuba y el PC, un centenar de soldados chilenos de las FAR, vestidos de impecable tenida verde olivo.

La sala completa estallo de inmediato en aplausos, vítores emocionados y lágrimas. Como un ejército verdadero, con años de entrenamiento riguroso, y muchos ya con experiencia de guerra, los combatientes se formaron marciales en el escenario mientras de fondo resonaban los ecos de la Internacional Comunista.

El escritor chileno Roberto Ampuero, quien, pese a rechazar la oferta de enrolarse en este destacamento, se encontraba presente ese día en el teatro recuerda en uno de sus libros; “Había tantos rostros de camaradas de los cuales no sabia nada desde hacia tiempo, así como tantos otros que creía reconocer aunque ignoraba sus nombres. Y había otros, todos jóvenes, serios y convencidos de su decisión, a los cuales nunca había visto y que habían llegado desde países remotos a cumplir con la patria. Lucían tostados y angulosos, algo delgados, pero saludables. Se veían seguros de si mismos, desafiantes y convencidos de lo que deberían hacer en Chile. Sus familiares los llamaban desde la platea y a ratos todo aquello parecía una gran fiesta de afirmación revolucionaria. El partido mostraba con hechos que no había perdido el tiempo y que constituía la vanguardia del movimiento popular chileno. Estábamos frente a quienes nos salvarían del terror y vengarían la derrota del 11 de septiembre de 1973”.

Luego de entonar el himno nacional, y con una emoción que a ratos los desbordaba, los asistentes escucharon las palabras del nuevo encargado del PC en la isla, Rodrigo Rojas; “Camaradas en las FAR; quiero decirles que nos sentimos profundamente honrados de contar al fin con el núcleo del ejercito revolucionario que mañana enfrentara al tirano para salvar a la patria de la dictadura y conducirla al socialismo. Se acabara así la impunidad, pues ya no seremos un pueblo indefenso a merced de los fascistas. A partir de ahora los días de Pinochet están contados”.

Un ex militante comunista que también estuvo presente en ese acto confiesa; “Si en aquel instante nos hubiesen preguntado si estábamos dispuestos a desembarcar en Chile para enfrentar a la dictadura, habríamos respondido sin vacilar, y al unísono que si lo estábamos”.

En cuanto Rojas cerró sus palabras en medio de estruendosos aplausos, uno de los soldados del nuevo ejército revolucionario de Chile se dirigió a la multitud. Luego de anunciar que el y sus compañeros estarían dispuestos a entregar la vida por la liberación de Chile, lo que mas sorprendió a todos fue su marcado acento cubano al dirigirse a la audiencia. En cuestión de meses los chilenos en las FAR habían hecho suyos, no solo el tono grave y las jotas aspiradas propias de los isleños, sino también el estilo cortante y teatral impuesto por Fidel Castro en sus discursos.

“Eran gente muy revolucionaria, muy dedicada a sus tareas. Hubo muchos chilenos a los que se les entregó tareas de importancia y que se hicieron cubanos en el mejor sentido de la palabra”, cuenta otro de los presentes esa tarde.

Orel Viciani sello el acto orgulloso diciendo; “esto es solo una parte de la gente que tenemos en formación. Hay camaradas venidos de Europa, África, América Latina y también desde Chile, y así como ellos, muchos más se preparan en otros países. El partido entero se viste hoy de verde olivo y los demás no tardaran en seguirnos”.
Fraguando La Insurrección
Pese a estas muestras de adherencia al partido madre, en 1982 el destacamento militar chileno en Cuba era un hervidero: la mayoría de los oficiales, encabezados por “Salvador” cuestionaban ya entonces su dependencia del PC chileno. El papel de los jóvenes reclutas de las FAR en el triunfo de los sandinistas contribuiría aún más a alejarlos de la tradicional cúpula del partido, pasando a ver con ojos cubanos a una generación de “viejos fracasados”, que “no supieron hacer la revolución como corresponde, con armas en la mano”.
Aunque dirigentes como Volodia Teitelboim, Américo Zorrilla y Rodrigo Rojas mostraban indisimulado orgullo al referirse a sus muchachos verde olivo, entre los jóvenes cada día aumentaba la distancia con los viejos líderes. “No sabían que a sus espaldas los tratábamos de ‘viejos huevones’ y ‘abuelos caducos'”, señala un ex frentista formado en Europa Oriental y que llegó a Cuba en 1981.

En los campos de batalla en Nicaragua los chilenos no sólo habían participado de una campaña victoriosa -que les abrió el entusiasmo por hacer lo mismo en Chile- sino también pelearon codo a codo con algunos de los principales militares de elite de Fidel Castro. Entre éstos estaban varios destacados oficiales cubanos, como los entonces coroneles de Tropas Especiales Tony de la Guardia y Alejandro Ronda. De la Guardia y Ronda -que no escondían su profundo desprecio por la “falta de cojones” de los líderes de la izquierda chilena durante el período de Allende- serían vistos como símbolos a seguir por los jóvenes chilenos.

Además, los otros grandes referentes de los oficiales chilenos estaban en sus propias filas. Entre estos “Salvador” era el líder indiscutido, a quien todos los demás se referían como el “número uno” y que encabezaba las críticas contra la dirigencia del partido, que no se atrevía a enviar un contingente a luchar a Chile.

Pese a esto el PC consideraba a Apablaza uno de sus oficiales más leales. Ningún dirigente supo discernir que a esas alturas la lealtad de Apablaza estaba más cerca de los cubanos, cuyos servicios de inteligencia habían desplegado desde 1978 una política de acercamiento hacia el oficial. “Apablaza y su grupo fueron asumiendo mayores relaciones con el Departamento de Operaciones Especiales de Cuba (DOE), el organismo de inteligencia del Ministerio del Interior y dueño de una visión conspirativa y militarista de la política”, afirma un ex dirigente del PC por entonces en la isla.

Pero “Salvador” no era la única voz en La Habana que cuestionaba el inmovilismo del PC. Otra figura destacada era Aníbal Maur, un argentino-chileno que había sido designado por el partido chileno como jefe de la llamada Comisión Elaboradora de la Política Militar. Maur no era miembro del aparato militar, sino un dirigente. Pese a esto, era joven y tan audaz como Apablaza, por lo que tenía ideas mucho más cercanas a las de los veteranos de Nicaragua que a la vieja dirigencia. En Argentina había formado parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). De allí había pasado a Cuba, donde se vinculó al PC chileno.
Maur fue uno de los primeros en plantear que el aparato militar del PC debía separarse del partido para iniciar su aventura armada en Chile. “Decía que todos los partidos comunistas alguna vez se han dividido y que, incluso, a veces estos quiebres eran necesarios”, recuerda un ex oficial de las FAR, uno de sus más cercanos amigos.

Por esos mismos días “Salvador” comenzó a alentar un debate entre los militares, bajo un título que apuntaba a su razón misma de existencia y a lo que debía ser su relación con el partido madre: “¿Qué somos?”. La respuesta sugerida por “Salvador” era tajante: “Somos militares. Y no es necesario ser comunista para formar parte del destacamento”. Un oficial que tomó parte en el debate explica: “En un lado estaba el PC, depositario del fracaso de 1973 y con una ambigua postura frente a la línea militar. En la otra vereda estaban los profesionales de las armas, que no estaban dispuestos a ser conducidos por gente que nunca había tomado un fusil”.

Testigos de esa época recuerdan un intercambio de ideas entre el ex ministro de Economía de Allende, José Cademártori, encargado del PC en La Habana, y “Salvador”. El punto de debate era si el ejército chileno era o no una institución “fascista”. Cademártori afirmó que ese término era sólo aplicable a sus altos mandos. “Si sus mandos son fascistas, toda la institución lo es, pues cumple objetivos fascistas”, fue la réplica de “Salvador”.

Cademártori intentó argumentar mencionando el legado de generales como René Schneider y Carlos Prats. Sin embargo, el dirigente cubano Manuel “Barbarroja” Piñeiro -brazo derecho de Fidel Castro, quien se encontraba presente en la reunión- zanjó la disputa apoyando a “Salvador”.
La postura asumida por “Barbarroja” no podía ser más simbólica. En vez de respaldar a una de las mayores autoridades del PC chileno en la isla, el gobierno de La Habana daba todo su apoyo a los jóvenes oficiales. Si éstos querían viajar a Chile para combatir a Pinochet en su mismo territorio, tendrían todo el apoyo de Cuba.
Pese a que los jóvenes militares mantuvieron su afiliación política, la directiva del PC en la isla fue perdiendo el control, y al final hasta el respeto, de los jóvenes. La consecuencia lógica fue que se convirtieron más en soldados de Castro que del PC chileno. “Para ellos la última palabra siempre la tenía Fidel”, recuerda un ex dirigente del PC en la isla.

Un ejemplo del distanciamiento de esa generación es lo ocurrido con el hijastro de Volodia Teitelboim, Roberto Nordenflycht, el “comandante Aurelio”, quien murió en 1989 cuando preparaba un atentado con explosivos al aeródromo de Tobalaba. Formado en Cuba como oficial de infantería mecanizada y blindados, Nordenflycht -pese a su parentesco- optó por el ala del FPMR que rompió con el PC en 1987.

Enfrentando a La “Contra”

A comienzos de 1983, cuando la guerrilla “Contra” irrumpió en Nicaragua en oposición al gobierno sandinista, los soldados chilenos que residían en Cuba volvieron a Nicaragua. Ahora, para defender al gobierno revolucionario de la poderosa contrainsurgencia alimentada por Estados Unidos.
“Salvador”, el líder del destacamento comunista de La Habana, estuvo de acuerdo con la iniciativa de que los chilenos volvieran a combatir. Consideraba que serviría como aliciente para aminorar el descontento de los oficiales que seguían egresando de las academias cubanas y todavía no podían partir a Chile.

Esta vez los chilenos provenientes de Cuba estuvieron a cargo de seis Batallones de Lucha Irregular (BLI), los que se repartieron por las accidentadas zonas de conflicto. La mayoría de ellos provenían de las escuelas militares cubanas José Antonio Maceo y La Cabaña. Incluso fueron a Nicaragua los 10 marinos formados en la Escuela Naval Granma.
También iban cinco “búlgaros”, los chilenos formados militarmente en Bulgaria que se habían integrado al ejército cubano en 1981. Su líder, José Valenzuela Levi, fue destinado a las milicias, mientras los otros se desempeñaron en las zonas militares como asesores.

También se integró el “comandante Arturo” o Juan Waldemar Henríquez. Egresado de una academia militar cubana, en 1983 “Arturo” fue asignado al entrenamiento de milicias sandinistas al sur del país.
A cargo de todas las fuerzas chilenas provenientes de Cuba iba una figura que hasta hoy es uno de los hombres más buscados por la justicia chilena y uno de los fundadores del FPMR: Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”. En Nicaragua fue la primera ocasión en que el chileno tuvo una figuración importante.

Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”.

Los conflictos de esta segunda avanzada afloraron muy pronto. “El Chele” se limitó a permanecer en Managua, mientras sus hombres se batían con la “contra” en las zonas rurales y los montes. Todos los fines de semana su mujer viajaba desde La Habana a visitarlo.

El “comandante Arturo”, muy luego se convirtió en su más enconado enemigo. “Despreciaba profundamente al ‘Chele’, ya que encontraba que era un ‘aparecido’, sin más mérito que ser yerno de Raúl Castro”, recuerda un ex oficial chileno. Pese a estas diferencias, y debido a su alto grado de experiencia y preparación, en esa época había cinco oficiales chilenos ocupando altas responsabilidades en Managua.

Tiempo más tarde, cuando el general cubano Arnaldo Ochoa fue destinado como jefe de la misión cubana en Nicaragua, todavía estaban los chilenos. El hombre que sería condenado a muerte en 1989 por Fidel Castro -acusado de narcotráfico- sentía una gran simpatía por los oficiales del PC. Incluso, cuando llegó el momento de que tuvieron que partir clandestinamente hacia Chile para integrarse al FPMR, Ochoa se encargó de despedir a uno de ellos. Testigos de la época aún recuerdan que le hizo una despedida en su residencia de Managua a este oficial chileno. Frente a los presentes, Ochoa lo despidió como “el futuro líder de la revolución chilena”.

Luego de cumplir funciones militares durante un par de años en Nicaragua, muchos chilenos regresaron a La Habana para preparar su retorno a Chile. Los que habían quedado en Managua regresarían directamente al país unos años después.

El Viraje del PC

Los preparativos para montar una guerra en territorio de Pinochet se aceleraron después de que el PC anunciara formalmente en 1980 la vía armada. Ese año los comunistas chilenos anunciaron al mundo una nueva estrategia para derrotar la dictadura, la que vendría a darle sentido al proyecto de formar oficiales chilenos en Cuba. Desde ese momento el ala “dura” de la izquierda chilena -profundamente influenciada por Moscú, La Habana y Berlín Oriental- se aprestó a respaldar oficialmente lo que se había fraguado silenciosamente en los cuarteles cubanos.

En un discurso transmitido por Radio Moscú, Luis Corvalán, secretario general del PC, dio a conocer la “Política de Rebelión Popular de Masas” (PRPM), que validaba “todas las formas de lucha contra el régimen militar”, eufemismo que significaba dar luz verde a la vía armada.
La intervención de Corvalán impactó en Chile y en las agencias de inteligencia occidentales. Un informe de la Oficina de Inteligencia del Departamento de Estado norteamericano, fechado el 23 de junio de 1981 y recientemente desclasificado, consignó: “El hecho que los medios de comunicación soviéticos estén difundiendo la nueva línea del partido indica que Moscú implícitamente ha respaldado este cambio”. El despacho secreto llevaba como título; “El Partido Comunista chileno opta por la revolución con la bendición de Moscú”.

Diversos expertos en inteligencia de Alemania Oriental, Cuba y Unión Soviética, eran partidarios de aprobar una opción militar contra Pinochet, más aún considerando el éxito de la lucha armada del sandinismo en Nicaragua. Esa opinión reforzaba la posición de los jóvenes oficiales del partido formados en Cuba, cuya experiencia en Nicaragua les permitía creer que el único camino exitoso para enfrentar la dictadura estaba en el campo militar.

Pese a ello, los lideres comunistas se mostraban titubeantes al momento de dar luz verde a esta opción de lucha, lo que exasperaba de sobremanera a los jóvenes oficiales de PC que estaban en Cuba, ansiosos de demostrar en su país lo que habían aprendido en Cuba y en los campos de batalla en Nicaragua.
En 1982, y luego de dos años de hacer oficialmente su anuncio, el PC aun no decidía el momento para enviar su contingente a Chile. Ese año, y ante tanta indecisión, “Salvador” había propuesto a los dirigentes del PC transformar el partido en una organización adaptada para la política militar. Sin embargo, ese planteamiento había sido rechazado, aceptándose en cambio la idea de crear una estructura militar con mando propio. Esa decisión permitiría la formación de un brazo militar con la tarea de desarrollar una estrategia militar para enfrentarse con la dictadura.

Los Informes del SED

Una serie de documentos desclasificados hace algunos años desde los archivos del SED alemán entregan numerosos detalles de la línea seguida por el PC en ese país, la que posteriormente los llevo a gestar la lucha armada en Chile.
“A comienzos de los años 80 se expandió entre nosotros la decepción por el hecho de que hubiera tan pocos combatientes entre los exiliados chilenos en Alemania y Europa en general”, asegura Peter Stobinski, encargado en el SED de llevar a cabo la política solidaria hacia Chile. Por eso la RDA no sólo “saludó” la adopción de una política militar por parte del PC -la que se activó especialmente luego del triunfo de la revolución sandinista en julio de 1979-, sino que también la apoyó activamente.

Fue en ese país, donde a mediados de los setenta un grupo de jóvenes intelectuales comunistas -que componían el llamado “círculo de Leipzig”- comenzó a reflexionar sobre la necesidad de “llenar el vacío histórico” del PC en materia militar.
Como los alemanes orientales eran prolijos en dejar constancia de cada conversación que sostenían, de las actas no sólo surge el apoyo del SED a los planes militares del PC, sino también la colaboración prestada por Cuba y la Unión Soviética. De la documentación examinada quedan claramente establecidos los países en que fueron entrenados los cuadros militares y su número, además de la cooperación en otras áreas como infraestructura y armamentos, y la preparación de grupos especiales que tendrían a su cargo la ejecución de secuestros y el asesinato de “verdugos fascistas”.

En uno de los documentos, el 13 de abril de 1982, Hermann Axen, miembro del buró político del comité central del SED, le informa a Eric Honecker:
Te transmito una conversación que sostuve el 16 de marzo con Jorge Montes, miembro del comité central del Partido Comunista de Chile y presidente de la comisión militar.
En Berlín, sostuvo reuniones con miembros del comité central del SED, y con la Stasi. Allí expuso los planes de nuestro partido hermano en la organización del trabajo en el terreno militar. En la entrevista participaron Manuel Cantero, de la comisión política del PC de Chile, Rodrigo Rojas, jefe del PC en la RDA, Sergio Ovalle, del comité Central del PC, y Edgar Fries, jefe de la Sección IV del comité central del SED. El compañero Montes explicó que en el pleno del PC en mayo de 1981 se precisó que esta nueva línea política es una “primera orientación hacia formas de lucha armadas que significan un cambio cualitativo en la táctica utilizada hasta ahora”. Sin embargo, en las grandes masas esta política aún no cuenta con el apoyo necesario, sostuvo.

Los cuatro puntos prioritarios para el partido son:

1. Fortalecimiento del partido.
2. Formación de dirigentes militares.
3. Influir en el desarrollo del movimiento de masas.
4. Desestabilización del régimen.

Un lugar central tendrá la formación de cuadros armados. En este sentido se han elaborado planes concretos para 1982 y 1983. Estos son necesarios para una amplia escalada de actividades que van desde el lanzamiento de panfletos, manifestaciones callejeras, hasta atentados a objetivos estratégicos o las ejecuciones de verdugos fascistas.
Los planes del PC se concentran fundamentalmente en cuatro áreas:

1. Formación de dirigentes para un aparato militar del partido en Chile.
2. Formación de cuadros de combate como fuerzas estratégicas.
3. Equipamiento con armas.
4. Creación de una infraestructura.

Respecto al punto 1: La formación de dirigentes para el aparato militar ya está en marcha. El aparato está formado por cuatro comisiones con las especializaciones: trabajo militar, defensa, labores en las fuerzas armadas de la Junta, desestabilización del régimen.

Durante las conversaciones de Luis Corvalán con Fidel Castro en La Habana en enero de este año (1982), acordaron la formación de los dirigentes militares que encabezarán y construirán estas misiones en Chile.
Respecto al punto 2: La formación de cuadros de combate presupone la formación de los dirigentes militares. En Cuba ya están siendo entrenados 100 combatientes, que actualmente están siendo ocupados en Cuba y Nicaragua. Corvalán y Fidel Castro acordaron que otros 30 combatientes serán entrenados en 1982. Estos serán integrados a las fuerzas armadas cubanas.

También hemos previsto la formación de grupos especiales. Tenemos la intención de instruir en 1982 alrededor de 100 compañeros en cursos de cuatro a seis meses en los países socialistas. Cuba se mostró dispuesta a encargarse de la formación de 70 hombres, la Unión Soviética de 20, y le pedimos al SED que reciba unos 15 a 20. Como todos los compañeros vendrán desde Chile, también hay que costearles los pasajes. (Sobre este entrenamiento de grupos especiales se entenderán con la Stasi).
En lo esencial se busca para estos grupos especiales dos áreas de entrenamiento:

a) Técnicas de lucha militar;
b) Métodos de secuestro, interrogatorios y otras tareas especiales.

Estos hombres asumirán la dirección de tropas de comando en Chile. Para Santiago prevemos la formación de 90 de estos grupos especiales, cada uno formado por 3 a 5 hombres. Fuera de la capital pretendemos tener otros 90 grupos.

Respecto al punto 3: La obtención de armamento ya no es un problema tras las consultas con los cubanos y soviéticos. El problema reside en el transporte a Chile. La comisión militar del PC ha elaborado siete variantes posibles y el partido está interesado en los consejos del SED o de los órganos pertinentes al respecto.

Respecto al punto 4: En la creación de la infraestructura hay que solucionar los siguientes problemas:
– Obtención de depósitos de armas camuflados.
– Organizar puntos de apoyo médico.
– Abrir talleres mecánicos y eléctricos.
– Equipar laboratorios para la producción de explosivos.
– Instaurar puntos de apoyo aéreos y marítimos para la llegada del armamento.
– Y para estos fines adquirir tierras, inmuebles adecuados y vehículos.

También se le pidió al SED que a los tres pilotos militares chilenos, que actualmente están en un curso de entrenamiento para combatientes latinoamericanos en la Escuela de Kleinmachnow, se les otorgue boletos para viajar a Nicaragua. Bajo la conducción del compañero Vergara deberán ayudar en la construcción de la fuerza aérea nacional de Nicaragua.

“Vámonos a Chile”

Mientras en Moscú, Berlín y Santiago se daban pasos acelerados para implementar la lucha armada anunciada por el PC, en 1983 cundía la inquietud en La Habana. Exasperados por la negativa del partido para autorizarlos a combatir en Chile, los militares formados en Cuba se planteaban la posibilidad de escindirse del PC y de los “viejos caducos” de la dirigencia.
A comienzos de ese año, el aparato militar del PC en La Habana semejaba una granada a punto de estallar en las manos del partido. Muchos de los casi 200 oficiales chilenos que habían pasado por las Fuerzas Armadas cubanas eran ahora veteranos de guerra luego de combatir en Nicaragua, y muchos de ellos bordeaban ya los 30 años.

Entusiasmados por la creciente efervescencia contra Pinochet en Chile, empezaban a mostrar una peligrosa impaciencia por volver al país a combatir la dictadura. “Vámonos a Chile”, era la frase recurrente, primero en el secretismo de los cuarteles y luego a viva voz.

Concluida la preparación militar de estos cuadros, lo cierto es que los dirigentes comunistas chilenos no tenían claro que hacer con ellos, considerando que, pese a aceptar la vía armada, no había congruencia entre una opción militar y la política anti-pinochetista que el partido estaba proponiendo a las demás fuerzas políticas de oposición.

Uno de los encargados del PC chileno en la isla, Jacinto Nazar, trataba de calmar los ánimos, a la espera de lo que dispusiera la titubeante dirigencia comunista en Moscú. Esa indecisión exasperaba a algunos oficiales del destacamento, que hablaban nuevamente de “romper” con el partido.
En ese ambiente, un joven oficial formado en la Escuela Militar Antonio Maceo y que había pasado por Nicaragua realizó una huelga para que lo enviaran a Chile. Fue severamente castigado por sus superiores, que conocían su personalidad impulsiva. Su nombre era Vasily Carrillo. En los calurosos días habaneros, los oficiales como Carrillo miraban con desdén a los líderes comunistas, que no se atrevían a enviar al destacamento a Santiago.

Vasily Carrillo Nova

La dirigencia del PC evaluaba, cuando las jornadas de protesta nacional todavía no se realizaban, que aun no estaban dadas las condiciones suficientes como para un levantamiento popular en Chile. Como la negativa del partido a enviar a sus oficiales a Chile se mantendría hasta mediados de 1983, las señales de descontento aumentaron hasta generar alarma en la cúpula del PC. Esta resolvió salir del entuerto culpando de todas las indecisiones a Jacinto Nazar. Utilizado como “chivo expiatorio”, el dirigente fue obligado a dejar su puesto como encargado del partido en la isla.

Pese a ello la dirigencia cubana entregaba su irrestricto apoyo a la nueva generación de combatientes chilenos, quienes seguirían presionando al PC hasta conseguir hacer realidad el sueño de volver al país para combatir al régimen de Pinochet.

Los Muchachos De Fidel

El ex agente cubano-argentino Jorge Massetti, fue unos de los cientos de militantes que tuvieron la oportunidad de recibir formación militar en Cuba. Una vez egresado, junto a muchos chilenos, llegaría a integrarse al cerrado círculo castrista de La Habana. Hoy desde su refugio en Miami, y desligado de la doctrina de Fidel Castro, ironiza sobre el pasado y el presente de las generaciones de combatientes que se formaron en las academias cubanas:
La larga marcha del castrismo por América Latina ha encarnado para gran parte de la intelectualidad izquierdista de nuestras sociedades una empresa épica y romántica. La lucha de los desposeídos contra los poderosos. Una guerra necesaria.

Miles de jóvenes latinoamericanos recibimos instrucción en unidades militares cubanas para extranjeros; las míticas bases de Punto Cero y Los Petis. Fuimos los seguidores del “Che” y de Fidel Castro. Cuba, con “generosidad revolucionaria”, nos ofreció campos de entrenamiento e instructores.

Con empeño aprendimos a fabricar explosivos, también tiro de infantería, defensa y técnicas de atentados. En las calles de La Habana desarrollamos las prácticas operativas de enmascaramiento, chequeo, contrachequeo, carga y descarga de buzones, pases rápidos, comunicaciones. En fin, todas las prácticas necesarias para convertirnos en verdaderos conspiradores, en los futuros comandantes de la revolución latinoamericana. En nombre del “pueblo”, y sin pedirle permiso, comenzamos la guerra para su liberación. Mal aderezados con algunas nociones de marxismo leninismo, el “Qué Hacer” de Lenin y “La historia me absolverá” de Fidel Castro bajo el brazo y, por supuesto, con pistola en la sobaquera, comenzamos nuestra guerra.

Los muertos fueron por miles. La reacción del enemigo no se hizo esperar: las dictaduras militares ennegrecieron la geografía de nuestro continente. Con salvajismo imperdonable, en nombre de la Doctrina de Seguridad Nacional, los militares asesinaron, secuestraron, desaparecieron a todo aquello que oliera a izquierda, a militancia popular, a activismo obrero. La represión fue total y destructiva.

Mientras tanto, en Cuba nuevos reclutas se entrenaban como combatientes para enfrentar las dictaduras. Incluso algunos, sobre todo chilenos, se graduaban en escuelas como oficiales regulares de las Fuerzas Armadas. A pesar de la derrota, persistimos, ya contábamos con nuestro propio ejército; éramos los muchachos de Fidel.

En Nicaragua, en 1979, nos pudimos medir con el enemigo. Chilenos, argentinos, salvadoreños, uruguayos, incluso etarras vascos y brigadistas italianos, asistimos a la convocatoria de la revolución de Fidel. Allí estábamos junto a nuestros hermanos sandinistas en los momentos finales de la guerra contra Somoza. Con ellos festejamos el triunfo. Juntos reprimimos y aniquilamos a lo que quedaba de las fuerzas somocistas. En nombre del internacionalismo proletario, algunos nos integramos a los nuevos y revolucionarios órganos de la Seguridad del Estado Sandinista.
Y no sólo combatimos a la “Contra” de la ex Guardia Nacional, sino también a aquellos burgueses que habían luchado contra Somoza y que después del triunfo -creyéndose el cuento de la democracia- exigían elecciones libres, pretendiendo arrancarles con sufragio lo que los sandinistas, los revolucionarios, habían conquistado a punta de fusil.

En Cuba, los jefazos de Tropas Especiales nos recibían como sus pares. Casas de protocolo o de descanso en la playa estaban a disposición de los cansados guerreros.
Durante los años ‘80, las dictaduras del Cono Sur fueron cayendo, pero no como queríamos nosotros ni Fidel, pues los fusiles hacía rato se habían silenciado. De cualquier modo, se combatía en El Salvador y en Guatemala. Y en Chile, aún estaba Pinochet. Allí sería distinto. El MIR era ya casi inexistente, pero los muchachos del Frente, los jóvenes del PC, ya fogueados en Nicaragua y en tierras africanas, eran verdaderos oficiales cubanos y habían emprendido el camino de la lucha armada en su país. Incluso Fidel los apoyaba.
Pero no, a Chile también llegó la democracia después de un plebiscito. De cualquier modo los frentistas más duros, con apoyo cubano y escindidos del PC, seguirían peleando, golpeando a los burgueses.

También el FPMR fue derrotado. En El Salvador y Guatemala se negoció la paz. De los muchachos de Fidel, quedamos pocos. A pesar de la derrota en nuestros países de origen, algunos quedamos con vida y escapamos al exilio. Los que no murieron están en presidio, y los sobrevivientes con sus vidas destrozadas. Otros se ocultan en la isla, pendientes aún de una nueva misión del Comandante. El eterno Comandante, envejecido y balbuciente, con 42 años en el poder, y ni pensar de que se vaya. Y de verdad lo siento, pero por suerte, no ganamos.

El Concentrado De La Habana
El miércoles 11 de mayo de 1983 se inició como un día cualquiera en Santiago de Chile. Algunos incidentes enturbiaron la mañana, pero en la tarde los santiaguinos se retiraron a sus casas y todo parecía normal. A las ocho de la noche, sin embargo, estalló un ensordecedor caceroleo en las principales ciudades del país y cientos de barricadas interrumpieron el tránsito en las poblaciones. Así partió la primera protesta nacional contra Augusto Pinochet, que dejó dos muertos, 29 heridos y 652 detenidos. Otras tres jornadas de movilización estremecieron al país entre mayo y agosto de ese año. La última, la más violenta, dejó un saldo de 26 muertos y más de un millar de detenidos.

Sin que la oposición lo hubiera previsto, el régimen militar estaba por primera vez a la defensiva. Aunque en primera instancia el PC se vio sobrepasado por los acontecimientos, sus dirigentes pronto concluyeron que había que reaccionar con rapidez.
En junio de 1983, a un mes de la primera protesta nacional, el PC celebró un inédito cónclave en Cuba, a fin de discutir la postura que se adoptaría frente a la creciente efervescencia en Chile.

Bajo el nombre de “Concentrado de La Habana”, y en una residencia facilitada por el gobierno cubano, tres grupos internos se vieron las caras: los oficiales formados en la isla, representados por Galvarino Apablaza, el “comandante Salvador”; la dirección del partido en Moscú, representada por Volodia Teiltelboim, y la cúpula clandestina de Gladys Marín, que envió como vocero al ex miembro del Círculo de Berlín, “Ernesto Contreras”.

Los oficiales del PC habían costeado de sus bolsillos varios impresos que repartieron a los presentes. Se trataba de cuadernillos con las conclusiones de su experiencia en Nicaragua que, a su juicio, ayudarían en el combate en Chile. Se acentuaban los aspectos militares, como contar con buenas líneas de abastecimiento. Al intervenir en el plenario, el propio comandante “Salvador” hizo hincapié en esas materias.

Ni las palabras de “Salvador” ni los textos fueron bien recibidos por los concurrentes, que buscaban algo más que una mera organización militar para capitalizar las protestas. “La visión de los oficiales era casi escolar. Lo que ahí estábamos discutiendo no era cómo hacer una emboscada, sino la implementación de la Política de Rebelión Popular”, recuerda Contreras.
El segundo en hablar fue el ex senador Jorge Montes, miembro del comité central del PC, a nombre de la cúpula de Moscú. Montes defendió la Política de Rebelión Popular, pero también llamó a los oficiales a “evitar el ultrismo” y las “aventuras militaristas”. Sus palabras fueron interpretadas como el temor de la vieja guardia sobre un tema que no dominaban ni habían asimilado.

Al final intervino el enviado de Gladys Marín. Contreras aclaró que lo que estaba por ponerse en práctica era “el giro estratégico más importante” en la historia del PC, donde el factor militar era sólo “un componente más de la lucha”. Esta tesis, la política militar como parte de un marco amplio y que abarcaba a todo el partido, era el camino que debía seguirse. Mencionó también la idea de atribuir todas las acciones de sabotaje del PC a un supuesto Comando Manuel Rodríguez, nombre que serviría como logo para la nueva política. Hasta los jóvenes militares aplaudieron la exposición. El sector de Gladys Marín parecía ser el único con un plan coherente para aprovechar la creciente movilización en Chile e implementar la insurrección.
El más sorprendido era “Salvador”.

Apenas el dirigente terminó su alocución, otro oficial se le acercó y le dijo bromeando: “Compay, le salió gente al camino”. Compay era el apodo de “Salvador” en la isla.
Esta reunión de la Habana fue el punto concluyente para poner en marcha la vía armada en suelo chileno. Pese a que muchos sectores atribuyeron la decisión final a los altos mandos cubanos, los dirigentes comunistas de aquella época siempre lo han desmentido.

Entrevistada por una revista chilena poco antes de morir en el 2005, la propia Gladys Marín se encargó de aclarar al respecto; “Cuando se llegó a la conclusión de que había que formar militarmente a estos jóvenes chilenos, siempre se pensó que sería para un tiempo posterior, un tiempo democrático. Quienes plantearon el regreso anticipado de estos jóvenes fuimos nosotros. Y siempre asumimos esa responsabilidad. ¿Entonces, de qué son responsables los cubanos? Nosotros fuimos responsables de lo que hicimos y de la solidaridad que solicitamos. Eso fue todo”.

Con el ya definitivo visto bueno del PC, en los meses siguientes los primeros oficiales chilenos entrenados en Cuba comenzarían a viajar a Chile con el fin de implementar la resistencia armada contra el régimen de Pinochet.

El nacimiento del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y su cruzada para convertir a Chile en una segunda Nicaragua estaba a punto de hacerse realidad.

Nota: Este capítulo esta basado en una serie de reportajes publicados en el año 2001 por el diario La Tercera, titulados “La Historia Inédita de Los Años Verde Olivo”.

PRÓXIMA ENTREGA: NACE EL FPMR

Una respuesta

  1. […] Historia No Oficial del Frente   Patriótico Manuel Rodríguez […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: