Violencia y medios de comunicación

Por: Federación Mujeres Progresistas
Fuente: http://www.fmujeresprogresistas.org

Es ya un lugar común, aunque no por ello menos cierto, resaltar el papel fundamental que los medios de comunicación desempeñan en la conformación de representaciones sociales, por delante incluso de otras instancias de enculturización y socialización tradicionales como la familia, la escuela o la iglesia.

Esta influencia de los medios de comunicación se caracteriza:

Por ser, en primera instancia, vicaria. Como señalaba McLuhan , los medios de comunicación son extensiones de nuestros sentidos y, como tales, nos permiten conocer a su través ámbitos de referencia a los que no podemos acceder a través de la experiencia directa. Su creciente importancia, sin embargo, hace que condicionen cada vez más también nuestra experiencia real y no sólo virtual; es decir, nuestra percepción directa del entorno cercano, de los otros próximos e incluso de nosotros mismos.

Por afectar, en primera instancia, al interés que los ciudadanos prestan a unos u otros ámbitos de referencia. Ese papel desempeñado por los medios en la llamada “fijación de agenda” (de modo que en muchas ocasiones puede decirse que aquello que no aparece en los medios no existe para la sociedad) se ve en ocasiones acompañado por su potencia como “productores de sentido” : el modo en el que los relatos difundidos por los medios de comunicación abordan un asunto (lo que dicen y lo que no dicen de él) establece una propuesta de interpretación de la realidad ya sea explícita o implícita, manifiesta o latente.

Ante el estímulo mediático, por tanto, los receptores no sólo reajustan sus conocimientos, sino también en ocasiones sus valores y sus comportamientos. Ello explica porqué es tan crucial en nuestra sociedad preguntarse por el tratamiento que los medios de comunicación ofrecen sobre los diferentes problemas sociales y sobre los efectos que ese tratamiento puede producir -o puede contribuir a producir- en la solución o agravamiento de tales problemas.

Ello explica también –según la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC)– porqué los medios de comunicación no pueden considerarse meros “espejos” de la realidad, meros interpretadores “de grado cero” sin ninguna responsabilidad sobre los contenidos que difunden más allá de garantizar dicha difusión. Por el contrario, la producción de sentido implica para los profesionales y los medios una función social irrenunciable: la de garantizar la formación de una opinión pública libre a través de la veracidad y el pluralismo, pero también la de contribuir a la cohesión social y a la satisfacción de los intereses (y no sólo de los gustos) de la ciudadanía a través de la defensa de los valores constitucionales y de la atención a las necesidades sociales.

En el caso de la violencia contra las mujeres (como en muchos otros asuntos), hoy parece imposible analizar las características y alcance de este fenómeno en sus aspectos psicosociales, socioculturales, jurídico-punitivos o sanitarios sin tener en cuenta también su presencia cuantitativa y cualitativa en los medios de comunicación; es decir, su tratamiento mediático. Ahora bien, ¿Cómo es esa imagen mediática dominante de la violencia contra las mujeres?.¿Cómo debería ser?.

Empecemos por convenir que, en todo caso, el tratamiento de la violencia contra las mujeres en los medios de comunicación presenta características discriminantes dependiendo de la clase de relato al que nos refiramos: información, ficción, entretenimiento. Cada tipo de contenido tiene sus requerimientos, se orienta a diferentes segmentos de público (o, al menos, a demandas diferentes de los mismos públicos) y construye un complejo mosaico de representaciones múltiples.

Dicho en términos psicoanalíticos, la información es el mundo del deber ser, del súper yo, de lo políticamente correcto. En ese mundo se denosta de forma casi generalizada la violencia ejercida contra las mujeres. Pero los medios, como Jano, ofrecen un mensaje con dos caras y antitético en el que, por otro lado, se veja constantemente a la mujer en la publicidad y en la pornografía.

La violencia está progresivamente presente en estos contenidos, y tal tendencia no se palia ni se ve compensada por el hecho de que en los anuncios o en las web para adultos cada vez aparezcan más mujeres agrediendo a los hombres, como ingenuamente alguien podría pensar. La mujer agresora, la estricta gobernanta, retroalimenta la imaginería erótica masculina y está en su mismo núcleo.

Algo similar puede afirmarse de las relaciones intersexuales mostradas en las series juveniles, en los programas familiares y en los más diversos productos de la cultura popular de masas como videojuegos, dibujos animados, canciones. En ellos lo habitual es la consolidación de la posición subsidiaria de la mujer con relación al hombre.

Pero volvamos de nuevo a la información, que constituye el motivo central de este apartado. Puede afirmarse, grosso modo, que el tratamiento de la violencia contra las mujeres, tal y como se configura en los discursos mediáticos basados en los acontecimientos de la realidad, viene caracterizándose en los últimos tiempos:

•Por una extensión de su presencia en los medios en tanto que objeto de referencia. El maltrato, las agresiones, los crímenes padecidos por las mujeres son noticia, cada vez interesan más desde el punto de vista periodístico.

Por una extensión de los formatos o géneros a través de los cuales se tratan esos acontecimientos. La presencia informativa de la violencia contra las mujeres no se circunscribe sólo al ámbito de las noticias, sino que ocupa cada vez más espacio/tiempo en las secciones de opinión (artículos, incluso editoriales); genera entrevistas y reportajes; da lugar a debates, y constituye un elemento importante en el desarrollo de los llamados reality-shows.

Por una extensión temática, de modo que su abordamiento ha pasado de circunscribirse al mundo de los sucesos (con los componentes de anomia, particularización y “judicialización” propios de este mundo) a incorporar también una representación del maltrato femenino como fenómeno social, con importantes derivaciones de carácter político-institucional y legislativo: la violencia contra las mujeres se ha convertido en una cuestión de Estado.

Esta evolución del tratamiento informativo ha tenido según la Asociación de Usuarios de la Comunicación, sin duda, consecuencias positivas: la violencia contra las mujeres ha entrado (como antes señalábamos) en la agenda de temas, se ha hecho visible como problema general más allá de unos u otros casos particulares.

Además, se ha conformado un cierto modelo axiológico de empatía con las víctimas, generado en gran medida por la presencia creciente de éstas en los medios como protagonistas con voz propia. Las declaraciones y opiniones directas de maltratadas, de colectivos de mujeres implicadas con el problema, es tan importante como la presencia de autoridades y expertos para conseguir no sólo informar, sino también generar una actitud positiva por parte de la sociedad en su conjunto y facilitar la asunción de determinadas habilidades sociales y el aprovechamiento de los dispositivos y recursos de atención disponibles por parte de las víctimas actuales y potenciales.

Pero también hay que señalar algún elemento negativo en este aumento de la atención mediática con respecto a la violencia contra las mujeres: su éxito como asunto de interés para el periodismo sensacionalista. Los llamados formatos de realidad (con los reality shows televisivos como punta de lanza, pero también las revistas especializadas en este tipo de información) han entrado a saco en este asunto a través de testimonios de víctimas, en algunos casos famosas o pseudofamosas, con un tono sensacionalista del que cabe preguntarse por sus efectos sobre la evolución del problema (o, al menos, de la visión sobre el problema) en el entorno social.
El tratamiento sensacionalista de la violencia contra las mujeres populariza el fenómeno, pero lo populariza en un determinado sentido: aquél que la investigadora Fernández Díaz denomina “violencia de consumo”. El valor añadido de realidad que tienen estos formatos se desperdicia al primar lo morboso, lo llamativo, lo más chocante frente al drama personal cotidiano de las agredidas. Éstas hablan con su voz, pero en muchas ocasiones no con sus palabras, enunciando un discurso enajenado, un guión determinado por razones productivas (la necesidad de mantener la audiencia) y por el escaso tiempo que se les dedica.

Como consecuencia de ello, la información que se ofrece es reduccionista, estereotipada cuando no caricaturesca. Se pretende conmover y “enganchar” al espectador, pero en realidad se le distancia desde el punto de vista de la empatía con la víctima. Se evita la identificación en favor de la proyección, convirtiendo al maltratador y a la maltratada en el “otro”. Por ello, a pesar de la coartada del “interés humano”, la utilidad de este tipo de tratamientos mediáticos a la hora de contribuir a la solución del problema de la violencia contra la mujer es, cuando menos, dudosa.

Un segundo aspecto de reflexión sobre el tratamiento informativo de la violencia contra las mujeres –dice la AUC– es la visión dominante que se propone sobre la naturaleza del problema y, muy especialmente, sobre sus causas. Aunque el nombre no hace la cosa, es muy significativa en ese sentido la polémica sobre la denominación del fenómeno, en modo alguno baladí. ¿Violencia doméstica? ¿Violencia sexista? ¿Violencia de género?. Cada una de esas opciones connota visiones e interpretaciones del problema diferenciadas.

Cuando los medios de comunicación hablan de “violencia doméstica” apelan sobre todo al entorno y al espacio de relaciones interpersonales en los que esa violencia puede virtualizarse. Pero la violencia doméstica, en puridad, afecta tanto a parejas (homosexuales y heterosexuales), como a padres e hijos, menores y ancianos, incluso permítaseme el femenino) a patronas y empleadas de hogar.

Lo que, de algún modo, significa diluir la especificidad del problema de la violencia contra las mujeres por ser mujeres en un ámbito más general y menos explicativo de ese fenómeno concreto.

Cuando los medios hablan de “violencia sexista” (o de su correlato, “violencia machista”), adoptan una posición más militante, sin duda bienintencionada, aunque cabría preguntarse si tal expresión es útil a la hora promover la conciencia sobre el problema o puede impedir la deseable asunción del mismo por parte de un importante segmento masculino, que rechaza reconocerse (con mayor o menor fundamento) bajo ese apelativo.

Por lo que respecta al término “violencia de género”, más allá de las críticas que pueda recibir desde diversos ámbitos, su principal ventaja está en que ayuda a asumir:

Que en la violencia contra las mujeres subyace un conflicto general que precede y trasciende a las situaciones particulares, basado en la construcción de la identidad: de la identidad masculina y de la identidad femenina.

Que sólo podrá actuarse eficazmente (vale decir, anticipada o preventivamente) contra la violencia de género si se asume la existencia de una distorsión previa y básica sobre lo que en nuestra sociedad se entiende por ser mujer y, sobre todo, por ser hombre. Distorsión que es perfectamente identificable en relatos de reproducción social tan cotidianos como pretendidamente inocuos: los cuentos que contamos a la infancia, los dibujos animados, los mitos antiguos y modernos, los eventos deportivos y, por supuesto, la mayoría de productos de ficción audiovisual.

Que en muchas ocasiones los casos más llamativos de maltrato, agresión y asesinato de mujeres son manifestaciones extremas, saltos cualitativos, de una tendencia general a la dominación por parte del varón que se explica por los atributos de la masculinidad. En nuestra sociedad, para ser hombre, hay que merecérselo, hay que ganárselo y, al mismo tiempo, existe siempre el riesgo de perder esa identidad. Y la identidad masculina puede perderse en la relación con otros hombres pero, sobre todo, en la relación con las mujeres. De ahí el odio, la rabia, la impotencia que generalmente cursa con las actuaciones del agresor. Esta es la verdadera clave, el núcleo fundamental de las razones de la violencia de género como categoría. Los aspectos concretos de la sintomatología, los motivos que el maltratador, que el asesino, pueda alegar, son en realidad excusas, pero no razones.

¿Qué elementos, de toda la reflexión anterior, se encuentran presentes en el actual discurso mediático dominante sobre la violencia de género?. Muy pocos o ninguno, en la medida en la que no hay, en puridad, un tratamiento mediático del agresor mínimamente aceptable. Su referencia verbal o icónica en las informaciones sobre actos de violencia ejercidos contra las mujeres es prácticamente inamovible. La repugnancia, el odio o la incomodidad que genera dar cuenta del violador, del asesino, del maltratador, convierte a éste en un ser mecánico, despojado de atributos de humanidad. Oculto tras el silencio o tras una mirada huidiza o desafiante, es el resultado de una construcción mediática que busca establecer sin fisuras la imagen del agresor y de la víctima.

En la biografía construida del agresor se observa además la desazón de tener que optar por presentarle como criminal o como enfermo, como psicópata o como psicótico, como malvado o como salvaje.

Se busca establecer que el agresor es alguien que no sólo no tiene (obviamente) razón, sino que tampoco tiene razones para actuar como actúa, lo cual, de acuerdo con lo arriba señalado, es más dudoso.

Llama la atención esta cortedad de miras en el tratamiento mediático del agresor, sobre todo por su ineficacia desde el punto de vista social. Si el agresor es sólo un psicópata, un malvado, una “mala persona”, si no puede avanzarse más allá en el análisis causal de su comportamiento, no sólo es inútil dicho análisis, sino también cualquier pretensión de reducir o impedir la violencia de género.

La Federación de Mujeres Progresistas, así como otras Asociaciones de Mujeres que atienden a las mujeres víctimas de malos tratos hacen un esfuerzo por transmitir a la sociedad que los maltratadores no son psicópatas, drogadictos o alcohólicos, sino que utilizan esas excusas para “legitimar” sus agresiones, y en muchas ocasiones, para eludir la condena, ya de por sí bastante benévola con la generalidad de los mismos, ya que más de la mitad de los que agreden a las mujeres, o incluso las asesinan, no llegan a pisar la cárcel.

Estas mismas Asociaciones, basándose en las estadísticas mundiales, que señalan que tan sólo un 3% de los maltratadores acaban una terapia y reconstruyen su personalidad, exenta de agresividad hacia las mujeres, no están a favor de las terapias a los maltratadores si éstas se hacen en sustitución de las penas por los delitos cometidos.

Asimismo, tampoco creen en terapias que tengan una duración de días, semanas, o pocos meses ya que consideran que la base del maltrato ejercido por los agresores está interiorizada en una personalidad basada en el control, el poder y la creencia de la superioridad de su sexo sobre el femenino, lo cual hace que el tratamiento tenga que ahondar en la de-construcción de la personalidad y en la modificación de los rasgos definitorios del carácter, cuestión que no lleva un proceso corto.

Por último, consideran que en todo caso, el presupuesto económico para la “supuesta rehabilitación” tiene que provenir de los fondos de Instituciones Penitenciarias y no del destinado a la atención de las víctimas.

LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

LA TELEVISIÓN

En una encuesta a la población europea y española, a la pregunta sobre el origen de la información que poseen sobre el tema el 97% responde que de la televisión, el 49,7% de los periódicos, el 51,8 de la radio y sólo el 16% de los libros, el 14% del trabajo y el 4,2 de formación propiamente dicha.

Esto nos da idea de la importancia que los medios de comunicación tienen en la formación de opiniones y la responsabilidad que ello conlleva a la hora de tratar esta cuestión social tan grave. Sin embargo, el tratamiento informativo resulta sumamente perverso.

Mientras el número de víctimas sigue aumentando, los medios de comunicación parecen perdidos en una red sensacionalista donde, más que en el análisis y la información de este asunto, parecen centrarse en el simple morbo y en la crónica amarilla.

La televisión está mostrando su faz más carroñera en la cobertura informativa de la violencia de género. Se seleccionan aquellas imágenes en las que abunda la sangre, la destrucción, la muerte en directo. Ofrecen como gancho la visión de una mujer recién acuchillada o con la cara hinchada y amoratada en la cama de un hospital.

El respeto al género humano debería poner fin a la venta y consumo de mercancías tales como sangre, dolor, lágrimas, sufrimiento… pero no interesa, en nuestro país las televisiones se han dado cuenta de que el maltrato “vende”.

No han podido resistirse a las rentables audiencias que proporcionan los paseos de algunas famosas supuestamente maltratadas por sus ex por los platós de los programas de entretenimiento. Este maltrato nunca se sabe si es cierto o no. En ocasiones, son parejas que han roto y deciden vengarse en público del otro además de llenarse el bolsillo.

Juegan con un tema tan serio como el maltrato y la televisión les da carta libre para ello. También proliferan otro tipo de programas en la tarde en los que se recogen los lamentables testimonios de las víctimas de la violencia doméstica (como gusta presentarlas).

Mujeres anónimas dispuestas a relatar su historia y regalar a los morbosos oídos del público detalles escabrosos que, por innecesarios, hieren en muchos casos la sensibilidad. A veces, a la invitada le brotan las lágrimas impidiéndole seguir, es entonces cuando la solidaria presentadora se aproxima a ella con gesto conmovido, le hace una caricia y le ofrece un vasito de agua.

Otra de las características de los llamados reality shows es entrevistar en la calle a vecinos del agresor cuyo testimonio muchas veces roza la “verdulería” además de no ser nada fiable ya que es muy probable que en la sociedad en la que vivimos ni siquiera se saludaran en la escalera.

Por otro lado, quienes construyen las informaciones sobre violencia de género saben perfectamente que la mejor manera de que las cosas sigan igual es informar sobre la violencia sexista como si se tratara de una suma de dramáticos sucesos personales en vez de cómo un problema ideológico y colectivo, fruto del sistema patriarcal en el que nos educamos mujeres y hombres.

Seguir utilizando términos como crimen pasional o compañero sentimental o frases como seguía enamorado de ella y no quería perderla, o tenía celos es, además de una grave ofensa, una manera de justificar el uso de la violencia de los hombres contra las mujeres, de dar carta de normalidad a los asesinatos de mujeres.

Además, se narra el suceso pero no el problema, se exhibe el efecto pero se esconde el motivo de fondo. Nunca se acude a fuentes conocedoras y estudiosas de la violencia de género.

LA PRENSA ESCRITA

Desde el nacimiento del periodismo moderno, los medios de comunicación se han llenado de noticias de sucesos. Con este nombre se conoce a las informaciones relativas a asesinatos, homicidios, violaciones, robos, agresiones, accidentes, etc. Es incuestionable que este tipo de hechos, que suelen combinar morbo, psicología, sociología y negros ecos literarios son tan llamativos para el público como la política o el deporte.

Algunas publicaciones especializadas como, por ejemplo, El Caso fueron en su época auténticos éxitos. Las personas que crean corrientes de opinión desde las páginas de los diarios banalizan muchas veces el problema de la violencia de género o se permiten el lujo de asegurar que se exagera cuando se habla de este tipo de violencia. El recurso más utilizado es culpabilizar a la víctima, eximiendo de responsabilidad al agresor. La búsqueda de justificación a los actos violentos es una constante en muchos artículos de opinión e incluso de información de los periódicos.

Así, podemos encontrarnos casi diariamente con artículos que atribuyen la agresión a un problema mental o a algún tipo de adicción. Si analizamos la prensa escrita podemos encontrarnos con las siguientes características:

Motivos inexactos como causas de las agresiones.
Contradicciones entre el titular de las noticias y el cuerpo de las mismas.
Estereotipos y prejuicios que justifican las agresiones y normalizan el comportamiento violento masculino.
Utilización de tópicos, refranes y dichos populares.

Tratamiento familiar y coloquial al referirse a las mujeres.
Minimización de las agresiones e incidencia en la mal llamada pasión amorosa como causa de las lesiones.

Es decir, muchas noticias insisten en presentar la agresión como un hecho aislado, como si fuera una consecuencia de la pasión amorosa de algunos sujetos, y no como un atentado a los derechos fundamentales de las víctimas.

La mayor parte de los medios de comunicación proponen este tratamiento sensacionalista y morboso, fragmentado, sin análisis ni seguimiento. Todo esto lo que hace es narcotizar a los lectores y por este camino la violencia aparece trivializada y minimizada.

NUEVAS TECNOLOGÍAS: INTERNET

En cuanto al ciberespacio hay un dato esclarecedor: si se escribe mujer en el buscador, la mayor cantidad de páginas que aparecen son pornográficas.

Hay 67.000 buscadores de sexo a partir de los cuales se abren 2.890.000 páginas de sexo, 41.700 para sexo y niñas y 66.500 para sexo y adolescentes. De este modo, el uso, consumo y circulación de los cuerpos sexualizados de las mujeres suscribe la organización y reproducción del orden social, en el que ellas nunca han participado como sujetos.

La pornografía, basada en la compraventa del cuerpo de las mujeres y la consideración del cuerpo como objeto y su sexo como mercancía, muestra a una mujer consentidora y manipulizable.

Por otra parte, en la red podemos encontrar juegos donde los participantes van sacando parches al cuerpo de una mujer que luego violan. En este mismo esquema se puede citar el caso de un hombre que, para vengarse de su mujer, puso su imagen en Internet transformándola en actriz sadomasoquista.

Con Internet asistimos pues al nacimiento de nuevas violencias sumada a la ya conocida violencia de la desigualdad.

Pero también podemos encontrar aspectos positivos. Se pueden citar muchos ejemplos de grupos que producen información independiente, alternativa, llena de contenido y de verdades a veces ocultas a la opinión pública. Así, hemos podido informarnos, por ejemplo, del feminicidio de Juárez, tan estratégicamente cubierto por los gobiernos responsables de la impunidad en la frontera mexicano-estadounidense. Esta información ha funcionado como herramienta para el cambio político, despertando movilizaciones, marchas, acciones, articulando la voz de las mujeres.

Otro ejemplo de esto es la creación de una red internacional de mujeres y economía solidaria, cuyo objetivo es alentar y promover los intercambios de conocimientos entre mujeres de diferentes continentes, implicadas en actividades de economía solidaria.

LA PUBLICIDAD

La Ley General de Publicidad de 1988 prohíbe todo anuncio que atente contra la dignidad de la persona o vulnere los valores o derechos reconocidos en la Constitución, especialmente en lo que se refiere a la infancia, la juventud y la mujer. Sin embargo, a la vista de los datos ofrecidos por el Instituto de la Mujer y las numerosas denuncias presentadas cada año por asociaciones de mujeres, de consumidores y sindicatos, los anunciantes no se toman la ley demasiado en serio.

Se pueden distinguir varios tipos de publicidad discriminatoria:

En muchos casos se utiliza nuestro cuerpo como reclamo sexual para vender un coche, una bebida, un perfume, etc.

Además, nos muestra un canon de belleza difícil de seguir, lo cual puede convertirse en un mensaje discriminatorio para aquellas personas que no se ajusten al mismo cuando se presenta como un requisito necesario para triunfar en lo social en lo sexual. En ciertos casos, la imagen de la esbeltez se presenta totalmente distorsionada, llegando al extremo de mostrar a mujeres muy delgadas quejándose de un exceso de peso. Esto puede ayudar al aumento del número de jóvenes anoréxicas.

Otro tipo de violencia en este ámbito es la llamada violencia identitaria, asociada a la construcción del estereotipo masculino en la publicidad. Se trata de la forma más tradicional de violencia publicitaria, y durante años ha dominado en una gran variedad de anuncios, desde el alcohol a los automóviles.

La violencia intimidatoria es la utilizada sobre todo en campañas institucionales destinadas a conseguir que no se haga algo. Se encuadran aquí pues los anuncios de prevención de la violencia doméstica. Muchas investigaciones señalan que ante este tipo de campañas la angustia bloquea cognitivamente al espectador y provoca, en ocasiones, un efecto contrario al que pretendía.

Debemos tener en cuenta que la publicidad y la ficción son los géneros comunicativos con más influencia entre la ciudadanía; influencia que, en el caso de la publicidad, no se limita únicamente a condicionar las decisiones de consumo, sino que también influye en la creación de estereotipos y prejuicios y en la conformación de actitudes, valores y conductas de carácter psicosocial.
EL CINE

El cine, desde sus comienzos, ha filmado con mucha dureza la violencia, que se ha visto acrecentada durante las últimas décadas. La violencia filmada contra la mujer refleja una actitud real de la sociedad, un documento fehaciente de la conducta humana y al mismo tiempo una denuncia contra esa misma situación de indefensión psíquica, física y cultural.

Si bien es cierto que todo se ha filmado, incluso la justificación de esa violencia, lo más normal es que el cine, con sus duras imágenes en muchas ocasiones, saque a flote una situación para que el espectador por sí mismo extraiga sus propias conclusiones, normalmente negativas al maltrato a la mujer en lo que ser refiere a la violencia física, no tanto, o mucho menos cuando la violencia es sexual o psicológica.

Otras veces, los mismos personajes de la película, defienden a la mujer, o ellas se vengan por sí mismas. “El manantial de la doncella” o “Sin perdón” son películas de castigo y venganza hacia quién maltrata a una mujer, en el primer caso una doncella violada y asesinada por unos bandidos, en el segundo caso basada en su totalidad en la venganza de unas mujeres que contratan a un pistolero por unas lesiones brutales producidas a una mujer en un burdel.

Una película muy significativa es “El color púrpura” en el que varias mujeres, maltratadas por sus maridos o amantes, van liberándose paulatinamente gracias a su solidaridad, a la educación o a la lectura. En muchos casos es la propia mujer la que hace su propia justicia (Thelma y Louise) vengándose de los agresores e imponiendo sus propias leyes. O en “Durmiendo con su enemigo”.

En cuanto a la violencia doméstica, el cine ha reflejado siempre lo que la sociedad de cada época ha vivido. El cine ha aceptado en ocasiones, como la propia sociedad, la figura decorativa o sumisa de la mujer, la dependencia de ella hacia el hombre. En otros casos, la mujer ha sido libre, dominante muchas veces, aventurera otras, malvada en muchas. La mujer en el cine ha tocado todos los papeles, pero fundamentalmente, los secundarios.

El cine ha reproducido también el lenguaje sexista, imponiendo la violencia que se transmite a través del lenguaje, cuando se reproducen los comportamientos de una sociedad en la que predomina la cultura y la ley del varón, cuando se presenta a la mujer como simple objeto sexual, expresando la relación de desigualdad entre hombres y mujeres, basando en la afirmación de la superioridad de un sexo sobre el otro; de los hombres sobre las mujeres, presentando a las niñas como personas que aprenden a ceder, pactar, cooperar, entregar, obedecer, cuidar aspectos que no llevan al éxito ni al poder y que son considerados socialmente inferiores a los masculinos, quedando las mujeres reducidas al espacio doméstico de la familia.

NUEVAS PROPUESTAS INFORMATIVAS PARA EL TRATAMIENTO DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Se defiende la conveniencia de utilizar la expresión violencia de género, ya que es la abstracción cultural a través de la cual se define con intencionalidad ideológica y política la discriminación funcional de las mujeres. Su uso en este ámbito fue pactado en el seno de Naciones Unidas, con motivo de la cumbre de la mujer de Pekín (1995).

La violencia contra las mujeres es una violencia ideológica, ejercida por aquellos varones que las consideran un objeto de su propiedad. Se deben evitar adjetivaciones y eufemismos para describir lo que no son sino atentados contra la libertad y la dignidad de las mujeres en vulneración de sus derechos humanos.

Es necesario huir del sensacionalismo y la frivolidad, evitando las descripciones detalladas en exceso, las imágenes escabrosas e impactantes, las figuras, que no aportan datos relevantes a la información pero producen más dolor a las víctimas y a sus allegados.

Respetar el derecho a las personas a no facilitar información ni responder a preguntas. No insistir ni acosar a las mujeres afectadas por la violencia o a sus familiares para obtener información o testimonios en contra de su voluntad.

Guardar el anonimato de los lugares donde habitan, ya sean sus domicilio o casas de acogida.

Sería interesante destacar el valor de las mujeres que denuncian malos tratos para no caer en la victimización.

No considerar la violencia de género privativa de un grupo social, ético, cultural o económico.

Renunciar, en debates, secciones y programas de opinión, a invitar a personas que no rechazen nítidamente la violencia de género.

No propiciar directamente la noticia de casos particulares a través de los medios si no existe una denuncia previa ante los organismos oficiales pertinentes.

Evitar que padecer o haber padecido violencia de género sirva como instrumento de autopromoción mediática y enriquecimiento personal.

Difundir que la violencia de género es expresión de la dominación de los hombres sobre las mujeres basada en la división social de funciones entre ambos.

Denunciar cualquier tipo de violencia de género en la publicidad y programación en los medios de comunicación y exigir la elaboración de un código ético que evite mensajes sexistas o permisivos con la violencia hacia las mujeres.

Combatir el lenguaje sexista y la degradación de la imagen de las mujeres.

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