Por: Pepe Gutiérrez-Álvarez
Fuente: Para Kaos en la Red [11.06.08]
Ya los romanos decían que a veces, los mayores crímenes se perpetran en nombre de los más grandes ideales. Eso es y ha sido cierto con el cristianismo, con la democracia, y también con el comunismo. En nombre, o sea negando en los hechos lo que decían con las palabras.
Ocurre con todas las grandes palabras, pero sobre todo con aquellas que obligan a un mayor esfuerzo, a la mayor alteza de miras. De hecho, el neolenguaje o el doble lenguaje es algo que se ha hecho carne de siempre, pero especialmente con la burguesía, con el afán de beneficio y de dominio que, como la mierda, lo manchan todo. El refranero está repleto de advertencias en este sentido, el hábito no hace el monje, no es lo mismo predicar que dar trigo, más vale un hacer que un decir…Desde la infancia, cualquier mente un poco crítica distingue entre lo que se dice desde el pode o desde el púlpito, y lo que se hace. La anécdota de Diógenes con la lámpara buscando un hombre, puede aplicarse a cualquier ismo de base idealista. Sí me pongo a repasar, en este España católica, apenas me he tropezado que algún que otro cristiano que merezca llamarse así, además, suelen ser de los que no presumen como tal.
En sus últimos escritos, Lenin se lamentaba del peso que la vieja civilización en los nuevos comunistas, en el caso de los burócratas por supuesto, pero también en los obreros capaces de morir por el ideal pero luego maltrataban a sus compañeras en casa. En otras ocasiones, el comunista, el revolucionario, simplemente rechaza lo que le niega a él, pero sus ambiciones son otras, de ahí que cuando ha habido una oportunidad de escalar han sido miles y miles los que han olvidado sus ideales de ayer para buscar su lugar en el sol, un pesebre en el que sentirse reconocido….
El comunismo es, más que cualquier otra cosa un ideal, y luego, un parámetro de comportamiento que, como en cualquier otro ideal, obliga de entrada a unas normas elementales: no explotar, no engañar, ser solidario y generoso, etcétera, etcétera. Se trata de verlo no por el nombre, por la pertenencia, sino por la exigencia que se impone como persona y como parte de un colectivo.
Y nos vamos a la teoría, nos encontramos que Marx se refería al comunismo —palabra que tuvo su origen en las sociedades secretas revolucionarias de París en la mitad de la década de 1830— al menos en dos sentidos diferentes pero relacionados. Primero como movimiento político real de la clase obrera en la sociedad capitalista. Segundo como forma de sociedad que crearía la clase obrera por medio de su lucha. En el primer sentido —influido no sólo, con toda probabilidad, por la descripción de Lorenz von Stein (1842) del proletariado y el comunismo (“la respuesta de toda una clase”), sino también por sus contactos personales con comunistas franceses en la Liga de los Justos— escribió que “el movimiento entero de la historia es, por ello, tanto su génesis real [del comunismo] —el nacimiento de su existencia empírica— como, para su conciencia pensante, el movimiento comprendido y conocido de su devenir” (Manuscritos económico-filosóficos).
Años más tarde, en el Manifiesto comunista, él y Engels afirmaron aquello tan famoso de que “los comunistas no forman un partido aparte opuesto a otros partidos obreros. No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado”, de manera que sólo se distinguen porque siempre hacen hincapié en “los intereses comunes a todo el proletariado” y en que representan “los intereses del movimiento en su conjunto” Durante la segunda mitad del siglo XIX, los términos “socialismo” y “comunismo” llegaron a utilizarse, en general, como sinónimos para designar el movimiento obrero clasista, aunque el primero se empleaba con mucha mayor frecuencia. Los propios Marx y Engels siguieron en gran medida esta costumbre y ni siquiera pusieron fuertes objeciones al apelativo de “socialdemócrata” que fue adoptado por algunos partidos socialistas iniciales en especial los dos mayores, en Alemania y Austria, paradigmas de la socialdemocracia-socialdemocracia como el café-café, al decir de Manolo Sacristán. Sin embargo, Engels seguía expresando sus reservas en 1894, diciendo que mientras que “la palabra será aceptada”, seguía siendo inadecuada “para un partido cuyo programa económico no es simplemente socialista en general, sino específicamente comunista, y cuyo objetivo político último es vencer en todo el Estado y, en consecuencia, superar también la democracia”.
Sólo después de 1917, con la creación de la Tercera Internacional (comunista) y de partidos comunistas separados y empeñados en violento combate con otros partidos obreros, volvió a adquirir el término “comunismo” un significado distintivo, aunque ya había sido utilizado también por el anarquismo que se decía “comunismo libertario”, y cuyas diferencias con el marasmo radicaba más en los medios (transitorios) que en los fines. El concepto pues adquirí una significación idéntica al que tenía a mediados del siglo XIX, cuando se oponía, como una forma de acción revolucionaria dirigida al derrocamiento violento del capitalismo al socialismo, y no como movimiento más específico y constitucional de reformas graduales y acumulativas de las escuelas moderadas (que consiguieron mejoras como subproducto del miedo de las clases dirigentes a la revolución).
Posteriormente —y en especial durante el período estalinista—, la palabra pasó a tener aún otro sentido. El de un Estado que se llamaba así, y que se decía ya en camino al comunismo (“el reino de la libertad”), así como el de un movimientos dirigido por partidos autoritarios en el que la discusión abierta de la teoría marxista o de la estrategia política estaba raptada por su dirección, y dentro de su dirección, por el equipo rector. Estos partidos se caracterizaron durante varias décadas por una subordinación mas o menos completa al partido soviético, cabeza de las “patria del proletariado”. En este sentido, el comunismo puede considerarse en perspectiva como un movimiento político central del siglo XX, que ha sido extensamente estudiado y criticado no sólo por los oponentes burgueses o socialdemócratas, sino también por diversas escuelas muchos marxistas a las que se les calificaba de anticomunistas cuando no de “agentes de la reacción”. Quizás por eso se podría decir del comunismo lo que ya Ernest Bloch había dicho de la Iglesia, que su interés radicaba sobre todo en las herejías
Desde estas escuelas (desde la consejista hasta la trotskista sin olvidar un amplio grupo de disidentes), han tratado de dar una de las explicación más o menos completas de la degeneración del movimiento comunista desde 1917, pero sobre todo después de la guerra civil rusa, y más perfiladamente desde la muerte de Lenin, aunque no se puede establecer una cronología sin importantes contextualizaciones y matizaciones, materia sobre la que han trabajo historiadores de primer orden. Este análisis comprende igualmente un estudio de los fracasos de la política de la Komintern, en los años vente en Gran Bretaña y China (1926-1927). Ya en la desastrosa década de 1930 muy especialmente en Alemania, donde la consigna de Stalin era que el nazismo y la socialdemocracia no eran adversarios sino “hermanos gemelos”. Este esquema desastroso conocerá un giro de 180º con los frentes populares de aquel período, sobre todo en Francia, Vietnam y España.
La crítica se extenderá hasta la última fase de la influencia política soviética que comienza con la primera revolución no autorizada por Stalin (la secesión de Yugoslavia), proseguirá con las revueltas de la Europa Oriental (Hungría, 1956) y la ruptura con la China maoísta. Después de las victorias de la IIª Guerra Mundial, el movimiento comunista entró en un período de decadencia histórica que culminaría a finales del siglo XX. Durante los años sesenta-setenta aparecieron en la Europa Oriental diversas críticas y propuestas para restaurar la democracia socialista, aunque la ocupación soviética de Checoslovaquia en agosto de 1968, acabaron arruinándolas. En la Europa Occidental, la crisis del movimiento comunista se manifestó a través del eurocomunismo y se expresó a través de él, que, por medio del énfasis en el valor de las instituciones democráticas occidentales en términos similares a los de la socialdemocracia. Esta línea, que tras algunos logros electorales, se presumía como una nueva fase de expansión comunista concluyó a principios de los años ochenta. Por esta misma época, las alternativas marxistas-leninistas, divididas entre los sectores más “tradicionalistas” (que se remetían a los años treinta), y los más renovadores, acabaron igualmente en un desastre, sobre todo después de la muerte de Mao y el descrédito de la llamada “banda de los cuatro”, y también porque fueron víctimas de sus propias inclinaciones sectarias (la historia del PTE y la ORT en España resulta bastante ilustrativa).
El otro sentido de comunismo —como forma de sociedad— fue discutido por Marx en diversas ocasiones, tanto en los primeros escritos como en los posteriores, aunque sólo en términos muy generales, ya que renunciaba a escribir “recetas de cocina (comtistas, de August Compte, positivista) para el bodegón del porvenir”. Así, en uno de los Manuscritos económico-filosóficos, entendió “el comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto auto- extrañamiento del hombre, y por ello apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; un retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente”, una descripción que poco o nada tendría que ver con los Estados poscapitalistas creados a imagen de la URSS. Ulteriormente, Engels y él dieron a esta concepción un significado sociológico más preciso, especificando la abolición de las clases y de la división del trabajo como condiciones previas para una sociedad comunista; así, en La ideología alemana, Marx argüía que, para lograr una sociedad así, sería necesario que los individuos “sometan de nuevo a su mando estos poderes materiales y supriman la división del trabajo. Y esto no es posible hacerlo sin la comunidad. […] La aparente comunidad en la que se han asociado hasta ahora los individuos ha cobrado siempre una existencia propia e independiente frente a ellos y, por tratarse de la asociación de una clase en contra de otra, no sólo era, al mismo tiempo, una comunidad puramente ilusoria para la clase dominada, sino también una nueva traba. Dentro de la comunidad real y verdadera, los individuos adquieren, al mismo tiempo, su libertad al asociarse y por medio de la asociación.”
Desde este mismo punto de vista Marx y Engels se referían a las primeras sociedades tribales —sin propiedad privada, sin divisiones de clase y sin una división extensiva del trabajo- como comunismo primitivo, En otra obras, Marx subrayó el carácter económico de la futura sociedad comunista, como una “sociedad de productores asociados”, afirmando en El Capital que la libertad en la esfera económica no podía consistir más que en el “hecho de que la humanidad socializada, los productores asociados, regulen racionalmente su intercambio con la naturaleza, lo sometan a su común control, en lugar de ser gobernados por él como por un poder ciego.
Después, en su Crítica al Programa de Gotha, Marx diferenció dos etapas de la sociedad comunista. En una primera fase, cuando acaba de emerger de la sociedad capitalista, en la que el individuo recibe pago por su trabajo y compra bienes de consumo (es decir, persiste el — intercambio), y una segunda ya superior en la que cada persona contribuirá a la sociedad según su capacidad y recibirá de las reservas comunes según sus necesidades.
Sería Lenin, en El estado y la revolución, quien puso en circulación una descripción de esa dos fases denominándolas “socialismo” y “comunismo”, una terminología que paso en a formar parte de la lo que luego se presentará como “ortodoxia leninista”, a la que el propio Lenin era completamente ajeno. De ahí que, en las declaraciones oficiales en la URSS y en otros países de la Europa Oriental se hayan referido insistentemente a esas dos etapas, pero estas cuestiones quedan ya muy lejos de los debates, más preocupados en como comenzar a romper con el capitalismo que el estudio de fases que dependerán sobre todo del desarrollo de los acontecimientos.
Al final de cuenta, el comunismo sigue siendo un ideal, y de hecho, un objetivo que en ningún momento se ha manifestado más que como tal, o como subrayado radical frente al destino que había tomado la palabra “socialdemócrata” con la “Gran Guerra”. En cuanto a los partidos comunistas, recuerdo que no hace muchos años el que escribe leía sorprendido un artículo de un camarada de la LCR francesa que decía con otras palabras que “había que pasar” del PCF para construir un proyecto revolucionario. Actualmente, dicho criterio resulta elemental, y lo que es más grave, también lo es en Italia después de la esperanzadora renovación que significó Refundazione…Aquí lo resulta todavía más por cuanto el PCE se implicó como “partido de Estado” como le gusta decir a Martín Villa con la mejor de sus sonrisas, en los pactos de la Transición, y por cuanto no se sabido desembarazarse de una cultura burocrática y jerárquica.
Cuando hablamos de partidos, evidentemente no estamos excluyendo a millares de trabajadores y trabajadoras, a una base social que sigue representando todavía la franja más amplia de la izquierda militante. Un viejo amigo decía que antes de comenzar de nuevo tendría que haber un big bang de la izquierda, y parece que a esto ya hemos llegado con la “debacle” de IU, y con la patética tentativa de los que siguen hablando de la izquierda “transformadora” cuando ni tan siquiera se muestran capaces de cuestionar unos aparatos sindicales que siguen “negociando” derrotas tras derrotas…De cara a la izquierda, al comunismo, el socialismo o simplemente la democracia social, estamos al final de una época, y en los albores de otra, y quizás lo primera que haya que hacer sea no hablar del comunismo en vano.
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