Aunque parezca mentira, se pone dura la cosa en Chile: ¡Jiles presidenta!

Por: Pamela Jiles*
Fuente. http://www.surysur.net (24.02.09)

Eran las tres de la mañana y mi amigo Alex Vojkovic me llevaba de regreso a casa. Habíamos revisado los originales de un libro sobre su vida privada (que causará furor cuando se publique) en una estupenda velada de confidencias, chunchules y risas. En el trayecto, Alex me hablaba algo sobre la supervisión de un túnel y yo estaba tan arrobada por ese tema que solo sentí un golpe seco en mi puerta, un ruido gigantesco…

Vueltas y más vueltas que no paraban nunca mientras el taco de la bota se me enterró, mi cuello enroscado sobre sí mismo se demoraba más en girar que el resto de la escena, el globo del airbag me raspó la pera y se desinfló ¡pruuuu! cuando vi venir un poste que me golpearía de lleno en la cara.

Todo se detuvo a cinco centímetros de mi muerte. No recuerdo bien como salí de la camioneta.

En la vereda unos transeúntes me revisaban el cráneo y la espalda, mientras veía al Alex de pié hablando por teléfono entre vidrios y fierros rotos. Había gente que corría hacia el lugar y que se asomaba de los edificios. Sé que no estaba aturdida porque pensé gritarle al Alex “¡Éstas si que son citas inolvidables pu’ machucao!”, pero me salió un hilito de voz que no escuchó nadie.

Puede ser por el golpe en la cabeza, no sé, el asunto es que allí botada en la calle en medio del despelote se me hizo la luz: postularé a la presidencia de la república.

Ya se presentó Marquito, el payaso que faltaba, así que es mi momento; aportemos un broche de oro a esta sátira. Frente al chiste de las candidaturas que nos imponen, contemos uno mejor, aún más hilarante: yo también soy candidata, señores, y no saben la chichita con que se están curando.

Así vamos terminando con la impronta masculinoide y patética del panorama político. No porque Bachelet lo haya hecho como el orto, todas las mujeres estamos castigadas. Porque ser mujer no consiste sólo en tener vagina. Es un poco más complejo.

Desafío a los sujetos en competencia a probar en qué item me superan. Vamos viendo:

Soy harto más atractiva, inteligente, aguerrida, entretenida, jugada, distinguida y novedosa que Frei, Gómez, Tellier, Navarro, Hirsh y Arrate. Me atrevo a decir que soy mejor candidata que el triste conjunto de todos los anteriores. Si hay dudas, hagamos un experimento muy sencillo: preguntemos en las poblaciones, en las calles, en los puertos y en los prostíbulos de Chile ¿a quién prefieren como candidato a la presidencia?

– ¿A un señor de pelo blanco y ternos de lino o a Pamela Jiles?
– ¿A un desconocido dirigente del Partido Comunista, gordito y falto de carisma, o a Pamela Jiles?
– ¿A un chiquitín ansioso que es senador de la Concertación o a la Pamela Jiles?
– ¿A “más de lo mismo Frei” o a Pamelita?
– (Me salto a Gómez por razones obvias)
– ¿A Marquito de Doggenweiller-Ominami o a Pamela Jiles?

¿A quién habría apoyado Miguel Enríquez, al candidato de Rodrigo Danús o a esta humilde servidora?, ¿al asesor del peruano Alejandro Toledo o a Pamela Jiles?

Si son tan choros, confrontémonos ante el electorado: ¿quién tienta más al votante anónimo: Eduardo Frei Ruiz Tagle o este pechito?.

Si realmente existe voluntad de buscar a nuestro “mejor hombre” para encarnar las demandas de los excluidos, aquí estoy yo, que jamás apoyé a la Concertación, que no me renové en Chantilly, que no pacté con el neoliberalismo, que no observé la lucha antidictatorial desde un cómodo exilio, que no negocio cartillas parlamentarias entre cuatro paredes.

¿Quién lo haría mejor en un debate presidencial? ¿Quién humillaría a Piñera hasta el hipo? ¿Cuál de los candidatitos de izquierda dejaría callado a todos sus rivales? ¿Alguno de ellos podría superarme en esas lides?

Ya me hartaron, digamos las cosas como son. Si buscan un cupo parlamentario, que no sea a costa nuestra.

Terminemos con el tonito civilizado y convencional que me tiene hasta el tuétano. Me cansé de estar cautiva y votar por el mal menor. Me agoté de la incapacidad de las elites partidarias de este lado de la fuerza. No voy a seguir pavimentando el camino de los Escalonas, los Girardis, los Latorres y los Correas. No avalo con mi voto ni un robo más, ni una frescura más, ni un carajismo más.

En mi gobierno ningún poderoso se sacará un parte llamando a la subsecretaria de Carabineros, no enviaré a mis ex-amantes de agregados de prensa en las mejores plazas diplomáticas, no agradeceré con fondos públicos los servicios íntimos prestados, no instalaré en las jefaturas de los partidos a individuos que no han trabajado ni un solo día en treinta años, no enchufaré a mi hijo mayor en un cargo bien remunerado de la Cancillería ni mandaré a dejar la colación escolar de mi hija menor –un sandwich de jamón y palta– en las diligentes manos de un chofer fiscal, en mi vehículo estatal.

Durante mi mandato no me tenderé un mes de guata al sol en Caburgua ni en otro balneario de elite. Tampoco nombraré como burócrata de turno a personajes que falsifican su currículum para darse aires doctorales, no usaré trajes sastre talla 52 (me mantengo estilizada por amor a mi pueblo), no permitiré que mis subordinados comercien con autos de lujo en Buenos Aires, ni menos que instalen un fax en el living de su casa y cobren varios cientos de millones de pesos por asesorar a Codelco en materias prescindibles.

Por ningún motivo nombraré en la cartera de educación a alguien que haya obtenido sólo 500 puntos en la prueba de aptitud académica y que carezca de méritos intelectuales. Haré menos gárgaras con la transparencia y la probidad pública, pero me aseguraré de que no existan funcionarios gubernamentales amigos del dinero ajeno, y si descubro a alguno… tendremos que cortarle las manos en la Plaza de Armas.

En mi gobierno nadie donará a las hijas de sus amigos una “comisión de servicio” de diez millones de pesos para que se vayan de tapas a Madrid. Mi hijo no ganará una jugosa beca de post grado en Cambridge –a pesar de tener calificaciones deplorables– y por ningún motivo lo nombraré vocero de gobierno para que inicie desde la cumbre su carrera política.

Ninguna esposa de ministro será lectora de noticias en el canal público. Tolerancia cero al tráfico de influencias. Mi cuñado no se llevará a su casa dinero suficiente para fundar diez empresas de ferrocarriles y mi yerno no entrará con millonarias ganancias en el negocio de los jarrones estatales.

Durante mi gobierno, mis parientes y compadres no serán seleccionados para los tres mil pitutos de mi directa designación en palacio bajo circunstancia alguna. Le daré tratamiento chiíta a los partidarios de la constitución del tirano. No haré comunicados oficiales cuando le operen a mi hija una uña encarnada. Los senadores y diputados deberán tener asistencia completa en ambas cámaras y cumplir sus labores con tanto esmero como el que exhiben en sus carteleos con la prensa.

Castigaré con las penas del infierno a los responsables del asesinato de cisnes de cuello negro y de perritos guachos.

Mi estatura de estadista es obvia y mi credo gubernamental está sobre la mesa:

– Creo en el socialismo, como Salvador Allende.

– Creo en la lucha de clases, como el trabajador forestal Rodrigo Cisternas Fernández, muerto a tiros y en cámara por carabineros en el frontis de Celulosa Arauco y Constitución, Celco.

– Creo en la fuerza del proletariado organizado, como Alberto Hurtado (pero no en el sketch que protagoniza Arturo Martínez de manera vitalicia).

– Creo en los movimientos reivindicativos, como la dirigente de la revolución pingüina María Jesús Sanhueza.

– Creo en la nacionalización de los medios de producción, como Radomiro Tomic.

– Rechazo la concentración de la riqueza, como Jorge Hourton y el cardenal Silva Henríquez.

– Resisto la prepotencia del imperio (por muy encantador que sea Obama), como Leftaró y Janequeo.

– Impugno al ejército policial que levanta las armas contra su pueblo, como el comandante José Miguel.

– Denuncio la explotación de la mano de obra asalariada, como el obispo Goic.

– Combato la opresión de los débiles por parte de los poderosos, como María Música Sepúlveda.

– Abomino de la dominación cultural e ideológica del dinero, como Clotario Blest.

– Repudio la destrucción del medio ambiente en nombre de la rentabilidad, como Violeta Parra.

La belleza importa, compañeros. Haré un gobierno más estético de los que hemos tenido hasta ahora por la simple vía de nombrar mujeres espléndidas en el gabinete (que las tenemos por centenares), hacer bajar la panza a los subsecretarios, sugerirles que se pongan las muelas que les faltan, desterrar los vestidos con cuellito bebe, los ternos pungas, los botones gigantes, los peinados con laca y los zapatos reina.

Capearemos la crisis con un tratamiento de shock: nacionalización del cobre, impuesto del treinta por ciento a la riqueza y transferencia del financiamiento de las Fuerzas Armadas hacia la educación pública.

Se trata de una candidatura sin plata, sin padrinos, sin publicidad, sin manos negras, sin santos en la corte, sin negociaciones de la cartilla parlamentaria, sin pactos por omisión, sin primarias, sin comando, sin besos a las guaguas y sin destino.

Necesito una consigna simple y clara. Se aceptan sugerencias. El que sea valiente, que me siga.

* Periodista
Publicado originalmente en http://www.elclarin.cl

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