La bestia de la propiedad

Por: Johann Most*
Fuente: “Tierra y Libertad”, N° 217

Joan Most (1846-1906)

“De todos los animales de presa el hombre es, sin lugar a dudas, el peor”. Esta expresión, muy conocida en la actualidad, sólo es relativamente cierta. El hombre en relación con la riqueza es un animal de presa, mas no lo es el hombre en sí mismo. Cuanto más rico es un hombre, más grande es su codicia. A tal monstruo le podemos llamar la bestia de la propiedad. Es ese hombre el que dirige actualmente el mundo, el que hace miserable a la humanidad y aumenta en crueldad y en voracidad con el progreso de nuestra supuesta “civilización”. A ese hombre vamos a definir ahora y vamos a preconizar su exterminación.
¡Mirad a vuestro alrededor! En todos los países llamados “civilizados”, de cada 100 hombres 95 se encuentran desposeídos de todo, mientras que los cinco restantes son ricos.

No es necesario reconstituir todos los caminos que éstos tomaron para ganar sus bienes. El solo hecho de poseer todo, mientras que otros viven o más bien subsisten, evidencia claramente que se enriquecieron a expensas de la mayoría.

Esta horda ha tomado, en el transcurso de la historia, posesión de la tierra como de todas las riquezas a través de la fuerza bruta y directa, del engaño o del fraude. La ley de herencia, el derecho de sucesión y de cambio de manos le confieren a este robo una coloración “venerable” y, consecuentemente, han mistificado y borrado el verdadero carácter de esos actos. Por ello, la bestia de la Propiedad no es plenamente reconocida por lo que es sino, por el contrario, adorada con un respeto temeroso.

Además, todos aquellos que no pertenecen a su clase son sus víctimas. Cuando el niño de todo aquel que en este mundo no posee nada (un hombre pobre) llega al mundo, encuentra cada esquina y rincón de la tierra ocupados. Todo tiene “su señor”. Sin trabajo nada puede producirse y para poder trabajar es necesario no solamente la habilidad y la voluntad, sino también un lugar, herramientas, materias primas y medios de subsistencia. Por ello, el hombre pobre tiene, por fuerza de necesidad, que someterse a aquellos que poseen estas cosas en abundancia. Y ¡vean ustedes!, los ricos le darán el permiso de seguir existiendo. A cambio de ello, el hombre pobre tiene que verse despojado de su habilidad y de su fuerza. De ahora en adelante estas cualidades estarán a disposición de sus pretendidos “salvadores”, que lo someterán bajo el yugo del trabajo, exigiéndole el más alto grado de sus facultades mentales y físicas para producir nuevos tesoros, que de todas maneras, no podrá poseer. ¿Deseará reflexionar un tiempo con respecto a un contrato tan desigual? Los ruidos de su estómago le convencerán rápidamente de la urgencia y le recordarán que hay millones de seres que se encuentran en la misma situación y que el riesgo de que centenas de otros hombres pobres se presenten en su lugar, mientras él piensa, es grande; así su oportunidad se le escapará entre los dedos y se encontrará de nuevo a la merced de los vientos.
El látigo del hambre obliga al hombre pobre a someterse. Para poder vivir tiene que venderse -venderse “voluntariamente”- cada día, cada hora, a la bestia de la propiedad.

Antaño, cuando la clase “dominante” cazaba esclavos, sujetando a sus víctimas con hierros y forzándolos a trabajar para su beneficio personal (en los tiempos en los que los ladrones cristiano-germanos robaban países enteros, privando a sus habitantes del suelo, y sometiéndolos a un sistema feudal) la época era ya terrible. Pero el orden público contemporáneo, el sistema actual, ha alcanzado la cumbre de la infamia: ha desposeído a más de las nueve décimas partes de la humanidad de sus medios de existencia, los ha reducido a la dependencia de una insignificante minoría y los ha condenado al autosacrificio. Al mismo tiempo, este sistema ha disfrazado esta relación con diversos pases de prestidigitación de manera que los esclavos de hoy, los esclavos asalariados, sólo se reconocen parcialmente en su servitud y en su puesta fuera de la ley, y atribuyen todo eso a los caprichos de la suerte.

El único propósito de la clase dominante es el de perpetuar este estado de cosas. La burguesía, aunque raramente unida -algunos buscan ganar ventajas sobre los otros a través de las astucias del mercado, la estafa, la especulación y otras maniobras de la competencia- frente al proletariado se enlaza en una sólida falange. Su ideal político es, por lo tanto, a pesar de todas sus frases liberales, el establecimiento de un gobierno poderoso, el más centralizado y brutal posible.

Si el hombre pobre se encuentra momentáneamente incapaz de venderse a un explotador del trabajo, o se encuentra ya reducido a la impotencia por la bestia de la propiedad, y recurre a la mendicidad, el burgués satisfecho se indigna contra este “vagabundo” y recurre a la policía, demandando la picota y la prisión para el pobre diablo que rechazó morir de hambre en medio de una montaña de comida.

Cuando el desocupado opta por la tan cacareada autoasistencia, es decir, cuando hace en pequeña escala lo que el rico hace impunemente a lo grande, robar para vivir, la burguesía amontonará los carbones ardientes de “la indignación moral” sobre su cabeza para luego, con un rostro austero, entregarlo implacablemente al Estado, a las prisiones en donde se le trasquilará de la manera más eficaz, es decir, la más barata.

Cuando los trabajadores se asocian para obtener mejores salarios, reducción de horas de trabajo u otras ventajas de este sistema, los opulentos ponen el grito en el cielo hablando de “conspiración” y exigen que sea contrarrestada.

Cuando los trabajadores se organizan políticamente, se denuncia esta resistencia al “orden divino” y se exige que sea invalidada por las leyes de excepción o de discriminación.
Si finalmente los trabajadores se preparan para la rebelión, “los tigres de oro” profieren un tal grito de rabia que se escuchará en todo el mundo; su fanatismo por las masacres y su sed de sangre son insaciables.

La vida del hombre pobre no tiene valor para el rico. Éste, en tanto que propietario del buque, pondrá en peligro la vida de toda la tripulación cuando su objetivo sea obtener fraudulentamente un elevado seguro sobre la base de un buque a la deriva y arruinado. La mala ventilación, la profundidad de las excavaciones, los soportes defectuosos, etc., provocan cada año la muerte de miles de mineros, pero así se economizan gastos; por lo tanto se aumentan beneficios y los propietarios de la mina no tienen ninguna razón de considerarse desgraciados. El pachá de la industria tampoco se preocupa de si sus obreros son desmenuzados por las máquinas, envenenados por los productos químicos o sofocados por la suciedad y el polvo. ¡El beneficio ante todo!
Las mujeres cuestan menos que los hombres: los vampiros capitalistas buscan su sangre con una insaciable rapacidad; además la mano de obra femenina les procura prostitutas a bajo precio.
La carne infantil es la menos cara de todas: ¿por qué nos sorprendemos cuando los caníbales de la sociedad moderna se deleitan de sus juveniles víctimas? ¿Qué les puede importar la ruina física y mental de los niños pobres de por vida; que miles de ellos, miserables, y habiendo llegado al límite de su fuerza en su tierna edad fallezcan?

Los stocks aumentan, eso les alegra.

Como la burguesía, gracias a sus capitales, monopoliza completamente todas las invenciones, la introducción de cada máquina nueva, en vez de reducir las horas de trabajo y aumentar la prosperidad y el bienestar de todos, engendra, por el contrario, despidos para algunos, reducciones de salarios para otros, así como un aumento y una intensificación de la miseria para todo el proletariado.

Cuando un aumento de la producción va a la par con un aumento de la pauperización de las masas, el consumo tiene que simultáneamente decrecer, el estancamiento y la crisis tienen que sobrevenir. La concentración de la sobreabundancia de la riqueza actual en manos de pocos engendra hambre, tifus y otras epidemias en las masas numerosas. La injusticia, hasta la estupidez, de lo que acabamos de afirmar es evidente. Los opulentos levantan, evidentemente, los hombros. Esto lo seguirán haciendo hasta que una cuerda bien ajustada por encima de sus hombros acabe definitivamente con todo ultraje.

Al trabajador no se le engaña únicamente de múltiples formas como productor, sino también como consumidor. Innumerables parásitos lo acosan para desposeerlo de su miserable salario.
Los productos llegan tras haber pasado por múltiples manos, tras haber sido almacenados en diferentes ocasiones, haber aumentado su precio suficientemente para contener el beneficio del intermediario, de los agentes de cambio, las tasas y derechos de aduana, finalmente a las manos de los minoristas cuya clientela está compuesta casi exclusivamente de proletarios. Los mayoristas “hacen” (es decir, se meten fraudulentamente en el bolsillo) de un 10 a un 20 por 100 de beneficios gracias a esas transacciones; el minorista exige un beneficio del 100 por 100 y para obtenerlo es capaz de recurrir a toda clase de manipulaciones y no tiene reparos en adulterar los alimentos. Estos ladrones mantienen relaciones directas con los que envenenan y falsifican la cerveza, el vino, el licor, etc., aquellos que por su infame tráfico hacen peligrosas nuestras calles y nuestros centros industriales. Luego tenemos a los propietarios de los inmuebles que buscan incesantemente envenenar la existencia del pobre. Las condiciones de vivienda son cada vez peores, los alquileres aumentan y los contratos son cada vez más humillantes. Los obreros viven amontonados en los patios, en los desvanes y en los sótanos llenos de parásitos, humedad y moho; las cárceles son generalmente mejores para la salud que estos huecos para ratas.

Cuando el obrero no tiene trabajo, se encuentra de nuevo a la merced de una horda de especuladores del hambre dispuestos a saltarle por encima para completar su ruina. Los usureros, y otros prestamistas de la misma calaña, le adelantan pequeñas sumas de dinero a una tasa de interés elevada, a cambio de los haberes que aún le quedan al pobre. Los contratos están tan bien construidos que es casi imposible respetarlos: los objetos desposeídos como prenda son confiscados y el pobre arruinado se hunde en la miseria más completa. Los estranguladores, por el contrario, amasan su fortuna en poco tiempo. El mendigo es considerado por alguno de esos tiburones como un buen pagador. Cada centavo provoca la codicia del propietario de las pocilgas y otros antros innobles. Hasta los ladrones son objeto de esta expoliación capitalista, se les transforma en esclavos de astutos encubridores y de alcahuetes que compran las mercancías robadas a cambio de migajas. Sí, hasta a esas mujeres sin fortuna, que el execrable sistema actual conduce a la prostitución, los propietarios de los burdeles y de las “casas de mal vivir” las estafan sin vergüenza alguna. Esta es la expoliación del pobre, desde la cuna hasta la tumba; cuando produce o consume está rodeado siempre de vampiros feroces, sedientos hasta de su última gota de sangre. Del otro lado está el hombre rico que, a pesar de su incapacidad de justificar su avidez, no para su trabajo de explotación. El que posee 3.000.000 de dólares quisiera tener 10.000.000, el que tiene 100.000.000 quisiera 1.000.000.000.

La sed de riqueza y la sed de poder son gemelas. La riqueza no genera únicamente más riqueza, sino que da luz también al poder político. Bajo el sistema capitalista actual la venalidad es un vicio generalizado. La regla se resume al precio que hay que pagar para comprar a aquellos que, a través de sus discursos o su silencio, por la pluma o por los medios de comunicación, por sus actos de violencia o todo otro medio, se ponen al servicio de la “bestia de la propiedad”, que por sus dictámenes en oro sigue siendo el poder absoluto, la verdadera divinidad.
En Europa y en América, varias centenas de miles de curas y otros ministros del culto envenenan el buen sentido de las masas. Innumerables misioneros distribuyen, casa por casa, volantes desprovistos de sentido, cometiendo todo tipo de estragos “espirituales”. En las escuelas, se hacen increíbles esfuerzos por invalidar lo poco que la lectura, escritura y cálculo podrían aportar de bueno. La forma estúpida en que se enseña “la historia” suscita las tomas de posición que dividen a las gentes y les impiden reconocer que sus opresores se han ligado desde hace mucho tiempo contra ellos y que toda política, pasada y presente, sólo tiene un objetivo: establecer firmemente el poder de la clase dominante y con ello asegurar la explotación del pobre por el rico.

El comercio de los gavilanes de “lealtad y otros venenos” es dirigido por los francotiradores de tinta de la prensa cotidiana (en su mayoría falsificadores de la historia), por los cabrones de politicastros de diferentes bandas, camarillas, coaliciones y organizaciones en boga, por los charlatanes de parlamentos y sus seductoras sonrisas, promesas en los labios, traición en el corazón, y por centenas de otros politicastros, de todos niveles y matices de bajeza.
Escuadrones enteros de bandidos son especialmente reclutados para mistificar la cuestión social. Los profesores de economía política, por ejemplo, interpretan el papel de lacayos de la burguesía, exaltan al becerro de oro como un verdadero sol de vida, usan tan “científicamente” bien la falsificación y el engaño para llegar a demostrar que curtir el cuero de los trabajadores es benéfico para la humanidad. Algunos de estos charlatanes preconizan la reforma social, es decir, el viejo método de lavar sin mojarse, por no hablar de su célebre receta para economizar y educar.

Sin dejar de embaucar a las masas, los caballeros capitalistas del pillaje perfeccionan sus mecanismos de poder; crean nuevas funciones y los puestos de dirección son otorgados, en Europa, a los descendientes de los antiguos bandidos (hoy “aristócratas”) y en América a los postulantes más astutos y a los más descarados ladrones que combinan con su objetivo original de amordazamiento definitivo del proletariado sus agradables negocios de falsificación y el robo a gran escala. A lo que dirigen ejércitos de soldados, de policías, de espías, de jueces, de funcionarios de prisiones, de recaudadores de impuestos, de albaceas testamentarios, etc. Los ejecutantes de estas tareas degradantes se reclutan casi exclusivamente en los rangos de los no poseedores y son raramente bien pagados, a pesar de la energía que despliegan para ser los espías, las orejas indiscretas y husmeadoras, las garras, los dientes y las ventosas del Estado. Este último no es más que la organización política de la horda de estafadores y de expoliadores que, sin la maquinaria tiránica, no podría sobrevivir un solo día frente a la justa cólera y condenación de los oprimidos y los desposeídos.

Este sistema ha alcanzado naturalmente su punto culminante en casi todas las antiguas naciones. El aparato disciplinario del Estado se concentra en el poder monárquico, sus representantes, “por la gracia de Dios”, representan, como se debe, la quintaesencia de la infamia. En ellos, el vicio y el crimen, común a toda la clase dirigente, se desarrolla a un grado monstruoso. El asesinato sistemático (la guerra) es su ocupación preferida; cuando roban, y lo hacen frecuentemente, roban siempre a comarcas enteras y a centenas, léase miles de millones de gentes. Encienden colosales fogatas para iluminar sus atrocidades. Según ellos, la humanidad existe para que ellos puedan darle patadas, abofetearla y sentarse encima de ella. A lo más, elegirán a las mujeres y niñas más atractivas de entre sus “sujetos” para saciar sus lujurias más bestiales. Los otros tienen el derecho a “obedientemente” morir como perros.

Estos asesinos coronados de Europa se embolsan, gracias al chantaje directo, cada año 50.000.000 de dólares. El militarismo, su amada progenitura, cuesta anualmente 1.000.000.000 de dólares, sin contar las pérdidas en vidas humanas y en trabajo. Una suma igual a ésta es pagada como interés de los 20.000.000.000 dólares de la deuda que el Estado contrajo en un tiempo incomparablemente corto. La monarquía en Europa cuesta anualmente 2.050.000.000 dólares, es decir, más de lo que 10.000.000 de trabajadores ganan como salario en el mismo tiempo y que permitiría vivir a 50.000.000 personas.

El lugar que ocupan los monarcas es ocupado por los monopolios en América. Si, en estos Estados Unidos de América, pretendidamente “libres”, los monopolios continúan desarrollándose a la misma velocidad que en este cuarto de siglo, solamente el aire y la luz del día permanecerán libres de monopolización. Doscientos cincuenta millones de hectáreas de tierra en los Estados Unidos, unas seis veces la superficie de Gran Bretaña y de Irlanda, fueron divididas en una generación entre las compañías ferroviarias y los grandes propietarios de la tierra de origen Europeo-aristócrata. Vanderbilt atesoró, en solamente algunas décadas, 200.000.000 dólares y varias docenas de sus competidores en los dominios del robo prometen superarlo. Se fundó San Francisco hace apenas treinta años, ¡hoy esta ciudad cobija ochenta y cinco millonarios! Toda la riqueza de esa gran república, a pesar de que cuenta un siglo de existencia, todas sus minas, sus yacimientos de hulla, sus pozos petrolíferos, etc., han sido “tomados” a las gentes y se han transformado en la propiedad de un puñado de aventureros audaces y de hábiles intrigantes.

La “soberanía del pueblo” se prosterna en el polvo bajo la influencia de estos reyes del dinero, de estos magnates de los ferrocarriles, de estos barones del carbón y de estos propietarios de fábricas. Estas gentes tienen a los Estados Unidos en sus bolsillos, y lo que se alaba como una legislación sin obstáculos y elecciones libres no es más que pura farsa, ilusión  y trampa.
Si estas son las condiciones de la selva verde ¿qué podemos esperar del árbol viejo? Si la joven república americana, con su territorio casi ilimitado y sus recursos naturales casi infinitos, fue también fatalmente corrompida y arruinada en un lapso tan corto por el sistema capitalista ¿cómo puede sorprendemos el resultado del abuso de similar naturaleza que se perpetúa continuamente en la servil y podrida Europa?

En este momento, parecería que la joven república americana tiene por única y sola misión histórica la de demostramos, de una vez por todas, a la gente de los dos lados del Atlántico, gracias a la presentación de los hechos desnudos, tangibles e incontestables, que la “bestia de la propiedad” es un monstruo horrible y que ni la calidad de la tierra, ni la extensión del territorio, ni las formas políticas de la sociedad podrán jamás alterar la perversidad de este animal de presa. Por el contrario, los hechos prueban que cuanto menos la codicia individual y la rapacidad tienen razón natural de existir, más peligroso e inoportuno para la sociedad deviene ese animal. La “bestia de la propiedad” no es voraz para satisfacer sus necesidades, sino que ¡devora únicamente por el placer de tragar!

¡Que los que trabajan para vivir comprendan que este monstruo no puede ser domado, ni amaestrado, ni volverse inofensivo o útil al hombre, que sepan que la única salida posible es una implacable, despiadada y minuciosa guerra de exterminación! Tratarlo bien no sirve para nada. Desprecio e ironía serán los resultados a los que el proletariado tendrá que atenerse si, gracias a las elecciones, peticiones u otras estúpidas tentativas similares, pretende imponer el respeto a su enemigo jurado.

Algunos afirman que la educación general traerá los cambios, pero esta opinión común no tiene sentido. La educación sólo será posible si se destruyen los obstáculos, lo que no podrá darse antes de que todo el sistema actual sea destruido.

Pero no se piense que nada se puede o debe hacer por medio de la educación. Lejos de ello. Todo aquel que reconozca la infamia de las condiciones actuales tiene que alzar la voz para denunciarlas y, con ello, abrir los ojos de las gentes. Para llegar a este resultado hay que evitar solamente las reflexiones supercientíficas, dejémosle esto a los bienintencionados hombres de ciencia que de esta manera arrancarán la máscara de humanidad a la “mejor clase” y desvelarán el rostro repugnante del predador. El lenguaje necesario para el proletariado tiene que ser claro y enérgico.

Todo aquel que pronuncie discursos será acusado por la gentuza que nos gobierna de incitación al disturbio, será amargamente odiado y perseguido, lo que demuestra que la única educación posible y práctica debe tener naturaleza incitativa. Por lo tanto, ¡incitemos!
Mostremos al pueblo cómo los capitalistas de la ciudad y del campo lo desposeen de su fuerza de trabajo, cómo los propietarios, los comerciantes, etc., le quitan su pobre salario, cómo los curas de la cátedra, de la prensa y del partido buscan destruir su intelecto, cómo la policía está siempre dispuesta a maltratarlo, a tiranizarlo y a llamar a la soldadesca para derramar su sangre. ¡Que finalmente la paciencia lo abandone! ¡El pueblo se enfrentará y aplastará a sus enemigos!

La revolución proletaria, la guerra del pobre contra el rico, es el único camino que conduce de la opresión a la liberación.

Algunos afirmarán: ¡las revoluciones no se fabrican! Cierto, pero pueden prepararse dirigiendo la atención de las gentes hacia la inminencia de tales acontecimientos, llamándolas a estar preparadas para toda eventualidad.

El desarrollo capitalista, que muchos teóricos afirman que llevará a la extinción total de la clase media (pequeña burguesía) antes de que las condiciones favorables de una revolución social se encuentren al alcance de la mano, ha alcanzado un grado tal de perfeccionamiento que todo nuevo progreso parece casi imposible. La producción universal (en los países civilizados) sólo podrá proseguir a gran escala, tanto en la industria como en la agricultura, cuando la sociedad se organice sobre bases comunistas, y (lo que es una evidencia) cuando el desarrollo de la técnica se acompañe de una reducción de horas de trabajo y el consumo aumente con la producción.
Esto se comprende fácilmente. A través de la producción generalizada se puede alcanzar una producción 100 veces superior a la necesidad que los productores tienen de mercancías, de valor equivalente y es en este nivel donde se encuentra la fricción. Hasta hace poco, la plusvalía no ha sido objeto de mucha atención puesto que, de una parte, este supuesto beneficio fue capitalizado, es decir utilizado para crear nuevas empresas capitalistas, y de otra parte, porque los países más industrializados (mejor dicho: la “bestia de la propiedad” en esos países) exportan enormes cantidades de mercancías. Sin embargo, ahora el proceso comienza a andar de capa caída. La industrialización ha generado grandes progresos por todo el mundo, equilibrando cada vez más las importaciones y las exportaciones. Por ello es cada vez menos rentable hacer nuevas inversiones de capitales que, en esas circunstancias, sólo podrán revelarse rápidamente infructuosas. De ello derivará la crisis universal que hará reventar estas incongruencias flagrantes.

Por ello, todo está maduro para el comunismo. Es solamente necesario suprimir a los enemigos empedernidos e interesados: los capitalistas y sus instigadores. El pueblo se preparará, en el transcurso de estas crisis, para la lucha; todo dependerá, entonces, de la presencia de un núcleo revolucionario bien entrenado sobre todos los puntos, dispuesto a cristalizar en torno a él a todas las masas de gentes lanzadas por la miseria y la necesidad de trabajo hacia la rebelión, y capaz de dirigir las fuerzas poderosas que así se constituyen hacia la destrucción de todas las instituciones hostiles existentes.

¡Por tanto a organizar y hacer crecer en todos lados el movimiento socialista revolucionario, antes de que sea demasiado tarde! La victoria del pueblo sobre sus vampiros y tiranos será segura.

En lugar de desarrollar aquí un “programa”, es, bajo las siguientes condiciones, de mucha mayor importancia describir lo que el proletariado probablemente hará de forma inmediata, después de la batalla victoriosa para mantener su supremacía.

Al parecer, se hará lo siguiente: en cada comunidad local donde el pueblo haya ganado una victoria, se constituirán comités revolucionarios. Éstos ejecutarán los decretos del ejército revolucionario, que reforzado por los obreros en armas, dominará el mundo como un nuevo conquistador.

El anterior (presente) sistema, será abolido de la forma más rápida y total, si quienes lo sustentan -la “bestia de la propiedad” y su “horda de adherentes”- son aniquilados. La cuestión es así: Si el pueblo no los aplasta, ellos aplastarán al pueblo, ahogarán la revolución en la sangre de los mejores, y remacharán las cadenas de la esclavitud de forma más fuerte que nunca. Matar o ser matado son las alternativas. Por tanto las masacres de los enemigos del pueblo serán instituidas. Todas las comunidades libres entrarán en una alianza ofensiva y defensiva, mientras dure el combate. Las comunas revolucionarias deberán incitar a la rebelión en los distritos adyacentes. La guerra no podrá terminar hasta que el enemigo (la “bestia de la propiedad”) haya sido perseguido hasta en su último bastión y haya sido totalmente destruido.

A fin de proceder cabalmente en el sentido económico, todas las tierras y el así llamado patrimonio del Estado, con todo sobre él, así como el Capital variable, será declarado propiedad de su comuna respectiva. Hasta que la completa y armoniosa reorganización de la sociedad sea efectuada, la proclamación de los siguientes principios y medidas debe ser considerado satisfactoria.

Cualquier deuda pendiente se encuentra liquidada. Los objetos de uso personal que hayan sido empeñados o hipotecados serán devueltos. No se pagarán rentas. Comités por distrito, de habitación, de carácter permanente, proveerán de techo a quienes no lo tengan o tengan cuartos inadecuados e infectos; tras la gran limpieza ya no habrá déficit de casas habitables.
Hasta que cada uno pueda obtener un empleo adecuado, la comuna garantizará todas las necesidades vitales. Comités de abastecimiento regularán la distribución de los bienes confiscados. Si hubiera falta de cualquier cosa, que pudiera ser el caso en los artículos alimenticios, debe ser obtenida por los agentes apropiados. Tomarla de los grandes Estados vecinos, por columnas armadas de expropiadores, sería una de las formas más expeditas de proveerse de ellos.
La preparación de las provisiones podría ser hecha de forma efectiva por asociaciones obreras comunales, organizadas para tal propósito.

La organización inmediata de los trabajadores de acuerdo a las distintas ramas productivas, y poniendo a su disposición las fábricas, maquinarias, materias primas, etc., para la producción cooperadora, formarán la base de la nueva sociedad.
La comuna será -al menos por un tiempo- la medidora y reguladora del consumo. Por tanto, pactará individualmente con las asociaciones obreras, haciéndoles avances periódicos que consistirán en vales sobre la mercancía comunal adquirida y almacenada, dando el golpe de gracia al viejo sistema monetario.

Buenas escuelas, jardines infantiles y otras instituciones para la educación deben ser fundadas sin retraso. La educación de los adultos, que entonces será posible, no debe ser negada ni retardada. La verdad y el conocimiento serán enseñados en iglesias, en donde ya no se tolerarán los cánticos de los curas. Todas las imprentas estarán en servicio para editar libros, periódicos y panfletos de valor educativo por millones, para ser distribuidos en todas partes, particularmente en las regiones no liberadas de la servidumbre. Todos los códigos, archivos policiales y de los tribunales, registros de hipotecas, traspasos, fianzas y todos los otros llamados “registros de la propiedad” deben ser quemados. Estas indicaciones sólo sirven para mostrar que el período de transición, que generalmente espanta a aquellos que de otro modo abogarían enérgicamente por la reorganización de la sociedad y que se les aparece demasiado arduo y dificultoso, no sea de una naturaleza tan enervante.

Y ahora echemos un vistazo al ideal de nuestras aspiraciones.

La sociedad libre debe consistir en comunas autónomas, es decir, independientes. Una red de federaciones, el resultado de asociaciones sociales libres, y no de un gobierno autoritario o de ningún modo centinela, es una. Los asuntos comunes son atendidos de acuerdo a la deliberación libre y al juicio de los interesados de la comuna o de las asociaciones. El pueblo, sin distinción de sexo, se encuentra frecuentemente en parques o en salones adecuados, no para hacer leyes o atar sus propias manos, sino para decidir caso a caso en todas las materias relativas a los asuntos públicos, o para elegir a individuos a fin de ejecutar sus resoluciones, y para escuchar sus informes.

La apariencia exterior de estas comunas será por completo diferente de las actuales ciudades y pueblos. Las calles estrechas habrán desaparecido, las casas insalubres habrán sido derribadas, y palacios espaciosos y firmes, rodeados de parques y jardines, habrán sido erigidos en su lugar, acomodando a asociaciones grandes o pequeñas agrupadas de acuerdo a sus intereses afines, aumentando las comodidades a un grado en que ni el arreglo individual ni familiar pudiere hacerlo.

En el campo, la gente se concentrará más. Una comuna agrícola, con las conveniencias de la ciudad, tomará el lugar de múltiples villorrios. Habrá granjas unificadoras, en lugar de como hasta ahora han estado separadas, y la aplicación general de la agricultura y el constante mejoramiento de los implementos agrícolas y de los fertilizantes químicos, el creciente perfeccionamiento de los medios de comunicación y transporte, etc., habrán simplificado este proceso de concentración. El antiguo contraste entre campo y ciudad desaparecerá, y el principio de la igualdad ganará uno de sus más importantes triunfos.

La propiedad privada ya no existe. Toda la riqueza pertenece al pueblo o a las ligas comunales. Todos, en condiciones o no para trabajar, obtendrán los artículos de primera necesidad que requieran. La suma total de necesidades y bienes suntuarios regulará la cantidad de producción.
El tiempo de trabajo por individuo ha sido reducido a unas cuantas horas por día, porque todos aquellos que estén en condiciones de trabajar, sin miramientos de sexo, tomarán parte en la producción, ya que el trabajo inútil, dañino u otro de carácter similar ya no será hecho, y porque la técnica, la química así como otros medios auxiliares de la producción se habrán desarrollado gradualmente y se aplicarán universalmente. Con mucho, la mayor parte del día podrá ser gastado en el goce de la vida.

La más grande gratificación se encontrará en la actividad intelectual libremente elegida. Algunos utilizarán su tiempo de ocio en ayudar a sus compañeros, y estarán ocupados en el bienestar común. Otros lo harán en bibliotecas, donde se emplearán en asuntos literarios, o reuniendo material para lecciones educativas, o simplemente en estudios privados. Otros se apresurarán a asistir a los liceos, abiertos para todos, a escuchar ciencia. Academias de pintura, escultura, música, etc., ofrecerán oportunidades de educación a quienes quieran seguir las bellas artes.
Amigos de la infancia, especialmente de sexo femenino, se reunirán en los lugares de educación, donde, bajo la dirección de verdaderos mentores de la juventud, ayudarán en la crianza y cultura de la generación que crece.

La educación se realizará sólo en habitaciones ventiladas, iluminadas, y durante el buen tiempo al aire libre. Y para asegurar el igual desarrollo de la mente y el cuerpo, alegres juegos, gimnasia y trabajo se alternarán con los estudios intelectuales.

Los teatros y auditorios ofrecerán asientos libres para todos.

Los matrimonios forzados o arreglados serán desconocidos; la humanidad habrá vuelto al estado natural y no se constreñirá la ley del amor.

El vicio y el crimen habrán desaparecido con sus causas originarias, la propiedad privada y la miseria general.

Las enfermedades en gran medida habrán cesado, ya que los malos albergues, los talleres asesinos, los alimentos y bebidas adulterados, la explotación, se han vuelto cosas desconocidas.

El hombre por fin puede disfrutar su vida. ¡La “bestia de la propiedad” ya no existe!

Johann Most (1883)

 

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