Por: Julio Pino Miyar
Fuente: www.kaosenlared.net (22.09.08)
Un ensayo sobre el compromiso politico del escritor, del artista en general
Iniciado ya el siglo XXI, sigue debatiéndose en los conventículos del pensamiento y en los más variados escenarios políticos, el papel del artista y el intelectual ante la vida. Ante la vida política y sobre la racionalidad ética del compromiso.
El arma del intelectual es de este modo la crítica frente a un mundo que surge por constante oposición a él, a su ideario, a su racionalidad. Las grietas del mundo son entonces observadas por el artista desde la óptica de la razón y el juicio; desde los preceptos universales de la belleza y la sensibilidad.
Este enfrentamiento, Arte y Pensamiento versus Mundo, es del todo correlativo a una época como la nuestra, donde el artista, toda forma genuina de creación, han sido marginados de los grandes centros de poder. Una época en que proporcionalmente a la subida del valor económico de los objetos de arte – pintura, libro, música, cine etcétera–, existe una corrosiva depauperación del valor real de las obras. Simplemente las verdaderas piezas de arte son muy poco contempladas por el mercadeo contemporáneo.
Para la segunda mitad del siglo XIX ese era el estado de cosas en el mundo occidental, lo que sucede es que hoy en día la situación se ha agravado mucho más. Las tan comentadas fugas decimonónicas de grandes artistas hacia otras tierras situadas lejos de Occidente, o ubicadas en su periferia, revelan de manera elocuente la progresiva descontextualización de un pensamiento, una sensibilidad y un modo de vida que han sido, poco a poco, arrinconados por “esa magia burguesa” que comenzó a imperar en todas partes. Porque hay muy pocos lugares sobre la tierra donde el artista, como disidente moderno del mundo capitalista, pueda huir dando un portazo con su equipaje o sin él.
El mundo burgués, como bien lo supieron ver hombres como Cervantes y Quevedo a comienzos del siglo XVII, presupone un encantamiento de las antiguas formas naturales de la vida, allí donde el dinero no se había convertido todavía en “poderoso caballero”. Un acto de presdigitación, una suprema inversión de los valores, un vulgar escamoteo de las esencias de la vida, una profunda subversión de las fuentes originales del arte y la existencia humana, es lo que vino a imponer, con su acción trasformadora, entre ofertas, falsas promesas, remates y fanfarrias, la sociedad de los mercaderes.
En nombre de los falsos de valores de esa sociedad es que se levantan hoy en día todos los entarimados inimaginables, los retablos de cartón más acuciosos, el imaginario guiñol donde se representa, bajo el aplauso atronador de un millar de fariseos, la farsa de la época. Época que corona bulliciosa, con la insignia de laurel de cartulina, al buen burgués devenido en afamado autor de libros para el consumo, autor sin par, con beneficios de nuestra empobrecida comedia humana.
Por otra parte ese cuento ideológico que las democracias de Occidente no conocen disidentes, no solamente es bastante falso sino que es pretender ignorar que la civilización occidental, al modo de la original tradición del pensamiento heterodoxo que hay en España, a sido cuna y tribuna de toda una alta cultura histórica de la disidencia. Disidencia ante a Occidente, para ejemplarizar, por la cual Arturo Rimbaud pagó su saldo en un miserable hospital de Marsella luego de regresar de su exilio en África, y Vincent VanGogh el suyo con su exilio, entre los campesinos del Medio Día francés, y con su locura internado en el sanatorio de Saint-Rémy. O es que acaso la narración para niños “El pequeño Príncipe”, uno de los libros más universales que jamás se hayan escrito, no encierra entre sus páginas una apasionada denuncia del capitalismo. No sé, pero hay veces en que pienso que la Belleza es también una disidente ante “los horrores del mundo moral”.
En definitiva, ¿qué puede significar para muchos hablar de un pensamiento político en un momento tan incierto como el actual donde nos invade la apatía, porque hemos visto hundirse viejos proyectos que creíamos imbatibles y aparecer, en su lugar, contraproyectos neoliberales que también se hunden? Pero, arte político no es otro que el que se hace para la Polis, acostumbraban a decir los griegos de la Edad Clásica… y lo contrario podría ser absurdo añadiría. Pienso que en cada momento histórico la Época nos condiciona los modos particulares en que decidimos expresar la forma de nuestro compromiso. La bandera que podemos alzar hoy, en cualquier parte del mundo, puede muy bien no corresponder exactamente a la posición política por la cual será alzada dentro de doscientos años la misma bandera, ya que cada época establece su propio retablo operativo, donde serán puestos en juego los viejos argumentos y las consabidas razones.
El mundo encantado de la burguesía, que prolifera entre nosotros en juicios y actitudes, nos entrega una tercera disyuntiva al margen de meramente resistir en solitario o de integrarnos de un modo definitivo al Sistema. Esa tercera opción descansa en un principio lógico: cuando no hay salida teórica para los problemas del intelectual, o del artista, que como individuo está sufriendo su largo desarraigo en las tierras pedregosas y baldías del mercado y la abulia, son las razones consustánciales a su origen y su destino como hombre las que pueden responder mañana, hoy y siempre por él. En esa semilla original puede estar también la atribulada belleza del mundo, común a todos los hombres, como el propio sentido de lo que se hace en los conceptos de realidad y poesía. Conceptos que nos trasfieren el sentimiento de sabernos pertenecientes a algo; que merecemos ser realmente parte de algo; que se es elemento vivo de una comunidad sociocultural, que se mueve en el tiempo con todas sus contradicciones a cuesta.
En resumen: si debemos fugarnos hacia alguna parte que esa parte sea la realidad. Que si nos decidimos a asumir los riesgos del compromiso será alentador saber del significado colectivo que los riesgos poseen; ese tamaño punto de inflexión donde la soledad del creador puede tener de su lado amillones de seres humanos.
Refiriéndose a sí mismo, Bezukof, uno de los personajes más importantes de la novela “Guerra y Paz” de León Tolstoi, emitió esta valoración sobre los artistas e intelectuales, cito de memoria: “No es que no amemos la vida, sino que de tanto amarla somos incapaces de vivirla”. Esto es profundamente cierto. En el fondo no ha sido pereza las razones del consabido desvalimiento moderno del artista ante el mundo. La vida ofrece una gama tan variopinta de significados que son comunes los extravíos para los que ejercen demasiado el oficio del pensamiento. La vida es a veces trágica, es cierto; que el mundo jamás va a estar a la altura de nuestras expectativas es, además, una verdad lapidaria…
Y Pedro Bezukof, el noble ruso apasionado, emitió su verdad más íntima ante las ruinas históricas de la Batalla de Borodino librada contra las huestes napoleónicas. Justamente en los momentos más dolorosos del mundo, donde de todas partes los rifles tiran a matar, el arte y el pensamiento son, entre otras cosas, reparadores de nuestras cuotas de humanidad perdidas; la expresión orgánica de un compromiso donde la belleza no es ciertamente una de sus últimas verdades tributarias. No obstante, los específicos modos políticos que ha de revestir ese compromiso tiene que resolverlo cada cual con su conciencia.
La literatura, el compromiso y el mundo conforman así para el artista una trinidad política. Trinidad que se puede explorar ilimitadamente de una manera conceptual, o decidirse habitar en ella desde la esfera de la praxis social. Por otra parte, en algún lugar de sus textos el pensador italiano Antonio Gramsci definió al intelectual no por la imagen que tiene de sí mismo, sino por la función social que cumple. Todo arte y pensamiento verdaderos la cumplen por sí mismos, por eso no debe asustarnos esa definición. El significado social de la obra de arte, como el reconocimiento explícito de aquello que el hombre es ante los suyos, cobra una importancia que trasciende el marco de las relaciones habituales del artista con su obra.
Porque el compromiso no es otra cosa que la forma más temible, acaso la más bella, que tiene el artista para decidirse a fijar para siempre, y entre nosotros, su residencia en el mundo.
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