Ideología y cultura. Acercamientos

Por: Jeisil Aguilar Santos
Fuente: http://www.monografias.com

La relación teórica entre los conceptos cultura e ideología debe concebirse en dos sentidos, desde la forma en que los estudios culturales tratan el tema de la ideología o en sentido contrario, desde el análisis de cómo los ideólogos conciben el papel de la cultura. En ambos casos existen puntos de contacto que es preciso tener en cuenta en la presente investigación además de que es importante discernir que se trata del análisis de la teoría y no de la praxis y la gestión cultural frecuentes como objeto de estudio en el último siglo.

La ideología como concepto comienza a definirse a partir de 1796 por Destutt de Tracy, como ciencia que estudia las ideas, su carácter, origen y las leyes que las rigen. Tiene antecedentes directos en las concepciones filosóficas sobre lo ideal, la idealidad y las ideas. Concebidas estas últimas por Platón como universales teóricas existentes independientemente de la voluntad humana individual y por tanto con carácter objetivo.

La visión de los primeros estudiosos de la ideología es “psicologista”, relativa a la forma en que el hombre interioriza factores externos y los complementa con un yo interior. En el marco de empirismo (Locke, Berkeley, Hume) lo ideal refiere a la psiquis y ocurre en el marco limitado de la mente humana. Esta es una visión que no contempla el carácter ideal de muchos objetos que existen fuera de la cabeza del hombre y que por su carácter esencialmente simbólico han de entenderse también desde el estudio de lo ideal. Tal es el caso de la obra artística que aun cuando se afilie al realismo como estilo, no es más que una representación de la realidad y como tal no es la propia realidad sino un espejo de esta que pretende recrearla.

Estas limitaciones son superadas por una interpretación más abarcadora y contextual de este proceso que se enfoca en la influencia de la vida social, en la conformación de las ideas de los hombres, ya no como individuos aislados sino como seres sociales.

En la filosofía clásica alemana el escenario en que las ideas se conjugan y definen, antes ocupado por la psiquis, pasa a ser tomado por la conciencia social o conciencia colectiva, que se conforma históricamente como razón colectiva. Esta pasa a ser la fuente de toda representación ideal y como tal la medida para que por ella se rija la moral y la ética de los hombres. Esta es una idea expresada en la obra hegeliana, a partir de la definición de la relación entre lo ideal y lo material.

Según la percepción de Hegel lo ideal no puede comprenderse como la sumatoria de las psiquis individuales o del alma singular[1]sino como una realidad que trasciende la propia existencia de las almas individuales. Esto a lo que Hegel llama idealidad en general o lo espiritual es el basamento para la teoría marxista al respecto de la conciencia social y el ser social.

Para la teoría marxista existe una relación estrecha entre la conciencia individual y la conciencia colectiva, y radica en que la primera no es innata, se conforma a partir de la educación y la cultura, por tanto a partir de lo que el hombre hereda en su contacto con la conciencia colectiva. Esta no es concebida por sus receptores como lo ideal sino como real e incuestionable, natural y como tal es asumida, pasando por el prisma de la individualidad. En este sentido se suman concepciones al respecto de la influencia determinante que tienen en esta relación la conciencia de clases y la circunstancia económica en la que se desarrolla esta conciencia individual y esa producción espiritual.

Según el filósofo ruso Edward Vasílievich Iliénkov lo ideal sólo existe en el movimiento que conduce al encuentro mutuo de dos “metamorfosis” opuestas, en la transformación mutua, dialécticamente contradictoria, de la forma de la actividad y de la forma de la cosa[2]Cualquier percepción subjetiva es ideal, puesto que es la representación de una realidad en una idea determinada, que en un principio se comportaría como simple representación-reflejo para adquirir, inmediatamente, un significado mediado por determinantes culturales propias de toda representación.

El hombre se apropia del plano “ideal” de su actividad vital única y exclusivamente en el curso de su familiarización con las formas en desarrollo histórico de la actividad social, solamente de conjunto con el plano social de existencia, con la cultura. La “idealidad” no es otra cosa que un aspecto de la cultura, una dimensión (determinación, propiedad) suya. En relación con la psiquis (con la actividad psíquica del cerebro, “lo ideal” es una realidad tan objetiva como las montañas y los árboles, como la luna y el cielo estrellado, como los procesos metabólicos, en el propio cuerpo orgánico del individuo.[3]

La diferencia entre idealidad e ideología radica en que la primera se encarga de la subjetivización de la realidad, de la construcción de lo sígnico en simbólico, mientras la segunda se encarga de los mecanismos de reproducción de esta subjetividad y de su transformación en valores legitimados a nivel social. La ideología participa de la arquitectura simbólica de la realidad en relación a un ideal social construido y legitimado, que rige la moralidad, la ética, la política, de manera que los seres humanos, seres sociales, participan siempre de cierta idealidad y de determinada idealidad convertida en ideología.

La producción de sentidos no solo orienta los esquemas de percepción individuales existentes de antemano, también los construye mediante el discurso, produciendo al mismo tiempo aquello que expresa. Nombrar determinado fenómeno o cosa es poseerlo, ahí radica la fuerza ideológica del lenguaje, que es todavía mayor cuando se constituye en discurso articulado, estructurado desde su inicio con un objetivo específico.

La ideología debe entenderse en su relación directa con la producción y reproducción del ideal social, en su función de formar la subjetividad humana correspondiente a los esquemas ideales establecidos socialmente por grupos determinados. Posee un carácter excluyente, establecido por su origen clasista, dimensionado en dos relaciones: la oposición nosotros-ellos y la oposición caos-cosmos, que pretende, asimismo, la conversión, legitima o no, de los valores particulares de la clase que la sustenta en valores universales válidos para el resto de la sociedad, estableciéndose, consecuentemente, como determinante de la producción espiritual y por tanto cultural. La ideología posee un papel preciso en la dirección de toda actividad humana, a partir de su carácter impulsor en la producción y reproducción social; es a través de ella que el hombre no solo reproduce su circunstancia social, sino lo que él mismo es ante sí y ante la sociedad.

La manifestación de las ideologías solo puede entenderse en relación a la circunstancia social en la que surgen. De ahí que exista una relación de aparente carácter superficial o simple entre la ideología, la política y la cultura, específicamente con la producción intelectual. Pero esta relación aparente no es simple, es bastante compleja y rebasa la teoría atendiendo a las particularidades de su propio contexto.

La praxis sociocultural humana es precedida por el cúmulo de conocimientos, principios y normas, ideales, valores en los cuales el hombre concreto se educa, y asimila, para poder integrarse a la sociedad humanamente, como sujeto activo. La función de la ideología es formar esa subjetividad humana en correspondencia con esos esquemas ideales que norman o deben normar el comportamiento socialmente significativo de grupos, clases y comunidades históricas de hombres. Su desti es sujetar a los individuos a un ideal social —realizado, realizable, irrealizable o por realizarse y capacitarlos para la acción conducente a su afirmación como un valor absoluto.[4]

Los estudios culturales son mucho más tardíos que los estudios sobre la ideología. Los padres fundadores Richard Hoggart, Raymond Williams y Edward Thompson, poseían una definición humanista y tradicional de cultura. Se referían a esta como espíritu popular, pero la definición de cultura ha cambiado mucho y la forma en que se ha estudiado también.

Ahora bien, toda cultura manifiesta carácter ideológico y necesariamente toda ideología es parte de una cultura y puede proyectarse a partir de la producción y consumo del arte. Esto no ocurre, por supuesto, de forma mecánica, las formas de conciencia y las manifestaciones del pensamiento no son simples espejos de las relaciones y los modos de producción social. Es por ello que es importante aclarar que la cultura artística no refleja la realidad, la re-crea, contemplando en ella, no necesariamente a primera vista, toda la subjetividad y toda la ideología del que la produce primero, del que la interpreta luego.

La manera de reflexionar entorno a la cultura está vinculada estrechamente a las tradiciones nacionales y a los intereses sociales y de clase. Los estudiosos del tema han tratado por mucho tiempo de establecer como contribuciones universales, cuestiones y saberes nacionales. Las Cultural Studies aparecen como un paradigma y un planteamiento teórico coherente a partir del siglo XIX. Es entonces que se instaura una consideración, en los estudios culturales, más abarcadora de la cultura que supera el vínculo estrecho de esta a los intereses nacionales hacia una visión de la cultura de los grupos sociales. En esta percepción, la connotación política de la cultura radica en la posible repercusión de los distintos grupos sociales y clases, en la aceptación, contribución o resistencia ante las relaciones de poder establecidas. En esta relación la hegemonía cultural tiene un papel fundamental.

Según Gramsci, el poder real de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad no está en el dominio de los aparatos represivos del Estado sino en el poder cultural y la manipulación que por consiguiente puede emplear sobre el proletariado, es decir en la “hegemonía” cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas. Esta se logra a partir del control y re-dirección, en el caso necesario, del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. Todos sistemas, instituciones y medios a través de los cuales se configura la educación de los dominados para que estos no cuestionen su sometimiento, pero sobre todo, para que comprendan (acepten) la ventaja de los que están en el poder (social, cultural, político) como natural incuestionable. De esta forma, en nombre de un proyecto nacional se genera en el pueblo el sentimiento de pertenencia; construido a partir de la narración de un pasado, la descripción de un enemigo externo, la articulación de metas y futuro común (“destino nacional”), etc. Se conforma así, según Gramsci, un “bloque hegemónico” que amalgama a todas las clases sociales en torno a un proyecto burgués.

La ideología es la categoría analítica más traída a colación en los estudios culturales en los años setenta del siglo XX, entendida esta en su relación con el poder en todas sus formas. Louis Althusser es uno de los investigadores que más aporta durante esta etapa en la comprensión del papel de la ideología en la cultura y en una concepción amplia de esta última. La propuesta de Althusser versa alrededor de la forma en que determinados factores sociales, llamados por él instituciones sociales: la familia, la escuela, la iglesia, el arte, se convierten en aparatos ideológicos de estado, devenidos en instrumentos para que el poder político se legitime. Esta es una relación que no se da en un solo sentido, la cultura no solo permite la legitimación del poder político sino que promueve además el proceso de resistencia a este. Es en este sentido entonces que existe una disputa en el escenario de la cultura al respecto de la dominación y hegemonía sobre todo lo simbólico y sobre el poder de determinar sus significados. En este sentido primero el lenguaje, con su forma artística más cercana: la literatura y más adelante los medios, pasan a jugar un papel primordial en la legitimación ideológica y en la praxis política que la acompaña.

De la misma forma la ideología modifica y representa las relaciones clasistas, las establece como naturales retirándoles todo contenido evidentemente político o ideológico, haciéndolas parecer cuestión de naturaleza, cuestión de moral o cuestión de cultura. El capitalismo ha dotado a la clase media de limitaciones insuperables, puesto que son concebidas como limitaciones culturales (los inmigrantes), raciales (los afro-descendientes), religiosas (los musulmanes); todas por separado y en conjunto conforman un muro impenetrable entre la clase media y la alta burguesía capitalista, esta diferencia es complementada con el mito, tan cultural como ideológico, de que aquel que no avance en la sociedad capitalista lo hace bajo su propia incapacidad ante un sistema lleno de oportunidades y cuando se encuentra a solo un paso del prometido ascenso. El sistema permite la asimilación de un ideal como figura social inalcanzable para la clase media, que es además la que se encuentra en bombardeo cultural mediático constante, la mayoría de las veces, y para bien del sistema, sin juicios de valor correctamente guiados.

En su carácter clasista, la ideología es parte de la conciencia social que permite la articulación y cumplimiento de las normas sociales planteadas por las clases ante la sociedad. De esta forma las ideologías pueden convivir en la misma sociedad aun cuando la que posee la hegemonía haga cumplir a través de la praxis política y cultural, aquello que ella ha determinado como adecuado según sus intereses. Este cumplimiento a veces acontece a través de la violencia, aunque la mayoría de las ocasiones sucede en forma de manipulación en la que la cultura es primordial.

La ideología es poder, es el poder de configurar el universo mental de los hombres y mujeres, modelar sus esquemas de pensamiento, organizar su actividad psíquica con arreglo a determinados fines, establecer los límites de la experiencia e, incluso, de la percepción, conferir sentido a las nociones del bien y el mal, lo bello y lo feo, lo legal y lo ilegal, lo profano y lo sagrado, es el poder de consagrar la hegemonía de una clase o grupo social sobre los restantes, de manera tal que la realidad de esta hegemonía resulte incontestable, sea dada por sentada (repárese en esto: sea dada por sentada) para la conciencia[5]

La cultura, entonces, participa de la reproducción del ideal social, puesto que no es sino un conjunto de símbolos y significados codificados en una lengua, costumbres y formas de expresión específicas y el conjunto de recursos necesarios para la interpretación de estos códigos. Muchas investigaciones se han encargado de dilucidar esta relación, no solo con propósitos académicos sino como parte de la praxis política que abarca una visión instrumental de la cultura, que cada vez es más común en la sociedad contemporánea.

La forma específica en que se da la cultura como proceso, es la de asimilación progresiva de la experiencia atesorada de generación en generación, no de forma mecánica y acumulativa, sino por vía de la praxis creadora del propio hombre. En este proceso de construcción de la memoria colectiva, la codificación de los elementos a heredar posee mucha importancia, al igual que los procesos de socialización en los que estos códigos se crean, interpretan, re-funcionalizan en algunos casos.

La concepción materialista de la historia-dice Zardoya- comienza allí donde la vida social, en toda la diversidad de sus formas de existencia, se identifica con la producción, con el proceso por el cual el hombre, inserto en un sistema concreto de relaciones sociales, produce y reproduce sus propias condiciones de vida, sus nexos sociales, las formas históricas de organización de la actividad humana, su propia Humanidad. Es por lo anterior que el marxismo encuentra la práctica social como el elemento fundamental a través del cual el hombre toma posesión de aquello que la sociedad le hereda en forma de cultura, pero que rebasa la cultura artística, lo tradicional, los hábitos sociales o la moralidad.

Es en el marco de una cultura que se organiza socialmente la estructura productiva de una sociedad; de este modo, la cultura (tanto material como espiritual) expresa la estructura profunda de organización económica de la sociedad —dicho de otro modo, la cultura es una función especial de esa estructura—; a través de la cultura se interpreta y acepta (o no) el modo de producción de una sociedad. Por eso mismo, a través de la cultura se interpretan y aceptan (o no) las necesidades de seguridad —colectivas, clasistas, sociogrupales, individuales— de una sociedad; de este modo, los sistemas de represión estatal y de organización judicial, se expresan, se consolidan y se difunden socialmente sobre todo a través de la cultura. Así pues, además de las relaciones productivas y, en general, del factor económico como elemento fundamental, la cultura constituye un poderoso mecanismo, espiritual y material, de socialización, es decir, de estructuración, consolidación y desarrollo de la sociedad, por cuanto la cultura no es meramente un resultado o producto, sino una actividad humana de carácter a la vez colectivo e individual[6]

Las funciones de la cultura son muchas pero una de las más importantes es la función reguladora, que tiene que ver con la forma en que esta determina, codifica y trasmite lo socialmente correcto o lo indebido. Esto solo funciona porque “la cultura espiritual constituye un complejo conjunto de aspectos que conforman el acervo cognitivo e ideológico de una sociedad”[7] y en consecuencia este acervo participa en la construcción de los ideales individuales y colectivos. Además la cultura ofrece un sistema de organización social a partir incluso de su propia determinación en cultura de elite (coincidente generalmente con el poder ideológico) y cultura popular (perteneciente a las clases medias y bajas de la sociedad). Esta es una realidad que ha impulsado la creencia, muchas veces, de que el ascenso social puede hacerse por medio del ascenso cultural, solo que en este caso se concibe lo cultural de una manera estrecha, en vinculación con la propiedad sobre obras de arte, en relación con la participación en la industria cultural o la posibilidad de pertenecer a determinados espacios culturales.

Cierto es que la cultura, el dominio sobre ella, determina el status social que se posee, permite la expresión de este status y su consolidación. En épocas de revolución, como es el caso de enero del 59 en Cuba, la lucha por el escenario de la cultura significa la lucha por el dominio ideológico y por tanto político, es por ello que la intelectualidad juega un papel primordial en la legitimación de determinado pensamiento y estado de cosas.

La ideología no es un discurso por sí misma, es en sí un nivel de significación expresado, no siempre explícitamente en los diferentes discursos y por lo tanto, es condición de la cultura. No es una simple concepción o el prisma a partir del que se vislumbran los matices e interpreta la sociedad en la que se vive; es el nivel de significación que se otorga a los acontecimientos de la vida social, con los mitos, ritos, fetiches y con el consecuente efecto político que estas significaciones aportan como herramientas de legitimación y reproducción de dicho mundo social en su condición de excluyente y desigual; construyendo o legitimando las relaciones de clase que devienen, inevitablemente, en prácticas que los simbólico y las significaciones legitiman, presuponen e impulsan de forma sistemática.

La cultura es el marco objetivo de referencia en la sociedad, no es homogéneo pues está enmarcado en la sociedad de clases y determinado hegemónicamente. Es sin dudas, instrumento de dominación ideológica y por ende política.

En cuanto elaboración sistemática de las experiencias, necesidades y aspiraciones de las distintas clases sociales “no habitan simplemente en la cultura, sino que intervienen activamente en la selección, jerarquización y estructuración de sus componentes”. O, dicho de otro modo, la cultura, entendida en su sentido más general y abstracto de marco objetivo de referencias, constituye la condición dada que encuentran las ideologías para su cimentación y desarrollo, al mismo tiempo que las ideologías son la condición dada que requiere una cultura para existir y proyectarse en forma concreta. De manera que, en la práctica, los elementos culturales nunca se encuentran “sueltos”, sino siempre diversamente articulados en el marco de ideologías concretas. E, inversamente, éstas se configuran siempre con base en la apropiación, reelaboración y transformación de elementos culturales ya dados.[8]

Hasta aquí se pueden situar algunas regularidades de la relación ideología y cultura. Primero es importante entender que los estudios sobre ambos conceptos son diversos y no siempre se puede encontrar una línea de análisis coherente que los relacione. En segundo lugar que lo cultural como proceso de acumulación conserva las huellas de sus condiciones históricas de producción y de las relaciones de clase que así lo permiten; y por último que el papel articulador de las ideologías al interior de la cultura, radica en la selección, orientación y naturalización de los elementos existentes.

Ahora bien, entendida la relación entre la cultura en general y la ideología, cabe preguntarse ¿qué papel juega el discurso en esta relación?

El discurso es concebido, de acuerdo a las diversas ciencias que lo estudian, como forma de lenguaje (la lingüística), evento comunicativo (la antropología), sistema social de pensamiento o ideas (la filosofía). A la práctica discursiva y su concreción el discurso, anteceden y acompañan procedimientos específicos[9]encargados de la reproducción de determinado estado de relaciones: la ideología.

En este paso de lo “abstracto” de la(s) ideología(s) a lo “concreto” del discurso median una serie de hechos importantes. En primer lugar, la regularidad más o menos estructural de las ideologías (que como tales remiten a las estructuras y los procesos sociales) y el carácter más o menos coyuntural de los discursos (aunque unos — los políticos— son más “coyunturales” que otros — el literario o el filosófico) Carácter más o menos coyuntural que los coloca “más cerca” de las prácticas y contradicciones concretas del proceso histórico por ellos aprehendidas, y que implica la movilización de elementos referenciales, cuya presencia en el interior del discurso puede llegar incluso a cuestionar la propia matriz ideológica que le subyace. Y carácter coyuntural que, por otra parte, instaura una dimensión “pragmática” que involucra la presencia más o menos explícita de un debate y una toma de posición frente a las contra- dicciones de lo real y con respecto a la “coyuntura” conceptual de la cual parte necesariamente todo discurso (inscripción concreta en formaciones ideológicas y discursivas precisas).[10]

Cabe concebir entonces que es, en la práctica discursiva, donde se expresa con mayor claridad el debate ideológico. Esto sucede no solo en el orden del discurso político explícito, sino, incluso con más fuerza en el discurso literario, puesto que en su afán por no ser evidentemente tendencioso, admite toda suerte de correlatos ideológicos. Es por lo anterior que la semiótica supone lo ideológico como un sub-código del lenguaje[11]y en consecuencia no existen formas “vacías de significado” en el discurso. Este existe siempre en debate con otros discursos y con la realidad social que re-crea, niega, re-formula; siendo el puente entre las relaciones sociales y culturales y la ideología que las justifica.

La significación de los elementos culturales movilizados en el interior de un discurso concreto resulta de la forma de articulación en el interior de éste (según las estrategias discursivas que se utilicen); de la posible intertextualidad con respecto al resto de los discursos; de la declaración ideológica que se realice en el texto discursivo y de la relación con el contexto ideológico en que se pronuncie. Al respecto de este último aspecto es importante aclarar que ningún discurso aislado da pie para un análisis ideológico, ya que la ideología o las ideologías que le subyacen no se deducen de su organización semántico-formal[12]Es decir, una misma circunstancia ideológica e incluso política puede suscitar diversos “corpus” discursivos contrarios entre sí, puesto que como se ha dicho antes no son espejos que reflejan determinada realidad sino sistemas de ideas que re-crean singular sistema de relaciones, con sus matices y contradicciones. A la vez, el análisis ideológico del discurso literario debe contemplar elementos que desbordan el texto en sus características lingüísticas e incluso semánticas.

Es en este sentido que Rubén Zardoya plantea que “…cada forma de pensamiento adquiere una relativa independencia con respecto a las restantes formas sociales, se agencia de cierta autonomía, se contrapone a aquellas y resulta capaz de las más imprevisibles metamorfosis que las hacen, con frecuencia, avanzar por cauces opuestos a la vía magistral del movimiento integral de la sociedad en una época histórica determinada, y a la lógica objetiva y necesaria de su desarrollo”.[13]

Entonces, por un lado, la cultura es la principal encargada de elaborar y re-producir las identidades individuales y colectivas, identidades que no escapan a la ideología del grupo que las enarbola y, por otro lado, esta ideología tiende a enmascarase en formas culturales, generalmente artísticas, asequibles a grupos diversos, formas que permiten la transmisión soslayada de sus principios.

Analizar la connotación y los contenidos ideológicos en determinada manifestación cultural, sea artística o no, parte del cuestionamiento al respecto de cuál es la propuesta que formulan los sistemas de ideales y las representaciones específicas de estos, en relación al status quo. Y en consecuencia: ¿es la relación propuesta una relación de aceptación o de resistencia?; finalmente ¿Cuáles son los símbolos que favorecen la conformación de esa concepción?

La forma en que el discurso literario re-crea y legitima cierta ideología está determinada por las características de esa ideología en específico, porque los caminos que esta encuentra para discursar, las metáforas que utiliza, los símbolos, las estrategias discursivas, son diversas de acuerdo a las dinámicas internas y las relaciones que se gestan en el ámbito social e ideológico. Pero en todos los casos entender el papel que la cultura posee en esta relación y los impactos de la misma y hacia la misma por lo ideológico, resulta harto importante.

Autor:

Jeisil Aguilar Santos

[1] Ver: EvaldIliénkov: “La dialéctica de lo ideal”.
[2] Ver: EvaldIliénkov: “La dialéctica de lo ideal”.
[3] Ver: EvaldIliénkov: “La dialéctica de lo ideal”.
[4] Ver: Evald Iliénkov: “La dialéctica de lo ideal”.
[5] Rubén Zardoya. “Idealidad, ideales, ideología”, en Contracorriente, N° 5, 1996.
[6] Luis Álvarez Álvarez “Reflexión sobre la cultura”. Circunvalar el arte. La investigación cualitativa sobre la cultura y el arte. Editorial Oriente.
[7] Luis Álvarez Álvarez “Reflexión sobre la cultura”. Circunvalar el arte. La investigación cualitativa sobre la cultura y el arte. Editorial Oriente.
[8] Françoise Perus, Cultura, ideología, formaciones ideológicas y practicas discursivas
[9] Michel Foucault, El orden del discurso
[10] Françoise Perus, Cultura, ideología, formaciones ideológicas y practicas discursivas
[11] Umberto Eco, Tratado de semiótica general.

[12] Françoise Perus, Cultura, ideología, formaciones ideológicas y practicas discursivas
[13] Rubén Zardoya. “La producción espiritual en el sistema de la producción. Libro de texto de Filosofía y Sociedad. Inédito.

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