Cánones de la belleza: La alienación femenina

Por: Jairo Cardona**
Fuente: Revista “Ariel 16” Revista de filosofía (Mayo del 2015)

maestrodelclan@hotmail.com

En el presente trabajo se busca vislumbrar ese modo en que la sociedad actual comprende la belleza femenina, modo que se establece y que obliga a pensar a la mujer de una forma determinada, como una esencia estática, como un objeto para admirar y poseer. Primero veremos la manera en que las construcciones culturales llevan a comprender a la mujer como un objeto “fabricado por el hombre”. Luego, abarcaremos la forma en que es comprendida por otros y por ella misma como un ser percibido, esto, como producto de cánones de belleza establecidos. Y, finalmente, mostraremos cómo la fiebre de la belleza se convierte en una cuestión de mercado del cuerpo y en un asunto político que quiere frenar a la mujer y restablecer la jerarquía masculina.

Nuestra época se ha convertido en la época de las reinas de belleza, de las modelos, de las esbeltas actrices, así como de las rígidas dietas, la adicción por el gimnasio y por las cirugías estéticas. De ahí que el concepto de belleza femenina se haya transformado con el tiempo y que la mujer que hace algunas décadas era considerada bella, hoy se encuentre por fuera de los parámetros establecidos, de los cánones de belleza que la sociedad les impone, a tal medida que sólo hay dos maneras en que la misma mujer puede comprenderse hoy, en términos de belleza: como monstruo o como reina. Dichos criterios de belleza cumplen una doble función, por un lado, objetivizan a la mujer y la convierten en un ser-mirado; y por el otro, transforman esa relación de “reconocimiento” en una relación de dependencia y subalternación.

El otro-objeto: la mujer

En este sentido, Simone de Beauvoir (1967) nos dice que la principal sometida a los mandatos estéticos de la sociedad ha sido la mujer, la cual desde muy temprano es instruida  para llamar la atención del hombre, siendo este mismo el que ha construido y mantenido dichos cánones con el fin de controlarla y decirle cómo debe vestirse, comportarse y cuál es su lugar. En El segundo sexo, Beauvoir se pregunta ¿cuáles son las condiciones que han hecho posible que la mujer sea considerada como un otro-objeto? A lo cual ella misma responde que son las construcciones culturales las que han posibilitado esta alteridad defectuosa, es decir, se ha gestado una mujer que no es reconocida por una sociedad patriarcal como sujeto sino como objeto resignificado en función del punto de vista de los hombres.

Beauvoir nos dice que aquello que comprendemos por el concepto “mujer” es, como dijimos antes, una camisa de fuerza impuesta por la sociedad y que no hay una diferencia abismal entre hombre y mujer, sino sólo aquella que la colectividad le ha dado y que ella ha aprendido a asimilar como propia concepción de sí misma. En otras palabras:

Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino. Únicamente la mediación de otro puede constituir a un individuo como otro. […] Si, mucho antes de la pubertad, y a veces incluso desde su más tierna infancia, se nos presenta ya como sexualmente especificada, no es porque misteriosos instintos la destinen inmediatamente a la pasividad, la coquetería y la maternidad, sino porque la intervención de otro en la vida del niño es casi original y porque, desde sus primeros años, su vocación le ha sido imperiosamenteinsuflada. (Beauvoir.1967. p. 87).

En cierta medida, la mujer ha aprendido a dejar de ser sujeto y a convertirse en un objeto, o así se le ha enseñado que debe ser, llegando a creer inclusive en su propia inferioridad e internalizando los valores, los roles y modelos de conducta que le han sido impuestos por una sociedad dirigida por hombres. Pero negarse a ser un otro-objeto implica también más trabajo y más responsabilidad, implica renunciar a las ventajas que el hombre le da, es decir, además de proteger a la mujer en lo económico, el hombre también la “protege” de sí misma, de ser libre y responsable, de inventar sus propios valores, aunque esto implique dejar de buscar el cumplimiento de sus proyectos, lo hace con gusto con tal de no asumir el riesgo. Pero cómo juzgarla si es más fácil renunciar a la libertad para convertirse en objeto del otro, en un ser pasivo que recibe su ser de afuera, dejando que los demás siempre decidan por él.

Sin embargo, dicha pasividad de la mujer no se debe a su particularidad biológica, sino a la instrucción que le han dado. En el interior de la mujer hay un conflicto, entre lo que ella misma es y lo que ha aprendido a ser, lo que debe aparentar ante los demás, pues se le enseña que debe hacerse objeto ante el otro. Vive para los demás, para llamar la atención y agradar, por lo cual debe renunciar a ser libre, a ser ella misma
En palabras de Beauvoir (1967: 93):

Se la trata como a una muñeca viviente y se le rehúsa la libertad; así se forma un círculo vicioso; porque, cuanto menos ejerza su libertad para comprender, captar y descubrir el mundo que la rodea, menos recursos hallará en sí misma, menos se atreverá a afirmarse como sujeto; si la animasen a ello, podría manifestar la misma exuberancia viva, la misma curiosidad, el mismo espíritu de iniciativa, la misma audacia que un muchacho. (p.93).

El ser femenino como ser percibido

Por otra parte, para Pierre Bourdieu “todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros”. (Bourdieu, 2000. p. 83)

Hoy, podemos decir que la relación de la mujer con su propio cuerpo no se reduce a una imagen de su propia corporalidad, a una representación subjetiva de sí misma como cuerpo, en relación con cierto grado de amor propio que se refleja en una proyección social, en la seducción, en el encanto. Dicha proyección de la corporalidad femenina principalmente repercute en la representación objetiva del cuerpo (descriptivo y normativo) estructurado por los otros.

Pero, para Bourdieu, no es posible quedarse en una simple dinámica yo-otro a la hora de definir una imagen objetiva y deseada del cuerpo femenino, toda la estructura social se encuentra presente en el fondo de dicha interacción a través de los esquemas de percepción y apreciación sobre el cuerpo que tienen los propios agentes de esa relación “espejo-reflejo”.

Esos esquemas de percepción del cuerpo se basan principalmente en relaciones de comparación, en el caso del cuerpo femenino, entre la gorda y la delgada, la vieja y la joven, la fea y la bonita. En este sentido, se trata de  factores que siempre están mediando entre la mujer y su cuerpo, ya que la imagen y las reacciones que su cuerpo produce en los demás, y la manera en que ella percibe esas reacciones, están estructuradas de acuerdo con aquellos esquemas. Una reacción producida a partir de juicios del tipo “estás muy gorda”, evidencia los esquemas mencionados, los cuales la mujer proyecta sobre su propio cuerpo y la llevan a vivir la experiencia que ellos proporcionan. Así pues, el cuerpo femenino como cuerpo percibido esta doblemente determinado, por un lado, en aquello que lo caracteriza particularmente (estatura, peso, etc.); y por el otro, por la exigencia de los criterios estéticos establecidos socialmente, un ideal que la mujer constantemente se esfuerza por alcanzar.

Para Bourdieu, las propiedades corporales ideales, que son aprehendidas por medio de los esquemas sociales de percepción, llevan a una evaluación que se aplica de acuerdo a la posición que ocupa cada propiedad en el espacio social, los factores que se privilegian con frecuencia y los que quieren ser evitados (dominadores y dominados): flaco/gordo, grande/pequeño, etc.). La imagen social que cada mujer tiene de su cuerpo estará determinada entonces a una medición social, a la exigencia de ciertas características estéticas que tratarán de ubicarla simbólicamente en una escala aceptada por el sujeto que percibe y por el que es percibido.

De este modo, esa manera especial en que la mujer presenta su cuerpo a los demás evidencia la distancia entre el cuerpo real y el cuerpo exigido socialmente, pero también es una anticipación práctica del éxito en las interacciones que ella tiene con su entorno, las cuales radican en una seguridad y confianza en sí misma. Para la mujer, sentirse incómoda en su propio cuerpo (convertirse en un cuerpo alienado) implica un malestar y una vergüenza que evidencian una desproporción entre el cuerpo socialmente exigido y la imagen que ha construido de su cuerpo a partir de la mirada y reacciones de los demás (la distancia entre el cuerpo que ella cree tener a partir de lo que le han dicho y el cuerpo que exigen los cánones establecidos en cada sociedad particular).

Dicha incomodidad con su propio cuerpo, promovida en gran parte por las exigencias masculinas, evidencia la medida en que la mujer se ha asimilado a sí misma como un ser percibido, inseguro y dependiente. Dicho de otra manera:

La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser {esse) es un ser percibido {percipi), tiene elefecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o mejor dicho, de dependencia simbólica.Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean «femeninas», es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta “feminidad» sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremento del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutiva de su ser. (Ídem, p. 86)

Para Bourdieu, dicha alienación y ansiedad producida por la mirada social, puede ser modificada por la posición económica de la mujer, en tanto que algunas tienen la posibilidad de cambiar ciertas características corporales por medio de tratamientos o cirugías, en unos casos reforzando y en otros atenuando los efectos de esa exigencia de género. Por el contrario, cuando la mujer, por ejemplo, comienza a practicar en forma intensiva algún deporte, transforma su experiencia subjetiva y objetiva del cuerpo, dejando de existir solamente para el otro y convirtiendo su cuerpo mirado en un cuerpo para ella misma: “de cuerpo pasivo y manipulado en cuerpo activo y manipulador; mientras que, a los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y, con ello, de su cuerpo, aparecen como no «femenina», prácticamente como lesbiana”. (Ídem: 88).

Por otra parte, la independencia intelectual de la mujer, que en cierta medida también repercute en expresiones corporales que la sitúan por fuera de los cánones de belleza establecidos, la lleva a ser calificada como poco femenina. En situaciones como ésta, donde la mujer accede al poder, se encuentra con un dilema: si actúa igual que los hombres es acusada de perder su feminidad (aunque tal acusación se haga por el hecho de poner en cuestión el derecho natural de los hombres a dicha posición del poder); si actúa como mujer, es calificada como incapaz o inadecuada para ejercer dicho cargo.

Situaciones contradictorias como las anteriores se plantean como los desafíos de la mujer de nuestros tiempos, los cuales alternan con la acostumbrada objetivización de su cuerpo, ofrecido por el mercado como un bien simbólico para los hombres. En esa dinámica en la que se le ha enseñado a mostrarse y a seducir como algo natural, tendrá que aprender a rechazar las reacciones o interpretaciones inconscientes o intencionadas, aunque equivocadas de los hombres. Delante de las bromas sexistas, sólo podrán apartarse o participar pasivamente para intentar integrarse al entorno laboral, educativo y social, que sigue estando permeado por la influencia del patriarcado y por un avivado machismo. Pero la aceptación implícita de este tipo de violencias la expone a no poder volver a protestar ante algún tipo de discriminación de género o acoso sexual. En esta medida, “si las mujeres sienten inconformidad con su cuerpo, esto sólo puede tratarse de un refuerzo del efecto de la relación fundamental que coloca a la mujer en la posición de ser percibida como condenada a ser vista a través de las categorías dominadoras, es decir, masculinas”. (Ídem, p. 89).

La fiebre de la belleza y el mercado del cuerpo

Para Gilles Lipovetsky (1999), la industria ha convertido la búsqueda de la belleza en un proceso democrático, una democracia en la belleza que se extiende a todos los estratos sociales. A través de los procesos científicos, los métodos industriales y mejores condiciones de vida, los productos de belleza se han convertido en artículos de consumo cotidiano. En este universo de la belleza, la estética de la delgadez ocupa un lugar predominante: abunda la publicidad de dietas y productos adelgazantes, a la vez que los científicos insisten reiteradamente sobre los peligros de la obesidad. Ponerse gorda se ha convertido en el principal temor de las mujeres e incluso las flacas quieren adelgazar, para esto entran en escena las dietas, las cremas anticelulitis, al igual que las actividades físicas y largas jornadas en el gimnasio. Las mujeres saben que para alcanzar la belleza es necesario moldear el cuerpo, restringir los alimentos y hacer mucho ejercicio, pero nunca es suficiente ya que la exigencia de delgadez es cada vez más estricta, las medidas de modelos y reinas de belleza han cambiado drásticamente con los años a tal grado que las mujeres que eran consideradas atractivas hace algunas décadas hoy son consideradas dentro del rango del sobrepeso.

De acuerdo con Lipovetsky, existen dos normas que caracterizan la belleza ideal que las mujeres de nuestro tiempo quieren alcanzar: el antipeso y el antienvejecimiento, lo cual se evidencia en el aumento de las ventas de productos faciales y corporales, al igual que en la democratización de la cirugía estética, entre las cuales, la liposucción es la más solicitada.

Considerada hace años como tabú, la cirugía estética se ha convertido en un método normal para rejuvenecer y embellecer, ya no se trata sólo de maquillar o hacer ejercicio, ahora la idea es reconstruir, remodelar el propio cuerpo para ir en contra del tiempo que naturalmente arruga y descuelga todo. En cierta manera podemos decir que la adhesión estricta de la mujer a las exigencias sociales de belleza nos lleva a pensar que, aunque ha podido superar algunas servidumbres del pasado, se ha sometido a otras.
En otras palabras:

Paradójicamente, el auge del individualismo femenino y la intensificación de las presiones sociales relativas a las normas corporales corren parejas. Por un lado, el cuerpo femenino se ha emancipado con holgura de sus antiguas servidumbres, ya sean sexuales, procreadoras o vestimentarias; por otro, lo vemos sometido a presiones estéticas más regulares, más imperativas, más ansiógenas que en el pasado. (Lipovetsky. 1999, p. 125).

Política de la belleza

En ocasiones se presenta a la belleza como el poder que tiene la mujer sobre los hombres, el cual le permite obtener homenajes y beneficios, ejercer influencia, y, en última instancia, gobernar y ordenar de manera indirecta el mundo. Pero de acuerdo con Lipovetsky cabría preguntarnos si tal poder es verdadero o es tan solo una ilusión. Si lo pensamos detenidamente nos damos cuenta de que dicho poder de la mujer es un poder subordinado que depende de los hombres, y ya que principalmente se funda en una belleza física, caduca con los años. Ese poder que se le asigna a la belleza sólo se ocupa de ratificar el mandato del patriarcado y la sujeción de la mujer al hombre. Debido a esto, la belleza se constituye en un elemento político fundamental para el feminismo contemporáneo: deconstruir la belleza equivale a examinarla como un instrumento de dominio del hombre sobre la mujer, un dispositivo de control político de distinción y separación: hombre-mujer, raza-raza, mujer-mujer. Pero, además de separar unas mujeres de otras, tal dispositivo tiene la función de herir; esto se hace evidente cuando los medios de comunicación insisten en el terror del paso de los años y en la exigencia de una estricta delgadez, produciendo una humillación, un complejo de inferioridad, vergüenza e incluso odio hacia el propio cuerpo.

Cuanto más se promueven los cánones de belleza establecidos, las imágenes de lo que la mujer debería ser, peor vive ésta la experiencia de su corporalidad. Así, en tanto que “la belleza femenina” es utilizada como medio de opresión de la mujer, no podemos hablar de un poder femenino basado en estereotipos estéticos, sino todo lo contrario, se trata de una tiranía que se ejerce sobre la condición de la mujer que se expresa, por ejemplo, en un control alimentario que lleva a las mujeres a ir en contra de su propia salud para encajar en moldes estéticos preestablecidos.

Para Lipovetsky, imponer un estándar de belleza es demoler psicológicamente a las mujeres, con el propósito de quebrantar la confianza en sí mismas y su autoestima. Cuestión que pone en evidencia el factor político de los cánones sociales de belleza, ya que, contemplando una imagen distorsionada de sí mismas y acomplejadas por ella, las mujeres aprenden a mantenerse fuera de la competencia social y política: “se contentan con empleos subalternos, aceptan salarios inferiores a los de los hombres, no emprenden en igual medida que ellos el asalto a la pirámide social, se sindican menos, respetan más a los hombres que a su mismo sexo, les preocupa en mayor grado su físico que las cuestiones públicas” (Lipovetsky. 1999, p. 139).

Así pues, cuando las antiguas ideologías que sometían a la mujer pierden el poder de controlarla socialmente, el llamado a la belleza será:

El último recurso para recomponer lajerarquía tradicional de los sexos, para poner de nuevo a las mujeres en su sitio,reinstalarlas en una condición de seres que existen más por su apariencia que por su hacer social. Al minar psicológica y físicamente a las mujeres, haciéndoles perder la confianza en sí mismas, al absorberlas en preocupaciones estéticonarcisistas, el culto de la belleza funcionaría como una policía de lo femenino, un arma destinada a detener su progresión social. Al suceder a la prisión doméstica, la prisión estética permitiría reproducir la subordinación tradicional de las mujeres (Idem: 126).

Conclusión

De todo lo anterior podemos decir que sólo nos queda esperar que la mujer continúe tomando posesión de sí misma, que se revele como sujeto independiente de cualquier validación externa, redescubriéndose como proyecto y siendo cada vez más responsable de lo que ella misma elige ser, aceptando y no buscando aparentar más de lo que ella desea. Que la exigencia de esa belleza coercitiva no se convierta en la excusa para devolver a la mujer a un segundo lugar y para relegarla de nuevo a roles que la construyen como algo ajeno a ella misma. A los hombres de las nuevas generaciones les corresponde caer en cuenta de la trampa que nos pone la sociedad de consumo,la cual radica en deshumanizar, objetivizar y crear la necesidad de comprar ese producto decorativo que hemos aprendido a llamar “mujer”.-

Bibliografía

Bourdieu, Pierre (2000). La dominación masculina. Traducción de Joaquín Jordá. Barcelona: Anagrama.

De Beauvoir, Simone (1967). El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana.

Díaz Rojo, José Antonio y Morant Marco, Ricard (2007). El discurso crítico contra la «tiranía» del culto al cuerpo. Tonos. Revista electrónica de estudios filológicos. Nª 14

Lipovetsky, Gilles (1999). La tercera mujer. Traducción de Rosa Alapont. Barcelona: Anagrama.

**Jairo Alberto Cardona Reyes: Profesional en filosofía, docente investigador de la universidad del Quindío- Colombia. Algunas publicaciones: De la futurofobia a la angustia existencial; El suicidio como recuperación de la subjetividad; Cioran, el suicidio como proyecto de vida; Necesidad de reconocimiento de un género intermedio; ¿Por qué la gente se suicida? La otra versión; El suicidio como derecho humano; Filosofía para no filósofos: una posibilidad de hacer filosofía fuera del aula.

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