La propiedad privada: Un salto descomunal para la burguesía y un infantil y vacilante paso para la humanidad.

Por: Kupaú Karibán
Fuente: Kaos en la red (09.12.08)

La propiedad privada impide ejecutar las estrategias que nieguen la infame lógica capitalista, se asocia con la emoción opuesta a las ideas socialistas, comunistas, humanistas, cristianas y budistas.

La propiedad privada, es decir, todos los caudales que tu hayas alcanzado a acumular, es decir, fortuna, hacienda, heredad, medios, enseres, tesoro, rentas, inmuebles, industrias o capitales, no son nada frente a las inmensas posesiones que son superlativamente más grandes del planeta mismo, con sus océanos, cadenas montañosas, volcanes, pletórica vida, culturas humanas, sensaciones, emociones, aire, agua, tierra, alimento, contrastes, diversidad, maravillas y portentos que aún no le pertenecen y que nunca podrá tener los capitalistas porque se le opone la naturaleza y tres tercios de la humanidad.

La sociedad que se puede construir, entonces, con la propiedad privada es por ley de las circunstancias finitas una sociedad de la escasez para muchos y la abundancia para pocos, de conflicto crónico, agudo y feroz entre todos, de abominable degradación humana y de vulgar destrucción y despilfarro de los recursos humanos, recursos naturales y, lo más importante, de los recursos científicos estratégicos/económicos alternativos que no se pueden poner en marcha bajo la lógica del capital. La sociedad, que por lo contrario, es posible edificar con las inmensas posesiones que pertenecen a la naturaleza física y a la naturaleza humana es la de un cuerpo social dedicado a enriquecer, por una parte, de vitalidad al planeta y, por la otra, de vigorizar el desarrollo espiritual del ser humano1, es pues lo que podríamos denominar como el objetivo: plétora, el cual no dudamos en calificar como uno de los objetivos supremos del sistema socialista reconcebido.

La propiedad privada en lo esencial de su existencia se caracteriza por su terrible capacidad de destruir la propiedad social y la propiedad natural, y es -además- enemiga incluso de la existencia de la misma propiedad privada. La propiedad privada, por ejemplo, tiene entre sus objetivos apoderarse de las tierras y agua del campesinado mundial y también de ponerle la mano a las tierras urbanas que están en manos de los pobres (propiedad social), ella también arrebata a la naturaleza sus propiedades (propiedad intrínseca de la naturaleza, es decir, propiedad natural), sin preocuparse2 de restituir al planeta lo que le extrae, afectando irremisiblemente con esa conducta predadora la capacidad reproductiva que le permitiría recuperarse de la expoliación a la cual la somete, y por último, la propiedad privada se apodera de la capacidad, talento, ingenio y fuerza física de los trabajadores intelectuales, técnicos y manuales a cambio de un salario que no les permite a estos adquirir medios de producción propios, por lo cual los condena a lo que denominamos como la impotencia productiva “para si”. Por último la propiedad privada individual es insaciable y apetece devorar la propiedad privada de sus rivales, convirtiéndose los propietarios en poderosos y temibles enemigos entre si.

La propiedad privada tiene asiento humano gracias a la emoción negativa del apego que termina por desarrollarse históricamente bajo su forma exacerbada. Contra esa emoción irrumpió desde la antigüedad el cristianismo y el budismo, puesto que ambas escuelas del pensamiento catalogaron el apego como una emoción destructiva.

En el cristianismo dejar los bienes y seguir a Jesús es una condición severa para alcanzar la salvación y la vida eterna. Es de nuestra opinión, en este sentido, que el Mesías se burlaba con sardónico énfasis de los propietarios, de los ricos y de los ostentosos con esa frase lapidaria de su autoría, en la que les decía con profunda ironía: “Dejad todos tus bienes y seguidme”, porque bien sabía que ninguno de ellos estaría dispuesto a dar ese trascendente paso, puesto que en sus miopes vidas dependen por entero de lo que poseen. Jesús en consonancia con esa verdad predica de un modo exclusivo entre los pobres, los miserables y los despreciables, porque entre ellos la sobrevivencia no depende, en primer lugar, ni de las propiedades, ni de los bienes porque sencillamente no los tienen, y en segundo lugar, son tan vulnerables y tan precarios en sus existencias que ni siquiera la institución de la familia es suficiente para garantizar entre ellos la supervivencia, de allí que sólo la solidaridad comunal3 puede constituirse entre ellos su único medio factible y viable de no llegar a perecer de inanición.

Con anterioridad al cristianismo, la sabiduría del budismo consideró el apego -aferrarse a lo que se posee- como causa del sufrimiento del ser humano, de allí que esta milenaria sabiduría se preocupó por enseñar la disciplina de cómo alcanzar el desapego, es decir, como fortalecer esta virtud humana necesaria para poder ser compasivo con el semejante y desarrollar en consecuencia la solidaridad comunal que pone por base social las emociones positivas y constructivas (debilitando las insanas).

Para el budismo el desapego permite que la vida fluya, que la energía fluya, persigue por tanto el desarrollo de los procesos naturales, vitales y humanos, por el contrario, el apego bloquea el movimiento, entorpece la marcha, estanca la vida y la enferma, porque frena, detiene y retrasa la energía vital. En este sentido el apego como núcleo duro del capitalismo crea la propiedad privada, logrando con ese hecho histórico un colosal salto para la burguesía y un mediocre paso para la humanidad; mientras que el desapego como núcleo duro del socialismo genuino respeta, cuida y vitaliza la propiedad natural, dando esta un salto hacia su salvación como planeta y, al mismo tiempo, promueve la propiedad de los individuos sociales, alcanzando estos con ello su desarrollo personal y el infinito gozo de vivir, porque bajo el desapego cada individuo social se caracteriza por asumir con autenticidad la responsabilidad por los demás como la única actitud verdaderamente humana.

Esta lección de ética socialista nos descubre que el apego/amor materializa un amor egoísta (esencia del capitalismo), mientras que el desapego/amor genera un amor libertario (esencial4 al socialismo, al cristianismo y al budismo). Y la enseñanza áurea en consecuencia de esta lección filosófica es que debemos acceder a la perentoria necesidad de sustituir el amor factible dentro del capitalismo occidental (amor insano), por los muy antiguos paradigmas espirituales de la humanidad oriental (amor compasivo), los cuales pueden ocurrir felizmente desde el pasado a auxiliar al proyecto científico de Karl Marx consistente en la edificación del socialismo, el comunismo y el humanismo como procesos libertarios, salvíficos y luminosos si esa es nuestra formación teórico/práctica revolucionaria.

Artículo Nº 0002 / CATEDRALIBERTARIA / 8 de diciembre de 2008.

1Producto de una nueva economía al servicio del “ser más”, donde el “tener” queda supeditado a la función de facilitar y promover el crecimiento humano, es decir, donde cada quien obtiene lo que necesita para desarrollarse como individuo único e irrepetible impregnado de plena humanidad y de realización como ser social. Es obvio que la satisfacción de las necesidades materiales quedan incluidas, pero este no es el verdadero objetivo o­ntológico/crítico del socialismo.

2Si se preocupara no fuese competitivo y saldría del mercado, lo cual ocurriría por comportarse en contra de la ley imperativa de la maximización constante, permanente y continua de las ganancias.

3Recomendamos una hermosa obra titulada “La Ciudad de la Alegría” de Dominique Lapierre, donde la subsistencia se obtiene con la ayuda del semejante, del extraño y del colectivo social -un barrio miseria que en vez de tener la horrible cara de la tristeza, es por lo contrario, la Ciudad de la Alegría”. La solidaridad comunal es una de las condiciones esenciales del socialismo genuino. La otra vía que se puede tomar para sobrevivir en esas condiciones extremas es convertirse en lumpenproletariado.

4El pensamiento crítico profundiza en una idea hasta encontrar lo esencial, tal es la gran enseñanza de Karl Marx, porque su aporte al pensamiento fue su método crítico.

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