La impudicia de los “rostros” de TV

Por Alejandro Lavquén.
Fuente: El rodriguista ((11,04.20)

El desarrollo de la televisión en Chile coincidió con el golpe de Estado de 1973, algo que le vino al dedo a los golpistas. Instalado el toque de queda y el crimen en el país, a los chilenos no les quedó otra entretención que pasar las horas de encierro mirando televisión. En ese contexto comenzaron a surgir programas de “entretención” y los estelares nocturnos que mostraban un país idílico que avanzaba hacia la prosperidad económica y la paz social. De las violaciones a los derechos humanos, nada. Eran un invento de los marxistas. Para tal fin de desinformación se levantaron figuras como Mario Kreutzberger, César Antonio Santis, Cecilia Bolocco, Raquel Argandoña, Raúl Matas y Antonio Vodanovic, entre otros, que llevaron la batuta de la televisión pinochetista. Lo mismo sucedió con cantantes, locutoras, bailarinas, actores, periodistas, cómicos y especímenes varios. La farsa inicial duró, aproximadamente, hasta entrados los años noventa. De allí en adelante había que cambiar el formato, lo que significó dar un paso significativo, exhibiendo en las pantallas los llamados matinales y programas de farándula, donde se pretende que los sucesos de vida de los faranduleros son los acontecimientos más importantes de la nación.

Chile volvía a la “democracia”, había “cambiado el país”, pero al pueblo se le debía seguir brindando, de alguna manera, pan y circo. Los matinales se llenaron de conductores y conductoras con más maquillaje que cerebro, autodenominándose “famosos” o “rostros”. Toda esta fauna, con ínfulas de estrellas de Hollywood, tenía (y tiene aún) una misión muy clara: manipular la realidad del país e invisibilizar el fondo de los problemas reales, además de incitar a los telespectadores a comprar los productos de las grandes empresas transnacionales que auspician sus programas. Es decir, convocar al pueblo a endeudarse mediante el crédito. A cambio reciben millonarios sueldos y se les permite festejar entre ellos, y ante las cámaras, sus cumpleaños, sus viajes al extranjero, sus años sabáticos, sus risas y llantos, y mostrar sus lujosas casas y privilegios obtenidos a costa de la pobreza económica que sufren quienes se endeudan con las casas comerciales que ellos promueven. Así, la cáfila televisiva pueda darse la vida del oso a costa del dinero que generan los más pobres, los sufridos televidentes. Imagínense lo que va a los bolsillos de las empresas transnacionales que sustentan a dichos impúdicos personajes. Dado lo anterior, no es aventurado afirmar que estos entes son parte no menor del engranaje y causa del llamado eufemísticamente “estallido social”. Y como tales algún día deben ser juzgados junto a todos los abusadores y explotadores del país.

Tras el comienzo de la rebelión del 18 de octubre de 2019, a la cáfila televisiva no le quedó otra opción que dar tribuna a lo que estaba pasando en Chile, mostrando entonces su cinismo, oportunismo y falsedad. “No sabían que a los marginados les molestaba tanto la desigualdad”, expresaron algunos. Estaban asombrados de darse cuenta que en Chile se abusaba de los más pobres. Los pobres y marginados ya no les parecieron tan pintorescos, y a los noteros ya no les quedaba dirigirse a ellos con un lenguaje plagado de “como estai”: “cachai”, “que tomai de desayuno”, etcétera. Se llenaron las pantallas de entrevistados con preguntas obvias, repetitivas y sin fondo. Todo acomodado a una especie de denuncia consensuada para no convocar la reprimenda de sus amos. Había que denunciar, era imposible no hacerlo, pero, claro, con espíritu republicano. Los ricos no perdonan a sus lacayos cuando se quieren pasar de listos, aunque estos lo hagan por conveniencia y para captar audiencia. La casta televisiva no difiere mucho de los parlamentarios en su impudicia y farsantería, aunque hoy pretendan ser adalides de la justicia y digan compartir los cambios sociales que pide el pueblo. Muchos políticos se han sumado a los programas de farándula y a los matinales (cuya diferencia, en todo caso, es la misma que existe entre la Coca-Cola y la Pepsi). Allí hablan de soluciones, las mismas que jamás han llevado a cabo desde sus puestos de poder. Con el COVID-19 ha pasado lo mismo que con la rebelión del 18 de octubre, lágrimas de cocodrilo y, obviamente, pues no podían faltar, la exhibición de lujosas cuarentenas de los impúdicos “rostros” televisivos. El pobre, dicho en lenguaje pintoresco: “que se cague”.

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