Ludwig van Beethoven. El Testamento de Heiligenstadt

Por: Ludwig Van Beethoven
Fuente: http://www.clasica2.com (Nº 1, Junio de 2013)

A principios del otoño de 1802 Ludwig van Beethoven se encuentra
deprimido y melancólico. La sordera se manifiesta ya de una
manera cruel y dolorosa. Agotado el compositor piensa en el
suicidio. Se despide de sus hermanos con una carta que nunca llegó
a enviar pero que pasó a la posteridad como el Testamento de
Heiligenstadt. El texto se explica por si sólo y refleja de primera
mano la situación vital por la que pasaba Beethoven.

Para mis hermanos Karl y Johann:

Vosotros, que pensáis que soy un ser odioso,
obstinado, misántropo, o que me hacéis pasar
por tal, ¡qué injustos sois! Ignoráis la secreta
razón de lo que así os parece.
Desde la infancia mi corazón y mi espíritu se
inclinaban a la bondad y a los tiernos
sentimientos aún cuando estaba siempre
dispuesto a acometer grandes actos; pero
pensad tan sólo que desde hace casi seis años he
sido golpeado por un mal pernicioso que
médicos incapaces han agravado.
Decepcionado de año en año, en la esperanza
de una mejoría, forzado a terminar
considerando la eventualidad de una larga
enfermedad, cuya curación, de ser posible,
exigiría años; nacido con un carácter ardiente y
activo, inducido a las distracciones de la vida
social, he debido muy pronto aislarme, vivir
lejos del mundo, en solitario.
A veces creía poder sobrellevar todo esto. ¡Oh!,
como he sido entonces cruelmente llevado a
renovar la triste experiencia de no oír más. Y,
sin embargo, no me era posible decir a los
hombres: Hablad más fuerte, gritad, porque soy
sordo.
¡Ah!, cómo poder confesar la debilidad de
un sentido que en mí debería existir en un
estado de mayor perfección, en una
perfección tal que muy pocos músicos la
hayan conocido jamás.
¡Oh!, no puedo más; perdonadme también
si me veis mantenerme al margen, cuando
me uniría gustosamente con vosotros.
Mi desgracia me resulta doblemente
penosa, pues por ella debo llegar a ser
desconocido; para mí se acabaron los
incentivos en la sociedad de los hombres,
las conversaciones inteligentes y las mutuas
expansiones.

Absolutamente solo, o casi, solamente en la
medida en que lo exija la más absoluta
necesidad podré volver a tener contacto con la
sociedad; debo vivir como un proscrito. Si me
acerco a la gente, estoy enseguida atenazado por
una angustia terrible: la de exponerme a que
adviertan mi estado.

Así he pasado estos últimos seis meses en el
campo, aconsejado por mi inteligente médico,
para cuidar mis oídos lo más posible. El previó,
casi, mi actual situación, aunque a veces,
arrastrado por el instinto de la sociedad, me he
dejado desviar del camino señalado. Pero qué
humillación cuando alguien a mi lado oía el
sonido de una flauta a lo lejos y yo no oía nada,
o cuando alguien oía cantar a un pastor y yo
tampoco oía nada. Tales situaciones me
empujaban a la desesperación, y poco ha faltado
para poner yo mismo fin a mi vida.

Es el arte, y sólo él, el que me ha salvado. ¡Ah!,
me parecía imposible dejar el mundo antes de
haber dado todo lo que sentía germinar en mí, y
así he prolongado esta vida miserable,
verdaderamente miserable, con un cuerpo tan
sensible al que todo cambio un poco brusco
puede hacer pasar del mejor al peor estado de
salud. Paciencia, es todo lo que me debe guiar
ahora, y así lo hago.

Espero mantenerme en mi resolución de
esperar hasta que le plazca a la Parca cruel
romper el hielo. Quizá me fuese mejor; quizá
no; pero soy valiente.

A los veintiocho años, estar obligado a ser
un filósofo no resulta cómodo; para un
artista es todavía más duro que para otro
hombre.

Divinidad, tú que desde lo alto ves el fondo
de mi ser sabes que viven en mí el deseo de
hacer el bien, y el amor a la humanidad.
Hombres, si leéis esto algún día, pensad que
no habéis sido justos conmigo, y que el
desgraciado se consuela encontrando
alguien que se le parezca, y que, pese a
todos los obstáculos de la Naturaleza, ha
hecho, sin embargo, todo lo posible para
ser admitido en la categoría de los artistas y
hombres de valía.

Vosotros, mis hermanos Karl y Johann,
cuando yo muera, y si el profesor Schmidt
vive todavía, rogadle en mi nombre que
describa mi enfermedad, y añadid estas
páginas, a fin de que al menos después de
mi muerte se reconcilie conmigo.
Al mismo tiempo, os declaro aquí
herederos de mi pequeña fortuna (si se le
puede llamar así). Repartidla honestamente;
comprendeos y ayudaos mutuamente. Lo
que habéis hecho contra mí os lo he
perdonado hace tiempo, bien lo sabéis.

A tí, hermano Karl, te agradezco
especialmente el afecto del que me has
dado pruebas en los últimos tiempos. Mi
deseo es que vuestra vida sea mejor y
menos triste que la mía; recomendad a
vuestros hijos la Virtud, ella sola puede
volvernos felices, y no el dinero; hablo por
experiencia; es ella la que me ha reanimado
en mi aflicción; le debo, como a mi arte, no
haber terminado mi vida con el suicidio.
¡Adiós y amaos! Estoy muy agradecido a
todos mis amigos, en especial al príncipe
Lichnowsky y al profesor Schmidt.

Los instrumentos donados por el príncipe
L. deseo que puedan ser conservados por
uno de vosotros; pero que esto no sea
motivo de conflicto entre los dos; cuando
puedan serviros más útilmente para cualquier
otra cosa, vendedlos. Estaré contento si puedo,
bajo la lápida de mi tumba, ser aún útil.
Ya está hecho: con alegría voy al encuentro de
la muerte. Si viene antes de que haya tenido
ocasión de desplegar todas mis posibilidades
para el arte, entonces llega demasiado pronto
para mí, a pesar de mí duro Destino, y me
gustaría que no fuese más tardía; sin embargo,
aún entonces sería feliz; ¿No me librará ella de
un estado de sufrimiento sin fin? Ven cuando
quieras, voy animosamente a tu encuentro.

Adiós, y no me olvidéis del todo en la muerte;
tengo derecho a esto de vuestra parte, ya que
durante mi vida he pensado frecuentemente en
haceros felices, sedlo.

Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802.

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