La reforma del entendimiento

Por: María Zambrano*
Fuente: icalquinta.cl

*Filósofa española
En los momentos críticos de la historia se ha hablado siempre de una «Reforma del entendimiento», de una crítica que el intelecto se hace a sí mismo, volviéndose sobre sí, para tomar conciencia de sus propias fuerzas y, más aún, de sus deficiencias. Revela esta actitud humana dos actitudes al parecer contrarias: desconfianza y fe en la razón. El hombre siente la falibilidad del instrumento intelectual con el cual tiene que avanzar entre la realidad, porque esta realidad ha sido más fuerte, se ha resistido a las explicaciones que el hombre intentaba dar de ella y se ha mostrado terrible e indescifrable. Pero, al mismo tiempo que la realidad sobrepasa así al entendimiento, siente el hombre que sólo cuenta con su entendimiento para habérselas con esta tremenda realidad y recuerda, volviendo la mirada a las épocas felices en que la razón aparecía en ecuación casi perfecta con los acontecimientos, y entonces de estos dos sentires contradictorios nace la reforma, la crítica del entendimiento.

Hay dos maneras, por lo pronto, de intentar esta crítica del entendimiento: una, volverse hacia el instrumento mismo, analizar su estructura y su funcionamiento «puro», es decir, con independencia del objeto de su aplicación. Es lo que ha hecho la crítica del idealismo moderno contra el realismo grecomedieval. El otro camino ha sido muchas veces intentado y tal vez, por su misma complejidad, no ha sido logrado de modo tan ejemplar y clásico. Pero quizá exista otra razón para que así nos parezca, y es que esta segunda crítica tenga que realizarse en cada paso fundamental que el hombre dé para orientarse en la profunda realidad que le rodea, es decir, que constituya una tarea ineludible de cada época, de cada salto en la historia, ya que, al parecer, la historia humana sí procedería por saltos. Este segundo modo de hacer la crítica del entendimiento incluiría, para ser completa, una conciencia de todo aquello que no entra bajo la luz del entendimiento, o al menos de su existencia. Es la cuestión de la razón y de lo irracional que se cruza con la del ser y el no ser.

Conviene recordar el origen mismo del entendimiento, o sea, de lo que el hombre ha creído ingenuamente que era su entendimiento, cuestión íntimamente ligada a lo que el hombre ha creído que es la realidad que le rodea. La razón y el ser son descubiertos al mismo tiempo por el hombre griego, y su descubrimiento es el comienzo mismo de la filosofía. Y encontramos que ante el fluctuar de la naturaleza, ante la inseguridad en que el griego se siente en medio del fluir incesante de las cosas naturales, y para salvarse de ellas, acude al pensamiento, creyendo implícitamente ya, en el hecho de este acudir al pensamiento en demanda de salvación, dos cosas: que existía aparte de la realidad fluidiza, e incaptable por su misma variabilidad, otra realidad inmutable, permanente y absoluta, sustraída al tiempo y a toda relatividad, y que esta realidad verdadera coincidía con la esencia misma de la razón humana. A esta realidad verdadera se llamó ser y se la contrapuso a la apariencia cambiante de los fenómenos naturales; el ser era algo absoluto; la razón, por su parte, al captar este absoluto de un modo pleno, era absoluta también.

Entre estos dos absolutos, el hombre se sintió seguro y creó el dogmatismo metafísico racionalista y absolutista que ha llenado con todas sus consecuencias más de veinte siglos de historia. Y no es que en medio y atravesando este dogmatismo metafísico no existieran otras intuiciones y hasta concepciones filosóficas, es simplemente que han quedado siempre en segundo plano y muchas veces ahogadas o semidesconocidas ante la vigencia de la metafísica del ser y de la razón.

Es en el Renacimiento cuando se siente de nuevo la angustia de los días de Grecia. La situación del hombre ha cambiado; ya no es el sentirse perdido en medio del enigma de los fenómenos naturales, sino que el hombre siente la duda intelectual; duda de aquellas ideas que la cultura escolástica le ha proporcionado y que vienen a ser, como siempre ocurre cuando surgen nuevos acontecimientos, por un lado insuficientes y por otro excesivas y recargadas. Porque no hay que olvidar que las ideas fueron hechas para tomar contacto de la realidad, mas no para nutrirse de ellas como una larva en el capullo.

Y sin embargo esto último sucede en las épocas intelectualistas. Las ideas han dejado de ser para la vida, y la vida, por el contrario, ha llegado a ser para las ideas. Pero en este mismo instante las ideas han perdido su maravillosa realidad de intermediarias, de ventanas comunicadoras, poros por donde la inmensa realidad penetra en la soledad del hombre para poblarla y alimentarla, y se convierten en una pálida imagen de sí misma, en una mistificación de las ideas verdaderas, y así el extremo intelectualismo viene a hacer traición a la verdadera inteligencia en el instante mismo en que se vuelven de espaldas a la realidad.

Esta situación se da por primera vez, quizá en la época del Renacimiento, en que existiendo ya una cultura de varios siglos de elaboración, esta cultura ha hecho crisis. ¿Y por qué, cabe preguntarse, por qué esta crisis? Justamente porque hay historia, es decir, porque el hombre en su ser no puede permanecer allí donde ha llegado, sino que la vida humana es de tal condición que exige que el hombre viva como viajero que no se afinca en parte alguna y que todo lugar sea casi al mismo tiempo de llegada y de partida.

Al haber crisis en la historia, quiere decir que una nueva realidad aparece ante el hombre, y una realidad para el hombre es siempre y en primer término un problema a resolver, algo que le exige ser descifrado y en lo que tiene que desarrollar una actividad. Podríamos decir que una realidad que no pide al hombre una actividad no es una realidad, aunque ya esto supone en cierto modo una metafísica. Pero así es; la característica en Filosofía es que no sea posible atacar un problema aisladamente, sino que cualquiera de ellos hace referencia inmediatamente a la totalidad.

Y ocurre que ante esta nueva realidad, nueva trinchera que el hombre necesita conquistar, las ideas forjadas para anteriores conquistas llegan a ser un obstáculo; ocultan en vez de iluminar. En el Renacimiento, el filósofo Descartes rompe audazmente con estas ideas y hace tabla rasa de todo lo aprendido para encontrar directamente, de modo inmediato, transparente, una verdad original, hallada por él mismo en respuesta a su propio problema. La encuentra en la existencia de la conciencia. El ser ya no es primaria y radicalmente la realidad física, sino la realidad pensante. El centro de gravitación del pensamiento es ya el ser dado en la conciencia humana. El hombre sabe que existe porque lo encuentra en su pensamiento, que es identificado a conciencia.

Un nuevo racionalismo nace, que lleva ya en sí el germen del moderno idealismo alemán, última forma del gran racionalismo que naciendo en Grecia cubre toda la historia del pensamiento europeo. Y es este idealismo quien se pone a la tarea de hacer la crítica de la razón misma en su funcionamiento «puro», es decir, con independencia de la experiencia y, por tanto, acondicionando la experiencia.

Queda en este racionalismo un cierto absolutismo, pudiéramos decir paradójicamente, un relativo absolutismo desde el momento en que se habla de una razón humana in genere, que no se puede confundir en ningún momento con la razón de un hombre concreto, con la razón psicológica. Pero este absolutismo queda ya disminuido en el momento en que Kant genialmente siente la necesidad imperiosa de criticar, de examinar el funcionamiento de la razón. Esta necesidad filosófica es la necesidad concreta de encontrar la validez del conocimiento de la Física moderna de Galileo.

Desde otras posiciones filosóficas se siente la urgencia de volverse hacia el funcionamiento de la razón humana. Locke y Hume escriben ensayos sobre el entendimiento humano. Espinosa, el filósofo del máximo dogmatismo metafísico, escribe su De emmenda-tione intellectus; Leibniz, desde su metafísica sustancialista, siente también este apremio.

Pero la fe en la razón subsiste plenamente y esta misma crítica o examen kantiano de la razón permite después el imperialismo racionalista de Hegel. En él se cierra el círculo de la metafísica de la razón y del ser que hemos visto abrirse en Grecia con Parménides. Razón y ser se identifican totalmente en el pensamiento hegeliano, de tal manera que lo irracional queda plenamente absorbido por lo racional.

Mas interviene en la Filosofía de Hegel un elemento que había quedado eliminado de la metafísica de Parménides: el tiempo. La Filosofía de Hegel incluye esencialmente una Filosofía de la Historia, porque la razón se realiza en la realidad histórica, que se da en el tiempo.

Y así hemos llegado a que solamente en virtud de la misma evolución del pensamiento filosófico actualmente sería tema, y tema central la Filosofía, la meditación sobre la esencia misma de la historia, es decir, que la realidad que hoy tendría ante sí un pensador sería una realidad histórica, humana y temporal. Esa realidad que por ser esencialmente cambiante, puro fluir, había sido eliminada, desde los tiempos en que el pensamiento de Heráclito fue vencido por el de Parménides, del centro mismo del pensar filosófico.

Ortega y Gasset, en su ensayo del año 1924, Ni vitalismo ni racionalismo, analizando la teoría de la razón expuesta de modo clásico por Leibniz, dice: «La razón es una breve zona de claridad analítica que se abre entre dos estratos insondables de irracionalidad». Y esto allí mismo donde el racionalismo ha llegado a su máximo cumplimiento, o sea, en la ciencia matemática y en la Física del Renacimiento, modelo de conocimiento científico. Y éste podría ser el resumen de la crítica de la razón hecha desde el punto de vista de su puro funcionamiento.

Y aquí nos encontraríamos ante la necesidad de una nueva y más compleja crítica del entendimiento o de la razón humana. Y es la necesidad que se presenta con apariencias de imposibilidad de su cumplimiento, de la penetración de la razón en esas zonas insondables de lo irracional. Necesidad que no brota de una ambición de conocer, de una soberbia del entendimiento, sino muy al contrario de circunstancias pavorosas por las que pasa el hombre.

En el instante actual posee el hombre una larga historia racional y una serie inigualada de conocimientos obtenidos por su entendimiento, conocimientos efectivos que le han servido hasta el presente para caminar por la vida. Pero de nuevo nos encontramos con que esta tradición racional y aun racionalista nada vale ante la realidad que hoy acomete al hombre. Nuevamente nos sentimos rodeados de acontecimientos que muestran su carácter de suprema realidad por lo ineludibles y de una realidad que el hombre siente que nada valen para su interpretación, la razón tradicional y clásica de que se le ha venido hablando. Y la situación es tanto más pavorosa por dos razones: una, porque ahora se comprende que ha sido tarea relativamente sencilla la efectuada por la razón en el pasado, porque la razón humana en su estructura parece coincidir con la estructura del mundo físico-matemático, y hoy es otro mundo, el mundo histórico, el que precisa ser descifrado, y otra razón es que siendo justamente este mundo histórico integrado por acciones humanas, sea el que mayor resistencia ofrezca al conocimiento humano. Esto último nos evidencia una trágica dualidad en el hombre, entre su razón y su ser mismo, es decir, que esa identidad de que nos habla Espinosa cuando dice: «El orden y conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de la realidad», se daría más entre la razón humana y el mundo natural que entre la misma razón humana y el ser humano, que se nos aparece como ininteligible.

Esta trágica divergencia puede dar origen a una actitud místicamente irracionalista, casi a un culto de la irracionalidad, fenómeno del que existen abundantes muestras en el mundo occidental europeo. Actitud que bajo apariencias heroicas oculta una profunda falta de valor y un absoluto descreimiento en el porvenir del hombre y cuya última raíz sería la desesperación.

Pero del largo pasado racionalista nos ha quedado la prueba de que la razón ha podido alcanzar resultados positivos. Se trataría, por tanto, de descubrir un nuevo uso de la razón, más complejo y delicado, que llevara en sí mismo su crítica constante, es decir, que tendría que ir acompañado de la conciencia de la relatividad. El carácter de absoluto atribuido a la razón y atribuido al ser es lo que está realmente en crisis, y la cuestión sería encontrar un relativismo que no cayera en el escepticismo, un relativismo positivo. Quiere decir que la razón humana tiene que asimilarse el movimiento, el fluir mismo de la historia, y aunque parezca poco realizable, adquirir una estructura dinámica en sustitución de la estructura estática que ha mantenido hasta ahora. Acercar, en suma, el entendimiento a la vida, pero a la vida humana en su total integridad, para lo cual es menester una nueva y decisiva reforma del entendimiento humano o de la razón, que ponga a la a la razón a la altura histórica de los tiempos y al hombre en situación de entenderse a sí mismo.

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