Posmodernismo y el proyecto Iluminista.

Por: Nieves y Miro Fuenzalida (desde Ottawa)
Fuente: http://www.kaosenlared.net (18.03.10)

A Noam Chomsky no le gusta el postmodernismo y sospecha de sus teoricos. Según el “los intelectuales de izquierdas participaron activamente en la vida animada de la cultura obrera. Algunos buscaron compensar el carácter de clase de las instituciones culturales con programas de educación obreras o mediante obras de divulgación —que conocieron un éxito muy grande— sobre matemáticas, ciencias y otros temas. Es hiriente constatar que hoy en día sus herederos de izquierdas a menudo privan a los trabajadores de estos instrumentos de emancipación, y nos informan que el ‘proyecto de los Enciclopedistas’ está muerto, que hemos de abandonar las ‘ilusiones’ de la ciencia y de la racionalidad. Será un mensaje que hará felices a los poderosos, satisfechos de monopolizar estos instrumentos para su propio uso.”

De acuerdo al lugar común, hoy hemos pasado los límites de la modernidad, con su confianza en la Razón, el Progreso y sus proyectos universales, para entrar a territorios desconocidos. Dyer-Witheford (Cyber-Marx: 1999) observa el hecho común de que hoy vivimos en un mundo de comunicación textual. Los significantes, dice, reinan sobre los referentes, las imágenes son más poderosas que las sustancias y los símbolos son superiores a las cosas. Lo real se constituye a partir de lenguajes, codes, discursos y textos. La inseparabilidad del mundo y la palabra, probablemente, siempre ha existido. Solo que hoy, esta inseparabilidad se ha intensificado y se manifiesta a través de las tecnologías de información que saturan el espacio con mensajes e imágenes que rompen la solidez del mundo material en un flujo de dijitos y datos dependientes de procesamientos y retroprocesamientos. Su resultado final es un ambiente movible, múltiple y elusivo. Y si agregamos a esto la proliferación de canales de comunicación el resultado es la crisis de toda autoridad y recuento estable del mundo, lo que no es necesariamente malo. La diversificación contiene un potencial liberador. Su peligro, sin embargo, es la profunda atomización y desintegración social. En uno y otro caso, no tenemos escapatoria. Con lo que nos quedamos, al final del día, es con una contingente yuxtaposición de fragmentos y perspectivas inconmensurables.

En esta atmósfera, el “modo de producción” da paso al “modo de información”(Mark

Poster, 1990). La esfera económica que, de acuerdo al marxismo, constituía la base, en relación a la cual toda otra súper-estructura cultural era mero epifenómeno, se reemplaza por la idea de que lo real se constituye, no a través de la transformación material del mundo, sino del juego de significaciones inmateriales. El concepto de clase (su ubicación dentro del proceso productivo) se disuelve en favor de conceptos de identidades sociales transitorias, heterogéneas y descentradas. Y la ambición de captar la totalidad, de obtener una visión comprensiva de la sociedad como un todo se presenta como altamente sospechosa. La reacción a todas estas posturas posmodernistas es, obviamente, el reproche de idealismo lingüista e irracionalismo irresponsable que desafía la noción misma de emancipación, junto con el potencial destructivo implícito en la creencia de que es imposible conocer algo más allá de las imágenes que dominan la vida contemporánea.

Y, sin embargo, el aporte innegable del Posmodernismo es el de mirar dentro de estos nuevos mecanismos de poder, en las nuevas subjetividades sociales que de ellas emergen, en la persistencia del capitalismo y las implacables consecuencias producidas por la extensión del mercantilismo dentro de nuevas áreas de nuestra vida. La forma mas apropiada de ver el Posmodernismo es, tal vez, la propuesta por Fredric Jameson… la cultura post-modernista tiene que verse directamente en su doble sentido, como un velo mistificatorio sobre la realidad de la explotación contemporánea y como un campo de potencial emancipatorio… El problema con estas declaraciones, sin embargo, como muchas otras, es que no nos dicen casi nada de como este potencial podría manifestarse.

El rechazo posmoderno a toda meta-narrativa es difícil de sostener. Siempre vuelve subrepticiamente por la puerta trasera. Pero esto no significa que no exista algo profundamente erróneo en la meta-narrativa del marxismo clásico. Su protagonista central, el proletariado industrial, pareciera brillar por su ausencia, perdido en acción en un campo lleno de computadoras, telecomunicaciones y objetos mecánicos. Laclau y Mouffe al mover el foco del análisis social fuera de la fábrica, con el objeto de abarcar un campo de conflictos más amplio, han ido más allá del marxismo. La verdad es que, al reconocer la importancia de las luchas en torno al racismo, sexismo, homosexualismo, ecologismo y una multitud de otras opresiones, han trascendido la lógica obrerista de la Segunda Internacional y en este sentido el proyecto que proponen es un quiebre con cierto marxismo escolástico. Pero, como Dyer-Witheford, también adoptan una visión extraordinariamente abstracta del mundo contemporáneo. La densidad y la intransigencia de las determinaciones históricas son eclipsadas y reemplazadas por el concepto de “discurso” aplicado al dominio social que constantemente esta disponible para recombinaciones y articulaciones siempre alterables, fluidas y maleables como las palabras en un monitor. Es esta abstracción ahistórica, según Dyen-Witherford, lo que facilita a Laclau y Mouffle eludir la insistencia marxista en la centralidad dominante del capitalismo, e ignorar su tendencia a imponer su lógica, no solo en el lugar del trabajo, sino sobre todas las áreas de la vida. Si retornamos del discurso abstracto a las condiciones específicas del capitalismo tardío lo que vemos es la constante actividad de recomposición capitalista. Mas que nunca, el control sobre los recursos del planeta, incluyendo las fuentes vitales de comunicación e información del “discurso” mismo, se encuentran en las manos del orden corporativo que hoy posee la capacidad global efectiva de dirección y coordinación, cuya organización cada vez mas subsume y mediatiza las jerarquías sociales formadas sobre la base del sexo y la etnicidad. Esquivar este punto… ¿no es retornar a una visión ingenua de la sociedad basada en la idea de que esta constituida por una multitud de grupos de interés compitiendo libremente entre ellos?

Baudrillard, por su parte, con su noción de simulacro, ha producido un concepto de tremendo poder descriptivo, reconociendo más que ningún otro el inmenso desafío que encaran los movimientos de oposición. El control de los medios de comunicación le da al poder de turno la capacidad, no solo de promulgar creencias y valores específicos, sino también, los parámetros mismos de la percepción. Mas aun (y hoy este es uno de los aspectos mas problemáticos de la condición proletaria), la conciencia de tal manipulación puede adoptar la forma de un profundo cinicismo y relativismo, indiferente al activismo. Su recuento de la “implosión social” puede ser visto como una descripción del estado avanzado de la descomposición de clases en el cual la solidaridad y agencia se han disuelto en favor de la atomización y el espectáculo. Lo que subyace en el cinicismo fatalista de Baudrillard es una visión altamente estructuralista del sujeto como un simple efecto del code cultural neo-capitalista dominante.

Es aquí donde, según Dyer-Witheford, Negri, Guattari y Deleuze se diferencian del resto del Posmodernismo. Según ellos, el Capitalismo es más flexible que el sistema que suplanta. Destruye órdenes sociales más estables y arcaicos para reconstruirlos nuevamente en términos de valor de cambio, ajustándolo constantemente y alternando las combinaciones del proceso laboral, la organización política y el aparato cultural. Su forma mas reciente es la universalización del capitalismo. La economía global emerge como una energía cosmopolita que rebasa toda restricción y limite. Hoy nos enfrentamos con una enorme masa monetaria que circula a través del intercambio internacional, eludiendo controles estatales, formando organizaciones ecuménicas supranacionales y constituyendo, “de facto”, poderes por encima de la nación, intocables por las decisiones gubernamentales. Sus consecuencias inmediatas son la reconfiguracion internacional del trabajo y el constante refuerzo del control de los medios de comunicación.

El reverso de esta consolidación capitalista es la proliferación de grupos marginales, de minorías, movimientos autónomos y la aparición de nuevas formas de agrupación social que constituyen fuerzas de lucha de un tipo muy diferente de los movimientos tradicionales, ya que no solo se encuentran en contra de la esclavitud material y las formas previsibles de represión, sino también, a la creación de nuevas formas alternativas de funcionar y hacer cosas. El factor indefinible, hoy día, es el de si estas formas alternativas permanecerán contenidas dentro del orden social o establecerán una nueva interconexión capaz de unir a unos con otros en la producción de una revolución real capaz de abordar no solo problemas específicos locales, sino que también, la dirección de grandes unidades económicas. Para Deleuze y Guattari una organización revolucionaria debe ser entendida como una “maquina de lucha”. Cualquier ensamblaje de deseos, ya sea a nivel subjetivo o social, es una “maquina”. La intención de usar este término es romper con los conceptos humanista de identidad natural y enfatizar la naturaleza construida, producida y colectivamente pre-fabricada de la psique y de la sociedad. Cuando ellos hablan de “maquina de guerra” están pensando en términos de agresividad, movilidad y descentramiento. Maquinas capaces de ser construidas o desarmadas de acuerdo a la necesidad del momento, capaces de horadar las estructuras de la “maquina del Estado” (orden existente). La característica contemporánea de las “maquinas de lucha” es la de rizoma (en su implicación política). La experimentación con coaliciones, arco iris y red de comunicaciones son formas de organización rizomatica y una característica sobresaliente del movimiento anti-capitalista de los 90s. Su forma de lucha, con centros múltiples, enfatizaba actitudes similares sin imponer una línea general.

A pesar de la objeción Posmodernista a la gran narrativa no podemos evitar el hecho de que cualquier teoría social, para ser de alguna utilidad en la lucha social, debe reconocer y comprender el carácter totalizante del capitalismo mundial con sus diferentes formas de dominación y la diversidad de actividades que la resisten. La estrategia del capital es dividir, separar y fracturar para mantener la integridad del sistema mundial. Para el movimiento anti-capitalista, en cambio, el problema es que para romper la totalización capitalista tienen que unir la diversidad y aliarse a través de la diferencia para orientar las luchas hacia la constitución de una sociedad no capitalista. No el establecimiento de un estado socialista que impone la uniformidad centralizada, ni un estado teológico premoderno y patriarcal, sino, una explosión de diferencias, una disolución del comando mundial de ganancia para abrir la vía a nuevas alternativas.

La cuestión, sin embargo, es que la teoría, hasta ahora, ha tenido muy poco que decir en relacion a la forma concreta en que tal sociedad operaria (¿los servicios públicos continuaran abiertos, encontraremos pan en el negocio de la esquina, el bus pasara a tiempo, tendremos trabajo…?) La razón de ello, según Negri, es simple. Los modelos para una sociedad Post-Revolucionaria siempre han tenido implicaciones autoritarias que reprimen cualquier desviación del modelo. Por tanto, cualquier proyecto basado en la creencia de la capacidad creativa del ser humano debe evitar el cierre teorético de los senderos que esta energía pueda tener. El objetivo, en cambio, debiera ser la creación de espacios donde la diversidad social, cultural y económica puedan co-existir.

Cierto. Pero, uno podría agregar que el acentuar la diversidad y la existencia de organizaciones abiertas (en un planeta efectivamente unificado por el intercambio, el transporte y las comunicaciones) no elimina la necesidad de pensar cuidadosamente los arreglos que podrían capacitar tal existencia… Después de todo, necesitamos preguntarnos… ¿que formas de vida son deseables y valiosas para llevar a cabo el sacrificio de luchar por ellas?

Nieves y Miro Fuenzalida.

Ottawa. Marzo 2010

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