La maravillosa juventud

Por: Aníbal Venegas    
Fuente: www.elclarin.cl  (07.06.08) 

A veces uno no sabe qué cosa positiva cobija actualmente la juventud en su seno, más allá de la indiferencia y el desprecio a la vida, dualismo propio de las camadas que actualmente pululan estupidez en la ciudad y en la academia. Algunos –sólo algunos- mantienen ese hálito fresco proveniente de los sueños de “antes”: la paz mundial, la esperanza, la entereza del alma. Sin embargo, se nos hace difícil aceptar el desastre ocasionado por nuestra juventud actual cargada al egocentrismo y la vanidad inconmensurable, de tal forma abandonamos cualquier expectativa de cambio. No es muy difícil entender el por qué de la deplorable situación actual de la juventud ¿Qué vamos a explicar? ¿La cuestión del devenir económico, tecnológico y en síntesis, posmoderno?

No se puede entender la estupidez juvenil “del ahora”, a la luz de un pensamiento muy elevado; tendríamos que solicitar la asesoría de una disciplina relacionada con el mundo canino como la veterinaria, para llegar apenas a conclusiones medianamente concretas. Cuándo se ha visto un espectáculo más grotesco que la gran masa juvenil reunida en algunos de sus puntos de encuentro, como el Centro Comercial, la Esquina o los improvisados moteles toscamente ambientados a la sombra de los árboles del Parque, donde se filosofa de la moda y los berreos, y donde se da rienda suelta a la más vulgar concupiscencia.

 

Al margen de toda la idiotez que circunda a la juventud, y cuyo acicate se encuentra en la televisión y las nuevas tecnologías, hay un sector de los jóvenes que aún anhela dar sentido a esa masa encefálica que les fue provista y que ya no está de moda utilizar. Algunos afortunados despegan algo más y hacen algo útil con su cerebro: forman asociaciones políticas, orquestas juveniles, grupos de discusión (¿Existen tales cuestiones en Chile? Confío en que sí). Desafortunadamente la mayoría de los jóvenes emplea los sentidos y algo de materia gris, en llevar a cabo una voluntad provista de la más llana mala conciencia, regando estupidez y vulgaridad hasta donde pueda su capacidad física y pseudo espiritual. De tal manera podemos definir un claro dualismo que nos permite distinguir a los tontos y a los inteligentes.

 

¿Es demasiado extremista definir de manera tan exacta a un grupo etario? Tal vez si lo es, pero la urgencia llama a determinar líneas medianamente claras -¿Qué más podría yo exponer en dos mil caracteres?- para manifestar la preocupante situación de necedad y pobreza que está aniquilando la capacidad de razonar  de lo que el viejo cliché define como “el futuro de Chile”.

 

Comencemos por el principio por favor.

 

Los inteligentes

 

Antiguamente –desde los griegos- se creía que las naciones modernas, o por lo menos las que pretendían serlo, iban a estar comandadas por un ejército de hombres superiores en todos los ámbitos del quehacer humano: la política, la ciencia, la religión, las artes, la filosofía, la cultura. En teoría, por supuesto, tales cuestiones precisan del más alto rango intelectual, pues el encaminar los destinos de una nación por la senda más recta o la menos provista de curvas y guijarros, no es tarea fácil; la vida sin embargo, se ha encargado de demostrar que las ciencias sociales son aún-no-ciencias, y esto gracias a que la realidad no tiene nada que ver con lo que aparece escrito en los textos de las viejas histéricas de la razón, como Kant y Hegel, Jaspers y Habermas (¿Por qué el anhelo siempre viene desde el norte?). En un país como Chile, donde el pituto, el color de pelo, el apellido y hasta la marca de la pasta de dientes tienen injerencia en el desarrollo profesional, poco espacio de acción queda para los inteligentes, de ahí se entiende la estulticia mental de esta macilenta y larguirucha nación. Pero nuestra tarea estaba orientada en exponer a “los inteligentes” del país, aún cuando su campo se reduzca a los aviones que puedan llevarlos lo más lejos de un país que pronto se encargará de comerles los sesos.

 

Los inteligentes serían esos escasos jóvenes que a través de la disciplina y el rigor intelectual van construyendo sentido. Sin importar ideología (En el mundo de la disidencia y objeción de conciencia por supuesto, ya que las crías derechistas ningún aporte a la cultura y la ciencia son capaces de hacer, más allá de mantener las sidrerías del barrio alto), ellos tienen la facultad de organizar un panorama de la pasión y la belleza, transformando cualquier cansancio y renunciamiento en acción y creación: música, filosofía, física, matemática, psicología y arte, tales son sus campos de trabajo. Ellos no desquitan ira colectiva contra objetos inanimados ni resuelven cuestiones y discordias jurídicas, estéticas y religiosas en cualquier blog o Fotolog: lo que hacen es estudiar en profundidad, reflexionar, leer y en síntesis pensar. Del pensamiento, dicen, surgen los más grandes descubrimientos y obras de arte: eso explica nuestra exigua galería de “grandes”. Tal vez en ocasiones la gran pasión que albergan sus corazones se escapa de las manos y hay casos en que la violencia –son humanos después de todo- tiene sus “momentos”; hace poco hubo noticias de un grupo de jóvenes que arrojó pintura al interior de una distribuidora de pieles en la ciudad de Temuco. Seguro no fue el camino más apropiado pero sin duda es un intento valeroso por evitar que esas octogenarias pinochetistas continúen adornando sus pescuezos con la cola de un inocente zorro o el forro de un impertérrito roedor. Lástima que nadie entienda a los inteligentes y estos sufran de incomprensión. Como dijo Lisa Simpson: a mayor inteligencia, mayor infelicidad. Una cosa quita a la otra: prefiero ser un desgraciado, no hay lugar a dudas.

 

Los tontos

 

Por desgracia este grupo acapara la mayor cantidad de atención nacional: se crean encuestas para averiguar sus anhelos, se abren espacios para que encuentren bálsamo para las deudas profundas (no espirituales, sino de tarjetas de crédito), se traen desde el extranjero shows capitalistas para que mantengan su bestialidad bien entrenada, se inauguran programas de televisión para que narren sus experiencias sexuales, capilares, dentales y escatológicas. Durante 365 días bailamos el vals de la idiotez.

 

Más allá de la monserga mediática de las “tribus urbanas” (agrupación pseudo humana a la cual puede pertenecer cualquier jovenzuelo, siempre que se gane los derechos económicos, sociales y culturales -¿DESC? ¡No por Dios!- para estar allí), la juventud atolondrada de la nación ha escogido su camino: decidió vender sin reservas su espiritualidad y hasta la síntesis biológica al imperialismo económico, que a fin de cuentas ha jugado bien sus bazas en la medida que día a día gana más adeptos.

 

Empero, al interior de este grupo están los que conforman ADIDAS (Asociación de Idiotas Dispuestos A Superarse) y son los que abrazan ideologías como el Marxismo de Caballerizas, el Anarquismo de W.C. o el Comunismo del Mall. Ahí se ensarta todo el populacho vacío y enajenado hasta el paroxismo, y que tiene el tupé de ventilar su estupidez a la luz de instituciones intelectuales que en sus manos, echan por tierra la ardua labor de pensadores de buena cepa. Como la posmodernidad es su acicate, hay algunos que utilizando de fundamento lo leído en el índice de autores como Derrida o espacios como Wikipedia, ponen en tela de juicio toda la axiología moderna: desde la estética a los derechos humanos. Según estos mequetrefes, toda voluntad y devenir está condicionada por cuestiones sociales “demasiado cristianizadas” y así justifican las fechorías, el alcoholismo o en síntesis, cualquier imbecilidad, como un profundo y muy intelectual rechazo hacia el establishment. Por supuesto, tales naderías justifican ese pseudo arte que inunda las poblaciones y cantinas urbanas, donde se tiene el descaro de presentar bajo el rótulo de “arte fotográfico” a una mujer desnuda defecando en un tarro de jurel mientras lee alguna bagatela nietzscheana o en el peor de los casos, heideggereana (sólo para demostrar “intelectualismo” nada más, ya que seguro la modelo ni siquiera recita el padre nuestro en jerigonza). Sumemos a esto el total desprecio hacia la virtud, la generosidad, hacia el sujeto humano y su historicidad ¿Destrozar las avenidas es señal de protesta o es el ardid empleado para impresionar a los amigos, a las novias, a las ratas de alcantarilla? Lo peor es que toda esta juventud irá a calentar asientos a la Universidad, estudiando las ingenierías y las licenciaturas que necesita el país para desarrollarse, luchando de igual a igual con los inteligentes, nada más que para estropear y enlodar una institución que está desvaneciéndose desde que a algunos se les ocurrió titularla como “Educación Superior”. Ecce Hommo Chilensis.

Así se ve el panorama de la juventud y a nadie parece importarle. Aristóteles dijo alguna vez: “Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta”. Quizá no hemos pensado respecto a esto y no sé si sea la hora de empezar. Por el momento los inteligentes deben comenzar a ahorrar el dinero que los pueda llevar muy lejos de esta ciénaga de la desidia, de este lodazal de la idiotez y la ignorancia.

anibal.venegas@gmail.com

 

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