Derechos humanos en el nuevo contexto… A 60 años de la “Declaración Universal”

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Tomado del ensayo de mi autoría: “Derechos humanos: Entre realidades y convencionalismos”, Cap. I.

Todo parece indicar que nos encontramos en el umbral de tiempos inciertos; época ambigua, dicotómica, en la que puede sobrevenir cualquier cosa, ya sea algo espantoso o algo extraordinario. Incierta, en la medida que el progreso actual ha generalizado la creencia de que todos los valores han perdido fuerza, se han relativizado
Una imagen, a propósito del ritmo poderoso de cambio a que ha estado sometida la realidad cotidiana y, ante todo, por el carácter revolucionario del proceso científico-técnico que no deja de asombrarnos día a día con invenciones maravillosas materializados con la aparición de nuevos y sofisticados productos y servicios.. No en vano una de sus consecuencias más significativas, el paso de la normatividad a la performatividad, en la valoración que hacemos respecto del conocimiento, ha implicado colocar a la utilidad en el centro de todo antes que cualquier otro valor o fundamento.
De este modo, la razón instrumental y maximización de los beneficios ha logrado producir un giro notable en la forma de ver y comprender la sociedad y la posición que el hombre se encuentra en ella. Poco a poco se ha ido dejando de lado la visión antropocentrista, en la medida que la preocupación por el sujeto ha dado paso a la preocupación por el objeto. Así, se ha debilitado el humanismo, resultando más importante los bienes materiales que los valores humanos en sí mismos.
De esto, existen grados cada vez más crecientes de perplejidad, desarraigo y desvanecimiento de ciertas creencias que se tenían como firmes y ciertas; inadecuaciones entre teorías y prácticas, es decir, una tendencia a la deslegitimación de todas aquellas teorías que abrían posibilidades redentoras o salvaguardadotas de la humanidad. Viene con ello todo un conjunto de críticas que hace sospechar de todo, juicios críticos que apuntan a los supuestos o fundamentos que han tratado de explicar las cosas.
En este cuadro, el pensamiento del hombre se encuentra experimentando un progresivo debilitamiento. Porque si con el atributo de pensar el hombre siempre intentó explicar los orígenes de los fenómenos mediante la reflexión, en la época actual la retórica oficial tiende a desarrollar un discurso trivial para derivar las explicaciones al campo de los convencionalismos, a lo puramente artificial. Como corolario se dice, no sin razón, que los discursos han cambiado de acuerdo a los nuevos tiempos.
A este propósito no debemos olvidar que en épocas no muy pretéritas se llamaba a la acción, a ser protagonista de algo, concitando voluntades para algún proyecto concreto. Más ahora, todo ese cuadro ha cambiado adviniendo una nueva retórica que desalienta la acción y el protagonismo social que caracterizaron las décadas más recientes. Por lo mismo el tema de los Derechos Humanos se ha banalizado, reducida a una concepción individualista, remitido a lo puramente local, resultando de este contexto una problematización carente ya de todo sentido de humanidad.
Si a este cuadro agregamos, en el campo político, el hecho del derrumbe del socialismo real como proyecto global para la humanidad, el desconcierto se vuelve más generalizado aún. De las consecuencias de este vuelco se han dejado oír expresiones ya sean de consternación o de júbilo en correspondencia, por una parte, con el derrumbe del comunismo y, por otra, con el triunfo del liberalismo en su fase multinacional de acumulación capitalista (neoliberalismo)
A su vez, en el campo intelectual, todo fundamento tiende hacerse desligado del desarrollo histórico asumiéndose un enfoque reductivo, olvidando que todo fundamento o valor supone un punto de tensión respecto de sus propósitos y factibilidad y que esa tensión tiene en sí misma un carácter histórico.
Porque aislar un momento del desarrollo social, absolutizarlo y presentarlo como el fundamento único de determinados valores no es más que una negación interesada del conocimiento científico. Sin embargo, en la inédita situación actual se intenta entrar a hacer reflexiones que se encuadran dentro de un marco de absolutización a partir sólo de la realidad presente, desligada de todos los fenómenos y procesos anteriores que le dieron origen. Así, con ciertas pretensiones del rigor académico pretenden explicar no sólo las transformaciones en curso, sino también la crisis general del desarrollo humano.
En definitiva, no se trataría de otra variación en la larga historia de la tendencia del hombre a olvidar parte importante de los valores esenciales; implicaría, por el contrario, una crisis de fondo de los valores.
Es en el marco de esta nueva realidad que aparece el discurso de Francis Fukuyama, contenido en un ensayo cuyo título es explicativo de sí mismo…¿El fin de la historia? En él parte del convencimiento que el triunfo de la democracia liberal llevara a que “El Estado hegemónico se impondrá n todo el mundo material”. Un fin de la historia que adviene bajo el supuesto que la evolución del capitalismo ha llegado a una cima hegemónica de tal magnitud que es inconcebible proponerse una alternativa distinta.
Esta cima, llamada neoliberalismo, sería de naturaleza tal que se impone por sí misma sin ninguna otra posibilidad alternativa que se le pueda oponer. Es decir, un fin d la historia, en tanto el capitalismo neoliberal más la democracia, nos proporciona una sociedad feliz en la que obligadamente todos estamos condenados a permanecer. Una sociedad que no puede poner en duda los fines por la simple razón que esos fines ya los estamos viviendo, están para siempre, son eternos.
Sin embargo, la filosofía ya había postulado, en épocas anteriores, el concepto de fin de la historia, siendo sus divulgadores más conocidos Hegel y Marx. La diferencia radica en que mientras Hegel anticipa filosóficamente el concepto, asignándole a la historia un camino lineal, progresivo y siempre en ascenso, Marx se apresta a sentar las bases científicas de la dialéctica de este proceso, señalando una historia que camina con avances y retrocesos, pero siempre hacia delante, en un recorrido en espiral. Fukuyama, en cambio, a partir de una realidad –que por su carácter siempre es y será circunstancial-, pone punto final a la historia, por así decirlo, puesto su término por decreto.
Y si toda teoría es una sustentación para explicar un estado de cosas…¿Cuáles serían los móviles de Fukuyama para determinar que el triunfo de la democracia liberal ha traído consigo el término de un gran ciclo histórico?…Para responder a esta interrogante tenemos que recurrir necesariamente a la tan vapuleada historia. Así, cuando Hegel escribió su “Filosofía del Derecho” o “La Enciclopedia”, resolvía las contradicciones del proceso del Espíritu dentro de las condiciones imperantes en el Estado prusiano. Fukuyama, en cambio, las resuelve ahora en el Estado norteamericano. En esta visión el fin de la historia se presenta como la fundamentación ideológica del neocolonialismo que Estados Unidos requiere para su predominio en el mundo.
Según este punto de vista, los derechos humanos se han quedado en los laberintos de la historia de Fukuyama. Así, el nazismo y Pinochet, por ejemplo, por pertenecer a la historia, ya no habría que tomarlos en cuenta. De este principio se derivan todas aquellas teorías y subteorías que claman por no volver al pasado, por dar vuelta la página; en definitiva, los crímenes que se encuentran en los laberintos de la historia tendrían que ser olvidados, amnistiados.
Por ello no resulta casual que los políticos y los medios de comunicación se encuentran orientando un discurso en tal sentido. Es decir, un propósito que, más allá de la inmediatez política, obedece a un marco ideológico que se inscribe dentro de este contexto. Más aún, de acuerdo a esta doctrina la humanidad puede descansar tranquila porque los ideales han muerto. Se trata, ni más ni menos, del discurso triunfal del poder absoluto, del hegemonismo sin contrapeso, en un sistema-mundo en que la gente deja de ser protagonista para constituirse sólo en un observador de los acontecimientos.
Existe de este modo una evidencia ideológica que se muestra ya incapaz de ocultarse. En esencia, el sueño de la utopía reaccionaria de un milenio de dominación imperialista -.presente en los delirios catastrofistas de Hitler-, reaviva en esta teoría la euforia triunfalista del hegemonismo norteamericano, como la victoria definitiva del capitalismo y de los principios de la ideología liberal burguesa.
En suma, una teoría que se desenmascara como legitimador coactivo de los único; por tanto, la única ley rectora será la que se dicte desde la posición de más fuerza económica. Y para ello se ha logrado crear un discurso forzado representando, con apariencia imaginativa y creadora, la idea de la adaptación definitiva al viejo sistema de dominación aplicado ahora sin contrapeso.
A partir de este cuadro un grupo de intelectuales tienden a pensar que el ciclo moderno ha llegado a su término, para dar paso a lo que ha dado en llamarse posmodernismo. Un mundo nuevo que se encontraría definido por el prefijo “pos”, o “post”; esto es, entre otros, un mundo pos-narrativo, post-ideológico, post-industrial, pos-comunista, pero sobre todo, un mundo posmoderno, para dar una idea de mayor totalidad en los cambios que se han experimentado.
Nos encontramos frente a un discurso cotidiano que tiene una gran fuerza ideológica al reafirmar la idea de la vía única, la idea del fin de la historia. Grandes sectores han caído presa de esta idea. Son gente vinculada a resultados, a una práctica concreta, que no están conectados a la reflexión del proceso histórico en su globalidad, y que se dejan llevar mucho más fácilmente por dichas ideas.
En fin, una nueva realidad que presenta un descompromiso casi total en la medida que supone encontrarnos en un mundo ya hecho y relativamente estabilizado. Una nueva era posmoderna que se encuentra ya incapaz de gestar o incentivar cualquier acto creativo o fundador, remitiéndose a reproducir las condiciones del estado presente, postulando que todo lo nuevo sería sólo la reproducción de lo ya existente.
De allí que esta posmodernidad alienta la idea de que todo propósito de cambio no es más que una quimera. Una utopía o un sueño irrealizable, promoviendo el escepticismo y la resignación ante la posibilidad de producir cambios en las estructuras de la sociedad. Pero, más allá de este prefijo identificatorio de lo que pretende ser un nuevo lenguaje, interesa saber que suerte correrán los derechos humanos en el concierto de este tiempo llamado posmoderno.
En este punto, debemos reconocerlo, las perspectivas se muestran muy inciertas. Esto, entre otros motivos, debido a que nos encontramos viviendo en un tiempo de relativismo casi total, de un confesado descompromiso, de desinterés por lograr una humanidad mejor, y por la evidente ausencia de solidaridad ante el destino trágico que espera a la mayor parte de los hombres que habitan el planeta.
En definitiva, derechos humanos en medio de un tiempo en que todo lo que se dice y se hace es inconsistente , frágil, superficial y con poco o ningún sentido más o menos trascendente, en que ya no existe diferencia entre los discursos de la Iglesia, del presidente de Estados Unidos y los banqueos de Wall Street: “Todo es la misma cosa. Todos llenos de compasión por los pobres…, se usan las palabras nada más que por el efecto que producen, no tienen significado (Teólogo José Comblín).
Por eso, para asumir la comprensión de los derechos humanos en el nuevo contexto, será necesario romper toda una enmarañada trama de convencionalismos que recubren la verdadera naturaleza de los acontecimientos del presente. Esta actitud será fundamental si es que queremos abordar el tema de los derechos humanos con la rigurosidad que el tema se merece.
Entonces, si los propósitos de la Declaración Universal presuponen una meta a alcanzar para todos los hombres que habitan sobre la tierra… ¿Cómo hacer que los derechos humanos se hagan efectivos en un mundo tan hipócrita y miserable? Esta es la interrogante a la que se encuentra enfrentada la humanidad, en la medida que el fin de la existencia no es ya una realización heroica o feliz, sino más bien, su trivialización. Porque habiendo estado el mundo siempre conducido por ideas, no necesariamente éstas se encuentran hoy motivadas por la razón, la observación de los hechos y la reflexión, sino más bien por los entusiasmos de tal o cual moda. Esta es la impresión muy fuerte que se siente hoy día al escuchar los grandes debates del tiempo llamado posmoderno.
De otra parte, si nos encontramos en una época que se opone a todos los metarrelatos, subsiste el pequeño relato, el del grupo, el de la etnia, el de la comunidad, lo regional, lo local, etc. En la posmodernidad se pierde el sentido de la humanidad, sólo subsiste el sentido de lo local, es decir, la solidaridad de intereses comunes entre grupos reducidos. En la práctica lo posmoderno viene a reafirmar en los derechos humanos la preeminencia de los derechos de primera generación, derechos individuales (civiles y políticos), por sobre los derechos colectivos, de segunda generación (económicos, sociales y culturales).
Más aún, si los derechos humanos ponen el centro de su atención en el hombre desposeídos de sus derechos, cabe preguntarse cuáles serían los sujetos de la posmodernidad. En este punto no debemos llamarnos a engaños, en tanto los nuevos componentes posmodernos (goce, placer, descompromiso, relativismo, descreimiento, etc.) sólo pueden ser exclusivos de los hijos de la modernidad burguesa, de la sociedad capitalista industrial de consumo.
Estos nuevos valores (¿o anti valores?) se muestran alejados de la realidad de los dos tercios de la población del mundo, a los que luchan diariamente para sobrevivir en las condiciones duras de sus pobres existencias. Por eso Leonardo Boff advierte sobre el tema que la posmodernidad no es otra cosa que “un pastel ideológico compuesto de los más diversos condimentos”. Una posmodernidad que no deja de traslucir su desinterés por una humanidad que sea mejor, y por una oposición a la modernidad que no apunta a su superación, sino que a su reproducción en las nuevas condiciones de acumulación multinacional capitalista.
Ahora bien, si asociamos la posmodernidad con el tiempo del nihilismo, del hedonismo, del pragmatismo, el desinterés, la permisividad, el relativismo, etc., no será difícil inferir que nos encontramos en momentos muy delicados y complejos para hacer prosperar todo aquello que tenga que ver con lo estrictamente humano.
Llegando a este punto, la Declaración Universal de los derechos Humanos se encuentra llena de sentido en una época caracterizada por la frustración y el desgaste. Por eso la necesidad de administrar una crisis de dimensiones planetarias debe encontrar en los principios de esta Declaración, aún pese a sus limitaciones, una práctica que logre concitar todos los mayores esfuerzos.
Y ello porque si partimos del reconocimiento que nos encontramos en una sociedad injusta…, ¿será justo renunciar al proyecto de transformarla a otra más justa?. En este sentido la negación posmoderna del proyecto emancipador es, en definitiva, una cuestión central no sólo teórica sino práctica política, ya que descalifica la acción y condena a la impotencia o al callejón sin salida, al proclamar la inutilidad de todo intento de transformación de la sociedad presente.
Entonces, si partimos de la base que el posmodernismo proclama que todo proyecto de emancipación es una causa perdida, que el intento de fundarlo racionalmente carece de fundamento, y que la razón que impulsa la revolución científica y técnica es inexorablemente un arma de dominio y de destrucción, la respuesta que cabe es que no se puede renunciar a un proyecto de emancipación, justamente, porque tiene su fundamento y su razón de ser en las condiciones actuales que lo hacen posible. Contribuir a fundar, esclarecer y guiar la realización de ese proyecto de emancipación que, en las condiciones posmodernas, aún sigue siendo el socialismo, un socialismo si se quiere posmoderno, sólo puede hacerse en la medida que la teoría de la realidad se encuentre atenta a los latidos de esa realidad, liberándose de concepciones teleológicas, deformadoras y estrechas que llegaron incluso a desnaturalizar, desde el lado de afuera, al mismo pensamiento de Carlos Marx.
De este modo, la causa por los derechos humanos tendrá que tener presente que el proyecto de emancipación sólo podrá realizarse superando las limitaciones burguesas capitalistas que después de Marx, lejos de haber caducado se encuentran más presente. Y que este proyecto sólo podrá realizarse tomando en cuenta las nuevas limitaciones que aportan las condiciones posmodernas, es decir, las limitaciones que aporta el capitalismo multinacional en su nueva etapa de hegemonía casi total.
Lo dicho, en tanto tengamos presente que no se puede ser protagonista de la sociedad asumiendo sólo la realidad que pasa por el fugaz presente. Es fundamental proyectar el espíritu humano hacia un futuro posible, ese futuro que no es sólo lo que viene después, determinística e inevitablemente, sino que lo que está abierto a nuestra responsabilidad histórica, y que para la causa de los derechos humanos representa alcanzar la conquista de todos nuestros derechos que como personas, que como pueblos y como humanidad nos pertenecen y nos son inalienables

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