Por: Pepe Gutiérrez-Álvarez
Fuente: Kaosenlared.net [12.11.06 ]
El cine ha sido la última gran manifestación cultural compartida por las masas, en particular las laboriosas. Permitía a mucha gente obrera acceder a horizontes culturales que hoy parecen cimas al lado de la caja tonta o de las videoconsolas y otras “japoboberías”, que decía Borges
(para Kaos en la Red)
El cine ha sido la última gran manifestación cultural compartida por las masas, en particular las laboriosas. Permitía a mucha gente obrera acceder a horizontes culturales que hoy parecen cimas al lado de la caja tonta o de las videoconsolas y otras “japoboberías”, que decía Borges.
Aunque nunca «me ví» como espectador, y la atracción hipnótica por las imágenes que desfilaban por la pantalla en aquella sala oscura era tal, que tampoco recuerdo haberme fijado en mis acompañantes, he visto fotografías del público que confirman lo que digo. Entre todas las vista me llamó la atención una tomada en un cine madrileño durante la guerra civil, cuando hubieron momentos en los que el público de la capital martirizada se negó a secundar el movimiento obligado por el sonido de las sirenas que anunciaban la llegada de los bombardeos, no quería a pesar de los requerimientos, abandonar la proyección, y permanecían allí con sus pupilas encandiladas, pensando quizás que era mejor morir en un momento de máxima ilusión y que la magia de la fábrica de sueños les iba a proteger del horror.
Esta candorosa inocencia se manifestaba en gestos tan sencillos como estar convencidos que lo que se veía allá era producto de la misma realidad, que podía existir un «montaje», o en la forma en que, no solamente los chavales sino personas que habían vivido mucha vida, expresaban su llamada de atención ante, por ejemplo, la traición que se avecinaba a las espaldas del chico o la chica, o riendo o llorando de la manera más integral, como a lo mejor no te permitía a hacer por timidez en el cada día, y que te permitía un cine en el que te sentías solo ante la imagen en movimiento cuyo sentidos eran más propios de otros mundos, los de los sueños y de la imaginación, que de este, tan mediocre, tan ruin y doliente, especialmente en las postguerra más larga que se recuerde.
En los sesenta, los cines de gran aforo surgieron en las barriadas obreras como hongos. Se llenaban durante los días laborables de familias trabajadoras que no se olvidaban de sus fiambreras, y a veces tampoco de sus botas o porrones de vino tinto. Durante los fines de semana no te podías arriesgar a llagar tarde porque entonces te podía tocar los primeros asientos, o los de los flancos, en los que más de una vez una buena película me costó una tortícolis de no te menees. A mediado de la década, el cine-club llegó a ser algo habitual en centros sociales y parroquias «progres», y en la segunda mitad se hicieron populares las salas de arte y ensayo con las versiones originales subtituladas y la oportunidad de ver las vanguardias, a Michelangelo Antonioni, Alain Resnais, Joseph Losey, etcétera. Quizás la manifestación más brillante del encuentro entre el cine y las generaciones «contestarias» lo pude conocer «in situ» en el París en el contexto del 68. La ciudad estaba repleta de cines de barrio. Algunos lugares, sobre todo en el Quartier Latin estaba repleto de estudiantes, y se podían ver películas comprometidas que aquí estaban archiprohibidas (como Viridiana), y también cine verde que no nos llegaría hasta después de la muerte del dictador. En cualquier diario se podía leer la programación de las dos Filmotecas, la de Trocadero que empezaba a funcionar a las cuatro, y sin no me equivoco, a las doce los días festivos; en la de rue d´Ulm, se comenzaba a las ocho. Cuando regresé París en 1974,en las barriadas ya no se daban los llenos de antaño.
Me dirán que en circunstancias análogas, parece que la necesidad de otras vidas paralela quizás fuese más acuciante que ahora. Es posible, aquellos eran tiempos en los que se hacía necesario soñar con otras vidas porque la vivida estaba hipotecada. Necesitábamos –nos decían– mano dura, la libertad era cosa del extranjero. Se vivía un intenso luto, en mi casa un huevo frito podía ser motivo de fiesta, la ropa y los calzados sobrevivían con remiendos, cuando se hablaba, habían muchas penas que contar. Es verdad, pero esto no quita que hubiese mucho calor humano, y que como vida paralela, la del cine podía ser maravillosa, y también enriquecedora, mucho más que los tebeos o cualquier otra cosa. Con una modesta entrada podías viajar hacia historias y realidades que, de otra manera, las habría ignorado, y dicho viaje además, te servía para tener cosas que contar en las conversaciones y referentes gratificante para montar tus juegos, cabalgando con una escoba mientras en tu imaginación eras un cow-boy como el de tal película.
Alguien me dirá: ahora se ve más cine que nunca. Pero ya no se trata de lo mismo. Creo que la pequeña pantalla resulta inexcusable para repescar títulos que no has podido ver en la grande, o para rememorar los que habías visto en esta, pero es otra cosa. No tiene nada que ver con ir al cine, salir de casa, soñar con las películas que vas a ver, conversar sobre como será (o fue), pagar la entrada, saludar a los vecinos, las luces se apagan, te quedas solo, y frente a ti, en un tamaño ante el cual te conviertes en un ser pequeño, desfilan las imágenes. Solamente en casos muy raros, la tele te puede ofrecer algo de ese sabor de boca. Estas allí delante del cacharro, dan una como podía ser otra, no hay intimidad, alguien entra o sale, están los malditos cortes publicitario. Los atentados de la programación contra muchas películas son de juzgado de guardia. Cortan escenas, cambian la música, mantienen versiones censuradas, sustraen el cinemascope de manera que la pantalla queda abombada cortando escenas, rostros que tenían que mirarse no se miran,los extremos resultan amputados, etc. Todo esto marca una diferencia con la pantalla grande y el cine que es abismal, de manera que mientras el cine en televisión es una especie de klenex que se olvida al día siguiente, la asistencia al cine puede alcanzar la categoría de acontecimiento inolvidable, al menos por muchas veces.
Se puede decir por lo tanto, que la singularidad cinéfila se enmarcaban en un ambiente en el que esta era una fiebre que se desarrollaba en diversos grados, o sea que podía darse dado a que hasta el espectador más sencillo podía crecer y pensar viendo obras maestras del Hollywood de unos tiempos en que cineastas como Raoul Walhs podían realizar hasta tres en un año, y dos más muy interesantes. Se ofrecía mucha paja, pero también buen trigo. Nada que ver por supuesto con la era del vacío que nos invade.
En esta quiero ofrecer unas cuantas notas para un posible cine-forum, el título escogido puede ser La última película (The last pictures/USA, 1971), la obra maestra de Peter Bogdanovich, que tuvo su continuación en Texasville (USA, 1990), ambas asequibles en DVD. Aunque se sitúen en los Estados Unidos, resultan metáforas que pueden ser aplicables a la historia de nuestro pueblo, como lo pueden ser de muchos otros en los que la vida social animada por la presencia enaltecedora de un cine, quedaría difuminada por la privaticidad impuesta por la banalidad televisiva. Aún siendo uno de los últimos directores que han hecho cosas «grandes» en el marco del decadente cine norteamericano, el propio Peter Bogdanovich insinúa claramente en el primer título la existencia de otra épocas en la que en el cine de un pueblo perdido era posible ver obras mayores con el sentido de la narración de un Elia Kazan, con la frialdady la magia de Alfred Hitchcock, la poesía de John Ford, con el dominio de actores de un George Cukor.
O más concretamente con la capacidad épica y de improvisación que rezumaba el último Howard Hawks evocado líricamente como «la última película» por Bogdanovich con unas escenas de Río Rojo (Red River, USA, 1948), la primera entrega de Hawks al «western», e inicio de un ciclo inigualable, que continuará con Río de sangre (Rhe big Sky, 1952) con Kirk Douglas, para seguir, otra vez y ya definitivamente con el John Wayne tardío y autoparódico en títulos de amplias resonancias hispanas: Río Bravo (1959), Eldorado (1967), para concluir con la menor de todas, Río Lobo (1974), realizada a los 74 años. Lo sesenta-setenta fueron como el canto del cisne del «western», pero también de los cines populares.
Ha sido necesario el paso del tiempo para echar en falta aquellas películas, y aquellos cines, y el surgimiento de un sentimiento de frustración, de nostalgia. Una muestra más del imperio de la banalización a que hemos llegado lo encontramos en el menosprecio de todos los colores del blanco y negro, de un tipo de fotografía que abarca seguramente el 70 o el 80 por % del mejor cine de todos los tiempos. Sometidos a «lo bonito», el blanco y el negro ha desaparecido prácticamente del formato vídeo, tanto es así que, como he podido comprobar personalmente, cuando escoges de alquiler un clásico de estas característica el dependiente o la dependienta se vean en la obligación de decirte: «Sepa que la que ha cogido está en blanco y negro». Es más que posible que semejante advertencia sea consecuencia de una reclamación anterior. No hace mucho, en medio de un debate radiofónico sobre la imposición del «color» en las viejas película blanquinegras por la multinacional Turner, la práctica totalidad de los oyentes opinaba que este sistema se había quedado «antiguo» (como si lo «antiguo» fuera sinónimo de malo, añejo, cuando, por citar un ejemplo,después del antiguo Egipto la civilización no ha hecho nada mejor en arquitectura, después de Grecia no ha hecho nada menor en escultura, y después del Renacimiento seguramente no se ha hecho nada mejor en pintura, etc).
En la medida que pasa el tiempo, en que contamos con una perspectiva, y con la afirmación de unos criterios estéticos sólidamente establecidos, cada vez queda más claro que, en lo que se refiere al cine popular, es difícil sustraerse de la nostalgia, y a la convicción de que la Edad de Oro del cine queda atrás . Desde entonces, está claro que se han hecho otras cosas no menos ricas y apasionantes, pero no ha vuelto a conseguir igualar ni de lejos monumentos del cine popular como los citados, entre otras cosas, porquelos cines como el de Texasville (o los de cualquier pueblo o barrio), dejaron de funcionar. En el camino se perdieron los grandes estudios en los que se congregaban a gran escala capital y múltiples talentos (directores, guionistas, fotógrafos, maquilladores, actores, músicos, coreógrafos, historiadores, etc), que permitían que día tras día se hicieran películas como las señaladas, a veces obras mediocres, a veces muy irregulares, y a veces obras maestras. Y habían cines que llevaban estas películas hacia el gran público, que hacían a su vez, que este gran público, compuesto por multitud de espectadores de todas las edades, entraran con el cine en un mundo apasionante, a veces embrutecedor, por supuesto, pero la mayoría de veces, enriquecedor de la fantasía, de los hábitos, de las inquietudes morales, sociales, culturales, políticas, amorosas, etc, etc.
No poca de esta nostalgia se desprende de The last picture show, por eso se ha convertido en una cult-movie, en una película de culto, emblemática. Sus sentimientos, sus frustraciones, acaban siendo los nuestros, vemos pues más de lo que hay, acercamos su historia y sus personajes a nuestro propio campo, Esto comporta, por supuesto, no poco sentimentalismo, y es natural. Aquellas fueron épocas en las que aprendimos a amar y sentir un forma particular de cine, a veces como una vida paralela a la que nos había tocado.Hay que volver a ver The last picture show en clave de aquí, y aunque la historia nos sitúa en 1951, con la guerra de Corea y con dos bombas atómicas que habían destrozado cuando menos el sentimiento de un país y ponía en peligro el de la humanidad. El cine se convierte en el refugio a la insatisfacción, la sala oscura sirve para olvidar una atmósfera opresiva que, quizá en esta ocasión más que en ninguna otra, resulta invivible, el cine es el último lugar donde además de sobrevivir pueden gozar, y también pensar. Las películas les afrentaba a otras realidad, a otras historia, y ahora todo es más mediocre,. Más mezquino, se vive al margen, lejos de los otros, encerrados con las glorias del consumismo, sin inquietudes ni conflictos colectivos, ajenos a los dolores del mundo, como pasivos electores, y carne de la telebasura….
Cuando Bogdanovich regresa años más tarde a la misma ciudad, Texasville (1990), casi con los mismos actores, muchos más ricos en dinero pero muchísimo más pobres como personas, la sociabilidad de antaño que tan rotundamente representaba el viejo cine, y la emoción cultural ampliamente compartida, ha sido ocupada por más coches, más miedo a la vida…Aquellos tiempos enlos que el pueblo se encontró con el cine como personas y como colectividad, y sufrió, amó, odio, soñó e imaginó combinando su propia realidad con la que la pantalla le regalaba a sus ojos más profundos, ya no existen. Pero no podemos llorar, si acaso podremos tratar de encontrar nuevas vías para volver a encontrarnos con nosotros y con el cine de nuevo, todo antes de seguir permitiendo que las play-station y el cine más estúpido sigan ”jivarizando” a más niños…
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