Marx y los socialismos

Por Guillermo Pessoa*
Fuente: Socialismo o Barbarie, (19.03.08)

Una frase recurrente y no exenta de verdad, es aquélla que afirma que “el socialismo está dividido: siempre encontramos más de uno”. Cabría señalar que eso es cierto… desde la misma época de Marx!!. Las distintas concepciones de socialismo tienen que ver con el marco histórico en que fueron creadas y con los sujetos sociales en los que aquéllas se sustentan. Intentaremos en este breve artículo, rastrear en un texto clásico de la bibliografía marxiana como es el Manifiesto Comunista, cómo los diversos proyectos socialistas son enjuiciados y clasificados. En el próximo trabajo desarrollaremos, entre otros aspectos, algunas de las premisas que el nuevo sistema social a lograr, tenìa para Marx.

A modo de adelanto de esto último y porque pensamos que es clave para la crítica a los otros socialismos, digamos que para el autor del Manifiesto la nueva sociedad no es producto de la mente sabia de un genial reformador, sino que parte de las mismas premisas que se hallan presentes en la sociedad a la que viene a sepultar. Es pues una concepción acabadamente inmanentista de la dinámica social e histórica. La mera estatización o nacionalización de los medios de producción, si bien es un requisito necesario de dicho proyecto, se torna equívoca sino no se señala quién y cómo se lleva a cabo (toda la polémica de Marx con Lasalle y sus seguidores luego de la muerte de éste, gira en gran parte sobre este tema) y vinculado con esto, el señalamiento constante de la acción independiente de la clase obrera en alianza con los demás sectores oprimidos autodeterminándose; conforman entonces, aspectos esenciales de la concepción marxiana del socialismo.

Recordemos que el Manifiesto le es encargado a Marx por la Liga de los Comunistas, una de las expresiones obreras existentes en Francia y Bélgica fundamentalmente, hacia fines de 1847. En un texto que aun autores no marxistas como Weber y Schumpeter por nombrar sólo algunos, consideraban “brillante literariamente y científicamente irreprochable”, su autor dedica la tercer parte del mismo a pasar revista a las demás doctrinas socialistas del momento, dejando a un lado “aquéllas que la propia realidad histórica ya superó” según sus propias palabras (la de Babeuf en los albores de la Revolución Francesa, por ejemplo). Mencionará tres. La primera de ellas que cuenta con más de una expresión en su interior, la denominará socialismo reaccionario, siendo uno de sus exponentes el socialismo feudal:

“Para ganarse simpatías, la aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar a la burguesía, sin tener presente más interés que el de la clase obrera explotada… Nació así el socialismo feudal, una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir; un socialismo que de vez en cuando asestaba a la burguesía un golpe en medio del corazón con sus juicios sardónicos y acerados, pero que casi siempre movía a risa por su total incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna… Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudalista venga a confluir el socialismo clerical. Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista.”

Esto señalado por Marx será una constante en el futuro: sectores de las clases desplazadas por el avance burgués capitalista, ejercen una crítica a dicha civilización “coqueteando” con los sectores obreros. Las Encíclicas Papales presentan un magnífico ejemplo de ello. Como siempre ocurre, será la realidad la que ponga las cosas en su lugar: cuando aquéllos se levanten contra el orden existente, los socialistas feudales ya saben cuál es su ubicación… el de la reacción. Mientras esto no ocurra, intentan – y no pocas veces lo logran – influenciar a franjas del proletariado. Además de esta corriente se hallan dos más. Leemos en el texto:

“El socialismo pequeñoburgués representado por Sismondi (…) los intereses de los pequeño burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa obrera con el ideario de la pequeño burguesía. Este socialismo ha analizado con gran agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable los efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas nacionalidades. Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver e encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y utópico.”

Es esta la clásica crítica romántica hacia la sociedad mercantil, que el propio Marx en escritos posteriores dirá que “acompañará al capitalismo todo el tiempo que éste exista”. Como reconoce el Manifiesto “analizó con agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción”. Su falencia se encuentra en “sus fórmulas positivas”. La solución no radica para ellos en la superación de lo actual (anulando y conservando según la célebre definición hegeliana), sino en retrotraer ésta a un pasado supuestamente idílico y sin los progresos de la técnica y la gran industria que el capitalismo creó. Como se podrá observar, esto también tuvo sus expresiones incluso recién empezado el siglo XXI: la vuelta al trueque, las huertas comunitarias y otros proyectos – en definitiva, paliativos transitorios para la crisis – se presentaron en algunas corrientes (el movimiento social Aníbal Verón en nuestro país) como el modelo del tipo de sociedad socialista a construir.

La última expresión de socialismo reaccionario, tiene su gestación en la Alemania de mediados del siglo XIX, que aun no conocía dos grandes logros de las revoluciones burguesas inglesa y francesa (en especial la primera): conformar un estado nacional y desarrollar un proceso de revolución industrial. Su burguesía había llegado tarde a dichas transformaciones. Pero lo que sostiene, va a tener influencia fuera de la tierra teutona. Señala Marx:

“El socialismo alemán o verdadero socialismo… (tiende a) convertirse en una ociosa especulación acerca del espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad… el profesor germano hacíase la ilusión

de haber superado el “parcialismo francés”; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la verdad, y a falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del ser humano, del hombre en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica… Les venía al dedillo a los gobiernos absolutos alemanes. Era una especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil con que esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.”

Cuánto sentido común de nuestra época bebe de esta fuente germánica. Una especie de socialismo para los días de fiesta. El ideal es excelente pero la “naturaleza humana” conspira contra él. El socialismo sería para dioses y no para hombres porque éstos son corrompibles por naturaleza. Algunos incluso llevaron a teoría académica esta aseveración para intentar explicar hechos como la caída de la URSS, por ejemplo. Marx ya en su tiempo, enjuiciaba terriblemente a estos “predicadores filosóficos”.

Decíamos al comienzo que eran tres los “socialismos” que desarrollaba y criticaba el Manifiesto. El segundo de ellos, Marx lo llama “socialismo burgués o conservador”. Comienza señalando qué sujetos sociales – no sin cierta ironía y sarcasmo – encarnan esta concepción. Oigámoslo:

“El socialismo burgués o conservador: una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa. Cuéntanse en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya…”

Así como había observado que una parte de las clases “vetustas” (terratenientes feudales, aristocracia, etc.) tomaban el nombre de socialismo para camuflar sus ideales y propuestas, Marx comienza a observar también que parte de la nueva clase dominante: la burguesía, combina el discurso fuerte y descalificador para con las teorías conspirativas socialistas; con una hábil apropiación de su nombre, resignificando sus contenidos:

“(…) sus aspiraciones se contraen a esas reformas administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo solo – en el mejor de los casos – para abaratar a la burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto… Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis, y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo… en interés de la clase trabajadora.”

A riesgo de parecer anacrónico, digamos que esta “presentación socialista” también la observamos en estos días. Sin ir más lejos, Zapatero, el “socialista” español que acaba de ser reelecto en su país, presenta como “socialistas” medidas tales como el aumento de las pensiones, la reducción de algunos impuestos, una política inmigratoria más benigna (en relación a las propuestas “gurkas” del Partido Popular nos permitimos decir). O sea, no otra cosa que “toda esa serie de reformas administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre capital y trabajo asalariado” como señala el Manifiesto. Cualquier semejanza con la realidad actual entonces, no es mera coincidencia.

En un momento en donde el proyecto socialista comienza tibiamente a asomar en el horizonte de algunos sectores de vanguardia de trabajadores en el mundo y en especial en nuestra América Latina; no resulta ocioso volver a estudiar su significado en uno de los textos centrales de esa corriente de pensamiento. En el próximo trabajo, desarrollaremos el socialismo o comunismo crítico utópico y también el que los propios Marx y Engels comenzaron a delinear en dicho momento histórico.

La última expresión socialista que Marx analiza en el Manifiesto… es la del comunismo crítico utópico cuyos exponentes más conocidos son los franceses Saint Simon y Fourier y el británico Robert Owen. Pero un antecedente directo de esta postura, Marx la observa en su primer estadía en París hacia 1844. Allí constata por vez primera la utilización del término comunismo.

La igualación de los salarios y la nivelación de las clases sociales al lograr lo primero es su axioma fundante. Es llamativo como posturas de comienzos del siglo XIX se reiteran casi un siglo después y en ocasiones se las utiliza para denostar al marxismo, naturalmente omitiendo que ya el autor de El Capital fustigaba con dureza dicha concepción (nos viene a la memoria la invectiva lanzada ante las cámaras de TV allá hacia 1990 de una joven Adelina Dalesio de Viola quien acusaba a los socialistas de “querer convertirnos a todos en proletarios”).

“Este comunismo, al negar por completo la personalidad del hombre, es justamente la expresión lógica de la propiedad privada que es esta negación (…) El comunismo grosero no es más que el remate de esta codicia y de esta nivelación a partir del mínimo representado. Tiene una medida determinada y limitada. Lo poco que esta superación de la propiedad privada tiene de verdadera apropiación lo prueba justamente la negación abstracta de todo el mundo de la educación y de la civilización, el regreso a la antinatural simplicidad del hombre pobre y sin necesidades, que no sólo no ha superado la propiedad privada, sino que ni siquiera ha llegado hasta ella. La comunidad es sólo una comunidad de trabajo y de la igualdad del salario que paga el capital común: la comunidad como capitalista universal (…)”

Más que significativa resulta la adjetivación que le merece a Marx dicho comunismo: el de ser grosero! Se empieza a esbozar – sólo se empieza, no intentemos hacerle decir al texto cosas que éste no dice – la concepción de que el nuevo régimen social debe partir incorporando lo más adelantado de la civilización precedente. Ello incluye haber pasado por la propiedad privada y cierto desarrollo de las fuerzas productivas (algo que dirá con más claridad dos años después en La Ideología Alemana). También señala algo que puede caberle a los “socialismos reales” del siglo XX con sus estados burocráticos: la “comunidad – el estado – como una especie de capitalista universal”. Explotación y alienación entonces son componentes del mismo. Y en otra aseveración crítica para con este comunismo grosero, señala:

“Hay que evitar ante todo el hacer de nuevo de la sociedad (de este sistema propuesto) una abstracción frente al individuo.”

Más que importante señalamiento, pues si la libertad del hombre sólo podrá consumarse con los demás hombres y no en forma egoísta, aisladamente; también se corre el riesgo de que el estado ahogue la autodeterminación del hombre y lo convierta en un autómata. Como se ve Marx – mucho antes que Sartre en verdad – le “disputa” el sacrosanto término de libertad a la burguesía y el liberalismo decimonónico.

Volviendo al Manifiesto y para cerrar el mismo, Marx aborda el análisis del llamado socialismo y comunismo crítico–utópico. Tiene más de un punto en común con el comunismo grosero ya visto, con la diferencia que aquí podemos encontrar una obra más sistematizada y con cierta pretensión de cosmovisión del mundo que el primero, apenas había esbozado. A riesgo de confundirlos, no nos parece inadecuado, situarlos dentro de coordenadas comunes.

Digamos también que las propias ideas marxianas germinan tomando parte de aquellos postulados y anulando los que creían incorrectos. Mucho de su “incorrección” obedece a condicionamientos materiales y sociales de la época en que fue creado. Lenin reconocía mucho de esto cuando afirmaba que junto a la economía política británica y la filosofía clásica alemana, era el socialismo francés una parte integrante del marxismo. Veámoslo con las propias palabras del Manifiesto:

“Cierto es que los autores de estos sistemas penetran ya en el antagonismo de las clases y en la acción de los elementos disolventes que germinan en el seno de la propia sociedad gobernante. Pero no aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica independiente, un movimiento político propio y peculiar… Para ellos, el curso universal de la historia que ha de advenir se cifra en la propaganda y práctica ejecución de sus planes sociales. Es cierto que en esos planes tienen la conciencia de defender primordialmente los intereses de la clase trabajadora, pero sólo porque la consideran la clase más sufrida. Es la única función en que existe el proletariado para ellos. (Negritas nuestras).

Aquí se nota parte del derrotero que siguió el propio Marx: la búsqueda de un sujeto que corporice y lleve adelante la transformación social. Señalar al proletariado por “ser la clase más sufrida” es una apreciación que sostenía apenas cuatro años atrás 3. Pero ya Marx ha superado dicho estadío y refuerza un principio que observa ausente en Fourier y cia que es de levantar como bandera la acción independiente de la clase trabajadora con su propio movimiento político. Al momento de escribir estas líneas, el conflicto entre el gobierno y los sectores del campo en la Argentina, puso nuevamente más que perentoria la necesidad de aplicar ese principio. No porque se piense que es la única clase que realizará el proceso revolucionario, pero sí aquélla que actuará como caudillo de los demás sectores subalternos, fuerza social que hay que ir gestando. Resulta pues que todo esto no figura entre los postulados de esta corriente. Sí en cambio, grandes construcciones ideológicas – algunas incluso con la experiencia práctica hecha añicos, como el de los falansterios owenistas – que brotan de la cabeza de iluminados e ilustrados diversos:

“Estas descripciones fantásticas de la sociedad del mañana brotan en una época en que el proletariado no ha alcanzado aún la madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de ideas fantásticas acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos, puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad. Sin embargo en estas obras socialistas y comunistas hay ya un principio de crítica, puesto que atacan las bases todas de la sociedad existente. Por eso han contribuido enormemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora… Fueron en muchos aspectos verdaderamente revolucionarios, sus discípulos forman hoy día sectas indiscutiblemente reaccionarias, que tremolan y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus maestros frente a los nuevos derroteros históricos del proletariado. Son, pues, consecuentes cuando pugnan por mitigar la lucha de clases y por conciliar lo inconciliable… Y para levantar todos esos castillos en el aire no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad de los corazones y los bolsillos burgueses.” (Negritas nuestras).

Todo este párrafo no tiene desperdicio. La denuncia de estos primeros socialistas forma parte importante de la elaboración teórica del proletariado moderno y el socialismo. Incluso la importancia a la problemática de género dado por Fourier supera el de muchos socialistas posteriores por tomar sólo un ejemplo. Eso lo reconoce Marx. El tema, el gran tema en verdad, es continuar con el resto de los postulados cuando la propia realidad ya los tornó caducos. La alianza entre industriales y operarios como aquí se enfatiza no es otra cosa que “intentar conciliar lo inconciliable”. Claro está que en el socialismo francés, al ignorar el origen de la plusvalía y hasta su propia existencia, dicha doctrina se podía medianamente entender sin dejar de denunciarla como utópica, precisamente.

Salvando las enormes distancias de todo tipo, en la Argentina – y no sólo aquí – el peronismo con la idea de lograr la “armonía del capital y el trabajo” y la conformación de hecho de “un frente policlasista” son parientes lejanos de aquélla posición. Los utópicos tienen también cierta conexión moderna con algunas elucubraciones autonomistas, indigenistas (pensemos en el actual “Ministro de Planificación” de Chávez, Haiman El Troudi) y también con el resurgimiento pos crisis de comienzos del siglo XXI, de cierto “socialismo pequeñoburgués” y “romántico” en corrientes como la Aníbal Verón, con sus huertas, panaderías, “bloqueras”, etc.

En el último Foro Social Mundial de Porto Alegre, los “intelectuales” chavistas sostenían la teoría de que no había necesidad ni beneficio en expropiar a las grandes empresas, porque se podía “rodearlas” por el flanco mediante cooperativas, miniemprendimientos, etc. En ese momento estaban impulsando decenas de miles de esas cooperativas y miniemprendimientos, que terminaron masivamente fundidos (ya sea porque el nivel de sus fuerzas productivas les impedía competir con las grandes empresas o, más sencillamente, porque sus administradores “desaparecieron” con la plata que les daba el estado para instalarlas). En la actualidad y por la experiencia descripta, esos proyectos han quedado ampliamente desacreditados y dejados de lado por amplios sectores de la población.

Las críticas que los fundadores del materialismo histórico fueron haciendo a las posturas mencionadas nos permiten ir delineando (aclarando que “delinear” no es plantear un plan acabado y cerrado de sociedad futura) algunos principios cardinales de la concepción marxiana del socialismo. En primer lugar, la importancia del sujeto haciendo la historia, lo que lo aleja de todo determinismo fatalista tanto natural como social. En segundo lugar, remarcar que dicho sujeto – que no es otro que la clase trabajadora – vaya conformando sus propios organismos de poder (en vida de Marx, la Comuna parisina fue un breve pero magnífico y aleccionador ejemplo de esto), que si bien tiene como presupuesto la expropiación de la propiedad privada; ésta para no quedarse en mero “estatismo” debe contar con la más amplia democracia obrera, desde el manejo y control de las mismas fábricas y demás unidades productivas, hasta del propio – y particular – estado que se está construyendo. En definitiva, la resolución es mucho más política que económica. Pero este último punto requiere de un mayor desarrollo y especificidad. Intentaremos abordarlo en otro artículo.
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(*) Con la colaboración de Roberto Ramírez.

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