El amor que no se atreve a decir su nombre. Oscar Wilde y la cuestión homosexual.

Por:  Rodrigo Quesada Monge
Fuente: Escáner cultural N° 30

PRESENTACIÓN.

En esta oportunidad trataremos un tema muy delicado en la historia personal y artística de Wilde. No nos atraen los detalles morbosos que rodearon el caso sino, en esencia, las lecciones que podamos obtener de él. Sostenemos que el juicio por sodomía que se le siguió al poeta es uno de los ejemplos más cruciales de intolerancia, represión, brutalidad y humillación que podamos hallar en la historia reciente de la cultura burguesa, contra aquellos que se atreven a pensar, sentir y actuar distinto.

Si la mentira es uno de los oficios mejor pagados en Occidente, como sostuvieron alguna vez ciertos autores de nuestros días1, es con Óscar Wilde, su arte y su experiencia vital, donde podemos tomar conciencia de la certeza de esta reflexión. La gran paradoja en la tragedia de Wilde, para quien la felicidad no importaba un bledo, sino el holocausto dionisiaco de los excesos del placer2, es que siempre sostuvo que el arte era más verdadero que la vida, que la rebelión y la desobediencia contra las mentiras de la sociedad burguesa eran más reales que la supuesta “naturalidad” en que ésta se apoyaba. Como los griegos de la antigüedad, Wilde creía que quien busca los placeres con tanto ahínco termina trágicamente. Y sin embargo, la hipocresía victoriana, es decir burguesa, acabó destruyendo con sus mentiras las ilusiones con las que Wilde quiso combatirla. Pero en el fracaso de Wilde está su triunfo, porque se atrevió a soñar, se arriesgó a pensar que era posible una vida más libre y auténtica, sin las máscaras que nos obliga a usar una moralidad palaciega, diseñada exclusivamente para que sirva los propósitos de quienes detentan el poder económico, social, político y cultural desde hace siglos. Cuando él se despojó de su disfraz el mundo entero se le vino encima, como veremos más adelante.

En esta oportunidad, entonces, hablaremos de la “cuestión homosexual”, no del “problema homosexual” como algunos acostumbran hacer, porque no existe algo que pueda llamarse así. A no ser que uno piense que un homosexual es un individuo enfermo, sujeto potencial de terapia y que por lo tanto constituye un problema para el buen funcionamiento de la sociedad.

Nuestro enfoque del tema tiene más que ver con sus aristas políticas y culturales, que con los asuntos de alcoba. No obstante, en el caso de Wilde ambas dimensiones están ineludiblemente ligadas, de manera que muchas veces es difícil separar los sueños que tiene el poeta con una sociedad sin estado, de aquellos en los que es posible una sociedad donde nos sea permitido amar a quien se nos antoje.

A pesar de todo, nosotros pondremos el énfasis en ese aspecto en el que la homosexualidad surge como una forma de rebeldía, para Wilde tan importante, y en las implicaciones eventualmente revolucionarias que tal rebeldía podría tener. Recordemos que Wilde no es ningún intelectual burgués revolucionario por defecto, él es antes que nada un intelectual bien acomodado, librepensador y con fuertes visos de aristócrata rancio y conservador. Pero en este entramado de contradicciones reside precisamente el interés de su caso, puesto que, sin importar sus orígenes de clase, su homosexualidad se tornó en una forma de desobediencia inaceptable para las estructuras de poder que, primero lo ensalzaron, y luego lo aniquilaron.

En virtud de lo expuesto, abordaremos el tema de este ensayo desde dos perspectivas básicas:

1.Óscar Wilde: homosexualidad y rebeldía.

2.Óscar Wilde: homosexualidad y revolución.

Procedamos entonces.

Óscar Wilde: homosexualidad y rebeldía.

En vida Óscar Wilde fue un rebelde, no un revolucionario. Formaba parte de esa intelectualidad europea y americana que se aterrorizó con los excesos de un capitalismo industrial que había puesto por encima de todo a la máquina y su eficiencia, y que había decidido que era más importante tener que ser. Este escenario hace que la figura de Wilde surja con los contornos de uno de los teóricos más acabados del “modernismo”, según lo conciben los anglosajones, es decir desde la perspectiva de lo que significaría el progreso en los países latinos3. En Francia hombres como Charles Baudelaire (1821-1867) encabezaban todo un movimiento que veía en la “burguesía maquinista” uno de los sujetos sociales más peligrosos que hubiera parido el capitalismo occidental durante los últimos quinientos años. De la misma forma pensaban Verlaine, Nerval, Rimbaud, el Conde de Lautremont, Poe y Rubén Darío. Por eso algunos autores sostienen que Wilde es simplemente un “epígono” del autor francés en Inglaterra4.

Para Wilde, la idea romántica de que el mundo objetivo es ficticio y de que la realidad es una creación de la imaginación crítica a través de las distintas expresiones artísticas que existen, tenía más sentido que toda la cháchara moralizante que, por aquellos días, quería poner el arte al servicio de intereses políticos y culturales muy precisos5. Se trata de la década de los noventas, no lo olvidemos, y en el ambiente se sienten los signos militares que irían a barrer Europa de cabo a rabo, con la primera gran guerra del siglo XX (1914-1918). El progreso material y la competencia inter-imperialista son dos de los ingredientes que uno debe de tomar en cuenta al ubicar a Wilde en el momento histórico que está viviendo.

El anti-semitismo, las leyes anti-migratorias, y la fiera preservación de la moral pública, no fueron privilegio de los círculos dominantes en Alemania. En Inglaterra, durante los años ochenta y noventa, lo mismo que en Francia, se introducen legislaciones del mismo peso específico y con las mismas aspiraciones6.

Hay que anotar que la enmienda por la cual Wilde es condenado a trabajos forzados por dos años procede de 1885. A este respecto existe una discusión que aún no ha sido concluida satisfactoriamente, pues tiene que ver con el dato de que Wilde no fue condenado por sodomía o “pedicatio” (penetración anal), sino por “incitar a la sodomía”, esto es: la práctica del onanismo a cuatro manos y la felación (es decir, corrupción y proxenetismo)7. Si hubiera sido encontrado culpable de sodomía, bien podría haber sido condenado a cadena perpetua.

Todavía en 1962 estas delicadezas legales en el caso de Wilde y de la legislación británica respecto a lo que se consideraba “indecencia pública”(o indecencia mayor) podían ser esgrimidas en cualquier juicio por pederastia o sodomía8. Curiosamente la misma legislación establecía excepciones con relación a la mujer, supuestamente porque la práctica del lesbianismo no afectaba de manera directa los mecanismos de reproducción tan caros a la burguesía9.

Ahora bien, aclaremos algunos puntos para seguir adelante en nuestro análisis de las posibles implicaciones políticas y culturales del juicio contra Wilde. Si nos ponemos atentos con relación al trabajo artístico del poeta nos daremos cuenta que la mayor parte de su trabajo se sustenta en la simulación. Él tiene un gran interés en los disfraces. Su teatro, su única novela conocida10, algunos de sus ensayos y artículos, sus conferencias y sus críticas, todos, casi sin excepción, tratan de las distintas formas de “posar” que tienen los individuos en la sociedad contemporánea. Él mismo es una creación de Óscar Wilde. Tanto esmero artesanal por la mentira lo llevó a entrar en una controversia con la Corona británica, pues ésta también tenía su propio entramado de mentiras, y estaba dispuesta, a cualquier costo, a probar que el suyo era el más eficaz, no sólo para la convivencia social sino también para la perennidad del imperio. No olvidemos que Wilde es irlandés.

El poeta quiso convertirse en el símbolo de su tiempo y lo logró. Pero el costo fue muy elevado porque, mientras su verdadera identidad sexual no fue revelada, el hombre pudo jugar con los entretelones de la incertidumbre, las insinuaciones y los excesos del “posseur” victoriano. Su dandysmo es la mascarada, la ficción, el espejo, la cortina de humo con la que se protege para impedir que se sepa quién es realmente.

Entre 1885 y 1895 toda la producción intelectual y artística de Wilde está penetrada por su homosexualidad, sólo que esta omnipresencia se queda en la dimensión de las palabras, hasta el momento en que es obligado a revelar su identidad sexual, y el hombre pasa entonces a una nueva etapa en la que tal revelación se convierte en la mejor forma de combatir lo absurdo de la legislación británica sobre asuntos de alcoba entre caballeros. Pero los verdaderos alcances de este dilema no fueron presenciados por Wilde. Aunque moriría en 1900, en 1895, al entrar a la cárcel, ya estaba prácticamente muerto.

Óscar Wilde paga cenas y regalos carísimos a los chulitos de los barrios bajos de Londres, y los invita a los centros de mayor prestigio social de la ciudad. Estos actos de rebeldía no le serían perdonados. Como tampoco lo serán sus constantes insinuaciones de homosexualidad, elegante pero inútilmente presentadas como “amor socrático” ante los jueces que lo mandarían a prisión. Para ellos, como siempre en la historia de Occidente, los actos de rebeldía son más peligrosos que las personas mismas, puesto que a éstas se las puede eliminar de muchas formas, pero el aprendizaje que se puede obtener de las acciones humanas es de un peligro incalculable, debido a la posible propagación, hacia el resto de la sociedad, y sus posibles efectos sobre las estructuras de poder establecidas.

Ignoramos si Wilde tenía plena conciencia de esta situación, o si alguna vez se detuvo a pensar en las verdaderas consecuencias de su comportamiento. Sus amigos más cercanos sí la tuvieron, puesto que en contadas oportunidades lo invitaron a dejar Inglaterra, cuando ya era evidente que tenía perdido el juicio contra el padre de su amante, y de que lo que venía después era una acusación que le haría la Corona británica misma, por indecencia pública y actos homosexuales. Pero para Wilde, hasta el momento en que su identidad sexual es revelada, el juego de provocaciones, poses y mascaradas con la sociedad y los convencionalismos victorianos tiene sobre todo dimensiones estéticas y socio-culturales, y tenía poco que ver con la historia de su sexualidad personal.

No vamos a discutir si Wilde se casó porque creía que era posible postergar la asunción de su verdadera identidad, para hacerse merecedor de su cuota de respeto, como superficialmente sostienen algunos al argumentar que los homosexuales sobresalen en las artes y las ciencias porque es la única forma de ganarse un espacio dentro de la sociedad de las “personas normales”11. Tampoco nos interesa gran cosa destacar cuándo fue detonada su homosexualidad. Lo que sí es relevante de señalar es que toda la actitud de Wilde, su visión del mundo, su apreciación de la belleza, de las relaciones entre las personas, su concepción del poder y de la cultura están marcados indefectiblemente por la impronta de su homosexualidad. La tragedia reside en su negación y en el castigo que la sociedad victoriana le inflige por ello.

Wilde mintió, manipuló y distorsionó las palabras y los hechos para que sus acciones aparecieran como respetables. Incluso llegó a negar su inclinaciones sexuales12. Hasta ese mismo instante actuó como un rebelde. No olvidemos que la rebeldía está constituida por una cadena de acciones sociales, políticas o culturales, que no siempre están debidamente concertadas para producir resultados coherentes y articulados en la sociedad de que se trate. Los actos de un rebelde pueden producir cambios importantes, como bien pueden no generar cambio alguno. Y por lo general un rebelde actúa solo, es portador de una fuerte individualidad.

Hasta su caída en desgracia la homosexualidad de Wilde es una expresión de su rebeldía, contra la mediocridad, el patrioterismo, y la estupidez de que hacía gala la burguesía victoriana. Los golpes que les propinaba venían de ese ángulo, el que más les dolía: la moralidad de la alcoba. El riesgo era demasiado alto, eso sí lo sabía Wilde. Al fin y al cabo creyó que su talento era suficiente para amortiguar el impacto del autosacrificio, y pretendió, después de dejar la prisión, que era posible retomar la vida ahí donde la había dejado. Pero, junto a ello, él es también de los primeros intelectuales modernos en intuir que la homosexualidad, su homosexualidad, el mundo al que verdaderamente perteneció siempre, configuraba una cultura aparte, con sus ritos, hábitos y costumbres. Casi como si perteneciera a otra etnia. Esta toma de conciencia le costó su propia vida. Pero preparó el ingreso de los homosexuales a la era moderna.

La burguesía victoriana tenía claro, por otro lado, que sólo a través de sus acciones podía castigar al criminal, no a éste mismo como abstracción jurídica. Desde esta perspectiva no existe la homosexualidad en teoría, existen actos homosexuales, y a Wilde se le condenó por eso. Como indica con sobrada razón el historiador inglés Rictor Norton: “La historia de la homosexualidad es esencialmente la historia de la cultura homosexual. No es la historia de específicos actos sexuales, ni tampoco debería ser la historia de las actitudes particulares de la gente hacia la homosexualidad. La historia de la homosexualidad está todavía muy influenciada por la historia de la sexualidad, y necesita ser reubicada dentro de la historia no sexual de la cultura y de las costumbres étnicas”13.

Al reflexionar sobre el caso de Wilde nos encontramos con la particularidad de que la justicia británica condena en él su “excentricidad”, su inadaptación, el hecho de que se salga de las normas y de que, a través de sus actos, en la alcoba o en la calle, insulte, violente, agreda incluso, la impoluta santidad de la norma. La homosexualidad es evaluada así, entonces, desde la óptica de lo que se considera normal. Con lo que se comete la injusticia (de importante contenido histórico) de analizar la conducta homosexual a partir de la ausencia de heterosexualidad que manifiestan sus actos sexuales.

En estos casos nunca se consultó a las víctimas, como agrega Norton14. Wilde formaba parte de esa comunidad homosexual de antiquísima data, a pesar de lo que quieran argumentar algunos seudo-historiadores que insisten en que la “homosexualidad” como concepto aparece hasta el siglo XIX. Si partimos de la base de que las personas son anteriores a los actos y los conceptos, nos daremos cuenta que la comunidad homosexual, como tal comunidad, tiene una historia añejísima, que se remonta, si se trata de fijar fechas, hasta el siglo XV.

Sin embargo, con Wilde, la burguesía victoriana aplicó el principio de que había que penar al acto, antes de que más personas quisieran practicarlo. Y de esa forma se le enviaron señales a la comunidad homosexual para que se controlara y se evitara situaciones similares. Fue así como una importante cantidad de intelectuales británicos, debido a sus inclinaciones sexuales, se decidió a dejar Inglaterra, después del juicio. O tuvieron que volverse más discretos. Esconderse, en otras palabras.

Con Wilde se aplicó públicamente el castigo previsto para este tipo de “anormalidades”. En el pasado a los homosexuales se los colgaba en secreto. O se los dejaba morir en la más absoluta soledad de sus celdas. Cuando Bentham escribió su texto sobre los derechos de la comunidad homosexual británica en 1785, este tipo de situaciones todavía se daban15. Pero la lección que se pretendía dar a la sociedad civil y sus eventuales amagos de rebeldía, iba en dirección a que todo tipo de “excentricidades” serían penadas. La burguesía victoriana no estaba dispuesta a soportar la desobediencia civil y a dejar pasar sin castigo a quienes se salieran de la norma. Wilde fue uno de ellos. Agravada su situación por su insolencia, arrogancia y exhibicionismo. Pero el asunto no termina ahí como veremos a continuación.

ÓSCAR WILDE: HOMOSEXUALIDAD Y REVOLUCIÓN.

El sacrificio de Wilde dejó un legado que sería recogido por sus amigos al principio, y por todos sus seguidores después. Hay algo que algunos autores han bautizado como “el culto a Wilde,” con lo cual pretenden decirnos que nuestra aproximación al poeta irlandés está sesgada por la parcialidad, la subjetividad y la simpatía carente de realismo. Dejemos bien claro un asunto: absolutamente nada es objetivo en la cultura burguesa. Ni aun uno de los edificios teóricos más sólidos construidos durante los últimos quinientos años, el materialismo histórico de Marx y Engels, carece de pasión, emotividad y parcialidad, puesto que fue diseñado con el único propósito de darles a los pobres, a los trabajadores del mundo, un instrumento de análisis lo suficientemente poderoso para entender y tumbar el régimen burgués.

Con la injusticia que se le hizo a Wilde no se puede ser objetivo. “El juicio más desgraciado del siglo”16 como lo llama uno de los historiadores británicos de nuestros días, pinta de cuerpo entero la codificación socio-cultural elaborada por la burguesía victoriana para mantener a las personas bajo su control. Por su altisonante despliegue de totalitarismo imperial, a eso lo hemos llamado “canon victoriano” en otra parte17, y con ello nos hemos referido a una de las construcciones ideológicas mejor acabadas del siglo diecinueve, que prepara con profundidad la llegada del veinte.

Es que fueron algunos de sus amigos los que se encargaron, para bien o para mal, de difundir la herencia estética, política y cultural de Wilde. Lord Alfred Douglas, por ejemplo, quiso tanto proteger su imagen, su prestigio personal, negando cualquier vínculo real con el poeta, que su obsesiva labor de limpieza egocéntrica lo llevó a extremos inimaginables (¡actitud tan parecida a la de su padre cuando andaba a la caza de Óscar¡) contra otro de los amigos de alcoba de Wilde, Robert Ross, su albacea literario. Entre la posición oportunista de Douglas (Bosie) y la devoción a veces torpe del último, uno se encuentra en el medio con un sinfín de distintas interpretaciones posibles de la herencia que nos deja el poeta.

“Por el bien de su alma, (Wilde) pudo haber sido más honesto y confesar su sexualidad, en lugar de atribuir improbables motivos al Rey David o Miguel Angel (en sus contactos con muchachos jóvenes). Wilde debió decir que la ley estaba mal y que su conducta era la misma de otros hombres (y mujeres) que, en la privacidad de sus camas, en sí misma intachable, era un asunto que moralmente no le incumbía a nadie”18. Sin parar mientes en que nos resulta un poco forzado argumentar qué pudo y qué no haber hecho o dicho Wilde en el preciso instante en que era condenado, la posición de Epstein tiene dos aspectos sobre los que vale la pena extendernos un poco.

En primer lugar, aunque la ley con que se castiga a Wilde es de 1885, los actos de sodomía, como se los llamaba antes (recordando a las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra), eran reprimidos con la muerte o la prisión perpetua desde el siglo XVII en Inglaterra19. A lo largo de tres siglos, puede notarse, la ley sólo cambió en que, la sodomía antes de 1885, se castigaba de la forma que indicamos si era ejercida públicamente. Después de esa fecha, se incluyó también el castigo para su práctica en privado. Entre otras cosas, a Wilde lo aplasta finalmente, la agobiante lentitud con que camina la civilización burguesa, en materia de derechos humanos e individuales por esta época. Porque materialmente, a Inglaterra no la supera nadie. Entre civilización material y civilización espiritual, el juicio de Wilde ejemplifica la pobre armonía que existía entre ambas respecto a las minorías de cualquier otro signo cultural.

Por otro lado, la descomunal hipocresía con que los victorianos condenan y castigan a Wilde, puso en evidencia también su escalofriante incapacidad para aceptar la identidad de otros grupos humanos, con prácticas culturales, políticas y sexuales distintas. La burguesía probó así que también ejerce el totalitarismo, muchas veces de la manera más brutal imaginable. Las masacres de homosexuales que hicieran los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), tenían antecedentes serios desde el siglo XVII en el resto de Europa20.

El juicio de Wilde entonces, puso a la comunidad homosexual inglesa y europea en general, ante la tesitura de organizarse y protegerse o morir. Aquí radica la herencia revolucionaria de Wilde. Porque después de su muerte en 1900, y con la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las distintas burguesías europeas querían deshacerse del decadentismo de los noventa, que tanto daño moral, cultural y político les había ocasionado. De ahí el entusiasmo con que se recibiría la guerra, pues se pensaba que tendría una especie de beneficio reparador, al eliminar un importante sector del movimiento de los trabajadores, de los intelectuales y de todo elemento subversivo que pudiera encontrase en el enemigo. Eso la hizo una guerra típicamente imperialista y de clases al viejo estilo de las predicciones de Marx.

Los años que se ubican entre 1900 y 1914 están señalados por lo que Hoare llama “el culto a Wilde”. El mentor, el héroe, el mártir de muchos intelectuales y artistas, y de otros muchos hombres y mujeres imbuidos por el “espíritu wildeano”, logró su propósito conforme avanzaban los años: el mito de su propia factura creció en proporción a la profundidad de la crisis que azotó al mundo burgués entre 1890 y 1914. Una sociedad que se desbarranca en términos morales, decían los conservadores de la época, tiende inevitablemente a encontrar refugio en los datos cotidianos más banales y superfluos: la moda, los bailes, los perfumes, las buenas comilonas y la caridad. Contra este telón de fondo la figura de Wilde se asomaba insinuante, juguetona, porque el tono que adquiría su cinismo, ahora que estaba muerto, se expresaba con la ironía y el toque satírico del teatro que se representaba entonces.

“Para la época de la Primera Guerra Mundial, trece años después de su muerte y casi veinte después de su desgracia, Wilde era una figura mítica: para algunos un demonio, para otros un santo. Era una reputación que Wilde mismo intencionalmente había establecido y fortalecido. Como la primera figura cultural de la era moderna en inventarse a sí mismo a través de los nuevos medios de comunicación, Wilde creía en su propia publicidad (aunque filtrada por el uso de su muy moderna ironía)”21. Esa era la visión que tenía de sí, fortalecida, promovida y protegida por un hombre como Robert Ross (a quien ya mencionamos), y que se encargó en vida y después de muerto el amigo, de llevar esta tarea hasta sus últimas consecuencias. Sus cenizas ocuparían la tumba de Wilde en 1950.

Wilde decía en De Profundis: “Yo era una encarnación del arte y la cultura de mi época: esto lo sabía ya en los albores de mi mocedad, y forzado luego a mis contemporáneos a reconocerlo. A pocos hombres les es dado ocupar durante su vida igual posición, y a pocos les es ratificada. Por lo general, es el historiador o el crítico quienes, mucho tiempo después, lo ratifica, si es que llegan a hacerlo, cuando quizás tanto el hombre como su época ha desaparecido. Conmigo fue muy distinto. Yo mismo fui quien sentí la altura de mi posición, y quien se la hizo sentir a los demás. También Byron fue una encarnación, pero reflejaba la pasión, y la fatiga de la pasión de su época. Yo representaba algo más noble, más permanente, algo de mayor importancia y más dilatada significación”.22 Esta enorme y vigorosa conciencia de sí mismo es moderna, como moderna es la claridad de objetivos y la precisión con que está elaborada la agenda cultural para el nuevo siglo. También se asoma esa triste paradoja de que nuestra conciencia no siempre está a la altura de los problemas sobre los que estamos tan claros. Teníamos conciencia de la amenaza nazi, y sin embargo las soluciones propuestas chapalearon en un mar de pusilanimidad y cobardía pocas veces visto. El mismo Wilde reflexiona sobre ello: “Las grandes pasiones son para las grandes almas. Y los grandes acontecimientos sólo pueden ser comprendidos por quienes se hallan a su altura”23.

En la composición de una ópera llamada Salomé, por Richard Strauss, y en la buena recepción que tenía Ross en círculos políticos muy influyentes de la Inglaterra de principios de siglo, muchos autores ven un primer indicio del reconocimiento que empezaba a tener a Wilde, por parte de algunos sectores sociales para los cuales, en el pasado, mencionar su nombre era algo imperdonable. Los políticos, académicos y editores que recibían a Ross sabían de su relación con Wilde, así como de la que sostuvo el poeta con Lord Alfred Douglas (Bosie). Pero éste, dispuesto a cualquier costo a limpiarse de su imagen de pareja homosexual de Wilde, inició una cacería académica y legal contra Ross, la cual lo dejó exhausto y desprestigiado ante la opinión pública británica de entonces. Su ferocidad por bloquear a Ross e impedirle publicar los papeles póstumos de Wilde, sólo hacía recordar la obsesión destructiva que su padre había manifestado en los juicios que terminarían por aniquilar al poeta.

Que Wilde era el heraldo que anunciaba una mayor claridad de nuestra parte entre la voluntad de poder y la voluntad de placer, propias del siglo XX, era un hecho indiscutido. Entre el logos y el eros de nuestra época se debatían los nuevos movimientos artísticos (el post-impresionismo, el cubismo y todos los ismos imaginables) por despegarse del magma reaccionario y xenófobo, anti-semita y homofóbico de la era victoriana. Después de muerto Wilde, mientras los ricos en Inglaterra se divertían y se decían a sí mismos que lo único que importaba era pasarla bien, los pobres en Rusia, en Alemania, en Italia se agrupaban y se organizaban para ofrecerle al mundo nuevas posibilidades políticas, sociales y culturales.

El siglo se abría para el imperio británico repleto de problemas, en Africa, en Irlanda, con las sufragistas, con las clases trabajadoras, y, sin embargo, los ricos organizaban bailes en los cuales a veces no era suficiente una orquesta, sino dos y hasta tres por noche. La aristocracia terminó aniquilando a Wilde para hacerle ver que se había salido del canasto, y que los cambios que traía consigo el siglo que se avecinaba no significaban nada para ella. El comentario que hace el juez Alfred Wills, al dictar sentencia, recoge siglos de prejuicios e intolerancia, con el afán de dejar bien claro quién tiene el poder:

“La gente que hace esta clase de cosas no debe tener sentido de la vergüenza, y uno no espera tener ninguna influencia sobre ellos. Este es el peor caso que he juzgado nunca. Que usted, Taylor, tenga un burdel para hombres que ejercen la prostitución, es indudable. Y que usted, Wilde, haya sido el eje de un extenso círculo de corrupción de menores de la peor calaña es también indudable”24.

Wilde sería condenado a dos años de trabajos forzados por sodomía. De esta manera la puritana Inglaterra victoriana castigaba al transgresor, aunque nunca la Corona pudo probar que Wilde hubiera participado de una conspiración para corromper a menores de edad, una de las cosas que pudiera inferirse de esta conclusión.

CONCLUSIONES.

Cien años después de la muerte de Wilde (que se cumplieron el año pasado), la comunidad homosexual en el mundo recordó con tristeza que todavía en un país como los Estados Unidos, diecinueve estados tienen leyes “anti-sodomitas” (muy cercanas a las que aquí hemos mencionado procedentes del siglo anterior). Sin embargo, el triunfo del poeta es incuestionable, puesto que si abrimos Internet nos daremos cuenta que hay cerca 160,000 páginas web dedicadas a su trabajo.

Los escritores, analistas y pensadores de todos los signos políticos y académicos siguen debatiendo si Wilde se involucró con Lord Alfred Douglas, se dejó atrapar y condenar como un mecanismo auto-punitivo por su homosexualidad reprimida y vergonzante. Debaten si Wilde ya lo era antes de casarse o “llegó a serlo” después de su matrimonio, con una mujer tan inocente que ni idea tenía sobre lo que significaba la homosexualidad. Y discuten también si en realidad se sentía cómodo con su sexualidad o intentaba esconderla lo mejor que pudo, hasta el momento en que ya fue imposible seguir encerrado en el closet.

Una cosa es cierta: Wilde, como bien se percibe en su Retrato de Dorian Gray, difícilmente logró esconder a cabalidad su homosexualidad. Sabía que tendría problemas con las autoridades británicas si manifestaba estas abiertamente, pero nadie medianamente culto durante el reinado de victoria hubiera pasado desapercibidas las señales sobre su sexualidad que el autor daba. Las fuerzas encontradas que se debaten en la mayor parte de la literatura de Wilde sólo en parte perfilan el supuesto conflicto que el autor pudiera haber tenido con sus preferencias sexuales.

En El retrato de Dorian Gray, su única novela (aunque se le ha atribuido también Teleny, considerada la primera novela gay de los tiempos modernos) Wilde sostiene que Dorian es quien él hubiera querido ser; el pintor Basil Halward es su conciencia; y Lord Henry Wotton lo que la gente pensaba de él. Nunca es posible en esta novela, encontrar relaciones sexuales “naturales” entre los personajes. Es obvio que la intimidad sólo se da entre varones. Las mujeres, incluso el trágico personaje femenino de Sibyl Vane, son meros ingredientes decorativos, para agradar al gusto promedio de los lectores de la época. Para Wilde, como veremos en otro capítulo de este libro, las mujeres son superficiales y casi siempre tontas. Junto al poco respeto que tiene por los sectores populares de su tiempo, muy mal pintados en su novela por cierto, y sus prejuicios anti-semitas, que también se asoman en la obra25, uno no debe dejar de recordar que la figura de Wilde seguirá siendo un ejemplo de lo que la intolerancia y la estupidez en las sociedades totalitarias son capaces de hacer. Sus contradicciones eran la lógica consecuencia de un intelectual aburguesado que oscilaba entre criticar a la aristocracia que terminó aplastándolo, y amarla e imitarla lo más que pudiera, tanto así, que su amor por su reina nunca lo abandonó hasta el último de sus días.

Pero que Wilde asumió su homosexualidad con todo lo que ella implicaba y que es inseparable de su obra, son dos ingredientes esenciales para comprender al escritor rebelde que le dejó una herencia revolucionaria al movimiento gay en el siglo XX. Tal legado no se agota ahí, porque forma parte también de la herencia revolucionaria de un siglo en el que los hombres se esforzaron tremendamente por matarse unos a otros de la mejor manera posible.

Con este capítulo sólo hemos querido llamar la atención de nuestro lector hacia el hecho de que, indistintamente de cuáles sean nuestras opciones sexuales, políticas o culturales en general, nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho ni la autoridad de indicarnos cuáles deban ser esas opciones para halagar el poder o cualquier expresión totalitaria de la cultura. Es sintomático: en todo régimen de fuerza, siempre se persigue a las minorías, y entre ellas, especialmente a las más radicales, como los homosexuales. El caso de Wilde es un ejemplo más de los niveles de brutalidad a que puede llegar un régimen totalitario.

CITAS.
1 Por ejemplo André Malaraux (1901-1976), Umberto Eco (1932- ), Mario Vargas Llosa (1936- ) y Sergio Ramírez Mercado (1942- ).

2 Luis Antonio de Villena. Oscar Wilde (Biografía) (Madrid: Biblioteca Nueva. 1999). Pp.121 y siguientes. Barbara Belford. Oscar Wilde. A Certain Genius (New York: Random House. 2000) Pp. 230 y siguientes.

3 “(…) el modernismo hispanoamericano es, hasta cierto punto, un equivalente del Parnaso y del simbolismo francés, de modo que no tiene nada que ver con lo que en lengua inglesa se llama modernism. Este último designa a los movimientos literarios y artísticos que se inician en la segunda década del siglo XX; el modernism de los críticos norteamericanos e ingleses no es sino lo que en Francia y en los países hispánicos se llama vanguardia”. Octavio Paz. Los hijos del limo (Barcelona: Seix-Barral. 1989) P.128.

4 Edward Bernstein. “Con ocasión de un juicio sensacional”. En: Jean Nicolas (Ed.). La cuestión homosexual. (México: Fontamara. 1995). Apéndices. P. 80.

5 Jason Epstein. The Prophet. En: Archives. (nybooks. Com).

6 Michael S. Foldy. The Trials of Oscar Wilde: Deviance, Morality, and Late-Victorian Society.

(Yale University Press. 1999). P.106.

7 Christopher Craft. Another Kind of Love. Male Homosexual Desire in English Discourse. 1850-1920. (University of California Press. Los Angeles, London, Berkeley. 1994). Sobre todo los capítulos 1, 3 y 4.

8 Philip Hoare. Oscar Wilde’s Last Stand: Decadence, Conspiracy, and the Most Outrageous Trial of the Century. (New York: Arcade. 1998) P. 213.

9 Richard Ellmann. Oscar Wilde. (New York: Knopf. 1987). P. 235.

10 A Óscar Wilde se le ha atribuido la redacción final de una de las supuestas primeras novelas gay del siglo XIX. Nos referimos a Teleny (existe una versión en español de Fontamara, México 1994). Ahora bien, desde el momento en que no hay nada que lo confirme, nosotros no la incluiremos como una de sus novelas, y seguimos compartiendo el criterio de la mayor parte de la gente que sostiene que Wilde sólo escribió una, El retrato de Dorian Gray.

11 Bernstein. Op. Loc. Cit.

12 Epstein. Op. Loc. Cit.

13 “Queer history is essentially the history of queer culture. It is not the history of specifc sexual acts, nor should it be a history of social attitudes towards homosexuality. Queer history is still too much part of the history of sexuality and needs to be resituated within the history of non-sexual culture and ethnic customs”. Rictor Norton (Ed.). Some Fallacies of Social Constructionism. Updated 21 Dec.1999. http://www.infopt.demon.co.uk/extracts.htm.

14 Idem. Loc. Cit.

15 Jeremy Bentham. “Offences Against One’s Self: Paederasty”. En: Journal of Homsexuality (1978: Vols.3-4). (La obra de Bentham fue publicada originalmente en 1785).

16 Philip Hoare. Op. Loc. Cit.

17 Rodrigo Quesada Monge. La fantasía del poder. Mujeres, Imperios y Civilización (EUNED. 2001. Por salir).

18 “For the good of his soul he might as well have been truthful and declared his sexuality. Rather than attribute unlikely motives to King David and Michelangelo, Wilde might have said that the law was wrong and that his behavior and that of countless men (and women) in the privacy of their beds was, in itself, morally blameless and nobody’s business but their own”. Jason Epstein. Op. Loc. Cit.

19 Rictor Norton. Op. Loc. Cit.

20 James Steakley. “Homosexuals and the Tirad Reich”. En: The Body Politic. (No. 11. January/February, 1974).

21 Philip Hoare. Op.Loc.Cit.

22 Óscar Wilde. De Profundis. (Barcelona: Edicomunicación. 1999) P.98.

23 Ibidem. P. 166.

24 “People who can do these things must be dead to all sense of shame, and one cannot hope to produce any effect upon them. It is the worst case I have ever tried. That you, Taylor, kept a kind of male brothel it is impossible to doubt. And that you, Wilde, have been the centre of a circle of extensive corruption of the most hideous kind among young men, it is equally impossible to doubt”. Barbara Belford. Óscar Wilde. A Certain Genius. (New York: Random House. 2000) P. 263.

25 “Un judío repugnante, con el chaleco más asombroso que he visto en mi vida estaba colocado a la entrada, fumándose un puro repugnante. Tenía rizos grasientos y un enorme diamante resplandecía en el centro de su camisa sucia. ¿Tiene palco mi Lord?, dijo cuando me vio, y se quitó el sombrero con un aire de suntuoso servilismo. Había algo en él, Harry, que me resultaba divertido. Era como un monstruo”.
“A hideous jew, in the most amazing waistcoat I ever beheld in my life, was standing at the entrance, smoking a vile cigar. He had greasy ringlets, and an enormous diamond blazed in the centre of a soiled shirt. Have a box, my Lord? He said, when he saw me, and he took off his hat with an air of gorgeous servility. There was something about him, Harry, that amused me. He was such a monster”. Óscar Wilde. The Picture of Dorian Gray and Other Writings. (New York: Bantam Classics. 1982) Pp. 44-45.

Rodrigo Quesada Monge. OSCAR WILDE Y LA CUESTIÓN HOMOSEXUAL.
Si usted desea comunicarse con Rodrigo Quesada Monge puede hacerlo a: histuna@sol.racsa.co.cr

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