Belleza

Por: Javier Guillermo Merchán Basabe
Fuente: http://www.monografias.com (Noviembre, 2005)

Resumen
Introducción
Dominio de la naturaleza y belleza artística
Objetividad e integración de lo indeterminado
Belleza natural y belleza artística
Superación del dominio de la naturaleza como reconciliación
Conclusiones
Bibliografía

EL DOMINIO DE LA NATURALEZA Y LA RECONCILIACIÓN DENTRO DE LA TENSIÓN BELLEZA NATURAL Y BELLEZA ARTÍSTICA EN T. W. ADORNO

Resumen:

A partir de los conceptos de dominio de la naturaleza y reconciliación se trata la tensión belleza artística- belleza natural. Prácticamente se hace una interpretación desde el plano de la modernidad a el papel del dominio del sujeto en el arte y de la autonomía de la belleza natural como un ser-para-sí.

INTRODUCCIÓN

En Teoría estética, la acción determinante de la racionalidad en la dialéctica entre naturaleza y razón desemboca en dominio. Para Adorno la racionalidad convertida en instrumento de dominio escribe también la historia de la coacción de la naturaleza, tal como puede evidenciarse en la tensión belleza natural y belleza artística tratada por el idealismo alemán.

En el idealismo, belleza natural y belleza artística son concepciones acordes a exigencias de la racionalidad instrumental en su proceso iluminista; por eso, la tensión entre ellas es señal de que constantemente se modifican así como el objeto al que se refieren. En concordancia con el proceso de los artefactos, que parten de la necesidad de su producción, permanencia y posterior modificación dentro de una teleología técnica y tecnológica, también los conceptos de belleza natural y artística se modifican acordes a exigencias de una racionalidad instrumental; así como artefactos modificables que se desenvuelven en la dialéctica de sus contenidos. Los conceptos de belleza natural y belleza artística son contingentes porque sus núcleos varían en la medida en que sus contenidos idealistas como dignidad, verdad, gracia, libertad, desarrollan procesos dialécticos. Son conceptos modificados, formas de lo que se puede llamar “dominio de la naturaleza” patente en la filosofía de Kant y Hegel. En ellos la acepción idealista de belleza natural y la belleza artística refleja la proyección del hombre sobre la naturaleza, sus necesidades y las del sujeto; son reflejo del triunfo del espíritu sobre lo natural.

La reflexión estética adorniana es crítica de carácter histórico a los contenidos de los conceptos de belleza natural y de belleza artística, señala que éstos son conceptos no determinables por categorías que no explican el movimiento de sus contenidos, y que por tanto se establecieron como formas de dominio. Los procesos dialécticos en que se involucran los contenidos de la belleza natural y la belleza artística son valuados por categorías racionalistas, éstas, al estar diseñadas para explicar la estructura de la experiencia del sujeto conciente, lo confrontan a la estructura del objeto que es en sí mismo inconsciente; así, los contenidos anejos a esos conceptos aparecen como una forma de dominio racional basada en la primacía de lo consciente sobre lo inconsciente. Adorno infiere que la hegemonía de categorías “objetivas” para el conocimiento conceptual y de la experiencia del objeto estético, sea arte o naturaleza, es resultado de la perpetuación de una filosofía de la conciencia, de un dominio racional basado en el formalismo sujeto / objeto, en el que se orienta al objeto hacia el sujeto como un para sí del mismo.

En “Teoría estética” no se hace un tratamiento más que tangencial de dichos contenidos, no se evalúan a fondo los argumentos que produjeron la tensión belleza natural y belleza artística. Más bien, en concordancia con “Dialéctica del iluminismo”, se hace la denuncia sobre la expulsión de la belleza artística de la reflexión estética bajo la crítica del dominio de la racionalidad sobre la naturaleza.

La tensión belleza natural y belleza artística es importante ya que ambas, en tanto formas de dominio, se oponen, sobre todo desde que el idealismo se puso a pensar a la naturaleza con fines prácticos y a presentar los fines prácticos en los objetos sensibles. Nuestro interés quiso centrarse en señalar ciertas fases entre esas relaciones de belleza natural y artística: la crítica del dominio de la racionalidad sobre la naturaleza y las relaciones entre belleza natural y artística como reconciliación con la naturaleza dominada. Estaríamos sesgando la misma filosofía de Adorno si consideramos belleza natural y la belleza artística como un dominio y no como lo que lo supera en ciertas instancias.

En la tensión belleza natural y belleza artística hay algo más que dominio de la naturaleza, se encuentra también su superación, la reconciliación entre partes enfrentadas. No es sólo un tipo de dominio lo que son, belleza natural y belleza artística también son conceptos que convergen para aclarar una esperanza que brinda Adorno en todo el curso de su filosofía, la de una reconciliación de la razón del hombre y la sociedad con la naturaleza. Reconciliación para superar distintas formas de dominio que surge desde un dolor acumulado en la historia, reconciliación que se sugiere a la razón como un contenido dentro de las experiencias de belleza natural y artística.

Y aunque en Teoría estética no se hace patente, en los conceptos de espiritualización, mediación y expresión encontramos en parte la determinación de los contenidos del concepto de reconciliación. La espiritualización es vista como el dominio de la naturaleza desde la perpetuación idealista de la filosofía de la conciencia, es la intelectualización del arte y la glorificación del sujeto que luego hace primar al arte sobre la belleza natural. Sin embargo, por esa misma razón conlleva al arte a acercarse a la naturaleza en la negación abstracta de las categorías de la racionalidad estética. La mediación es desde Dialéctica negativa la contraparte negativa de la mediación espiritual hegeliana, explica la no hegemonía de sujeto y objeto en los momentos de la experiencia estética; es por ello, la introducción de lo negado en tal experiencia. La expresión es la formulación en el lenguaje de aquello negado e indeterminado en la experiencia estética de arte y naturaleza, es en ella donde en primera instancia se sugiere una modificación del dominio de la racionalidad en la comunicación entre razón y naturaleza.

En la concepción adorniana, espiritualización, mediación y expresión nos dan pauta para decir porqué belleza natural y belleza artística no se contraponen. Pero no pretendemos establecer si la tensión entre ellas se diluye sino establecer cómo se equiparan belleza natural y artística en tanto reconcilian del dominio de la naturaleza. En Teoría estética la belleza de la naturaleza y belleza artística no son tan sólo lo doblegado por su utilidad material, también son aquello que se libra del dominio racional. Ambas son en sí mismas contradictorias, dominio y reconciliación.

Nuestro trabajo es básicamente una reconstrucción, también, a veces una paráfrasis de lo que se considera es el dominio de la naturaleza en la tensión belleza natural vs. belleza artística y por lo mismo aspira a llegar a una interpretación adecuada del concepto de reconciliación. Pretendemos mostrar la posibilidad de la reconciliación para establecer luego sus alcances, por eso, partimos del dominio de la naturaleza en una perspectiva histórica pues la escisión hombre naturaleza está dada por el despliegue de la racionalidad. Pero como no es suficiente con una experiencia estética de la naturaleza para superar su explotación desmedida, ni una experiencia estética del arte para reconciliarse con la sociedad y con la naturaleza, el concepto de reconciliación requiere de un tratamiento enmarcado en relación al dominio de la racionalidad que estableció la tensión belleza artística y natural en la dialéctica de sus contenidos. Eso da luces sobre el tipo de reconciliación que Adorno plantea y sus alcances en teoría estética.

I. DOMINIO DE LA NATURALEZA Y BELLEZA ARTÍSTICA.

“El objetivo de cualquier racionalidad, el fin de los medios para dominar a la naturaleza, sería precisamente algo que ya no es medio, que ya no es racional”

(Adorno. Teoría estética, pg 77)

Algunos síntomas de dominio.

Gran parte de la reflexión de T. W. Adorno hace referencia al papel de la racionalidad como ente dominador de la naturaleza. En textos como “Dialéctica del Iluminismo” y “Dialéctica Negativa” la crítica del dominio de la naturaleza es una teoría contra el papel de la racionalidad instrumental, no es una defensa de la naturaleza misma sino que trata sobre cómo la racionalidad se tornó en instrumento de dominio de la naturaleza y del hombre mismo. La naturaleza se define históricamente en relación con el dominio que la racionalidad ejerce sobre ella. Tal dominio de la naturaleza puede establecerse dentro de la relación hombre y sociedad con la naturaleza explotada como fin para el mercado productivo; sin embargo, para la racionalidad estética, el dominio consiste en que la racionalidad se libera a sí misma y al sujeto, determinando la belleza natural. Para Teoría estética, en tal proceso de “liberación” la racionalidad doblega la belleza de la naturaleza a partir de la identificación entre la manifestación de la naturaleza y su concepto, haciendo de los componentes de la experiencia de la belleza natural contenidos racionales orientados a los intereses del sujeto, como lo hace con el objeto determinado como arte.

Adorno cree que en el idealismo la naturaleza pretende explicarse por categorías y que el dominio de la misma surge desde asimilarla como realidad conceptuada. El hecho de que la razón tome toda la realidad como mero concepto evidencia tal proceso de dominio de la racionalidad explícito en el modelo dialéctico hegeliano. Para Hegel, la razón encuentra una identidad entre realidad y concepto como lo hace en la experiencia del arte. En su modelo la razón se contrapondría a la naturaleza, pues ésta es lo que queda por ser determinado. En el idealismo la belleza natural no radica propiamente en lo natural porque la racionalidad determina la naturaleza bajo su proceso de explotación que no concibe lo que queda por fuera del concepto. Sin embargo, no es la razón sino su función racional quien delimita a la naturaleza como idéntica a su concepto, la razón va más allá de un conocimiento formal de contenidos.

El dominio de la naturaleza se constituye en la tensión belleza natural y belleza artística como dominación de la belleza natural; primero, desde que se la ha convertido en algo conceptual y luego en algo para el sujeto, excluyéndose de ella todo lo demás, lo que no clarifica intereses. La racionalidad estética se pone de lado del sujeto escindiéndolo de la naturaleza y convirtiendo la belleza natural en algo que corresponde a intereses de todo tipo, sobre todo morales.

En el idealismo La belleza natural es “un campo de batalla de verdad, hermosura y bondad”, palabras de Theodor Adorno haciendo una denuncia al idealismo alemán. La belleza natural fue desplazada de la reflexión estética no solo por ser doblegada por el concepto sino por los intereses del sujeto; también es dominio de la naturaleza el que la humanidad, la dignidad y la realización del sujeto autónomo sean concepciones que elevan al sujeto sobre su propia animalidad. Adorno a esto lo denomina la “cerrazón del gran arte”, se produjo una desolación estética con epicentro en la hegemonía del sujeto: el dominio del sujeto que degrada cuánto no le está sometido <>.

El concepto de humanidad representaba los intereses morales del sujeto como proyección del sujeto sobre la naturaleza. En la diferenciación entre belleza natural y belleza artística preparó la estética romántica un terreno donde la concepción de belleza fue digna de la humanidad, no de las especies en general y esto podría servir como apoyo de la tesis de que la concepción de lo natural es en el idealismo, aquello siempre apto para ser valorado por sus beneficios al sujeto racional. En cierto momento, lo natural se hace valioso porque es producto, lo dominado o lo que está para el sujeto: <>.

Tal posición que preeminencia el dominio subjetivo es palpable en la visión kantiana. Desde que la crítica del juicio estableció que el juicio de gusto media entre entendimiento e imaginación, que cualquier experiencia de placer y dolor debe ser valorada por el sujeto más allá de las propias experiencias, se entiende que, al menos para lo que es bello, hay algo que no es enteramente subjetivo: la universalidad. En Kant la belleza de la naturaleza y del arte tiene un sustento externo al sujeto, la valoración de ellas como bellezas debe partir de lo particular a lo general, desde un sujeto a la humanidad en general. Esto se ilustra en la crítica del juicio. Aunque el juicio de lo bello, natural o artístico, sea una hipótesis que parte de un ámbito subjetivo, el modo de un juicio de gusto es el de una proposición con la necesidad de fundamentarse en el sensus comunnis, lo que siente un sujeto se supone común a todos los sujetos semejantes, así parece posibilitarse como juicio objetivo, pero esa semejanza de lo bello en los sujetos es el placer que se produce de la contemplación.

En la Crítica del juicio la belleza es para el sujeto desinteresado que no se posee conceptualmente al objeto sino al placer de representarlo. En vista de que un juicio puro no se mezcla con elementos que generen complacencia empírica se dice que lo bello es el placer de representarse algo en su forma final e inmediata. Forma final que es apta para proporcionar placer inmediato al contemplador, por lo cual Adorno dice que el hedonismo deja de lado eso que no es “algo” para el sujeto toma por ejemplo, la belleza natural orientada hacia el interés del sujeto moral.

En ese primado del sujeto Kant ahonda en la concepción dicotómica de lo natural y lo artístico ya que el arte como forma final, es lo determinado para la razón por conceptos. Si lo sublime es aquello destituido de toda forma con la que el sujeto representa el infinito, lo sublime se encuentra en la naturaleza y no en el arte. El arte es concebido en el reino de la creación, por eso tiene forma final que se puede juzgar como bella. Lo sublime se niega a tener una finalidad formal, tanto por no ser concepto determinado ni objetivable desde el artefacto, como por no tener sino apariencia subjetiva, ya que lo sublime es el sentimiento de la construcción de la idea de infinito desde el sujeto. Aquí la belleza natural es dada a partir de la reflexión que valora cuantitativamente la in-aprehensión de lo infinito, para la razón del sujeto se presenta como un concepto indeterminado. El momento de lo sublime matemático presenta esa idea de lo grande, incomparable o absoluto. Esa cantidad no está presente en la naturaleza sino que se manifiesta en la idea producida por el dolor de aprehender lo ilimitado y del placer infundido por la posesión de la idea. En Kant la belleza natural está orientada al sujeto moral pues la posesión de la idea de absoluto atestigua en el alma la presencia de algo que sobrepuja el ánimo y los sentidos, es el momento de lo que llama sublime dinámico. La naturaleza puede aparecer como terrible pero lo sublime es también lo que levanta las energías o animo del espíritu. Adorno podría decir que Kant es alguien para quien la naturaleza es pensada conforme a fines ya que en su concepción de lo sublime de la belleza natural hace a ésta tener cierta primacía sobre la belleza artística y esa primacía es la concepción de que ella es para el sujeto moral. Para kant la belleza natural tiene un fin, el sujeto; el interés inmediato de éste en la belleza natural parte de que es resultado para él, por eso Kant, hablando sobre la belleza natural diría: “todos los hombres que han cultivado sus sentimientos morales están de acuerdo…”

Para Adorno las concepciones sobre lo bello y lo sublime tienen la pretensión de conocer y dominar la naturaleza, son concepciones que benefician al sujeto en su interés práctico sobre la naturaleza. Por eso Adorno parafraseando a Kant dice: <>; porque son leyes que están puestas desde la realización del sujeto autónomo como leyes racionales. A la belleza natural se le fuerza para alcanzar el concepto al ser asimilada con un fundamento práctico o moral: “lo sublime levanta energías morales”. En la filosofía de Kant la naturaleza se hace acorde a las aspiraciones de libertad como realización del sujeto pues la belleza natural despierta un interés inmediato que para él produce una elevación moral desde una percepción “que no se interesa por los objetos”. El arte, al estar mediado por un interés en la forma final de su objeto, es inferior a la belleza natural. La naturaleza es sublime sólo en tanto que su belleza representa armonía entre lo natural y lo moral, entonces, lo natural obedece a finalidades sin ser objeto de la producción del hombre, además de que también está para su deleite. Las cosas de la naturaleza son sublimes porque los objetos como tales, no podían conllevar a esa elevación moral, se toman por objetos de deleite en tanto alcanzan el concepto y son producidos como los artefactos, como entretención mundana.

La critica de Adorno está de acuerdo con Kant en el punto de que lo que se predica de la belleza natural (de lo sublime) es algo indeterminado que está fuera de nosotros, de nuestro alcance conceptual. Sin embargo como experiencia, lo sublime también es dominio de la naturaleza desde que está en el ámbito subjetivo de las ideas y no de los objetos: lo sublime es para la razón del sujeto. En la historia del dominio, la naturaleza corre paralela a los fines prácticos, la belleza del arte kantiana es sólo un accesorio inferior a la consecución de esos fines; por ello, posteriores interpretaciones de la belleza natural hicieron equivalente arte a libertad, elevando la creación del espíritu –hegeliano- sobre lo que no tuviese apariencia creada por finalidad subjetiva. Cosa que sigue siendo síntoma de la senda del dominio de la naturaleza pues la apología de la belleza artística es un nuevo esfuerzo de la racionalidad que consiste en mostrar cómo los objetos sensibles son acordes a los fines: cómo elevan moralmente las obras o cómo las obras objetivan la libertad del espíritu con mayor fidelidad que la naturaleza.

El tratamiento dicotómico que se le dio a la belleza natural frente a belleza artística es una etapa de tránsito al arte espiritualizado. En Kant se presenta el arte como vana sensación, para Kant nada sensible es sublime, lo bello es el arte y éste no proporciona esa idea de grandeza o sentimiento de in-aprehensión del absoluto, pero Hegel concibe la belleza artística básicamente de forma que la libertad, la dignidad, etc. dependen del sujeto en la creación de su propia autonomía, y se realizan en el objeto, acorde al espíritu absoluto y no un placer vacuo. Para Hegel la belleza es la manifestación sensible de la idea confundida con una apariencia material; la belleza es armonía entre realidad e ideal, es libre en fin y medios pero su expresión es para el espíritu como una verdad revelada que se hace real a los sentidos. Por ello, toma al arte como la más alta realización del espíritu, cree que sólo en él como objeto sensible, se manifiesta la idea; pone el acento en ese carácterespiritual en tanto sensible, es decir, en tomar lo objetivo del arte como conocimiento del espíritu que se manifiesta sensiblemente. Lo objetivo de la experiencia de la belleza artística consiste en que es garantizada desde el sujeto auto consciente, desde el “yo”. Como se toma en contenidos de conciencia, lo objetivo sería dominio de la naturaleza en tanto excluye del arte lo no determinable o su elemento natural Por tal razón, el dominio de la naturaleza está en el ámbito epistemológico, parte de la forma de conocer lo natural, tanto en Hegel como en Kant.

La explicación de la forma de conocer en el idealismo está atravesada por la dialectica sujeto-objeto. Kant nos limitó a lo subjetivo porque la posible universalidad del juicio reflexionante depende del sujeto; pero en Hegel; ese problema fue subsumido por el contenido del objeto como mediación del espíritu absoluto. Lo absoluto se presenta en el arte como conjunción de realidad y concepto, se presenta en el objeto todo lo que podemos saber objetivamente de la realidad. Hegel con el concepto de mediación del espíritu presenta su ansia de superar la limitación del juicio reflexionante kantiano <>. En su teoría, la mediación parece consistir en la identidad de partes. Lo que Kant denomina: “vana sensualidad del arte” es mero placer subjetivo pero lo subjetivo puede convertirse en objetivo siempre y cuando el concepto unifique lo ideal – la belleza en términos subjetivos- con lo real – experiencia de la obra en términos objetivos o del espíritu- es decir, en tanto manifestación sensible de lo ideal. Lo subjetivo puede ser objetivo en el desarrollo de los momentos del espíritu por su mediación con los objetos.

La mediación no es para Hegel una propiedad de los objetos, no es algo que venga subjetivamente desde los contempladores del objeto sino que es la acción o fuerza de la razón que unifica concepto y realidad. Si la belleza es la manifestación sensible de la idea, la obra y lo que es bello se explica en términos del objeto y no desde la subjetividad. Lo ideal de lo bello es del sujeto, pero en arte, lo ideal hace parte del objeto pues se manifiesta en él con la mediación del espíritu. Hegel quiere sobrepasar ese efecto del objeto sobre el contemplador orientando la dialéctica sujeto y objeto en la cosa misma de la belleza (idea sensible). En tanto lo bello se aparece en lo sensible por la actividad humana, se toma como mediación del espíritu libre o conciencia subjetiva del espíritu. Mediación en primera instancia representó una forma de dominar, una forma de reducir a concepto los fenómenos de las experiencias estéticas. Los conceptos aparecen como el en-sí de los objetos y convierten en fundamento para concebir la belleza natural; Adorno diría que allí parece manifestarse una “esencia del arte” que excluye todo lo que es indeterminación para el espíritu; dicha esencia se tomó como su objetividad.

Espiritualización.

La crítica de los conceptos belleza natural y belleza artística, presenta la proyección de lo subjetivo sobre la naturaleza como el factor que fundamentó la objetividad para la razón. Los conceptos de belleza natural y belleza artística incluyen sobre todo contenidos dirigidos a la conciencia o al sujeto conciente, por eso Teoría estética explica la glorificación del sujeto racional o cognoscente como efecto de la filosofía de la conciencia o de una racionalidad que objetiva el mundo. La diferenciación entre belleza natural y artística es teleológica porque al valorar el arte sobre la naturaleza ambos son en cierta medida, orientados a la conciencia y siempre a intereses del sujeto. Aunque Hegel haya orientado la objetividad en algo más allá del sujeto, en el objeto, esa objetividad se valúa en el “yo”, o sea en lo que tiene conciencia y autoconciencia; gracias al papel de la conciencia la belleza natural, así como la artística, son objetivas o para el sujeto racional. El mundo de la experiencia o real debe hacerse conciente mediante la acción de la racionalidad, pues el ser auto consciente toma la idea exteriorizada de sí haciéndola retornar mediante la acción de la racionalidad que realiza abstracción, reduciendo la sensibilidad a lo fundamental -encerrándolo en el concepto-. La racionalidad determina conceptos que parten de lo real pero éstos se evaluaron en la estética hegeliana como contenidos de conciencia que niegan lo inconsciente. En Hegel, hasta lo inconsciente en el arte –lo más subjetivo- se convierte en expresión del sujeto y luego en expresión idéntica a la del espíritu absoluto.

En la mediación de Hegel se pretende explicar el movimiento específico de la idea en la dialéctica de sujeto-objeto pero según Adorno, tal movimiento apenas comienza cuando se enclaustra en la objetividad subjetiva. Como el sujeto auto consciente es algo en sí mismo, en la medida en que se diferencia de lo otro, del objeto, el papel teórico de la filosofía de la conciencia le permite tomar a la belleza natural como si fuera algo dado para él; en la medida en la que el sujeto se afirma a sí mismo se enfrenta a la belleza natural como lo hace con el objeto. Para Hegel el contenido de la belleza se dirige al ámbito conciente porque es la representación de la idea, generada de la experiencia sensible del ser auto consciente, por eso, es contenido que refleja el espíritu. La naturaleza representa algo para la conciencia en su exterioridad en la mediación del espíritu.

Por eso la belleza artística tiene contenidos como el de dignidad, ya que por ser producto de la humanidad, su contenido de conciencia es producto de la actividad concreta de la racionalidad, lo que la diferencia de la belleza de la naturaleza, resultado del origen o la creación y de la mediación del espíritu que la hace conciente. El espíritu es el que desmitifica lo inconsciente y esto, es un acto que tiene un valor de “digno para la humanidad”. El idealismo, que llegó a considerar equivalente el espíritu del artista con el espíritu de la cultura occidental, lo identificó con algo “digno”, algo que se dirige por la conciencia; sólo así se configura el arte, bajo la acción del espíritu que se manifiesta en el objeto. Si todo se hace consciente, la racionalidad hace de lo sensible del arte algo igual al concepto, lo torna espiritual, un contenido suprasensible dirigido a la conciencia que se manifiesta desde la materialidad, es la propia belleza del espíritu.

La espiritualización representa movimiento de la racionalidad estética y no el efecto del espíritu de las obras; por eso corresponde a la idea de que el arte pervive para el constante desarrollo de la conciencia –y la autoconciencia-. No corresponde a la idea de que el espíritu se tomó el arte como medio de expresión sino que la belleza, por sus contenidos de conciencia se tornó espiritual, se la hizo concepto sin indeterminaciones. La racionalidad estética, que gracias a unas teleologías subjetivas u objetivas encontró en abstracto a la belleza natural y a la belleza artística como reflejo del espíritu y de sus aspiraciones totalizadoras, racionalizó lo inconsciente hasta transformarlo en contenido conciente por mediación del espíritu, y si no, excluirlo como indeterminación del sujeto, así como sucede en Hegel.

Al racionalizar todo lo artístico la acción del espíritu en el dominio de la naturaleza se convirtió en progreso de la conciencia y progreso contra la incomunicabilidad de lo no conceptual e inconsciente. En palabras de Albrecht Wellmer: <>. Esas huellas de la espiritualización son contenidos concientes que se hacen conocimiento racional y discursivo del arte, son huellas del dominio que se transforma tras la caída de los lineamientos estéticos tradicionales. Gracias al formalismo racional, las categorías o lo que Adorno llama in varianzas, se encaminan a que las individualidades marquen el futuro del arte y los motivos de lo que se hace objetivo. Siguiendo a Albrecht Wellmer, <>; y añade que <>.

Tal falta de inhibiciones se ilustra ya en la concepción de Hegel de la belleza artística. Ésta es una realización consciente así sea resultado de la actividad inconsciente del genio. Sólo así puede ser belleza del espíritu. El arte usa formas y símbolos que se perfeccionan y para Hegel, en su contenido puede hacerse un estudio metafísico de lo bello en el espíritu: el arte refleja intereses profundos de la vida y algunas de las más ricas intuiciones del espíritu que por otros medios discursivos desea develar contenidos ideales que se relacionan con los de la religión y la filosofía. En la experiencia del arte habla la verdad que aparece dirigida a la conciencia y no es para deleitar por medio de una banal apariencia como supuso Kant; si el arte es sensación o deleite, también lo es la manifestación de la naturaleza si se concibe más allá de su misma realidad sensible. Para Hegel el carácter sensible del arte es superior al de la naturaleza ya que no sólo se manifiesta en tanto fenómeno. La creación artística se hace idea sensible o contenidos de conciencia y manifestación del espíritu. Al contrario que Kant, Hegel considera a la belleza natural limitada ya que si es el espíritu quién puede concebirla, la naturaleza es inconsciente o exterior al espíritu; es mera actividad del espíritu que concibe a la naturaleza como bella relacionándola a sentimientos del alma, haciéndola símbolo de su propia belleza. Aunque la naturaleza bella pueda ser concebida, no es manifestación de ella misma sino aspiración del espíritu por reflejar su propia belleza. La belleza natural está condicionada por el espíritu como sensación-que se hace- concepto desde ser exterior o inconsciente. Así lo inconsciente es inferior en dignidad a lo consciente en tanto carece de manifestaciones del espíritu.

La naturaleza no puede realizar la idea de belleza del espíritu bajo una forma perfecta al padecer de auto inconsciencia. Lo natural es manifestación y la belleza natural es manifestación primera pero imperfecta de la idea de belleza. El contenido del arte es la idea misma recuperada desde su exterioridad. Por eso aunque el arte tenga cierta primacía sobre la belleza natural no quiere decir que sea la manifestación más perfecta del espíritu, pues el arte por su carácter sensible se ancla a lo material menos que a lo abstracto del pensamiento. El concepto hegeliano del arte muestra lo que Adorno llama el enfrentamiento entre la naturaleza y el espíritu. Hegel reconoce que el arte tiene un limitante y es que no se realiza plenamente en lo ideal pero se encuentra en camino. La naturaleza tiene la misma limitación, no se realiza plenamente en lo ideal, pero al ser inconciente o exterior para el espíritu se integra a él como una idea inferior a la del arte, como un reflejo de la belleza del espíritu sin ser nada de su propia elaboración. Hegel considera que la belleza natural queda integrada al espíritu al determinarla como su reflejo pero en realidad allí encuentra su separación.

El mayor efecto de dominio de la naturaleza es la distinción arte/ naturaleza del idealismo puestas bajo el orden de la conciencia. Esta distinción les borró algo esencial al identificarlas para el sujeto, pues el concepto rechaza en ellas lo diverso del espíritu, lo no mediado por éste y lo inconsciente. Es en la filosofía de Schelling donde puede localizarse el impacto de la división de lo natural frente a lo artístico. El sistema de Schelling aspira a que se identifiquen en la intuición como una unidad la antítesis de lo conciente e inconsciente subsumida en el concepto de lo absoluto. La belleza es la intuición en la que lo finito se presenta como infinito, como absoluto. Es intuición estética sensible y reflexiva, no sólo intelectual, por lo tanto es la que resuelve a su modo la contradicción entre fenómeno y contenido. Pero sólo la belleza del arte resuelve la contradicción entre conciencia e inconsciencia; en la realización del producto del arte y en la experiencia estética del mismo lo inconciente se hace conciente. La naturaleza no procede de la conciencia y tampoco procede de resolver una contradicción, es una fuerza original del mundo creadora y activa. Para Schelling la naturaleza es ser orgánico, la belleza natural no puede ser sino accidentalmente bella, no es espíritu sino en su ser otro, en tanto reflejo.

Para Schelling la naturaleza no es inmediatamente espíritu como lo sería para Hegel. Aunque el placer que nos puede producir la naturaleza es el placer que tiene como fin el arte mismo, ésta no es inmediatamente espíritu porque es increada, no es contenido auto consciente como el arte. El producto del arte es el resultado de un genio que concilia una contradicción infinita en la intuición, se eleva sobre su fuerza originaria, sobre la belleza de la naturaleza. Por ello la naturaleza se la muestra como un estadio anterior al arte, no procede de la conciencia, como condición de una producción estética. El arte es espiritual, un absolutismo de la conciencia que se convierte en único vínculo entre espíritu y naturaleza. Tal absolutismo es desarrollo de una forma de dominio en un ámbito epistemológico en el que los contenidos dirigidos a la conciencia priman para la razón, gracias a la exclusión racional de los contenidos no conscientes.

La espiritualización del arte revierte en su despliegue a la naturaleza, a su indeterminación o a su carácter inconsciente; es la asimilación de la naturaleza como una segunda naturaleza, como naturaleza naturalizada por la acción del hombre o la racionalidad; sólo puede ser producto de la escisión hombre naturaleza y su despliegue una abstracción metódica que eliminó, en la concepción romántica lo extraño al concepto de arte, excluyendo de su momento natural mucho de la belleza natural. Tal exclusión tuvo, entre diversas razones, la de fundamentar la reflexión del arte alrededor de la conciencia, luego el interés del sujeto: la moral, la verdad, la dignidad, etc., como caracteres presentes de forma inmanente en las obras y de forma, a veces accidental en la naturaleza.

Para Adorno, la espiritualización del arte es su constante intelectualización, por eso dice: <>. Históricamente lo excluido es todo aquello inconsciente en la racionalización o las cosas que no eran reflejo de la actividad libre del espíritu. Posteriormente, dentro del anti-tradicionalismo del arte moderno y la crítica de los contenidos del arte, devienen la caída de invarianzas o categorías que son resultado de la espiritualización misma, de la racionalización del arte; por eso vemos rebelión contra la forma, la expresión, el contenido etc. El arte moderno reclama como carácter intelectual del arte un espacio a la indeterminación presente en la belleza natural, es negación a esas categorías que el idealismo utilizó, para Adorno esa negación del arte se da en su lenguaje reconciliado con la naturaleza. Así, aunque el arte se halla contrapuesto a la naturaleza, se acerca a ella. Eso que en el idealismo había sido negado, lo inconsciente por ejemplo, es, en su misma negación, la afirmación de su presencia necesaria en el arte actual ya que generó reflexión sobre lo negado. El arte se acercó a la naturaleza gracias a la misma espiritualización. Como la espiritualización es <>

OBJETIVIDAD E INTEGRACIÓN DE LO INDETERMINADO.

Mediación.

Para Hegel son similares el proceso cognoscitivo de la razón en la experiencia estética y el proceso cognoscitivo de la razón en la experiencia de la naturaleza de mano de la dialéctica. Adorno nos deja deducir con el concepto de espiritualización que la naturaleza es asimilada como mediación del espíritu, en Hegel ella es una idea exteriorizada que retorna en el concepto. El sistema hegeliano es un sistema de dominio ya que la mediación del espíritu unifica la manifestación con el concepto en una identidad que excluye lo que no entra en el mismo. La racionalidad estética es instrumento que construye progresivamente objetividad sobre lo que no nos resulta común de la naturaleza y su manifestación, ésta queda delimitada en el concepto en tanto puede ser un contenido de conciencia para el sujeto, su manifestación estética se reduce a la identidad con el concepto y se le excluye al arte el resto, según Adorno, su momento natural.

La estética kantiana basa la objetividad de la experiencia estética en el sujeto. Pero Hegel proporciona una salida al subjetivismo en el conocimiento de lo que cree y anhela el espíritu manifestado en el objeto. A Hegel se le concede que no todo es lenguaje del sujeto, pero este lenguaje no deja de ser lenguaje como formas o contenidos de conciencia. Por ello, tanto en Kant como en Hegel se presenta un formalismo sujeto / objeto en el que no se comprenden sino relaciones dicotómicas bajo una oposición que es abstracta pues la conciencia enfrenta el ser autoconciente al mundo. Una estética dialéctica como la de Adorno reconoce en la estética subjetivista de Kant, que no toda experiencia estética se traduce en concepto y para el agrado del sujeto contemplador, pero sobre todo, denuncia a la estética objetualista de Hegel, que debe darse una participación ambivalente de sujeto y objeto en el arte y no simplemente una identidad de sujeto y objeto en la belleza del arte concebida como idea o mediación del espíritu.

La mediación es la dialéctica de sujeto- objeto congelada en su carácter conceptual o contenido del espíritu, pero no todo contenido sensible es racional o para el sujeto. Adorno ve que la mediación tal como la plantea Hegel, además de que convierte a sujeto y objeto en una identidad, confronta sensibilidad (contenido inmediato para el sujeto) y razón (contenido racional mediato desde el objeto). Hegel con la mediación explica como el arte puede unificar la razón con la manifestación, pero la experiencia de la belleza artística nos coloca en medio de ambas, de la sensibilidad y la razón, ya que no todo lo sensible se hace racional o viceversa. Sujeto y objeto no son una identidad, la dialéctica entre ellos se diluye en tanto son momentos de la obra. <>. La mediación no sólo es manifestación de la estructura del objeto para el sujeto, es más bien una función que constituye una inestable relación histórica entre ambos.

Adorno no sólo ve a la mediación como el resultado de velar lo no idéntico al espíritu; mediación es además un primer paso para “reconciliarse” con una naturaleza negada como posible vinculación de lo no- idéntico. Las categorías basadas en la conciencia que dan respuesta a la separación sujeto/objeto resultan insuficientes; tal es el caso de la concepción artística del impresionismo. Tal separación sujeto – objeto es ilusoria; para la razón, la mediación de la naturaleza muestra intermitentemente que objeto y sujeto son momentos dentro de la experiencia estética de ella. La mediación de la reflexión hegeliana aparece desde que se pretende construir categorías en las que la racionalidad da cuenta de las estructuras de las obras. Pero la división sujeto objeto ya no es invariante del arte moderno; la espiritualización, que en su despliegue de dominio racional busca proporcionar esquemas cognitivos para la experiencia muestra lo contrario, el arte se acerca a la belleza de la naturaleza porque en la experiencia de ella el sujeto y el objeto se interfieren sus momentos. La necesidad racional de explicar la experiencia y la estructura del objeto, convirtió a la mediación en la base para trascender la inmediatez de lo empírico y convertirlo en la mediatez del espíritu. Por eso la dialéctica de dominio sujeto/objeto veló la brecha entre lo sensible (inmediato) y la idea de lo bello (contenido mediato); porque en esta dialéctica, si lo bello se encuentra anclado a la reflexión sobre lo inmediato pierde su carácter de objetivo, que no es sino mediación del espíritu.

Para Adorno la mediación es la integración en momentos de todo aquello que no es idéntico al concepto, es la inclusión del elemento natural o lo turbio al espíritu. La muestra de que las estructuras del objeto y el sujeto son ahora inestables porque generan en la experiencia la sensación de que son momentos alternantes de la obra, posibilitan a la mediación como vinculación de otros momentos diferentes a los que se vislumbran bajo el dominio de la naturaleza en el orden de sujeto – objeto. Los momentos sujeto/ objeto no son los únicos en la experiencia del arte o la naturaleza; la mediación sobrepasa estos esquemas formalistas ya que hay mediación del objeto en el momento espiritual, en el cual las cosas se manifiestan trascendiendo su propia materialidad y hay mediación del sujeto cuando la obra se hace comunicación o lenguaje larvado; también hay mediación entre la estructura de la obra y la estructura social, entre el arte y la naturaleza, hay mediación intelectual y de la conciencia, se llama espiritualización, etc.

El arte se hizo participe de la racionalización del mundo en tanto mediado por el espíritu, así se superpuso a la naturaleza, pero como participe del mundo configuró su preeminencia racionalizándose e hizo así reflexión sobre la racionalidad: vinculó sus propias contradicciones y se acercó a la belleza natural. Pero la belleza natural también se acercó al arte; <>. Una y otra sobrepasan sus propios límites. Para Adorno la mediación podría verse como una categoría en tránsito, algo que a pasado a ser otra cosa mucho más que una simple función que alcanza la igualdad entre razón y realidad. En la belleza natural y la belleza artística mediación es una función donde el arte y la naturaleza articulan distintos momentos de la experiencia estética, como el momento del espíritu, del intelecto, del sujeto, del objeto. En la mediación no se puede reducir un momento a otro pues eso niega esa alternancia que según Adorno alcanza a hacer manifiesto un lenguaje. El hecho de que la mediación establezca una no hegemonía de sujeto u objeto en la experiencia del arte y la belleza de la naturaleza, los coloca a un mismo nivel epistemológico donde el conocimiento objetivo ya no se centra en la razón subjetiva o la razón objetiva Eso puede significar la posibilidad de que la reconciliación con la naturaleza signifique un retorno a un estado en el que sujeto y objeto no se encontraban polarizados. La mediación es un ámbito para que el conocimiento de la experiencia estética se amplíe; pues la objetividad no radica en siempre en sujeto y objeto, en uno de ellos, sino en muchas cosas al tiempo.

Expresión del arte y la naturaleza.

El idealismo interpretó al objeto estético cómo algo que rebasa la mimesis griega o la imitación. El arte romántico pasó a ser un simbolismo fundado en la función comunicativa de la razón, se legitimó su presencia como la expresión o revelación metafísica del espíritu. En lo bello del arte se “expresan” intereses terrenos, del espíritu o morales, más allá de lo sensible, es también algo que manifiesta contenidos y proporciona conocimiento. La expresión no es “el todo” del arte. La expresión es sólo expresión de un contenido, refleja la concepción del mundo del sujeto y proporciona conocimiento acerca del espíritu en la comunicación establecida entre razón y objeto. Ella es posible tanto en la experiencia estética de lo creado por el sujeto, como en la de lo que se manifiesta como la naturaleza.

La importancia de la belleza artística frente a la belleza natural se basa también en la expresión, pues lo objetivo, lo que es mediado por el espíritu, es en gran parte, lo que es expresado, lo que es determinado de la naturaleza. Por eso a la naturaleza kantiana, indeterminada y tomada como una poderosa fuerza primigenia se la conllevó a su exclusión de la reflexión estética. Mientras ella sea algo no conceptual, se supone que su belleza no expresa nada en sí misma sino lo que se ponga en ella. La naturaleza expresa mediada por el espíritu, se busca hacerla concepto y encontrarle carácter objetivo a un contenido que no es del todo suyo.

En el idealismo la expresión se parece a una síntesis que se radica en el objeto. Para Adorno es resultado del establecimiento de una relación comunicativa entre un objeto estético y el intelecto del sujeto; éste atestigua el fenómeno y retiene contenidos propios del objeto. Para él, la razón desde la percepción en la sensibilidad, supone que existe la posibilidad del conocimiento del objeto mismo. Lo cognoscible es un tipo de síntesis porque representa una operación más allá de la representación sensible. Por eso la expresión no se ubica sólo de lado del objeto como sensibilidad, ella también está configurada desde el sujeto como resultado de una relación comunicativa.

Adorno se hace eco del concepto de expresión en Kant y Hegel, la expresión tiene tanto de conocimiento como de sufrimiento; sin embargo, se aleja de ellos en que la expresión pueda ser concepto y que radique en el sujeto o el objeto. Para él la expresión es negación del dominio de la naturaleza en la línea de que comunica desde sí cosas antagónicas (lo inconsciente y lo que no es para el sujeto). La expresión representa más que una síntesis en términos del idealismo; debe ser de forma que evidencia una síntesis negativa y que comunica a la razón sus contenidos en un lenguaje no comunicable o no conceptual haciendo tangibles al pensamiento mediaciones con la realidad. La expresión es la <> comunica con un no-lenguaje que al no ser totalmente conceptualizable, es lenguaje de dolor.

La expresión es lenguaje del dolor del mundo. Por su contenido conceptual incorpora el arte en lo empírico y por su contrario, su negatividad, señala lo que en el mundo debe ser modificado o lo no dominado, es contenido mediado que consiste ser expresado. El lenguaje de la expresión en el arte puede ser por tanto, el mismo de la naturaleza que atestigua para la razón la presencia negativa de lo que es excluido por la dura ley de la identidad. Para que las antagonías de la experiencia logren trascender al campo de lo que se hace objetivo, deben integrarse en una síntesis más amplia que la que había postulado el idealismo. No todo contenido es expresable conceptualmente, así, la expresión sintetiza la mediación; lo expresable es contradictorio pues no radica en sujeto u objeto etc, sólo es la forma en que la razón asimila como dolor el objeto estético. Cuando el objeto estético tiene una perdida de naturalidad, esto es, cuando aparece como algo que tiende a ser concepto, se presenta como lo natural, como un lenguaje del sufrimiento.

La expresión es una síntesis de contenidos, todos ellos son mediaciones que explican la presencia de lo psíquico, lo social, lo subjetivo, lo natural y todas sus contradicciones. Pero estos momentos no sólo expresan dispersos y en forma intermitente, son más que una mera disposición fenoménica de las obras que se articulan en un lenguaje distinto que no parte de la identidad de realidad y concepto. Por ello Adorno dice: <>; gracias a éstas se pone al hombre en una posición diferente a la del craso dominio de la naturaleza por parte de la racionalidad, al menos en el aspecto comunicativo entre sujeto- objeto. La posibilidad de la mediación está en incluir lo no familiar al objeto y la posibilidad de expresar está gracias a la tensión primigenia entre mimesis y racionalidad.

Para Adorno la interacción de mimesis y racionalidad, como actividad práctica del hombre, desmitifica y domina gradualmente a la naturaleza. El hombre conserva la conducta mimética, establece semejanzas con la naturaleza, pero el dominio de la racionalidad devela conceptualmente sus secretos. En ese proceso que Adorno llama “iluminista”, la mimesis, como reflejo de una pobre asimilación de la realidad, se ve obligada a refugiarse en el lenguaje del arte, participando lúdicamente en el contexto social. La experiencia estética del arte incluye la percepción de lo mimético, se expresa como negatividad la naturaleza. En la expresión afloran mediaciones, contenidos que se hacen tangibles al intelecto porque son producto de la tensión mimesis y racionalidad como asimilación de lo indeterminado. En esa tensión habla la expresión del arte moderno y su denuncia de no integración, por la expresión comunica el carácter equivoco del objeto estético.

La tensión mimesis y racionalidad deja la posibilidad de otro lenguaje. No sólo el de la expresión de lo mimético, también de la expresión de su tensión con lo racional. Los contenidos contradictorios se hacen tangibles al intelecto como asimilación de lo indeterminado o lo natural. Al vincularse tales antagonías en lo comunicable tenemos otro paso para reconciliar ho la naturalezaimila la realidad en la tensi la razón con la naturaleza. La expresión no radica en la antagónica relación de lo mimético y lo racional, es la comunicabilidad de cosas que no podrían ser contenidas en un concepto. Al comunicar lo contradictorio parece conciliadora. Así, explicita la indeterminación que el idealismo quería velar, porque en forma negativa y como un no lenguaje, el arte –como la belleza natural- trasciende lo establecido. Por ser para la comunicación de lo indeterminado ese no lenguaje tiene su modelo en la belleza de la naturaleza, expresa todo aquello que de una u otra forma hace parte de la realidad negada e indeterminada. Para Adorno <>. La expresión es dolor histórico, conciencia de padecimiento; ese es el contenido que tiende a hacerse racional. Lo que se fuerza para ser racional es expresable como dolor o anhelo de lo natural. Por eso hoy, la obra de arte aparece se concibe como “dolor acumulado en la historia” dado en la naturaleza. Arte y naturaleza no están distanciadas mientras son conciencia de padecimiento.

Sin embargo la síntesis de la expresión no es conciliadora, lo no integrado en ella aparece así, como lo no integrado, como una especifica disonancia. El objeto estético, declara su extrañamiento de la naturaleza en tanto expresión y disonancia. Al intelecto se le presenta conocimiento, una síntesis o discurso irracional que muestra algo concreto, algo que se hace enemigo del mundo dominado o conciencia de padecimiento. Para decir que algo es un objeto estético debe poder establecer en su experiencia una comunicabilidad que obedece a la necesidad de expresión, que en tanto mediada no es la expresión del sujeto o la sociedad etc. sino un discurso autónomo que tiene diferentes tensiones explicitadas en lo que Adorno denominó “disonancia”. La expresión tiene tanto de síntesis como de disonancia, como algo objetivo es la objetivación de lo no objetivable, en términos idealistas, es objetivación en segundo grado. Disonancia es la forma de la expresión en su carácter denunciador, para Adorno es lo contrario a la reconciliación.

III. BELLEZA NATURAL Y BELLEZA ARTÍSTICA.

Belleza natural y el ser en sí de la naturaleza.

La espiritualización tiene un sentido histórico e ilustra la inclusión en el arte del elemento natural y de lo que en cierta forma es para el idealismo inconsciente. Siendo este elemento lo disonante y lo no idéntico al concepto, la razón lo concibe en el arte como la belleza de la naturaleza, en la mediación o alternancia de sujeto y objeto; pero este elemento de la experiencia estética viene integrado en una unidad. Por ello podría decirse que la razón, sin ser subjetivista ni objetivista, recibe contenidos de conocimiento en la experiencia de la belleza natural y luego en la del arte. La racionalidad al desplegarse sobre la experiencia estética desde la aparición, no alcanza a unificar la alternancia de todos sus momentos; aunque la razón sí conciba cierta unidad contradictoria desde la expresión generada de la tensión mimesis y racionalidad.

Para Adorno y todo el idealismo la experiencia de la belleza tiene un carácter cognoscible; pero el idealismo preeminencia el de la belleza artística, ya que ésta, como todo artefacto, representa a una realidad articulada con el mundo, mientras lo indeterminado o la experiencia de lo bello de la naturaleza no. Lo cognoscible en la naturaleza es algo para determinarse, por eso Hegel integra la naturaleza al espíritu; porque ésta sólo es un ser para otro o la idea en su ser otro, para el espíritu que la conoce proyectándose sobre ella en tanto la domina. La belleza de la naturaleza él la ve tan vacía en si misma que su indeterminabilidad para el espíritu está generada en el sujeto. Si el sujeto concibe a la belleza natural como un para sí, lo extraño de la misma no deja de ser subjetividad. Lo indeterminado no es para el espíritu, belleza natural sólo puede “ser algo” determinable, concebible como la idea, algo que siempre se toma como un ser para otro y no algo en sí mismo; se conoce en tanto su exterioridad por mediación total del espíritu que la hace conciente poniéndola en orden del sujeto. Lo indeterminado lo no idéntico, lo errático que se manifiesta también como sensibilidad en su carácter efímero, lo que no está gobernado por la conciencia y es para la razón algo irracional e irreal debe estar por fuera del concepto de belleza natural suprimiéndosele algo, la expresión del ser en sí de la misma.

El arte como realización efectiva del espíritu es su autoconciencia, una unidad y expresión de su ser en sí. La naturaleza es espíritu si se le excluye lo turbio al espíritu, y podemos ver esa exclusión de lo que es diverso en la comparación de la expresión de la naturaleza y el arte. Para Schelling, la naturaleza (lo no creado) tiene dignidad pues es capaz de ser expresión para el espíritu que la adapta; en Hegel la naturaleza es la idea en su exterioridad, es ser para otro; no tiene expresión en sí misma pero puede ser reflejo imperfecto de la expresión del espíritu. Lo creado (artefacto) expresa de forma en que coincide o se identifica con la razón en la medida en que es sometible a categorías de la racionalidad estética; pero para Adorno ambos se equivocan pues la naturaleza no es susceptible a ser sometida por esa formas ni como expresión creada por el trabajo social (la técnica). No toda experiencia de ella es categorizable como ser para otro pues no carece de la expresión de sí misma <>.

La desviación o deformación histórica de la experiencia naturaleza en el idealismo tiene como causa fundamental la indeterminación <> de lo que es belleza natural. Adorno cree que la sustancia de la belleza natural reside en su carácter indeterminado. La belleza natural, al ser algo no dominable como copia o concepto, se torna ambigua; <>. No se puede determinar por categorías al contenido de las experiencias pues la belleza natural no es susceptible a ser tratada por apriorismos como forma, armonía, expresión etc. La ambigüedad no le roba a la belleza natural su objetividad ya que como experiencia estética tiende a proporcionar conocimiento del ser en sí de la naturaleza que la produce y que no es totalmente mediado por el espíritu.

Para Adorno un ser en sí de la belleza de la naturaleza o ser en sí de la naturaleza se comunica con la razón en el lenguaje tanto de la belleza natural como la artística. El arte es en cierta forma imitación del lenguaje de la naturaleza y la belleza natural un lenguaje hecho arte. El arte-facto representa a lo natural, se hace tangible para la razón evocando su lenguaje efímero. Así mismo, en la experiencia de la belleza natural la razón evidencia el momento en que lo no creado se clarifica como el objeto creado. La razón busca determinar el lenguaje para lograr la permanencia de eso que es pasajero en la naturaleza y que no es para el sujeto. Lo creado y lo increado sugieren a la razón en el momento expresivo algo más, un ente en sí mismo que no consiste en ser para otro, un ser en sí de la naturaleza que alegoriza en el lenguaje que <>que la adapta a su necesidad como útil.

La mediación hace de la experiencia de belleza natural una alegoría donde se combinan lo natural y lo histórico sin llegar a objetivarse. Alegoría que no sólo se expresa, podría no expresar nada o no ser expresión y estar ahí en tanto aparece. Por ello es la aparición y la expresión quienes alegorizan el ser en sí de la naturaleza en su distancia. El ejemplo lo tenemos en que por su expresión y aparición la belleza natural no es paisaje natural. Éste es resultado del dominio o de la conversión de la belleza de la naturaleza en cuestión creada que expresa por y para otro; pues, despojado de la expresión del ser en sí de la naturaleza y su contenido, el paisaje se torna en algo que ignora lo que en la naturaleza aparece como lo otro, se convierte en ideología: “paisaje natural”, aquello totalmente mediado, espiritualizado o creado para el sujeto, luego para la sociedad, donde <>. Pero la idea de belleza natural no puede ser fijada por el espíritu en un concepto, él no incluye en los contenidos del concepto lo propio de la alegoría de un ser en sí en tanto aparece y que dirige su expresión a la razón como contenido no mancillado por la conciencia.

La belleza natural y la belleza artística no se oponen radicalmente según hizo creer el idealismo, entre otras cosas ambas incluyen lo que puede aparecer y expresar algo de un ser en sí de los fenómenos por el que trascienden. La trascendencia es la aparición y expresión en lenguaje larvado de un ser en sí que no es para otro. No es ser para la conciencia que lo enfrenta al sujeto como si fuera cualquier objeto. En este sentido ambas, tanto belleza natural como artística se contraponen al dominio de la filosofía de la conciencia, no son -ser para el sujeto, en su trascendencia está la alegoría del ser en sí de la naturaleza.

La apariencia que evidencia la aparición y la expresión en la belleza natural y la belleza artística hace que ambas se invoquen por cierto carácter de trascendencia. En la belleza natural y artística la comunicación entre razón y realidad se genera de tal apariencia, la de un ser en sí que se objetiva con disonancias. Según Adorno la trascendencia del objeto estético es contradictoria: <>, su aparición muestra algo que no existe, algo que es irreal. Por eso la trascendencia, tanto la de la belleza natural como de la artistica es negativa y no puede copiarse. >. Arte y naturaleza bella dependen de ese más para ser aparición e imagen, pero ese más requiere no sólo de un lenguaje para hacerse comunicable, ese más requiere de un ser en sí al que alegoríza; algo que no sólo queda en expresión. Además porque no puede copiarse la expresión de la naturaleza sino objetivarla negativamente en su indeterminación. La belleza natural no se puede objetivar, no como contenido conciente o para el sujeto, su copia la destruye: <>.

La belleza natural y la artística trascienden en el más que sobrepasa la existencia de un objeto, es lo que se da objetivamente sin tener que ser dado en contenidos de conciencia pues la trascendencia también es percepción inconsciente. Contra el idealismo, Adorno cree que la objetividad incluye lo inconsciente; <>. Por eso quien de veras llega a la belleza -de la naturaleza- es la percepción inconsciente y no la contemplación que Kant defendió. El idealismo representa un movimiento contra la inconciencia, acierta en que el papel de la conciencia tenga que marcar la diferencia entre lo bello y lo no bello; es la conciencia la que se sumerge tal experiencia. Pero eso no puede marcar la diferencia entre belleza natural y belleza artística pues el más requiere de conciencia e inconciencia. Así como sucede en el arte en el que unas obras son mejores o más bellas que otras, Adorno diría que la manifestación de la belleza natural no es igualmente bella en todos sus trozos o fragmentos, hay cosas más bellas que otras y eso es cuestión de la acción de la conciencia mediata, pero el hecho de que sean bellas requiere del más que incluye la inconciencia y lo inmediato. En la experiencia de la belleza natural y la belleza artística es necesaria la participación de la conciencia y la inconciencia.

La inconsciencia está relacionada a la evocación de un estado diferente al establecido por la oposición sujeto – objeto; según Adorno es la provocación en el sujeto de una anamnesia que evoca el ser en sí de la naturaleza sin ser para el sujeto. La mediación de la naturaleza deja al sujeto en un estado anterior o libre de dominio que repercute en su anamnesia, en el recuerdo de una situación en la que no se encontraba enfrentado con los objetos. La experiencia del arte y la belleza natural conllevan a la percepción inconsciente o del ser en sí de la naturaleza, son una distensión de los principiosde auto conservación gracias a la disolución de la conciencia del sujeto o de su enfrentamiento con el objeto. Para que la razón conciba la trascendencia se requiere de la disolución del sujeto, de la inconsciencia. Para Adorno, en la belleza natural se renuncia como en la experiencia del arte, al menos en lo subjetivo, a los fines de autoconservación; así se libera el sujeto de su ser en si y a la naturaleza de ser para otro.

El arte imita a la belleza natural en sí, no a la naturaleza, imita su dolor y la nostalgia de que fue posible superar diversas tensiones: <>. Por eso la belleza natural y la artística hacen una promesa que sobrepuja todo lo infrahumano. Ellas en su aparición presentan lo que no existe, y al presentarlo, lo hacen como esperanza de algo posible, como una promesa que sustenta su posibilidad en la anámnesis de lo natural, en un estado de felicidad donde se presenta a la razón un ser en sí no dominado como ser para otro y a un sujeto libre en su relación con ese ser. En esto consiste la promesa de felicidad que hace la naturaleza y la alegoría del arte a lo natural, en una salvación de lo negado. Como la subjetividad interpreta a partir de sus propias estructuras y la objetividad a partir de categorías, hay una imposibilidad que parece suplirse en esa promesa: es posible conocer de otra manera sin hacer prevalecer los contenidos que son propios de la conciencia, esto es a partir de la trascendencia, de una retención de lo negado de la experiencia de la belleza que permita salvarlo en su negación.

Redención en la belleza natural y la belleza artística.

La idea de redención estética del arte recibió gran parte de su contenido de la reflexión hegeliana: como la verdad del arte consiste en expresar las más ricas intuiciones del espíritu, la imperfección del mundo podría ser salvada por medio del arte. Con la certeza de la verdad del arte surge para el sujeto racional la esperanza de verse emancipado y reconciliado mas con la sociedad que con la naturaleza. Pero la emancipación del sujeto racional en esa verdad del arte representa un tipo de esclavitud, una conformidad que afirma una falsa conciliación de la razón con lo indeterminado de la naturaleza. Las obras de arte clasicista y romántica afirman los valores de la teología, aún cuando expresan dolor, representan un consuelo para compensar a la sociedad en una totalidad conforme a la ideología dominante. En la filosofía de Hegel el espíritu tiene las características de un ente totalizador que es capaz de proporcionar felicidad y emancipar a nivel universal, pero que parte de un nivel individual. Suponemos que con la belleza del arte se llega a creer en la esperanza de que todo tenga un orden universal por encima de la azarosa felicidad de los individuos sumergidos en la experiencia de la naturaleza indeterminable.

En Hegel la obra de arte se hace objetivable porque surge básicamente como dolor acumulado en la historia y es imagen de la producción humana. Como tal representa algo que va más allá de la manifestación sensible porque detenta verdad, <>. Esa armonía que es teórica, es falaz, se encuentra llena de sentido sin ni siquiera salvar lo que aparece como disonante, no alcanza la reflexión sobre lo negado que se evidencia en la espiritualización, ni a una reflexión de la racionalidad sobre lo negado y sobre sí misma ya que<>.

En Teoría estética la belleza debe contar con el hecho de que en el objeto estético se salvan unas contradicciones, que se formulan y adquieren un statu de cognoscibles para la razón. En tanto ese objeto aparece y se expresa negativamente abre el camino en el que la racionalidad que determina el objeto estético se amplía para concebir la experiencia de la belleza también en términos negativos, como naturaleza indeterminada. En la experiencia del objeto estético se dirigen a la razón contradicciones, disonancias que para Adorno rechazan el dominio de la naturaleza. Las contradicciones salvadas se evidencian en la trascendencia de la experiencia estética pues también son reflejo de la producción humana; por ello se convierten en una promesa de felicidad, según Adorno, en la experiencia del objeto estético esas contradicciones tienden a suavizarse. Tácitamente se postula en tal experiencia una promesa que busca salvar las negaciones y explicitar las disonancias. Teológicamente eso que se llama redención, es la posibilidad de establecer nuevas relaciones a las previamente establecidas. Así, esas contradicciones son salvadoras de lo negado y aspiran a serlo de la realidad, ya que también median con lo empírico.

Con la promesa de felicidad tomada en un sentido empírico, la felicidad que se lograría es la inversión del orden existente o una vida redimida, aunque esto aún no tenga ninguna verificación en la praxis. Pensamos que, como intento de salvación de lo dominado la anamnesia de la naturaleza se convierte en la reflexión y se configura como futuro prometido: lo “anamnético” es la ruptura del orden existente y la razón sabe de su propia imposibilidad de aprehenderlo en términos conceptuales pero se fuerza a hacerlo. El arte al prolongar esa promesa, al hacer aparecer la existencia de algo no existente, según Adorno como anamnesia de lo natural, se hace sustituto de la felicidad negada y se convierte en utopía; por eso Adorno llama a la obra de arte “promesa quebrada de felicidad”. Como posibilidad en el arte, la idea de redención, está en la anamnesia del ser en sí de la naturaleza, en el sentimiento de comunicar las tensiones que aparecen.

La redención es la muestra del carácter histórico de la experiencia de la belleza natural, lo que se quiere salvar está en contenidos de lenguaje no determinable y salvar lo oprimido en ese lenguaje es una idea que no proviene de la naturaleza sino de la mediación social del sujeto con ella. La promesa de felicidad y la redención son contenidos históricos y subjetivos en la experiencia de la belleza, no alcanzan un nivel positivo de realización, ni son condición para la belleza misma: <>.

IV. SUPERACIÓN DEL DOMINIO COMO RECONCILIACIÓN CON LA NATURALEZA EN TEORÍA ESTÉTICA.

“…si fuese permitido especular sobre el estado de reconciliación, no cabría representarse en él ni la indiferenciada unidad de sujeto objeto ni su hostil antítesis; antes bien, la comunicación de lo diferente. Sólo entonces encontraría su justo sitio, como algo objetivo, el concepto de comunicación…”

(Adorno, T.W; “Crítica cultural y sociedad”, Ed. Ariel, Barcelona, pg 145)

De la idea de reconciliación.

Para Hegel la reconciliación propia del arte es verificable como la unidad en la conciencia subjetiva del espíritu que concilia para la razón como certeza o verdad objetiva, la oposición sujeto- objeto llevándola a una mediación espiritual para trascender la mera subjetividad. En Hegel la certeza tiene sus momentos; el primero es la mediación, que luego se torna concreta <>. Para él la primera figura del saber inmediato que representa la existencia común del sujeto y el espíritu es el arte. La belleza natural Hegel no la concibe como el arte, en una intuición concreta y representación en sí del espíritu; si la naturaleza se aparece como algo que concilia sujeto y espíritu es por proyecciones del sujeto. Contra esto, Adorno sigue a Schelling, pues éste en contra de Hegel, sostiene que la naturaleza no es inmediatamente espíritu por su ser otro. Aunque sólo el arte postule al espíritu y a la naturaleza como algo reconciliado a su antagonismo la naturaleza debe ser reconciliadora. Adorno añade que la idea de que la naturaleza se reconcilia con el espíritu proviene de la experiencia de la belleza natural, por eso reconciliación se sitúa alrededor de cierta unificación de contradicciones para la razón como las dadas en la experiencia de la belleza natural.

De la visión idealista, Adorno retoma la condición misma de la belleza natural, el dolor kantiano que se ha transformado en una promesa de felicidad. Adorno cree como Kant que la experiencia de lo sublime de la belleza natural hace que la razón se esfuerce por llevar la indeterminación de ella al alcance conceptual; aunque por otro lado se alejaría de éste pues tal unidad no es racional, ni es para el sujeto, ni es exclusiva de la belleza natural. La experiencia de la belleza natural es indispensable para revocar la oposición arte – naturaleza mientras esa experiencia la evoque el verdadero arte. El lenguaje del dolor y la promesa de felicidad es la reminiscencia del sujeto de la belleza natural en el arte. Adorno se refiere a reminiscencia en el sentido que la experiencia evoca un estado donde sujeto y objeto no están enfrentados, pero tal vez ese estado nunca existió aunque la historia del dominio de la racionalidad permite suponerlo. La reminiscencia de la naturaleza indeterminable no es para el sujeto, es lo distinto de él, es su participar de un estado libre de dominio que aparece para la razón como algo realizable, un estado diferente de las cosas donde se concibe la unidad integradora de lo diverso al espíritu. Ésta es la experiencia de la belleza natural, algo reconciliador de contradicciones en la escisión de la razón con la naturaleza.

Aunque Adorno contradiga a Hegel aseverando que la indeterminación de la belleza natural no es del sujeto y que ella no es susceptible a ser integrada (totalizada) por el espíritu, lo sigue en el punto en el que se supone posible para la razón una totalización de lo diverso del espíritu. La totalización supone la reconciliación con lo dominado no sólo en un concepto indeterminable sino en una apariencia que salva lo negado y por lo mismo amplia lo que se considera objetivo de la experiencia estética. La reconciliación entra a jugar un papel activo dentro del proceso de conocimiento, su importancia radica en que se ilumina a la racionalidad superando su dominio de la naturaleza. Tal superación se basa en que la razón produce unidad, así sea como renuncia del dominio de la naturaleza . Pero la unidad a la que nos referimos es aparente, es puro conocimiento, una unidad contradictoria en la que se verifica que ella es mediada por lo sensible, lo intelectual, la sociedad, por sujeto y el objeto y todas sus negaciones. Tal apariencia de unidad rebasa cualquier apariencia de unidad u objetividad de la reflexión estética idealista, pues, integradas todas las mediaciones en la unidad, todo lo negado por la ley de identidad, la razón comienza a redimir lo negado de los conceptos y proseguir a hacerlos “tangibles”, reconciliándose con el espíritu, emprendiendo la comunicación de él con lo natural.

Reconciliación no es objetividad sino que lo objetivo de la experiencia es para la razón apariencia de unidad que retiene lo diferente a ella. Así tal apariencia de unidad afirma lo reconciliable, es decir la división palpable en la filosofía hegeliana entre naturaleza y espíritu o razón. La reconciliación es utópica, no la objetividad. Aquella aparece en la experiencia de la belleza natural y la belleza artística como una apariencia de síntesis suprema, como la señal de que es posible conocer lo que tiene contradicciones reconstruido algo dispar en la unidad. La reconciliación es por eso mismo una utopía contraria a la objetividad; si la reconciliación con la naturaleza radica en que sean efectivamente salvadas las negaciones y conciliadas las contradicciones, se nos está refiriendo a lo que la razón debe comprender de la experiencia estética en tanto conocimiento de lo contrapuesto; pero eso sería irracional, por ello pensamos que la reconciliación se refiere en primera instancia a hallar una manera de complementar a la racionalidad pero que utópicamente tal complemento sólo se hace tangible a la razón en la experiencia estética y no en una dialéctica abstracta entre razón y naturaleza.

El trascender del objeto estético proporciona medios para la racionalidad, en la que se relaciona con la realidad de otra manera diferente a la identificación. Lo que se ve como reconciliable en la unidad es esa nueva forma de entender las cosas. No es la expresión reconciliada ni la aparición de lo reconciliado. Es reconciliación de la razón y la naturaleza, puede ser una especie de mimesis de los conceptos, algo que se vincula a ellos como su contraparte, tornándose en la aparición de un discurso de lo mimético, corrigiendo para beneficio de la razón, a una racionalidad funcional, ya que el pensamiento no es sólo identificante.

La reconciliación de la razón y la naturaleza estaría demarcada en el campo epistemológico de la forma en que se supera el dominio por parte de la racionalidad, su verdadera legalidad se la proporciona el hecho de que eso podría ser el fin del método dialéctico clásico diluido en una comunicación; como la razón concibe la experiencia de la belleza natural como una relación libre y no coactiva donde (lo uno) sujeto no determina (lo otro) objeto por la identidad del concepto, la reconciliación sería una comunicación con los objetos estéticos sin ningún tipo de dominio. Podría decirse que la perspectiva de reconciliación está basada en las condiciones de una relación comunicativa, ésta se permite conciliar lo diverso desde una unidad que posee la objetividad aunque establezca una relación diferente de la razón con la realidad, es una relación comunicativa con el ser en sí de la naturaleza donde se engendran diversos momentos en la experiencia estética de la naturaleza y el arte.

El arte debería reconciliar como la belleza de la naturaleza imitando a la belleza natural en sí, debería instar a lograr esa comunicación como belleza creada. Pero el arte presenta una reconciliación simbólica, la cual se ubica la en anamnesia de lo natural: <>. Es a partir de la belleza de la naturaleza que la belleza artística busca la comunicación como lenguaje para la razón, suavizando las contradicciones, sin alcanzar significación absoluta sino relativa que hace ficción el concepto de verdad pues lo que se hace objetivo en la experiencia carece en cierto grado de significado aunque aparezca como reconciliador.

La reconciliación es apariencia, no puede ser algo objetivo del mundo. Si la belleza natural es ya reconciliada no es bella, por eso Adorno la llama “cifra de lo reconciliado”, la seña de algo que se experiencia superando su ser contradictorio. La belleza natural no es la reconciliación en sí sino que la experiencia de ella es comunicación, un estado libre de dominio. Reconciliación con la naturaleza es en primera instancia, comunicación libre de dominio, luego no sería, una modificación de la realidad o del mundo. Por eso, la superación del dominio como una reconciliación con la naturaleza desde la percepción de la belleza natural y la del arte no se ha dado en términos prácticos. En la belleza misma no pueden interpretarse las cosas reconciliadas porque o si no la belleza no existe, <>.

La manifestación de la belleza de la naturaleza renuncia a la belleza a la vez que trata de igualarse a ella, en su lenguaje participa la disonancia, cosa que repite el arte, si la belleza del arte está ya reconciliada, su expresión ya no sería disonancia sino revocación de lo separado, ya no sería conciencia de padecimiento sino felicidad y la felicidad es inexpresiva. La posibilidad de la reconciliación desde el arte y la belleza de la naturaleza como una superación del dominio es una utopía tangible en el lenguaje, debe ser lenguaje de una separación por el que aparece el ser en sí de la naturaleza. Su carácter de utopía se enraíza en su tono teológico liberación de lo oprimido por la racionalidad, en algo aparente, en una comunicación sin bloqueo.

Reconciliación con la naturaleza dominada.

El concepto es para la racionalidad una herramienta y lo negativo es fuerza iluminadora de la razón. La reconciliación se alcanzaría si esa relación entre concepto y su negatividad posibilita a la razón un entendimiento mas allá de lo que concibe el sujeto, un entendimiento intersubjetivo, como un puente comunicativo entre sujetos y objetos no enfrentados sino interrelacionados que no se proyectan los unos sobre los otros. Por ello la reconciliación con la naturaleza también encuentra contenidos dentro de la dialéctica de sujeto y objeto ya que en ella se evidencia la comprensión de lo no idéntico en lenguaje no coactivo. En una comunicación sin dominio, el sujeto no determina al objeto y viceversa, pues si en la experiencia estética se equiparan sujeto y objeto, la comunicación entre ellos queda como algo libre de indeterminaciones.

Aunque Hegel y su época supongan al arte como un objeto reconciliado lo conciben yuxtaponiéndole al sujeto. Pero la idea de reconciliación con la naturaleza no puede radicar en el sujeto o el objeto o su identidad porque eso recalcaría sobre su dicotomía y no en su integración en la experiencia estética para la comprensión de lo diverso. En la experiencia de la belleza sujeto y objeto median, se alternan como momentos indispensables de la experiencia misma, pero no como los únicos. La reconciliación de las contradicciones se ubica equidistante en el espacio entre ellos, no es reconciliación de sujeto y objeto en sí misma, ella obedece a la superación del dominio sobre la naturaleza determinada desde una unificación diferente de todas sus contradicciones en una unidad no coactiva.

La reconciliación con el dominio de la naturaleza no debería ser la disolución del sujeto y el objeto sino que parte de que queda establecida en el libre reconocimiento de ambos. En la experiencia estética el sujeto no se niega a si mismo para doblegarse a ser dominado por el ser en sí la naturaleza: bajo la coacción de la naturaleza tampoco puede experimentarse la belleza natural. La racionalidad, forjadora del sujeto frente a lo natural, lo hizo superarse de su debilidad ante la naturaleza, en su progresivo dominio y la satisfacción de sus necesidades él se impuso a ella; pero la belleza natural no se puede apreciar ni como terrorífica ni como objeto, ya que ni doblega al sujeto ni es doblegada por éste. No se trata de que el sujeto se entregue para ponerse bajo coacción del objeto sino reconocer para la razón la experiencia del objeto estético en una dimensión más adecuada, así como sucedería con la belleza natural. La reconciliación se posibilita porque en la experiencia de la belleza, primero, el sujeto renuncia a los fines de auto conservación, hace un abandono de sípara que luego, la razón se “comunique” con el ser en sí de la naturaleza. Ese límite sujeto / objeto que era marcado para la razón por la conciencia se borra en vista de que la percepción de la belleza requiere de la inconciencia del sujeto, gracias a ésta los objetos estéticos presentan a la razón un ser en sí. En tal inconsciencia del sujeto, que ya no se delimita frente al objeto, él renuncia a sí mismo para mediar con el objeto estético, que tampoco es para la conciencia.

La belleza de la naturaleza es según Adorno, lo más parecido a la reconciliación porque en su intuición lo interpretado no alcanza a ser una forma acabada, no hay dualidad sujeto-objeto, conciencia- inconciencia, realidad y concepto sino captación de la razón, de forma inmediata y continua del objeto bello. La reconciliación en la belleza de la naturaleza es la libre comunicación entre la razón de los hombres y ella. La belleza de la naturaleza comunica los defectos del mundo al tiempo que a fuerza va siendo integrada en él por la racionalidad. No por estar tan alejada de la razón como la cosa en sí tiene sólo contenidos ideales, también histórico materiales y por eso asimila su reconciliación con la que debería darse en el arte, aunque su apariencia no es la misma. La reconciliación para la belleza artística se limita en ser lenguaje reconciliado. En su expresión las obras deben renunciar a la reconciliación para aparecer como reconciliadoras;<>así imitan a la belleza de la naturaleza y su lenguaje de la separación, deben ser disonantes para ser en apariencia reconciliadoras.

Para Adorno la belleza de la naturaleza se presenta unificada, es cifra de lo reconciliado por su apariencia de unidad; esa apariencia le otorga su sentido al igual que lo hace con el arte:<>. Ambas, belleza natural y artística tienen la apariencia de un equilibrio entre lo fugaz y lo estable. En la belleza natural el carácter apariencial es lo que repiten las obras de arte, ellas manifiestan tal apariencia a partir del momento natural en que se integra lo disonante en el lenguaje.

La apariencia es la totalidad que se sabe irrealizable pero que la razón aspira a aprehender como unidad realizable, como reconciliación con la naturaleza contenida en la experiencia de la belleza natural. Por eso mismo reconciliación no es algo objetivo, sino que puede surgir de la misma objetividad: la reconciliación es una apariencia de cómo debe ser el mundo. En el arte, la apariencia es lo que unifica y muestra a la razón la experiencia del objeto estético como algo vinculado al mundo, <>. Por ello las obras tienen como copia imperfecta la reconciliación en su apariencia, pues desde ellas se establecen todos los estadios para efectuar una relación comunicativa no coactiva como la superación del dominio de la naturaleza, pero como mera copia de una reconciliación que proviene de la naturaleza, mera apariencia que no puede reconciliarnos con el mundo real.

Conclusiones.
I.

La tensión belleza artística belleza natural puede haber sido generada en términos resumidos, por dos factores. El primero, la racionalización del arte y la belleza de la naturaleza como constante determinación de algo objetivo para la razón, sometibles a categorías y por tanto susceptibles a ser concepto por la identificación entre sus manifestaciones y la realidad. El segundo, la glorificación del sujeto auto consciente resultado del enfrentamiento al objeto y su proyección de intereses sobre la naturaleza. Adorno como gran parte de su filosofía nos llevar a concluir que los factores que contribuyeron a generar la tensión son resultado de formas de dominio. Por dichos factores en ocasiones se argumentó sobre unas diferencias entre belleza natural y belleza artística que básicamente no existen. Lo creado y lo increado, lo espiritual y lo indeterminado, humanidad y la dignidad del sujeto, el ser para sí y ser para otro de la naturaleza y el arte, la conciencia, la inconsciencia, el contenido y la forma, etc. son contraposiciones plausibles entre arte y naturaleza pero que desde el idealismo son evidencia del dominio de la naturaleza, no corresponden a la experiencia de la belleza natural ni a la naturaleza, son efectos iluministas por las que se las puso en polos opuestos. Belleza natural y belleza artística son diferentes pero la diferencia no corresponde propiamente a la experiencia estética sino a formas de dominio de la naturaleza. Las diferenciaciones básicas del idealismo servían para ilustrar una hegemonía subjetiva que enaltecía la una sobre la otra. Ya fuese por su carácter objetivo o por su correspondencia a intereses del sujeto, belleza natural y artística, como conceptos develan formas de dominio.

Para Adorno belleza natural y belleza artística no se excluyen sino que se asimilan la una a la otra: es casi imposible dar características de la belleza de la una sin tener que dar las mismas de la otra. Básicamente ellas denuncian el dominio incluso al ser la falsa reconciliación de lo que parece armónico. Arte no es más que una forma artificial de belleza natural y viceversa, pero ambas tienen para la razón un contenido de conocimiento; son algo que conocer del ser en si de la naturaleza. Lo no idéntico o inconsciente, lo diferente del espíritu o la disonancia, la mediación, el lenguaje, hacen parte de la experiencia estética y demuestran que belleza natural y belleza artística son para la razón más que la mera existencia del objeto que no puede ser abarcado por el concepto.

La comunicación que se establece en las experiencias de la belleza natural y la belleza artística no corresponde tan sólo con el dominio de la naturaleza sino con su superación, con la aspiración a un estado diferente de las cosas. Lo paradójico de tal superación consiste en que, para trascender el dominio, comenzando en la comunicación, la experiencia de la belleza natural y la belleza artística deben aparecer como algo que niega el dominio dominando. La espiritualización puede dejarnos en claro que la concepción reconciliada de la naturaleza, es o puede ser, otro paso de la racionalidad para cosificar las relaciones hombre / naturaleza. Véase como funciona la expresión, la mediación y la aparición; comunican, establecen y presentan lo negado pero son funciones que establecen la negación como una nueva afirmación a la razón, al parecer otro tipo de dominio. Sin embargo, este dominio corresponde a la manera como la estética determina sus objetos, como una negación concreta de la realidad y no como una hipóstasis del objeto estético. Tal vez la hipóstasis que Adorno denuncia como falsa reconciliación es el carácter de consuelo que la religión del arte impuso como integración. Básicamente arte y belleza natural no se contraponen, ambas son dolor histórico, rechazo del dominio como no integración de lo negado y apariencia de reconciliación con eso mismo, aunque con el riesgo de recaer en un nuevo dominio.

La belleza natural y la belleza artística se contraponen como formas de dominio. Se puede decir que para Adorno la concepción de la estética de corte fetichista y sensualista sobre el arte y la naturaleza da señas de cosificación y por tanto propone una falsa reconciliación con la naturaleza y un arte falaz, es dominio de la naturaleza con hipostasiaciones del objeto estético que mantienen al arte y la belleza natural distanciadas. La reconciliación tal vez no disuelva por completo la diferenciación entre belleza natural y belleza artística pues al ser la reconciliación lo más parecido a la experiencia de la belleza natural, es ya diferente de la reconciliación que proporciona la belleza del arte, pues, aunque ésta imite a la belleza natural en sí misma, no es ella, sino una evocación que está articulada en uno de sus momentos. Podría parecer que aunque para Adorno la belleza artística y la belleza natural no se contraponen, la segunda si tiene cierta preeminencia sobre la primera: la reconciliación del arte es una reconciliación en segundo grado pues la belleza del arte no es precisamente lo más parecido a la reconciliación, es imitación de la belleza natural en sí, de su trascender. La reconciliación juega su papel en la belleza natural antes que en el arte pues es en la experiencia de la belleza natural que se concibe la integración del elemento disonante repetida por el arte.

II.

La reconciliación en el arte y la naturaleza sólo puede ser establecida como una superación del dominio de la racionalidad porque en su mediación social, natural, espiritual, etc. no es una reconciliación efectiva del mundo empírico. Si el arte o la belleza natural en su mediación social señalan relaciones de equivalencia para los hombres y el mundo como si ya estuviesen reconciliados con él, tal reconciliación carece de contenidos materiales actuales, no es algo real ni se ha demostrado que lo ha sido. Por eso reconciliación es más anhelo de realizar una utopía en la comunicación que una reconciliación real o efectiva del hombre y la naturaleza.

No hay en adorno, al igual que en el idealismo, sino un deseo ético y epistemológico de tratar a la naturaleza y su indeterminación; sólo que Adorno pretende dejarla en su distancia y el idealismo adaptarla a fines morales del sujeto. Eso muestra que el concepto de reconciliación no es solamente estético sino que guarda contenidos éticos. Y aun más; la apariencia de la belleza natural y la belleza artística se dirige a lo empírico, pero si la reconciliación es epistemológica, si es de la razón y la naturaleza en tanto asimilación de su ser en sí para la razón, el carácter ontológico del objeto estético depende sólo de la forma de conocer, de la forma en que se nos presenta o por lo que aparenta en su distancia. Es decir que tal vez sea poco el avance frente a la posición Hegeliana de identidad entre naturaleza y espíritu pues lo real se queda en términos de cómo se nos presenta y cómo se conoce. Por ello, esa nueva forma de relacionarse con los fenómenos estéticos, la reconciliación con la naturaleza, ya no sólo quede enmarcada dentro del ámbito epistemológico (forma de conocer) sino también en el ontológico (forma en que las cosas son): ser es trascender. El objeto estético adquiere su statu como tal, como objeto de conocimiento; en tanto aparece y expresa es un objeto de conocimiento. La trascendencia va aunada a él como su esencia; para que sea objeto estético debe trascender y generar la apariencia de reconciliación, desde él mismo y en relación con la razón en la comunicación con el ser en sí de la naturaleza.

La reconciliación en su carácter de funcionalidad práctica sólo puede ser comunicación no coactiva, es el primer eslabón de la cadena de conciliación de razón y la naturaleza. Tanto en la belleza natural como en la belleza artística se presenta la reconciliación como una comunicabilidad que efectivamente ambas pueden posibilitar. La forma del sujeto para superar el dominio de la naturaleza es tener una experiencia estética de la belleza natural y así de la artística donde trascienden para la razón por señalar el ser en sí de la naturaleza, sin dominar, incluyendo lo negado desde el rechazo del sujeto de los fines de auto conservación. Por eso si lo que conoce la razón son tensiones, le es imposible alcanzar certezas, y eso también le robaría a la reconciliación su valor epistémico. Se supone que la superación del dominio sería lograr un conocimiento desde la comunicación; pero, la comunicación sería más praxis que conocimiento objetivo, porque antes de establecer contacto entre razón y naturaleza, este contacto no define criterios para saber que es válido o verdadero; así estaría basada en un lenguaje utópico o mesiánico con contenidos ambiguos y sino en apariencia, la revocación de una separación en la comunicabilidad.

La racionalidad se liberaría dominando ya que como no se puede tener todo dentro de un concepto, el dominio racional exige de determinar su contrario. Con tal ambigüedad la reconciliación trascendería el campo de lo epistemológico pues en parte la expresión y aparición de arte y naturaleza se dirigen a modificar al mundo buscando uno nuevo, no sólo para aprehenderlo desde una comunicación. En un primer nivel la reconciliación consiste en revocar una separación que se hace palpable en el lenguaje; pero la comunicación no puede suplir la separación de todo aquello que no es reflejo del espíritu, aunque sea algo que integre por aparición y expresión. La reconciliación no sólo puede quedar anunciada; eso ni siquiera le deja ser experiencia estética en términos epistémicos pues la experiencia estética es también praxis. La apariencia de reconciliación tiene contenidos mediados por la sociedad, al parecer todo contenido que no sea fiel a la esperanza de reconciliación se toma como dominio. Reconciliación es más bien una idea que ha surgido de la reflexión de lo mejor para la sociedad: un lenguaje no coactivo sugiere un mundo no administrado.

Reconciliación en un segundo nivel, consiste en conciliar todo aquello que por mediación histórica llega a ser contenido en la expresión de la belleza: la naturaleza oprimida, la sociedad y también, en la apariencia de la misma: el shock, la explosión etc. Sin embargo, una reconciliación estética es insuficiente para transformar la realidad, inclusive haciendo explícito el carácter crítico del objeto estético. Su contenido sigue siendo tan ideal como en Hegel y Schelling pues las categorías estéticas que se utilizan para establecer una reconciliación con la naturaleza, como espiritualización, mediación, expresión y aparición son categorías que tienen una función cognoscitiva más que pragmática.

La superación del dominio de la naturaleza supone que se puede conocer de forma distinta la realidad; para superar el dominio de la naturaleza, la belleza natural y la artística son vistas como reconciliadoras, como distintas formas de conocer en la comunicación sin un alcance empírico. Bien pueda ser que la forma de superar al dominio sea dominando, si nos comunicamos libremente es necesario establecer cómo no recaemos en el estado de encantamiento pues, negando el dominio de la racionalidad podemos estar haciendo una regresión al estado de encantamiento. Precisamente uno de los problemas de la idea de reconciliación traído de la experiencia de la belleza natural y también en la artística es que ella carece, en su mismo nivel epistemológico, de una explicación de cómo no es un recaer en el mito. En una discusión de corte epistemológico se pensaría que insta a “dar marcha atrás” al uso instrumental de la razón y en uno empírico que tal vez se pudiese retornar a lo natural, al salvajismo o la barbarie. Sí parece indicarnos un estado donde la racionalidad no está irreconciliada con la mimesis, ni el sujeto con el objeto, un estado donde no se oponen razón y naturaleza; por eso mismo un estado de irracionalidad pues la integración de lo no idéntico aboga por su propia restitución en el conocimiento y puede llevarnos a desaprender las formas de aprehender para comprender en otras dimensiones.

BIBLIOGRAFÍA.

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Javier Guillermo Merchán Basabe
rekhamerchan[arroba]hotmail.com
Bogotá, noviembre de 2005.

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