Necesidad de utopías

Por: Alfredo D. Vallota
Fuente: www.nodo50.org

El intento de entender una sociedad se puede hacer en dos direcciones temporales. Ambas coinciden en el punto de partida, que es una descripción y apreciación del estado presente de la vida de una comunidad. Se diferencian en que, a partir de allí, una mira al pasado, a la historia, alo que fue, mientras que la otra dirige su atención al futuro, al porvenir, alo que vendrá. Como diría Sócrates, una mira al reposo de lo que pasó, la otra intenta ver el movimiento que puede Ser (Platón, El Timeo, 1127 b).

La primera, que tiene su exponente inicial en lso tiempos modernos en el Leviathan de Hobbes, busca las claves del presente en el tiempo ido, en el pasado, sea histórico, imaginado o revelado, tratando de poner al descubierto los principios fundamentales de la vida en sociedad, lo que pudiera ser el mito originario. Este acceso es considerado la vía científica, la que permite la crítica desenmascaradora y posibilita el análisis que puede ser sustento teórico de las normas con que se estructura la vida en común. Por esta vía circulan la mayoría de las actuales propuestas políticas, desde la democracia representativa hasta el alicaído socialismo, sea el real o el democrático.

Pero también ha existido desde antiguo la vía alternativa, aquella que considera a la sociedad en función de un fin, de un telos, de un futuro, deseado o esperado.En ella se agrupan los que se conoce como utopías, que etimológicamente quiere decir el no-lugar, en tanto que carecen de una localización en la que se realicen. Para muchos estos intentos deben inscribirse en el terreno de la especulación infundada o en el de la ficción literaria. Lo que no deja de tener su razón ya que las utopías siempre se han declarado por escrito y, precisamente, deben su nombre a T. More que en 15216 acunó el término para nombrar a la suya. Sin embargo, este carácter literario por medio del cual se describe un mundo irreal, o el hecho de que no pretendan elaborar teorías interpretativas de la realidad, no debe considerarse sinónimo de falta de racionalidad, o una arbitraria fiesta de la Voluntad como la llama Rigoberto Lanz, o que estén menos cargadas de presente que los desarrollos calificados como científicos. Lo que sucede es que su objetivo es diferente: las utopías pretenden construir un posible, un deber ser, un mito terminal, caracterizado por la ausencia de todo lo que en un momento consideramos negativo y en el que está potenciado todo lo que se valora positivamente. Por ello, es un posible que es un imposible si no se modifica drásticamente el orden vigente, que se interpreta como el causante de ese mal que se quiere erradicar. Bakunin, el anarquista del siglo XIX y opositor de Marx, proclamaba que sólo aspirando a lo imposible podemos hacer que lo posible se haga realidad.

De manera que el pensamiento tópico centra su interés en el futuro visto desde el presente, y no desde el futuro visto y desde y por el futuro mismo. Pero, no sólo que lo vislumbra, sino que lo piensa como una relación dialéctica o interactuante con el presente. De las situaciones de hoy surgen aspiraciones y propuestas para mañana, que a su vez son las que orientan la acción de hoy, modificando esas mismas situaciones que le dieron origen. T. G. Droysen, historiador hegeliano del siglo pasado, decía: Todo movimiento se desarrolla, en la historia, en la forma siguiente: el pensamiento, que es reflejo de las cosas como existen en la realidad, tiende a convertirse en la representación de las cosas como deberían ser. (Outline of the principle of History, citado en Manhei,, K. Ideología y Utopía, FCE. Mëcico, 1987, p. 175)

Esta pretensión de ir más allá del orden social vigente, al que Landauer llama topía (La Revolución, Tusquets Editor, Barcelona, 1977, p.27) y como preferimos entenderla ampliando la exclusiva referencia espacial, hace de las utopías nociones temporalmente trascendentes, que van más allá de la realidad presente, pero que, a diferencia del simple relato irreal o imaginario, pretenden influir sobre ella para transformarse de una ficción literaria en un verdadero programa de acción para los miembros de la comunidad que las adopta.

A partir de esta escueta presentación, seguramente un tanto vaga para los partidarios de la precisión lingüística a priori, trataremos de desarrollar algunas reflexiones acerca de la manera utópica de entender la sociedad. Esperamos que, a lo largo del artículo, se puedan alcanzar otras determinaciones, pero es esperanza y no promesa. Es muy difícil alcanzar gran precisión en lo que tiene historia, contenidos dispersos y en lo que se abren múltiples direcciones. Claro es que, en esa diversidad, podemos encontrar una permanencia de intereses, que no se limitan a aspectos de una cierta organización socio-política sino que tienen que ver con el tipo de relaciones que queremos tener entre los seres humanos, las emociones y sentimientos que aspiramos que predominen, la mentalidad que queremos compartir, el sistema simbólico general que nos congregue y la manera de entender al mundo, al tiempo y al devenir. Las utopías no son un tema que hoy está de moda, y ha sido así en el último cuarto de siglo. La década del 60 fue la última en que agitaron la vida de nuestra cultura. Eran años en los que una gran mayoría (y no la mayoría silenciosa precisamente) se atrevía con el futuro, se lo pensaba, se lo soñaba, se lo cantaba, se lo discutía y el afán de llevar la imaginación al poder convocaba a millones.

Esto pone de manifiesto otro carácter de la s utopías: ellas son colectivas y no personales, siempre se refieren a muchos y nunca a uno solo. Necesitan si un vocero, un poeta que las cante, un filósofo que las proponga, un cantor de sueños, pero son el discurso de un grupo, o un grupo debe hacerlas su discurso. Las utopías son un futuro posible, pero es el futuro de muchos y no de un individuo aislado. De hecho, todas las utopías literarias se refieren a comunidades, como la polis de Platón, las ciudades de More y Campanella, los grupos religiosos de los anabaptistas de Müntzer, los trabajadores socialistas utópicos del siglo XIX.

Si aunamos esta necesidad de un compromiso colectivo con la de imaginar un futuro incongruente con el orden prevaleciente, encontramos los factores que pueden explicar la ausencia de mentalidad utópica en nuestro tiempo. Claro es que todos tenemos deseos y aspiraciones, pero hemos desarrollado unamiopía temporal junto a una pérdida de sensibilidad colectiva, de forma que sólo alcanzamos a pensar en futuros cercanos y proyectos individuales. Nos hemos reducido a una vida cuasi-animal, de un puro presente, casi sin mañana en lo personal y sin un norte compartido, por lo que carecemos de una perspectiva que nos permita criticar lo que es, en tanto que no es lo que debería ser, ni plantear un deber ser que brinde el criterio para modificar lo que es. El futuro ha dejado de considerarse el resultado, todo lo condicionado que se quiera, del hacer de hoy, adquiriendo un carácter cuasi mágico. Tampoco se piensa el hoy como un paso hacia ese futuro colectivamente anhelado, y la crítica se hace por la crítica misma, que si bien puede ser útil para la destrucción, muy poco es lo que ayuda en la construcción. En este sentido, quizás el mejor símbolo de nuestro tiempo sea la tarjeta de crédito, con la que el futuro nos da un crédito para lgrar algo hoy, pero sólo es una deuda que secretamente desearíamos no pagar, pero que pocas veces se inscribe en un proyecto en construcción. Como decía H. Marcuse, … la satisfacción de necesidades que requieren continuar la carrera de ratas, para ponerse a la altura de los iguales y, con obsolescencia planificada, gozar de la libertad de no usar el cerebro, trabajando con y para los medios de destrucción. (El Hombre unidimensional, Ed. Seix-Barral, Barcelona, 1972, p. 270).

Claro es que, si bien las utopías están fuera de moda y puede que hasta se las menosprecie, tampoco parece que podamos abandonar impunemente el intento de pintar un cuadro común en el que queramos estar incluidos, y hasta que puede ser una necesidad aspirar a hacerlo. Debe llamar nuestra atención la debilidad que ha llevado a la caída de las más de 30 civilizaciones habidas en la Historia, que no fue otra que su incapacidad para generar imágenes dinámicas de futuro, como ellas mismas las tuvieron cuando emergieron y que perdieron al afianzarse en el poder y tornarse conservadoras y obstinadas. Las utopías son necesarias en tanto que son las que tensan desde el futuro la vida presente.

Poder acceder a las utopías requiere recuperar el carácter de hombres escindidos, de ciudadanos de dos mundos, o de dos tiempos. Ser habitantes de aquí-ahora y también serlo de aquí-mañana; ser herederos y miembros del mundo ñeque vivimos pero también ser miembros del mundo que vamos a parir. Esta parece ser una condición para enfrentar humanamente la existencia. Y recalcamos lo de humanamente, porque el hombre devino hombre cuando, en el indeterminado transcurrir de los acontecimientos, reparó en el mañana, en lo que cabe esperar e intentó actuar sobre él, modelarlo, ya sea a través de los dioses y/o por sí mismo. Esto es el centro de lo que llamamos cultura, que consiste en la previsión, en la providencia, en el esfuerzo de proyectarnos desde lo que es y lo que fue, a lo que todavía no es pero queremos que sea. La cultura no se limita al pasivo regodeo de los logros pasados, sino que incluye la activa construcción de lo que pretendemos alcanzar en el futuro.

Las utopías, entendidas como la aspiración a trascender las topías vigentes, siempre se refieren a ese futuro, cercano o lejano, que se piensa como diferente al presente al que hay que cambiar. El cambio es visto por algunos, como Landauer, como necesariamente revolucionario. Para otros, es posible un proceso que progresivamente incorpore el esfuerzo colectivo sin necesidad de apelar a la violencia revolucionaria. Pero, en ambos casos, el cambio es drástico e involucra una radical oposición la absolutización de alguna topía particular. Así visto, se pueden derivar dos consecuencias. La primera es que no hay una utopía, sino que hay utopías. A medida que una comunidad, grande o pequeña, hace su historia, cambia lo que considera deseable y lo que no. Mucho de lo deseado antes se alcanza o deja de serlo, surgen nuevas necesidades y nuevas aspiraciones, resultado de lo que se logra. Si consideramos a las utopías como la conservación y acentuación de lo que consideramos socialmente bueno y la eliminación o atenuación delo que consideramos malo que nos abruma, y dado que lo bueno y lo malo cambio con la historia, entonces cada época, cada condición, cada situación histórica, cada grupo social, desarrolla sus particulares utopías. No ha una utopía universal y para todos los tiempos, hay utopías diferentes para los diferentes aquí y ahora, porque el ser humano es un ser inacabado cuyo ser consiste en hacerse.

La segunda consecuencia es que de ninguna manera se puede considerar que las utopías sean anacrónicas. Al contrario, son sincrónicas con el momento histórico de la comunidad que las asume. Las utopías son hijas de cada presente histórico y, por ello, las que tengamos, o las que no tengamos, son un fiel reflejo, si no el mejor, de lo que somos y de cómo evaluamos eso que somos. Las utopías muestran tanto aquello que aspiramos como los medios que consideramos válidos para alcanzarlo, y lo hacen mucho mejor que cualquier análisis científico del pasado. Sólo conociendo la meta que perseguimos cobra sentido el lugar donde estamos, la crítica que hacemos y la corrección de lo que encontramos inaceptable. De otra forma, somos como perros que damos vuelta alrededor de un mismo lugar, antes de echarnos a dormir.

Cabe aquí una aclaración, o más bien una pregunta. Si las utopías proponen programas de acción para eliminar lo que consideramos malo ¿A qué nos referimos cuando decimos malo? De ninguna manera cabe identificarlo con lo que comúnmente se llama malo, que se refiere al mal moral, cambiante en cada tiempo y sociedad, circunstancial, casi una regla de convivencia, sino con algo que sea capaz de atravesar la historia. Por eso, al mal lo podemos concebir como lo derivado de nuestra propia finitud, que nos hace radicalmente distintos de la infinitud, del absoluto desde el que inadecuadamente la tradición nos mide. Entendido de esta manera, entonces las utopías no son otra cosa que el esfuerzo colectivo permanente y constante por superar esos límites e ir más allá de lo que nosotros mismos somos.

Hombres mucho más optimistas, confiados o ingenuos, abrigaron la esperanza de borrar todos los males, superar todos os límites, imaginando una divinización del hombre luego que se declarar la muerte de Dios. Pero si entendemos al hombre en tanto hombre, no como un pequeño gran dios en la Tierra, hemos de reconocer que siempre habrá límites, siempre habrá algo malo, porque de alguna manera lo producimos o resulta de nosotros mismos. Pero no son estos o aquellos límites, ninguno en particular, como pretenden absolutizar las mentalidades realistas. Los límites, como las utopías, con como la línea del horizonte que, a medida que nos acercamos, se aleja. A pesar de que estemos parados donde el horizonte estaba antes, desde este lugar se divisa un nuevo horizonte, una nueva frontera , una nueva utopía. La superación de límites, a los que siempre podemos poner en fuga pero están siempre presentes, trae nuevamente a colación la necesaria imbricación de lo individual con o colectivo. Cada uno de nosotros fija sus límites individuales dependiendo de los que se fija el colectivo y cada uno puede ir más allá de lo que lo constriñe si participa y cuenta con el apoyo de un colectivo, con cuyos miembros se integre, elija y conjugue esfuerzos en pos de metas comunes y empleando medios compatibles cuyo valor se comparta. A su vez, un colectivo adquiere sentido y puede proponerse objetivos más ambiciosos si su accionar se traduce en la satisfacción de cada uno de sus miembros en aquellos aspectos que originalmente le dieron cohesión.

La felicidad, ese estado de satisfacción en el que experimentamos, aunque sea fugazmente, la desaparición de límites por alcanzar una meta, sólo se puede lograr en la medida que lo trascendamos lo estrictamente presente y lo estrictamente personal. Nadie dice esto mejor que ese conspicuo defensor de la individualidad que fue John Stuart Mill, cuando en su autobiografía, escribe: Sólo son felices –pienso- quienes tienen un espíritu fijado sobre cualquier objeto que no sea el de la propia felicidad; en la felicidad delos otros, en el perfeccionamiento de la humanidad, incluso en cualquier arte o búsqueda, perseguida no como un medio sino como un ideal en sí mismo. Así, aspirando a otro cosa, se encuentra la felicidad en el camino.(Autobiografía, Espasa Calpe, Col. Austral 3 83, Buenos Aires, 1948, p. 77). Aspirando a otra cosa que no sea el afán egoísta y el presente inmediato podemos encontrar la felicidad. En otras palabras, se la encuentra aspirando al futuro con los otros, en una utopía compartida.

Decíamos que vivimos en tiempos sin utopías. Si, como también dimos, ellas son un reflejo de lo que somos y de lo que valoramos positivamente, el verdadero motor de nuestro hacer, individual y colectivamente, entonces cabe preguntarse ¿Qué somos? ¿Qué traduce esta ausencia de utopías? ¿Qué valoramos en lo cultural, en lo social, en lo ético y cómo saberlo? ¿Cuál es el contenido de las nociones de progreso y desarrollo? ¿Qué sentido colectivo tiene el trabajo, la educación si no aspiramos a nada y carecemos de metas por alcanzar?

En esta Tierra de Gracia, que es Venezuela, ninguna de estas preguntas tiene respuestas que impulsen el accionar y el interés común o individual. Al contrario, la figura que mejor nos representa es el personaje de Visen Martínez cuya norma de conducta era A medida que va viniendo, vamos viendo, que es una señal de una conducta puramente reactiva, sin proyecto, poco humana. Nos hemos transformado en ese tipo de hombre que A. Harendt llama animal laborans, el que trabaja para y por el consumo de lo que se ofrece, ni siquiera para el uso, porque hasta el placer de usar hemos perdido. De hecho, cada cosa poseída se la sufre más que se la disfruta, porque la mayoría de ellas nos es ajena al placer que querríamos tener, pero que ni siquiera somos conscientes de cuál sería. Y si no se trabaja, como le sucede a una gran mayoría, entonces es la miseria material y espiritual.

Por supuesto que son muchos los factores que nos han conducido a esta vida unidimensional, que cifra la perfección en ser sabios en casi nada e ignorantes en casi tgodo. Para mencionar sólo algunos, basta atender a los modelos que brindan los medios de comunicación, donde lo negativo es el paradigma y centro y lo positivo es anacrónico y obsoleto; o el ejercicio arbitrario, personalista del poder político destinado a satisfacer las demandas de un pequeño grupo que opera como una banda de delincuentes; o la actitud represora y autoritaria con que se dan las relaciones sociales, educativas y laborales; o la consideración del hombre como un simple instrumento de los afanes de lucro de entidades virtuales y despersonalizadas como son las grandes compañías.

Tomemos el caso de la educación. Se nos educa, y en eso se insiste, para el trabajo, quedando fuera de toda consideración atender a preguntas como las que hicimos antes e iniciaron esta reflexión. Pudiera ser que no tuviéramos las respuestas, pero entonces es bueno recordar la conseja de Catón de que nunca se esta más activo que cuando no se hace nada y nunca se está menos solo que cuando se reflexiona consigo mismo. No se está educando para el ocio, para la creación, que es la condición de posibilidad para cualquier invención, como la que necesitamos para responder a esos interrogantes. En lugar de educar para el ocio, se educa para su negación, el neg-ocio, que nos una única libertad, la de no usar el cerebro. Nuestra mentalidad, y sus representantes más connotados, los intelectuales, se han hecho conservadores, sea de derecha o de izquierda. No hay alternativas utópicas, los dos bandos se han hechos científicos, se apoyan en el peso de la realidad, como si hubiéramos alcanzado el fin de la historia. Se reprime la irrealidad, lo imaginario, los sueños, en beneficio de reacomodarse en un presente que se piensa eterno.

Ciertamente que la ausencia de construcciones imaginarias nos conducen a estimar el presente como inmodificable. En muchos casos, revalorizar el pasado como la única alternativa, olvidando los males que hicieron superarlo. Esto no puede ser sino calara señal de decadencia y caída, de sometimiento y dependencia, de pérdida de nuestra condicion humana más fundamental, ser libres. A pesar de que la historia se muestra plena de utopistas y sueños de visionarios que modelaron el presente, hoy pareciera que hemos reducido nuestras aspiraciones de futuro a recibir instrucciones, a materializar proyectos ajenos, a admitir los placeres que nos imponen, a experimentar emociones planificadas, tratando de lograr egoístas proyectos individuales necesariamente destinados al fracaso. Todo esto no significa otra cosa que admitir la muerte del espíritu y el retorno a nuestra condición animal, abejas laboriosas de una colmena.

Parece imperativo que debamos romper ese silencio utópico que nos embarga, recuperar esa esquizofrenia temporal para hacernos habitantes de hoy y de mañana. Sólo alcanzando esa locura divina, de la que habla Sócrates, puede advenir el bien a los hombres. Es menester recrea las condiciones para que surjan los poetas, los profetas, los visionarios o los filósofos que propongan una visión que pueda irrumpir en el presente-pasado histórico y nos abra las puertas del presente-futuro que hemos de construir. Así fue en el pasado y, aunque no siempre se siguió el camino señalado sin errores, las propuestas de aquellos utopistas configuraron lo que hoy somos.

Nunca mejor hubo mejor insulto que el que Marx y Engels profirieron a sus contrarios políticos: socialista utópicos, porque ¿Qué vida nos espera sin una utopía?

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