Las leyes sociales*

Por: Gabriel Tarde
Fuente: Athenea Digital (marzo 2011) -CLÁSICOS-ISSN: 1578-8946

Selección de fragmentos realizada por Tomás Sánchez Criado a partir de Tarde, Gabriel (fecha no indicada). Las leyes sociales. Barcelona: Casa Editorial Sopena.
Traducción original de G. Núñez de Prado.

Publicado originalmente como Tarde, Gabriel (1898). Les Lois Sociales. Esquisse d’une sociologie.
París: Alcan.

Prólogo

(p.3) He procurado dar en este libro […] no solamente el resumen, quinta la esencia de mis tres principales obras de sociología general Las leyes de la imitación, Oposición universal y La Lógica social, sino también y sobre todo, la relación que existe entre ellas y el lazo íntimo que las une. Esta conexión […] está puesta aquí de relieve, por consideraciones de un orden más general que permiten, según creo, abarcar en una sola ojeada aquellos tres fragmentos de una sola idea, separadamente publicados […]

(p.4) […] ¿a qué conduce fatigarnos con la elaboración de estas construcciones unitarias y completas? […] A pesar del método de los espíritus singulares que se complacen en reconstruir lo que encuentran en estado fragmentario, como del sistema de los que se dedican a romper y diseminar lo que se les presenta acabado, no es inútil, quizá, juntar a las partes esparcidas de una obra, un dibujo, un boceto, algo que indique el plan de conjunto que se hubiera querido ejecutar, si se hubiese contado con fuerza y audacia suficientes. […]

Introducción

(p.5) Al recorrer el museo de la historia siguiendo la sucesión de sus cuadros extraños y heterogéneos, al viajar a través de los pueblos, tan múltiples y diferentes, la primera impresión del observador superficial es la de que los fenómenos de la vida social escapan a toda fórmula general, a toda ley científica, y que la pretensión de fundar una sociología es una quimera. Pero los primeros pastores que
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*En lo relativo a la materialidad del texto concreto que podrán consultar a continuación, es de rigor comentarles que he sometido al mismo a algunas modificaciones relativas a la traducción realizada por G. Núñez de Prado (bastante enrevesada y, me atrevería a decir, mejorable en muchos aspectos). En primer lugar he intentado corregir algunos de los innumerables galicismos que presenta. He intentado ceñir mis cambios a aquellos pasajes que hacen ininteligible la comprensión del propio texto. Estas correcciones y mi propuesta de otro término se han puesto siempre entre corchetes. En segundo lugar, en la selección he suprimido pasajes enormemente enrevesados, por conservar las construcciones subordinadas tradicionalmente empleadas en francés. En cualquier caso, se indica siempre el inicio de la página del manuscrito en su edición castellana con su número entre paréntesis: (p.xx). Asimismo, los fragmentos borrados aparecen indicados con unos puntos suspensivos entre corchetes: […]

observaron el cielo estrellado, los primeros agricultores que trataron de adivinar los secretos de la vida de las plantas debieron experimentar la misma impresión ante el luminoso orden del firmamento […], como al observar la exuberante diversidad de las formas vegetales o animales […]. Con efecto: no se echa de ver una disposición menos complicada en la irregularidad real y en el capricho aparente en el mundo de los meteoros o en las selvas vírgenes, que en las páginas de la historia de la humanidad.

(p.6) ¿Cómo, pues, a despecho de esta diversidad tan manifiesta […] se ha podido crear y engrandecer poco a poco un embrión de mecánica o de biología? […] se ha comenzado por encontrar algunas semejanzas en medio de estas diferencias, algunas repeticiones entre estas variaciones; los cambios periódicos en la situación de los astros, las estaciones, el curso regularmente repetido de edades, juventud, virilidad y vejez, en los seres vivientes, y los rasgos comunes a los individuos de una misma especie. No existe en realidad una ciencia individual considerada como tal; no hay más que una ciencia general, mejor dicho, la del individuo considerado como repetido o susceptible de ser repetido indefinidamente.

La ciencia es un orden de fenómenos considerados desde el punto de vista de sus repeticiones, lo cual no quiere decir que diferenciar no sea uno de los procedimientos esenciales del espíritu científico. Diferenciar, lo mismo que asimilar, es hacer labor científica […]

(p.7) Repetición significa producción conservatriz, causa simple y elemental sin facultad creadora, pues el efecto, elementalmente, reproduce la causa, como lo demuestra la transmisión del movimiento de un cuerpo a otro, o la comunicación de la vida de un ser viviente al engendro nacido de él. Pero no es solamente la reproducción, sino también la destrucción de fenómenos lo que interesa a la ciencia. Así que, la ciencia, sea cual fuere la región u orden de la realidad a la que se aplique, debe investigar las oposiciones que en ella se encuentre y que le son propias, aplicándose, pues, al equilibrio de las fuerzas, a la simetría de las formas, a las luchas de organismos vivientes y al combate de todos los seres.

Pero esto no es todo, y ni siquiera lo esencial. Es preciso aplicarla, en primer término, a las adaptaciones de los fenómenos, a sus relaciones de co-producción verdaderamente creadora […]

Así, pues, la ciencia consiste en considerar una realidad cualquiera bajo estos tres aspectos: las repeticiones, las oposiciones y las adaptaciones que en realidad encierra, y que tantas variaciones, tantas asimetrías, tantas inarmo-(p.8)nías impiden ver. No es, efectivamente, la relación de la causa con el efecto, el solo elemento propio de del conocimiento científico, sino también la historia pragmática, que es un encadenamiento de causas y efectos, y de la que deducimos siempre las consecuencias que tal batalla o tal insurrección han producido, lo que compone, acaso, la más útil aplicación de la ciencia. La historia, sin embargo, como ya sabemos, no constituye una ciencia más que en la medida en que las relaciones de causalidad que nos señala, aparecen como establecidas entre una causa general, susceptible de repetición o repitiéndose de hecho, y sin efecto general, no menos repetido o susceptible de serlo. […]

La repetición, la oposición y la adaptación: He aquí […] las tres llaves diferentes de (p.9) que la ciencia hace uso para abrir los arcanos del universo. Ella investiga, ante todo, no precisamente las causas, sino las leyes de la repetición, las leyes de la oposición, las leyes de la adaptación de los fenómenos […] Pero de estas tres llaves, la primera y la tercera son mucho más importantes que la segunda. La primera y la segunda constituyen lo que podríamos llamar una ganzúa poderosa; la tercera, más delicada, da acceso a los más ocultos y más preciados tesoros; la segunda, intermediaria y subordinada, nos revela los choques y las luchas de una utilidad pasajera, especie de término medio destinado a desvanecerse poco a (p.10) poco, aunque nunca por completo, y a no desaparecer sino parcialmente y después de numerosas transformaciones y atenuaciones.

Estas consideraciones son necesarias para indicar lo que debe ser la sociología si quiere merecer el nombre de ciencia […] No conseguirá elevarse ni más ni menos que otra ciencia cualquiera, sino poseyendo, y teniendo conciencia de que posee el dominio propio de repeticiones, el dominio propio de oposiciones, el dominio propio de adaptaciones, todos característicos y de su exclusiva propiedad […] Repasemos, pues, sucesivamente, cada uno de estos tres puntos de vista para comprobar […] si las evoluciones de las ciencias en general, y de la sociología en particular, se han realizado o se realizan en el sentido que acabamos de definir […]

Capítulo primero: Repetición de los fenómenos

[…] (p.14) ¿No estamos en lo cierto al decir que la astronomía ha basado sus estudios en semejanzas y repeticiones, y que su progreso ha consistido en tomar, como punto de partida para sus investigaciones, semejanzas y repeticiones únicas, o muy contadas, de gigantescas apariencias, para unir a ellas un sinnúmero de semejanzas y repeticiones infinitesimales, reales y elementales, que además han explicado la existencia de las primeras?

¿Puede suponerse (entre paréntesis) que el firmamento ha perdido parte de su grandiosidad a medida que los progresos de la ciencia astronómica han aumentado? De ningún modo. No obstante, la precisión de los instrumentos que hoy se emplean para estas observaciones, ha permitido distinguir en las repetidas evoluciones de esos astros muchas diferencias, hasta ahora inapercibidas, que han sido fuentes de nuevas investigaciones y descubrimientos […]

(p.16) […] Para el mundo animado las consideraciones no son de índole muy distinta. […]

(p.17) […] La biología, síntesis de la zoología y la botánica, nació el día en que la teoría celular demostró que tanto en los animales como en las plantas el elemento infinitamente repetido era la célula, la ovular desde luego, ya que estas proceden de las demás y que el fenómeno vital elemental es la repetición indefinida por cada célula de las manifestaciones de nutrición y actividad, crecimiento y proliferación, herencia que ha recibido en depósito, y que transmitirá fielmente a su posteridad. Esta conformidad en los precedentes […] llamémosla […] herencia […], es la forma propiamente vital de la repetición, como las ondulaciones o en general los movimientos periódicos, en la forma física, y la imitación […] en la forma social […]

(p.18) […] no es absurdo suponer que si nos consideramos ante una ciudad, una muchedumbre, un ejército en lugar de la selva o el firmamento, las precedentes consideraciones encontrarán su aplicación, como la hemos encontrado en astronomía o en biología. Aquí igualmente se ha pasado, de consideraciones prematuras cuyo fundamento eran analogías varias y ficticias de una grandiosidad
ilusoria, a generalizaciones basadas sobre el cúmulo de los hechos parecidos, de una semejanza clara y precisa.

Hace tiempo que la sociología trabaja en su formación. Ha intentado dar los primeros pasos a través del caos de los hechos sociales, desde el momento que distinguió o creyó distinguir, algo que ofrecía regularidad, o periodicidad. Ya había tenido lugar el primer tanteo, que fue la concepción del año cíclico, explicando que los hechos, tanto en el mundo so-(p.19)cial, como en el natural, se reproducían en el mismo orden. A esta falsa repetición de armonía acogida por Platón, hizo suceder Aristóteles las repeticiones en detalle, muchas veces ciertas, pero siempre vagas y difíciles de precisar a poca distancia, formuladas en su Política cerca de lo que tiene de superficial o menos profundo, en la vida social, la sucesión de las formas de gobierno. Detenida entonces la evolución de la sociología, ha comenzado desde su origen en los tiempos modernos. Los ricorsi de Vico son la continuación y la perfiladura de los antiguos ciclos […]; esta tesis y la de Montesquieu sobre la pretendida semejanza de las civilizaciones de países con los mismos climas, son dos buenos ejemplos de las repeticiones y semejanzas superficiales o ilusorias con que la ciencia social se nutría en otros tiempos […] Esta pretensión de encerrar los hechos sociales entre las fórmulas de desenvolvimiento, que les evitarían repetirse englobadas con insignificantes variaciones, ha sido el señuelo de la sociología, bien en la forma que le ha dado Hegel con sus series de tríadas o bajo la forma más ingeniosa y precisa, sostenida por los evolucionistas contemporáneos […]

(p.20) […] Felizmente, al abrigo de estas ambiciosas generalizaciones, trabajadores más modestos se esfuerzan con mayor éxito en señalar leyes de detalle cuya fuerza es patente. Dan origen a este aserto los lingüistas, los mitólogos y, especialmente, los economistas. Estos expertos de la sociología han descubierto un sinnúmero de interesantes analogías entre hechos consecutivos o concomitantes que se reproducen a cada instante dentro de los reducidos límites en que se encierran sus estudios. En la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith y en la Gramática comparada de las lenguas indo-europeas, de Bopp, o en la obra de Dietz, para no citar más que estas tres, se encuentran una infinidad de observaciones de esta índole, que expresan la semejanza que hay entre innumerables hechos humanos, como por ejemplo: al pronunciar ciertas consonantes o vocales, en las compras o las ventas, producción y consumo de algunos artículos, etc. Es cierto (p.21) que estas semejanzas, cuando los lingüistas o economistas han intentado darles forma de leyes, han resultado imperfectas y relativas al plerumque fit; pero esto es debido a su apresuramiento en enunciarlas sin haber arrancado del seno esas verdades parciales a la verdad general que encierran: el hecho social elemental que la sociología persigue esperando poseerlo para darlo a luz.

Ahora bien, la explicación general de las leyes o pseudo-leyes económicas, lingüísticas, mitológicas, etc. se ha creído conveniente deducirla del estudio de la psicología. Nadie la ha concebido con mayor fuerza y claridad que Stuart Mill en el final de su obra Lógica admitiendo que la sociología es psicología aplicada. Desgraciadamente no ha precisado bien su idea, pues a la psicología que él ha acudido para hallar la clave de los fenómenos sociales, ha sido a la psicología simplemente individual que estudia las relaciones internas de impresiones o imágenes en el mismo cerebro, creyendo que con utilizar leyes de asociación de los elementos internos puede cumplir su cometido. Mirada a través de ese prisma, la sociología llega a convertirse en una especie de asociacionismo inglés, engrandecido y exteriorizado, con lo cual pierde su originalidad. No es precisamente en la psicología intra cerebral donde hay que inspirarse, sino en la inter cerebral, pues ésta estudia las analogías que existen entre varios individuos, y ante la necesidad de averiguar el hecho social elemental, cuyas agrupaciones y las múltiples combinaciones a que se prestan constituyen los titulados fenómenos simples, objeto de las ciencias especiales. El contacto de (p.22) un espíritu con otro es en la vida de esos, un acontecimiento perfectamente aislado que se diferencia del conjunto de relaciones que puedan tener con el resto del universo, dando por este motivo lugar a estados de alma imprevistos e inexplicados por la psicología fisiológica […]

(p.23) […] ¿Qué es, pues, lo que puede transmitirse de un alma a otra al ponerse en relación psicológica? ¿Son sus sensaciones, sus estados afectivos? No: ambas son esencialmente incomunicables. Lo que dos sujetos pueden comunicarse teniendo conciencia de que lo hacen, es sus conocimientos, sus actos volitivos, sus juicios y sus pensamientos, formas que pueden permanecer siendo las mismas a pesar de sus diferencias y que son producto de la elaboración espiritual ejercida indiferentemente, esto no importa, sobre signos sensitivos […]

(p.24) […] La energía de tendencia psíquica, de avidez mental, que yo llamo deseo, es como la energía de la sorpresa intelectual, de adhesión y constricción mental, que yo titulo creencia, la corriente homogénea y continua bajo la cual la variable coloración de los tonos de la afectividad propia de cada individuo circula idéntica, unas veces dividida, esparramada, otras encauzada, comunicándose de uno a otro individuo como también de una percepción a otra percepción sin alteración alguna.

Cuando digo que toda verdadera ciencia tiende al dominio propio de repeticiones elementales, innumerables, infinitesimales, afirmo que la verdadera ciencia reposa sobre las cualidades que le son peculiares. Cantidad, en efecto, es posibilidad de series infinitas, de semejanzas y repeticiones infinitamente pequeñas. He aquí por qué me he permitido insistir en otra parte sobre el carácter cuantitativo de las dos energías mentales que, como dos ríos divergentes, bañan la doble vertiente del yo, su actividad intelectual y su actividad espontánea. Si se niega este carácter, se declara imposible la sociología. Pero es evidente que no pueden negarse […]

(p.25) […] Cuanto mayores son las proporciones de una colectividad y más notable el flujo y reflujo de la opinión, es decir, de las aspiraciones de un pueblo, afirmativas o negativas con relación al objeto supuesto (caracterizado perfectamente por el alza y baja en las cotizaciones de la Bolsa), más llega a ser susceptible de medida […]. Por esta causa las estadísticas adquieren mayor desarrollo a medida que los Estados se engrandecen, pues como su misión principal consiste en buscar y aclarar cantidades verdaderas en el barullo de los hechos sociales, aprecia a través de los actos humanos reunidos por ella sus deseos y creencias. La estadística de los valores de la Bolsa expresa las variaciones de la confianza pública en el éxito de tales o cuales empresas, en la solvencia de ciertos Estados y las variaciones del deseo e interés públicos, al cual se da satisfacción concertando estas operaciones. La estadística industrial o agrícola expresa la importancia de las necesidades generales que reclaman la producción de ciertos artículos o la conveniencia de los medios. La estadística judicial […] se encuentra en ella la progresión o regresión, año por año, en la proporción de la criminalidad bajo aspectos procesales o delictivos. Por ejemplo: de la tendencia al (p.26) divorcio o al robo, y también lo referente al interés público con referencia al curso de determinados procesos o delitos.

También aporta datos para la sociología la estadística de población. Es de índole puramente biológica, y se refiere tanto a la propagación de la especie como a la duración y progreso de las instituciones sociales, dando idea del desarrollo o disminución de los sentimientos de paternidad y maternidad, del deseo de contraer matrimonio, y también de la creencia general que existe pretendiendo encontrar la felicidad en tomar estado y formar uniones fecundas. Pero ¿con qué condición pueden ser englobadas las fuerzas de creencia y de deseo existentes en individuos distintos? Con la de tener el mismo objeto y haberse formado idéntico concepto acerca de la acción que van a ejecutar. ¿Cómo se produce esa convergencia de dirección en las energías individuales, haciéndolas susceptibles de formar un todo social? […] Esta relación entre los espíritus y las voluntades que constituyen el fundamento de la vida social […]; esta presencia simultánea de ideas y medios tan precisos en todos los espíritus y voluntades de una misma sociedad, en un momento dado, no es efecto de la herencia orgánica que ha hecho nacer a los hombres parecidos unos a otros, ni de la identidad del medio geográfico que les ha proporcionado aptitudes poco más o menos parecidas […] (p.27) sino de la sugestión-imitación, que a partir de un primer creador de una idea la ha propagado progresivamente con el ejemplo. […]

Tratemos, pues, de la unión de dos individuos […] el elemento único y necesario de la vida social, consistiendo siempre originariamente en la imitación de una por la otra. Pero es necesario comprender esto para no ceder al impulso de suposiciones vanas y superficiales. […] diciendo, haciendo y pensando […] una vez metidos en la vida social, imitamos a los demás a cada momento, a menos que no innovemos, lo cual es raro, y aún es fácil demostrar que nuestras innovaciones son, la mayor parte de las veces, combinaciones de ejemplos anteriores y permanecen sin ser imitadas por ser extrañas a la vida social.

No decís una palabra que no sea reproducción inconsciente de alguna otra que tiempo atrás oísteis; no cumplís cualquier acto de vuestra religión, señal de la cruz o plegaria, que no reproduzca gestos de las fórmulas tradicionales […]; (p.28) no ejecutáis un mandato civil cualquiera, no lleváis a cabo un acto de vuestro oficio, que no os haya sido enseñado o no hayáis copiado de algún modelo viviente; no dais una pincelada, si sois pintor, ni escribís un verso, si sois poeta, que no esté amoldado a los hábitos de vuestra escuela, y hasta vuestra originalidad misma está formada por vulgaridades acumuladas y llegará a ser vulgar a su vez.

De este modo, el carácter constante de un hecho social cualquiera, es ser imitativo. Y este carácter es exclusivamente propio de los hechos sociales. Acerca de este punto, sin embargo, M. Giddings […] me ha hecho una objeción especiosa: se imita, dice él, una sociedad a otra; se imitan hasta los mismos enemigos los armamentos y astucias de la guerra, los secretos del oficio. El campo de la imitabilidad deja atrás al de la socialibilidad, y no sabrá ser característica de éste1. […] (p.29) […] Y en efecto: ¿No es cierto que los pueblos rivales o enemigos, a medida que se asimilan sus instituciones, tienden a fusionarse? Es verdad, pues, que no sólo entre individuos agrupados en sociedad cada nuevo acto de imitación tiende a fortalecer el lazo social, sino también entre individuos todavía no asociados, prepara la imitación, tendiendo hilos invisibles, el lazo que formará la asociación venidera. […]

(p.30) Pero no basta reconocer ese carácter imitativo a todo fenómeno social. Digo que, además del origen, esta relación de imitación ha existido no sólo entre un individuo y una masa confusa de hombres, como más tarde ha ocurrido, sino entre dos individuos solamente, de los cuales el uno niño sin conocimiento de la vida social, y el otro adulto, ya práctico en ella, después de algún tiempo le sirve de modelo individual. Con frecuencia en el transcurso de la vida, ajustamos nuestros actos a modelos colectivos e impersonales a la par que inconscientes; pero antes de hablar, de pensar o de obrar como
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1 Se podría decir dándole a la palabra imitación la acepción más amplia, como lo hace en una obra reciente y ya célebre, sobre el Desarrollo mental en el niño, M. Baldwin, profesor de psicología en la Universidad de Princeton (Estados Unidos), que la imitación es el hecho fundamental no sólo de la vida social y de la vida psicológica, sino también de la orgánica, ya que en ella apreciamos el hábito y la herencia. Sin embargo, la tesis de esta conclusión filosófica, lejos de contradecir la mía, la describe y confirma de un modo patente. La imitación de hombre a hombre, tal como yo la concibo, es consecuencia de la imitación de estado a estado en el mismo hombre, imitación interna a la cual apliqué el nombre de hábito y evidentemente se distingue por caracteres bien precisos que la hacen comprensible en extremo. M. Baldwin, que ante todo es un perfecto fisio-psicólogo, explica admirablemente el génesis orgánico y mental de la imitación, y termina su labor en el preciso momento en que comienza la del psico-sociólogo. Lástima que su libro no haya precedido al mío (Leyes de la imitación), pues siendo así, aprovechando sus análisis hubiera ganado mucho y no habría tenido que rectificar leyes y consideraciones que expuse en dicha obra […].
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se piensa, se habla, y se hace en nuestro fuero interno, hemos empezado por hablar, pensar y ejecutar como él o ella hablan, piensan y ejecutan. Y este él o ella, son tal o cual que nos eran familiares. En el fondo del se, buscando bien, sólo encontraremos cierto número de ellos y ellas que, mezclándose en confusión, se han multiplicado. Por ser insignificante esta distinción, queda omitida por aquellos que en una institución, en una obra social cualquiera, disputan a la iniciativa individual su misión creadora y creen decir algo al suponer, por ejemplo, que los idiomas y las religiones son obras colectivas; que las multitudes, sin ningún instigador, han formado desde el griego, el sánscrito y el hebreo, hasta el budismo
y el cristianismo: en una palabra, que por la acción coercitiva de la colectividad sobre el individuo grande o pequeño, siempre sojuzgado por la colectividad, se explican las formaciones y transformaciones de las sociedades. En realidad, semejantes explicaciones son ilu-(p.31)sorias, pues al eludir la dificultad mayor, que es la de saber cómo ha podido tener lugar esta asimilación general, sus autores no han tenido en cuenta que entre millones de hombres que forman esa fuerza colectiva, no es posible que deje de haber relación. A esta teoría se le aducen argumentos, llevando el análisis hasta donde yo lo he conducido, hasta la relación intercerebral de dos espíritus, al reflejo del uno por el otro, y solamente entonces se podrán explicar esas unanimidades parciales, esas conspiraciones de los corazones, esas comuniones de espíritu que, una vez reciben forma y las perpetúa la tradición, imitación a nuestros antepasados, ejercen una presión cuanto más tiránica más provechosa para el individuo2.

Al estudio de esta relación es, pues, al que tiene que dedicarse el sociólogo, como el astrónomo a la analogía entre dos cuerpos atrayentes y atraídos; a ella es a quien hay que exigir la llave del misterio social, la fórmula de algunas leyes simples universalmente verdaderas que quedan distinguidas a través del caos aparente de la vida y la historia humanas.

Debo advertir […] que la sociología estudiada de esta forma difiere notablemente de las antiguas concepciones todavía reinantes, como la astronomía de nuestros tiempos de la de los griegos, o como la biolo-(p.32)gía […] de la Historia natural de otros tiempos3. Mejor dicho, que la sociología tiene su fundamento en semejanzas y repeticiones elementales y verdaderas, infinitamente numerosas y en extremo precisas, que han substituido como primera materia de la elaboración científica a las falsas y vagas analogías, existentes en número muy reducido.

[…] Es necesario, pues, que en lo sucesivo renunciemos sin vacilar las ficticas diferencias que la “filosofía de la historia” establece entre los pueblos, a semejanza de los personajes de un drama inmenso, en el cual cada actor tiene que representar su papel providencial. No es permitido, por lo tanto, entender la expresión Genio, de la cual tanto se ha abusado (el genio de un pueblo o de una raza, y también el genio de un idioma, de una religión), como la entendieron (p.33) algunos de nuestros antecesores […]
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2 Conviene tener presente esta sencilla advertencia, y es que siempre, desde la más tierna edad, entramos en la vida social. Así, pues, el niño que se inclina hacia otros como la flor hacia el sol, encuentra en ellos mayor atractivo que en el encogimiento de su medio habitual, y toda su vida copiará con interés sus ejemplos.
3 Esta concepción es, en resumen, la inversa de la que sostienen los evolucionistas unilinearios y también la de M. Durkheim, pues en vez de explicarlo todo por la pretendida imposición de una ley de evolución que obliga a los fenómenos de conjunto a reproducirse y repetirse idénticamente en el mismo orden, en lugar de explicar, por consiguiente, lo pequeño por lo grande y el detalle por el conjunto, yo explico las semejanzas de conjunto por la agrupación de pequeñas acciones elementales, lo grande por lo pequeño, lo englobado por lo detallado. Esta manera de apreciar la cuestión está llamada a producir en la sociología la misma transformación que ha ocasionado en las matemáticas la introducción del análisis infinitesimal.
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[…] era inútil hacer observar a aquellos teóricos las transformaciones sufridas por la propagación de una religión proselítica, de una lengua, de una institución como el jurado, por ejemplo, más allá de los límites de su pueblo y de su raza de origen a pesar de los obstáculos que los genios de las otras naciones les habían de imponer indefectiblemente. Replican reformando la idea, al distinguir las razas superiores, investidas del privilegio de propagar sus inventos de las razas nacidas para la esclavitud sin el menor conocimiento de las lenguas, las religiones e ideas que copian o aparentan copiar de las primeras. Por otra parte, se niega la posibilidad de que influya el proselitismo conquistador de una civilización sobre (p.34) otras civilizaciones, un genio popular sobre otros genios populares […]

Andando el tiempo, será preciso abrir los ojos ante la evidencia y reconocer que el genio de un pueblo o de una raza […] es sólo la cómoda etiqueta, la síntesis anónima de estas originalidades personales, únicas verdaderas y eficaces, que en fermentación continua en el seno de cada sociedad, tienen un fecundo cambio de ejemplos con las sociedades de su vecindad. El genio colectivo impersonal es, pues, función y no factor de los genios individuales infinitamente numerosos […]

(p.39) […] sería ya oportuno exponer las leyes generales que rigen la repetición imitativa y que son para la sociología lo que las leyes del hábito y la herencia para la biología, lo que las leyes de la gravitación a la astronomía y las leyes de la ondulación a la física. Pero como he tratado extensamente este asunto en mi obra Las leyes de la imitación, me permito observar a quienes interese esta materia, donde podrán encontrarlas. No obstante, tengo que aclarar lo que he presentado bastante confuso; a saber, que (p.40) en el fondo todas estas leyes proceden de un principio superior: la tendencia a propagarse en progresión geométrica de un ejemplo una vez indicado a un grupo social si este permanece sin perder su homogeneidad […] Esto es muy sencillo: cuando, por ejemplo, en un grupo se hace sentir la necesidad de expresar una idea nueva con una palabra, el primero que imagina una expresión apropiada a la imagen para satisfacer esta necesidad, no tiene más que pronunciarla para que bien pronto corra ya de boca en boca de los individuos del grupo en cuestión y se extienda más tarde a los grupos vecinos. […]

(p.41) […] pero algunas veces ve obstruido su paso por obstáculos de diversos géneros y es bastante raro, pero no mucho, sin embargo, que los diagramas estadísticos relativos a la propagación en el público de un nuevo invento industrial encuentren dificultades en su progresión regular. ¿Qué obstáculos son esos? Los hay que provienen de la diversidad de los climas y las razas, pero no son los más importantes; la traba mayor que detiene la expansión de una innovación social y su consolidación en costumbre tradicional, es alguna otra innovación también expansiva que la encuentra en su camino, y para emplear una metáfora física, interfiere con ella. En efecto, cada vez que uno de nosotros vacila entre dos formas de hablar, dos ideas, dos creencias entre dos modos de obrar, tiene lugar una interferencia de irradiaciones imitativas que parten de focos diferentes extremadamente distintos uno de otro, con frecuencia en el espacio y en el tiempo, es decir, focos inventores, imitadores, individuales y primitivos que se han propagado hasta él […] ¿Cuáles son las influencias que lo deciden? Estas influencias […] son de dos clases: lógicas y extra lógicas. Debo añadir que estas últimas son también lógicas en cierto modo, porque cuando, por ejemplo, el plebeyo copia al patricio, el provinciano al parisièn (esto es lo que yo llamo el torrente de la imitación de abajo a arriba en la escala social), la imitación, por ciega (p.42) que haya sido, tiene por móvil una presunción de superioridad aplicada al ejemplo del modelo que cree ejercer una autoridad social sobre él. […] No es menos cierto que la opinión que un individuo funda en cierta clase de consideraciones extrínsecas a la naturaleza de dos modelos, dos ideas o dos voliciones comparadas en presencia una de otra, merece ser cuidadosamente distinguida de los casos en que opta con fundamento en virtud de un juicio del carácter intrínseco de esas dos ideas o voliciones y que puede reservarse para las influencias que le deciden en este caso el epíteto de lógicas.

Pero de momento no hablo más de ello, porque en el capítulo siguiente tendremos que volver a tratar de estos duelos lógicos y teológicos que constituyen los elementos de la oposición social. Añadamos que las interferencias de irradiaciones imitativas no son siempre obstáculos, sino que muchas veces son alianzas mutuas y sirven para acelerar y amplificar estas mismas irradiaciones; de vez en cuando dan también ocasión al nacimiento de una idea genial que resulta de su reunión y combinación en un cerebro, como veremos más adelante en el capítulo dedicado a la adaptación social.

Capítulo segundo: Oposición de los fenómenos

(p.43) Teóricamente el aspecto-repetición de los fenómenos es el que ofrece mayor importancia. Pero el aspecto-oposición prácticamente, bajo el punto de vista de las aplicaciones de la ciencia presenta mayor interés. Y hasta aquí […] no ha dejado de estar casi siempre confundido en la mescolanza de cualquier orden de diferencias.

[…] el progreso de las ciencias ha consistido en reemplazar las oposiciones vagas y superficiales […] por oposiciones más sutiles y profundas, innumerables, trabajosamente descubiertas y en reemplazar también las oposiciones exteriores por otras interiores de la materia que consideramos. Ha consistido también en desvanecer las disimetrías o asimetrías aparentes y sustituirlas por muchas disimetrías o asimetrías ocultas y más instructivas […].

(p.48) En el mundo animado, las oposiciones grandes o aparentes (la vida y la muerte, la juventud y la vejez) han constituido las primeras sorpresas, y las que acabo de citar han sido una de las más antiguas semejanzas comprobadas entre los animales y las plantas, rudimento de la biología general […]

(p.49) Mucho tiempo después que las ciencias de la vida comenzaron a formarse, los fisiólogos imaginaron una oposición tan ficticia como ingeniosa entre la animalidad y la vegetación; a sus ojos, la respiración animal era precisamente la inversa de la respiración vegetal y destruía lo que esta había producido, la combinación del oxígeno y el carbono. La fisiología comparada de Claude Bernard, y otros, ha demostrado el carácter superficial de esta inversión y la unidad fundamental de la vida en los dos reinos, no opuestos, pero divergentes. En desquite […] las ha sustituido, en el interior de los tejidos, por oposiciones muy reales, innumerables e infinitesima-(p.50)les, como las de la oxidación y desoxidación de cada célula y ganancia y pérdida de fuerza. Aquí aún aparece la oposición fundamental y fecunda bajo una forma armónica, no como producto de una lucha.

[…] La sociología da lugar a consideraciones aná-(p.51)logas. En su origen […] comenzó por ser una mitología; y mitológicamente se complació en explicar toda la historia por guerras tan imaginarias como gigantescas entre dioses buenos y malos, dioses de luz y dioses de noche, héroes y monstruos. Los metafísicos […] han abusado de los combates: imaginaron también oposiciones de series directas y retrógradas de los desenvolvimientos de la humanidad en un sentido, seguidos de otros en sentido contrario. En este particular, Platón y los filósofos indios se dan de la mano. Hegel, con sus ambiciosas generalizaciones, con su agrupamiento de pueblos bajo el pendón de las ideas antagonistas […].

Los economistas han hecho un señalado servicio a la ciencia social, al substituir la guerra como palanca de la sociología, por la competencia, una especie de guerra atenuada, pero mucho más general. Finalmente, si se adopta nuestra manera de ser; una reunión de deseos y creencias que es preciso considerar en el seno de lo que los economistas llaman concurrencia de los consumidores, o la de coproductores y, generalizando, esta lucha, al extenderse a todos los órdenes lingüísticos, políticos, artísticos, morales, como también los industriales, (p.52) de la vida social, se verá que la verdadera oposición social elemental debe buscarse en el seno de cada individuo social, tantas veces como vacile al adoptar o desechar un modelo nuevo que le ofrecen, una nueva locución, un nuevo rito, una nueva idea, una nueva escuela de arte, una nueva conducta. Esta duda, este pequeño combate interior que se reproduce en millones de ejemplares […] es la oposición infinitesimal e infinitamente fecunda de la historia; y ha introducido en la sociología una revolución tranquila y profunda […].

[…] (p.53) Fijémonos bien […] en los diversos sentidos de esta palabra: Oposición. En mi libro sobre La oposición universal, propuse una definición y una clasificación […] La oposición se ha considerado injustamente como un máximun de diferencia. En realidad, es una clase de repetición muy singular, la de dos cosas semejantes, dispuestas a destruirse entre sí en virtud de su misma semejanza. […] son oponibles no sólo entre seres o grupos de seres, cosas siempre semejantes sui generis por algún concepto, no tan sólo entre estados de un mismo ser o de seres diferentes, sino entre tendencias y hasta entre fuerzas […].

(p.54) […] Toda oposición verdadera implica, pues, una conexión entre dos fuerzas, dos tendencias, dos direcciones. Pero los fenómenos que constituyen estas dos fuerzas, pueden ser de dos clases: cualitativos y cuantitativos, mejor dicho, formados por fases heterogéneas o por fases homogéneas. Una serie de fases heterogéneas es una evolución cualquiera que puede ser considerada […] como reversible y susceptible de retrogradar, siguiendo un camino precisamente inverso. […] Una serie de fases homogéneas es la evolución especial que llamamos aumento o disminución, crecimiento o decrecimiento, alza o (p.55) baja. No es necesario insistir, para hacer notar cómo a medida que la ciencia social adelanta con la civilización, las oposiciones precisas y conmensurables de este orden van revelándose y multiplicándose, bajo la forma de curso en la Bolsa, de diagramas estadísticos, donde el alza y la baja de tal o cual valor, el alza y la baja de tal o cual género de criminalidad, suicidio, natalidad, matrimonios, de la previsión señalada en las libretas de las Cajas de ahorro, seguros, etc., se registran en curvas ondulatorias.

Acabo de distinguir las oposiciones de serie (evolución y contra-evolución) y las oposiciones de grado (aumento y disminución). Una categoría más importante es todavía la de las oposiciones de signo u oposiciones diametrales, si se quiere. Aunque estas se confundan frecuentemente con las precedentes en el idioma de las matemáticas, donde más simbolizan el contraste entre lo positivo y lo negativo que el de aumento y disminución, no es menos cierto que el crecimiento o el decrecimiento de una misma fuerza dirigida en sentido único constituye una oposición muy distinta a la de dos fuerzas, una en dirección de A a B, y la otra de B a A, ambas en la misma recta. Así como la oposición entre el crecimiento y decrecimiento de un crédito no debe confundirse con la de este crédito y otra deuda igual […]. Para dar inmediatamente la explicación psicológica de estos contrastes sociales y muchos otros, decimos que el aumento o la disminución (p.56) de nuestra creencia afirmativa en una idea religiosa o científica, jurídica o política es diferente a nuestra afirmación; [dado que] nuestra negación de esa misma idea y que el aumento o la disminución de nuestro deseo de un objeto, por ejemplo nuestro amor a una mujer, es cosa distinta a nuestro deseo o a nuestra aversión a ese mismo objeto, a nuestro amor o a nuestro odio a aquella mujer. Es verdaderamente curioso comprobar que estas cantidades subjetivas, creencia y deseo, soportan signos distintos y opuestos, el uno positivo, negativo el otro, y que en esto son perfectamente comparables a las cantidades objetivas y a las fuerzas mecánicas dirigidas en sentido inverso sobre una misma línea recta. El espacio está constituido en una forma que soporta una infinidad de pares de direcciones opuestas una a otra, y nuestra conciencia está también constituida para soportar una infinidad de afirmaciones opuestas a otras negaciones, una infinidad de deseos opuestos a otras tantas repulsiones y teniendo precisamente la misma misión […].

Advertencia esencial. Las oposiciones, bien sean de serie, de grado o de signo pueden tener lugar entre términos realizados, sea entre un mismo ser […] ya entre dos seres diferentes […]. Pero es (p.57) muy importante distinguir estos dos casos. Importa […] no confundir el caso en que los términos son simultáneos y en el que son sucesivos. En el primer caso hay choque, lucha, equilibrio; en el segundo hay alternativas, ritmo. En el primer caso hay siempre destrucción y pérdida de fuerza; en el segundo, no. Según esto, cuando se producen en el seno de dos seres diferentes oposiciones, bien sean de serie, como de grado o de signo, pueden ser simultáneas o sucesivas, luchas o ritmos; pero cuando sus términos pertenecen a un mismo ser […] no pueden ser simultáneas, lo mismo que sucesivas si no son oposiciones de signo. En cuanto a las oposiciones de series y de grado dentro de esta hipótesis, sólo admiten términos sucesivos y alternos. […] Del mismo modo el amor de un hombre hacia una mujer no puede al mismo tiempo estar dispuesto a aumentar y disminuir; esto sólo es posible alternativamente, pero sí puede amar y odiar al propio tiempo a esta misma mujer, antinomia del corazón realizada por tantos crímenes pasionales. […]

(p.58) […] La discusión de cada una de las especies de oposiciones conocidas nos llevaría muy lejos. Limitémonos a presentar algunas consideraciones generales. Desde luego, si hay oposiciones externas ([…] oposiciones de tendencias entre varios seres, entre varios hombres), éstas sólo se han considerado posibles por lo que hay o puede haber en las oposiciones internas (entre tendencias diferentes de un mismo ser, de un mismo hombre).

(p.59) […] no está en mi ánimo querer identificar las luchas externas con las internas. Son incompatibles: en efecto, sólo cuando la lucha interna ha terminado, cuando el individuo, después de haber sufrido el tiroteo de las influencias contradictorias, ha hecho su elección, ha adoptado tal opinión o cual resolución, más bien que tal otra, firmando la paz consigo mismo, es cuando se hace posible la guerra entre él y los individuos que han hecho la elección contraria. Pero para que estalle la guerra esto no es suficiente. Es preciso, además, que este individuo sepa que los otros han escogido (p.60) lo contrario que él. […] Para que haya guerra o lucha religiosa, es preciso que cada fiel de un culto sepa que los fieles de tal otro niegan precisamente lo que él afirma, y es preciso que esta negación (no adoptada imitativamente, sino al contrario, rechazada por él) se yuxtaponga en su conciencia a su propia afirmación y aumente su intensidad. Para que haya competencia económica, por ejemplo, entre dos candidatos a la compra de una casa, es preciso que cada uno de ellos sepa que su voluntad por tener el inmueble está contrarrestada por sus competidores, que quieren que no lo tenga. Y aumenta su deseo al saber que sus competidores no quieren que lo posea. Sin esta condición, la concurrencia por sí misma es estéril, y los economistas han tenido la equivocación de no distinguir con bastante claridad el caso en el que los competidores no tienen conciencia de su concurrencia y la variable medida de esta conciencia, como los grados que la separan de la inconciencia completa. […] ¿En qué difiere […] la oposición simplemente psi-(p.61)cológica de la oposición social? Difiere por su causa y, particularmente por sus efectos. Por su causa: un hombre solitario, recibe por sus sentidos dos percepciones en apariencia contradictorias, vacila entre dos juicios sensitivos; el uno le dice que aquella mancha que descubre allá abajo es un lago, el otro que le dice lo contrario; he aquí una oposición interna cuyo origen es en absoluto psicológico y el caso es infinitamente extraño. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que todas las dudas, todas las vacilaciones que experimenta el hombre más aislado, nacido en la tribu más salvaje, son debidas al choque que se verifica en sí mismo, bien de dos irradiaciones de ejemplos que interfieren en su cerebro o de un haz de ejemplos que se cruza con una percepción de los sentidos. Al escribir, vacilo con frecuencia entre dos locuciones sinónimas, cada una de las cuales se presenta como más apropiada en un momento dado: aquí interfieren en mí dos irradiaciones imitativas; considero dos series de hombres que, a partir de los primeros inventores de una palabra y otra, han venido a unirse en mí. Porque yo he aprendido cada una de esas palabras de un individuo que, a su vez, las aprendió de otro, y así sucesivamente hasta el primero que las pronunció. (Esto es a lo que llamo, una vez más, irradiación imitativa, la totalidad de irradiaciones de ese género que se desprenden de un inventor, de un imitador, de un innovador cualquiera cuyo ejemplo se propaga, es a lo que yo llamo resplandor imitativo. La vida social se compone de un espeso entrecruzamiento de irradiaciones de este género, entre las cuales las interferencias son in-(p.62)numerables). […]

[…] cuando un chico de campo, ante una puesta de sol, no sabe si debe creer lo que dice su maestro de escuela que asegura que la caída de la tarde es debida a un movimiento de la tierra y el sol, o al testimonio de sus sentidos que le dicen lo contrario, en este caso sólo tiene lugar una irradiación imitativa, que por su maestro de escuela le une a Galileo. Poco importa; esto es lo suficiente para que su duda, su oposición interna e individual, sea social por causa.

Pero es principalmente por sus efectos o más bien, por su ineficacia, por lo que la oposición simplemente individual difiera de la social elemental, que, sin embargo, es también individual. Algunas veces la vacilación del individuo queda encerrada en él y no se propaga ni tiende a propagarse imitativamente entre sus semejantes; en este caso, el fenómeno es puramente individual. Ocurre a menudo que la misma duda es casi tan contagiosa como la fe, y toda persona que en un medio ferviente, por ejemplo, se convierte en escéptica, no tarda en ser el foco de un escepticismo que irradia su creencia a su alrededor. ¿Puede negarse en tal caso el carácter social del estado de lucha interna, propia a cada uno de los individuos de ese grupo? […]

(p.64) […] La yuxtaposición individual de términos opuestos, es social con la condición de esparcirse imitativamente. Si fuera de otro modo, sería preciso decir que no hay nada de social en hechos como los siguientes: la rivalidad entre dos lenguas, el francés y el alemán, el francés y el inglés, en sus fronteras respectivas, en Bélgica, en Suiza, en las citadas Islas normandas; o la rivalidad de dos religiones también limítrofes. Cada una de esas religiones, cada uno de esos idiomas está constantemente en pugna, y sus combates no se libran entre hombres rivales, sino en cada espíritu, en cada conciencia, entre dos locuciones rivales, entre dos creencias contrarias. ¿Hay algo más interesante que esos aluviones lingüísticos y religiosos? Socialmente, todo procede, pues, de las oposiciones psicológicas […]

(p.66) […] La observación demuestra que todo estado de lucha, exterior o interior, aspira siempre y acaba por tender a una victoria definitiva o a un tratado de paz. Para la lucha íntima, bajo el nombre que quiera dársele, duda irresolución, angustia, desesperación, esto es evidente: la lucha aquí aparece como una crisis excepcional y pasajera y nada se advertiría considerándola como el estado normal, y juzgándola preferible con sus agitaciones dolorosas, a la paz llamada enervante, del trabajo regular bajo el imperio de un juicio y una voluntad decididos. Mas para la lucha exterior, para la lucha entre hombres ¿no sucede de otro modo? El estudio de la historia nos demuestra que la guerra evoluciona siempre en cierto sentido, y esa dirección fácil de distinguir a través de la trama de hechos históricos, nos augura su futura desaparición, después de una disminución gradual. En efecto, a consecuencia de la irradiación imitativa que trabaja incesantemente por ensanchar los límites del campo social, los fenómenos sociales se van ensan-(p.67)chando, y la guerra participa de este movimiento. De una infinidad de guerras muy pequeñas pero muy feroces entre tribus poco numerosas, se ha pasado a un número mucho menor de guerras un poco más grandes pero también menos encarnizadas; entre ciudades pequeñas, después otras más populosas, más tarde entre pueblos que van aumentando y por fin llegamos a una era en que las grandes conflagraciones son muy raras y sin ninguna ferocidad, entre dos colosos nacionales a los que su misma grandeza vuelve pacíficos.

Me detengo para hacer notar que por esta gradación de paso de lo pequeño a lo grande, de lo pequeño muy abundantemente a lo grande escaso, la evolución de la guerra y en general de todo fenómeno social parece contradecir la evolución de las ciencias tal como yo lo he expuesto hasta aquí. Pero, en realidad, es la contraprueba, la confirmación. Es precisamente porque todo, en el mundo de los hechos, va de menor a mayor, así como en el mundo de las ideas, espejo vuelto del primero, todo va de mayor a menor […] Cada dilatación de los Estados, tribus convertidas en ciudades, ciudades en reinos, imperios, federaciones, han tenido por resultado la supresión de los combates en una región cada vez más extensa. […]

(p.68) […] La continuación de las guerras es, en suma, la extensión del campo de la paz. Ahora bien, esta extensión es finita; es doloroso confesar este espejismo, puesto que el globo tiene sus límites, y que desde hace tiempo le hemos dado la vuelta. Lo que caracteriza nuestra época, lo que la diferencia profundamente, en un sentido, de todo el pasado, sin embargo de que las leyes de la historia son las mismas […] es que por primera vez la política internacional de los grandes Estados civilizados abarca con sus preocupaciones, no sólo co-(p.69)mo antiguamente un continente o dos, sino la totalidad del globo, y de este modo se descubre por fin el último término de las evoluciones de la guerra, perspectiva tan halagüeña que casi no llega a creerse, perspectiva de una finalidad difícil de realizar, seguramente, pero muy real, que no tiene nada de engañosa y que si se aproxima no sabrá retroceder. ¿No hay aquí para electrizar a todos los corazones? […]

Es muy cierto que una vez hayan desaparecido por completo las guerras no desaparecerán con ellas las luchas entre los hombres. Entre otras, especialmente, la competencia. Pero a esta, que es también una oposición social de orden económico y no político, puede aplicarse lo dicho anteriormente. Como la guerra, la concurrencia va de menor a mayor, y de lo muy pequeño y numeroso a lo excesivamente grande y escaso. La concurrencia, desde su principio se presenta bajo tres formas: concurrencia entre los productores de un mismo artículo, concurrencia entre los consumidores de un mismo artículo y concurrencia entre productor y consumidor, vendedor y comprador del mismo artículo. Porque si se trata de artículos diferentes no hay ninguna oposición recíproca (p.70) de los deseos; hay más bien adaptación recíproca, si los artículos son susceptibles de cambiarse.

[…] Concurrencia es una palabra ambigua que significa a la vez concurso y lucha y por este motivo es por lo que la disputa se eterniza entre los que maldicen con justicia este equivoco del cual sólo ven el lado de la oposición y los que, no menos justamente, lo alaban por las invenciones civilizadoras a las que ha dado lugar, mirado desde el punto de vista de la adaptación. Y aquí la consideramos bajo su aspecto desfavorable.

No es absolutamente esencial al deseo de los diversos consumidores o productores de un mismo objeto ni tampoco a los deseos de unos, confrontados con los otros, el combatirse ni replicarse. Productor y comprador están siempre de acuerdo, en el sentido de que uno quiere comprar lo que el otro tiene para vender, es verdad que no es siempre el mismo precio, pero sí al que ellos creen conveniente y pone fin al debate que sostienen. Las aspiraciones de los productores no tienen nada de contrarias, pues cada uno de ellos tiene su clientela, y su mercado, momentáneamente inextensibles, como su producción; sólo son contrarios, a medida que los medios de producción van extendiéndose; entonces, cada uno de ellos desea producir más y apropiarse de la producción de los (p.71) otros. Es cierto que la civilización, como tiene por objeto aumentar continuamente los medios de acción, no puede evitar la lucha entre los co-productores, la cual cada día se hace más intensa.

En cuanto a los deseos de los consumidores de un artículo determinado, puede decirse que, lejos de perjudicarse a los competidores a la compra de un mismo artículo, se ayudan con frecuencia, cuando la producción de este es de índole tal, que marcha al mismo paso que su consumo; pues mientras más gente haya deseosa de comprar bicicletas, más bajará el precio de éstas. Los deseos de los consumidores no están verdaderamente en pugna más que en el caso (bastante frecuente para los artículos de primera necesidad y también los de gran lujo) en que hay menos ejemplares de la cosa pedida que demandas, y estos no pueden multiplicarse con la rapidez que se multiplican los deseos producidos por el contagio de la moda.

Dicho esto, observemos, para volver sobre nuestra idea, que cada una de las tres clases de concurrencia que hemos distinguido aquí se aviene con la ley indicada. Entre vendedor o comprador, en los mercados primitivos, las transacciones eran poco importantes, e innumerables; poco a poco han ido suprimiéndose, pero para sustituirlos, los grandes mercados que hacen sus veces y en los que los municipios intervienen en la fijación de los precios a que ha de venderse el trigo o la carne; y cuando estos se suprimen, es para ser reemplazados por otros centros de contratación mayores aún, por las discusiones de las Cámaras donde (p.72) se debaten los proyectos de ley que tienden a favorecer, por la imposición o supresión de ciertos derechos de aduana, los intereses de la masa de los productores, o los de la masa de los consumidores nacionales […]. Entre los compradores, la concurrencia va también […] extendiéndose en todos los mercados de la antigüedad; la competencia por un saco de trigo, o una cabeza de ganado estaba reducida entre pocas personas; a estas innumerables y pequeñas competencias, que terminan sea por uniones de intereses, o bien con frecuencia, por la formación de sociedades locales de monopolio, suceden, cuando los mercados comienzan a ser escasos, competencias cada vez más extensas que tienden a verificar uniones más importantes, tales como los sindicatos agrícolas unas veces, otras monopolios más vastos, los trusts y los kartells gigantescos que conocemos.

Pero tratemos de la concurrencia mejor estudiada, y en realidad, la más intensa, porque es la más consciente, la de productores con pro-(p.73)ductores. Comienza por rivalidades sin número, entre pequeños negociantes que se disputan mercados minúsculos, primitivamente yuxtapuestos y casi cerrados; pero a medida que estos, por rebajarse sus barreras, se confunden con los mercados más grandes y menos numerosos, los pequeños establecimientos rivales tienen que fusionarse de grado o por fuerza en fábricas más grandes y menos abundantes, donde el trabajo productor que poco antes era celosamente opuesto a sí mismo, está entonces armónicamente coordinado; y la rivalidad de estas fábricas se reproduce en mayor escala que en los establecimientos antes citados: hasta que se llega, por medio del engrandecimiento gradual de los mercados que tienden a convertirse en mercado único, a esos colosos de la industria y del comercio, rivales también, a menos que no obren de concierto.

En suma, la concurrencia se desenvuelve por círculos concéntricos que van ensanchándose. Pero el ensanchamiento de la concurrencia tiene por condición y por razón de ser el ensanchamiento de la asociación. […]

(p.75) […] Existe una tercera forma de lucha social: la discusión. Sin duda está comprendida en las precedentes; pero si la guerra y la concurrencia son discusiones, la primera es una discusión en actos mortíferos, la segunda de actos ruinosos. Digamos cuatro frases sobre la discusión de palabra pura y simplemente. Ésta también, cuando evoluciona (porque existen muchísimas discusiones privadas que no lo hacen y mueren donde han nacido felizmente), lo verifica como acabamos de decir, aunque en este caso el fenómeno sea menos visible. […]

(p.79) […] En resumen; la oposición-lucha en nuestras sociedades humanas, bajo sus tres principales formas: guerra, competencia y discusión, se presenta ante nosotros como obedeciendo a la misma ley de [desarrollo], de índole apaciguada, intermitente y susceptible de aumento, que alterna con repeticiones de discordancia amplias y centralizadas, hasta el acuerdo por lo menos relativo. De aquí resulta ya […] que la oposición-lucha no representa en el mundo social, como en el viviente y el orgánico, el papel del término medio destinado a desaparecer progresivamente consumido y eliminado por sus propias dilataciones […]. Y ha llegado el momento de (p.80) decir más explícitamente, qué relación existe entre estos tres grandes aspectos científicos del universo, que yo he llamado Repetición, Oposición y Adaptación de fenómenos. Los dos últimos proceden del primero, y el segundo es casi siempre el intermediario entre el primero y [el] tercero […]

Esto es […] porque las cosas sociales cualesquiera, un dogma, una locución, un principio científico, un rasgo de costumbres, una oración, un procedimiento industrial, etc., al tender a propagarse geométricamente por repetición imitativa, interfieren unas con otras con fortuna o con desgracia, es decir, que se encuentran en disonancia con las ideas de otros cerebros donde dan lugar a los duelos lógicos o teológicos, primer germen de las oposiciones sociales, guerras, concurrencias, polémicas, y que por su lado armónico interfieren en los ce-(p.81)rebros, formando uniones lógicas, inventos e iniciativas fecundas, fuente de toda adaptación social.

He aquí tres términos de una serie circular, susceptible de hacerse indefinida. Porque al repetirse por la imitación, es cuando la invención y la adaptación social elemental se esparce y fortalece, dando lugar, con su choque entre una de sus irradiaciones imitativas con otra igual, […] a suscitar nuevas luchas ya directamente o a través de invenciones nuevas más complejas, presto radiantes, también imitativamente y así sucesivamente hasta el infinito.

[…] De los tres términos que hemos comparado, (p.82) […] [l]a única utilidad del segundo, de la oposición, es que provoca una tensión de fuerzas contrarias, aptas para suscitar el espíritu inventivo […]

Capítulo tercero: Adaptación de los fenómenos

[…] (p.95) Los teólogos, que han sido siempre los primeros sociólogos […] sin saberlo, conciben muchas veces la trama de todos los hechos de la historia de los pueblos como convergente, desde los principios de la humanidad hacia el advenimiento de su culto. […]

Con Spencer ya se ha dado un gran paso hacia una inteligencia más sana de la adapta-(p.96)ción social: no es sólo a un drama único, sino a un cierto número de dramas a los cuales es aplicable su fórmula de la evolución social […], entienden también, al menos implícitamente, que estas leyes son susceptibles de regir, no sólo una serie de pueblos […] sino todos los pueblos que han existido o existirán. […] [E]l hombre se mueve, pero una ley de la evolución lo guía.

En parte yo creo lo contrario. No es que niegue la existencia entre las diversas y multiformes evoluciones históricas de los pueblos, que corren, como un río por su cauce, algunos puntos comunes; y sé que si varios de estos arroyos o ríos desaparecen durante su curso, los otros, por una serie de afluentes y a través de mil obstáculos, acaban de confundirse en una misma corriente general que, a pesar de su división en brazos diversos, no parece destinada a fraccionarse en múltiples desembocadu-(p.97)ras. Pero al propio tiempo veo que la verdadera causa de este último río al que han dado origen sus afluentes […] es la serie de descubrimientos de la ciencia y de los inventos de la industria que han ido acumulándose sin cesar, utilizándose recíprocamente, formando sistema de conjunto, y cuyo efectivo encadenamiento dialéctico, tampoco sin sinuosidades, parece reflejarse vagamente en el de los pueblos que han contribuido a producirlo. Y si pretendemos llegar hasta la verdadera fuente origen de esta gran corriente científica e industrial, la encontraremos en cada uno de los cerebros, vulgares y privilegiados, que han contribuido con una verdad o por medio de una acción nuevos al secular legado de la humanidad, y que con haber aportado estos bienes han hecho más armoniosas las relaciones de los hombres, al desarrollar la comunión de sus pensamientos y la colaboración de sus esfuerzos. A la inversa de los filósofos de que acabo de hablar, compruebo que el detalle de los hechos humanos sólo encierra adaptaciones sorprendentes, que allí está el principio de las armonías, menos perceptibles en un dominio más vasto, y que cuanto más se eleva uno de un grupo social pequeño y muy unido, de una familia, escuela, taller, iglesia, convento o regimiento, a la ciudad, a la provincia, a la nación, la solidaridad es menos perfecta y sorprendente. Generalmente hay más lógica en una frase que en un discurso, y que en una serie o un grupo de ellos, en un rito que en todo un credo; (p.98) en un artículo de una ley que en todo el código; en una teoría científica particular que en todo un sistema de ciencia; en cada trabajo ejecutado por un obrero que en el conjunto de su conducta.

Ello es así […] a menos que una potente individualidad no intervenga para reglamentar y disciplinar los hechos de conjunto […]

(p.99) […] [E]s preciso […] buscar la adaptación social elemental en el mismo cerebro, en el genio individual del inventor. La invención (entiendo que es la que está destinada a ser imitada, porque la que queda encerrada en el espíritu no importa socialmente), es una armonía de ideas que es la madre de todas (p.100) las armonías de los hombres […] En el fondo de toda asociación entre hombres, existe, lo repito, originariamente, una asociación de ideas de un mismo hombre. […]

(p.112) […] Hay que convenir con los adversarios de la teoría de las causas individuales de la historia, en que se la ha falseado al hablar en ella de grandes nombres donde debería haberse hablado de grandes ideas, que frecuentemente aparecen en pequeños hombres, y también de pequeñas ideas, e infinitesimales innovaciones aportadas por cada uno de nosotros a la obra común. La verdad es que todos, o casi todos, hemos colaborado en esos edificios gigantescos que nos dominan y nos protegen; cada uno de nosotros, por ortodoxo que pueda ser, tiene su religión para sí, y por correcto que sea, su lengua para sí, su moral propia; el más vulgar de los sabios tiene su ciencia, el más rutinario de los administradores su arte administrativo. Y, así como tiene su pequeña invención consciente o inconsciente que aporta al legado secu-(p.113)lar de las cosas sociales, tiene también su irradiación imitativa en su esfera más o menos limitada, pero que es suficiente para extender su hallazgo más allá de su existencia efímera y que sea recogido por futuros obreros que más tarde lo aprovecharán. La imitación que socializa lo individual, perpetúa las ideas buenas y al perpetuarse las aproxima y las fecunda. […]

[…] [C]uanto (p.114) más se han desarrollado las civilizaciones que imperan en la tierra […] más se han acentuado su originalidad y diferencias. Sin embargo […] [s]ólo hay una idea o un corto número de ellas, situadas en el aire, que mueven el mundo; y hay millares de miles que luchan por la gloria de haberlo gobernado. Esas ideas que agitan el mundo son las mismas que hacen lo propio con sus actores: cada uno de ellos ha batallado por hacer triunfar la suya, sueño de reorganización local, nacional o internacional, que se desarrollaba al realizarse, como, aun desvaneciéndose, algunas veces se amplificaba. Cada individuo histórico ha tenido en proyecto una nueva humanidad, y todo ser, todo esfuerzo individual ha sido para la afirmación de este fragmentario universal que contenía su apreciación […]

(p.115) Causa final y causas eficientes se confunden ahora, y no hay lugar para distinguirlas.

Y es porque toda construcción social tiene como materiales y planos lo que le aportan los individuos, y en estos yo no sabría admitir ese carácter de violencia dominadora y soberana que ha estado considerado como el atributo esencial y propio de la realidad social […] [pues] no es por la fuerza como una novedad se introduce, sino por la persuasión y la sugestión moderadas. […]

Conclusión

(p.121) Ya es hora de acabar; pero, al terminar, resumamos las conclusiones principales a las cuales hemos llegado, y busquemos la significación de su aproximación […] La ley de la (p.122) repetición, pues, ya se trate de la repetición ondulatoria y gravitatoria del mundo físico, o de la repetición hereditaria y habitual del mundo viviente, o de la repetición imitativa del mundo social, es la tendencia a pasar por vía de la amplificación progresiva de un infinitesimal relativo a un infinito relativo. La ley de la oposición no es tampoco distinta: consiste en una tendencia a amplificarse en una esfera siempre progresiva, a partir de un punto viviente. Este punto, socialmente, es el cerebro de un individuo donde se produce por una interferencia de destellos imitativos procedentes del exterior, una contradicción de dos creencias o de dos deseos. Tal es la oposición social elemental, principio inicial de las guerras más sangrientas, lo propio que la repetición social elemental, es el hecho individual del primer imitador, punto de partida del inmenso contagio de la moda. La ley de la adaptación, por fin, es también parecida: la adaptación social elemental es la invención individual destinada a ser imitada, es decir, la interferencia feliz de dos imitaciones en un solo espíritu, desde luego; y la tendencia de esta armonía completamente interna en su origen, es, no sólo a exteriorizarse al esparcirse, sino también a aparejarse lógicamente, gracias a la difusión imitativa, con otra invención y así sucesivamente, hasta que por las complicaciones y armonizaciones sucesivas de armonías, se elevan esas grandes obras colectivas del espíritu humano, una gramática, una teología, una enciclopedia, una teoría de derecho, una organización natural o artificial del trabajo, una estética, una moral.

(p.123) En resumen, es cierto que todo procede de lo infinitesimal, y, añadamos, es probable que todo vuelva. Esto es el principio y el fin. Todo lo que constituye el universo visible, accesible de nuestras observaciones, sabemos que todo procede de lo invisible y de lo impenetrable, de una nada aparente, de donde sale toda realidad, inagotablemente. […]

Formato de citación

Tarde, Gabriel (1898/2011). Las leyes sociales. Athenea Digital, 11(1), 255-272. Disponible en http://psicologiasocial.uab.es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/view/

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