Las izquierdas políticas

Por: Marcelo Colussi
Fuente: Diario “La Insignia”. Guatemala, octubre del 2004.

Resulta bastante difícil definir con precisión qué significa ser de izquierda. Decir que lo que no es de derecha suena, cuanto menos, ingenuo -las definiciones dadas por su contrario, más allá de sonoros retruécanos, no definen nada-.

Aunque, claro está, tampoco es para ahogarse en un vaso de agua: mal o bien existe una intuición de por dónde va la perspectiva. Ser de izquierda, en términos generales, es ser progresista, es no ser conservador. Y entra allí, por cierto, un amplio abanico que pueda dar para todo, o para mucho al menos.

Como toda expresión política, la izquierda -si es que efectivamente tiene una unicidad en su variada gama- da lugar a todos los matices humanos: posiciones más esquemáticas aquí, menos autoritarias allá, radical en algunos casos, pintoresca en otros, descabellada a veces, con una profunda convicción ética en ocasiones, oportunista otras veces. Es decir: hay para todos los gustos. Desde posiciones políticas de derecha (diríamos entonces: conservadoras), la izquierda puede ser vista como su opuesto; por tanto, lo que definiría es entonces su talante transformador. Esto dice algo, da un perfil, pero no termina de explicar la diversidad. Quizá, para ser objetivos en el análisis, no hay una izquierda, sino “izquierdas”, que no es lo mismo. Y en todo caso eso, esa pluralidad, más que hablar de una debilidad conceptual o filosófica, o política incluso, habla de la riqueza de las expresiones humanas y de su imposibilidad de subsumirlas bajo un único común denominador. ¿Quién es más de izquierda: los movimientos armados o los partidos socialdemócratas parlamentarios legalmente constituidos? ¿Los movimientos campesinos o los sindicatos obreros? ¿Son más de izquierda los planteos leninistas o los maoístas? ¿Son de izquierda los movimientos de homosexuales?, ¿y los movimientos anti guerra? ¿Son también de izquierda las reivindicaciones étnicas? ¿Y los partidos verdes? Y así llegamos al actual movimiento antiglobalizador. Sin dudas es de izquierda en términos políticos, culturales, humanos; aunque, lo sabemos, hay ahí una variopinta composición con mucha gente que no se siente, en términos estrictos, leninista ni maoísta, ni quiere serlo, ni lo será nunca. Gente, organizaciones, expresiones sociales que mantienen aspectos comunes mínimos: todos están contra un modelo económico capitalista neoliberal injusto, todos están -aunque sea algo vago decirlo así- por “otro mundo posible”. Las izquierdas, ya no tanto como formulaciones estrictamente políticas sino como proyecto de vida, como voces contrarias a modelos que promueven la exclusión social, no tienen una plataforma partidaria única. No la tienen ni podrán tenerla, ni es deseable en modo alguno que la tengan. La fuerza de la izquierda está en ser contestataria, en no ser dogma, en no ser conservadora; aunque -y esto abre otros caminos de análisis- muchas veces lo ha sido, tanto o más que la derecha. Lo que queda claro es que como proyecto de vida, de sociedad, de sujeto individual incluso (se hablaba del “hombre nuevo” tiempo atrás) no se restringe a un manual de acción. Queda claro también que los sujetos concretos de carne y hueso que se dicen de izquierda, todos (habrá que decir “todos y todas” para estar acorde con los tiempos que corren) pertenecen a su historia, a su medio.

Exactamente éso son los límites, lo que nos constituye en cada caso, y contra lo que no se puede ir más allá. El mismo Marx, el más profundo pensador de la izquierda, no pudo ir más allá de sus límites (¿por qué iba a poder?), y algunas de sus formulaciones -recontextualizables hoy día- nos lo podrían hacer ver ahora como un eurocentrista para el mundo actual, heredero aún de prejuicios raciales. Esto es: nadie es acósmico, nadie puede estar más allá de sus determinaciones históricas. Por eso, según desde donde se levante el discurso de la izquierda, será el tenor del mismo. La izquierda no puede ser unívoca; las luchas de transformación de los países capitalistas del norte desarrollado y próspero -donde el hambre, si lo hay, no tiene jamás los ribetes trágicos del sur- son distintas, cada vez más distintas de las de los pueblos famélicos del Tercer Mundo. En el norte se discute sobre la calidad de la vida; en el sur sobre su posibilidad. ¿Son distintas entonces las izquierdas del norte y del sur? Todas las expresiones de izquierda tienen algo común: buscan un mayor grado de justicia en el mundo. Pero parten de contextos distintos, por lo que sus cosmovisiones y proyectos son distintos también. En algunos países desarrollados se lucha hoy por una jornada laboral de cinco horas diarias, mientras en el sur el drama es la falta de trabajo; el tema ecológico en el norte significa que no se sabe qué hacer con tanta basura y la contaminación que produce tanta industria y tanto motor de combustión mientras que en el sur significa la pérdida de los bosques y la desertificación. Hoy día la izquierda puede levantar banderas contra el hiper consumo en el norte, mientras que en el sur el drama sigue siendo la falta de alimentos. Es decir: la marcha del capitalismo llevó a un desarrollo tan desparejo que se dio como resultado mundos distintos, por lo que las fuerzas progresistas, las fuerzas de la izquierda, tienen ante sí desafíos muy distintos según en cuál de esos mundos se ubiquen.

Ni el norte ni en el sur ser de izquierda es fácil, tranquilo, libre de problemas. Pero los estilos de represión de los discursos alternativos son igualmente distintos: en el norte es más fácil que la maquinaria social dominante los fagocite y los integre; en el sur lo más probable -esto no ha cambiado en lo sustancial en estos últimos años- es que los desaparezca físicamente, botando el cadáver en un descampado muchas veces. Y los retos de la izquierda son igualmente difíciles en uno y otro lado: ¿es más sencillo luchar contra los aparatos represivos del Estado o contra las grandes corporaciones multinacionales? ¿Es más fácil combatir el hambre o el hiperconsumismo? No es justo creer que sea “más fácil” luchar contra la corriente en un escenario que en otro; las luchas contra las injusticias son siempre eso: luchas. Ninguna tiene el triunfo asegurado, y en todos los casos el compromiso de enfrentar los poderes establecidos implica enormes riesgos. Si bien pueden cambiar las coyunturas, lo que no cambia es el espíritu de transformación. Eso, en definitiva, es ser de izquierda.
 

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