Nietzsche y Lou Von Salomé: Un amor imposible (I y II)

Por: Tomás Moreno
Fuente: http://www.filosophia.com (05.04.13)

Presentamos una exquisita y muy interesante entrada sobre el filósofo Friedrich Nietzsche y su relación con la escritora rusa Lou Von Salomé, cuyo tortuoso vínculo habría de marcar hondamente la vida y la obra del genial pensador de Mas allá del bien y del mal, todo amenamente expuesto y relatado por el profesor, catedrático y colaborador habitual de nuestro blog Ancile, Tomás Moreno.

Lou Von Salomé

Mucho se ha escrito sobre la vida sentimental y amorosa de Friedrich Nietzsche, un filósofo -huérfano de padre a los cuatro años de edad- siempre rodeado de mujeres: su abuela, su madre, su hermana, sus tías y sus numerosas amigas que, a lo largo de su vida, lo estimaron y sobreprotegieron, tal vez de manera agobiante y excesiva[1]. Algunos biógrafos insinúan su atracción inconfesada e inconfesable por su propia hermana, la celosísima “Lisbeth” (Elisabeth). Thomas Mann llega a afirmar que Nietzsche estuvo durante toda su vida “prisionero de un amor casi incestuoso por Elisabeth, que está presente en la mayoría de los acontecimientos de su vida”[2].

Richard Wagner

Otros consideran que su verdadero amor oculto fue la esposa de Wagner, Cosima (hija de Liszt), a la que conoció muy joven, en 1869 en Triebschen cerca de Lucerna, donde el gran músico residía. Esa mujer enigmática y atractiva, la Ariadna de de sus últimas y arrebatadas evocaciones, será el ser más altamente valorado y venerado por Nietzsche, de ella no se burla una sola vez en sus escritos, ni sobre ella ironiza nunca[3]. Sólo una vez, al final de su vida consciente, salió a relucir la realidad celosamente ocultada por el filósofo durante decenios: “Ariadna te amo”, escribirá el trágico filósofo, transmutado en Dioniso, en una postal enviada a Cosima desde Turín a principios de enero de 1889, en los umbrales ya de la locura. De su idilio -documentado- con una joven pianista bávara, Matilde Trampedach, discípula de su amigo músico Hugo von Senger, a la que conoció durante un viaje a Ginebra en la primavera de 1876, apenas quedaron huellas profundas en su posterior historia personal y sentimental. La negativa de la joven a casarse con el filósofo fue asumida y comprendida por Nietzsche sin sentirse ofendido por el rechazo; intuía, tal vez, nuestro filósofo el amor de la joven por su profesor von Senger, con quien efectivamente se casaría. Sin embargo, la mayoría de sus biógrafos sostienen que, sin lugar a dudas, fue Lou von Salomé[4], su verdadero amor. Mujer atractiva e inteligente, que enamoró de verdad al solitario y atormentado filósofo de Röcken y que ejerció una intensa fascinación en él, atraído por su sensualidad contenida, su vigoroso intelecto y su fuerte personalidad.

Thomas Mann

Louise (“Lou”) Andreas-Salomé (1861-1937), había nacido en San Petersburgo, en la Rusia de los zares, hija de un general de Estado Mayor y consejero de Estado, perteneciente a la alta sociedad rusa, de formación protestante. Desde su juventud vive en Centroeuropa (Alemania, París, Viena…). De insaciable curiosidad intelectual, dedicada desde la adolescencia al estudio de la teología, la filosofía y la psicología, con apenas veinte años se instala en Zurich, en compañía de su madre, para seguir unos cursos en su Universidad. Alumna brillante y trabajadora infatigable, su salud, algo delicada, se resiente. En busca de un clima más benigno madre e hija deciden trasladarse a Roma a principios de 1882. Durante una reunión, en casa de Malwida von Weisegung, conoce a Paul Rée joven filósofo positivista alemán, amigo de Nietzsche, con el que inicia una profunda amistad y casi idilio. Nietzsche acude a la ciudad eterna -escriben Norma Mastrorilli y Luis Pasamar- invitado por su amigo Paul Rée, y por Malwida von Meysenbug, distinguida feminista alemana y mujer que se codeó con las mejores cabezas de la izquierda revolucionaria del siglo XIX. En su invitación, ambos le han hablado elogiosamente de la joven rusa veinteañera, y Nietzsche arde en deseos de conocerla. La idea de conocer a Lou le llena de júbilo, y durante el viaje que le conduce de Génova a Roma, vía Messina, Nietzsche compone una serie de poemas que rebosan alegría y vital esperanza”[5]. Tras embarcar en el puerto genovés, llega a Messina y allí escribe algunas de sus mejores poesías. En Idilios de Messina descubrimos a un Nietzsche exultante y amoroso. Se demora en llegar a Roma, permanece quince días en Sicilia. En la capital de Italia, Lou aguarda con impaciencia la llegada de Nietzsche, a la par que se va familiarizando, a través de las conversaciones que mantiene con Rée, con la personalidad y el pensamiento del autor de Humano, demasiado humano, libro que había entusiasmado a su amigo Rée. Por otra parte, Malwida también le habla de él y cree que podría ser una colaboradora de indiscutible valor para el filósofo.

Nietzsche, Salomé y Paul Rée

Cuando por fin se conocen en Roma, en la primavera de 1882, se establece de inmediato entre ambos una relación franca y directa. El filósofo de Röcken está rayando en los cuarenta, ha publicado varios libros, ha sido profesor universitario de Basilea (en excedencia por enfermedad), goza de gran prestigio en los medios intelectuales suizos y alemanes, y es un hombre cuidadosamente vestido, de mediana estatura, cabellos castaños peinados hacia atrás, con unos espesos bigotes, pero prematuramente avejentado, enfermo, miope y solitario. Ella es alta, delgada, rubia. Tiene los ojos claros y un rostro de finas facciones que denotan un carácter firme: una muchacha bonita, independiente, con cierto aire andrógino que aumentaba su atractivo. El encuentro tiene lugar a la sombra de la basílica de San Pedro, donde Lou y Rée solían pasear[6]. La escena es evocada así por su primer biógrafo H. F. Peters:

Apareció Nietzsche de improviso. Malwida le había dicho dónde podía encontrar a la pareja. Se fue directamente hacia Lou, le tendió la mano y dijo, haciendo una profunda inclinación: -‘¿Desde qué estrellas hemos venido a encontrarnos aquí?’. Este saludo, en boca de aquel desconocido, de mediana estatura, discretamente vestido, sorprendió no poco a Lou; pero reaccionó rápidamente y respondió que ella, por lo menos, había venido de Zurich. Ambos se echaron a reir y, sin embargo, las palabras de Nietzsche parecieron demasiado solemnes a Lou, incluso en aquel solemne lugar[7].

Años más tarde, en un texto poético y evocador, Lou confiesa que ese primer encuentro con Nietzsche no fue especialmente llamativo, ningún detalle sobresaliente o digno de señalar y que lo que más fascinaba de su persona era algo que constantemente se ocultaba a las miradas, pero que sin embargo sorprendía al primer vistazo: el martirio de una soledad orgullosamente inconfesada:

Aquel varón de estatura media, vestido de manera muy sencilla, pero también muy cuidadosa, con sus rasgos sosegados y el castaño cabello peinado hacia atrás con sencillez, fácilmente podía pasar inadvertido. Las finas y extraordinariamente expresivas líneas de la boca quedaban recubiertas casi del todo por un gran bigote caído hacia delante; tenía una risa suave, un modo quedo de hablar y una cautelosa y pensativa forma de caminar, inclinando un poco los hombros hacia delante; era difícil imaginarse aquella figura en medio de una multitud. Tenía el sello del apartamiento, de la soledad[8].

Y continúa Lou su minucioso retrato señalando que poseía un lenguaje auténticamente delator y que hablaban también sus ojos, con esa no querida impertinencia que aparece en muchos miopes; antes bien, parecían ser guardianes y conservadores de tesoros propios, de mudos secretos, que por ninguna mirada no invitada debían ser rozados. “La deficiente visión daba a sus rasgos un tipo muy especial de encanto, debido a que en lugar de reflejar impresiones cambiantes, externas, reproducían sólo aquello que cruzaba por su interior”. Hasta terminar, fascinada por ese enigmático encanto, diciendo:

Cuando se mostraba como era, en el hechizo de una conversación entre dos que le excitase, entonces podía aparecer y desaparecer en sus ojos una conmovedora luminosidad: mas cuando su estado de ánimo era sombrío, entonces la soledad hablaba en ellos de manera tétrica, casi amenazadora, como si viniera de profundidades inquietantes[9].

Con estas pinceladas, no exentas de cierta sensualidad velada, Lou pergeña la figura y hasta el espíritu y el talante espiritual e intelectual de ese atormentado, indómito, individualista y solitario ser humano que fue Nietzsche[10]. Después de pocos días de conocimiento, Nietzsche estaba tan subyugado por la personalidad de Lou (de veintiún años; algo más de dieciséis años más joven que Nietzsche) que se decidió a una propuesta de matrimonio, tan precipitada y torpemente como lo hiciera seis años antes (el 11 de abril de 1876) en Ginebra con Mathilde Trampedach. Como entonces, Nietzsche volvió ahora a interpretar mal la situación y encomendó a Paul Rée la engorrosa misión de casamentero, rogándole que pidiera la mano de la muchacha en su nombre. La petición de matrimonio a Lou comunicada por mediación de Rée, y enseguida rechazada, fue un desacierto garrafal[11]. Como puede apreciarse por este lastimoso y ridículo episodio, Nietzsche sabía tanto de mujeres como de ornitorrincos. Sin embargo, desde el ingenuo punto de vista de Nietzsche, encomendar el asunto a Rée, era un paso completamente natural. Hacía poco que habían vivido en Génova semanas de amistad cordial, que habían gustado juntos muchas de las intimidades de su filosofar. Nietzsche no tenía entonces ninguna otra persona a quien pudiera recurrir mejor que a Rée. Tenía derecho a creer que honraba al amigo con el encargo y que le demostraba su confianza. En vez de eso, lo puso en el mayor compromiso, puesto que entre Lou y Rée había sucedido algo que Nietzsche no podía notar en absoluto en tan poco tiempo. También Rée había dado el mismo paso en falso, que dio después Nietzsche[12]. En sus Memorias, Lou Salomé escribe en relación con este lamentable affaire:

Por supuesto, Nietzsche pensaba más bien simplificar la situación: hizo de Rée su intercesor para pedirme la mano. Nuestra situación era embarazosa, y buscamos la forma de arreglar las cosas lo mejor posible, sin poner en peligro nuestra Trinidad[13].

Lou se había dado como fin en la vida el ser fiel a sí misma, veraz e independiente, y sobre todo, no tener en cuenta las convenciones de la sociedad. Sin embargo, los sentimientos que experimentaba en presencia de Nietzsche no eran todo lo nítidos y tranquilizadores que ella hubiera deseado, algo había en él que le resultaba molesto y decidió mantenerse en guardia. La joven intelectual rusa quería preservar su amistad con Nietzsche, y a fin de que éste no se sintiera herido, aludió en su negativa al matrimonio a su aversión innata por la vida conyugal, informándole a la vez de que en caso de contraer matrimonio, ella perdería su pensión (que percibía del gobierno ruso, por ser huérfana de general del Estado Mayor ruso) y ambos quedarían sin medios para poder llevar una vida conveniente. Como había ocurrido tiempo atrás con la negativa de Matilde Trampedach, Nietzsche tomó también ahora esta respuesta aparentemente tranquilo, como si se tratara casi de una liberación. Pero su disposición interna hacia Lou habría de sufrir todavía algunos cambios, y se habían despertado fuerzas anímicas del hombre apasionado con las que habría de luchar todavía en firme. Poco tiempo después, restablecida la salud de la joven, madre e hija deciden abandonar Roma y regresar a Rusia a través de Suiza y Alemania, acompañadas de Rée. Nietzsche les propuso encontrarse en el Lago de Orta uno de los más hermosos del norte de Italia. Esperaba tener la ocasión de hablar a solas con Lou. A primeros de mayo, los cuatro se encontraban en el pueblecito de Orta a orillas del lago del mismo nombre, frente a la isla de San Giulio y junto a la colina de Montesacro. Tras una excursión por el lago, al volver a Orta, cautivados por la magia del lugar, Nietzsche y Lou decidieron continuar su excursión por la colina de Montesacro. Frau Von Salomé y Rée pretextaron cansancio y dijeron que los esperarían en la orilla.

Sigmund Freud

Nadie sabe lo que ocurrió entre Lou y Nietzsche durante aquel paseo, no hubo testigos. Pero algo debió suceder: lo que iba a ser una escapada de apenas una hora se prolongó mucho más tiempo, lo que motivó el enfado de la madre y el disgusto y los celos de Paul Rée. Al regreso, Nietzsche se encontraba en un estado de viva excitación, lo que extrañó a Frau Von Salomé y enojó a Rée. En los últimos años de su vida Lou respondería a una indiscreta pregunta de su amigo Ernst Pfeiffer: “¿Si besé a Nietzsche en Montesacro? Ya no lo sé”. Sabemos que el episodio conmovió profundamente el estado de ánimo de Nietzsche. En las cartas llenas de dolor, que escribió a Lou tras su ruptura y en los enmarañados borradores que se han encontrado en sus libretas de notas, surge una y otra vez la misma frase: “La Lou de Orta era otra persona”[14]. Pocos días después, el pequeño grupo se separó. Lou, su madre y Rée se dirigieron a Lucerna, mientras Nietzsche iba a Basilea, para hacer una visita a los Overbeck. Pasó cinco días con ellos, tras lo cuales llegó a Lucerna, donde Lou y Rée le esperaban con una cierta inquietud ya que el episodio de Montesacro podía haber alimentado en Nietzsche expectativas y planes en el terreno sentimental no previstas ni deseadas por sus dos amigos. El 13 de mayo el encuentro con Lou en Lucerna, el lugar fijado por Nietzsche para la cita era la estatua del León, situada cerca del célebre Gletschergarten, y esta vez directamente, sin mediaciones de terceros, tuvo lugar la segunda demanda de matrimonio a Lou y de nuevo hubo otra negativa. Lou le dejó hablar y con la misma solemnidad respondió que no tenía intenciones de casarse, pues quería permanecer libre, mantener su independencia tanto personal como intelectual.
Tomás Moreno

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[1] Entre ellas merecen citarse: Marie Baumgartner, Louise Ott, Ida Overbeck, Malwida von Meysengung, Meta von Salis o Resa von Schirnhofer etc., mujeres distinguidas y cultas y algunas de ellas autenticas pioneras del movimiento feminista en Alemania. Un fino y penetrante análisis psicológico sobre Nietzsche y su relación con las mujeres: Ben-Ami Scharfstein, Los Filósofos y sus vidas. Para una historia psicológica de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1984, pp. 300-313. [2] Thomas Mann, Shopenhauer, Nietzsche, Freud, edit. Plaza y Janés, Barcelona, 1984, p. 115. Sobre la obsesivamente celosa relación de Nietzsche con su hermana -por parte de ella- hablan la mayoría de sus biógrafos, Janz, Frenzel etc. Existe al respecto un apócrifo Mi hermana y yo, (My sister and I, traducción al inglés de Oscar Levy, New York, 1951) que desarrolla este aspecto. [3] Solamente Goethe y Beethoven gozaron de semejante privilegio por parte del filósofo. [4] Fue una de las mujeres más brillantes y conocidas en la Europa intelectual de finales del siglo XIX y principios del XX, autora de más de veinte libros y de centenares de artículos. Escribió novelas, cuentos, relatos, ensayos, biografías y memorias, que le aseguraban un puesto destacado en la literatura y el pensamiento alemanes de su época. Una de las primeras seguidoras del Psicoanálisis, llegó a ser discípula y amiga de Freud -quien la describiría como “una mujer de una inteligencia temible”- su correspondencia testimonia su conocimiento, trato y amistad con las mentes más privilegiadas de su época, desde Rilke y Víctor Tausk, amantes sucesivos, hasta amigos y admiradores como Gerhart Hauptmann, Karl Kraus, Richard Wagner, Turgueniev, Tolstoi, Wedekind, o Jung. Y aunque sus novelas o relatos, enfocadas hacia la emancipación de la mujer (La casa, Ruth o Fenitschka. Una divagación, obras de 1898, vid. Icaria editorial, Barcelona, 1986), han envejecido peor que su aura personal, permanece su labor como crítica literaria y ensayista, en contacto constante con las vanguardias europeas. Sobre su vida intelectual véanse: H. F. Peters Mi hermana, mi esposa Barcelona 1969; Françoise Giroud, Lou. La historia de una mujer libre, Barcelona, Paidós, 2004 y Stéphan Michaud, Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida, trad. de María Pons Irazábal, Crítica, Barcelona, 2001. La más reciente biografía es la de Úrsula Welsch, Dorothee Pfeiffer, Lou Andreas-Salomé, PUV, Valencia, 2008. [5] El encuentro está magníficamente descrito en el ensayo biográfico de Norma Mastrorilli y Luis Pasamar, Lou: de Nietzsche a Freud, El Viejo Topo, nº 27, Diciembre, 1978. [6] Paul Rée solía leer y escribir en un apartado confesionario de la basílica que había habilitado como tranquilo lugar habitual de trabajo. [7] Para las relaciones sentimentales Nietzsche-Lou Salomé véanse: H. F. Peters Mi hermana, mi esposa, op. cit. ; Norma Mastrorilli y Luis Pasamar sobre Lou: de Nietzsche a Freud, op. cit. y Manuel Cruz Amo, luego existo. Los filósofos y el amor, Premio Espasa Ensayo, Madrid, 2010 pp. 93-120. Para sus relaciones intelectuales con Nietzsche: Lou Andreas-Salomé, Nietzsche en sus obras (Viena, 1894), trad. de Luis Pasamar, Edit. Zero, Madrid, 1979. Véanse también: Correspondencia, introducción, selección, traducción y notas de Felipe González Vicen, Madrid, Aguilar, 1989 y Epistolario inédito, traducción de Luis López-Ballesteros, Madrid, Biblioteca Nueva, 1932, 2ª edición. Más reciente: Friedrich Nietzsche. Correspondencia, Trotta, Madrid, 2009. [8] Lou Andreas-Salomé, Mirada retrospectiva: compendio de algunos recuerdos de la vida, Alianza, Madrid, 1980. [9] Ibidem. [10] Cfr. Norma Mastrorilli y Luis Pasamar, Lou Andreas Salomé, op. cit. [11] Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche 3. Los diez años del filósofo errante, Madrid, Alianza, 1985, p. 99. [12] Íbidem, p. 100. Lou Salomé informa así de la declaración de Rée: “Ya esa misma noche (la del primer encuentro con Rée), como diariamente sucedería a partir de entonces, nuestras apasionadas conversaciones sólo acababan en el camino a casa, por rodeos… Estos paseos por las calles de Roma, bajo la luz de la luna y las estrellas, nos acercaron pronto tanto que comenzó a desarrollarse en mí un plan maravilloso sobre el modo como podríamos consolidar nuestras relaciones… Paul Rée se comportó primero de modo totalmente equivocado al someter a mi madre, para mi pesar y enfado, un plan totalmente diferente –un plan matrimonial-, que dificultó hasta el infinito su consentimiento en el mío. Tuve primero que hacerle plausible a él mismo hacia dónde me dirigían la vida amorosa concertada ya para toda mi existencia y mi ansia de libertad totalmente desatada.” (Cfr. también Lou Andreas-Salomé, Mirada retrospectiva: compendio de algunos recuerdos de la vida, Alianza, Madrid, 1980) [13] Texto citado en Norma Mastrorilli y Luis Pasamar, Lou Andreas Salomé, op. cit.. [14] H. F. Peters, Mi hermana, mi esposa, op. cit., p. 96

NIETZSCHE Y LOU VON SALOMÉ: UN AMOR IMPOSIBLE (II)

Segunda y última entrada sobre el filósofo Nietzsche y la escritora Lou Von Salomé, en su singular y tortuosa relación personal, por el profesor y catedrático de filosofía Tomás Moreno, para la sección de Microensayos del blog Ancile.

NIETZSCHE Y LOU VON SALOMÉ: UN AMOR IMPOSIBLE (II)

La tensa situación que se había planteado entre los tres amigos pronto se solventó, retomando la original propuesta de “vida en común” que había propiciado el encuentro entre ellos y que era un proyecto tan caro a Lou. Debían seguir siendo amigos, formando esa especie de “trinidad” de estudio en común que tanto anhelaba. Su proyecto -su “plan maravilloso”- consistía en formar una especie de “comunidad platónica” compuesta por ella y los dos “patosos” filósofos y “pretendientes”, de índole totalmente espiritual e intelectual: “Lo que más inmediatamente me convenció de que mi plan, afrentoso para las costumbres sociales entonces vigentes, podría llevarse a cabo, fue, primero, un simple sueño nocturno”, escribe Lou. Y añade: “Ví un agradable gabinete de trabajo, lleno de libros y flores, flanqueado por dos dormitorios, con camaradas de trabajo yendo y viniendo a nuestra casa, unidos en un círculo alegre y serio”. Para concluir finalmente: “Lo inesperado sucedió cuando Nietzsche, apenas hubo tenido noticias del plan de Paul Rée y mío, se adhirió a él como el tercero. Incluso se fijó pronto el lugar de nuestro futuro trío: habría de ser… París, donde Nietzsche quería oír a ciertos colegas”[1]. En efecto, pese al dolor del rechazo, Nietzsche acogió con entusiasmo aquel proyecto de vida y estudio en común ofrecido por Lou, tal vez por pensar que sería mejor compartirla con otro, que perderla del todo. Siempre ocurrente y extravagante, el zaherido pretendiente, para dejar constancia de ese proyecto de “trinidad”, sugirió celebrarlo con una fotografía de los tres amigos juntos. Este fue el motivo de la famosa fotografía, realizada en el estudio Jules Bonnet -uno de los fotógrafos más prestigiosos de Suiza- en la que Lou aparece montada sobre una carreta, fusta en mano, Rée y Nietzsche enganchados a los varales tirando del vehículo (una imagen sadomasoquista muy lograda): Al mismo tiempo Nietzsche -escribirá más tarde Lou- gestionó también la fotografía de nosotros tres, a pesar de la fuerte oposición de Paul Rée, que durante toda su vida conservó una repugnancia enfermiza ante la reproducción de su cara. Nietzsche con el ánimo exaltado, no sólo se empeñó en ello, sino que se preocupó personalmente de todos los detalles –como del pequeño (¡resultó demasiado pequeño!) carromato, incluso de la cursilería de la rama de saúco en la fusta, etc.[2]. Así pues, Nietzsche fue el responsable, como regisseur, de la idea de la fotografía. En realidad era Lou la que intentaba uncir a los dos hombres a su carreta, y ambos filósofos se sometieron.

Lou Von Salomé

Nietzsche volvió a acomodarse, en principio, a una relación de simple camaradería. Se esbozó rápidamente un plan para la comunidad soñada por Lou, en el cual fue incluida, sin más, la madre de ella como “carabina”, a lo que se prestó de buena voluntad, aunque nada más fuera para estar “al lado” de su hija. Formaron, en efecto, la “santa trinidad”, una en verdad extraña unión afectivo-amistosa-intelectual. Pero, como era de esperar, esa comunidad-cenáculo tendría corta existencia, a causa de los celos de Rée al acoso obsesivo de Nietzsche hacia Lou y la persistente negativa de ésta a casarse con él. A partir de entonces casi siempre hubo dos hombres en su vida: el triángulo parece que fue la constante en el ideal amoroso de esta mujer. Durante unos pocos meses, Nietzsche esperará convencer a Lou. A través de la correspondencia de aquella feliz primavera de 1882, Nietzsche no logra ocultar, como trata de hacerlo en carta a su hermana, su exultante estado de ánimo. Es un hombre jovial, lleno de optimismo y que se encuentra en perfecto estado de salud, situación ésta más bien poco frecuente en él, siempre aquejado por fuertes dolores de cabeza o por alguna otra dolencia. En Lucerna se separaron. Nietzsche volvió a Basilea desde donde debía seguir viaje hasta Naumburg para ver a su familia. Rée acompañó a las señoras Von Salomé a Zurich, dirigiéndose después a su casa en Stibe, Prusia Oriental. Unas semanas más tarde Lou, acompañada de su hermano Eugen, marchó a Stibe con Paul Rée, donde pasaría los meses de verano. Enterado Nietzsche de la situación, casi seis semanas después de despedir a Lou en la estación de Lucerna, pidió a su hermana que invitara a Lou a pasar unas semanas en Tautenburg, un pueblecito de Turingia donde él pensaba veranear, esperando una nueva oportunidad de seducir a su amada, ya sin la enojosa presencia de su rival Paul Rée y, al mismo tiempo, que ambas mujeres se conocieran. A las dos semanas, llegó la aceptación de Lou. En efecto: agosto de 1882 fue para Nietzsche uno de los meses más felices de su vida, tanto en el orden afectivo como en el espiritual e intelectual. Ha encontrado en Lou al interlocutor a la altura de su genio, ante el cual da libre curso a esa caldera de ideas en ebullición que era su mente[3]. Tres semanas, desde el lunes 7 de agosto hasta el sábado 26 de agosto, las pasaron juntos en un romántico pueblo situado en el bosque de Turingia, Tautenburg (Dornburg), cerca de Jena, dialogando durante todo el día, y hasta altas horas de la noche. “Los preparativos febriles de Nietzsche le llevaron incluso a solicitar a la municipalidad la instalación de cinco bancos en los lugares de descanso del filósofo, en los caminos umbríos que le eran queridos. Uno de ellos es un banco circular que rodea el tronco de un haya y que es nombrado La gaya ciencia. Otro es nombrado El hombre muerto”[4]. La compañía de Elisabeth, su hermana, condicionó negativamente en estas semanas la relación entre ambos[5]. Nietzsche le revelaría a Lou en esas largas charlas algunas de sus ideas más originales, como la del eterno retorno, y le hablaría de su hijo predilecto, el danzarín Zaratustra, ya en proceso de gestación, y no producto, como han pretendido algunos historiadores imaginativos, de sus relaciones con Lou: En estas tres semanas”, escribe Lou, “hemos conversado hasta el agotamiento; curiosamente el aguanta ahora cerca de diez horas diarias de charla. En nuestras veladas, cuando la lámpara, vendada como un inválido con un paño rojo para que no dañe sus pobres ojos, arroja sólo un débil resplandor por el cuarto, siempre llegamos a hablar de trabajos en común… Sorprendente que en nuestras conversaciones aboquemos involuntariamente al borde de abismos, a aquellos lugares de vértigo adonde alguna vez se ha subido en solitario para mirar desde allí a lo profundo. Siempre hemos elegido los caminos de las gamuzas, y si alguien nos hubiera escuchado, habría creído que eran dos diablos los que conversaban[6]. Compusieron juntos aforismos que Lou inventaba y Nietzsche corregía o completaba. Gracias a las cartas que Lou escribía regularmente a Rée, tenemos noticias de este idilio de Tautenburg y de la evolución de las relaciones entre ambos amigos, y sobre todo las observaciones, que resultaron por lo demás proféticas, que la joven rusa formuló respecto al pensamiento y a la personalidad de Nietzsche. El 14 de agosto Lou escribe a Rée: Nietzsche, en general de una consecuencia férrea, es en lo particular una persona tremendamente versátil. Yo sabía que cuando admitiéramos lo que, en principio, en la tormenta del sentimiento, ambos evitábamos, rápidamente nos habríamos de encontrar en nuestras naturalezas profundamente semejantes, más allá de todo charloteo pedante […] Él subía hasta aquí de continuo, y por la noche tomó mi mano y la besó dos veces y comenzó a decir algo que no terminó. Los días siguientes estuve en cama, él me metía cartas en la habitación y me hablaba a través de la puerta. Ahora ya amainó mi vieja fiebre catarral y me he levantado. Ayer pasamos juntos todo el día […] Elisabeth estuvo en el Dornburg con personas conocidas. En la pensión […] se nos considera tan emparejados como a ti y a mí, cuando llego con mi gorro y con Nietzsche, sin Elisabeth […] Un estímulo especial resulta de la coincidencia en pensamientos, sentimientos e ideas; nos podemos entender casi con medias palabras. El dijo una vez, impresionado por ello: creo que la única diferencia entre nosotros es la edad. Hemos vivido y pensado lo mismo[7]. Con fecha del 18 de agosto escribe: Al principio de mis relaciones con Nietzsche le escribía a Malwida que Nietzsche era una “naturaleza religiosa”, palabras que despertaron grandes dudas en ella. Hoy subrayaría esta expresión dos veces. Un día le veremos aparecer como el predicador de una nueva religión, y será una religión que exigirá de sus adictos el que sean héroes. Tanto él como yo pensamos y experimentamos lo mismo en este orden de cosas, pronunciamos absolutamente las mismas palabras y expresamos los mismos conceptos […] Nuestras conversaciones nos conducen a esos abismos, a esos lugares vertiginosos que uno ha escalado sólo, para sondear las profundidades[8]. Nietzsche competía por Lou en rivalidad con su amigo Paul Rée -igual que Elisabeth lo hacía por él frente a la rival[9]-, pero en vez de fascinarla, él fue fascinándose cada vez más por ella; le asaltó un amor auténtico, profundo, dispuesto al sacrificio y al perdón. No se dio cuenta de que ella estaba mucho más cercana a Paul Rée, para quien llevaba un diario, en el que, mostraba sus impresiones sobre Nietzsche, sus sentimientos sobre lo que les unía y lo que les separaba y las diferencias que, en su opinión, existían entre sus dos amigos y pretendientes. El 26 de agosto finalizó el idilio (casto) de Tautenburg. Lou le había regalado como despedida aquella poesía, la Oración de la vida, que ella había compuesto en 1880 cuando era estudiante en Zurich, llena de un espíritu juvenil heroico con el que pretendió deshacer la opresión que le producía la enfermedad que amenazaba su vida. A partir de entonces, Lou va distanciándose de ese amigo admirable. Tal vez lo que más contribuye a ello es el que éste haya tratado de alejarle de Rée desprestigiándolo, hablándole mal de él. Lou escribe al respecto en sus memorias: Ninguno de nosotros dos imaginaba que sería la última vez. A pesar de ello, las cosas no eran del todo como al principio, aunque seguían firmes nuestros deseos de un futuro en común a tres: Cuando me pregunto qué fue lo que fundamentalmente comenzó a menoscabar mi interna disposición hacia Nietzsche, pienso que fue la extrañeza por la progresiva acumulación de sugerencias suyas que pretendían dejar mal a Paul Reé ante mí –y también la sorpresa de que él pudiera considerar efectivo ese método[10]. Lou partió el domingo para París con el Dr. Rée. Nietzsche marcha a Naumburg para encontrarse con su madre. Y aunque los tres amigos vuelvan a reunirse en octubre en Leipzig por espacio de unas pocas semanas, la comunidad trinitaria se rompe definitivamente. Poco a poco a Nietzsche le va invadiendo la certeza de que Lou lo ha abandonado. El rechazo y la separación de Lou fueron muy dolorosas para Nietzsche, le sumieron en una renovada y prolongada depresión. “Mi desconfianza ahora es grandísima”, contó a Overbeck, “en todo lo que oigo percibo desprecio por mí”. Sintió una particular amargura hacia su madre y su hermana, quienes se habían entrometido en su relación con Lou, y rompió el contacto con ellas ahondando así su aislamiento. “No me gusta mi madre y me duele oír la voz de mi hermana. Siempre me ponía enfermo cuando estaba con ellas”. Intentó superar sus sentimientos de venganza, pero la conducta de ellas le fueron “paso a paso” aproximando “cada vez más cerca de la locura”. El año “festivo” se había acabado, pues, y negras sombras se posaron sobre el ánimo del filósofo, de las cuales ya no conseguirá salir nunca. “Cada uno de los tres amigos siguió por derroteros distintos. Paul Rée, que sigue amándola, continuará unos cinco años a su lado. Con el tiempo Rée no soportará su relación de hermanos con Lou y pondría fin a su relación, años después morirá trágicamente. Nietzsche se hundirá cada vez más en la desesperación y en la amargura hasta llegar a perder la razón en su reto empeñado con la Esfinge”[11]. Tras una breve estancia en Génova, en invierno se refugia en Rapallo, y escribe su “Zaratustra”. Por su parte, Lou, aunque afectada por la suerte de sus amigos, supo superar estas pérdidas hallando en Freud, en su pensamiento y doctrina, un objetivo en la vida y una nueva visión del hombre y del mundo[12]. Partirá hacia su destino final, no sin antes -¿y a su pesar?- enamorar a muchos de sus nuevos amigos y admiradores. En toda esta frustrada historia de amor y de desamor, no fue Lou verdaderamente la responsable única. Siempre jugó sus cartas con sinceridad, sin ambages. Lou era una mujer absolutamente independiente, que situaba sus relaciones con los hombres en una dimensión de igualdad y de fraternidad y que despreciaba ‘los vínculos humanos duraderos’. Como escribía Alberto Gonzalez Troyano -en una vieja y bella reseña sobre la correspondencia entre Lou y Sigmund Freud- Lou “vaticinaba que en toda relación sentimental, amorosa, duradera, uno de los dos, generalmente la mujer, se veía obligado a sacrificar su desarrollo intelectual y a someter su propia personalidad a la del otro. Su vida errante fue el precio pagado por su insobornable respeto a su propia libertad y a la libertad del otro”.

Friedrich Niezstche

En efecto, dotada de una insaciable curiosidad intelectual y de una aguda sensibilidad para captar los movimientos culturales más significativos de su época, Lou necesitaba la proximidad de hombres de inteligencia brillante y los detectaba con instinto infalible. Frecuentemente, el escritor, el científico o el filósofo que estableciese relaciones con Lou podrían haber pensado que la seducción que su pensamiento o su obra ejercían sobre ella debía provocar también su seducción amorosa. “Pero esta unión preestablecida entre Eros y Minerva, por lo que sabemos no fue nunca consentida por Lou”. Y tanto Paul Rée como Friedrich Nietzsche, como Gerhard Hauptmann, como Frank Wedekind, como su propio esposo Andreas e incluso como, más tarde, Rainer María Rilke o Víctor Tausk, por citar a los más famosos, conocieron las virtudes difíciles de una íntima convivencia con Lou, sin consagración sexual[13]. Para ella, como certeramente intuía González Troyano, “desprovista de los viejos tabúes sexuales, Eros se situaba en un contexto que no debía ser equívocamente allanado. Toda su vida estuvo jalonada de múltiples aventuras amorosas, pero la fidelidad a sí misma perduró por encima de todas sus relaciones. Incluso la más apasionada, la mantenida con Rilke, debió escindirse cuando Lou intuyó que el poeta programaba una vinculación demasiado duradera”. Ella siempre se opondrá a convertir en permanente lo que, en su sentir más profundo, debería ser sólo transitorio “como el flujo y reflujo de las mareas”.

Tomás Moreno

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[1] Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. 3. Los diez años del filósofo errante, op. cit., p. 101. [2] Ibidem., p.104. [3] Para este episodio cfr. Norma Mastrorilli y Luis Pasamar, op. cit. [4] Jean Pierre Faye, Nietzsche y la transformación. La danza de Salomé, en Nietzsche entre dos milenios, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura nº 40, Barcelona 2000, p. 20. [5] Sabida es la inquina y hostilidad de Elisabeth contra Lou, a la que indispone con su madre e insulta en numerosas ocasiones, llamándola desvergonzada, indecorosa, indecente o refiriéndose a ella como la tarasca rusa o la vulgar aventurera. Su comportamiento ese verano no fue lo que digamos ejemplar. [6] Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche 3. Los diez años del filósofo errante, op. cit., p. 118. [7] Íbidem, p. 118. [8] Ibidem. [9] La razón última de esa “rivalidad” tal vez no se deba tanto a un intento de proteger a su hermano de una mujer percibida como peligrosa para sus interese vitales e intelectuales, cuanto a una pasión casi obsesiva hacia su hermano. Fernando Savater escribe al respecto: “¿Quién puede sondear suficientemente la feroz y absorbente pasión de la hermana por su hermano, en la que se mezclaron el orgullo, la ternura, el deseo, los celos y la compasión? ¿Quién puede comprender del todo la fascinación que Nietzsche sintió por Elisabeth, su aterrada atracción por esa Antígona a la que odiaba con desesperada dulzura, que fue para él la Mujer eterna, la insoslayable realidad de lo femenino? Sería simplemente ingenuo, concluye nuestro filósofo, resolver que Elisabeth, la torpe y hitleriana Elisabeth, fue sencillamente una desdicha en la vida de Nietzsche; Que sin ella, él se habría casado, hubiera llevado una vida sexual normal […]; no habría caído en la locura y hubiese logrado completar y ordenar su obra personalmente. No: Nietzsche fue Nietzsche en buena medida por su hermana, ella le ayudó a ver, le provocó a pensar” (F. Savater, Conocer Nietzsche y su obra, Dopesa, Barcelona, 1977, p. 18) [10] Cf. Lou Andreas-Salomé, Mirada retrospectiva: compendio de algunos recuerdos de la vida op. cit. [11] Norma Mastorilli y Luis Pasamar, op. cit. [12] Para sus relaciones con Freud véanse: Sigmund Freud, Lou Andreas-Salomé. Correspondencia, compilada por Ernst Pfeiffer, siglo XXI editores, México, 1968; Lou Andreas-Salomé, Aprendiendo con Freud, diario de un año, 1912-1913, Barcelona Laertes, 1984. [13] Tras sus idilios con los dos filósofos alemanes (Rée y Nietzsche) y al cabo de cinco años aparece en su vida un hombre de excepcional personalidad: Friedrich Carl Andreas, profesor de persa en el Instituto de Lenguas Orientales de Berlín, de cuarenta años. Se casarán en 1887, aunque por un peculiar “pacto matrimonial”, el matrimonio no llegara a consumarse (al parecer nunca tuvo con él relaciones sexuales): su fidelidad consistió en defender y conservar su apellido por encima de todo, colocándolo más allá de las pasiones temporales, hasta el final. Lou llevará el nombre de Andreas durante cuarenta y tres años, hasta la muerte de su marido en 1930). Pero fue, sin duda, Rainer Maria Rilke, el gran poeta, quien más lograría retenerla, entre 1897 y 1901 (ya casada y 15 años mayor que él), y para él, fue su amor más feliz; fue también amante del psicoanalista vienés Viktor Tausk, brillante discípulo de Freud, que acabó suicidándose. Véase: Lou Andreas-Salomé, Rainer María Rilke, Milán, La Tartaruga, 1992.

Director: Santiago M. Zarria / Revista de filo-SOPHIA © 2010
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