Navegando entre-lineas: posmodernidad, política y socialismo del siglo XXI

Por: Javier Biardeau R.
Fuente: Sociologando.org.ve (11.01.07)

Para comenzar, es necesaria una apertura conversacional hacia el multi-verso (Maturana), antídoto contra el dogmatismo y el pensamiento único, espacio de construcción de opciones ante las formaciones ideológicas dominantes, dejando atrás una de las más pesadas obsesiones modernas-coloniales: controlar el Universo a través del saber, la “cárcel ontológica”. Quedémonos más bien con las interpretaciones (y con los conflictos de interpretaciones) y con la historicidad de las verdades… hasta aquí una bienvenida benevolente a cierto espíritu de la posmodernidad: a la sensibilidad crítica de la mono-cultura dominante como paradigma de la razón, a la incredulidad en los meta-relatos de legitimación, configurados desde el occidentalismo moderno, desconfianza en los universalismos éticos, cognitivos, estéticos y políticos.

Sin embargo, con Dussel, consideramos insuficiente el gesto posmoderno como crítica euro-céntrica a la modernidad, se requiere desde las propias geografías de la experiencia subalterna, popular y periférica pasar a una descolonización del clivaje moderno-posmoderno, dar paso a una trans-modernidad, que implica reconocer el pluralismo inter-cultural (ver Dussel) y una meta-política de la herencia moderna, al que reconocemos un ámbito parcial y limitado de validez, incluyendo la política de la izquierda moderna: de comunistas, socialistas, anarquistas y socialdemócratas que recogieron las luchas sociales y políticas de los países-centro del sistema histórico mundial.

El socialismo del siglo XXI emerge en la periferia, este no es un hecho casual, no se levanta sobre universales abstractos, sino que se edifica sobre mundos de vida, pasiones, intereses y razones contextuales, específicas, locales, plurales e inter-textuales de seres humanos que ha sido sojuzgados, humillados y sometidos por el imperio del capital, por la super-explotación y los procesos de exclusión-negación propios de la rapacidad del capital fuera del primer mundo, y por sus agenciamientos político-culturales: explotación, dominación, hegemonía, opresión, exclusión, negación y destrucción de la vida digna. Es en la América Popular Profunda donde se prefiguran los perfiles del Socialismo del siglo XXI, confrontando los anzuelos que lanzan las agencias de modernización capitalista, una vez mas, bajo el paraguas ideológico del neoliberalismo.

Así mismo, esta confrontación pasa por procesos de “empoderamiento” desde abajo, lo cual implica democratización radical de los dispositivos donde se ejerce, construye y acumula poder, esta es la clave del poder popular. Un empoderamiento que reconoce iniciativas para su canalización institucional y los intentos de cooptación y transformismo de agencias como el Banco Mundial. La américa popular profunda viene agenciando cambios, viene trastocando el tablero estratégico del imperio, en una búsqueda de futuro, bajo la corriente calida de nuevos horizontes utópicos.

En Venezuela, se ha abierto un debate sustantivo, una nueva etapa que hay que tomarse con rigor intelectual y con suma atención, con una vocación explícita por la ética del compromiso social y con una evaluación de inventario de la historia de los proyectos transformadores, algo que se ha difuminado en las comunidades de pensamiento, en los llamados “intelectuales”, bajo el impacto de las lógicas instrumentales derivadas de la hegemonía de signo neoliberal.

La invocación del Socialismo del siglo XXI ha minado la tranquilidad de las conciencias, subjetividades que habían abandonado cualquier proyecto de transformación, de quienes se habían refugiado cada vez más sumisamente, bajo el mecenazgo de las fundaciones privadas, bajo los partidos liberal-democráticos o en los pasillos cada vez menos trascendentes de las universidades públicas. La calma de los “cheque-viches” ha sido sacudida por los fantasmas que recorren aún el mundo. Antiguos ex izquierdistas, ex marxistas, ex comunistas hacen gala de un oportunismo veleidoso junto a quienes justifican que la perspectiva de derecha es la “única vía razonable para existir”. Revisemos algunos planteamientos de sesudos articulistas de oposición: Emeterio Gómez, Anibal Romero y Carlos Blanco.

Emeterio Gómez reconoce que la formación clásica y moderna, aquella que nos ha legado occidente, es insuficiente para la lucha por venir contra la emergencia del nuevo Socialismo. Ubica los problemas en una matriz filosófica, en terrenos ontológicos y gnoseológicos y axiológicos. Ha pisado firme sobre un terreno móvil: la crítica a la Modernidad: “…empecemos por precisar el error crucial de Occidente: creer que la razón puede captar la realidad empírica que está fuera de nosotros; no percibir que la racionalidad es apenas una re-presentación de esa realidad. No la verdad, ni “lo que las cosas son en sí mismas”, sino una opinión acerca de ellas.” (El Universal; 7-01-2007).

Si, Emeterio, la razón es doxa, no episteme, una opinión con su propio “régimen de verdad” (Foucault) y con un poderoso efecto de legitimación en el dispositivo tecno-científico (Lyotard). Quienes hablan desde la episteme, pretende dejar atrás la caverna, cuando simplemente nos persuaden a penetrar en otras grutas, en otros claroscuros. La posmodernidad nos habla de retóricas de la verdad, de la objetividad, de las esencias, de las sustancias. Pura retoricidad, nada de realidad, conjeturas siempre falibles inscritas en paradigmas y tradiciones de investigación.

Pero lo posmoderno puede convertirse sin mas, en una nueva voluntad de dominio.¿Es la verdad una simple pirueta del poder? ¿Son los juegos de verdad simples maquinaciones de poder?. Se requiere una vuelta de tuerca adicional, la pos-modernidad es un tránsito inevitable, pero es insuficiente…el más allá de la posmodernidad es una obra abierta…fin y comienzo, estado naciente que tematiza explícitamente la barbarie generada por los meta-relatos de legitimación, tal vez allí, este la clave; los pensamientos contra-hegemónicos atraviesan los posmoderno, están siempre en suspenso, inconclusos, abiertos…complejos como el devenir multidimensional (Morin).

Lo siguiente es un verdadero extravío de lo razonable en Emeterio: “Si queremos derrotar a Chávez tenemos que exorcizar nuestra cultura occidental. Tenemos que asumir el título del hermoso libro de Schopenhauer: El mundo como representación y voluntad, una síntesis de la crisis de la filosofía griega. La intuición final de que la razón a la que aún nos aferramos es apenas una interpretación de la realidad ¡una ideología más!” (El Universal; 7-01-2007).

Para derrotar a Chávez hace falta mucho más que “exorcizar” la “cultura occidental”, abjurar del racionalismo crítico o rebatir a la posmodernidad, la oposición tiene que construir una mayoría política democrática. Allí es donde se demuestra la terrenalidad de un pensamiento de oposición. No fue la crisis de la Modernidad la que coloco allí a Chávez, aunque algún aspecto de este proceso forma parte de condicionamientos complejos.

El socialismo “chavista” no depende del “marxismo” o del “posmodernismo”, ¡Dios lo libre!, je, je… Depende de una mayoría democrática, del poder popular. También depende de pasiones y razones, de múltiples argumentaciones, de pensamientos críticos y contra-hegemónicos, entre los cuales versaran discípulos de Marx y de otros tantos, de Nietzsche, Wittgenstein y Heidegger, para gusto de Emeterio Gómez, de Abdel-Malek, Dussel, Mignolo o Chomsky, para gusto de otros, de Martí, Zapata, Sandino, Mariategui y el Che, dirán otros… de Gustavo Gutierrez, del Cura Camilo y de tantos curas populares, dirán también, y así sucesivamente… hasta sumergirnos en la raíz nacional- popular y anti-imperialista de la “revolución bolivariana”.

La revolución bolivariana ha levantado tres banderas inicialmente: una bandera nacional-revolucionaria de carácter anti-imperialista, una bandera igualitaria y justiciera que confronta al desorden neoliberal, y una bandera democratizadora que desmonta el simulacro de la democracia elitista con coro electoral. Allí confluyen la raíz indígena, afro-americana, popular, mestiza subalterna, libertaria y emancipadora con otras cosmovisiones, otras formas de vida que han resistido a los procesos de modernización capitalista dependiente, con su carácter trunco y reflejo. “¿Retorno del caos telúrico, del proyecto identitario esencialista?. Sólo para aquellos que ignoran la vitalidad del equilibrio entre Pachamama y Pachatata en la cosmovisión andina, o la cruz del cuzco, entre otros mitos campesinos, populares, de los sectores oprimidos de América. Allí se articulan el Imaginario popular indo-afro-americano.

Las elites siguen haciéndose los ciegos. La mirada pasa frente al rostro del “pobre” sin distinguirlo como humano, como prójimo, del otro que existe en el con-vivir cotidiano, ni siquiera la caridad cristiana permite el encuentro, la herencia de la situación colonial ya no permite categorizarlos: “humildes pero honrados”, ahora son “plebe”, son “sin clase”. Ignoran el “pueblo profundo” y les arrojan anzuelos de Modernidad. He allí la tragedia de la derecha liberal, defienden una democracia cuyo coro depende de procesos de polarización social, el coro se ha convertido en grito de protesta.

Tal vez necesita recorrer Emeterio otros corpus textuales. Como planteaba Mariátegui, se trata no solo de figuras del racionalismo moderno-occidental las que plantearán la actualidad de la Revolución, se trata de una fe, del papel del mito en las historias subalternas junto al rigor del pensamiento crítico, de la construcción de una voluntad colectiva (Gramsci) y una nueva hegemonía “filosófica”, recordando que “todos los hombres y mujeres filosofan, lenguajean, argumentan, hablan y piensan”: de allí el carácter incluyente de la revolución socialista y su denuncia de la inhumanidad del sistema histórico colonial-moderno. O Socialismo o Barbarie (Rosa Luxemburgo) si queremos preservar la vida digna sobre el planeta.

Pero no cualquier socialismo, no se trata de volver a repetir en calco y copia, el llamado “socialismo real” ha quedado en el siglo XX. No se trata de repetir los prejuicios coloniales de la tercera internacional comunista. Se trata de un socialismo plural, pluricultural, de una revolución cultural, democrática y descolonizadora como lo ha dicho Evo Morales. Hay que liberarse del pensamiento colonial. Un “coyote” no es un “perro”, y un “chigüire” no es un “pez”, como dicto algún Papa extraviado. Allí Betancourt y Haya de la Torre comprendieron mucho más que los funcionarios de la burocracia soviética: las tradiciones nacional-populares son fermentos de transformación social. Falta saber si son sometidas a operaciones de neutralización-cooptación o a procesos de movilización radical.

Se trata de la dimensión pasional del enunciado desde el mundo de los oprimidos (Freire), de la enunciación de las voces subalternas (Guha), no de la proposición encapsulada en la lógica formal (Aristóteles). Tampoco se trata de “sistemas teóricos revolucionarios” (“sin teoría revolucionaria no hay praxis revolucionaria”, recuerdas?), de “principios filosóficos conclusos”, de “programas matemáticamente diagramados”, que vanamente buscan en Heinz Dietrich o Meztsaros, como si se tratara del “santo grial de la revolución”, se trata de los contenidos concretos del horizonte utópico que anima las mentes y los corazones de las mayorías populares. Se trata de un horizonte en permanente construcción: otro mundo es posible, así de simple. De lo que carece la oposición es de horizonte utópico (Good bye Chicago boys, Good Bye Mr. Hayek, Mr. Friedmann, Mr. Buchanan), carece de mitos e imaginarios de emancipación, de justicia social, de igualdad, de liberación. También carecen, y gracias a Dios, de la fuerza pregnante de aquellos mitos reaccionarios típicos de la derecha histérica que animan textos como “mi lucha” de Hitler (o sus derivaciones anticomunistas, ver mentalidades de inciso sexto) que construyan al menos, formaciones análogas a los camisas negras o los SA (Pinochet, último testamento del fascismo latinoamericano).

En conclusión: la derecha se ha quedado sin piso popular, porque se ha desenmascarado el simulacro de democracia del elitismo. Como han reiterado los prejuicios de derecha: “no todos los asuntos pueden ser sometidos a consultas populares.” Menos aún, la propia democracia.

Chávez ha logrado separar lo que se articuló de manera histórica y contingente en la Modernidad Colonial: el liberalismo ramplón de la propiedad privada y el demos popular: aquel que inspira la consigna: ¡¡¡ el pueblo unido jamás será vencido!!!. Falta saber, si esta separación no liquidará lo positivo del liberalismo democrático: los derechos humanos y un concepto de libertad positiva que debe superar la tesis de los “egoístas” regulados por la “mano invisible”. Los espacios de libertad para subjetividades que se demarcan de la cárcel de individualismo posesivo, se conectan con la liberación social. Nuevas resonancias entre libertad personal, entre subjetividades en proceso, y cambio social. No se trata del “hombre nuevo” como tipo promedio, sino de una multiplicidad de singularidades en proceso, nuevas mentalidades y pasiones, formas de carácter social humanizadas por la diversidad, por la construcción permanente de ese mundo donde conviven muchos mundos.

El socialismo por venir se alimentará de una multiplicidad de tradiciones, memorias, voces y esperanzas de justicia social, igualdad y emancipación. Si la derecha histérica quiere rebatir algo, tendrán que derrotar a este bloque de valores e ideas político-culturales en la batalla de la opinión y del poder comunicativo de la esfera pública. Allí se jugaran las opciones, y democráticamente se prefigurarán los límites de la revolución, límites que se construirán políticamente, sin la apelación a razones trascendentales o a universales abstractos.

Ahora bien, la revolución encierra peligros y riesgos. Toda revolución engendra sus propias sombras. El autoritarismo, el monolitismo ideológico y el dogmatismo no son patrimonios exclusivos de la derecha. Relativa razón puede percibirse en algunos planteamientos de Anibal Romero (El Nacional; 27 de Diciembre de 2006), quién condena al Socialismo a ser una “ilusión sin destino, una ilusión catastrófica: “… la teoría marxista del “bonapartismo” o “cesarismo”, pues resulta herramienta útil para el esclarecimiento del actual escenario nacional. En ese rumbo importa señalar que el pensador marxista italiano Antonio Gramsci, siguiendo a Marx y sus estudios sobre política francesa del siglo XIX, afirmó que el cesarismo expresa un marco de fuerzas sociales en conflicto que alcanzan un “balance catastrófico”. Se trata, escribe, de “fuerzas sociales que se estabilizan de modo tal que la continuación de su enfrentamiento sólo puede llevar a su destrucción recíproca. El cesarismo, como mando unipersonal de un caudillo, surge cuando una sociedad dividida y exhausta confía a un individuo el papel de árbitro, colocándole en el vértice de una situación “caracterizada por un equilibrio de fuerzas que avanza a la catástrofe”.

Lo que omite, de manera ideológicamente sesgada Romero, es que Gramsci habla de dos modalidades de cesarismo, tal vez podrían ser más: “Pero el cesarismo, si bien siempre representa una solución “arbitral”, confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectivas catastróficas, no posee siempre el mismo significado histórico. Puede haber un cesarismo progresivo y uno regresivo, y el significado exacto de cada forma de cesarismo, en último análisis, puede ser reconstruido por la historia concreta y no por un esquema sociológico. Es progresivo el cesarismo, cuando su intervención ayuda a triunfar a la fuerza progresiva aunque sea mediante ciertos compromisos y moderaciones limitativas de la victoria…Se trata de ver si en la dialéctica «revolución-restauración» prevalece el elemento o el elemento restauración (…) (Gramsci-El Cesarismo. Notas sobre Maquiavelo y el Estado Moderno)”.

Supongamos, que Chávez pueda ser expresión del “Cesarismo Venezolano”. En los términos de Gramsci, el Cesarismo de Chávez será claramente revolucionario y traduce tanto un grado de madurez de los sectores populares para romper de manera pasional e instintiva con el capital, como un síntoma de inmadures ético-política de una formación político-partidista para ejercer funciones de dirección intelectual, cultural y política. De allí la ausencia de una mediación político-partidista (no se trata de un simple instrumento) y una grave debilidad de los aparatos culturales contra-hegemónicos conformados por “intelectuales orgánicos” que sirvan de soporte. No existe una estructura organizativa que sirva de instrumento político de la revolución, pero el problema no es solo de una estructura, de un instrumento. Esta es una visión extremo simplificada, se trata de un viejo debate organizativo, que ha constatado que el partido-burocracia prefigura un estado despótico; es decir, mayor concentración y monopolio del poder.¿ Esto implica abandonar a toda forma-partido en el basurero de la historia?. No necesariamente. Allí esta el reto, ¿Cómo construir mediaciones político institucionales que no enajenen la voluntad popular?. Se trata de mediaciones y articulaciones, no de instrumentos o estructuras. Mas allá de las estructuras esta la vida de los procesos, de los movimientos. Una revolución que estimula estructuras sobre-codificadas construye burocracias, jaulas de hierro. Se requieren más bien estructuraciones, rotaciones, revocaciones, direcciones compartidas, elecciones por la base, mecanismos de consulta permanentes, construcciones deliberativas de la voluntad común, disminución de la separación entre dirigentes y dirigidos, redes, compromisos de acción, responsabilidad común y personal, democracia interna, libre expresión de corrientes de opinión, allí esta el reto organizativo.

Quién monta un organigrama inflexible sobre el movimiento real, acaba matando los procesos de articulación política. La crisis de los partidos de izquierda, la crisis de los referentes de izquierda y la crisis de los intelectuales de izquierda van de la mano en Venezuela, conformando no una vanguardia sino una retaguardia. Esta debilidad se expresa brutalmente con la ausencia de “cuadros revolucionarios”, “crisis ético-política”, “ausencia de dirección colectiva”.

Aquí se inscribe el debate sobre el PUSV y el cuestionamiento de una tercera debilidad de la revolución: burocratismo, corrupción, personalismo. Chávez es la única autoridad del futuro PSUV que se ha legitimado por la base.¿Podrá el resto lanzarse en un proceso de designación abierto, a cuales cargos, para cuales funciones y tareas, con cuál padrón electoral, con cual marco disciplinario, con cual proceso de inscripción?. No se trata de asuntos meramente procedimentales, en estos mecanismos operan profundas lógicas de sentido y significación, profundas premisas que deben debatirse de manera rigurosa y sobre todo abierta al pueblo, a ese pueblo que desea cambios. ¿Puede el PSUV ser un contrapeso a desviaciones cesaristas del liderazgo revolucionario?

Sin embargo, Anibal Romero extrae conclusiones exactamente opuestas a las que aquí justificamos: “¿Se comportará el César democrático como árbitro estabilizando la turbulencia, tal como lo pide la sociedad, o empujará las fuerzas más allá del equilibrio hacia la catástrofe? Cuando uso el término gramsciano “catástrofe” me refiero a la posibilidad de la dictadura desembozada, como culminación de una dinámica cesarista que pretenda trascender el papel arbitral, y transformar al país en una dirección socialista. Ésta es la interrogante cuya dilucidación definirá el carácter de los tiempos por venir.”. Romero, utiliza un subterfugio textual cuando dice:… como lo pide cuál sociedad?. Obviamente la sociedad del privilegio: la sociedad liberal. Chávez más que arbitrar entre “democracia y socialismo” como lo plantea Romero, arbitrará las líneas de construcción del Socialismo en un cuadro de nuevas contradicciones. Su liderazgo moral, frente a los riesgosos costos de una degeneración cesarista, estarán en juego. ¿Catástrofe?…depende, depende…demasiado pronto para profetizar… solo basta recordar que el “culto a los héroes” puede conducir a personalismos infalibles, y que no es prudente tratar a los mortales como si fuesen dioses, porque hay que evitar lo peor; es decir, cualquier figura de despotismo.

Entramos al terreno complejo, el debate del Socialismo. Aquí también la derecha espera su oportunidad para capitalizar las debilidades del debate interno en el seno del campo revolucionario. Debate interno que debe darse con el riesgo de “entregarle armas al adversario”. Allí se jugará la madurez, formación y disciplina de los revolucionarios. Evaluando los potenciales impactos de las intervenciones. Se trata de una disciplina responsable del uso de los micrófonos, en política habrá doblez, secreto, engaño, astucia y manipulaciones, pero los principios y los cursos de acción deben procesarse con mediaciones democráticas.

Carlos Blanco (El Universal, 7-01-2007) plantea: “Intelectuales con distinto grado de vinculación al chavismo han encendido sus alarmas. Su inquietud se relaciona con la operación relámpago con la que el caudillo impone sus tesis. Chávez ha dictado unas instrucciones que deben ser cumplidas en forma inmediata, de lo contrario, los discrepantes se convertirán en gelatinosos aliados, cuando no en enemigos solapados.”.

Realmente Blanco desconoce las propias palabras de Chávez: “quiero decirles que entiendo perfectamente la necesidad que tienen los partidos existentes de tomarse un tiempo para discutir este tema (construcción del PSUV) con sus bases. Este es un asunto demasiado importante. No debemos apresurarnos. Los procesos democráticos requieren tiempo”.(Chávez; el discurso de la unidad, p.12). ¿De donde saca Blanco sus argumentos?. De su deseo de que todo este debate y esfuerzo organizativo sea un total fracaso.

Blanco utiliza los siguientes argumentos: “En un documento que circula en la red, Edgardo Lander sostiene que “toda posibilidad de formular como proyecto de futuro la construcción de una sociedad democrática alternativa al orden capitalista concebida como el Socialismo del Siglo XXI, tiene que iniciarse, necesariamente, con un debate profundo sobre la experiencia histórica del socialismo del Siglo XX, especialmente del socialismo que realmente existió en lo que fue su expresión hegemónica, el socialismo soviético”. Más adelante indica “de no abrirse y profundizarse este debate, se corre el riesgo de que la idea del socialismo del siglo XXI se convierta en una consigna hueca. ¿En este caso el enunciado, lejos de contribuir a aclarar ideas, sólo puede contribuir a ocultar la ausencia de reflexión colectiva y construir una falsa noción de consenso -el consenso del no debate- sobre un asunto tan crítico para el futuro del país?. La experiencia histórica sugiere con contundencia que la identidad Estado-partido no es la vía que conduce hacia la democracia”.

Lander esta en lo cierto, el partido prefigura el Estado. Un partido radicalmente democrático en su vida interna fortalecerá el Estado Democrático. Aquí nadie habla de un partido-único, sino de la estructuración de mediaciones y articulaciones político-organizativas, llámese forma-partido o partido-movimiento que logre la unidad democrática de las fuerzas revolucionarias socialistas de Venezuela. Ya hace tiempo, Chávez venía planteando: “Quizá la solución para construir un instrumento político que necesitamos, sea crear una instancia que vaya más allá de los partidos y que proponga un movimiento unitario, un bloque popular bolivariano.”(Hugo Chávez en entrevista concedida a Martha Harnecker, pag. 204)

Bajo este espíritu, es conveniente re-actualizar la idea de una estructura flexible que asegure la idea-fuerza de un Movimiento Unitario de Movimientos, que articule y construya las mediaciones de este Bloque Popular Bolivariano, un nuevo Bloque Histórico de Poder. Chávez justifica la unidad en una forma-partido, recordando los errores y trágico destino de la UP chilena para profundizar la vía democrática hacia el Socialismo. Mantener partidos cuya cultura de debate es la distribución de cuotas de poder sería una catástrofe. Se trata de un “salto cualitativo”, que se consulten a las bases, que democráticamente se debata y se decida. Es posible que se logren encontrar formulas organizativas donde se combine la forma-partido con un gran espacio para la presencia de movimientos sociales de distinto tipo, para que el debate de ideas desplace a la lógica de los intereses utilitarios, para que las redes, mediaciones y articulaciones permitan el fortalecimiento del poder popular. La revolución “desde arriba” debe acompañarse de una revolución “desde abajo”. Invocar al poder constituyente para las tareas que se abren es imprescindible.

Así mismo, Blanco cita a Rigoberto Lanz: “Me parece demasiado claro que estamos en presencia de una coyuntura signada por una tensión brutal entre la lógica de los aparatos y la lógica de los movimientos, entre la racionalidad burocrática del Estado y la racionalidad emancipatoria del poder popular. El debate sobre el socialismo, el partido, y sobre la idea misma de revolución, muestra palmariamente el fondo de estas contradicciones. Nada extraño por lo demás, vista la experiencia histórica de estos mismos debates en el seno de los agrupamientos de izquierda en todo el mundo. La clave en el tiempo que viene es empujar con fuerza toda tendencia que intente saltar este límite pragmático que impregna la agenda de discusión. No hay que esperar mucho desde el poder constituido. Las fuerzas emergentes están en otros lados.
El poder subversivo de la crítica hará su trabajo. La apuesta por una expansión radical de los espacios de libertad (otra idea de ‘democracia’) se abrirá camino. Las operaciones administrativas concertadas entre aparatos no agregarán nada a esta dinámica. Me parece que la estrategia debe orientarse hacia el terreno de la organización del poder popular y sus nuevas modalidades de gestión política. Desde luego, sin dejar pasar ninguno de estos anacronismos teóricos que se deslizan con demasiada impunidad”.

Es importante, sugiero moverse con mayores matices, plantear la superación de viejas antinomias, utilizar una lógica superior, más cercana a la complejidad, donde las contradicciones no son exclusivamente antagónicas, donde las complementaciones o las opciones no pensadas pueden dar lugar a salidas de innovación, la construcción de mediaciones y articulaciones organizativas de un bloque popular bolivariano requiere pensar más en procesos de comunicación política, que en organigramas que reparten cuotas de poder. Primero el pueblo auto-organizado en diferentes instancias para ejercer realmente el poder desde la base, luego, se ha reconocido el liderazgo de Chávez, previendo cualquier rasgo cesarista que lo lleve a cometer graves errores políticos, y en tercer lugar, una nueva selección-formación de verdadero dirigentes sociales y políticos, una organización-escuela permanente de dirigentes revolucionarios, que permita potenciar y consolidar el poder popular. Finalmente, una organización con vocación de mayorías, una organización para la democratización sustantiva de la sociedad y del Estado. Unidad de acción y voluntad, diversidad de pensamientos en debate disciplinado y riguroso, metódica democrática para la resolución de diferencias, construcción y ampliación permanente del poder popular.

Frente a estos debates, la tesis de Carlos Blanco es cristalina: “La demanda de quienes participan del lado de Chávez es, simplemente, discutir. El problema con el que se confrontan es que la ausencia de controversia no es un pequeño error de método, sino un elemento consustancial al proyecto presidencial. Un proceso neo-autoritario como el actual, requiere una concentración máxima de poder en el Estado y, en el paroxismo de esa dinámica, una masiva acumulación de poder en el presidente de la República, con el socorrido argumento de la necesidad de derrotar a los enemigos. Esto implica el ejercicio absoluto de la voluntad política y, dentro de ésta, podría decirse así, de la voluntad intelectual del jefe. La identificación soviética entre el proletariado, el partido y el Estado, se traduce aquí en la identificación entre el pueblo, la Fuerza Armada, el Estado, el (próximo) partido único, y el líder.”(El Universal; 7-01-2007)

El proceso revolucionario venezolano se enfrenta a un nuevo cuadro de conflictos sociales y políticos. El Nuevo Socialismo debe evitar los errores del programa, la conducción y organización de los viejos socialismos. En el marco de una Revolución Democrática, el Socialismo será internamente plural y diverso, o simplemente será una regresión. Mientras la derecha profetiza el desastre de la Revolución, el pueblo organizado debe probar en la praxis que las conclusiones de la derecha no son ni automáticas ni inevitables:

“La consagración de la infalibilidad revolucionaria del nuevo césar se revela en la decisión de fundar el partido único. La pluralidad partidista implica, aunque no sea más, un amago de debate público; cuando todas esas corrientes se vean sumergidas bajo el mando del camarada Presidente, que a su vez es comandante en jefe de la Fuerza Armada, secretario general y líder del pueblo, todas las discusiones serán “internas”: es decir, no existirán.(…) La consecuencia de esa sabiduría concentrada en el líder no puede conducir más que a su condición de personaje indispensable y tal necesidad absoluta, ya que los dictadores clásicos no son posibles porque no son admitidos en el mundo globalizado, se resuelve por la vía de la reelección indefinida, que, lentamente, se inocula como objetivo deseable en las almitas revolucionarias. (…) No pasará mucho tiempo sin que los críticos, tras ser reconvenidos, sean discretamente marginados. Es posible que más pronto que tarde, vean que detrás del rojo rostro de la promesa socialista, se encuentre el más conocido y negro del militarismo latinoamericano, que varias veces ha sido de derecha y otras veces, aunque menos, ha sido de izquierda. Pero siempre, invariablemente, militarismo fascistoide”.

La derecha opositora espera la manifestación de contradicciones, para aprovecharlas como debilidades del proceso de transformación. Esto debe ser claro para quienes presionan legítimamente por debate constructivo y crítico, quienes tendrán que moverse con suma astucia para no ser estigmatizados de lado y lado. El debate del socialismo del siglo XXI será obra de la autorreflexión del pueblo sobre sus experiencias y proyectos de transformación radical, y no de intelectuales selectos, aunque será imprescindible rigor intelectual. El propio estatuto de los intelectuales revolucionarios está a la orden del día. ¿Se mantendrá la tradición socialista del siglo XX donde los “mandarines ideológicos” predominarán bajo el estandarte del privilegio epistemológico (Kaustky y sus derivados) o se creará una nueva articulación entre la elaboración teórica de concepciones críticas del mundo y la praxis de transformación desde lo popular y lo subalterno. El debate está abierto, Chávez debe escuchar la sabiduría indo-americana. Chávez, debe acercar su oído a la tierra, a las bases de lo popular profundo, y conjurar con su estilo de liderazgo la proyección que desde la derecha pretenden imponer como destino: la de ser un pequeño tirano.
 

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