Educación, SIMCE y sociedad de clases

Por: Periódico digital “Nueva Democracia” N° 30
Fuente: http://www.nuevademocraciaurc.cl(Julio 2009)

“Si los hombres son moldeados por sus circunstancias, entonces debemos hacer de las circunstancias, circunstancias humanas”. (La sagrada familia, Marx y Engels)

.Los recientes resultados en el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación
(En adelante SIMCE) han evidenciado una vez más las profundas diferencias existentes entre los distintos tipos de educación que se imparten en Chile. A pesar de esto, las noticias oficiales no apuntan a este aspecto de la cuestión. Se esfuerzan en algunos casos en sacar cuentas alegres diciendo que en el peor de los casos no se ha avanzado pero tampoco se ha retrocedido, y en el mejor, obviamente saludan con bombos y platillos los miserables seis puntos que se subió en lenguaje respecto a la evaluación anterior. No faltará el incauto que concluya de ello que hoy en día los niños chilenos son más cultos, lectores y letrados que los de algunos años atrás y que todo eso es obra de las políticas educacionales del gobierno. En otro caso (no totalmente desligado del anterior), se revisarán las cifras y se leerán a la luz de sus anacrónicos principios ultraliberalizantes; dirán que hace falta darle mayor “eficiencia” y “calidad” al sistema escolar, y apelarán a flexibilizar la situación laboral de los docentes. Y si de opiniones nefastas se trata, no podemos olvidar tampoco a los expertos que dictan cátedras y comentan las cifras cómo si la educación fuera una esfera social autónoma que transita al margen de la lucha de clases. Se llaman profesores y doctores, pero en realidad son intelectuales orgánicos al servicio de la gran propiedad tal como el plumífero José Joaquín Brunner.

¿Para qué el SIMCE?.

Lo primero que debemos decir es que el SIMCE es un instrumento técnico de medición que actúa sólo para evidenciar las diferencias entre los distintos tipos de educación, con lo cual se garantiza una vitrina estatal para que los colegios pagados se muestren y los que puedan accedan a pagar por un bien (la calidad) que debería ser para todos, en especial para aquellos que generan la riqueza social (la clase obrera y los trabajadores en general).

Si alguien se asombra por como lo expresamos, asómbrese mejor al pensar que en realidad sucede así en la situación catastrófica en la que nos tienen sumidos las políticas burguesas de los gobiernos proimperialistas de turno. Pues para nadie debería resultar un misterio que las políticas sociales, sus límites, restricciones y directrices son dictadas por el Banco Mundial, el instrumento del imperialismo para avasallar a los pueblos. No hace mucho el Banco Mundial a través de la Organización de Cooperación Para el Desarrollo Económico (OCDE) ha sacado un documento donde “incentiva” a los gobiernos a que continúen “privatizando” la educación.
En este sentido, los sistemas de medición como el SIMCE son sólo la forma de mensurar o cuantificar la educación para continuar arrebatando este derecho al pueblo y tratar de vincularlo a una supuesta lógica de mercado. Resulta evidente que nunca en ninguna parte el mercado y su mano invisible ha solucionado las demandas educacionales de las amplias masas. Pero al mismo tiempo el SIMCE es una manifestación más de la lucha de clases y de las profundas contradicciones que se encuban en la sociedad chilena.

Los resultados a los cuales hacíamos mención más arriba manifiestan una línea de continuidad típica de un sistema escolar que reposa sobre una sociedad dividida en clases. Aquellos que pueden acceder a colegios pagados no subvencionados se encuentran por encima de los trescientos puntos en promedio (304 en lectura y 301 en matemática). Aquí es donde estudian los hijos de la burguesía y de los terratenientes y corresponden al 8% de los colegios a nivel nacional. Los colegios particulares subvencionados obtuvieron 260 en promedio de ambas pruebas y corresponden al 50% de los establecimientos y junto a los colegios municipales reciben a la gran masa de estudiantes de sectores de las capas pobres de la pequeña burguesía, del proletariado, el campesinado pobre y los hijos de los trabajadores en general (sólo varían en razón del poder de pago que éstos puedan tener). Por último los municipales completan el resto de los establecimientos educacionales (42% apróx.) obtuvieron 247 puntos en lectura y 231 en matemática, se encuentran casi a veinte puntos por debajo de los subvencionados y a cuarenta de los privados. Asisten a estos establecimientos los sectores más empobrecidos del país y se destinan para ellos menos de un cuarto del financiamiento por alumno en comparación a los privados. Estas cifras son reales, tan reales que son las menos aludidas en los noticieros y la prensa oficial.

Se podría pensar que esta marcada diferencia se debe a un error de implementación, a fallas en la gestión o aplicación del sistema, que busca la igualdad de derechos y que con buena voluntad y mejor administración la situación podría cambiar.

Esta opinión no sólo es falsa sino diametralmente opuesta a la realidad. Pues la implementación no tiene falla alguna, la gestión es tal cual como fue pensada inicialmente y según esto, nada debería cambiar, pues así ha sido diseñada. Una sociedad dividida en clases necesita de una educación de clases. Seguramente en relación a esto es que la ministra Mónica Jiménez (y también sostenedora) declaraba en los medios formales: “que era motivo para estar muy alegres”. La educación no cambiará si no cambian la política y la economía imperantes en el país, y esto último sólo puede acontecer por vía revolucionaria.

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