Ministerio de Cultura: Menos tecnicismo, más humanismo

Por: Elizabeth Neira
Fuente: http://www.elizabethneira.blogspot.com

El Consejo Nacional de la Cultura y las Artes fue creado por la ley 19.891, que entró en vigencia el 23 de agosto de 2003, y fue promulgada el 31 de julio del mismo año por el entonces Presidente Ricardo Lagos Escobar, cuya campaña electoral fue fuertemente apoyada por una gran cantidad de reconocidos actores culturales de todas las áreas. Anteriormente sólo Salvador Allende y la campaña por el “NO” tuvieron en la historia política del país semejante respaldarazo de la elite cultural.

Durante los gobiernos de Patricio Aylwin y Eduardo Frei se dibujó la figura de una suerte de departamento de cultura que entonces dependía del Ministerio de Educación pero que no tenía autonomía. Los primeros Fondart aparecieron en esta etapa bajo una fórmula bastante simplificada. Por primera vez en la historia de Chile, los creadores podían optar a un financiamiento que no dependía de agotadores procesos de autoproducción o de un mecenazgo privado casi inexistente.

Hubo áreas como la danza y el cine que pasaron de una escena anémica a formar hoy una realmente robustecida. Otras como la plástica y el teatro no sólo se robustecieron sino que profesionalizaron su producción a niveles “europeos”, pasando a las grandes ligas con eventos como la Trienal de Artes Visuales (que sin embargo pasó sin pena ni gloria en el “pueblo raso”) y caso contrario, un cada vez más masivo Festival Teatro a Mil. Los premios y financiamientos en literatura, le permitieron a los escritores perfeccionar las técnicas de combate ya históricas en ese rubro.

Y asi como creció la escena artística chilena, creció también la polémica y los vicios generales del hacer nacional. Poco a poco los formularios para acceder al financiamiento se fueron haciendo más absurdos e intrincados, cargados más hacia la lógica de la desconfianza (todo chileno es un delincuente hasta que no pruebe lo contrario) que de la creación. La burocracia terminó por dificultar el acceso a los financiamientos en vez de facilitarlos, dejando afuera un importante segmento de la población que no maneja (ni tiene por qué), el lenguaje técnico exigido.

Por otro lado, el amiguismo y una suerte de plutocracia ilustrada pronto se apoderaron de la entrega de panes. Para ganar un financiamiento hubo que hacer “lobby”, pesando mas quién estaba detrás de un proyecto que el proyecto en si mismo. Amigos que premian a amigos, maestros a sus discípulos y familiares a sus familiares, fue una práctica recurrente.

A mi juicio muchas de esas distorsiones ocurrieron porque el consejo a través de los concursos traspasó el trabajo de producción, un ámbito de su natural competencia, a los artistas, los que tuvieron de la noche a la mañana verse haciendo labores de contabilidad, difusión y otras que no les corresponden. El consejo fue mayoritariamente pasivo, no produjo, no premio, no contrató y no buscó cultura más allá de sus narices (a excepción de proyectos tardíos como Chile Barrio). En términos generales se limitó a recibir, evaluar, juzgar, premiar y castigar.

Se descuidaron áreas claves, como los medios de comunicación y la educación. En la era de la información no se hizo inversión para estimular medios independientes que le dieran espacio, crítica y difusión a toda esa gran cantidad de creación nueva, que muchas veces paso sin pena ni gloria, tampoco se le exigió a los canales de televisión un porcentaje decente de contenidos culturales. La televisión se llenó de basura y los cerebros de la gente también.

Otra deuda fue el estrecho y mezquino criterio patrimonial que se manejó en materia cultural. Patrimonio no sólo es una construcción del siglo pasado que da cuenta de un determinado estilo y que tuvo la suerte de sobrevivir a los terremotos, también lo es una lengua, la medicina ancestral, son las etnias, las personas que detentan esos conocimientos y también el paisaje. Un humedal, un río y su historia, la fauna y la flora, también son un bien patrimonial.

Y si hubo una mancha negra, negrísima fue le caso de la documentalista Elena Varela, cuya obra fue requisada en su totalidad, tomada como prueba de un dudoso proceso judicial en su contra donde el consejo no dijo ni pio, lo que sienta un oscuro precedente.

En lo personal creo que en cultura la concertación tuvo los mismos aciertos y fallas que en el resto de su gestión. Hubo generosidad en las platas, sin duda (en el resto de América Latina se crea con muchísimo menos), pero no en los criterios. Sobraron tecnicismos y faltó humanismo, una mirada integradora, empática que tomara en cuenta las condiciones de los creadores de todos los segmentos sociales. Se hizo maravillas en infraestructura cultural, se crearon nuevas y grandes bibliotecas, teatros, centros de exhibición pero se abandonó la educación y a las personas

Los fondos generaron un desarrollo muy visible pero sin miras a largo plazo. Habrá que reconocer a la Concertación la creación de un ministerio que por cierto eleva el status de los creadores pero habrá que exigir en adelante a quién corresponda la utilización de criterios más largoplacistas y una profundización en la democratización de los financiamientos, haciendo que éstos efectivamente lleguen a quienes están creando en todas las partes del país, sin amigos ni parientes en el poder. A quiénes están creando y no dejarán de hacerlo porque obedecen a un impulso vital. Aunque suene el colmo de las utopías pero creo que a ellos debe estar dirigida una próxima política cultural.

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