Estética y materialismo dialéctico

Por: Carlos Sánchez Ramos
Fuente: http://www.pacocol.org.es (18.07.08)

Bogotá, junio 18 (Redacción). Frecuentemente es preciso volver al principio fundamental de que “el modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos de la vida social, política y espiritual”. Si se prescinde de ese fundamento, el origen de los fenómenos quedaría relegado al arcano. Del arte es necesario reiterar que nace condicionado por el desarrollo histórico de la sociedad. El idealismo disuelve el arte en el pensamiento abstracto. El marxismo lo libera y hace reconocer las particularidades de la práctica estética, así como su necesidad y su papel en la agitada vida de los hombres.

Los sentidos tienen historia

Otro principio fundamental precisa que solo dentro de la comunidad con otros tiene el individuo los medios necesarios para desarrollar y diversificar sus dotes.” Es por ello, afirmaban Marx y Engels, que los sentidos del hombre social serían diferentes si no viviera en sociedad, pero dentro de ella es donde el oído puede transformarse en oído musical y los ojos hacerse sensibles a la belleza de las forma, de la luz y de los colores. Ello desde luego en el curso de la práctica artística. Labrando la piedra, reproduciendo y combinando los sonidos, el hombre hace que las cosas expresen en su lenguaje característico lo que la interioridad humana necesita expresar. Un momento, una situación de la subjetividad se hace materia esculpida o frase melódica o poesía. Una u otra materia se hace materia humanizada. En una práctica específica se hacen el arte y el artista. En un mismo proceso, actuamos sobre la naturaleza exterior y la modificamos; simultáneamente suscitamos y desarrollamos facultades y destrezas que de otro modo permanecerían ignoradas.

La belleza

En los manuscritos de 1857 y 1958 dejó Marx opiniones valiosas sobre la belleza. Niega que se trate de una propiedad natural de las cosas o que consista en un componente de su materialidad. “Lo hermoso existe solamente para la conciencia”.

Algunos autores interpretan la opinión de Marx acerca de la belleza en el sentido de que lo bello es producido de una manera semejante a la manera como el fetichismo de las mercancías nos lleva ver el valor: como si se tratara de una dimensión natural de los objetos del intercambio mercantil, como si no fuera producto del gasto de energía humana que en realidad convierte las cosas en valiosas e intercambiables. De un modo semejante, la obra de arte parecería bella por sí misma, cuando en verdad es bella en virtud de la acción creativa del artista que, como indicamos antes, hace que la obra diga, en el lenguaje propio de su materialidad, aquello que nuestros sueños desean oír, como algo dicho para nosotros mismos. Si el artista acierta a expresar un valor relacionado íntimamente con la esencia de lo humano, no solo él, como autor, sino cuantos se acerquen a la obra de arte podrán experimentar la conmoción del ánimo que produce la belleza.

Georg Lukács explicó de otra manera “el reflejo artístico”. Se logra, en todo gran arte, proporcionando “una imagen de la realidad, en la que la oposición de fenómeno y esencia, de caso particular y ley, de inmediatez y concepto, etc. se resuelve de tal manera que en la impresión inmediata de la obra de arte ambos coincidan en una unidad espontánea, que ambos formen para el receptor una unidad inseparable. Lo general aparece como propiedad de lo particular y de lo singular; la esencia se hace visible y perceptible en el fenómeno; la ley se revela como causa motriz específica del caso particular expuesto especialmente.”

Arte y capitalismo

Para Marx, según apuntó en la parte primera de las Teorías de la Plus valía, “la producción capitalista es hostil hacia ciertas ramas de la producción espiritual, como, por ejemplo, el arte y la poesía”. Solo adopta el Capital una postura favorable cuando las creaciones artísticas juegan un papel útil en los procesos de acumulación. Unas veces se les cierran las puertas de la vida social. Otras veces se abren para darles tratamiento de artículos de consumo masivo. Max Horkheimer y Teodoro Adorno criticaron duramente la llamada industria cultural. Tales prácticas “reducen la cultura y las artes a la condición de objetos conformistas, inservible, cuya función es la de afianzar el inmovilismo político.

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