Hegemonía e ideas dominantes

Por: Oriol Alfambra
Fuente: Kaos en la Red (05.01.10)

En función de la configuración del poder económico, de quién controla la riqueza y los medios de producción, y de cuáles son los cambios que en él se producen –lo que Marx y Engels llamaron infraestructura–, se articula un construcción cultural, ideológica y jurídica (por ejemplo, en la sociedad actual el contrato de trabajo que “legitima” la extracción de la plusvalía). Pero a su vez también se articula el propio modelo de estado –la superestructura.

En la monarquía feudal de la Rusia zarista, por ejemplo, había la idea de que el monarca debía regir la sociedad por decisión divina. Esta concepción es distinta a la de las democracias burguesas occidentales actuales y su sistema parlamentario. La razón son las distintas condiciones económicas de cada forma de Estado. En particular el Estado feudal se basaba en su aparato represivo, de modo que era más inmediato focalizar en él cualquier descontento. En una democracia burguesa éste puede ser canalizado por las promesas de la socialdemocracia. Todas estas ideas, leyes e instituciones existen precisamente para justificar y preservar el propio sistema económico y emanan de la clase dominante —la que tiene el poder. A pesar de eso, la superestructura no esta completamente determinada por las condiciones económicas. Si fuera así sería eliminada cualquier idea, organización o manifestación que cuestionara el sistema. Un ejemplo claro de ello son las luchas de la clase trabajadora que cuestionan diractamente el poder económico.

De hecho, las ideas presentes en la consciencia popular o colectiva no son homogéneas a lo largo del tiempo, ni tampoco entre los distintos sectores de la sociedad. Precisamente esta discontinuidad entre unas y otras está marcada por la lucha por la dominación ideológica —por la hegemonía como Gramsci la llamó. Sin embargo la hegemonía de la clase dominante y sus ideas no son fruto de una mera argumentación teórica difundida por los medios de comunicación de masas, sino que está sustentada por las instituciones de la democracia burguesa —o “sociedad civil” en términos gramscianos. Estas instituciones son la raíz material de la dominación ideológica. Personas que ocupan lugares muy concretos de la sociedad que transmiten estas ideas y las aplican. Ejemplos de ello son el sistema educativo, los partidos políticos o la burocracia sindical —ésta última ejerciendo de primera línea de defensa de la explotación en el trabajo, justo en el punto donde se encarna el conflicto de clases.

Hoy día la lucha de los trabajadores por la transformación de su entorno está a un nivel bajo, más que en el capitalismo de la primera mitad del siglo XX. La intensa producción requiere la división de los procesos y esto ha llevado a la atomización de los trabajadores en los distintos sectores de la producción. Estos procesos funcionan de forma homogénea a través de un poder económico e ideológico cada vez más centralizado en el capitalismo avanzado. Éstas condiciones facilitan la hegemonía de la que goza actualmente el sistema y el dominio de las ideas de la burguesía en la consciencia popular.

Pero Gramsci describe una contradicción en la consciencia de la clase trabajadora a través de dos consciencias teóricas. La primera es el “sentido común” que expresa las ideas más reaccionarias —como el racismo o el sexismo— heredadas acríticamente. Pero el hecho de que en muchas ocasiones aflore el conflicto real, por ejemplo en el trabajo, permite a los trabajadores luchar por sus condiciones laborales. Es en este proceso crítico donde aparece la oportunidad de romper con las ideas dominantes y surge la segunda conciencia teórica: el “sentido correcto”. Éste se basa en las ideas progresistas sobre, por ejemplo, la justa repartición de la riqueza y el trabajo, que toman forma a través de la lucha en oposición a las ideas del sistema.

Sin embargo, en ningún momento dice Gramsci que ésta sea una tarea fácil, ni mecánica. Al contrario, afirma que: “toda revolución ha sido precedida de un largo proceso de actividad crítica”. Es decir de lucha ideológica contrahegemónica donde los y las revolucionarias juegan un papel esencial en cada lucha. Una “guerra de posición” larga y dura previa a la lucha por el poder. En este proceso deben formarse intelectuales orgánicos —entendidos como personas capaces de liderar las luchas— que sean parte activa de las luchas y capaces de involucrar al resto de trabajadores para que ganen confianza en su propia fuerza y capacidad de cambio y para que tomen consciencia de sí mismos ejerciendo su poder colectivo, tomando el control de las decisiones que les afectan directamente.

Esta “guerra de posición” consiste en conquistar el terreno ideológico de la hegemonía para que las ideas revolucionarias sean las que lideren el pensamiento y la acción de la clase trabajadora. Precisamente ésta es la tarea de la organización revolucionaria: dar sentido estratégico a las luchas para ganar en la correlación de fuerzas antes de pasar a la “guerra de maniobra” —como Gramsci la llamó— o el ataque frontal contra el poder del Estado.

Por la naturaleza de sus aportaciones sobre la hegemonía y las ideas dominantes, Gramsci fue manipulado por el estalinismo y posteriormente por el reformismo y academicismo. A pesar de esas tergiversaciones debemos tener claro que nunca dejó de insistir, con sus discursos y sus actos, en la necesidad de transformar la sociedad destruyendo el estado capitalista por medio de la lucha consciente de la clase trabajadora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: