Peligros y engaños de la ética.

Por: Carlos Eduardo Maldonado
Fuente: http://www.critica.cl (08.09.19)

Resumen
Este artículo sostiene que las verdades de nuestra existencia son las verdades mismas del cuerpo, mucho más y mucho antes que las verdades que promulga el cerebro o la mente. No podemos hablarle al cuerpo de preceptos éticos: esta es la gran estafa de la vida. El cuerpo almacena todas las verdades de nuestra vida, y estas verdades son las funciones vitales.

El cerebro es importante, no hay la menor duda. Pero es puramente instrumental. La razón de su importancia radica en que aprende muy rápidamente (cuando aprende). Pero el problema es que de ser un instrumento, se convirtió en un fin en sí mismo. Esta es la historia del logocentrismo y el encefalocentrismo, que marcaron toda la historia de Occidente hasta el momento.

En esta historia, el logos se impone como rector del mundo, y por tanto, al mismo tiempo la palabra, el número, y el lenguaje proposicional (S es P). En la Grecia antigua, el triunfo del logos es el triunfo del demos, pues, según parece, al demos le encantan las palabra, y entiende el mundo generalmente en términos de palabras. Es, notablemente, la retórica, el lenguajeo. Como bien señaló Maturana, las gentes gustan lenguajear, que no es simple y llanamente otra cosa que la sobreacentuación de la función fática del lenguaje. El triunfo del logos es, sin más, el triunfo de la democracia, pero con ella, el logos desplaza a lugares muy secundarios al nous, que designa a la intuición. Y la intuición anida en el cuerpo, no en la mente o en el cerebro. Con el advenimiento de la democracia se impone el dualismo, y con el dualismo, el primeado de la razón y una subvaloración e incluso negación del cuerpo.

Más exactamente, la imposición del logos coincide exactamente con la imposición en toda la línea de la palabra de la tradición patriarcal, y la intuición, se dijo, queda como un acervo femenino. Una variación del dualismo y la visión bivalente del mundo y la realidad.

La razón habrá de adquirir varios otros nombres o variantes, o acaso se vista de distinta manera para adaptarse a los tiempos; se trata, notablemente, de la historia que incluye al entendimiento, la conciencia, la episteme, la gnoseología, y a cabo, el primado de la racionalidad científica.

Las ciencias cognitivas han dejado en claro que tan sólo el 15% de la información procede de los sentidos y del mundo exterior, y que el 85% es producido por el cerebro. La realidad es exactamente lo que el cerebro cree que es, o lo que el cerebro dice que es real. La dos únicas garantías que tiene el cerebro para establecer lo que es el mundo y a realidad son la herencia y el aprendizaje. El cerebro, esa enorme glándula —que contiene otras glándulas— encerrada en una caja negra –el cráneo- y que no sabe del mundo nada si no es gracias a los agujeros que tiene el cuerpo (ojos oídos, etc.) y a las extensiones de ese órgano enorme que es la piel.

El lugar de la razón fue desde un comienzo el cerebro, y posteriormente esta creencia fue demostrada científicamente. Hasta el punto de que aún hoy en día, la medicina designa la muerte como muerte cerebral. Pues bien, hay que reconocer que el cerebro nos engaña a veces; no siempre, pero en muchas ocasiones lo hace. Este engaño, por ejemplo, sucede como deformaciones de la percepción. En arte hay toda una técnica al respecto que se llama el trompe-l’oeuil. Toda la industria de Hollywood, que incluye a Disney y su fuerte músculo en la industria del entretenimiento, no es otra cosa que el juego y el engaño de la percepción. Más recientemente, gracias a la animación computacional, la renderización y el modelamiento.

La gente se entretiene dejándose engañar, y entonces asiste al cine de masas, esto es, al cine como industria. La industria del entretenimiento consolida y pontifica la moral de los gregarios, de que hablaba Nietzsche.

Pues bien, en contraste con los engaños de la percepción y las jugarretas del cerebro, el cuerpo nunca miente. La dificultad estriba en que nunca nos enseñaron a escuchar al cuerpo, para entonces saber de “verdad”. En otras palabras, mientras que el cerebro y la mente se debaten en la elaboración de criterios de demarcación entre realidad y apariencia (to on y to pseudós, decían los griegos), cuando les va bien, el cuerpo nos habla siempre en términos de verdad; sólo que en muchas ocasiones no sabemos, o incluso no queremos escuchar las verdades del cuerpo.

En verdad, la totalidad de la historia de alguien se encuentra sedimentada en su cuerpo. El cuerpo constituye la totalidad de la memoria, esto es, de las experiencias de una vida. Es por ello que debemos poder aprender los lenguajes del cuerpo, que son, por definición, diferentes a los lenguajes del cerebro. Pero sólo aprendemos a escuchar el cuerpo en el silencio, en el aislamiento o en la soledad, tres maneras diferentes de una misma experiencia. La primera y más básica de las formas como podemos escuchar al cuerpo es atendiendo a nuestra propia respiración. La respiración es la llave que abre las puertas del lenguaje del cuerpo. El problema es que la gente no sabe respirar, como tampoco sabe vivir. La existencia es simplemente algo que les acaece; muchos nacen, viven y mueren, pero jamás existieron. Una verdad pesada, de mucha gravedad.

En este contexto, una dificultad enorme estriba en el hecho de que en numerosas ocasiones alguien cree sentir lo que no siente; cuando esto sucede la razón estriba justamente en la razón. Pues en ocasiones sucede que sentimos lo que el cerebro dice que sentimos, y no lo que verdaderamente expresa el cuerpo. Esta es la primera y la más grave de las mentiras y los engaños en el mundo. Digámoslo en otras palabras: mentirles a los demás es muy fácil. Pero todo está pedido cuando alguien se miente a sí mismo: esta es la génesis de muchas patologías – somáticas y síquicas.

La enfermedad es la reacción del cuerpo cuando no es escuchado, cuando no ha sido escuchado. Cuando una existencia se alimenta de mentiras emerge la enfermedad, sin desconocer, caro, que s porque alguien ya esté enfermo que se miente a sí mismo, y acaso igualmente miente a los demás. La política es, en general, el arte del engaño a amplias muchedumbres. Para ello la política se ayuda de la publicidad y la propaganda – ese que eufemísticamente se llama marketing político. Ulteriormente, en muchos lugares del planeta, el Estado y las Corporaciones son el artífice de mentiras estratégicamente elaboradas e implementadas, con lo cual producen sufrimiento y padecimiento – enfermedades.

En otras palabras, la enfermedad es, sin más, del resultado del desprecio de las funciones vitales. Nunca huelga recordar que las funciones vitales incluyen:

La ingestión de alimentos, y por derivación la nutrición, la cual no en última instancia apunta a la nutrición afectiva. Dentro de esta función están incluidos todos los procesos de metabolización, tanto como, al mismo tiempo, la excreción, que incluye al sudor, la orina y las lágrimas;
Las relaciones con el medioambiente, lo cual incluye tanto al medioambiente físico como al cultural o social; y finalmente,
La reproducción sexual y por derivación, la sexualidad en general.
Con respecto a la primera de las funciones vitales, la verdad es que la gente se ha olvidado de comer – de comer bien. Los gobiernos y las Corporaciones tratan a las gentes como vacas, cerdos o gallinas; esto es, la gente habitualmente no come lo que quiere, sino lo que le dan; y para las amplias muchedumbres, lo que les dan se encuentran en los grandes supermercados y cadenas productoras y de distribución de alimentos. Como es sabido, finalmente siete grandes multinacionales.

No hay nada más triste que ver llorar en solitario a alguien; hombre o mujer. Como se imperara una atmósfera de indolencia y de desapego. La gente llora en privado generalmente, pero las lágrimas se terminan por sedimentar en arrugas y aires del rostro, y del cuerpo. Es posible saber las alegrías o las penas de alguien, con una mirada fina, y con una sensibilidad refinada. El problema es que nadie quiere sentir, y generalmente ni siquiera sentir hacia sí mismo(a); mucho menos sentir por los otros. La compasión –pathos conjunto-, queda para lugares aislados y oscuros, en ocasiones.

Mientras que el cerebro a veces olvida, y en ocasiones recuerda parcialmente o deforma las cosas con el tiempo, el cuerpo almacena todas las experiencias, y las almacena de formas que la conciencia no sabe exactamente cómo, pero puede llegar a saberlo. Más exactamente, el cuerpo es el origen de toda la información vital. En otras palabras, en el cuerpo se depositan todas las verdades –y mentiras-, todas las apariencias y los juegos que han atravesado en algún momento o que han constituido el tejido de nuestras experiencias. Debemos entonces aprender a vivir con la verdad de nuestro cuerpo, que es la verdad misma de los logros tanto como de los fracasos. Sólo que, desiderativamente, hay que decir y leer: los logros. Aunque en ocasiones la mente se obstine por alterar u olvidar las cosas. No sin razón, sostenía Nietzsche que el olvido es una fuerza activa, y claro, que debemos poder olvidar.

En efecto, el olvido es también una fuerza vital; pero entonces hay que saber olvidar verdaderamente, sin engañar al cuerpo, pues puede suceder que al cabo del tiempo el cuerpo recuerde lo que queríamos olvidar. El olvido de que hablaba Nietzsche es para los verdaderamente fuertes. No la fuerza física, claro, sino la fuerza espiritual.

Quisiera sostener aquí la tesis según la cual no es posible hablarle al cuerpo en términos de preceptos – éticos, legales o de cualquier índole. La ética normativa constituye un fracaso ante el cuerpo y en ocasiones termina, para imponerse, matando al cuerpo. La dificultad es que la ética normativa es, ampliamente, forma más generalizada de valores, estilos y formas de vida. Es la ética de las escuelas confesionales, la de las instituciones de toda índole, en fin, la ética de los colectivos asociados como unidad de cuerpo, independientemente de las metas planteadas.

La libertad no es otra cosa que la liberación de los preceptos, y entonces, claro, la reconciliación del cuerpo consigo mismo. Entonces, literalmente, nos sentimos bien. (¡No decimos: nos pensamos bien!). La buena vida —eupraxein, en griego; suma qamaña o sumak kawsay, en quechua— no es simple y llanamente ora cosa que una sensación de sentirse bien – ¡muy bien!, pero no simplemente como un estado, sino como un proceso. Por ejemplo, como el resultado de un proceso – ese largo proceso que es la vida, que es un juego que se juega a largo plazo.

Dicho en el lenguaje de la lógica, la libertad consiste en la liberación por parte de cada quien, de las categorías. Pues la verdad es que nadie piensa bien, si piensa con categorías. Pues las categorías etiquetan, encasillan, fijan, encuadernan. Y entonces, claro, quien piensa con etiquetas, en realidad no piensa nada: sólo ve sus propias categorías, que son en realidad las que le han enseñado. Pues las categorías se enseñan, y se deben enseñar. En contraste con las experiencias y las verdades del cuerpo que son verdades y experiencias aprendidas.

Las verdades más profundas de nuestra existencia no pueden ser, en absoluto, enseñadas. Son siempre verdades aprendidas. Y es siempre el cuerpo quien las aprende mejor y más hondamente.

En verdad, las funciones vitales se corresponden —reaccionan digamos—, a las experiencias vividas, no a los preceptos morales o incluso los religiosos. Todo precepto es externo al cuerpo y es el resultado de la mente o del cerebro. Toda ética que atente contra el cuerpo es letra muerta, y como letra muerta, mata todo lo que toca. La ética es peligrosa, particularmente toda ética normativa.

Naturalmente, esta idea es sospechosa para la lo que Nietzsche afirmaba como la moral de los gregarios que es, de lejos, la que impera ampliamente. Se trata de toda esa ética, alimentada generalmente por numerosas ingenierías sociales, que piden afiliación, pertenencia, membresía. Y eso es lo que abunda muy ampliamente; las diferencias son solamente de colores y de banderas, pero la estructura lógica y semiótica es exactamente igual.

Se trata, particularmente, de esa ingeniería que destaca y se funda en cosas como bandera, himno, Misión, Visión, estrategia, liderazgo, y otros nombres semejantes y próximos, escritos en ocasiones en mayúsculas o en minúsculas; para todos los efectos prácticos da igual. Esa que de tanto en tanto promueve seminarios de actualización, retiros espirituales, y tantas otras formas de reactivación del sentido de pertenencia y, como dicen ellos de “alineamiento”; pues las cosas deben ser lineales. Alineamiento y posicionamiento: horrorosas palabras – con ellas no se puede escribir ni siquiera un mal verso.

La enfermedad es el lenguaje mudo del cuerpo que dice en la medida misma en que calla. Es como los silencios que constituyen a la música, y no solamente los sonidos, como lo hemos aprendido gracias a Beethoven. Debemos poder escuchar el silencio, y sobre todo, escucharlo antes de que acontezca. Las enfermedades son penosas, y llegan, algunas, a ser mortales precisamente porque son el lenguaje mudo del cuerpo, de un cuerpo que ha sido silenciado en sus funciones vitales. La ética no sabe nada de esto.

La salud y la libertad, al cabo, son una sola y misma cosa. No hay nadie que sea verdaderamente libre que esté enfermo. Y al revés, resulta que todos aquellos que padecen alguna enfermedad no son o por alguna circunstancia, no han sido, enteramente libres. Por ello mismo la salud como la libertad exigen formas de vida radicales.

Es simple, nadie puede ser libre en contra de sus propias funciones vitales, y sólo se es libre gracias a ellas y en función de ellas; que es la forma más elemental de decir a la vida misma.

Es dramático: la educación nunca ha hecho a nadie inteligente, la ética no ha hecho nunca nadie bueno, el derecho no ha hecho nunca a nadie justo, y la religión no ha hecho santo a nadie; a pesar de lo que digan las iglesias y las instituciones. (Muchas veces con mayúsculas). Son, simple y llanamente, formas de superponer el cerebro al cuerpo, y formas para negar que sentimos lo que de verdad sentimos.

El cuerpo es la base de nuestras verdades, y sólo podemos llegar a vivir libre y sanamente cuando vivimos en acuerdo al cuerpo; no a esas fuerzas y presiones sociales sobre el cuerpo; no a esas formas construidas artificiosamente de cuerpos esculpidos para otros y vividos para otros. La verdad de nuestra existencia se sedimenta en el cuerpo. Es lo que F. Varela denomina correctamente como estar y vivir de cuerpo presente (The Embodied Mind). Si aún cabe hablar de la autenticidad de la existencia, ésta consiste sencillamente en las verdades del cuerpo, las que tenemos, las que transmitimos a los otros, y las que compartimos con los demás. El cuerpo expresa, incluso aunque lo ignoremos, todas las verdades de nuestra existencia. Mucho mejor y más claramente que las palabras. Esto apunta a la más fundamental de las experiencias, pero también la más difícil: el convivio.

Carlos Eduardo Maldonado
maldonado.carloseduardo@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: