El canon de belleza a través de la Historia (extracto):

Por: Ramón Pérez Parejo*
Fuente: Revista “Espéculo”, N° 34 (Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid)

I.E.S. “Castillo de Luna” Alburquerque
parejo27@teleline.es

* Ramón Pérez Parejo. Doctor en Filología Hispánica por la Unex. Master en Enseñanza de E/LE por la Universidad Antonio de Nebrija. Profesor de Enseñanza Media. Ha publicado Metapoesía y crítica del lenguaje (Cáceres, Universidad, 2002) y varios artículos en revistas especializadas como Ínsula, en Revista de Literatura del C.S.I.C., Espaço/Espacio escrito, Espéculo, Almiar, Anuario de Estudios Filológicos, El coloquio de los perros, etc.

La historia de la estética debe incluirse dentro de la historia de la belleza, realidad más amplia en la que caben no sólo las obras realizadas por la mano del hombre sino también cualquier objeto que haya sido percibido o sentido como bello, incluso la propia figura humana [2]. Es aquí donde vamos a detenernos. Cabe preguntarse por qué el canon de belleza física humana tiene la cualidad de cambiar con el tiempo. El psiquiatra Luis Rojas Marcos [3] —preocupado por lo que él llama tiranía o dictadura de la belleza que hace que un 80 % de las mujeres occidentales se sientan insatisfechas con su cuerpo y hasta un 20 % han pasado ya por el quirófano a remodelar su figura— no duda en señalar que el prototipo de belleza de la mujer delgada, causante de los trastornos de la anorexia y la bulimia, está promovido por la industria de la belleza, que genera millones de euros y que está controlada por hombres. La obsesión por la imagen, continúa el psiquiatra, ha ido impidiendo en muchos casos que la mujer pueda desarrollarse social y culturalmente, de modo que es la moda lo que provoca la tiranía de la belleza a la que está sometida, sobre todo, la mujer.

En este mismo artículo se nos asegura que los cánones de belleza han sido casi siempre impuestos por los hombres, que han exhibido a las mujeres como trofeos. La mujer fue apartada de los órganos de gobierno y de las responsabilidades sociales porque la sociedad machista instauró que su función era tener hijos, cazar marido, hacerse cargo de la casa y complacer sexualmente al esposo. Para ello desde la adolescencia tuvo que acicalarse para gustar al hombre, el cual diseñó su estética e incluso su comportamiento. El hombre siempre alabó más su aspecto físico que su capacidad intelectual y una mayoría de mujeres se esclavizó: es la tiranía de la moda, la dictadura de la belleza, como propone este artículo, la que ha producido un índice tan elevado de personas insatisfechas con su físico, mujeres que por cientos de miles visitan los gabinetes de cirugía plástica.

Los cánones o patrones de belleza, variables y pasajeros, han respondido a motivos sociales y económicos. Así, por ejemplo, las mujeres ricas de antaño debían ser gordas para demostrar que no tenían por qué trabajar y que comían abundantemente. Hoy día, en los países desarrollados, la obesidad es considerada una especie de epidemia que provoca miles de muertes debido a enfermedades derivadas del exceso de peso. Y eso no vende. Lo que hoy tiene éxito y se vende es un cuerpo delgado, ágil y esbelto que demuestre a los demás que puede consumir alimentos escogidos y tiene tiempo suficiente para ir al gimnasio o hacer deporte. Siempre ha habido motivos ocultos detrás de cada prototipo de belleza: si se quiere incrementar el índice de la natalidad el ideal de belleza se forma con caderas anchas y pechos grandes; si se quiere ostentar la condición de clase social dominante se muestra la gordura en tiempos de hambruna o crisis; si se quiere mostrar cuidado de la imagen, selección de alimentos, exaltación de la juventud y tiempo libre para cuidarse físicamente se muestra un cuerpo con unas dimensiones de 90-60-90 con cabellos rubios y aspecto frágil, o cuerpos delgados, casi infantiles; si se quiere mostrar dinamismo, fortaleza física, aventuras y exploraciones varias se presenta un cuerpo más musculoso y una tez más curtida.

Parece ser que estos tres primeros modelos se han alternado en la historia, aunque quizá por distintos motivos y con leves variantes. El último es una variante del tercero, del contemporáneo, igual que existen otras variantes como el de la belleza tecnológica. Existe un modelo más, el postmoderno. El modelo postmoderno parece haberse liberado de la estética para transformarse en bienestar físico, mental, intelectualidad y educación en valores. No obstante, el modelo postmoderno no se ha impuesto en la publicidad. El canon de belleza femenino tiene una fórmula clave: el culto a la imagen. Se trata de una figura esbelta, altura superior a la media, apariencia deportiva sin incurrir en lo atlético ni excesivamente musculoso, piel tersa y bronceada, ojos grandes, nariz pequeña, boca grande y labios gruesos, medidas publicitarias (90-60-90), senos firmes, simétricos y sólidos, vientre liso, pelo largo (a partir de los 50 también corto), piernas largas y torneadas y, sobre todo, tener menos de treinta años. La eterna juventud se ha impuesto en la estética: la figura firme, la forma intacta y el resto de la vida por delante para cumplir los grandes sueños. Éste es el patrón del siglo XXI del que se beneficia el mercado. El ideal de belleza masculino destaca la importancia del ejercicio físico para conseguir el arquetipo, como había hecho el mundo clásico de Grecia, de modo que la estatura superior a la media, el cabello abundante, la frente ancha, los pómulos prominentes, la mandíbula marcada, las extremidades y el tronco levemente musculosos, la espalda ancha y las piernas largas y deportivas no difieren excesivamente del canon propuesto por el Discóbolo de Mirón, salvo quizá por unos pequeños detalles como lo de los pómulos y las mandíbulas, que en Grecia eran más redondeados y en la actualidad se prefieren más tipo Robocop o Terminator, probablemente debido a la influencia de la robótica y la cibernética.

Los ideales estéticos de hombres y mujeres han seguido unos pocos patrones, de modo que el hombre ideal de la Antigüedad grecolatina, el del Renacimiento y el contemporáneo son similares. Ahora bien, hablamos de unos pocos patrones en el ámbito de nuestra cultura, ya que si nos asomamos a otras quedaríamos atónitos ante el ideal de belleza que existe en cada una de ellas. Por poner algunos ejemplos curiosos [4], en algunos pueblos de Birmania la belleza se mide por los aros que se consigan colocar en el cuello de las mujeres, que puede alcanzar incluso 25 cms., hasta deformarlo por completo (les llaman las mujeres jirafa), de modo que si llegasen a quitárselo se les romperían los huesos del cuello. La mujer tuareg es valorada según el número máximo de michelines que consiga acumular en el vientre. A las adolescentes de Papua Guinea les estiran los pechos para dejarlos caídos; así tendrán más posibilidades de casarse. Las etíopes deforman sus labios con discos de arcilla. Las Txucarramae se afeitan la cabeza. Otras se liman los dientes; en otras tribus se estiran las orejas con peso o permiten que les venden los pies desde pequeñas para, con la excusa de la belleza de los pies pequeños, impedir su movimiento. El canon, visto así, parece un catálogo de torturas, de las que no está exenta nuestra cultura occidental, aunque utilice otros medios. Y no muy distintos, pues qué otra cosa que tortura es la perforación de las orejas para colocar pendientes, los tatuajes, los piercings, el hambre en las dietas, incluso los tacones, que producen daños en la espalda.

Dentro de nuestra cultura occidental y a grandes rasgos —pues no podemos detenernos demasiado en ello [5]—, podemos decir que sólo a partir de la época clásica puede hablarse de verdaderos cánones estéticos. De antes sólo podemos hablar de ciertas preferencias o tendencias estéticas que se desprenden de algunas obras de arte antiguas o de diversas fuentes documentales. Así, gracias a las pinturas rupestres y, sobre todo, a algunas estatuas de la Prehistoria como la Venus de Willendorf (Alemania), el canon de belleza era el de la mujer rolliza con gran ostentación de su nutrición, de su feminidad y de su capacidad procreadora, consideradas protectoras y de buen augurio. Son estatuas de mujeres desnudas con grandes pechos y caderas. Las facciones de su cara y otros detalles no se destacan. Algunas parecen representar mujeres embarazadas, y es muy probable que esas imágenes fueran esculpidas para propiciar la fertilidad de la tribu y, en último extremo, la preservación de la especie y de la vida. Se trata sin duda de un canon estético —como todos, ideales— que representa y relaciona la tierra madre y productora con la mujer madre y protectora. Parece, por último, que esas figuras, junto con los murales que representaban actos sexuales, responden a una motivación primigenia por representar todo aquello que era mágico para el hombre primitivo y que impresionaba sus sentidos: el amor, el sexo, la reproducción.

En la Biblia encontramos uno de los primeros documentos escritos preocupados por la belleza en la descripción de la reina de Saba en su visita al rey Salomón. Sin embargo, no todo en la Antigüedad fue del mismo modo, ya que en Egipto (según desprendemos de las pinturas) tenemos una explosión de la estética corporal, del peinado, del maquillaje, de la estilización, incluso de la cirugía, y todo ello hasta más allá de la muerte (recuérdense los productos de belleza hallados junto a la comida en el ajuar funerario de la familia de los faraones).

El ideal estético del mundo clásico se fraguó en la antigua Grecia a partir sobre todo de la escultura. La belleza se concebía como el resultado de cálculos matemáticos, medidas proporciones y cuidado por la simetría. Es hasta cierto punto lógico que esto se diera así en Grecia, pues en ese contexto es donde nacen otras disciplinas como la filosofía entendida como conocimiento del mundo, de la ética y del hombre para ser más feliz. Dentro de este ámbito, la escultura persiguió el ideal de belleza basado en el binomio de que lo bello es igual a lo bueno. El gran pionero de la teoría griega sobre el ideal de belleza fue Policleto, a quien se atribuye el célebre tratado El canon, hoy perdido. Tanto la belleza femenina como la masculina se basaban en la simetría, según la cual un cuerpo es bello cuando todas sus partes son proporcionadas a la figura entera. Ahora bien, hay sensibles diferencias entre el ideal femenino y el masculino debidas, claro está, a la concepción cultural. Las esculturas de las mujeres, aunque proporcionadas, representan a féminas más bien robustas y sin sensualidad. Los ojos eran grandes, la nariz afilada; boca y orejas ni grandes ni pequeñas; las mejillas y el mentón ovalados daban un perfil triangular; el cabello ondulado detrás de la cabeza; los senos pequeños. En tanto que el ideal masculino estaba basado directamente en los atletas y gimnastas ya que a atletas y a dioses se les atribuían cualidades comunes: equilibrio, voluntad, valor, control, belleza. Roma absorbió toda la iconografía de la escultura griega con la leve variante de que, como pueblo más guerrero, al atleta le puso una armadura.

En la Edad Media, a grandes rasgos, nos encontramos con un ideal de belleza impuesto por las invasiones bárbaras, las cuales mostraban la belleza nórdica de ninfas y caballeros. La fuente más importante para analizarlo es la pintura. La fe y la moralidad cristianas impusieron un recato en las vestimentas y una práctica desaparición del maquillaje, que se consideraba contrario a la moral cristiana en cuanto que desfiguraba lo que Dios había creado. La censura cristiana propició que, cuando tenían que mostrarse cuerpos desnudos, como la Caída de Adán y Eva o El Juicio final, los cuerpos se esquematizaban para quitarles cualquier matiz de sexualidad. El ideal de mujer medieval, tantas veces pintado, entre otros, por Jan van Eick, presenta blancura en la piel, cabellera rubia y larga aunque el pelo puede estar recogido, rostro ovalado, ojos pequeños, vivos y risueños, nariz pequeña y aguda, labios pequeños y rosados, torso delgado y complexión ósea como corresponde a las nórdicas, caderas estrechas, senos pequeños y firmes y manos blancas y delgadas. La blancura de la piel indica pureza y es al mismo tiempo símbolo de la procedencia del norte de Europa. Las vírgenes medievales presentan también estas mismas características. En cuanto a los hombres, eran representados como auténticos caballeros guerreros del mismo estilo que los leeremos en las novelas románticas: pelo largo que indica fuerza, virilidad y libertad, que llevaban los pueblos del norte de Europa para emular a sus reyes. Por lo demás, la descripción responde a la de un caballero con armadura alto y delgado, fuerte y vigoroso, esbelto; pecho y hombros anchos para aguantar la armadura; piernas largas y rectas como señal de elegancia y porte; manos grandes y generosas como símbolo de habilidad con la espada y de masculinidad.

El Renacimiento tiene un canon de belleza semejante al del mundo clásico, donde tenía su principal fuente estética. Así, se basa sobre todo en la armonía y en la proporción. Italia se convirtió en el referente artístico y todas las artes reflejaron ese canon de belleza del mismo modo. Dentro de las producciones artísticas, han quedado como emblemáticas en la historia el David de Miguel Ángel como canon de belleza masculina (aún hoy referente publicitario) y El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli de la femenina. Las características son bien conocidas: piel blanca, sonrosada en las mejillas, cabello rubio y largo, frente despejada, ojos grandes y claros; hombros estrechos, como la cintura; caderas y estómagos redondeados; manos delgadas y pequeñas en señal de elegancia y delicadeza; los pies delgados y proporcionados; dedos largos y finos; cuello largo y delgado; cadera levemente marcada; senos pequeños, firmes y torneados; labios y mejillas rojos o sonrosados. En el ideal masculino no voy a entrar. Todos tenemos en mente la escultura del David; tan sólo añadiré los cabellos largos y relucientes, las cejas pobladas y marcadas, la mandíbula fuerte, los pectorales anchos, y que son figuras imberbes por lo general. De maquillaje tenemos sólo el colorete y el carmín para esos tonos rosas de la cara. Eso sí, el vestido es bastante suntuoso, aunque los renacentistas, en su afán por mostrar la perfección corporal, gustaban de mostrar la desnudez de los cuerpos.

Todo se complica el siglo siguiente. El Barroco fue la edad de la apariencia y la coquetería. Las cortes europeas enfatizaron su poder mediante el arte de la apariencia y la fastuosidad. La Ilustración del siglo XVIII puso fin a esto e impuso la sobriedad en las formas, aunque no abandonaron ciertos hábitos. Me refiero, por ejemplo, a las pelucas tanto en hombres como en mujeres. Pero lo que más destaca del Barroco es la proliferación, uso y abuso de perfumes, carmines, lunares, corsés, encajes, ropas suntuosas, zapatos de tacón, espejos, joyas, pomposidad, peinados, coquetería, en suma. No en vano, nació la palabra “maquillaje” y se extendió por varias lenguas, muchas veces como sinónimo de truco y engaño. El ideal de belleza femenino era, por tanto, bastante artificial. En cuanto al físico en sí, se pueden adivinar tras los ropajes y afeites unos cuerpos más gorditos que en el Renacimiento, pechos más prominentes resaltados por los corsés, anchas caderas, estrechas cinturas, brazos redondeados y carnosos, piel blanca, hombros estrechos. De los hombres detaca el mucho pelo (muchas veces con peluca), la piel muy blanca y las mejillas rosadas y, por encima de todo, unos trajes suntuosos de infinitas capas.

Desde entonces hasta ahora ha habido muchas modas: la gracia, ligereza y galantería del rococó; la sobriedad de la Ilustración; la moda del dandi inglés, etc. El siglo XX ha impuesto diversas tendencias que, como expusimos antes, dependen de motivaciones económicas y de lo que se quiera mostrar: cuerpos rellenitos porque no se quiere dar a entender que se pasa hambre; cuerpos “danone” si se quiere mostrar que hay un alto nivel de vida que permite seleccionar los alimentos, preocuparse por la imagen e ir al gimnasio. Ha habido momentos en el siglo XX que el ideal de belleza femenina ha estado más próximo al primer modelo que al segundo, especialmente en periodos de entreguerras e inmediatas posguerras. Ahora bien, parece evidente que a partir de los años 60 la tendencia —pese a la individualidad que algunos proclaman— es la de los cuerpos delgados, gran altura, vientres lisos, cabello abundante, ojos grandes, nariz pequeña, labios carnosos, senos simétricos y sólidos, piernas largas y delgadas, cadera marcada aunque no excesiva, cuerpos bronceados, y, sobre todo, jóvenes (sin arrugas). Ha habido leves alternativas, por ejemplo, en los setenta, cuando predominó la estética de figura recta, sin cadera ni pecho, alta y extremadamente delgada, tipo Barbie en el trance de una severa dieta. De nuevo las caderas y pechos han adquirido formas más redondeadas y voluminosas en las últimas tendencias.

En la más estricta actualidad, parece que son los cómics y las nuevas tecnologías —junto con los medios de comunicación— los que proporcionan los nuevos patrones de belleza. Quizá ahora el icono de belleza femenina lo proporcionen los vídeo-juegos: superhéroes y hombres Madelman (musculosos, atléticos, poco locuaces, siempre con ganas de guerra) y mujeres Laracrofts (de unos contornos fantásticos, en ambos sentidos de la palabra), en fin, seres virtuales, ciberseres que se desenvuelven con inusitada ligereza en las pantallas de los ordenadores, a los que intentan encarnar como pueden los grandes actores de Hollywood con más o menos éxito.

De modo que, volviendo a nuestro punto de partida, el hombre ha cambiado mucho y muchas veces el concepto de belleza a lo largo de la historia cuando en realidad llevamos desde hace cuatro mil años aproximadamente teniendo la misma apariencia física. Por poner un ejemplo, los griegos eran exactamente iguales que nosotros, quizá con unos centímetros menos solamente. ¿Por qué, entonces, ha cambiado tanto nuestro concepto de belleza? Profundizando en la idea de Rojas Marcos, los cambios de patrón estético han respondido a las relaciones entre la imagen y la ideología del poder, especialmente en las mujeres, históricamente más sometidas. El físico femenino se ha valorado como un objeto más. Alicia Giménez-Bartlett ha profundizado en ello en un ensayo titulado La deuda de Eva [6]. Arguye que la belleza nunca es inocente; siempre hay razones inconfesables detrás de los cánones, en todas las épocas. Las matronas romanas debían dar ejemplo de dignidad con su sobriedad física; las bellas renacentistas reflejaban en su delgadez la espiritualidad de la época; las nobles francesas de antes de la revolución mostraban con sus hábitos imposibles y pomposos que nada tenían que ver con el populacho. La modernidad, según la autora —con la que desde luego coincidimos— es quizá menos teórica pero no más tolerante. Se sustituyen las ideas por el dinero y todo encaja. Los cánones de belleza actuales implican que gastemos dinero sin medida para alcanzarlos: gimnasios, dietas, siluetas, cirugía para la eterna juventud. La gran mayoría de los humanos han pasado y pasarán por esa especie de tiranía de la moda y del canon de belleza porque así ha sido desde siempre, incluso —piensa la autora— muy probablemente desde los tiempos de los hombres y los mamuts. Vivimos pendientes de nuestra apariencia. Es posible que eso sea innato en el ser humano aunque debamos variar por completo la imagen que la naturaleza nos dio.

LA DICTADURA DE LA BELLEZA

Nunca se ha registrado un índice tan elevado de personas traumatizadas por cuestiones relacionadas con la belleza y la estética. Unos prototipos creados por el hombre que hoy generan miles de millones […] y que mantienen a muchas mujeres prisioneras. Aunque la liberación de la mujer es ya un hecho en muchos aspectos, los últimos siglos no han sido suficientes para terminar con esta dictadura de la belleza […] El 80 % de las mujeres occidentales se sienten insatisfechas con su cuerpo. Un 20% ha pasado por el quirófano para remodelar su figura, y de ellas un 40% decide remodelar su figura […] Olga será una de las miles de jóvenes que cada año deciden pasar por el quirófano para remodelar su cuerpo. Este nuevo sector ha incrementado los ingresos de las clínicas de cirugía estética que año tras año van aumentando sus beneficios

La belleza femenina produce riqueza, las modelos y actrices de nuestro siglo requieren cumplir con una serie de características físicas que les permitan cumplir con unos estereotipos de belleza, delgadas, explosivas, guapas, aniñadas… La cirugía estética está contribuyendo a la creación de estos estereotipos, ya que cuando una actriz o modelo necesitan retocar una parte de su cuerpo para encajar aún más en el modelo de belleza preconcebido acuden a estas técnicas. El resultado de esta estandarización de mujeres son problemas psicológicos en una parte de la población, ya que en muchos casos la belleza de estas mujeres no es real, y por tanto es inalcanzable, lo que provoca importantes trastornos.

Además la belleza en la sociedad actual se impone como el valor más importante, ser guapo o guapa abre puertas, y al contrario, carecer de atractivos físicos cierra posibilidades a los jóvenes. Las personas no deben madurar, deben permanecer eternamente jóvenes y cuidar sus físicos al mínimo detalle. Esto provoca una situación insostenible, que degenera en modelos cada vez más jóvenes, con carreras profesionales cada vez más cortas.

El cine, la publicidad y la música dependen de estas bellas estrellas prefabricadas y retocadas para el éxito de sus producciones o productos. Sin embargo el sector del videojuego ha ido más allá… las cada vez más potentes máquinas informáticas y la increíble creatividad y capacidad de los diseñadores han dado como resultado bellas y reales ciberchicas, modelos virtuales con gran futuro. El inicio de esta tendencia se produjo con el videojuego Tomb Raider, dónde la ciberchica más famosa, Lara Croft, se convertía en una bella heroína de medidas increíbles, 1,72 metros de altura, 55 kilos de peso y tallas 95-55-85. Posteriormente le siguieron espectaculares personajes en la polémica producción Final Fantasy.

El futuro y poder de estas chicas virtuales está marcando una nueva tendencia, los creadores aseguran que protagonizarán los venideros spots, video-clips y conciertos, producciones cinematográficas, y, por supuesto, los videojuegos. Está en peligro el trabajo de modelos, actrices y estrellas del rock, ¿conseguirán las ciberchicas hacerse con el gran público? Por lo pronto están recibiendo importantes apoyos, como son la exposición londinense “Perfectamente reales: Mujeres en trozos y bits” o el concurso “Miss Mundo Digital”. Los organizadores defienden el hiperrealismo de las chicas digitales, y esperan que puedan protagonizar muy pronto películas y spots.

Las ciberchicas presentan indudables ventajas a los empresarios del sector del entretenimiento y la moda, las modelos virtuales no cobran, trabajan 24 horas al día, se desplazan vía Internet a cualquier lugar del mundo, son dóciles y sumisas, nunca se quejan y no tienen problemas de personalidad. Son esclavas de la tecnología, la ciberchica Webbie Tokay tiene un contrato de por vida con la prestigiosa agencia de modelos Elite.
 

4. Bibliografía. Notas.

[1] Davis, L. G. (1977), Resistirse a la novela. Novelas para resistir. Ideología y ficción. (Trad. de Ricardo García Pérez). Barcelona: Debate, 2002, pp. 78-79.

[2] Eco, U. (2002), Historia de la belleza, (trad. de María Pons Irazábal). Barcelona: Lumen, 2005, pp. 9-13.

[3] Rojas Marcos, Luis: La dictadura de la belleza. Fusión. Revista mensual electrónica. Abril de 2005. Disponible en la web:

[4] Lugones Botell, M. et al., (1977) Sexo, cultura y sociedad. Cuba: evolución, Sexología y Sociedad, pp. 20-22 y Orlandini, A., (1994), El enamoramiento y las parejas. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, p. 155.

[5] Giménez-Bartlett, A., La deuda de Eva. Barcelona: Lumen.

[6] Ibídem.
 

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3 comentarios

  1. […] lo que no tiene y para el cual el pasto del lado siempre es más verde. En poquísimas palabras (aunque el tema da para una investigacion muy interesante), para quienes tienen la comida asegurada, o sea, los miembros más ricos de una sociedad, de un […]

  2. […] lo que no tiene y para el cual el pasto del lado siempre es más verde. En poquísimas palabras (aunque el tema da para una investigacion muy interesante), para quienes tienen la comida asegurada, o sea, los miembros más ricos de una sociedad, de un […]

  3. […] El canon de belleza a través de la   Historia (extracto): […]

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