Oda a la utopía

Por: Jaime Richart
Fuente: kaosenlared.net

Saramago ha recibido una inspiración, y nos propone que extirpemos la utopía…

En una entrevista a Saramago publicada en el diario La Jornada de México, sobre la utopía dice lo siguiente:

«La utopía ha traído más daño a la izquierda que beneficio, porque no es algo que uno espere ver realizado en su vida, no; se pone en el futuro, en un lugar que no se sabe ni dónde ni cuándo será. Una utopía es un conjunto de articu­laciones, necesidades, deseos, ilusiones, sueños. Si uno es conciente de que no lo puede realizar en el tiempo en que vive, ¿qué sentido tiene? ¿Cómo es que podemos tener la seguridad de que 150 años después, cuando ninguno de los que ha construido esa utopía estará vivo, las personas ten­drán algún interés en una utopía que no es suya, que perte­nece al pasado? (…) Acabemos con las utopías, que no nos van a servir de nada. Abajo la utopía.»

Solicito humildemente el permiso de Saramago, para po­nerme a su altura siquiera por un rato y responderle:

No sé, quizá tenga razón Saramago desde el punto de vista del rastrerismo político. Pero que yo sepa él no es po­lítico y ni siquiera ideólogo. Apunta con esta detracción a la línea de flotación filosófica del concepto «utopía». Y esto es lo grave. Que no discrimina y atribuye a la «utopía» efectos devastadores para el pensamiento político de la izquierda y por ello cree que debe derribarse. Ha buscado razones para el fracaso relativo y permanente de la izquierda verdadera, y las ha encontrado en sus planteamientos utópicos. Pero aquí planea la sombra de una contradicción en sus propios términos: si la iz­quierda deja de ser utópica, deja de ser iz­quierda. Es posible que la izquierda prefiera soñar un ideal, que realizarlo. De todos modos, en el orden político pase la recomendación de Saramago. Pero es que la utopía está cosida a la Política como la felicidad está un­cida a la ilusión, y utopía, política, felicidad e ilusión están fundidas y no se pueden separar. Aquí, en este exiguo y casi ridículo de­talle, ra­dica lo que en Saramago me resulta casi una bajeza pro­po­nerlo…

¿Qué sentido tiene la utopía? Pues sencillamente, el que tenga o se quiera atribuir a la esperanza, al sueño, al ideal. ¿Suprimimos también el sueño, el ideal, de nuestra imagi­nación cuando los síntomas más graves de la depresión psíquica asoman cuando nos sentimos incapaces de soñar despiertos y de mantener alguna pizca de ilusión? Lo sé por experiencia…

Si hay algo monstruoso, degenerado, corrupto, en el modo de pensar y de hacer de la generación que domina el mundo hoy en los centros neurálgicos de la geopolítica, es que no introduce en su quehacer utopía alguna, no aporta esperanza en el mañana. Vive para sí. Vive sólo el hoy y el ahora, y lo predica con estridencia: ¡arramplemos con lo que podamos, nuestro bienestar medido en coches, calefacción, papel y suntuosidad lo merece! El pensamiento ultraprag­matista que conocemos y nos invade hasta cuando defeca­mos, sólo ofrece futilezas efímeras. No más. No algo si­quiera intemporal, ya que no eterno. No piensa en que, de seguir así -y se seguirá así en y desde Occidente-, mañana nuestros hijos y nuestros nietos se ve­rán con­denados a vivir en un estercolero, en un desierto, en un pla­neta virtual sin agua, sin árboles, sin pájaros, sin flores. En un mundo en que la espe­ranza quedará reducida a es­pera; a la vaga es­pera de una muerte en el mejor de los ca­sos indolora. Ahí se agotará el «interés» por el vivir… No es probable que los videojuegos colmen, ni de belleza ni de esparcimiento ni de felici­dad.¿Quizá las drogas duras convencionales al alcance de todos será la solución para soportarnos la existencia?

Pero si no pensamos en nosotros y consideramos que «nosotros» no sólo somos nosotros, sino nosotros más nuestros descendientes; si pensamos que nuestros descen­dientes son una prolongación de nosotros, y que la humani­dad no es sólo quien está vivo y coleando, sino también el nasciturus, el que viene detrás… quizá la utopía empiece a cobrar ese sentido que no le encuentra Saramago. En esto Saramago es como ellos, como los mutantes anglosajones y afines. Respira ego­ísmo apocalíptico. Tanto como el de los egoístas oficiales y tremendos dueños del mundo: ¿Por qué hemos de necesitar seguridad de que 150 años después tendrán interés en nuestra utopía?, se pregunta Saramago. Este argumento, lamentablemente aberrante o propio de al­guien estragado de pensar, nos obliga a hacerle a nuestra vez otras preguntas: ¿acaso no soñaron otros con la igual­dad y la libertad… y si bien ellos ni las atisbaron ahora las disfrutamos aunque sea en dosis homeopáticas y a base de cierta imaginación en algunas partes de la Tierra? ¿acaso quienes soñaron la supresión de la esclavitud la alcanzaron ellos mismos? Y a ras de suelo: ¿acaso quienes lucharon por la utopía de la aneste­sia para las intervenciones quirúr­gicas o los antibióticos o el radio o la insulina… tuvieron ocasión de beneficiarse ellos mismos de la anestesia, de los antibióticos, de la insulina? Y tantos y tantos otros anhelos que se convirtieron en carne y hueso. Y mira que soy de los que están contra los abusos del «progreso»…

La Declaración de los Derechos Huma­nos no sirve para nada. De acuerdo. Se conculca a cada minuto y hay mu­chos que se recrean en pisotearla. Pero al menos sabe el mundo o una parte importante del mundo, en qué consiste la utopía de la dignidad humana. Al menos una parte de la humanidad tiene un paradigma, una referencia sobre qué debe postular y por lo que debe luchar. Aquí, en Kaos, eso es lo que hacemos. Trabajamos las 24 horas del día por la utopía y por nuestra redención a través de la utopía.

Si hay concomitancias entre esta filosofía recién llegada de Saramago y la filosofía depravada del neoliberalismo es esto: que ninguna de las dos piensa en mañana; que las dos su­primen la utopía. El uno, como propuesta y reniego de un concepto que dice haber hecho más daño a la iz­quierda que beneficio. Y los otros, como realidad pragmática llevada a sus últmas consecuencias. Y en ese afán se en­cuentran ambos. Pero entonces, si suprimimos la utopía ¿es que acaso propone Saramago sin decirlo que cambiemos de nuevo el sueño, por las barricadas para luchar por no se sabe qué, ni dónde ni cuándo será el logro y si lo consegui­remos? Pero que lo diga con toda claridad. Que lo diga, porque la aniquilación teórica de la utopía es demasiado «fuerte» como para que los pobres mortales podamos en­contrar su equivalente. Suprimamos el Decálogo mosaico. Suprimamos la moral kantiana. Suprimamos la ilusión; in­cluso sí, suprimamos la esperanza también. Pero por favor, los iconoclastas tienen el deber pánico de reemplazar al icono al menos por un sucedáneo o por una idea aunque viva sólo latente y arrumbada: por ejemplo, la igualdad… Que lo haga. Que nos proponga Saramago por qué debe­mos luchar, cuándo, dónde y para qué. A mi familia le reco­miendo que sea informalista, que no siga modas ni costum­bres inventadas por otros. Pero que llenen inmediatamente con otra cosa el asunto, y que la nueva fórmula aportada no choque frontalmente con la sensibilidad media de allá donde se encuentren; que la fórmula invite a ser aceptada por la mayor parte de los presentes en ese momento. El vacío, la anomia, en sociedad que no a solas es terriblemente pertur­bador para la colectividad, porque lo que sí es una utopía que debe abandonarse es la anarquía; no porque no sea noble, sino porque es absolutamente irrealizable.

Si, punzado por la utopía durante toda su historia, el ser humano ha ido alcanzando algunas cuotas alícuotas de bienestar material como moral en muchas porciones del globo y por periodos prolongados: por ejemplo, los 60 años de paz ininterrumpida en Europa desde la última gran gue­rra… Si destruimos de un golpe la esperanza en alcanzar algo mejor algún día aunque no lo veamos… Si nos arran­camos de cuajo la utopía que consiste en soñar que des­pués de nuestra vida personal podamos ir a la nada o, quién sabe, si a algo mejor… Si nos negamos a soñar y a trabajar por ese sueño para que nuestra descendencia logre lo que nosotros no alcanzamos ni alcanzaremos nunca porque no tenemos tiempo… Si todo esto, digo, lo reconocemos sin esfuerzo, deberemos también admitir que el juicio acrítico y a-utópico de los invento­res de la teoría preventiva, los neo­cons aniquiladores, y la tesis ésta de perplejidad de Sara­mago se funden en una abrazo extintivo de toda es­peranza y negador de la misma vida. Negador de toda espe­ranza, para nosotros, y de la esperanza en otro mañana hermoso…

Saramago dice que ha pasado estos últimos años pen­sando sobre ello… ¿para llegar a esto? No sé bien dónde ha situado el núcleo de su pensar para desarrollarlo hasta ese final infausto de la supresión de la utopía. Aunque el cielo como paraíso no exista, aunque los Reyes Magos tampoco nos traigan regalos cuando niños, como Sócrates responde a Alcibíades cuando ha terminado de describir con todo lujo de detalles el Aqueronte y el paraíso: «vale la pena pensarlo así». Vale la pena creer en los sueños, en los Reyes Magos, en los mitos… aunque nunca gobernemos. Los antiguos griegos, maestro del pensamiento, vivían «como si» los mitos fueran realidad, como si la utopía fuera alcanzable en tiempo «real». Y no vivieron mal. Aún nos alumbran.Vale la pena seguir viviendo por y para la utopía.

Si cree Saramago honradamente (y seguro que es así) que hemos de abandonarla, que nos diga urgentemente con qué llenamos su vacío. Si no, que calle para siempre.

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