Los intelectuales y el poder

Por: Terry Eagleton
Fuente: Rodelu.net (20.07.06)

¿Han desaparecido los intelectuales, como sugiere el hábilmente ambiguo título de Collini? ¿Ha sucumbido finalmente el distinguido linaje que va de Voltaire a Bertrand Russell con la desaparición de Edward Said?

Me apresuro a decir que hay muchas personas listas en derredor; pero no todas las personas inteligentes son intelectuales, y no todos los intelectuales son particularmente inteligentes. En un sentido general, los académicos son considerados intelectuales, porque comercian con ideas; pero los así llamados intelectuales públicos, aquellos que pretenden ser formadores de opinión y exegetas culturales son una casta rara y perpetuamente amenazada.

En una oportunidad, Raymond Williams comentó que la única cosa cierta sobre la sociedad orgánica era que siempre se había extinguido, y lo mismo se aplica al florecimiento de la intelligentsia. Michael Foucault proclamó la extinción del intelectual clásico al estilo de Sartre, aquél que se manifiesta con autoridad sobre cualquier cosa, desde la estética a la política, y se presenta como la verdadera fuente de verdad y de justicia. Foucault cree que, dada la muerte de las grandes narraciones, estas arrogantes criaturas deberían represarse para pasar a pensar a pequeña escala. Sin embargo, a pesar de la censura de Foucault, Jürgen Habermas, Pierre Bourdieu y Julia Kristeva siguen operando en ese espacio público, como si nunca hubieran oído hablar de que ese espacio ha sido clausurado.

Las lamentaciones por la desaparición de ese tipo de intelectual “generalista” forman parte del paquete de acciones negociables de los intelectuales generalistas. Para F. R. Leavis, sólo la mirada profunda y desinteresada del crítico literario está en condiciones de resistir las oleadas de vulgaridad lucrativa y de partidismo político provocadas por el siglo XX. Con todo, este proyecto, verdaderamente digno del Rey Canuto, ha sido abrigado un sin fin de veces antes. En la Inglaterra victoriana, Matthew Arnold arguyó prácticamente lo mismo, y un siglo antes, Samuel Johnson se había estremecido ya ante el colapso del conocimiento universal. A pesar de que Johnson se lamentaba de que no hubiera ya una mente capaz de abarcar una cultura crecientemente fragmentada y especializada, Samuel Taylor Coleridge y John Stuart Mill lograron con bravura precisamente eso. Una y otra vez, los intelectuales públicos se han enfrentado tan altanera como tenazmente al supuesto hecho de su propia reducción al silencio, a su derrota por consecuencia del debilitamiento de la esfera pública, de la rampante división conceptual del trabajo y -en nuestros días- del surgimiento de un nuevo y formidable poder formador de opinión pública que responde al nombre de “medios de comunicación de masas”.

Se supone que los británicos son particularmente hostiles a los intelectuales, prejuicio, éste, inseparablemente vinculado a la animosidad británica para con los extranjeros. En realidad, una de las más importantes fuentes de este fastidio anglosajón con los petulantes y los intelectuales fue la Revolución Francesa, que fue vista como un intento de reconstruir la sociedad en función de principios racionales y abstractos. Para los críticos de la Revolución, una colección de malquistados soñadores convirtieron a una nación entera en laboratorio de sus abominables experimentos intelectuales. Por el contrario, los resueltos pragmáticos británicos confían en la costumbre, el instinto, los precedentes, las reformas graduales y el robusto sentido común. Si algún día se decidieran a circular por el lado derecho de la vía, harían el cambio en forma gradual. Las clases medias británicas, según la teoría, nunca necesitaron grandes ideas políticas, porque se deslizaron gradualmente hacia el poder, en vez de tomar posesión de él por medio de confrontaciones revolucionarias. Cuando usan la palabra “intelectual”, generalmente ponen por delante un “sedicente” o “soi-disant”, alarmados por la posibilidad de estar obsequiando inopinadamente a sus enemigos el cumplido de sospechar que son inteligentes.

Uno de los objetivos del magistral estudio de Collini es deshacer la presunción de que los ingleses son una raza particularmente antiintelectual. Se burlan de los intelectuales, pero no tienen el monopolio de ese prejuicio. Además, no se puede entender que una nación que dio figuras de la talla de Coleridge, Mill, Shaw, Wells, Russell, Keynes, Huxley y Orwell haya carecido de intelligentsia. Collini hace polvo también el mito de que los intelectuales son siempre gentes de oposición. Por el contrario, Inglaterra tiene una herencia venerable de intelectuales conservadores, desde Edmund Burke hasta Roger Scruton. No hay nada en las ideas que les confiera el poder de colocar automáticamente a quien las abriga en una u otra posición, por preponderante que sea. Muchos intelectuales han sido fieles servidores del estado.

Lleva razón Collini cuando sostiene que hay un regustillo de individualismo romántico en la idea del último Edward Said: el intelectual no está sometido a reglas, es independiente, es un eterno forastero. Sólo es posible vivir de ese modo, cuando se tiene una base material en la misma cultura que se critica (en el caso de Said, un cargo de Profesor en la Universidad de Columbia). No veo en cambio razones para adherirme a la cínica afirmación de Collini, según la cual ese tipo de disenso es simplemente una forma de mala fe. ¿Es que William Morris, Sylvia Pankhurst y Walter Benjamín no fueron sino glamorosos buscadores de prestigio? El intelectual al margen del sistema, sugiere Collini, tiende, con autoindulgencia digna de mejor causa, a caricaturizar al integrado como circunspecto y cauteloso, bien conectado, convencional, conformista y falto de originalidad. Dado que muchos de esos adjetivos describen de manera harto precisa al propio autor, el acero de su sátira se ve ostensiblemente mellado.

Hay, de hecho, en este libro algo de perspectiva de Rey ante desfile. Collini tiene una pedante aversión por el análisis estructural, y parece desconfiar de casi todas las generalizaciones, hecha la salvedad de las suyas. Las polaridades son inevitablemente simplificadoras. Cuando percibe una antítesis, se apresura a buscar el término medio. Como tantos académicos de Oxbridge y con independencia de la brillantez de sus resultados, lo cierto es que se ha pasado la vida hurgando en las ideas de otras personas. Las sesiones tutoriales de Oxbridge fueron tradicionalmente un lugar en el que una parte -el estudiante- se tambaleaba ante una inmensa e inmanejable cantidad de ideas, mientras la otra -el tutor- lo interrumpía sarcásticamente traspasándolo a cada rato con la espada de su inteligencia desinteresada, para acabar despachándolo acaso más pobre, pero más honesto. Hay más de un toque de este tipo de ligereza escéptica en el texto Absent Minds, un libro para el que (a diferencia de lo que ocurre en la obra de Raymond Williams) el compromiso resulta finalmente irreconciliable con la complejidad. El enorme punto ciego del estudio -no hará falta decirlo- es la ausencia de crítica al liberalismo de clase media de su propia época. Al presentarlo como punto equidistante entre la derecha y la izquierda, se queda donde todos, instintiva y corpóreamente, imaginamos estar: arrojados en algún punto medio.

Aún así, aquí es donde el temple liberal de su autor salta más a la vista. Collini es un retratista habilidoso, y nos obsequia con algunos camafeos rebosantes de vívidos detalles de figuras como Collingwood, T. S. Elliot, Orwell, A. J. P. Taylor y Freddie Ayer, y con algunas reflexiones más generales sobre la historia y la naturaleza de la intelligentsia. A pesar de sus recelos frente a todo lo que huela a izquierda, no deja el libro de rendir un homenaje generoso al más polifacético de nuestros pensadores contemporáneos, el marxista Perry Anderson. Si bien el libro tiene la cautela y la fastidiosa falta de compromiso propia de Cambridge, ofrece también una buena combinación de análisis lingüístico y respeto por las ideas. Es un trabajo con estilo y fineza analítica, una demostración de ágil inteligencia para el ejercicio de las mismas virtudes liberales que defiende. Collini es un académico antes que un intelectual, pero su estilo literario combina periodismo y erudición, en la mejor tradición de la tradición que es objeto de su investigación. El libro tiene un talento sarcástico que se disfruta y, a pesar del nombre del autor, es tan inglés como un ritual de te a las cinco de la tarde. Tendrá una vasta audiencia de admiradores; en parte, porque es una excelente condensación de varias décadas de investigación y reflexión, pero también porque Collini nunca ha sido conocido por emitir opiniones que persona decente alguna pudiera considerar ni remotamente ofensivas.

El papel del intelectual, se dice, es hablarle al poder con la verdad. Noam Chomsky ha desmentido este cliché curialesco mediante dos tipos de argumentos. De un lado, el poder ya conoce la verdad; y está ocupado tratando de ocultarla. Del otro, los que necesitan la verdad no son los que están en el poder, sino aquellos a quienes el poder oprime. Collini muestra inseguridad con las nociones de poder y opresión; para él, la sociedad es simplemente un delicioso conjunto de opiniones y posiciones diversas que no tienen que ver con algo tan vulgar como el poder dominante. Sin embargo, su espléndidamente perceptiva investigación de la casta intelectual inglesa -con el agregado de un puñado de pensadores franceses y norteamericanos que viene a completar la cosa- será difícil de desbancar como el tratamiento definitivo del asunto..
 
 

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