Juventud y derechos humanos. Nuestra responsabilidad como padres.

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(02.04.06)

Reflexionar sobre una cultura de respeto y compromiso con los Derechos del Hombre.
Una propuesta que atrae y que quisiera abordar con severa autocrítica generacional, construyendo, en lo posible, una empatía con el lector, que nos ayude en ambas dimensiones del texto a descorrer las páginas de nuestra historia contemporánea, de nuestros mitos, de nuestras soberbias, nuestros errores y nuestras esperanzas. Atisbar de paso el período de los últimos seis años, para evaluar cómo se ha comportado el sistema democrático en materia de solución a la deuda moral que los chilenos mantenemos con aquellos compatriotas que fueron víctimas de un proceso desolador, del cual sólo restan renglones contestatarios que hoy se apilan, se amarillan, yacen como un hito nostálgico, sin que nadie, o muy pocos, quieran seguir dándole vueltas. Porque remover situaciones históricas posicionales, que están demasiado cerca como para revisarlas sin pasión, resulta complicado para la conducción de la transición democrática.

Para este empeño de autocrítica, creo necesario tratar de marcar a través de este trabajo quiénes éramos veinte años atrás, quiénes somos como resultado palpable de tanta desarticulación. Y proyectar modestamente, sin pretender entregar manuales de vida, una respuesta frente a lo que quisiéramos ser, en el rol de padres o abuelos, para dar respuestas sólidas a nuestros jóvenes. Tratar de llevar una afectuosa palabra que devele las cajas negras de nuestra historia generacional y lo que fuera nuestro enfoque teórico y práctico de los Derechos Humanos. Entablar una comunicación profunda con nuestros jóvenes para realizar juntos una exploración que nos conduzca a replantear, en el aquí y ahora, el significado moderno y actual de los Derechos del Hombre, en una lectura desde las postrimerías del siglo veinte, cuando los sólidos sistemas amurallados yacen como olvidados mausoleos y se levantan nuevas motivaciones para reclamar por un mundo más humano.

Haber distorsionado nuestra evolución con mitos de heroísmo o haber callado el trasfondo de los procesos que vivimos, repercute hoy en la forma como los jóvenes se relacionan con el sistema que hemos construido. Es la situación que lleva como lastre interior nuestra sociedad, y que el exitismo en otros planos tiende a minimizar , ya que las condicionantes políticas exigen mesura, exigen visión de largo plazo, exigen resignar en beneficio de un proceso de crecimiento económico, temas que pudieran tensar las relaciones cívico militares, con consecuencias negativas sobre la percepción riesgo-país que de Chile tiene hoy la comunidad internacional.
Pero, además, reflexionar sobre derechos humanos teniendo como destinatarios de la idea a las jóvenes generaciones, exige una aclaración previa de las maneras cómo el hablante podría encarar tal propósito. Porque podría hacerlo en forma descarnada y visceral, con la impaciencia a flor de piel, pretendiendo quizá un poema épico; o podría hacerlo escudado en sesudos análisis racionales, centrados en criterios de equilibrio y realismo político; o podría hacerlo desde el imaginario lúdico, permitiéndose la sonrisa y el sarcasmo como formas de testear la realidad con los discursos y los valores trascendentes que se proclaman permanentemente.

El empeño del autor es echar a volar la pluma – metáfora harto fuera de foco en tiempos cibernéticos- para plantear desde esta tribuna imaginaria algunas ideas o divagues acerca de la responsabilidad formativa de niños y jóvenes, que tiene nuestra generación, de adultos maduros, en el tema de derechos humanos.

Desarrollar de esta forma una reflexión articulada de razón y sentimiento. Para puntualizar cuestiones como la desmistificación del exilio, el fenómeno de la globalización y nuestro débil compromiso por profundizar la democracia. Para ganar credibilidad en las nuevas generaciones , a quienes se dirige substancialmente este escrito, éste constituirá tal vez una ácida palabra que quiere desmantelar lo que consideramos una forma incompleta de leer la realidad, aplicando la retórica maniquea de víctimas y victimarios, de buenos y malos, de negro y blanco. Tratar de alumbrar las tonalidades grises de la vida real es uno de nuestros empeños.

El autor conjugará en muchas ocasiones la primera persona plural, haciendo uso de las licencias que da la reflexión escrita. Sin atribuirse el autor, ni aún apelando a situaciones extraordinarias, ninguna mayor representatividad que la que derive de la comunión de ideas o conjunción de puntos de vista entre el lector y el hablante.

El propósito es íntimo. Es construir un diálogo pendiente y necesario con jóvenes que fueron gestados, criados y formados en medio de un proceso que nos tuvo como actores activos o pasivos. Un proceso que vivimos demasiado ansiosos por asumirlo y superarlo. Con escaso tiempo para hablar de él con la verdad al viento. Con escasa voluntad, tal vez, de revisar lo que eso significó en nuestras vidas, en nuestro modo de ver las cosas. En el costo muchas veces traumático de esa evolución o involución para nuestra relación de pareja, la comunicación con nuestros hijos, con los amigos, con la familia, con la sociedad chilena.

¿Qué quiénes éramos?

Hay quienes hablan de generación perdida, de la generación de los sesenta. Yo he preferido siempre ubicarla como generación de los setenta. Para identificar y distinguir a quienes, aún adolescentes algunos o sin haber tenido derecho a voto en las elecciones presidenciales de 1970, nos insertábamos, pese a ese detalle formal, pletóricos de energía y de sueños, en las propuestas de cambio. ¿Qué hitos nos sirvieron de referencia formativa? El París de Mayo del 68, nuestra reforma universitaria, el rechazo a la guerra de Vietnam, los cambios sociales y la reacción, la polarización aguda de las posiciones políticas, en la cual participábamos desde diversas trincheras, esgrimiendo redondos análisis. Fue un breve período, menor a cinco años, en medio del cual no alcanzamos a dimensionar la amenaza profunda que se venía, ya que, si bien se intuía, había demasiada retórica inflamando los espíritus, cegando a los líderes responsables.

Formamos familia en el ojo del huracán. Y fuimos en ese torbellino desperdigados por el planeta. Con alas rotas cuando apenas se aprendía a volar. Aquilatando el miedo como un elemento que cruzó la convivencia nacional a partir del quiebre institucional. 
En medio de un proceso que parecía interminable, se fracturó Chile entre quienes aplaudieron y procuraron la intervención militar y quienes fueron, pese tal vez a ser críticos del desgobierno que se había producido, partidarios de una salida constitucional a la crisis. Las consecuencias imprevisibles del proceso significó que miles de compatriotas fueran violentamente despojados de elementales derechos, como la vida, la libertad de expresión, el derecho de vivir en el suelo patrio.

Somos como generación producto dislocado de un proceso que nos sorprendió al iniciar la juventud, y vamos cabalgando ahora colgados de las crines de otro que poco entendemos, que poco cuadra con las estructuras que acostumbrábamos manejar en nuestra juventud todavía reciente. Somos los que tenemos hoy entre cuarenta y cincuenta, y que fuéramos protagonistas directos o indirectos en los setenta, de la vorágine que marcó nuestra adultez. Somos evidencia descarnada de un proceso. Una ruptura que cruzó matrimonios, hizo astillas sólidas convicciones, sacudió hasta hacerlo reversible, el viejo plumón de consignas que nos abrigaba de utopía.

Quiénes somos hoy

Quisimos cambiarlo todo, exigiendo lo imposible. Hoy, raleado el cabello, arrastrando la vivencia de un espejo roto, con recuadros repartidos por el planeta, con afectos inconclusos, con familias disgregadas, con hijos que “están en otra”, con parejas que desertaron de la idea y se volcaron al hedonismo, viviendo como sociedad una suerte de amnesia colectiva; se nos viene a los ojos el cuestionamiento personal. Una situación existencial aguda, no apta para quienes gustan de aplicar esquemas intelectuales a la vida; que se viene a los ojos cuando comenzamos a despedir definitivamente a miembros de nuestro tiempo, sintiendo que el rol protagónico, de dueños de la verdad y del cambio, poco tiene que ver con la participación que hoy mantenemos en los actuales procesos de democratización.

Caracteriza a nuestra generación la enorme cantidad de fracasos matrimoniales, que han afectado precisamente a los hijos. En la perspectiva de arreglar el mundo, nos olvidamos tal vez del microespacio principal, en el cual se ha hecho manifiesta la incapacidad de influir en la formación de los hijos, en términos de transmitirles nuestros viejos sueños. Porque en la educación intrafamiliar se predica con el ejemplo y la legitimidad se gana con la consecuencia de vida que perciban los hijos .

Ser capaces de recuperar generacionalmente la legitimidad

Teniendo claro que el compromiso social de hoy pasa por trabajar decididamente por la profundización de la democracia formal, la sensación es que pocos son los que lo han abrazado en tiempo presente. En los sesenta y setenta, quizás nos anticipamos, pretendiendo un cambio cualitativo de nuestro mundo y hoy quedamos apenas unos cuantos francotiradores de la palabra, para marcar como marginales pensadores algún norte de mínima equidad para este proceso de modernización, izando ya no un panfleto o una consigna como ayer, sino la ácida palabra molestosa para desmantelar de sofismas la realidad de las urbes.

Lo penoso es que en la era tecnotrónica mucho cuesta hacerse oir, el mensaje se pierde o distorsiona, la reflexión no hace noticia, las pulgas en el oído molestan al sistema y esperar que el hecho noticioso baje de perfil ante la opinión pública, suele ser la más eficaz arma para quienes administran el status quo.

¿Qué vamos a ser capaces de explicar a los hijos en términos de valores, de consecuencia con el respeto a los derechos humanos, si hemos sido precisamente un desmoronado castillo de naipes, arremolinado por la historia, disperso, enclenque, que claudicamos en muchos de esos valores substanciales a nivel personal?

Por eso, de las opciones que me planteara al inicio de este escrito, al analizar nuestra realidad reciente y nuestro compromiso con una educación para los derechos del hombre, me inclino por la libertad visceral , que me permita entrar sin escudos a mirarme a mí mismo, en el rol de padre o abuelo próximo, de cara a jóvenes que mantienen con nosotros una forma especial de incomunicación, una distancia calculada hacia etapas de la vida nacional o americana, que no se entienden, de donde se toman trozos subliminales, tales como la estampa del Che, que promueve una moda verde en el mall de moda, en una capital cualquiera del continente.

Desempolvar los sueños es el gran desafío que tienen los adultos de esta generación, para reivindicar un espacio mínimo en la vida cívica del país. Porque la sensación es haber perdido credibilidad ante nuestros propios hijos, para superarlo es necesario decirles en qué nos equivocamos, plantearles cómo era el mundo bipolar rígido en que nos tocó vivir. Decirles que por la Paz se cantaba el rock que hoy ellos heredan. Decirles que la antigua “nueva ola” además de baladas románticas, era capaz de movilizarse con su estilo pasional para rechazar las guerras y las injusticias, para ayudar generosamente en tiempos de catástrofe, para alfabetizar y construir sueños con vehemencia. Que hubo quienes, exacerbados de ideologismo, llegaron a opciones rupturistas y violentas. Pero que el común denominador que cruzaba el continente en ese tiempo, era una enorme esperanza de cambiar arcaicas e injustas estructuras sociales. La reacción fue desconcertante y avasalladora.

El tema es que hoy, en nuevos estilos, persisten y se profundizan las mismas brechas sociales y nos asusta como padres, comprobar que la juventud se aleja de la cosa pública, desconfía de la probidad de los políticos y funcionarios, prioriza su propia inserción en lo económico y deja, en definitiva, un peligroso vacío por su renuencia a participar, al menos en los estilos y opciones que hasta ahora le ha propuesto el sistema democrático formal.

Intentando entablar un diálogo con los jóvenes de hoy, comencemos por sincerar la relación, mostrando como padres cuanto hemos cambiado desde nuestra propia juventud.

Mitologías contemporáneas: el trasfondo del exilio

Tenemos que plantear temas molestos, para desmistificar ante esa juventud que queremos motivar, nuestro comportamiento real durante el proceso militar.

Si hubiese sido cierto lo que tantos declararon para sus trámites de refugio o asilo, en donde cual más , cual menos, había estado heroicamente en la defensa del gobierno popular, el contingente que se habría podido juntar habría dado un tumbo a la historia. Mas, no fue así. Entre verdades dolorosas y una importante cuota de fantasía colectiva, los chilenos fueron dando evidencias de estar en situación de shock, pero al mismo tiempo bastante agudos como para percibir nuevos escenarios y adecuarse rápidamente a ellos.

El trasfondo del exilio quizá duela plantearlo descarnadamente. Pero es necesario si se busca sincerar la comunicación con los jóvenes de hoy.

La negación del derecho natural de vivir o morir en la tierra que se reconoce como suelo patrio, constituyó una abyección. Una medida deleznable, un estigma en la convivencia que partió a Chile en un mosaico de Chiles repartidos por las barriadas de Europa, Buenos Aíres, Canadá, México o Australia.
Sin embargo, una lectura más fría y objetiva, planteada con una cercanía vivencial a los hechos comentados, nos haría revisar la forma cómo se fue dando el fenómeno del exilio, más allá del repudio conceptual y moral que éste implica, adentrándonos en la idiosincracia del chileno que, de pronto, se vio catapultado a culturas diferentes, a medios en donde la palabra se respeta, en donde se practica la buena fe. Por otra parte, sociedades intrínsecamente protectoras, a partir de la concepción misma del Estado, que tendieron programas atractivos de inserción para los exiliados chilenos, uruguayos o argentinos, fueron lentamente dándose cuenta de la picardía o frescura latinas, cerrando las puertas y procurando finalmente medidas para que de alguna manera esos refugiados volvieran a sus respectivos países.

¿Cómo se fueron perfilando las relaciones de los exiliados con los que se quedaron en Chile? ¿Cómo, luego de recuperada la institucionalidad democrática, se asumió el problema de los retornados? ¿En qué momento derivó el proceso de compensación moral para esos compatriotas excluidos, hacia una desacertada medida economicista, que terminó siendo usada para beneficio de personas que traficaron con la franquicia otorgada a los que regresaban?

Mucho habría que decir de la solidaridad con que el mundo acogió a los primeros exiliados políticos chilenos. Jamás se terminaría de agradecer las vidas salvadas por la bonhomía de personas que se jugaron por ayudar a quienes estaban perseguidos. La historia quizás dé cuenta de gestos de solidaridad de personas que estaban en trincheras ideológicas opuestas, pero que fueron capaces, al momento crucial, de privilegiar valores profundos de humanismo.

La otra cara del exilio, de la cual poco se habla oficialmente, pero que casi toda familia chilena conoció de cerca , es reconocer francamente la actitud oportunista – lo que no quiere decir que no haya sido comprensible- de miles de chilenos que hicieron del exilio una buena chance de buscar nuevas expectativas económicas y sociales.

La inserción en las sociedades que los acogían fue fácil. Sobre todo para los primeros en salir o que fueran expulsados. Ellos tuvieron programas de soporte, de reunión familiar, de reinserción, posibilidades de seguir estudiando o de ejercer profesiones que tenían en Chile. Sin embargo , en la mayoría de ellos no estaba el ánimo de quedarse. Cada noche esperaban una noticia milagrosa, que les permitiera volver. Para ellos todo el período fue un interminable paréntesis de 15 años, que vivieron con las maletas preparadas para el retorno.. Mientras tanto, la familia crecía, hijos que por sangre tenían derecho a doble nacionalidad, al no haber sido inscritos en los consulados chilenos, se fueron quedando como extranjeros, adoptando por el peso de los acontecimientos su nueva pertenencia, mientras los padres o abuelos seguían clavados a un once de septiembre de 1973.
Fuera del país, se repitieron los moldes de convivencia que imperaban en los setenta: grupos de poder, partidos políticos que competían para ser vanguardia en la recuperación democrática, lo cual se traducía en canalización de recursos hacia las respectivas tiendas políticas. Parcelas de poder por doquier, círculos cerrados, sectarismo. En términos generales, en el exilio hubo élites y masa: la dirigencia y los líderes integrando las primeras, logrando codearse con la flor y nata de la clase política e intelectual de Europa. La gran mayoría agrupada en ghettos , usando hasta donde se pudiera la seguridad social espléndida de algunos países del viejo continente, claudicando las más de las veces de sus parejas originales, y manteniendo como barniz muy tenue la condición de exiliado político. En las personas que salían existía un estilo de relación muy condicionado a la obtención de ayuda. Los programas de apoyo eran generosos y los usuarios los asumían muchas veces como si la sociedad que solidariamente los acogía tuviese la obligación de protegerlos, como si fuese el pago de una deuda del sistema por su situación de refugiados. No es exagerar que el chileno al salir vivió una transformación; uno de sus elementos fue el manejo superficial y manipulador de las relaciones humanas.

Como señaláramos, poco a poco dichas facilidades se fueron ajustando, pero las condiciones de cesantía e inseguridad económica que vivió el país en los ochenta , motivó nuevas oleadas de refugiados, con un estilo diferente. En las migraciones de los ochenta se agudizó el exilio económico de sobrevivencia. Ya no era el dirigente estudiantil universitario el que se asilaba, era el poblador, el zapatero remendón del barrio, que se conseguía las cartas que lo acreditaran como perseguido por el régimen militar. Ese poblador recompuso fuera de Chile su barrio, reconstruyó relaciones con sus amigos de club, se los llevó a todos y se reimplantó ese pedazo de Chile, con espiritu tribal, lejos de ideologismos, practicando una solidaridad bastante más abierta que la de los exiliados políticos justificados.

Chile Democrático mantiene una deuda histórica con los países que acogieron solidariamente a quienes emigraron durante el período militar. Sería un gesto de nobleza que quienes echaron raíces en países extranjeros durante ese largo período, pudieran organizar acciones de reconocimiento hacia esas naciones, principalmente en orden a profundizar las relaciones culturales bilaterales, para un acercamiento que ha quedado pendiente.

La transculturización no fue asunto teórico. Dejó llagas en los espíritus, dejó hijos sin sentido de pertenencia, familias desgajadas. Reconociéndose tal situación se aprobó una franquicia especial para retornados.

¿Compensación pecuniaria para lavar la conciencia de la sociedad? De cualquier forma, la medida que autorizaba el ingreso de menaje, herramientas de trabajo y de un vehículo de hasta 10 mil dólares de valor, libre de impuestos, al permitir inusitadamente que el beneficiario pudiese transar ese derecho a la internación de un vehículo, significó un tráfico de automóviles de pomposas marcas hacia compradores que aprovechaban el beneficio. Un fraude al fisco de bullida notoriedad fue corolario de esta situación, cuando una empresa automotriz ajustó el precio de lista de su modelo jeep al tope permitido para que los beneficiarios o a quienes ellos cedían el cupo, pudieran internar esa marca, pese a que el mercado señalaba un valor notoriamente más elevado. Penosa forma en definitiva, de motivar la reinserción de los retornados. Una medida con sentido puramente economicista, que poco ayudó a la incorporación real de los retornados en la realidad nacional. Las líneas de crédito para proyectos de reinserción, la franquicia del menaje y el automóvil, fueron soluciones económicas que la sociedad no ha complementado con alguna campaña cultural de reencuentro de estos dos Chile. Para eso es importante esgrimir la verdad, y mientras se siga haciendo mitología del exilio, estaremos caricaturizando la historia real, planteando una visión sesgada, que no se condice con las vivencias genuinas, que atesoran dolor, risa, esfuerzo, pillerías y frescuras, de ese Chile de afuera y este Chile de adentro, durante el período de recuperación democrática.

Lastimoso que un tema vergonzante como el exilio, haya sido encarado con ánimo meramente reinvindicacionista.

La ligazón actual del chileno del exterior y los locales puede ser, con imaginación, una faceta importantísima para recrear la fraternidad entre compatriotas, para que dejen de mirarse con desconfianza o recelo los de adentro y los de afuera, y sean capaces de descubrir intereses comunes en el proceso de internacionalización que actualmente se vive.

Los que se quedaron también cambiaron

Referirnos a la forma cómo el miedo trizó el alma nacional durante el período más duro del régimen militar, podría ubicarnos en el centro mismo del cambio que vivió el Chile de adentro. Basta recordar los largos períodos de situaciones de excepción, las detenciones sin causa, la ausencia de tribunales capaces de defender la vida. Pero a ello debe agregarse el quebranto económico que vivió la población. Se dice hoy que Chile pagó entonces el costo social de su ajuste estructural. Las secuelas de la desaparición de múltiples establecimientos industriales hacia fines de los setenta llevó miseria a los hogares más pobres del país, pauperizó a la clase media. El sustento diario era la gran ocupación de sobrevivencia de los chilenos. Luego sobrevendría la crisis de los ochenta, agudizando la situación social. De allí se originaron las protestas y surgió en ese devenir un amplio movimiento de la civilidad por la recuperación democrática, que culminaría con el plebiscito y el triunfo del No.

Fue un período de más de 15 años en donde gradualmente se fue perdiendo el miedo. Pero se había vivido tiempos difíciles y los chilenos fuimos cambiando, perdiendo la cordialidad habitual y desprendida que nos caracterizaba. Una combinación de miedo y de egoísmo había avasallado el alma de las urbes. Las personas trataban de descubrir espacios de confianza y afecto en sus viejas amistades, ya que las nuevas relaciones siempre tenían el sino de la incertidumbre. No había, por tanto, grandes espacios para acciones de solidaridad. Confiar resultaba riesgoso. Pese a todo, los más pobres sí supieron mantener encendida la llama de la cooperación, con vivencias concretas de solidaridad, tales como ollas comunes y guarderías infantiles familiares, que permitían a las mujeres de la población periférica salir a ganar el sustento, reemplazando en ese rol al hombre, lo cual heriría profundamente su machismo.

Ese Chile de las barriadas populares tuvo muy poca ayuda. Se sabe que hubo corrientes importantes de recursos que venían de comités solidarios de Europa para ayudar a esas familias, pero es hasta hoy una cuestión pendiente saber si esas sumas realmente llegaban a destino. La rendición de cuentas frente a quienes confiaron en esos canales de cooperación nunca trascendió. En 1989 ya se hablaba de la enorme dispersión de ONGs, organizaciones no gubernamentales, perfiladas a captar ayuda no reembolsable de entidades similares. ¿Cuanto dinero se justificó con escritos que a nadie sirvieron? ¿Cuántas personas lamentaron en su interés egoísta el triunfo del No, que ponía término a sus financiamientos externos?

La sensación de las personas que no emigraron y que vivieran como anónimos habitantes el duro período de crisis económica y que abrieron las compuertas a la democracia desde una acción cívica de conciencia, es hoy de distancia frente a los pseudo héroes de la resistencia lejana. Porque mientras afuera muchos abusaban del espíritu generoso de las naciones anfitrionas, en las barriadas de Chile el desempleo y el hambre empujaban a millones de personas desde la otrora digna pobreza con trabajo, hacia niveles de miseria. Porque la miseria es decaimiento moral, depresión, neurosis de angustia que cunde, pérdida de la dignidad. Desde ese estadio se derivan lacras como la mendicidad, el alcoholismo, la drogadicción y la prostitución. Situaciones que se incubaron en esa época socialmente dolorosa, pero que hoy permanecen aún con más dramáticos ribetes.

Es cierto que el chileno que se quedó se tornó más egocéntrico, desprotegido, obligado a competir, sin seguridad en el empleo, ponderando cada vez más el dinero como elemento sustantivo de la seguridad y la libertad.

¿A partir de este Chile que ha cambiado profundamente, qué podemos entregar como pauta conductual a los jóvenes?

¿Juventud con alergia a la Política?
Alguien dijo alguna vez que la verdad histórica la imponen los vencedores. Pero del período, aún latente en la retina, en que se rompió la convivencia nacional, esa época de posiciones intransables, aquellas situaciones en que la oposición negaba la sal y el agua al gobierno de turno, esas etapas propicias para la conspiración y la desestabilización de gobiernos democráticamente electos – todo lo cual no habla precisamente bien de lo que fuimos capaces de construir como modelo de convivencia- hemos pasado aceleradamente a un proceso nuevo, de institucionalidad democrática, de desmovilización, de despolitización, de desencanto por la cosa pública, de desconfianza generalizada en la calidad de los representantes elegidos – quizás porque al interior de los partidos se han repetido los mismos viejos estilos- de abulia juvenil frente a la política, de abstencionismo juvenil, que marca un voto anticipado de tácita censura al sistema que los mayores, los políticos de otrora y de hoy, hemos construido.

La legitimidad del sistema democrático flaquea, en la medida que no hemos sido capaces los demócratas de evitar el anquilosamiento de la representatividad, de transformar el sistema binominal que excluye las posiciones de minoría, de superar el centralismo de las cúpulas partidarias y su la falta de voluntad política por abrir espacios reales a la desconcentración del poder.

Entrampados en un sistema que ha generado un círculo vicioso de alto riesgo, en donde los partidos políticos han copado todo espacio de participación ciudadana; frente a este imperio de lo político sobre lo social, las personas hacen uso de su libre albedrío para dar poca importancia a la política, para demostrar en cada encuesta la bajísima credibilidad de que gozan los representantes populares.

Porque la realidad de abstencionismo significa ceder espacios que disfrutarán precisamente las élites que juegan a la alternancia cupular. Porque los ghettos de nostálgicos francotiradores no llegan a conformar movimientos persistentes, que ofrezcan una forma diferente de encarar la vida ciudadana. En los jóvenes que no quieren inscribirse, así como en los mayores que adoptan posiciones nihilistas, contrarios a todo lo que suene a evolución, se denota un hecho social preocupante: la pérdida de un civismo responsable y activo, que sea capaz de inflamar de entusiasmo a la comunidad nacional por la cosa pública.

La democratización no puede profundizarse con estos factores de dispersión, y esto más bien ayuda a sustentar la tesitura de quienes añoran estadios de autoritarismo, de máxima concentración del poder.

La libertad fue una ansiedad colectiva cuando se vivía en un sistema autocrático. El aglutinante de los ochenta fue la recuperación de la institucionalidad democrática, pero, siguiendo adelante, en un ideario de democracia descentralizada, participativa, cimentada en el hombre de carne y hueso y sus problemas directos, ha faltado una voluntad política energizante, que apure el proceso para llegar a espacios genuinamente abiertos, en donde el peso de la organización pública se diluya en la activa inserción de la gente en los asuntos públicos.

Es un desafío profundo de los demócratas el impulsar instrumentos de desconcentración del poder, sistemas que de manera transparente alienten la sinergia público privada a nivel de base.

Es un tema que no puede acometerse con clichés ideológicos y existe una falencia notoria de un liderazgo capaz de impulsar este proceso de profundización democrática.

Los jóvenes son quienes debieran tomar la posta, empujar anchas velas con una dimensión solidaria y humana de democracia. Los derechos del hombre implican obligaciones y compromiso. Noto que el compromiso conceptualmente aleja a los jóvenes, muchos de ellos quisieran prolongar indefinidamente su juventud descomprometida, ocupada en disfrutar con las formas de hacerlo que ofrece el sistema.

En este contexto, vuelvo a lo primero, a la escasa capacidad de nuestra generación de cualquier origen o fuente ideológico partidaria, por salir de la trampa institucional y abrir compuertas a los intereses genuinos de las personas, sobre todo de esas personitas nuevas, dulces, incontaminadas, que asoman a una sociedad que cada vez se parece menos a sí misma, que cambia permanentemente, que impone ritmos que todos deben seguir, que nos habla de competitividad, de desarrollo creativo, de búsqueda de éxito. Toda una cosmogonía en que se inserta una persona y que está signada por una estructura comunicacional avasalladora, que mueve a participar en una carrera constante, la carrera por tener, cualidad contemporánea del éxito. Lo cual deja poco tiempo para ser, para conversar, para leer, para escuchar a los viejos.

Los que arrebatan espacios mesurados para ese diálogo son exégetas del sistema, descalificados como resentidos, como trasnochados marginales, incapaces de protagonizar el cambio y darle al proceso el norte axiológico que estiman debiera tener.

Una situación que debe remecer a quienes aspiran a generar vínculos que acerquen a las nuevas generaciones las facetas de verdad que fueron sesgadas por la historia oficial, para provocar con esa comunicación un cambio conductual que se traduzca a nivel humano en jóvenes que en la vida diaria sean elemento aglutinante, conjugando en la elemental convivencia la solidaridad, el amor por lo propio, el descubrimiento de su historia para entender sus errores y aprender constantemente, en la evolución permanente que eleva la autoestima de las naciones y las hace grandes.

No quisiera que mi generación de los setenta, terminase como una cohorte de nostálgicos retroalimentando una fantasía extemporánea. Me exijo compromiso presente para sentir que estoy vivo. Sólo así, vivencialmente, podré ponerme codo a codo con mis hijos a recrear sueños de un mundo mejor. Sólo así nos vamos a entender y asumiremos con sinceridad el desafío cotidiano del humanismo.

Revitalizar el Compromiso.

Vivir en el proceso de globalización exige tener sólidos los cimientos para no ser presa de la inundación de elementos culturales y hábitos de consumo extranjeros. Los chilenos hemos entrado en la vorágine de la globalización, sobre todo a través del fenómeno de las comunicaciones. Y son escasas y heroicas las acciones de resistencia, que tratan de preservar una identidad propia, que compiten con el teatro, música o humor nacional, para rescatar esencias que no podemos olvidar cuando entramos a un mundo globalizado. Una debilidad de la internacionalización es la pobre autoestima respecto a nuestra historia y nuestras tradiciones, tan necesarias cuando se debe interactuar con otras culturas para no sucumbir, absorbiendo sin filtro alguno todo lo que nos llega del exterior.

De esa situación debilitada en nuestra comunidad, se desprende una relativización de los valores, una carrera desmedida de consumismo, una carrera alienante que absorbe al individuo, masificándolo, disgregando las capacidades de organización popular frente a problemas comunes. Cada cual carga sus arcabuces para la lucha diaria, lo cual se evidencia en el deterioro de la calidad de vida en las grandes urbes, donde el “no te metas” es una constante que profundiza el desamparo, soledad y falta de solidaridad entre las personas que corren y corren, centradas en sus particulares intereses.

Todo este proceso va colocando en jaque la vocación por participar en política, en tanto y en cuanto es una forma de preocupación por el bienestar colectivo. Frente a esto, se produce una suerte de segmentación, en donde la inercia individualista, el sálvese quien pueda, no permiten o dificultan, la construcción de esfuerzos mancomunados frente a temas de común interés. Con lo cual la democracia se anquilosa, y comienza a arriesgar un naufragio, consecuencia de que los nortes se confunden y al final es un grupo elitario el que practica la alternancia del poder, ante la abulia o indiferencia de una masa preocupada de cosas más mundanas y concretas. Como pagar las deudas para no caerse del sistema.

Sí, porque eso constituye un nuevo elemento característico de nuestra realidad cotidiana. El hombre político está hoy sobreendeudado, el hombre sindicalizado corre hoy para pagar mes a mes sus cuotas, el joven universitario tiene centrado su esfuerzo en poder lograr una oportunidad e insertarse al mundo competitivo del trabajo y pagar su crédito universitario. Las capacidades del hombre para participar en la vida cívica están limitadas, entre otras cosas por el factor financiero, que le obliga a concentrarse cada vez más en su sobrevivencia personal o familiar. Mal puede poner en riesgo su estabilidad laboral en ese contexto. Para ser libre y poder participar sin condicionantes es preciso contar con independencia económica y esto, tan simple y evidente en el cotidiano devenir de la urbes, se traduce en la construcción de una suerte de plutocracia, en donde la acción política está altamente condicionada por el factor dinero.

¿Dónde quedan los sueños de esta juventud de hoy, de nuestros hijos?

¿Cuánta responsabilidad tenemos los mayores por no abrir compuertas a este cambio de fondo?

El discurso y la acción. Dos aspectos que es preciso comparar para evaluar la coherencia de las conductas personales y sociales. Cuando se quiere hablar a seis años de gobiernos democráticos en Chile, de una cultura de respeto a los Derechos Humanos, es preciso y oportuno preguntarse de qué derechos estamos hablando, qué valores queremos priorizar e internalizar en el alma colectiva.

Pienso que ya no basta con el prisma sesgado de quienes vivimos el período de dictadura y autocracia. La prioridad entonces fueron la vida y las libertades públicas. Pero, habiéndose logrado dichos objetivos cívicos, la jerarquización de intereses va evolucionando y desagregándose. Asumida la institucionalidad democrática formal por la comunidad nacional, al referirse a Derechos Humanos las connotaciones serán diferentes. Los valores que se van priorizando como sensibilidad social, dependen de la percepción que cada individuo tiene de la vida en sociedad y la forma como conciba y asuma su participación en la vida gregaria.

Por todo esto, cuando se plantea como objetivo educar para que los niños y jóvenes internalicen una concepción moral de respeto a los demás y de actuación consciente y decidida en defensa de sus derechos, estamos hablando de cimentar conductas que favorezcan la tolerancia, el entendimiento, la construcción inteligente de espacios de cooperación y, fundamentalmente, el compromiso.

Lo cual exige una masa crítica de jóvenes que se jueguen por cambiar los actuales estilos de hacer política, para cambiar los procedimientos mercantiles de hacer campaña, por otros que rescaten la idea y los principios éticos en la gestión pública, que cimenten nuevamente una utopía, centrada en el hombre de carne y hueso y sus esperanzas del tiempo presente. Por aquí pasa hoy la idea fuerza de los Derechos del Hombre en este minuto de nuestra historia.

La Familia y la Educación para la Tolerancia

El proceso de aprendizaje debe tomar elementos de la evolución que ha tenido nuestra sociedad y de los cambios sustantivos que el mundo ha vivido. Desde la post segunda guerra mundial hasta la fecha, lo único constante ha sido el cambio. La lectura de nuestra realidad pasa por el análisis de innumerables variables que van tejiendo procesos, creando y desarmando sistemas. Lo medular en todo ese cambio, en la dimensión más humana que constituyen la persona, la pareja, la familia, es la permanencia de valores o conductas que generen para la persona un espacio de afectos que le dé seguridades para aprender a amar, aprender a compartir, aprender a entregarse, aprender a respetar y hacerse respetar. La libertad como valor es la expresión cotidiana de asumir compromisos, de cumplir obligaciones, de construir un proyecto de vida. Ser libre es tener la capacidad de soñar y la voluntad de ejercerla; es poder imaginar, desear y luchar en pos de esa idea. La base familiar es la cuna irreemplazable para que ello ocurra. Por lo tanto, recrear una cultura de respeto por la vida, la naturaleza, el hombre, exige centrar la atención en la calidad de ese seno familiar que se debe ofrecer a los hijos para hacer de ellos personas íntegras.

De donde podemos nuevamente derivar responsabilidades generacionales de quienes , en el rol bien o mal asumido de padres de familia, hemos tenido la obligación de cimentar condiciones que favorecieran conductas de compromiso con estos valores trascendentes. La credibilidad que hayamos sido capaces de generar como padres en los jóvenes es un problema que queda como evidencia de un proceso acelerado, que ha implicado transformaciones de fondo en los estilos de convivencia, con costos sociales sobre la calidad de vida, que se traducen a nivel familiar en el deterioro de muchos de los valores en que fuimos formados.

La enorme cantidad de matrimonios disueltos deja una enorme interrogante sobre el efecto que tendrá en la seguridad afectiva de los hijos este fenómeno social. Hoy se observa como tendencia actual en la juventud un ánimo por retrasar compromisos estables de pareja, como sería el matrimonio. Se prioriza logros económicos, antes que la construcción de un proyecto común integrado, en donde la práctica de la cooperación empieza en el fondo común que deben crear ambos cónyuges, sin distingos de propiedad. Por otra parte, la carrera por adquirir los bienes materiales que exige el estándar de vida al que se aspira, está produciendo una reducción de la familia típica chilena, ya que está dejando un espacio más breve para traer los hijos. ¿No es esto una evidencia y reflejo de la formación o distorsiones que se han percibido como conductas en el seno familiar?

A propósito de parejas rotas o de divorcios, quisiera dejar algunas ideas en el tapete. Advierto que, en suerte, no pertenezco a la cohorte de separados o anulados, pero en el núcleo de nuestro tiempo esto es una excepción.

¿Qué pasó en medio del proceso con la capacidad de amar, de afiatar un proyecto de vida con la pareja?
Sin pretender generalizaciones subjetivas, pienso que gran parte del quiebre emocional de las parejas en los setenta, obedeció a haber mantenido relaciones cruzadas por un ideologismo muy propio de la época. El aterrizaje a realidades durísimas, el impacto tal vez del cambio de roles en lo laboral, trizó el esquema machista que caracterizaba la relación. Cuando esas parejas se vieron inmersas en un medio más liberal en lo sexual, con facetas de ligazón que implicaban menos compromiso, flaqueó el de los propios cónyuges y se precipitó el deterioro del amor. La crisis del proyecto social impactó existencialmente en la forma de ver la vida en el seno del matrimonio . Y al no ser coincidentes las visiones, a lo cual se agregaba un espacio en que ambos cónyuges tenían igualdad de participación en la vida económica, se produjo la crisis y se precipitó la separación.

Si se pregunta a los exiliados si lograron afiatar sus parejas originales, se podrá comprobar que lo que señalamos se dio como una situación similar en los grupos más politizados. No así en los que buscaron el exilio por mejoría económica, ya que ellos iban con un proyecto concreto que pasaba por la subsistencia y el progreso económico de sus familias.

Es un intento de explicar el porqué de la crisis afectiva que cruza nuestra generación y que evidencia incongruencias que se deben haber sentido duramente en los hijos afectados por este proceso de quiebre. Por eso, cuando se postula una cultura de respeto a los derechos humanos, debemos preguntarnos persistentemente la cuota de responsabilidad que tenemos como padres en la formación valórica de nuestros jóvenes. Una cuota del problema podrá asignarse al sistema educacional y cultural del país, pero ello no podrá jamás excusar la responsabilidad directa de la familia.

Quizás de allí se pueda explicar el sentido hedonista que hemos observado en muchos jóvenes, sobre todo en el plano afectivo. Los jóvenes privilegian la seguridad económica antes que el matrimonio o los hijos. La postergación de ese compromiso natural que significa un sueño compartido con quien se ama, es un síntoma innegable de que en mucho fallamos al intentar educar consecuentemente. Porque obras son amores y no buenas razones, ellos vieron en nuestra generación un cúmulo de fracasos que se hicieron sentir en la incapacidad de remontar las crisis, fortaleciendo la pareja. Por el contrario, los jóvenes quizá observaron muchas actitudes poco congruentes con lo que se pregonaba. Una cultura del esfuerzo, del trabajo, de la solidaridad, no se forma si las conductas concretas son contrarias a la propuesta.

El Sistema Mundial y su débil compromiso con los Derechos Humanos.

Vivimos en un mundo despiadado. Se podrá decir que nunca fue mejor, pero hoy las comunicaciones nos traen el terror al instante, En este decenio en marcha hemos presenciado todo el horror que jamás hubiéramos imaginado. El infierno se nos hizo noticia cotidiana: Africa, Los Balcanes, Medio Oriente, Chechenia. La nueva expresión fragmentada del terror. Millones de refugiados desplazados y apátridas cruzan continentes devastados, sin grandes ayudas en su dramática búsqueda.

El sistema global ya ha estratificado a muchos países como menos adelantados, inviables, merecedores de la ayuda no reembolsable internacional. Se perfila in nuevo ordenamiento mundial que es coherente con la tendencia mundial hacia un Estado con nuevos roles y responsabilidades. Se invoca la autoayuda. La que puede otorgarse a los países menos adelantados, que afrontan catástrofes políticas, sociales y ambientales, es limitada. El factor financiero cruza todos los ámbitos, lo cual hace que esa ayuda humanitaria sea, muchas veces, retórica.

El propio sistema de Naciones Unidas, organismo máximo a nivel intergubernamental planetario, está en jaque porque sus miembros adeudan a la organización sus cuotas. Situación similar ocurre con la Organización de los Estados Americanos, que ha debido reducir drásticamente el funcionamiento de sus Agencias especializadas.

Debido precisamente al ajuste estructural que cruza a los estados del planeta se ha manifestado una reducción del gasto social y de los aportes a organizaciones de cooperación internacional.

La dispersión del poder mundial ha generado vacíos que afectan a enormes conglomerados humanos, que deben caminar a duras penas hacia este nuevo concepto de autoayuda, lo cual significa alcanzar procesos de desarrollo sustentable.

La situación mundial es dicotómica, contradictoria. Mientras se pregonan los regionalismos de cooperación, cada actor trata de asegurar sus espacios y entrabar el paso al vecino. Las hegemonías hoy son de carácter económico, tecnológico y financiero.

El Estado a nivel mundial ha ido cambiando su rol benefactor para pasar a un rol subsidiario. Este cambio deja espacios que son desatendidos o postergados. Los sectores más débiles de la sociedad son los que más se ven afectados por las medidas de ajuste estructural.

Por otra parte, las experiencias negativas históricas, de dilapidación y corrupción, que han conocido organismos financieros como el Banco Mundial, en su relación con los Estados a nivel de gobiernos centrales, ha motivado que el organismo prefiera hoy tener como contrapartes a entidades de menor tamaño, en las cuales exista una mayor transparencia y control. Es así como se ha orientado la ayuda a proyectos de carácter comunal, en donde aparezcan involucradas las denominadas fuerzas vivas de la comunidad, a través de universidades, sindicatos, municipio y gremios empresariales. Es una tendencia generalizada que apunta a racionalizar la asignación de ayuda, prefiriendo proyectos que sean controlables por sus propios gestores, lo cual no ocurre cuando los recursos entran a la administración central.

Toda una concatenación de hechos que perfila un sistema mundial despiadadamente competitivo, con escasa vocación hacia la solidaridad, con necesarias alianzas de bloques para poder participar los países con relativa capacidad negociadora en el contexto internacional. Pero con una oportunidad inédita de centrar en las organizaciones comunitarias de base un nuevo estilo de relaciones internacionales.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si al invocar el Respeto de los Derechos Humanos, nos conformaremos intelectualmente con centrar la lente en el plano macroeconómico, donde podremos lamentar a diario las atrocidades que nos trae de lejanos escenarios el satélite, o bien lo interpretamos y asumimos conductualmente, encarando el aquí y ahora, partiendo por enmendar nuestros errores e inconsecuencias, tratando de remontar el decaimiento que advertimos en cuanto a calidad de vida y humanismo al interior de nuestro país, nuestra ciudad, nuestro barrio y nuestra familia.

Hacia un Replanteamiento de los Derechos del Hombre

Frente a la realidad de desamparo creciente desde el punto de vista de las políticas públicas, la propuesta es que la función de las organizaciones no gubernamentales debe fortalecerse, ya que, ante la declinación de la institucionalidad intergubernamental, la única esperanza es que el hombre y sus agrupaciones de base, se vinculen activamente para hacer oir su voz frente a cualquier violación a los derechos del hombre. Sin animarme a asegurar que esto sea una tendencia internacional, se pueden observar evidencias importantes de acción privada internacional, en defensa del interés de la humanidad, por ejemplo, en materia de medio ambiente.

Debiéramos asumir que los civiles del mundo, a la par de ser protagonistas en nuestros microespacios, debemos consolidar el potencial poder disperso en organizaciones planetarias de conciencia., aplicando a nuestras acciones todas las herramientas de comunicaciones que permite hoy la tecnología y que no tienen porqué ser instrumentos exclusivos del marketing planetario que nos ubica como consumidores pasivos.

Para que podamos influir y sancionar como anónimos consumidores a quienes impulsan la guerra o los ensayos nucleares, podemos generar alianzas cívicas mundiales. Impulsar organizaciones como el Ombusdman o las Organizaciones de Consumidores en todos los países, resultaría otra idea convocante para actuar en contra de la inercia negativa señalada.

Procurar una igualdad de oportunidades no significa pregonar igualitarismos fuera de foco. Es parte de la responsabilidad prioritaria que debe cumplir el Estado como expresión máxima de organización social. Se llama a ello “procurar equidad”, un valor ético que se quiere imprimir a la acción pública , pero que requiere la participación activa de la civilidad a través de las instancias de descentralización del poder -llámese municipios, distritos, provincias, o gobiernos regionales- que cada país va diseñando.

Porque las medidas tendientes a imprimir equidad en la acción pública, no pueden surgir de tecnocracias bien intencionadas, sino surgir del protagonismo de las personas en la defensa de sus derechos e intereses, y en su compromiso por trabajar activamente en la construcción de soluciones. Lo cual, según se ha dicho, refleja una tendencia en similar sentido de los organismos de cooperación internacional.

Frente a estos nuevos escenarios, es oportuno preguntarse cuáles son los derechos humanos que en el contexto descrito, están hoy amenazados y que es preciso defender prioritariamente a nivel de nuestra realidad latinoamericana.

No se llega a la equidad ni a la solidaridad por decreto, y un síntoma ya anotado y lamentable, que se yergue como amenaza en contra de la democracia real, es la falta de voluntad política que se advierte en las cúpulas políticas para abrir espacios de decisión a nivel de base a personas independientes, sin la manipulación sectaria y proselitista que como vicio del pasado sigue existiendo en la base social.

El Estado Responsable en su función subsidiaria en lo económico, debe procurar un sistema sano al interior del aparato público, con reducción del gasto y un equilibrado manejo de las cuentas fiscales. El problema es que, en el empeño de alcanzar tales equilibrios macroeconómicos y la eficiencia interna del aparato fiscal, se pierde de vista la responsabilidad que le queda por esencia al Estado, en cuanto a cubrir, a como dé lugar, necesidades públicas impostergables que, por no interesar o por imposibilidad de los privados, deben ser atendidas por el sector estatal.

Las amenazas al ciudadano son múltiples y representan sentidas necesidades que el Estado Responsable debe atender. A continuación, de manera enunciativa, señalamos algunas.
Protección a la Niñez y a la Mujer: atacar a fondo los delitos que configuran violencia intrafamiliar y los delitos de abuso sexual, en donde normal y trágicamente son víctimas los menores de edad, debe hacer reflexionar por el Derecho a la Vida, amenazada en la propia familia, en donde el Estado debe normar con rigor en protección de la infancia. La Mujer debe ver reflejado su nuevo rol en la sociedad en leyes que le aseguren no ser discriminada por sexo.

Seguridad ciudadana: la peligrosa expansión del narcotráfico en la sociedad es una amenaza que ha llegado a las familias, a los barrios. Cuando la delincuencia se toma las ciudades y la sociedad demuestra su debilidad para combatirla, la seguridad ciudadana se ve desatendida. Las reformas necesarias al Poder Judicial, así como la mejoría del sistema carcelario, son en esta línea, variables de profundo interés en la comunidad.

Protección ante Catástrofes: el ciudadano común se siente inseguro cuando el Estado demuestra una pobre capacidad de reacción frente a situaciones de catástrofe o emergencia. Se siente impotente y desolado cuando se observa cada verano la destrucción de naturaleza por incendios que se repiten como lacra, sin que se adviertan soluciones de fondo para ir a la prevención de dichos siniestros.

Salud Pública: a diario se advierte la desprotección de quienes sufren enfermedades denominadas catastróficas. Las campañas que se desarrollan para hacer colectas para diferentes organizaciones de ayuda, son otra evidencia de desprotección de quien no tenga dinero para financiar su atención.. Entre las nuevas enfermedades, que amenazan particularmente a los jóvenes, está el SIDA, cuya prevención va más allá del reparto de condones y debe significar una educación sexual adecuada a la niñez y juventud y, sobre todo, un fortalecimiento de la entidad familiar como marco de protección básica. Por otra parte, el Derecho a Sexo Seguro es una de las sensibilidades más presentes en la juventud, ya que contraer el SIDA implica, además de la certidumbre de una muerte dolorosa, la segregación que la sociedad hace de los enfermos.

¿Puede aceptarse que el Estado actúe débilmente frente a este flagelo? ¿O que aplique medias tintas en la explicitación de una amenaza terrible para la sociedad? ¿O que, aplicando criterios de prioridad paras los siempre escasos recursos de gasto social, deje en la indefensión a las personas que contraen este mal?

Derecho a la Privacidad: la indefensión del hombre frente a la concentración de información que las bases de datos, públicas o privadas, tienen sobre las personas, es también otro aspecto relevante, ya que no está tipificado el delito que puede darse por uso de información reservada, de parte de agentes públicos o privados corruptos.

Calidad de la Educación e Igualdad de Oportunidades: un ámbito amplio que implica la aspiración a un sistema más equitativo, en donde los servicios públicos deban ser prestados, sea por el Estado o los privados, con costos asequibles y de similar calidad, para no profundizar las brechas sociales. Lo cual exige que el Estado al modernizarse mejore sustantivamente su efectividad , su capacidad de fiscalización, la cual debe estar, además, equilibrada con controles permanentes de la opinión pública a los actos públicos.

Con un mero ánimo enunciativo, he querido ilustrar sobre algunas cuestiones concretas, que podrían estar en la nueva agenda de los derechos humanos y que deberían ser atendidas con legislaciones que den respuesta oportuna al problema y que constituyan nuevas expresiones adecuadas del concepto social de derechos del hombre.

Esa incertidumbre anotada sobre la eficacia del aparato público para reaccionar prontamente en situaciones de crisis, es un elemento común a nivel de América Latina, y expresión de la situación desprotegida en que se siente el hombre hoy y que, repito, sólo podrá ser controlable si los líderes políticos rescatan, sin prejuicios remanentes de un pasado confrontacional, la movilización popular organizada, consciente, pacífica y responsable, como respuesta estratégica a la tendencia al decaimiento que afecta hoy al sistema democrático.

La tarea político social pendiente, de educar para la participación ciudadana, para hacerlo asertivamente, con energía, con capacidad racional y sensibilidad humana, logrando así desmantelar inteligentemente los conflictos sociales, es un lunar inflamado en la nariz misma de la democracia formal.

Una cultura de respeto mutuo, de tolerancia, de compartir espacios en función de intereses comunes, sin ventajismo, con lealtad, en equipos multidisciplinarios y multiideológicos, podrá ser llevada adelante si los adultos -en especial quienes tienen resortes de decisión- damos la pauta de un cambio conductual. Porque si se sigue repitiendo vicios del pasado, si seguimos manoseando la escala de valores, si usamos el relativismo moral para evaluar situaciones a conveniencia propia, mal podremos motivar a la juventud que asuma la posta en esta evolución.

Profundizar la democracia para hacerla participativa y descentralizada, es el único camino realista para dar consistencia a una educación cívica que reconozca y defienda los valores consustanciales del humanismo.

Por lo cual, cuando hablemos a los jóvenes hagámoslo sin máscaras, sin retóricas, sin poses heroicas que pueden resultar patéticas. Antes que esa juventud que representa un 60% de la población chilena nos dé una patada en el trasero por ineptos, por heredarles un sistema que ellos tendrán que asumir en sus iniquidades y distorsiones, apurémonos en sincerar la comunicación con ellos. Partiendo por el seno de la familia, planteando esta temática en la mesa familiar, en los centros de padres, en las aulas universitarias, en los cabildos abiertos, en las organizaciones que debemos construir para rescatar la acción cívica responsable. Superando el “no estar ni ahí” que nos lleva a aceptar resignados, como borregos, las decisiones de una tecnocracia lejana que seguirá disfrutando el vacío de poder que le deja una masa abúlica que no se compromete.

Los Derechos del Hombre están recibiendo a diario nuevas amenazas. Sólo la acción cívica persistente, en la cual la juventud asuma su compromiso, podrá, más allá de banderas partidarias o religiosas, dar un golpe de timón para que no encallemos como sociedad en los arrecifes de la decadencia.

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