Los nuevos significados de la práctica sexual

Por: Alejandro Brito
Fuente: http://www.notiese.org (02.05.10)

Entrevista con Michel Bozon

El especialista francés de los comportamientos sexuales, Michel Bozon, comienza su ponencia con lo que podría parecer una provocación para quienes se asumen como protagonistas de la revolución sexual desarrollada entre los años sesenta y setenta del siglo XX: “quiero describir las principales características de un nuevo régimen normativo de la sexualidad”, expone, y para ello es necesario “descartar la idea muy difundida de una gran “revolución sexual” que habría liberado a la sexualidad y a los individuos de la represión, del silencio, de los constreñimientos y de las normas anteriores”. En su lugar, el autor de un gran número de estudios sobre sexualidad y encuestas sobre el comportamiento sexual en Francia y América Latina propone otra interpretación de los cambios que han afectado la sexualidad en las tres o cuatro últimas décadas. Mi hipótesis, afirma, “es que habríamos transitado de una sexualidad construida a través de controles y de disciplinas externas a los individuos a una organizada por disciplinas internas. Normas y exigencias sociales no desaparecen, son individualizadas. La sociedad se instala en nuestras cabezas”.

Michel Bozon estableció esa tesis en su conferencia magistral “La nueva normatividad de la sexualidad en la época contemporánea”, dictada el 26 de enero pasado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales con sede en México, y organizada junto con el Censida. Al final de su exposición, aprovechamos la oportunidad para entrevistarlo sobre su visión –muy influenciada por el pensamiento del filósofo francés Michel Foucault– de la sexualidad, su práctica y su conceptualización en las sociedades contemporáneas.

 ¿Por qué hoy en día se habla tanto de sexualidad?

Tiene que ver con un retroceso y disminución de la fuerza de los controles tradicionales de la sexualidad, por ejemplo los religiosos, que antaño marcaban qué era lo bueno y qué no. Hoy esos controles, a los que habría que sumar los que ejercía la comunidad, están en una crisis y la descomposición de esa estructura social les impide ejercer la influencia que antes tenían en la conducta sexual de los individuos.

La sexualidad, cuando está menos controlada por las instituciones tradicionales, no tiene más normas evidentes que la definan y la enmarquen. Por ello hay una proliferación de normas y formulaciones muy variadas sobre la sexualidad, y un aumento sin precedente de las fuentes emisoras: la escuela, los medios, la medicina, el cine, la literatura, etcétera. En particular, los medios de comunicación ofrecen representaciones que suelen ser contradictorias, en la medida en que son la expresión más visible de lo que se ha dado en llamar “revolución sexual”. Me parece una concepción equivocada el creer que en las dos o tres últimas décadas se ha consolidado una revolución en la sexualidad tan sólo porque hay más mujeres desnudas en la publicidad. Para caracterizar la situación contemporánea respecto a la sexualidad diría que el juego se ha tornado más complejo.

 ¿Se le ha dado un uso ideológico y político al término “revolución sexual”?

Es una expresión utilizada, por un lado, por sectores conservadores para criticar todas las educaciones sexuales de las últimas décadas, pero también es usado, con aire mesiánico, por otros grupos que afirman que sólo hay que remover algunas construcciones sociales para que, de repente, la sexualidad sea liberada de todas las normas sociales. La normatividad sexual hoy en día es menos la implementación de principios absolutos, y cada vez más un trabajo de interpretación y justificación a posteriori de las conductas. Una persona no es libre en la medida que siempre está relacionada con otras y que debe respetar algunas reglas respecto a esa convivencia. La idea libertaria es un sueño muy profundo que no se corresponde a cómo la sexualidad funciona en la realidad.

 ¿Qué sucede con el matrimonio como institución normativa de la sexualidad?

Hay países donde el matrimonio ha cambiado mucho como institución. El ejercicio de la sexualidad entre jóvenes desvinculado de la idea de casarse tiene un papel muy importante en esos cambios; muchas parejas comienzan a cohabitar sin vínculo matrimonial. Si antes el matrimonio representaba el elemento distintivo de la relación de pareja, en la medida en que otorgaba el derecho a ejercer la sexualidad, hoy ese papel lo ejerce la sexualidad sin mayores trámites. Por tanto, podemos afirmar que hoy la sexualidad crea a la pareja.

Otro elemento para medir el debilitamiento de la institución matrimonial es el nivel de separaciones, de solterías prolongadas y la aparición de otros modelos de convivencia, como la cohabitación de las parejas del mismo sexo, lo que contribuye a disminuir el valor simbólico del matrimonio heterosexual tradicional, pensado para durar toda la vida, como el marco único de la sexualidad. Sin embargo, a esta transformación profunda no puedo llamarle “revolución”, porque no modifica totalmente las relaciones de género.

 ¿La evolución de la relación de pareja implica cambios en la conyugalidad?

La conyugalidad presenta también transformaciones profundas. No es más una construcción institucional, ahora está considerada como una forma de construcción intersubjetiva, compuesta por dos subjetividades unidas a través de la sexualidad. La sexualidad es la herramienta para conocer a las personas y la conyugalidad surge, primero, de ese proceso de conocimiento y, cuando la pareja se estabiliza luego de algunos años, de otros factores, como el tener hijos.

Otro elemento que contribuye a la construcción de la pareja es la creación de hábitos, que son una forma de domesticar las actitudes imprevisibles del otro, a través de rituales que existen en todos los aspectos de la vida cotidiana, lo que es llamado, a veces con desdén, rutina, la cual constituye un elemento fundamental de la conyugalidad. En ese proceso de hábitos comunes, la sexualidad pasa a formar parte de los rituales que indican la permanencia de la pareja, al grado de que una pareja sin actividad sexual es considerada, en la ideología contemporánea, como una relación amenazada. Hace algunos años, en cambio, la construcción institucional de la pareja, el matrimonio, era tan fuerte que podía continuar existiendo sin ese indicador de la relación intersubjetiva que es la sexualidad. Ahora, en cambio, lo que he observado es que la desaprobación de las relaciones extraconyugales tiende a disminuir cuando la duración de la pareja aumenta. La norma de fidelidad no parece ser un principio absoluto, sino una norma situacional, que tiene más importancia en parejas en su fase inicial que en parejas estabilizadas.

Esa importancia de las relaciones sexuales para afianzar la conyugalidad también aplica para las relaciones gay. No hay pareja gay que pueda continuar si no hay actividad sexual, sobre todo si consideramos que la mitad de las parejas gay no cohabitan; no hay más ese elemento común de las parejas heterosexuales de compartir la vida cotidiana. Los gays, a través de la sexualidad, pueden considerarse como juntos sin estar compartiendo el mismo techo.

 ¿En qué medida la existencia del matrimonio gay modificaría la normatividad en el estilo de vida gay?

Algunos ven la institucionalización de la pareja gay como una forma de normalización ante el Estado, mientras que otras posturas sostienen que se trata de una revolución simbólica que contribuye a debilitar la noción del matrimonio heterosexual. Por mi parte, considero que significa una nueva etapa en la integración, que es una manera de normalización, pues aunque hagan uso o no de esas nuevas opciones jurídicas, la sola existencia de la posibilidad significa un avance democrático.

Usted señala una tendencia a la planeación de la sexualidad, lo que indica racionalidad, pero ¿qué hay de ese comportamiento no racional que puede implicar el deseo sexual?

Hay una doble y contradictoria recomendación hacia las personas. Por un lado está la exigencia de ser responsables, planear las relaciones sexuales y usar condón, al tiempo que está esa idea muy moderna de ser espontáneo, que no me parece que sea equivalente a abandonar la racionalidad. Más bien creo que la espontaneidad es un escenario que existe en la sociedad, pero de manera muy organizada, es decir, sabemos en qué circunstancias podemos ser espontáneos. Los gays, por ejemplo, cuando programan sus salidas del sábado por la noche, se preparan para ser espontáneos, por contradictorio que pueda parecer. La espontaneidad programada es una imagen muy acertada de lo que significa la modernidad sexual. La sexualidad común ahora tiene que ser infecunda y protegida; es el hecho de interrumpir la toma de la píldora lo que requiere una decisión más que el hecho de iniciarla. La sexualidad humana siempre ha buscado ser asociada a un significado, en la actualidad hay un aumento tremendo de la necesidad de encontrarle interpretación y justificación.

Entonces, Â ¿la gente calcula riesgos, es decir, toma decisiones calculando los riesgos de su conducta sexual?

Hay que definir lo que se entiende por riesgo. La definición que se maneja en el medio de la prevención del VIH/sida es una abstracción que no es generalmente la misma que tiene el ciudadano común, quien más bien rige su vida bajo otras jerarquías de riesgos. Para una adolescente, un riesgo muy presente puede ser la posibilidad de verse abandonada por su pareja, así que para prevenirlo puede incurrir en comportamientos peligrosos para su salud, pero el riesgo de infección en una relación sexual es el último en la vida que va a ser considerado.

 ¿Considera que campañas preventivas del orden “usa siempre condón y en todas circunstancias” podrían no funcionar?

Es necesario crear una actitud positiva sobre el condón y todas las campañas en ese sentido son útiles, pero en campañas más específicas no se puede tener la misma visión, porque las personas viven su sexualidad de diferentes formas, según las circunstancias: si tiene una pareja estable o no, una relación en la que esté enamorado o sea simplemente casual. Hay tipos, categorías de parejas, trabajadores del sexo, etcétera.

Es más importante saber cómo define cada persona su propio riesgo, en vez de proponer una definición epidemiológicamente correcta, pero socialmente inviable. Casos tan sencillos como el por qué entre los jóvenes suele abandonarse el condón después de un mes de relación con la pareja. Si se evalúan los riesgos considerando las diferencias, tal vez pueda encontrarse la manera de proponer opciones, aunque para mí es difícil imaginar, en muchas culturas del mundo, un uso permanente del condón durante toda la vida sexual.

En México hay encuestas que muestran prácticas sexuales más liberales entre los jóvenes, pero los discursos siguen siendo conservadores,

 ¿cómo explicar esa contradicción?

Los discursos no tienen la misma lógica que las prácticas. Hay sociedades donde los discursos suelen ser mucho más conservadores que las prácticas, puede ser que México sea un ejemplo de esto. Hay una relación directa entre los discursos y sus emisores en el contexto de cada país, lo que, a veces, puede darle importancia política a la sexualidad. Por ejemplo, en Chile, país que conozco porque he trabajado ahí encuestas sobre el tema, la derecha enarbola una posición conservadora sobre la sexualidad, porque es la única bandera que lo hace diferente a la izquierda, ya que hay mucha coincidencia en política económica y social. En Brasil, por el contrario, hay consenso de que la sexualidad debe tratarse de forma muy libre en los discursos, pero en la práctica los comportamientos nos son tan abiertos.

En el caso de sociedades como la de México existe, además, el elemento tradicional del doble patrón, la doble moral que marca la diferencia de género en toda América Latina. Los varones pueden y deben tener actividad sexual, es una exigencia interiorizada de construcción de la propia masculinidad. Por el contrario, las mujeres tienen que tenerla un poco con el novio, pero sin descuidar su papel de mujeres serias; no pueden tener diversidad de experiencias sexuales. Es un elemento del doble patrón en la consideración de los géneros, que se expresa a través de normas internalizadas y de la presión de los pares.

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