El estigma de los encapuchados

Por: Hernán Montecinos
(31.10.19)

Hoy, se estigmatiza a los jóvenes que se infiltran y encapuchan en las movilizaciones sociales. Dicha imagen se ha transformado en todo un ícono, un símbolo de negatividad, para mostrar el lado oscuro de la sociedad, un fenómeno social del cual nadie quiere responsabilizarse. Las redes institucionales y los políticos de turno, han desatendido el problema que subyace en su fondo.
Muy pocos especialistas se han preocupado de desentrañar las causas que impulsan a los “encapuchados” a tener comportamientos violentos. Se centra la atención, sólo en las manifestaciones finales de un problema cuyas causas van mucho más allá de sus efectos. Como derivado, la mirada social clama mayor represión para poner coto a dichos comportamientos. Se piensa en el subconsciente que, poco menos, es una condición genética lo que lleva a estos jóvenes a manifestarse de dicho modo.

Con un facilismo que asombra, se pretende poner coto a esta violencia con más leyes represivas, como si la represión fuera el único recurso para solucionar un problema que tiene raíces sociológicas más complejas y profundas.
En efecto, la actual discusión sobre las infracciones juveniles, sobre todo, la de los encapuchados, limita su causa a las decisiones individuales de cada cual, como si el entorno social en que habitan no tuviera ninguna influencia. Por lo mismo, la solución del problema se plantea desde un punto de vista puramente judicial, desatendiendo el carácter de marginalidad social en que el fenómeno se expresa. En tal virtud, se desvinculan los delitos del verdadero contexto en que éstos se incuban, específicamente, como consecuencia de un sistema socioeconómico neoliberal, del cual deriva un carácter inequívocamente segregador y clasista, un sistema incapaz de dar solución a sus propios engendros.

El problema no es de la sociedad, se dice, es propio de un comportamiento individual, de un hábito delincuencial congénito. El imaginario social, a caballo con los mensajes de los medios de comunicación, se remite sólo a condenarlos, ignorarlos, y socialmente despreciarlos. Se clama, por tanto, como solución, invisibilizarlos, arrinconarlos a los extramuros de las ciudades. Y si sus quejas empiezan a producir demasiada perturbación, más allá de las periferias en donde se les ha arrinconado, se exigen penas punitivas de las más duras, en que el destino a la cárcel parece ser la única solución, agrandando aún más la segregación que han vivido de por vida, y aumentando también la estigmatización que el imaginario social hace recaer sobre ellos.
Estos juicios no toman en cuenta, que estos encapuchados, desde la cuna a la niñez, y desde la niñez a la adolescencia, no han tenido la posibilidad de salir del estado de marginalidad en que se encuentran. La pobreza, alcoholismo, drogadicción, ausencia de imagen paterna/materna, embarazos no deseados, violencia intrafamiliar, una cesantía congénita, precarios servicios de salud en que se atienden o, incluso, se les niega, el ambiente de delincuencia en que han vivido desde siempre, etc., es lo único que han conocido como modo de vida. Hacinados en las periferias de las grandes urbes, la opulencia de centros comerciales y barrios acomodados, lo sienten como un insulto, un escarnio al estado de pobreza y condición marginal en que viven desde siempre. Y si bien, la sociedad se empecina en invisibilizarlos, sin embargo, en los días de movilización y protestas, se desata un desenfrenado morbo comunicacional, asumiéndose el caso como algo exótico a nuestra comodidad burguesa, referenciándola sólo a modo de una noticia plañidera de lamentos y condenas.

Por esta vía, a estos jóvenes, abandonados por el Estado Subsidiario, se les ignoran sus dinámicas culturales de formación de identidad y lazos de pertenencia. La marginación estructural en que viven implica un acceso nulo o decreciente a los recursos y oportunidades socioeconómicas que el tejido institucional ofrece. De este modo, se da curso a un escenario de precariedad general, caldo de cultivo para acceder, por medio del delito, a los recursos y oportunidades que el sistema –instrumentalizado por los medios de comunicación- por un lado, los alienta a consumir, pero por el otro lado de la realidad, se los niega reiteradamente

Se pregunta el sociólogo José Joaquín Brunner, ¿Cómo pueden las nuevas generaciones hacer frente a las contradicciones culturales del capitalismo y a las insatisfacciones de la democracia y a los abusos de la sociedad?
Un aspecto adicional que debe interesar, es el de la cobertura de la violencia por parte de los medios de comunicación ¿Cómo se construyen identidades violentas en el espejo de la TV? ¿Los jóvenes son sujetos a rotulación y son estigmatizados por la prensa, o ellos buscan hacerse visibles y tener su parte en la agenda de la sociedad del espectáculo?

La figura del joven encapuchado necesita estudiarse e investigarse, no sólo como símbolo de la violencia juvenil en las calles, sino sobre todo, como la violencia institucional permanente que el sistema segregador hace recaer sobre ellos.

La tesis de que los medios de comunicación estarían interesados en alentar un prejuicio puramente moral• como contrarresto a una violencia que no deseamos, encarnando sus mensajes virtuales en la figura desviada de la juventud encapuchada, es sin duda un error y una exageración extrema, que en nada ayuda a superar las crisis que tales fenómenos conllevan.

En fin, la contracara acerca de un mismo problema, que requiere el marco del desplegamiento de un pensamiento teórico más proofundo y avanzado, que nos lleve a reaccionar desde la racionalidad, y no desde la pura emocionalidad, respecto de un problema que, es mucho más complejo que la pura factualidad con que la miramos.

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