La existencia desde la estética

Por: Francisco Lara
Fuente: http://www.citla.com (10.06.07)

Es evidente que el problema de la presencia y la verdad de lo real aluden de manera inmediata al campo de la ontología y de la epistemología y el asunto de la sensibilidad nos coloque en la dimensión estética, sin duda que así es, pero si de entrada vamos a entender que la sensibilidad es un acto total de percepción del mundo entonces la particularidad de las disciplinas quedan rebasados en tanto percibir no se reduce únicamente a la pasividad de la captación de los estímulos vueltos sensación por nuestros sentidos sino que también implica la atención de la mente para efectuar representaciones lógicas de los contenidos provenientes de la experiencia y también supone una exteriorización de la significación y finalmente una postura o actitud asumida por el sujeto. Es decir, en el acto de la percepción quedan involucrados la ontología, la epistemología, la estética y la ética también, ya que la sensibilidad implica necesariamente un sentir, un pensar, un expresar y una valoración. En otros términos quizás abría que asumir que una reflexión o meditación acerca de la sensibilidad, independientemente de la época, estaría desarrollando una concepción del ser o realidad; una noción acerca del conocimiento, esto es, una teoría sobre la verdad y por último una idea o noción sobre los valores tanto morales como artísticos desde la ética y la estética correspondientemente.

Y si asumimos también de entrada que la sensibilidad tiene un despliegue histórico entonces se pone a la luz que el sentido de lo real (ontología), de la verdad (epistemología), de la expresión (estética) y del valor (ética y axiología) permanecen cambiando, es decir, transformándose con el devenir de la cultura o civilización, donde lo esencial a toda formación cultural ha sido la experiencia del-estar-ahí-en-el-mundo, es decir, el problema de la presencia y de la verdad de la existencia de la que el hombre ha querido dar cuanta. Por estas razones quizás una reflexión acerca de la naturaleza de la sensibilidad tenga que efectuarse más allá de los marcos solamente de una disciplina, pero sin dejar de reconocer, esto es lo que hace que esta investigación se situé dentro de la Estética y Filosofía del arte, que la dimensión más próxima y originaria de la experiencia de la presencia y verdad de lo real sea la sensibilidad y como tal la sensibilidad tiene una inmediata relación con lo simbólico y campo de la experiencia estética. Por cierto que si estiramos un poco más el rumbo o alcance de esta investigación tal vez hasta se pueda hacer frente a todas aquellas críticas que contemporáneamente se le hacen a la estética y que la sitúan como un saber esencialista y ahistórico que alejado de los asuntos fundamentales de la realidad únicamente se preocupa por problemas contextuales al modo como cualquier otra disciplina parcial y discreta como la psicología del arte, la sociología del conocimiento, la antropología de la percepción, e incluso la comparan con esos saberes que hacen recomendaciones para ambientar la sala de estar o la disposición ordenada de los muebles u obras de alguna galería o de algún centro comercial [1][1]. Por el contrario, también se trataría aquí, y nos parece fundamental, reinvindicar o reapropiarle a la estética su fondo filosófico, es decir, como auténtica disciplina filosófica encargada del mundo de la sensibilidad como acción total de percepción de la presencia y verdad de lo real.

Desde siempre la estética, más allá de que se ha ocupado por la reflexión acerca de lo bello, el gusto, las condiciones de percepción y de creación y los criterios con que se valoran las vivencias estéticas o más recientemente los fenómenos estéticos: obra de arte, sentimiento y actitud, interpretación y crítica del arte, ha tenido un fondo filosófico.

Desde Platón (aquí intentaríamos incluso reconocer que los problemas de la sensibilidad en su dimensión estética tenían ya antes lugar) y Aristóteles, y más tarde Plotino que reconoce a la idea de emanación como aquello que le permite observar que no hay belleza si no se es bello, espiritualizando totalmente el arte, la estética medieval, tanto la patrística como la escolástica, se nutre de todos estos contenido. El artista medieval no mira a los objetos para extraer de ellos la forma artística, sino que mira para sus adentros para ver la forma interior, la idea ejemplar, a la que tanto la naturaleza como el arte deben adecuarse. Luego, más adelante sabemos que la estética renacentista, que apuesta por el arte como una ventana abierta para la contemplación y representación de la naturaleza, por cierto, entendiendo lo bello como la conciencia de armonía que en el orden natural de las cosas existen y que la mente humana es capaz de aprehender en tanto la mente también posee tal armonía o composición. Seguido a estas ideas renacentistas tiene lugar la estética moderna con la obra Aesthetica de A.G. Baumgarten, filósofo racionalista, discípulo de Ch. Wolff, quien hacia 1750 introduce este término para aplicarlo a una rama de la filosofía, «hermana menor de la lógica», que estudiará no el conocimiento claro y distinto, propio de esta última, sino el conocimiento sensible y «oscuro». El estudio sobre lo bello, que caracteriza como perfección sensible, lo aplica sin embargo Baumgarten sólo a la creación poética. Se efectúa así el cambio de la consideración de lo bello entendido metafísicamente (ontológicamente), propio de la filosofía clásica y medieval, a la consideración de lo bello en la obra de arte y como manera de conocer.

El idealismo alemán, en Schelling y Hegel, sobre todo, hace de la estética una parte integrante de su sistema. Kant estudia en su Crítica del juicio (1790) los juicios estéticos que denomina juicios del gusto. Para Schelling, en la obra de arte se produce la captación, por la belleza y a través de una intuición intelectual, de lo infinito que se expresa de un modo finito. Para Hegel, la estética representa un momento de conciliación entre la idea y la naturaleza, que es lo bello artístico, al que también llama «ideal», o manifestación sensible de la idea; la estética es la consideración filosófica de las bellas artes. Por tanto, la estética (del griego, aisthetiké, relativo a la sensación, siendo aisthesis la sensación, la percepción, y to aisthêton el objeto percibido) al pertenecer al ámbito de la filosofía no tiene porque en la actualidad perder o alejarse de la reflexión crítica que intente dar cuenta de la presencia y de la verdad de lo real. Más bien de lo que se tendría que olvidar es que se le considere como una simple disciplina que alejada de la filosofía ya no tenga capacidad como para llevara a cabo una teoría acerca de la sensibilidad contemporánea. El estar-ahí-en- el-mundo sin duda alguna sigue siendo propiamente un problema filosófico que bien puede ser abordado desde la estética todavía [2][2].

[1][1] Conviene aquí dejar sentado de una vez que en efecto, somos conscientes que devolverle a la estética propiamente su “fondo” filosófico, tiene que partir de un reconocimiento del terreno o escenario en que el saber estético ha devenido en la época actual. Es innegable que lo específicamente contemporáneo es el contextualismo y el eclecticismo, lo que acarrea de suyo una acentuación de los procesos de desintegración (y esto no solamente en el arte, sino en lo social, el lo político, en lo económico y en al vida cotidiana también, prácticamente en todos los planos). Lo que existe hoy en día, y que se vuelve punto de partida para la comprensión de lo estético es de antemano una actitud de rechazo del “racionalismo” que animaba a toda producción “moderna” a favor hoy en día de un juego de signos y fragmentos, de una síntesis de lo dispar, de dobles codificaciones. De alguna manera la sensibilidad característica de la Ilustración se transforma en el cinismo contemporáneo: pluralidad, multiplicidad y contradicción, duplicidad de sentidos y tensión en lugar de franqueza directa, ‘así y también asa’ en lugar del univoco ‘o lo uno o lo otro’, elementos con doble funcionalidad, cruces en lugar de unicidad clara. Es claro entonces que si queremos seguir insistiendo que la estética todavía tiene un “fondo” será necesario entender que estos tiempos que corren son los tiempos de una sensibilidad la cual debe adoptar otro modo de percibir, es decir, de pensar, sentir y de expresar o bien de constituirse y descubrir la dimensión de la pluralidad como la inmersión en lo múltiple pero con propósito de dar cuenta de la presencia y la verdad de lo real y no únicamente del sensacionalismo en el que se quedan esos modos tan “débiles” de entender a la estética ya vaciada de todo asunto profundo. Sin duda que esto hay que problematizarlo mucho encarando las afirmaciones de los posmodernos, como Lyotard y Vattimo, quienes son los que estaría animando este nuevo estatus del saber tanto filosófico como estético.

[2][2] Evidentemente que se trataría de señalar de manera crítica que la estética puede hacerse cargo de los problemas de la sensibilidad contemporánea y no solamente se agota en la descripción superficial de la cultura de la imagen, la neutralidad valorativa, y el simulacro que reina hoy en día en todos los ámbitos de la existencia humana. Esto es, si la estética se pretende todavía un saber de carácter filosófico y se impone la tarea todavía de hablar acerca de la presencia y verdad de lo real, entonces tiene ella que ir más allá de la indiferencia que reina en nuestra época.

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