Aproximación a Utopía

Por: Manuel de Rivacoba y Rivacoba
Discurso de incorporación del Académico D. Manuel de Rivacoba al INSTITUTO DE CHILE

I

1. Antes de y para que podamos intentar acercarnos a Utopía, se hace necesario saber qué es y dónde está.
2. 
Para averiguarlo, parece sensato preguntárselo en primer término a sus creadores, a sus fundadores. En los albores mismos del utopismo, mientras Platón traza los planos de su República, ésta se nos descubre como un Estado bien constituido, sano, el verdadero Estado, el Estado perfecto, feliz, rebosante de delicias, donde la felicidad no es patrimonio de un pequeño número de particulares ni de un cierto orden de ciudadanos, sino del Estado entero, común a toda la sociedad, donde sus habitantes se hallan al abrigo de todas las miserias y pasan una vida mil veces más dichosa que la de los atletas coronados en los juegos olímpicos.

Algo menos de dos milenios más tarde, un Canciller de Inglaterra declarado santo sólo varios siglos después, nos cuenta de los habitantes de una isla que él conocía muy bien, porque se la había descrito por menudo uno de los solos cuatro o seis europeos que llegaron a ella y que vivió allí más de cinco años, que constituían “no sólo la mejor de las repúblicas, sino la única que puede atribuirse por derecho propio la calificación de república”, verda deramente feliz, la única verdaderamente feliz y, además, eternamente duradera, donde llevan una vida tranquila, alegre y placentera, exenta de preocupaciones y dolores incluso a la hora de laa muerte.

Cosa de ochenta años después, Campanella sabe por un marino genovés que había dado la vuelta a la Tierra y terminó en Taprobana, de la existencia de un pueblo oriundo de la India que vive en una ciudad, la Cittá del Soeé, perfecta en todo, desde sus trazas o disposición material, absolutamente segura frente a cualquier ataque y fértil hasta el último palmo de tierra, completamente ordenada, donde reina la amistad, no existe la fealdad y hay de todo en abundancia, todos son de natural dócil, están instruidos en todas las artes y permanecen constantemente activos, nadie carece de nada, “no ya de lo necesario, sino de lo que su capricho le pida”, ni ofende jamás a otro ni comete nunca excesos, casi no se conoce enfermedades y ninguno vive menos de cien años, o, dicho en tres o cuatro palabras, donde todos son felices.

Con la diferencia ahora de pocos lustros, nos transmite Bacon la relación de unos navegantes que surcaban el Mar del Sur hacia las costas de China y el Japón y que “en medio del mayor desierto marino del mundo” se encontraron la ignota isla de Bensalén, que él llamó New Atlanta, tierra santa y feliz, verdadera “tierra de ángeles”, abundosa así en bienes materiales como en los del espíritu y en rectitud moral, donde todos son dichosos, incluidos sus visitantes, cuyo contento era tal, que les hacía olvidar cuanto amaban en su país.

Y, sin que nos propongamos aquí, por inoportuno, hacer un recuento de las utopías ni una reseña pormenorizada del utopismo, persiste en todas aquéllas y en cuantos participan de esta mentalidad, como bien vuelve a ponerse de relieve, sobre todo, a finales del siglo XVIII y en el XIX —recordemos entre otras construcciones la República de los iguales, el Falansterio, Icaria y la Nueva Harmonía—, e incluso, a pesar de cierto dejo de insatisfacción y hasta de amargura, en las creaciones de nuestro tiempo, y les da sentido, la realización de la felicidad entre los hombres, en las sociedades humanas. Acerca de qué sea la felicidad, poseemos desde el siglo VI una fórmula muy conocida, la de Boecio, que nos ahorra muchos desarrollos y puede servir para adentrarnos en nuestro tema: Status honorum omnium aggregatione perfectus; o en palabras de su traducción renacentista por Alberto de Aguayo en 1518: “la bienaventuranza es un estado perfecto do se encierra todo bien”.

Aunque desde una perspectiva muy distinta, no difiere, en el fondo de esta definición, el pensamiento de Kant, cuando, respondiendo a la tercera pregunta sobre el fin último de la razón pura, “¿qué puedo esperar?”, y dado que todo esperar se dirige a la felicidad, la precisa como “la satisfacción de todas nuestras inclinaciones (tanto extensiva, con respecto a su multiplicidad, como intensiva, respecto del grado, como también protensiva, respecto de la duración)”. Esto nos muestra que la utopía es, en efecto, una creación de la razón, según reconoció el propio Platón. E1 mismo, al construir la República, solamente se propone construir “un Estado con el pensamiento”. Habla, o, tras de él, Sócrates, como hombre de razón y a hombres de razón. Es obra de ésta lo que dice, aunque teme que no se lo considere sino “un vano deseo”. Su Estado, por más que no exista ni vaya a existir y que su ejecución sea difícil, no tiene nada de imposible ni de quimérico. La mera razón dicta sus leyes, incluidas aquéllas tan rígidas y tan extrañas que prescriben la mentira en los magistrados cuando resulte útil para la sociedad, que someten los juegos infantiles a una severa disciplina o que proscriben la poesía. Y tiene que ser gobernada por esos seres de razón, que con sólo ella se elevan hasta la esencia de las cosas, que son los filósofos. Menos explícitos, los utopistas del Renacimiento y los posteriores, en revelar el método de sus construcciones, no deja de apreciarse claramente, empero, en éstas, que están elaboradas y gobernadas por la razón, por lo que gozan de un orden y una armonía absolutas.

En el pensamiento utópico hay, pues, un puro funcionamiento de la razón, y la utopía es una construcción meramente racional, sin ningún momento o contenido empírico. Así, carece de toda contradicción interna y resulta, por esto, posible, pero, al propio tiempo, completamente irreal. Tal ausencia de cualquier contradicción, o, lo que viene a ser igual, su perfección y armonía absoluta, asegura la felicidad, o acaso sea más exacto decir que se identifica con ella. Es, en efecto, un status perfectus, que, por serlo, encierra todo bien; supone la plena satisfacción, en extensión, intensidad y duración, de todas las aspiraciones, mas sólo eso, estado perfecto que comprende todo bien, satisfacción de todas las inclinaciones, son que pueda concretarse en ningún bien, en ninguna aspiración determinada. La sola idea de que se concretara en un bien, en la satisfacción de una inclinación, es incompatible con su sentido de plenitud y perfección. Su lugar no se halla sino en la razón, fuera, por tanto, del espacio y del tiempo. Utopía es también, por ende, Ucronía. Algo que es pura y totalizadora forma mental, y que, por consiguiente, carece de cualquier contenido, ha de ser algo absolutamente ordenado, o, más bien, el orden mismo, y, en consecuencia, absolutamente pacifico y absolutamente incorruptible, o sea, más que duradero, eterno. La utopía onstituye, en definitiva, una. objetivación de la idea de felicidad.

2. Como quiera que la felicidad consiste meramente en la noción de bienestar perfecto, absoluto, en una noción meramente formal, es en sí completamente inoperante y, por paradoja, también completamente insatisfactoria, si no se proyecta en los diversos aspectos del obrar y del existir humano, o, en otras palabras, necesita objetivarse con un cierto contenido por su aplicación a las distintas dimensiones de lo humano. La simple noción de bienestar, por más perfecto que éste sea, si no se concreta de manera objetiva en alguno de los órdenes que constituyen o por los que discurre la vida del hombre y se hace asi sensible o imaginable, esto es, perceptible, carece de todo sentido y virtud atractiva y, por lo mismo, resulta inane, no ya para saciar el conjunto de las aspiraciones humanas, pero incluso para cumplir la más modesta de ellas. De ahí, que haya de referirse a alguna de las direcciones o esferas en que se desenvuelve y realiza nuestra vida, con la consiguiente adopción de un contenido empírico, perdiendo de tal suerte en evanescencia cuanto gana en consistencia. Esta objetivación de la idea de felicidad se efectúa, a lo menos, de tres maneras diferentes, que, en un orden lógico, es decir, prescindiendo, por tanto, de aquel en que hayan ido apareciendo en el tiempo y de las imbricaciones en que se hayan producido en los procesos culturales, son el arte, la religión y la utopía.

En el arte el ser humano a solas consigo mismo crea una representación hermosa, cuya contemplación satisface su sensibilidad estética, le reporta una situación final, sin finalidad ulterior, y proporciona a su espíritu una complacencia plena y tranquila. Mas no se requiere grandes análisis para percatarse de las limitaciones de la creación artística y, por ende, de la insuficiencia del agrado que mediante ella se puede alcanzar.

Una religión suficientemente evolucionada, con una doctrina escatológica, en cambio, pone al hombre en relación con Dios y le asegura, no sólo la inmortalidad, sino también, cierto glorioso complemento, bajo determinadas condiciones, la presencia y posesión definitiva de lo infinito, o sea, la contemplación y el goce de lo absoluto, del ser y del bien por excelencia. Ahora bien, acerca de esta visión beatifica, cabe señalar que se halla remitida a una vida posmortal, en regiones radiosas, ciertamente, pero ultraterrenas, siendo inasequible en nuestro mundo y requiriendo para llegar hasta ella la aceptación de todas las imperfecciones y todos los sufrimientos de este valle de lágrimas; y que, precisamente por residir en un contacto inmediato con la divinidad, con lo absoluto, no puede consistir en ningún bien concreto que podamos percibir y enunciar, como corroboran, por lo demás, las figuraciones, ingenuas cuando no irreverentes, mas en todo caso poco adecuadas, con que a menudo se la representa, y, en otro plano, los arrobos inefables de los místicos, favorecidos con adelantos que acaban en deliquios, de delicias que a lenguas humanas no es dado expresar. Todo lo cual, sin que nos importe aquí la realidad de ese futuro de promisión, en una perspectiva netamente racional no significa sino el carácter sólo formal, carente de cualquier contenido preciso, de la felicidad que aguarda sin mengua ni tasa a quienes sepan merecerla.

Aplicando la idea de felicidad a la relación, más compleja, con los demás hombres, o sea, imbuyéndole una índole y un contenido social, se forja lo que podemos calificar de versión laica y cismundana de la religión, esto es, la utopía, la construcción mental, y no más que mental, de una sociedad perfecta, en la que cuantos la componen se ven libres de todos los males y disponen de toda clase de bienes, disfrutando de una ventura imperturbable. En seguida examinaremos si en ella se plasma y se logra la felicidad con el éxito que pretende.

La felicidad, si con no leve licencia así puede llamarse, que ofrece el arte, por servirse éste de recursos sensibles es limitada, pero a la vez posee una significación positiva, una entidad real. Por lo contrario, la que la religión y la utopía prometen, como ajena a la experiencia es más amplia, es omnicomprensiva, y aun llegará, traspuestas las barreras de este mundo, a lo infinito, a lo absoluto, a costa, empero, para ser completa, de resultar vacía.

El ser modos diversos de objetivarse la idea de felicidad, los hace poco compatibles entre sí. Por lo que en particular toca al pensamiento utópico y a la utopía, sin tardar comprobaremos que no son muy propicios ni para el desarrollo libre y original del arte ni para la espontaneidad y la efusión del sentimiento religioso. 3. Aunque parezca y sea reiterativo, entre los caracteres generales de la utopía hay que destacar como primero y fundamental la armonía, del cual, por lo demás, derivan todos los restantes; armonía, no sólo de sus integrantes entre sí y con la comunidad, sino también de ésta con la naturaleza. Hombre, sociedad y naturaleza quedan insertos así en el orden universal. Se advierte desde los inicios del género y aún cabria deducirlo a priori de la simple noción de utopía, pero se comprueba explícitamente en los textos de algunos utopistas decimonónicos, como Owen y Fourier. Para que impere tal armonía, es necesaria la existencia de un orden preestablecido, estricto y perfecto. Nada hay dejado al azar, a la improvisación ni a la iniciativa personal. Es acaso de lo que más se precian los utópicos. La República platónica se asemejaba a “la república de las abejas”. “En nuestro Estado y entre nuestros ciudadanos —se puntualiza en el libro quinto— reinará un acuerdo que será desconocido en todos los demás Estados. Y como dijimos antes, cuando sobrevenga un bien o un mal a alguno, dirán todos a la par: mis negocios van bien o mis negocios van mal”. En la Utopia de Moro “todo está ordenado y el interés público consolidado”, siendo las divergencias entre particulares “cosa rara”. En La Ciudad del Sol, después de lavar los pies y colmar de atenciones a los extranjeros que llegan, “les enseñan toda la ciudad, para que vean el orden que allí reina”; y, viniendo a nuestros tiempos, recordemos, entre otros ejemplos, el acabado orden del Mundo feliz de HuxIey. La existencia del orden, con su ausencia de diferencias y conflictos, supone un igualitarismo arraigado y riguroso. Precisamente, la igualdad extrema, o sea, la falta de cualquier peculiaridad que distinga a uno y pueda suscitar envidia o ambición en otros, garantiza el orden y, a su través, la tranquilidad, la paz, la armonía. Desde Platón se observa una decidida preocupación por impedir en la constitución de la ciudad ideal cuanto haga diversos a quienes la componen y por asegurar, en cambio, cuanto los identifique. Muchas centurias después, “quien ha visto una ciudad dee Utopía las ha visto todas, tan semejantes son unas a otras en cuanto lo consiente la naturaleza de cada lugar”, y Moro se lisonjea de que allí, “extirpados junto con los demás vicios los gérmenes de ambición y rivalidad, no hay peligro de estas discordias civiles que han causado la ruina de tantas poderosas ciudades”, llegando todos, para no diferenciarse en nada, a vestir de forma “invariable y constante para todas las edades” y con un color uniforme, “el natural de la tela”, de modo análogo a como en La Ciudad del Sol todos, hombres y mujeres, “usan un mismo atuendo” y “visten de blanco”, y “se castiga con la pena de muerte a la que trata de embellecer el rostro con afeites, o a la que se pone tacones para simular mayor estatura y alarga la falda para que no se le vean. Bien es verdad que no existe posibilidad ni de intentar siquiera tales extravagancias, pues ¿quién les va a proporcionar los medios para cometerlas?”. Donde se afina, empero, esta preocupación, hasta llevarla a una expresión y dotarla de una pasión insuperables, es en el seno de la Conjura de los iguales que se formó alrededor de Babeuf. A1 frente del Manifiesto de los iguales, que redactó Fierre Sylvain Maréchal, figura como lema este pensamiento de Condorcet en su Esquisse d’un tableau historique des progrés de 1’esprit humain: “Igualdad de hecho, último fin del arte social”; y luego se hace depender la felicidad común, que es el fin de la sociedad, de la igualdad real; se pretende “que no exista otra diferencia entre los hombres que la de la edad y del sexo”; se convoca a “que todo vuelva al orden y recobre su lugar”, y “que, al grito de la igualdad, se organicen los elementos de la justicia y de la felicidad”, y se anuncia que “ha llegado el momento de fundar la República de los iguales, ese gran hospicio abierto a todos los hombres”. O como dijo uno de los iguales, Philippe Buonarroti, en 1828, al escribir la historia de la Conspiración: “El fin de la revolución es destruir la desigualdad y restablecer la felicidad de todos”. Con más frialdad y prosaísmo, Cabet, doblado de Lord Carisdall, anota en su Voyage, de 1840, que, “convencidos profundamente por la experiencia de que no hay felicidad posible sin asociación y sin igualdad, los icarianos forman una sociedad fundada sobre la base de la igualdad más perfecta”, con las solas excepciones de aquellos casos en que tal igualdad les “es materialmente imposible”, vistiendo todos también con una uniformidad completa, “y de este modo no tienen cabida la envidia ni la coquetería”. De hecho, nadie ha impulsado la igualación entre los diversos sectores sociales ni entre los sexos antes ni más que los diversos utopistas.

A despecho de esta, más que preocupación, obsesión constante por la felicidad de cada uno, nada logra en la utopía menos relieve que el individuo. En su República, Platón permite que el Estado se agrande “cuanto pueda ser, pero sin que jamás deje de ser uno con perjuicio de la unidad”, y, sobre todo, ve su supremo bien en el lazo que liga a todas sus partes, identificándolas en dolores y alegrías, pensamientos e intereses, y haciendo así de aquél absolutamente uno, o, en otros términos, el Estado gozará de una perfecta armonía, cuando “todos sus miembros no constituirán, si puede decirse así, más que un solo hombre” En Utopía, según Moro, “toda la isla forma como una gran familia”; todos están “bajo las miradas de los demás”; aunque “tienen la facultad de comer en sus casas”, y lo hacen en los campos, “donde se hallan más aislados”, en la ciudad comen por gusto todos juntos, convocados “a toque de trompeta” y presididos por el sifogrante con su esposa y “dos ancianos de los de más edad”, en comedores comunes, donde “cuanto se haga o diga en la mesa es visto desde todas partes por los vecinos”; y, en fin, son contados los utópicos “que tuvieron ocasión de visitar otras tierras”, ni, dentro de la suya, pueden visitar otra ciudad sin “una carta del príncipe donde consta la autorización del viaje y se fija la fecha del retorno”. “Si alguien sale espontáneamente fuera de los limites de su territorio y es cogido sin poder presentar un permiso del príncipe, aprésanlo como fugitivo delincuente y es castigado con severidad. Si se atreve a reincidir, es reducido a la esclavitud”. En La Ciudad del Sol, a sus habitantes, librados de amor egoísta para consigo mismos, no les queda sino el que deben sentir “por los demás y por la colectividad”; “utilizan viviendas, dormitorios, camas y todo lo que les es necesario colectivamente”; “todas las ocupaciones, tanto especulativas como manuales, son comunes a los ciudadanos de uno y otro sexo, con la diferencia de que aquellas que exigen un esfuerzo considerable o grandes desplazamientos, como la labranza, la siembra, la recolección de frutos o el apacentamiento de ganado, se reservan al hombre, mientras que, en cambio, acostumbran dedicar a la mujer a labores tales como la trilla, la vendimia, la fabricación del queso o el ordeño de las vacas, así como al cultivo de los huertos no muy alejados de la ciudad y, en general, a toda suerte de trabajos ligeros”, y al ejercicio de la música, “‘porque la interpretan con más sensibilidad”; y lo que es más significativo: “casi nunca están solos”. Igual será, siglos más adelante, en Un mundo feliz o en 1984. El hombre de Utopía, de cualquier utopía, antigua o moderna, carece de espontaneidad, de originalidad, de intimidad; en una palabra, de personalidad. Esta falta de importancia, de perfil diferencial, en el individuo, se comprende que viene impuesta por la armonía, el orden y la igualdad. Un individuo diferenciado quiebra sin duda e incluso sin su voluntad la igualdad, tras ella el orden y en definitiva la armonía general; mas, de este modo, cada ciudadano no pasa de ser un elemento, miembro, instrumento u órgano del todo colectivo.

El designio de las utopías es francamente crítico de las sociedades existentes, y sin ambages se manifiesta en tal sentido desde el Renacimiento hasta nuestros propios días, sin excluir las utopías macabras de décadas recientes mas aún en algún caso en que su autor no fuera guiado por un propósito crítico como Platón, basta con trazar la figura del Estado ideal, para que por contraste, y siquiera sea de manera implícita, quede trazada asimismo su contrafigura y resalten los defectos de ésta en relación con la perfección de aquella. Por lo demás, siempre lo perfecto es mensura de lo imperfecto; o absoluto de lo relativo; el deber ser, del ser, y quizá sea ésa, y no otra, su verdadera entidad y función.

Como sociedad perfecta y feliz que es, Utopía es quieta, tranquila; en Utopía todo se encuentra en reposo, no ocurre, no sucede nada. En la República platónica los gobernantes habían de vigilar, como fundamento de una educación y de la prosperidad del Estado, para que no se hiciera innovación alguna ni siquiera en la gimnasia o en la música, y no debía alabarse ni introducirse ninguna alteración; no había disensiones, y hasta los guerreros gozaban “de una paz imperturbable en virtud de las leyes”. Por su parte, Moro cuenta que “los utópicos conviven amablemente sin que ningún magistrado sea insolente o terrible. Llámanles padres y merecen ser llamados así”. Como no podía ser menos, los solares “nunca cometen excesos”. Y, por no abundar en referencias, bástenos al respecto con reparar en que, a pesar del detalle con que conocemos cada utopía, en ninguna sabemos de vicisitudes en su devenir, y que, pese al inmenso desarrollo que alcanzan en ellas todas las ciencias y la importancia que se confiere a su enseñanza, en ninguna se cultiva la historia ni aún se la menciona.

En su lugar, poseen un agudo sentido prospectivo y suelen ser pródigas en anticipaciones de descubrimientos científicos y, en particular, de invenciones técnicas que ayuden a ahorrar esfuerzos y a la comodidad de la vida en general, hasta el extremo de que alguna, como la de Bacon, más que otra cosa parece un larguísimo y minucioso repertorio de profecías acerca de los logros que en este orden había de alcanzar en pocas centurias la humanidad. Lo cual se compadece muy bien, por lo demás, con la admiración y confianza que ya vamos a ver que el utopismo supone en las ciencias naturales.

Otro rasgo característico de las utopías, básico para la estabilidad e invariabilidad que ostentan, es constituir comunidades aisladas y reducidas, de difícil acceso, población constante y homogénea, y escasa comunicación con el exterior. No obstante que en Platón predomina el filósofo sobre el narrador y, por consiguiente, pone todo su afán en determinar las leyes esenciales por las que se debe regir su República, sin cuidarse de describirnos los parajes en que se halle situada ni cómo sea, recomienda que el Estado “no sea demasiado grande ni demasiado pequeño” y que los magistrados arreglen “el número de matrimonios a fin de que haya siempre el mismo número de ciudadanos”. Más cronista, Moro describe con morosidad y delectación el emplazamiento de Utopía, en una isla cuyo “perímetro, de quinientas millas, parece trazado a compás, y ofrece en conjunto la forma de Luna en cuarto creciente”, protegida por escollos y bajíos que la hacen casi inaccesible; y recuerda que en un principio aquella tierra era más bien una península, cuyo itsmo, empero, fue hecho cortar por Utopo, el fundador de la nueva nación, que introdujo allí la cultura y de quien tomó el nombre, que antes era Abraxa. Nos cuenta, asimismo, que “la isla tiene cincuenta y cuatro ciudades magníficas y espaciosas, conformes en lengua, costumbres, organización y leyes y también en distribución y aspecto en cuanto lo permite el sitio”, distantes entre sí, las más cercanas, veinticuatro millas, y ninguna tan remota que no pueda llegarse a otra. “andando por espacio de un día”; y, aunque no nos proporciona la cantidad de sus habitantes, es fácil calcularla mediante sencillas multiplicaciones a partir del número de miembros de cada familia, de las familias que representa cada uno de los doscientos sifograntes o protofilarcas de cada ciudad y del número de éstas, resultando asi algo menos de cuatrocientos ochenta mil en cada una, que constiltuye una unidad política casi completa, y un total de veinticinco millones novecientos veinte mil para el país en su conjunto, más una cantidad indeterminada, si bien no excesiva, de esclavos- Pero lo verdaderamente interesante es la política demográfica que guardan, procurando, por diversos medios, “que la población no disminuya ni aumente en demasía”. La Ciudad del Sol es aún más armónica en su disposición y más inexpugnable frente a cualquier ataque o asedio, mas por su propia configuración no puede ser populosa. Nueva Atlintida, además de estar escondida por un mar inmenso, prohibe celosamente la entrada de extranjeros, salvo la humanitaria excepción para los que lleguen en arribada forzosa. Cada Falanterio no se extenderá más de una legua cuadrada y cobijará de mil quinientas a mil seiscientas personas. En The book of New Moral Worid Owen organiza a los hombres en lo que denomina núcleo social, que debe comprender un terreno tan extenso cuanto convenga para que pueda ser cultivado en cuatro secciones equidistantes de cada parte del centro industrial, donde mora la población, y cuanto se necesite para abastecerla cada año con una cosecha abundante de todo lo preciso y útil a fin de precaver a todos, no ya de la pobreza, sino del temor de que sobrevenga; y la población debe ser fijada conforme a las mejores posibilidades de producción y distribución, educación y gobierno, o sea, entre quinientas y dos mil personas. Su propia Nueva Harmonía no era más extensa ni más poblada. Y todavía en 1887 la mirada de Edward Bellamy en Looking Backward no traspasa para el año 2000 los confines de Norteamérica. Con sus pretensiones menos serias y elevadas y su tono más irónico y delicioso, tampoco son de olvidar los obstáculos, desde el río de corriente terrible y las montañas abruptas hasta las estatuas espantosas, que impedían penetrar en Erewhon, ni la aventura a que se vio obligado Samuel Butler para escapar de allí por los aires con su amada Arowhena. Hay que llegar a Joseph Déjacque, con L’Humanisphére, que con acierto ha sido calificada por Cappelletti como “una utopía olvidada”, escrita en Nueva Orleans entre 1856 y 1858 y publicada con penuria y paciencia en las páginas de Le libertaire, periódico socialista que su mismo autor sacó con esfuerzo en Nueva York de junio de 1858 a febrero de 1861, para contemplar a la humanidad viviendo feliz en una organización federativa de humanisferios simples, comunales y continentales que culmina en el humanisferio universal. Este humanisferio no es superado, ciertamente, ni por las oníricas y placenteras News from Nowhere, de Williams Morris, a finales del siglo pasado, ni, menos, por la complejidad compulsiva de sucedáneos y consignas del Brave new world, de Aldous Huxiey, en los años treinta del actual, a pesar de las dimensiones también universales de las unas y del otro. Desde un punto de vista histórico, se comprende que en la época de las ciudades-estado Platón concibiera la suya como una polis griega, sin nada de especial sino su perfección, y que en los siglos XVI y XVII, con el doble modelo de las repúblicas italianas y de los Estados nacionales, la mentalidad de los utopistas vacilara entre la imagen de una ciudad con rasgos aún medievales y la de una sociedad ya moderna y más amplia; pero no es tan comprensible que en el XIX, con el precedente, que debiera ser estímulo, de vigorosos esfuerzos por hacer saltar las fronteras y afirmar la comunidad fraternal de todos los hombres, se siga conformando Utopía como una unidad política cerrada y pequeña. Sin embargo, desde un punto de vista racional, que es el que prevalece en todo el utopismo y al que hay que atenerse para entenderlo, se explica la preferencia por una concepción que cabría llamar claustral, porque refuerza en lo interno la cohesión y el equilibrio y hace imposible que se introduzca del exterior cualquier germen de disolución. El extraño constituye siempre una innovación, un elemento de perturbación; y no será ocioso recordar cómo en los pueblos primitivos, de población muy reducida y a la vez y por ello muy coherente, la humanidad y, por tanto, la protección del grupo no se extendían más allá del grupo mismo, y era punición grave y común la expulsión del infractor, que éste perdiera la paz.

En último término, es característico también de Utopía que no tenga o se le adivine fin; y, en efecto, aquella de que le hablaron a Moro un día en Brujas después de comer era “eternamente duradera”. Lo cual, en el fondo, no es extraño. Siendo, la comunidad perfecta y feliz, más que un agregado o un compuesto, un todo substante y único; consistiendo en una situación de reposo y paz infinita, de bienestar absoluto, no puede haber nada en ella que la altere, es incorruptible, no admite por su propia entidad o concepto desintegración ni disolución, es perpetua. Sólo Platón, con la sagacidad de su espíritu helénico, más afecto a lo limitado que a lo infinito y absoluto, prevé, sí, que “es difícil que la constitución de un Estado como el nuestro se altere; pero, como todo lo que nace está destinado a perecer, nuestro sistema de gobierno no subsistirá eternamente, se disolverá algún día”. Un día los “magistrados, por hábiles que sean y por mucho que los auxilien la experiencia y el cálculo, podrán no fijar exactamente el instante favorable o contrario a la propagación de su especie. Se les escapará este instante, y darán al Estado hijos en épocas desfavorables”; hijos que despreciarán o resistirán la debida educación, y los magistrados que se escojan entre ellos carecerán del talento de discernir la índole de los hombres, se mezclarán las generaciones y “resultará de esta mezcla una falta de conveniencia, de regularidad y de armonía, defecto que allí donde aparece engendra siempre la enemistad y la guerra. Este es el origen de la escisión en todas partes donde surge”. 4. Indudablemente, es lícito adoptar fundamenta divisionis diversos y fundar sobre ellos clasificaciones y obtener así clases de utopías diferentes. Por ejemplo, sería muy interesante analizar, según un criterio literario, cómo el género utópico reviste en su expresión distintas modalidades, y, con arreglo a un criterio histórico, las categorías que se den por la influencia que reciban y la que ejerzan en el medio que las rodea. Pero estimamos más oportuno ocuparnos, en esta ocasión, de sus especies por la relación en que se encuentren con el pensamiento y las realidades morales y políticas.

En este terreno, hay utopías puramente especulativas, que no se proponen sino establecer las condiciones y principios abstractos de la sociedad ideal, sin miras ni siquiera esperanza de que su pensamiento tenga proyección alguna ni su construcción se realice. La más característica es la República platónica, completamente posible, en el sentido de no envolver contradicción que frustre su plan, pero sin el más mínimo designio de que vaya a existir. Su perfección no sufre mengua por el hecho de no realizarse, ni de que jamás vaya a aparecer sobre la tierra ni a ver la luz del día. “Poco importa que tal estado exista o haya de existir algún día”; lo cierto y lo que vale es que constituye el modelo que mora en el cielo de las ideas, y el único Estado que el pueblo consentirá gobernar y en que el hombre de bien merece vivir.

Otras, a las que llamaremos desiderativas, están trazadas, no con la conciencia de alcanzarlas, pero si con el anhelo de que se realicen, aunque sea tardíamente, tras largo y penoso proceso, en un futuro remoto que sólo cabe imaginar de ningún modo vislumbrar ni aun augurar, cuanto menos asegurar. Tales las de Moro y Campanella. La organización que se dieron los utópicos y muchas novedades que encierra su república, desea más que confía, el primero, “ver en nuestras ciudades”, si bien “no es posible —aclara— que las cosas vayan perfectamente a menos que los hombres sean todos buenos, cosa que no espero que suceda hasta dentro de muchos años”; y el fraile calabrés suspira con nostalgia por la renovación del mundo con la expansión a todo al de la monarquía solariana, cuyo advenimiento depende de una magna conjunción de los astros

Otras, eminentemente operativas, son obra de la fe, que mueve montañas. Han sido, más que concebidas, edificadas, bajo la poderosa convicción de que se las puede llevar a la práctica a la vuelta de un tiempo corto, quizá de pocos años. No son creaciones intelectuales; son herramientas para elaborar y tal vez armas para conquistar una transformación definitiva, plena y feliz del hombre y de la sociedad y su organización y gobierno, acaso incluso suprimiendo éste. Tienen una decidida vocación moral, de modificar la entidad de los seres humanos, y política, en el sentido de social. Pensemos en la mayor parte de las utopías decimonónicas; en el estadio radiante que, aun difiriendo las doctrinas en la manera de entender el curso de los acontecimientos, como ocurre con el anarquismo y el marxismo, coronará sin duda, según sus creadores y sus adeptos, procesos sociales y políticos muy agudizados en la actualidad; pensemos en Déjacque, cuyo libro, en sus propias palabras, “no es una obra literaria, es una obra infernal, es el clamor de un esclavo rebelde”, “es acero forjado en octavo y cargado de fulminato de ideas. Es un proyectil autoricida que disparó en cantidad de mil ejemplares sobre el pavimento de los civilizados”, “no es un escrito, es un acto”.

Esclarecer el condicionamiento y las razones concretas que dan lugar en el tiempo a una u otra de estas especies de utopías requiere una investigación de carácter principalmente histórico, a la que no podemos entregarnos aquí. Todavía se debe distinguir otras utopías, sarcásticas, escritas con espíritu cáustico, si no mordaz, y la mera intención, deliberada y patente, de poner de relieve incongruencias y defectos de las sociedades contemporáneas, aunque puedan abrigar el designio inconsciente o encubierto de corroer sus cimientos. Así, señaladamente, por no referirnos sino a las ya citadas, Erewhon. ¿Y qué decir de las utopías macabras de hace apenas unos decenios, obsesionadas por los peligros y la tragedia que acarrea a la humanidad la realización en determinados países, avanzado ya nuestro siglo, de ciertos trazos utópicos, como una regulación rígida y cerrada de la comunidad, un acusado igualitarismo, la inmersión del individuo en el todo social, la acción providente de éste sobre sus integrantes, inclusive la imposición forzada de la felicidad? Tenemos en la mente Un mundo feliz, de Aldous Huxiey, 1984, de George Orweil, El mundo de los acusados, de “Walter Jens, y otras menos originales o valiosas. ¿Cabe, sin faltar a postulados elementales de la lógica, calificarlas de utopías?, o son, más bien, antiutopías ?

II

1. Los planes de una sociedad ideal, feliz en sí y que proporciona felicidad a todos sus miembros, no pueden contentarse con elaborar la noción y señalar los principios y caracteres generales, y menos, si, en vez de reducirse a una actitud especulativa, contemplan su creación como algo deseable o, extremando la confianza, asequible, sino que, entonces, han de objetivar su construcción mental, dotándole de un contenido concreto y delineando con pormenores las instituciones, las costumbres, el marco material, y, en una palabra, la vida que se llevará en Utopía, aun a riesgo de desmentir con ello su perfección. Como es de calcular, tales contenidos no pueden ser obtenidos sino de la experiencia, de la realidad que envuelve a quienes trazan la utopía, por una simple operación mental de suprimir con el pensamiento los limites que los constituyen en relativos y finitos, pero que al mismo tiempo los constituyen en lo que son, y potenciarlos hasta lo infinito y absoluto, que es tanto como decir la nada. En efecto, al privarles de lo que, ciertamente, los recorta, pero también los constituye en lo que son, pierden su respectiva entidad, esto es, dejan de ser, son nada.

Ahora bien, la lógica de los utopistas, porque han de recurrir a la experiencia para llenar de contenido sus de otro modo vacías creaciones mentales, no puede salvarlos, a pesar de los esfuerzos por preservar su ideal, de incurrir en frecuentes contradicciones.

Se comprenderá que en las parcas dimensiones de un discurso académico nos veamos impedidos de pasar revista a los contenidos siquiera de las utopías más significativas e importantes y que hayamos de limitarnos a apuntar sólo cómo se dan en ellos estos rasgos.

Puede servir para empezar la muy conocida y extendida comunidad de bienes que, sin embargo, no comparten todas y que en algunas se extrema hasta la comunidad de mujeres y de hijos. Observados los graves inconvenientes que ocasiona la propiedad privada, nada mas lógico ni mas simple que suprimiendo sus limitaciones y haciendo caso omiso de cualquier consideración sicológica, convertirla en colectiva, más rigurosamente colectiva cuanto menor significación y relieve posea el individuo y mayor carácter substantivo la sociedad. Algo semejante ocurre con la familia, cuya unidad como grupo inferior no puede sino constituir un punto de desequilibrio para el grupo total. No obstante, en la Utopía de Moro, aunque no haya dinero, hay mercados, “donde se vende toda clase de cosas”, como en la de aunque todos son “casi idénticos en cuanto a contextura física están unidos por estrecha hermandad, y a despecho de la minuciosa regulación a que se halla sometida la generación, no se puede evitar que un hombre y una mujer se enamoren y lleguen “a desearse sexualmente, con el consiguiente riesgos de vulnerar los rigurosos preceptos que rigen la procreación”. Hasta en las utopías más laxas es cierto lo que dice Campanella: “que la progenie es considerada como un bien público, y no particular”. En la suya, que es una elaboración utópica muy acabada, la procreación se entiende de manera todavía más acusada que en el propio Platón, como nuda función o servicio público, desprovista de cualquier connotación personal de satisfacción del instinto o del afecto, y, por otra parte, coincide en finalidad y preparación con la reproducción de los animales, lo que es harto elocuente de la subordinación del individuo a la colectividad y de la identidad esencial entre hombre, sociedad y naturaleza. En todo caso, generación, para el utopismo es eugenesia; y, en último término, dicha identificación se resuelve en una naturalización de lo humano y lo social, regida en definitiva por el éxito y la utilidad, según bien lo prueba el desprecio, no muy consonante con la bondad innata de los solarios y su temperamento muy dulce, en que tienen a las mujeres que sin culpa resultan estériles.

En la ciudad perfecta los ciudadanos son, también, perfectos en lo físico y en lo moral. Son, tienen que ser, sanos y hermosos. Para Platón la medicina y la jurisprudencia sólo se ven honradas en los Estado donde reinen las enfermedades y los desórdenes, se hagan enseguida necesarios los hospitales y los tribunales, y se dedique a ellas y las cultive con ardor gran número de ciudadanos bien nacidos, mas, por lo mismo, no hay señal más segura de una mala educación “que la necesidad de médicos y jueces hábiles, no sólo para los artesanos y pueblo bajo, sino también para los que se precian de haber sido educados como hombres libres”. El Estado bien ordenado, en cambio, no admite tratamiento alguno sino para quienes, dotados de buena complexión y observando una vida frugal, se vean acometidos de una enfermedad pasajera, ni otros remedios que bebidas e incisiones que no alteren el tenor de vida ordinario ni repercutan así en daño de la república, pues no tiene interés en prolongar la existencia a los valetudinarios, y mucho menos en ponerlos en condiciones de que se reproduzcan, ni nadie debe pasar en él “la vida como enfermo, haciéndose cuidar como tal”, ya que, en resúmen, según asevera con una audaz afirmación que suena hoy a muy moderna, la medicina es una política. Los utópicos necesitaban “de la ciencia médica menos que casi todo el mundo”; los solarios no padecían casi ninguna enfermedad, excepto la epilepsia, “que es signo de gran capacidad intelectual” y de la que se presentaban bastantes casos; y, entre las comunidades ideales del siglo XIX, la medicina sólo es verdaderamente admitida y honrada, y los hospitales son palacios, en Icaria, pero en el Humanisferio, removidas las causas de las enfermedades, fueran aquéllas de carácter orgánico, social o ecológico, éstas y los médicos habían desaparecido. En este terreno, es interesante ver cómo en La Ciudad del Sol habían descubierto “un procedimiento secreto y habilísimo para renovar la vida cada siete años, sin sufrimiento alguno”, y en Utopía empleaban la eutanasia voluntaria, concepto, o, mejor dicho, término, el de eutanasia, que poco después acuña, por cierto, otro utopista, Bacon, si bien no a propósito de su sociedad ideal, sino en el Novum Organum. Esto es, la vida se hace feliz en el aspecto biológico, se prolonga felizmente, y, ya que no se puede evitar su fin en la muerte, que ésta sea asimismo feliz, con la consabida operación mental de obtener la perfección siempre mediante la supresión de las limitaciones. Para redondear lo relativo en las utopías a la salud y la muerte, añadamos que en la Citta de Campanella practicaban la autopsia de los ejecutados por la justicia, con la finalidad de estudiar la anatomía del cuerpo humano, lo que no deja de envolver una actitud poco concorde con los prejuicios y los usos de su tiempo, y, lo que todavía es más avanzado, incineraban los cadáveres, igual que siglos más tarde preconizarán Cabet y Déjacque.

Análogamente, asegurar, sin más, que todos los habitantes de estas ciudades afortunadas son bellos, bien conformados, hermosos de cuerpo, no es más que negar de nuevo la limitación, sin poder afirmar nada positivo; lo cual posee aún menos sentido, si cabe, cuando son casi idénticos. El pensamiento utópico no es comprensivo ni favorable para el Derecho que las utopías, en realidad, no necesitan. Les bastan pocas leyes, y éstas, asentadas en y concordes con la naturaleza. En la República, sus ciudadanos, educados de forma que haga nacer en su alma la templanza, “obrarán de manera que no tendrán necesidad de los jueces”. O más explícitamente: “¿qué cabida tendrán la cizaña forense y los procesos en un Estado donde nadie tendrá más propiedad que su cuerpo y donde todo lo demás será común? A los ciudadanos de esta república no alcanzarán las disensiones, que nacen entre los hombres con ocasión de sus bienes, de sus mujeres y de sus lujos”; y “no conocerán tampoco las acciones intentadas a causa de la sevicia y de la violencia”, existiendo, a lo sumo, pequeños movimientos de cólera, sin grandes resultados, que apaciguará el de mayor edad. En Utopia, “tienen pocas leyes; a un pueblo así gobernado le basta con poquísimas. Lo que primeramente critican en los demás pueblos es el volumen de leyes e interpretaciones, que, aun siendo innumerables, nunca son suficientes. Consideran extremadamente injusto encadenar a los hombres con tantas leyes, más numerosas de lo que es posible leer y más obscuras de lo que cualquiera puede comprender”; y “han suprimido a todos los abogados”. En La Ciudad del Sol, “tienen un funcionario encargado de velar por cada una de las virtudes”; entre ellas, la Justicia criminal y la civil. A la verdad, no se entiende el porqué ni el para qué de esta última, pues, no existiendo allí propiedad privada ni familia, ni habiendo nada que transmitirse unos a otros, ¿qué papel pueden jugar los encargados de hacerla efectiva? Para Owen, las diferencias de opinión se resolverán “por medio de árbitros elegidos con anterioridad, los cuales harán innecesarios los jueces, abogados y tribunales”. Por su parte, los jueces que, mirando hacia atrás, ve Bellamy, no precisan ninguna formación jurídica, ya que las leyes son pocas y simples, y apenas tendrán conflictos que decidir, porque, abolida la propiedad privada, y con ella el afán de lucro, los pleitos por asuntos comerciales, las herencias que partir y las deudas por cobrar, desaparecerán, y la mayoría de los delitos pierde su razón de ser, quedando, los contados casos que se den, no más que como hechos excepcionales, fruto de una herencia patológica; y en las noticias que dos o tres años después nos traiga Morris de ninguna parte se confirma que la abolición de la propiedad privada tiene por consecuencia la desaparición de la ley y del Derecho. Ni, a pesar de su carga constrictiva, reaparece éste, ni quienes lo apliquen o lo estudien, en las utopías macabras de nuestro tiempo.

Sin embargo, la justicia penal sigue siendo en muchas utopías una realidad bastante severa y no poco contradictoria. En la de Moro, pese a que sus habitantes son sumamente moderados y tan piadosos que no consienten la caza ni en matar seres vivos, tarea que encomiendan a los siervos, no faltan delitos, que el Senado sanciona con penas no determinadas en la ley, sino las que aquel cuerpo estima más adecuadas a la infracción criminal de que se trate, llegándose en los más graves a la esclavitud, pena “amarga para el criminal y ventajosa para el Estado”, y en otros, entre los que se cuenta la reincidencia en el adulterio, hasta la muerte. Justifican la reducción a esclavitud con el mismo argumento, de corte utilitarista, que dos centurias después emplearán Feijoo y Voltaire contra la pena capital, a saber, “que su trabajo es más provechoso que su muerte y constituye un ejemplo que aparta durante mucho tiempo a otros del mismo delito”; y la última pena para los condenados que se muestran rebeldes o recalcitrantes, “como bestias indómitas a quienes ni la cárcel ni las cadenas consiguieron domesticar”. Ahora bien, “a los resignados no se les quita toda esperanza, pues si domados por el prolongado padecer dan pruebas de un sincero arrepentimiento y muestran que la falta les parece más detestable que el castigo, la prerrogativa del príncipe o el voto del pueblo les otorga una mitigación o el indulto de la servidumbre”. De la orientación intimista y también de la dureza de su Derecho punitivo da idea el que castiguen igual la tentativa que el delito consumado. Además, ejercen la extradición y disponen, por otra parte, de un Derecho premial, pues “no infunden temor al crimen sólo con penas, sino que incitan a la virtud con promesas de honores”, y, en efecto, “colocan en la plaza pública estatuas de los varones insignes y de preclara memoria para la república, a fin de que dure así el recuerdo de sus buenas acciones y, a la vez, la gloria de los antepasados sea para la posteridad acicate e incitación a la virtud”. Y en la de Campanella empiezan por tratar con dureza a los jóvenes que se niegan a servir a los mayores o a otros jóvenes, y, aunque, por un lado, se nos afirma que no existen los grandes delitos que son corrientes entre nosotros y que los pequeños defectos sólo se castigan con “privación de asistencia a la mesa común, o del trato con mujer, o de ciertos honores y prerrogativas, permaneciendo en tal situación el tiempo que el juez estima necesario para corregirlos”, se aprecia luego la existencia de los delitos de lesiones y de difamación, que se condenan talionalmente, y del homicidio, la reincidencia en la sodomía, los crímenes contra la libertad, contra Dios y contra los funcionarios, el empleo de cosméticos en las mujeres, o de tacones para aparentar mayor altura o de faldas que los oculten, y el iniciar la desbandada en una batalla, que llevan consigo la muerte, “a manos de todo el pueblo”, mediante la lapidación o el fuego. La ejecución colectiva es bien conocida como práctica característica de las comunidades primitivas, poco numerosas y no muy evolucionadas, y, por ello, de gran cohesión interna y escasa diferenciación y relieve del individuo, sin suficiente grado de división del trabajo ni, por tanto, órganos encargados de ciertas funciones específicas, como la de ejecutar a los malhechores. Justifican el suplicio capital con el viejo argumento tomista de la necesidad de amputar el miembro podrido para salvar el cuerpo social; y en algunos casos se conmuta esta pena por la de destierro, castigo de no pequeña crueldad, pues equivale a expulsar al reo de la humanidad feliz. En fin, “si un culpable, sin esperar a que alguien se querelle contra él, se presenta espontáneamente a las autoridades a confesar su falta y solicitar el castigo que merezca, le conmutan por otra inferior la pena que le habría correspondido por su delito secreto si éste se hubiese descubierto a través de una acusación. Es de fijarse en el castigo medicinal de privación de participar en las comidas colectivas, de mucha significación allí donde todo es común, así como en el empeño que suelen poner en que el penado reconozca que merece la condena y la acepte, lo cual supone su reintegración al todo social de que con su falta se separó. Agreguemos que también usan de los premios, y señalemos cuánto tiene toda esta regulación, y la existencia de la esclavitud, de humano, y, más en concreto, de la humanidad de su tiempo, y cuan poco condicen con las ideas de bondad, armonía, igualdad, fraternidad y beatitud, esto es, de perfección.

Más humanitarias, y más fieles, por tanto, al espíritu y los postulados utópicos, se nos revelan otras construcciones que prescinden de todo este rigor, sea en la existencia de los delitos o en su punición. En aquella grata Ninguna parte de donde nos suministra noticias Morris, tras reducir de uno u otro modo las causas de la delincuencia a la subsistencia de la propiedad privada, la eliminación de ésta provoca la de todos los delitos, salvo algunos de violencia, de carácter patológico y excepcional, que antes merecen perdón que castigo, aparte de que en aquellos hechos en que sin intención se perjudica a otro el agente siente un remordimiento mil veces peor que la sanción que le impusiera cualquier ley. Pero seguramente es Owen quien acertó con el tratamiento más apropiado para el sujeto que se oponga con su actuación a la felicidad social. Como quiera que tal proceder sólo puede ser consecuencia de la existencia en él de una enfermedad mental, lo que corresponde es internarle en una casa de salud, hasta que recupere la suya. Con lo cual se adelantó en poco más de un siglo, y sin poderlo sospechar, a una trágica realidad de nuestros días.

El aspecto quizá más importante, de importancia verdaderamente capital, en la vida de Utopía, en todas las utopías, es la educación, porque de ella depende la formación física y, en particular, la intelectual y moral de quienes van a hacer que la ciudad ideal sea feliz, siéndolo, en consecuencia, también ellos mismos. Apenas hará falta decir que tal educación se halla rígida y acabadamente planificada por el Estado y que es de sesgo francamente autoritario, pues sólo conformando a los individuos según un patrón único y racionalmente trazado se evitarán sus diferencias y concordarán entre sí y con la comunidad a que pertenecen, y reinará en todo un orden y una armonía perfectos, base y garantía de su bienestar y de su dicha. Desde los juegos de los niños, que en Platón se encuentran sometidos “a la más severa disciplina”, hasta el aprovechamiento de los muros que nos describe Campanella, representando todas las ciencias y compendiando todo el saber en versículos explicativos, con su reducción de todos los libros a uno, que han de leer todos, el estudio sin descanso y la instrucción de cada individuo, sea del sexo que sea, en todas las artes, y la identificación del saber con el poder, sin olvidar el papel que en la Nueva Atlantida desempeña la Casa de Salomón, que gobierna la isla, “la asociación más noble de la tierra y que constituye la linterna de este reino”, “dedicada al estudio de las obras y criaturas del Creador”, o, con mayor precisión, al “conocimiento de las causas y movimientos ocultos de las cosas; y extender los límites del imperio humano para efectuar todas las cosas posibles”, la enseñanza y sus frutos están concebidos y dirigidos en el pensamiento utópico, como se apreciará, únicamente a asegurar la subsistencia del Estado en su perfección. En realidad, tampoco en las más libres y avanzadas utopías decimonónicas, de generoso carácter anarquista, abiertas a una pedagogía y un aprendizaje espontáneos, naturales, sin prepotencias ni coerciones, y hasta lúcidos, cesa aquélla de entenderse al servicio, no menos que del desarrollo del educando, de la estabilidad social. El detalle, a primera vista, tan modesto, de la educación conjunta y rítmica, y del canto coral, que se observa en Campanella y luego en utopistas del siglo XIX como Fourier y Cabet, no debe ser menospreciado; antes bien, es harto significativo de la preocupación por insertar absolutamente al individuo en la comunidad. Después de lo cual, no parece que haya exageración en sostener que también la educación es, o está pensada, así, como una política.

La felicidad de los utópicos explica que en la isla de Moro hablen una lengua rica en vocabulario, que no hiere al oído y es más fiel que cualquier otra en la expresión del pensamiento; que los solarios dominen todas las lenguas extranjeras, y que en los horizontes más amplios y fraternales de Owen o Déjacque haya ya un idioma universal y perfecto, que, según se lee en el último, “dice más en una palabra de lo que en los nuestros se podría decir en una frase”.

A despecho de sus frecuentes protestas en favor de la belleza, el arte en Utopía es pobre, repetitivo y utilitario. Con alguna excepción, como la de Morris, tampoco, por lo demás, de grande devaneos imaginativos, la mentalidad utópica substituye el gusto por el beneficio y rae toda espontaneidad y todo libre vuelo de la fantasía, que por ello solo distinguiría y distanciaría del procomún al artista en su tensión creadora, sujetando, en cambio, sus manifestaciones al criterio del provecho social, convenientemente administrado por la autoridad pública, y plegándolas a una modesta finalidad docente. Por otra parte, incluso los utopistas de espíritu más libre, como Déjacque, no sobrepasan en sus imaginaciones los cánones menos originales de su época. El divino Platón, tan poeta él mismo, no acepta otra poesía en su República que los himnos a los dioses y los elogios de los hombres grandes; porque tan pronto como des cabida a la musa voluptuosa, sea épica, sea lírica, el placer y el dolor reinarán en el Estado en lugar de las leyes, en lugar de esta razón, cuya excelencia han reconocido todos los hombres en todos los tiempos”. O sea, en vez de dejar fluir los sentimientos y las emociones, se imponen la razón y la utilidad. En Utopía mucho se ensalza el cultivo de las letras y la música, pero no conocemos otras manifestaciones artísticas, siendo los más quienes prefieren ocupar su tiempo libre dedicados a su propio oficio, y su mundo, empezando por la arquitectura, es, en definitiva, de una monotonía exasperante, guiada sólo por la utilidad. Hasta los juegos miran a un objetivo docente y moralizador. Moro sospecha que sus habitantes se inclinan “más de lo justo hacia el placer, en el cual ven, o la totalidad, o la mayor parte de la felicidad humana”; pero, en todo caso, sus placeres, cuando no sensibles, son simplemente morales, no estéticos. Los solares son, si, de suma destreza en la representación de formas bellas, pero de ahí no pasa su fantasía creadora, y aún eso no tiene sino una finalidad práctica, de aleccionar acerca de las criaturas de la naturaleza o conservar la figura de hombres ilustres o de hermosos animales, cuya contemplación contribuya en la reproducción a la perfección de la descendencia; prohiben la ficción, castigando al poeta que falta en sus versos a la verdad de los hechos, y colman también sus ocios ayudando “a los demás en sus trabajos”. ¿Y hay algo más saludable y económico, más utilitario, pero más prosaico, sin margen para la creación personal, que un Falansterio, sin calles exteriores, expuestas a las inclemencias del tiempo, con sólo cinco cocinas, alimentadas por tres fuegos; que las previsiones gastronómicas de Icaria, reguladas por el gobierno, o que el propio urbanismo, decimonónicamente alicorto y lamentablemente burgués, del Humanisferio ? Y es que, en verdad, siendo felices sus ciudadanos por el mero hecho de pertenecer a Utopía, ¿qué necesidad tienen de ningua originalidad en que realizarse personalmente ni de ningua creación?

Su religación con la divinidad y sus vivencias religiosas tampoco son muy vigorosas. Hay que tener en cuenta, en primer término, las utopías que no dan entrada a la idea de Dios, sea por descartarla razonadamente o por ni siquiera mencionarla, sin que se deba pensar que todas son modernas, pues la República de Platón está trazada al margen de cualquier inquietud religiosa. En otras, las referencias a Dios no pasan de ser vagas, sin que El ni su culto constituyan piezas importantes ni aun definidas en la organización social, o bien existe una amplia libertad religiosa, en la que la fe no parece inflamar ni arrebatar las almas, ni llama al áscesis ni reclama el martirio, desliéndose, por lo contrario, en un suave deísmo o conviviendo sin alarma con la incredulidad y el materialismo, y los sacerdotes carecen de todo poder, temporal o espiritual. Y allí donde la religión es verdaderamente fuerte, pieza vital para la existencia y el funcionamiento del Estado, donde requiere expiación y sacrificios y conforta con la absolución, como ocurre entre los solares, se halla identificada con la sabiduría y el poder, y el Sol es a la vez sumo sacerdote, el más sabio de los hombres y la suprema autoridad. No resulta extraño, pues, que La Ciudad del Sol sea la más rígida y la menos libre de las utopías. Pero lo que, desde luego, no hay en sus súbditos es comunicación cordial con Dios. A todas luces, se trata de una religión más pensada e institucionalizada que sentida

Tal ausencia de religiosidad íntima en las utopías no se hace difícil de comprender, estando exentos todos en ellas de temor y viviendo en la felicidad, en lo absoluto, siendo incluso un momento de él, lo que en el fondo no es nada distinto de vivir en o participar de Dios, siquiera sea en este mundo. Bien lo manifiesta el Padre de la Casa de Salomón que aparece en la Nueva Atlántida, cuando dice al final del relato, refiriéndose a su nación: “estamos en el seno de Dios, que es una tierra desconocida”; si bien, acaso para mostrar que los dones divinos no difieren en esencia de las apetencias humanas, asigna en seguida a su auditor una subvención de unos mil ducados para él y para su compañeros.
En general, el desvelo moral prevalece en los utopistas sobre el religioso y la religión se disuelve en moralidad. Ahora bien, en este panorama, ¿cabe realmente la virtud?, ¿tiene sentido el mérito? Con exactitud responde Cabet que a los icarianos “la virtud les es tan fácil de practicar, que ni aun se los puede llamar virtuosos”, y Owen que las diferencias entre los hombres no implican mérito ni demérito.

El racionalismo con que están elaboradas las utopías encuentra reflejo muy propio en la perfección geométrica de su geografía y la planificación, regularidad y simetría de sus ciudades y aun de sus espacios rurales, así como un gusto muy pronunciado en muchas de ellas por la precisión de los números y combinaciones numéricas en los más diversos órdenes de la vida, con la adopción frecuente de números de carácter sagrado o cabalístico, como el siete en la Ciudad del Sol o el diez y sus múltiplos en Utopía e Icaria.

Evidentemente, esta rigidez les resta toda espontaneidad y naturalidad y subraya lo abstracto de su concepción y la monotonía de su interior. Por lo demás, conviene recordar que Hipodamo de Mileto, arquitecto del siglo V a. antes de nuestra era, a quien se ha llamado “el primer utopista de Occidente”, fue el primero también, según nos ha conservado Aristóteles en su Política, en estructurar la ciudad sobre la base de calles regulares, y que propugna una cantidad fija y rotunda de ciudadanos para su polis ideal, diez mil, que se dividirán en tres clases, igual que el territorio en tres partes y las leyes en tres especies, esto es, que organizaba el Estado con arreglo a una correlación numérica precisa entre sus elementos poblacional, territorial y jurídico, si bien es de puntualizar que por la misma época Faleas de Calcedonia ya sentaba, conforme recogió asimismo Aristóteles en su obra recién citada, “el principio de que la igualdad de fortuna entre los ciudadanos era imprescindible” para precaver las revoluciones, y que “las bases de todo Estado son la igualdad de fortuna y la igualdad de educación”. Substitutivismo religioso, profetismo y no menos la sugestión de las cantidades rotundas confluyen en el significativo milenarismo laico que resplandece en algunas utopías, como las de Déjacque y Bellamy, anunciando a veces para fecha cierta el advenimiento de la nueva sociedad, con su transformación definitiva del mundo.

2. Prometiendo como una realidad la felicidad perfecta en este mundo, la utopía ha de poseer una gran fuerza atractiva, que mueva a los hombres para que se encaminen hacia ella y no escatimen su actividad para lograrla. Desde el momento en que la felicidad deja de estar remitida a las alturas celestiales y se divisa bajo la silueta de Utopía en el horizonte da las aspiraciones y posibilidades humanas sobre la faz de la tierra, cambia radicalmente el sentido de la vida de los mortales y el de su historia, no consistiendo ya en el cumplimiento de designios trascendentes y un lugar de paso donde merecer para otro más firme una existencia más plena, y convirtiéndose en un esfuerzo individual y colectivo que cada día nos acerca más a un estado que nada tiene que envidiar al de los dioses.

Ciertamente, para esto el hombre ha de modificarse, desplegando las virtualidades que laten en su naturaleza y que le remontarán desde su condición actual hasta su plenitud física, intelectual y moral, que le permita el dominio de cuanto le rodea y de si mismo y una convivencia sin roces con sus semejantes, en una armonía universal. En otras palabras, el utopismo se apoya en una filosofía evolucionista. Con lo cual, insensiblemente se dibuja la historia como una línea que tiende a la utopía, que se empina por llegar hasta sus puertas y que culmina en ella. O en otros términos: el utopismo supone una concepción progresista de la historia. Se comprende, pues, que el pensamiento utópico no cese de ser un juego mental, que combina ideas, sentimientos y deseos, sin ninguna finalidad ulterior, y no cobre seguridad y se proponga fines prácticos, sino muy en las postrimerías del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, esto es, cuando en la Filosofía, no digamos que se descubre, porque son antiguas, pero sí que se han abierto camino y están afianzadas, porque es su hora, las nociones de evolución y de progreso.

Ya he apuntado la inclinación de algunos utopistas por Condorcet, el filósofo por excelencia del progreso universal. Su idea de que el hombre, naturalmente bueno, es capaz de una perfección ilimitada, y su confianza, más conmovedora cuanto que le animó en las tribulaciones que precedieron a su muerte, en que llegará “el momento en que el sol no alumbre sobre la tierra sino a hombres libres que no reconozcan a otro señor que a su razón”, en que el hombre vivirá “verdaderamente con sus semejantes en un elíseo que su razón ha sabido crear y que su amor por la humanidad embellece con sus más puros goces”, constituyen la expresión más hermosa de los necesarios soportes de toda utopía.

Corroborará esta relación del utopismo con el evolucionismo y, de manera más nítida, con el progresismo, la mera evocación del anarquismo y el marxismo, o, en otro plano, de Déjacque.

Ahora bien, si la historia de la humanidad marcha conforme al progreso en un sentido ascendente, en busca y procura de la perfección y el modelo de Utopía, ésta constituye, sin duda, el estadio terminal de aquélla, por lo que se explica que, una vez entrados los hombres en sus confines y alcanzada por la humanidad su meta, no haya ya evolución ni progreso, que haya concluido la historia y que, por tanto, en ningún país utópico exista, importe ni se estudie la historia, que no acontezca nada, que no sea. Lo cual, empero, pensando que el hombre es un ser histórico, supone su aniquilación o transmutación, en todo caso su negación como tal, y, en otro aspecto, confirma algo ya expuesto, a saber, que la utopía es una pura creación mental, obtenida por la simple supresión de las limitaciones que signan y caracterizan lo humano, que le dan entidad.

3. Su natural desinterés por la historia hace que en las utopías no suela describírsenos cómo fueron establecidas, aunque en las que hemos denominado operativas no se descuida esta importante cuestión.

Antes de ellas, las noticias que en algunas han quedado de Utopo en el país que conquistó y a que dio nombre, o de Salomona, el rey de gran corazón e inagotable bondad que legisló para la isla de Bensalén, y la evangelización de sus habitantes por el apóstol San Bartolomé, más tienen carácter mítico o legendario que de información histórica con valor político.

Prescindiendo, pues, de todo esto y viniendo a creaciones más concretas, lo cierto es que, cualquiera que sea la concepción que unos u otros utopistas tengan del progreso, o sea, de las fuerzas que lo impulsan y del curso que siga, continuado y rectilíneo o sinuoso y con cesuras, recaídas o retrocesos, la misma noción de Utopía implica que su instauración no puede ser sino un acto necesario de madurez, de cumplimiento de los tiempos y de la plenitud y perfección humana. Por ello, no es de extrañar que, en aquellos autores que se han cuidado de consignar cómo fueron o serán fundadas sus respectivas creaciones, éstas, con la excepción de la de Morris, empiecen siempre de manera espontánea, no impuesta, por un acuerdo o contrato (Owen, Fourier) o mediante un proceso evolutivo de acumulación de cambios parciales que preparan paulatinamente el gran cambio, el cambio final, la revolución (Déjacque), es decir, en magnifica frase de Owen, “sin desórdenes ni violencias de ninguna clase”.

Luego de implantada la utopía, su gobierno difiere de unas a otras, desde el de los filósofos en Platón o el del omnipotente y omniperfecto Sol en Campanella, hasta la ausencia de él y su reemplazo por concordancias que generan o a las que impulsan la simpatía y atracción mutua entre los hombres en Déjacque y otros anarquistas. Con todo, predomina la organización democrática, generalmente, representativa. Sin embargo, se trata más de administración sin carácter político que de gobierno propiamente tal. En una sociedad aislada, de gran cohesión entre sus miembros, autárquica, uniforme, las diferencias, la disidencia y las libertades individuales son muy poco concebibles y nada en lo político, en cuanto a la propuesta de nuevos programas de acción o de cambios en la organización y la formación de grupos o facciones para llevarlos a cabo. La presión colectiva cohibe blanda, pero eficazmente, al individuo. Por si acaso, en Moro “deliberar sobre negocios de Estado fuera del Senado o de los comicios públicos castigase con pena capital”. Por lo demás, una sociedad de bienestar, con un Estado providente, que garantiza la seguridad desde la cuna hasta la tumba, o desde antes de nacer hasta después de morir, deja muy poco espacio a la iniciativa y la libertad individual. Sumido cada uno en el todo social y la suficiencia que éste proporciona, carece, antes que de posibilidad, de sentido trazarse y proponerse un destino distinto y personal, y la pérdida de una vida peculiar y original, obra de uno mismo, se estima, más que una amputación, una conveniencia.

Con razón sostuvo Platón que en su República las opiniones, sentimientos y deseos de los súbditos se conformarían a la prudencia y la voluntad de los magistrados y todos los miembros de la sociedad estarían asi de acuerdo. Tal concordancia, con lo que supone de ligazón, es lo esencial en Utopía; lo restante, o es consecuencia o puede divergir en !as diversas construcciones utópicas, incluido, por extendido que se halle, el comunismo, según se aprecia en el Falansterio, donde la propiedad privada se conserva. Esta excelencia y supremacía de la comunidad sobre el individuo lleva por sus pasos contados a sujeciones y supresiones que sólo a primera vista pueden sorprender. En Icaria un comité ha examinado los trajes que se usan en todos los países, “ha indicado los que merecen adoptarse y los que deben proscribirse, y los ha clasificado según sus necesidades, su utilidad o su recreo”, desterrando por completo “cuanto en la forma, el dibujo y el color era extravagante o falto de gusto”. También ha examinado todos los alimentos conocidos; los ha clasificado en buenos y malos, y los primeros en necesarios, útiles y agradables, los hace producir a los agricultores y los obreros en las proporciones convenientes, y los distribuye por igual entre las familias. Además, ha editado una Guía del cocinero, arreglada a los buenos alimentos, y la ha distribuido asimismo entre las familias. Y únicamente el Estado posee imprentas, con que editar sólo obras buenas, sin “permitir sino a ciertas personas la publicación de una obra, así como no permite más que a los boticarios preparar drogas”. Para Fourier, la igualdad y la libertad entre los sexos llega a la extraña institución de las treguas conyugales, que consisten en la “‘suspensión de la fidelidad por un período convenido”, sujeta, empero, a su registro “en la cancillería del tribunal del Amor”. Y en el delicioso y libérrimo país que en sueños visitó Morris el disidente, aun sin necesidad de un complicado sistema de coerción externa, ha de someterse a la opinión dominante. Incluso en el Humanisferio, donde lo que se exalta en lugar de la comunidad es el individuo, éste vive pendiente de la benevolencia de los demás. Así las cosas, el vicio menos disculpable en Utopía tiene que ser la soberbia, que nace de la conciencia y realce del propio valer frente a los demás;. Moro la llama “bestia feroz, soberana y madre de todas las plagas”, y dice que “no mide su prosperidad por el bienestar personal, sino por la desgracia ajena”; y Campanella “pecado gravísimo”, que en su Cuidad “se castiga con una humillación proporcionada al acto que motiva la sanción”.

Agudamente critica la Política aristotélica a la Repiililira platónica, porque bajo “una apariencia verdaderamente seductora de filantropía”, ha forzado en una unidad compacta al Estado y sus ciudadanos, perdiendo de vista, por un lado, las diferencias particulares de los individuos y, por otro, los dos grandes móviles que hay en el hombre de solicitud y de amor, a saber, la propiedad y los afectos. Bien acota Butler que “la razón no corregida por el instinto es tan mala como el instinto no corregido por la razón”. Por incongruente que parezca, hay utopías que no han renunciado a la guerra, manteniendo poderosos ejércitos, adiestrando de continuo a sus ciudadanos, hombres y mujeres, e incluso los niños, en las artes marciales, cuidando celosamente sus defensas, sirviéndose de una rica estrategia y de sagaces procedimientos político bélicos, y recurriendo en algún caso a mercenarios. De general conocimiento es el destacado papel de los guerreros en el pensamiento platónico. A pesar de abominar de ella “como cosa bestial”, los utópicos la aceptan “para defender sus fronteras, para expulsar a los invasores del territorio de un país amigo, o, compadecidos de algún pueblo oprimido por la tiranía, para emplear sus fuerzas en librarle del yugo y de la esclavitud”, así como contra “un pueblo [que] mantenga yermo, inútil y desierto su suelo y prohiba su uso y posesión a los que, por ley natural, deben hallar en él alimento”. Sólo por razones muy graves la hacen en su territorio y nunca admiten auxilios ajenos. Pagan a extranjeros y los mandan al combate con preferencia a sus conciudadanos. No saquean ni molestan a la población civil. Tratan con dulzura a los prisioneros y no reducen a esclavitud más que a los que lo son en una guerra de agresión. Los solares la proclaman solamente “para corregir la cotumacia frente a la razón”, y dicen que no se la debe emprender “sino para hacer buenos a los hombres, nunca para exterminarlos”. “Jamás ofenden a nadie, y no combaten si no se les provoca”, pero “tampoco dejan de atacar a los que, por rebelarse contra la razón, no merecen trato de hombres”. Tienen un magistrado especial, que denominan Poder, para ella, la paz y el arte militar. Los prisioneros son vendidos o puestos “a cavar trincheras y a realizar trabajos forzados en las afueras de la ciudad, donde siempre hay cuatro batallones para vigilar los alrededores y, al propio tiempo, custodiar a dichos prisioneros”. Campanella se percata de que guerra y felicidad resultan incompatibles, y resuelve la dificultad, no en el plano de los conceptos, sino trasladándola a una situación de hecho, por el peligro que corren y las contiendas que con frecuencia se desencadenan con pueblos vecinos, que se comportan impíamente y violan sus fronteras; con lo cual, aparte de eludir la aporía, demuestra que su Ciudad no es tan feliz como la presenta. En las utopías modernas, de perspectivas más dilatadas y asentada ya la idea de la fraternidad universal, nada de esto puede subsistir.

III

1. Las utopías constituyen en la historia y en la actualidad mucho más que una ficción poética, un género literario ü una mera especulación. “¿Qué es una utopia?”, se pregunta Déjacque, y responde: “Un sueño no realizado, pero no irrealizable”. Para el utopismo —y ha de venírsenos a las mientes particularmente Saint-Simon—, la Edad de oro no yace en el pasado, sino que se levanta en el porvenir; no es un recuerdo, sino una incitación. Por lo cual, con significativa insistencia que no puede menos de llamar a la reflexión, se han dado, en las más diversas épocas y latitudes, intentos, y se han quemado en ellos energías, ilusiones, esperanzas, sacrificios y hasta generaciones, de hacer realidad la sociedad perfecta, la felicidad de todos los hombres, el reino de Dios en la tierra.

Esta disposición activa del espíritu humano por realizar la utopía supone, en primer lugar, un optimismo ilimitado en cuanto a la capacidad del hombre para dominar el mundo y para elevarse él mismo a la suma perfección; optimismo del que se desprenden y por el que se explican la actitud crítica, antes apuntada, respecto a las sociedades que han sido y las que son, e igualmente su sentido prospectivo, que hemos asimismo señalado, de la que será, anticipando los adelantos y mejoras de que habrán de servirse y disfrutar sus futuros moradores.

Ahora bien, el optimismo ilimitado lleva en cualquier orden de la vida al mesianismo, esto es, a creer que se posee una superioridad salvífica, no sólo de s, sino también de los demás; fe que hace, a quien está penetrado de ella, poco contemplativo y transigente con las opiniones, dudas y diferencias ajenas. Lo bueno y lo absoluto es necesario y se impone por si mismo, y no ha de detenerse ni ceder por ninguna contrariedad, en su comparación, siempre intima y deleznable, contingente y superable.

Con este ánimo, el utopismo convoca a la acción, y, apenas se den las condiciones mínimas para ello, ha de desembocar én grandiosas empresas colectivas. Para quien tiene a la vista lo absoluto, no hay dificultad que le arredre y su propia vida carece de significación y valor.

Por otra parte, no existe acicate más fuerte para soñar con lo perfecto y consolador, ni estímulo que impulse más eficazmente hacia la infinito y absoluto como sentirse constreñido dentro de limites demasiado estrechos, que impiden la satisfacción de las necesidades humanas y el desarrollo de sus aptitudes naturales. En este aspecto, la desesperación por lo que es puede contribuir a que se conciba y busque la salvación, incluso con sangre, en lo que debe ser, y a traerlo del plano del debe ser, tejido con ideas, imaginaciones y esperanzas, al del ser, fabricado de tangible realidad, a vivirlo.

En el fondo, racionalizada, no es otra la actitud que mueve en nuestros días a Richard Buckminster Fuller, cuando se plantea el dilema Utopía or oblivion como perspectivas de la humanidad, y no ve salvación que libre a ésta de su destrucción y, por tanto, del olvido, sino en la utopía. Arquitecto, como el más antiguo de los utopistas, y como otros arquitectos también utopistas en el Renacimiento italiano, a los que en sabias páginas se ha referido Alberto Tenenti, a este autor de la más reciente no le falta ni el menosprecio por la política y los políticos, que, en su pensamiento, serán substituidos por la capacidad para conocer y vencer a la naturaleza, diseñando un mundo de comodidad y abundancia que impida los conflictos y traiga la felicidad. La ve, además, o sería más exacto decir que la humanidad necesita, en pocos años, para no caer en su aniquilación. Según sus propias palabras, “por primera vez en la historia la Utopía es por lo menos físicamente posible y asequible para la humanidad”. Falta saber si los hombres se hallan intelectual y moralmente despejados para ella.

2. Sin embargo, no en todos los tiempos son igualmente sensibles los hombres a los encantos de Utopía. Por lo contrario, en muchos y prolongados periodos la sola representación de que los mortales puedan ser felices en este mundo hubiera sonado a herejía. En efecto, las épocas en que florece el utopismo son, ante todo, épocas de decaimiento de la fe religiosa, a la que psicológicamente viene a substituir, urdiendo una nueva trama que sostenga la tendencia, irrefrenable al parecer en el espíritu humano, unitiva, de plenitud, mediante la comunicación con lo absoluto o quizá la inmersión y pérdida en él. La decadencia de la fe religiosa permite, si acaso no exige, que se conciba y yerga en su lugar un estado de perfección sin límites completamente secular, en el cual confiar y que satisfaga en los hombres sus anhelos últimos y sus esperanzas más amplias y entrañables. Las utopías compensan así la desaparición o atenuación de las religiones positivas y, por tanto, tienen siempre algo de herético. Como objetivación racional de las aspiraciones ideales del hombre y trasposición al mundo natural de las concepciones religiosas de un estado sobrenatural de perfección y beatitud, traducen a términos de la vida terrena las supremas esperanzas humanas, cuya realidad sitúan los credos más elaborados de nuestra cultura en un plano postmortal. Buber indica “que la fuerza de la escatología desposeída se transformó en utopía en la época de la Revolución francesa”.

Las épocas utópicas son, además, en congruencia, de abierto sentido humanístico, confiando en la razón y la acción ilustrada de los hombres para enaltecerse a sí mismos y dignificar la vida. Y también, en fin, de aprecio, cultivo y avance de los saberes acerca de la naturaleza, con que domeñar ésta, extender el reino del hombre por todo el orbe y hacer de él una morada amable.

Sin perjuicio de que se observen asimismo en otros momentos análogamente propicios para el pensar utópico, estos rasgos fulgen sobre todo en el período desacralizador que fue el del esplendor ático, durante el cual aparecieron en la civilización clásica las primeras utopías; y, más adelante, en el Renacimiento y el tiempo que le subsiguió y en cierto modo le complementó, cuando en la fe que había unido a Occidente se incuba e irrumpe la protesta y la fragmentación religiosa, y los hombres abandonan el temor de la infelicidad eterna y quitan sus ojos de las visiones y la bienaventuranza celestial, mirándose, en cambio, con complacencia y arrogancia y mirando alrededor con amor y curiosidad, época que fue de las utopías por antonomasia, y a partir del siglo de la razón y de las luces, cuando Dios se desvanece en los horizontes humanos, la naturaleza se hace desafío, empeño y sentimiento, y no sólo las mentes son pródigas en concebir y proyectar sociedades ideales, sino que los ánimos se arrojan a conquistarlas.

O sea, dicho muy resumidamente, que, cuando el componente pístico del hombre se desvía de lo divino, se orienta con la utopía en el común de los individuos hacia la humanidad y tal vez también, en armonía con ella, hacia la naturaleza, y acaba proyectándose en la acción política y social.

3. Desde que se adquiere y extiende la convicción de que la utopí es realizable, el utopismo se convierte en motor de un poder como no hay otro para impulsar la acción colectiva hacia la transformación radical de la sociedad y el logro de la perfección y la felicidad de todos los hombres.

La utopía se erige así en un focus imagmaritis, por emplear la expresión de Kant que por ser obra exclusivamente de la razón y hallarse totalmente extramuros de la experiencia, no está compuesto de conceptos, sino que sólo sirve ara proporcionarles la máxima unidad, a la vez que la máxima extensión y representa la conjunción de todas las aspiraciones posibles. Pero al propio esta unidad y conjunción infinita, de naturaleza meramente racional, o sea, sin otra entidad ni asiento que en la razón, es la única que puede saciar las ansias de unidad y perfección, de absoluto, que caracterizan al hombre, y muy apropiada, por ello, para atraer infinitamente, por encima de dificultades, desengaños y la misma muerte.

Al fin y al cabo, esta de las figuraciones y las aspiraciones sociales no es la única dimensión de la vida humana en que los individuos se han esforzado y han caído sin cejar por conseguir lo perfecto en algún orden, lo que no puede existir. La fuente de la eterna juventud, el Dorado y la Ciudad de los Césares no por ser quimeras dejaron de encender reiteradamente los anhelos del hombre ni de mover su esfuerzo por alcanzarlas. Su búsqueda no llegó a ninguna de ellas, pero dio como espléndidos resultados la exploración y el conocimiento de la Florida, del corazón de la América meridional o del sur del Reino de Chile.

También cuantos hicieron de la planificación y, en particular, la realización de la utopía la razón de su existencia estaban de antemano condenados a no tocar ni de lejos el objeto de sus afanes, pero a su tenacidad y su sacrificio son debidos cambios sin igual en las edades, que han hecho más justa y soportable la convivencia. Y no hay que pensar sobre todo en los cambios epónimos, que mudan la faz de la historia e inscritos con trazos coruscantes en sus anales, sino preferentemente en los profundos, que mejoran la calidad moral de los individuos y asimismo las condiciones materiales en que transcurren los trabajos y los días de los hombres.

Después de todo, nada de extraño tiene que así sea, porque “solamente tomando como meta una transformación radical, una distancia infinita, una perfección ideal —escribimos hace más de cuatro lustros—, el salto puede ser considerable, como para que se advierta, en verdad, una mutación de dimensiones extraordinarias”. Ahí se descubre la auténtica grandeza del utopismo y en eso reside su gloria, más inmarcesible cuanto menos deslumbrante.

Ahora bien, tan pronto como a costa de sangre, sudor y lágrimas se consigue realizar alguno de los concretos contenidos utópicos, es decir, alguna de las excelencias atribuidas a la utopía por oposición a las limitaciones que se encuentran entre los mortales y constituyen la humanidad y la sociedad, o sea, cada vez que los hombres creen que tienen en su poder siquiera un comienzo de la sociedad ideal y el mundo feliz, es la hora de la miseria del utopismo, lo que tocan es su propio fracaso y con lo único que se quedan en sus manos trabajadas es con un puñado, no más, de fragmentos hirientes que los destrozan, o, lo que viene a ser idéntico, una realidad amarguísima y una inmensa decepción.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: