Eduardo Galeano y el Fútbol

Por: Alicia Poderti*
Fuente: http://www.actaliteraria.blogspot.com (13.06.10)

* Universidad Nacional de La Plata – CONICET

Ha confesado Galeano:

como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país.1

De allí nace una producción menos conocida de Eduardo Galeano2 que se refiere a uno de los deportes más antiguos del mundo: el fútbol, contenido en su libro El fútbol. A sol y a sombra3.

En este texto, la crónica va fluctuando a través de los distintos personajes del juego. En un momento se centra en el «hincha» de fútbol:

Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «Hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.

Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria: qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota, otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad…4

Otros textos se refieren al árbitro:

El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos… Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio. Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera.

(…) Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones 5.

Y en este contrapunto original el autor presenta otra crónica de un caso verídico, donde el público aplaudió a un árbitro. Este texto tiene el sugestivo título de: «Pobre mi madre querida». Se refiere a un hecho que ocurrió en un tiempo en el que un árbitro vistió de negro con justa razón:

A fines de los años sesenta, el poeta Jorge Enrique Adoum regresó al Ecuador, después de mucha ausencia. No bien llegó, cumplió con el ritual obligatorio de la ciudad de Quito: se fue al estadio a ver jugar al equipo del Aucas. Era un partido importante, y el estadio estaba repleto.

Antes del comienzo, se hizo un minuto de silencio por la madre del árbitro, muerta en la víspera. Todos se pusieron en pie, todos callaron. Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en las más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público.

(…) Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días: y las tribunas rugieron: ¡huerfáno de puta! 6

También son tema de su libro los comentaristas, estos «doctores del fútbol» o «colegas especializados», como los llama irónicamente Galeano, despliegan un lenguaje elíptico e indescifrable, que él imita así:

Nos resultaría cómodo eludir nuestras responsabilidades atribuyendo el revés del once locatario a la discreta performance de sus jugadores, pero la excesiva lentitud que indudablemente mostraron en la jornada de hoy a la hora de devolucionar cada esférico recepcionado, no justifica de ninguna manera, entiéndase bien, señoras y señores, de ninguna manera, semejante descalificación generalizada y por lo tanto injusta. No, no y no. El conformismo no es nuestro estilo, como bien saben quienes nos han seguido a lo largo de nuestra trayectoria de tantos años, aquí en nuestro querido país y en los escenarios del deporte internacional e incluso mundial, donde hemos sido convocados a cumplir nuestra modesta función.7

Las reflexiones de estos relatos que a veces rozan la caricatura, apuntan al goce individual y colectivo que produce el arte del juego. Pero también las crónicas de Galeano denuncian las estructuras de poder que operan en la base de uno de los negocios más lucrativos de la actualidad y los motivos que impulsan la tecnocratización del deporte profesional, en detrimento de la alegría, la fantasía y la osadía que han caracterizado a la práctica futbolística en épocas pretéritas.

Notas

* Los datos biobibliográficos de la autora puede el lector interesado consultarlos en nuestro post del día 6 de julio de 2009.
1 Galeano, Eduardo, El fútbol. A sol y a sombra, Chile: Catálogos, 1995, p. 1.
2 Eduardo Hughes Galeano se inició en periodismo en el semanario socialista El sol de Montevideo, publicando dibujos y caricaturas políticas que firmaba «Gius», seudónimo que imitaba la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Luego fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1976 se exilió en la Argentina, donde fundó y dirigió la revista Crisis. Su actividad de militancia política en el periodismo lo obligó, desde fines de 1976, a exiliarse en España, donde vivió hasta 1985, año en el que regresa a su país.
3 Galeano, Eduardo, El fútbol. A sol y a sombra, Chile: Catálogos, 1995, p. 1.
4 «El hincha», ibid., p.7.
5 «El árbitro», ibid., pp. 10-11.
6 «Pobre mi madre querida», ibid., p. 148.
7 «El lenguaje de los doctores del fútbol», ibid., p. 17.

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