La izquierda, ¿hipótesis muerta?

Por: Jorge Moruno Danzi / Activista y sociólogo
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net (29.11.11)

El eje izquierda-derecha se revela en nuestro tiempo como obsoleto, incapaz de datar al conjunto de transformaciones culturales, políticas, socioeconómicas y psicosociales de nuestra época vivida. Se queda corto, reduccionista, al tratar de ubicar la realidad compleja dentro de una visión unidimensional que drena por todas partes. La irrupción del 15M da claras muestras de ello. Un acontecimiento que leído desde una óptica clásica, debería haberse traducido en votos a IU en las pasadas elecciones del 22M, o en ampliar los grupos de izquierda. Pero el 15M existe en sí mismo y no responde a la lógica del caladero de votos o del engrosamiento de mi organización particular.

Posiblemente tenga que ver con eso que llamamos –a espera de un mejor nombre–, posmodernidad. Es decir, la imposibilidad de marcar un único relato,un único sistema de creencias que ofrezcan respuestas coherentes y holísticas a las preguntas que nos hace el mundo contemporáneo. La producción de subjetividad, es decir, nuestras inclinaciones en las formas de ser, ya no son sólo patrimonio del Estado, el partido, la fábrica o la religión, sino que se encuentra atravesada por múltiples estímulos y roles que cumplir en la vida, imposibles de encasillar en formas lineales, homogéneas, fácilmente identificables.

Toda lectura de la realidad que parta de categorías de análisis que acaben por justificar una idea prediseñada, terminan siempre en frustración e incomprensión. Si la gente ha salido a la calle y ha comenzado a organizarse bajo criterios distintos a los repetidos por los que se autoproclaman revolucionarios o progresistas, ello debería hacer ver que existe una falta de análisis y una sobredosis de ideología que no cuajan con lo que sucede. Los que se llaman comunistas nunca han tenido intereses propios, son anfibios que no se aferran a verdades trascendentales. Debemos evitar eso que Gramsci veía como uno de los peores males, no armonizar el pensamiento con los elementos de la realidad cotidiana o no saber sentir las necesidades de los explotados. Esta ausencia de dramatización de la vida, incapacita cualquier aplicación de medidas generales y a los imaginarios “que no pueden imaginar el dolor que la crueldad termina por despertar”.

No se trata tanto de poner en tela de juicio los valores históricos que encarna la izquierda –o la extrema izquierda–, sino de cuestionar su forma, su puesta en escena, su manera de descifrar la realidad. Recordar por qué una persona se hacía de izquierdas resulta fundamental para comprender su función histórica. Ser de izquierdas ha sido un mecanismo, ha conseguido proyectar un universo mental acorde a las necesidades e intereses de los desfavorecidos y explotados del mundo, pero nunca al revés. La izquierda al servicio de las gentes y no viceversa. Por el mismo motivo que la entendemos como una herramienta que cristalizaba la organización del descontento, tenemos hoy que redefinir los conceptos para que, nuevamente, se interpreten las intenciones de impugnación de los de abajo.

Tampoco debería sorprendernos; si algo nos enseña Marx, es que nada en la vida es para toda la vida y que el capitalismo, lejos de la reducción economicista, es ante todo un modo de relacionarse que varía. Nietzsche afirmaba que los ateos no se despojaban de su condición de religiosos por el mero hecho de negarla, lo podían seguir siendo precisamente por seguir manteniendo una fe ciega en la búsqueda de la verdad única. Sacralizar posturas, símbolos o colores, como verdades eternas al margen de los cambios, nos exime de nuestra condición laica en la política, para convertirla en un presupuesto religioso inamovible, sin necesidad de verificar en la práctica. Como Durruti, también nosotros y nosotras renunciamos a todo, menos a la victoria. Eso no significa para nada, –es más, lo recrudece–, la desaparición del conflicto en torno a cómo debe organizarse, entenderse, la vida en común, en sociedad. Simplemente que cada tiempo, requiere su tiempo; cada forma, cada símbolo o referencia implica un contenido, que lejos de toda sacralización, responden y componen un tiempo histórico dado. Paradójicamente, era Lenin quien decía aquello de que “cada eslogan particular debe ser deducido de la totalidad de características específicas de una situación política definida”.

Se ha producido un doble efecto. Al tiempo que el capitalismo ha ido adoptando una proyección joven, dinámica, transgresora, la izquierda ha caminado en la dirección contraria, hacia lo viejo, lo rancio y lo nostálgico. El filósofo William James afirmaba que la acción viene ligada a una “voluntad de creer” y para ello diferenciaba entre lo que denominaba hipótesis vivas e hipótesis muertas: las vivas son aquellas que nos sugieren “una verdadera posibilidad”, “que resuenan en el alma de las personas”. Por contra, las hipótesis muertas son las que han perdido la validez de nombrar aquello que sucede y que por mucho repetirlo jamás lo conseguirá. Es “una llamada a actuar que no sabe producir un eco en nuestra conciencia”.

La batalla por la apropiación del saber y por lo tanto de la orientación en las disposiciones humanas, se libra hoy entre dos puntos: oscila entre una aparente diferenciación de formas de vida, pero finalmente reducidas al espacio liso del capital; y entre una coordinación compleja de diferencias, capaz de emanciparse del monolingüismo del capital. Sometimiento o éxodo de la dominación semiótica del capital, esa es la cuestión. La publicidad es un buen ejemplo para observar la batalla mental y la lucha por el significado de las palabras y por lo tanto de las cosas. Ha sido la que mejor ha sabido adoptar –hasta ahora–, las prerrogativas y las aspiraciones emancipatorias de la humanidad: Ikea es un diseño democrático y el modelo Ds4 de Citroën es un modelo “contra lo establecido” y Endesa es luz y también personas. Los anuncios pueden ser queer, ecológicos o “antisistema”, e incluso explican la historia de las revoluciones a través de un coche.

Los y las indignadas de medio mundo que toman las calles y la red son el cuerpo social del intelecto general conectado, es como un virus bacteriológico que desobedece y produce la ruptura; toman el testigo de la ilusión que en su tiempo generó la izquierda, haciendo suyas las palabras del poeta Gunter Eich, “cantad canciones que nadie espera escuchar de vuestras bocas”. Evaristo, el cantante del mítico grupo de punk, La Polla Records, tiene más razón que nunca cuando decía que “nuestra arma secreta es el cerebro”. La creatividad y la innovación colectiva que inundan las plazas, trasladan el saber y el conocimiento de las esferas publicitarias para ponerlas a trabajar en un fin común, de todos y para todos. Son la hipótesis viva que sí se hace eco en nuestra conciencia: “No somos de izquierdas ni de derechas, somos los de abajo que vamos a por los de arriba”, “we are the 99%”.

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