Marx y Mariátegui: una relación inconclusa

Por: Xiomara García Machado
Fuente: Revista «El Catoblepas «. Núm. 11, Enero 2003

Este trabajo, realizado en la Cátedra de Pensamiento Latinoamericano «Enrique José Varona», de la Universidad Central de Las Villas (Santa Clara), replantea la actitud del peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) ante Carlos Marx

Acierta Mariátegui cuando afirma, «el marxismo es el único modo de proseguir y superar a Marx». Para José Carlos el marxismo no significó un recetario, sino un método de interpretación histórico que allí donde se ha mostrado revolucionario y genuino, no ha obedecido nunca a un determinismo rígido y pasivo.{1}

Vale decir que la trayectoria del marxismo, desde hace más de un siglo, no ha estado exenta de dogmas y teoricismos que lo sitúan hoy en un punto neurálgico de su desarrollo, así como en una profunda crisis, si no la más compleja de las que ha atravesado. Gran parte de la intelectualidad contemporánea se apoya en este acontecimiento para desvirtuar, tanto el valor teórico y científico del pensamiento de avanzada, como para propugnar la incapacidad de la teoría de Marx para hallar los cauces de realización del ideal comunista como movimiento real que se teje en la urgencia de un cambio social.

El término «marxismo» designa toda una tendencia de pensamiento que le sucede a la obra de Marx y Engels, la cual se expresa en la labor de varias generaciones de escuelas y corrientes, tanto en la vida académica como partidista. El «marxismo» es un fenómeno complejo, que muestra con el fin del siglo XX, una exacerbación de sus contradicciones, en virtud del acumulado padecimiento de dogmas e incongruencias respecto a los contextos históricos en los que se ha gestado.

Urge el ejercicio de la autocrítica, que no debe reducirse al inventario academicista de tesis ciertas o falsas, pues no se trata de un problema formal de clasificaciones estériles, sino de la determinación y aseveración de la correspondencia de la actividad teórica del «marxista» con las exigencias históricas reales en que la misma fecunda.

En esta dirección se encamina el propósito de valoración del pensamiento de Mariátegui, acerca del cual adelanto la intención polémica y crítica, en el mismo espíritu ensayado por el Amauta, para ponderar la seriedad de este pensador que recobra hoy los matices de iluminar cual rayo de luz en el reino oscuro.

Ajeno al academicismo libresco, a la diletancia especulativa, Mariátegui arribó a excelentes concreciones teóricas que se forjaron en la escuela del autodidactismo. La asunción de la comprensión materialista de la historia expresa el síntoma distintivo de este aprendizaje, la capacidad desplegada para la interpretación del ciclo histórico universal de principios del siglo XX, la prolífica comprensión de lo latinoamericano y el avisoramiento de las tendencias de la historia universal, así como de la realidad continental y peruana.

El apego de su labor al marxismo se realiza por vía sanguínea y por vía intelectual. Por las venas fluyeron las raíces clasistas y el eco palpitante de sus orígenes. Por la razón corrió la búsqueda inteligente y humanista del hombre cuyo ideal social permite captar y perseguir la baba del diablo. Pasión y razón son dos momentos inalienables de su obra y acción, por ello no cayó en las trampas de un enfoque exclusivamente sanguíneo, emotivo, voluntarista, como tampoco del frío, especulativo y gris análisis divorciado de las circunstancias reales.

Esta peculiaridad de su pensamiento propició una de las adquisiciones teóricas más enjundiosas, desarrolladas en sentido ascendente durante su actividad periodística e intelectual: la comprensión materialista de la historia. Nótese que Mariátegui no completó el conocimiento y estudio de toda la obra de Marx y Engels, no habían visto la luz textos como La Ideología alemana, tampoco era habitual entre la intelectualidad de su época una teorización de la historia que abarcase la magnitud real de su despliegue.

El esquema de pensamiento reinante en aquellos momentos carecía, como generalidad, del acertado instrumento para eludir los extremos del análisis localista, regionalista de una parte, o los extremos del universalismo abstracto de la otra. Sin embargo este pensador no cayó en tales trampas.

Es por ello tan valioso el examen mariateguiano de la historia que no pecó de dichos extremos, sino que fue congruente y trasciende en valores hasta nuestros días, no por ello exento de contradicciones. Baste mencionar Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, obra en la cual se halla la síntesis de todo su pensamiento. Sin embargo, la comprensión de Mariátegui sobre la historia como proceso universal asume matices significativos en obras como La escena contemporánea en la que destaca su visión acerca de la contradicción entre nacionalismo e internacionalismo, comprendida como la raíz de la decadencia del capitalismo y de la cual se deriva el conflicto entre la política nacionalista y la economía internacionalista.{2}

En Historia de la crisis mundial postula con profundidad, la peculiaridad universal de la crisis del capitalismo, así como el preponderante papel de los factores económicos, sin restarle valor a los factores espirituales de la historia. Plantea, «el internacionalismo no es sólo un ideal: es una realidad histórica», es decir, comprende el momento de la crisis como fenómeno de gran alcance para Europa y para el resto del mundo, incluida América. Resalta además la posibilidad real de la apertura de la historia a la revolución mundial cuando expresa, «un período de revolución en Europa será también un período de revolución en América».{3}

La tesis del conflicto fundamental del capitalismo queda profundizada en la buena nota de que el contraste de la organización capitalista se expresa en que necesita de la solidaridad internacional como condición de vida y a la vez del nacionalismo en oposición a la lucha de clases. Así mismo, recalca que la revolución social no debe ser una revolución europea, sino una revolución mundial.{4}

Todo lo anterior se comprende en virtud del reconocimiento de la precisa sintomatología presentada por el capitalismo, expresión de la hondura de su crisis, de la elocuencia de su decadencia y disolución como orden social que caduca y declina porque no cabe ya dentro de las fuerzas económicas y productivas que aspiran a un mayor desarrollo en el seno de la organización mundial.

Un meritorio grado de concreción lo desarrolla Mariátegui en la obra Ideología y política, cuando analiza el problema de las razas en América Latina y constata que sin los elementos materiales que crea la industria moderna no existirían posibilidades de un nuevo orden social que emancipara a las masas indígenas, dado que el dinamismo de esta economía es el que decide el juego de fuerzas económicas, políticas, culturales e ideológicas que liberan al indígena de su estagnación e inercia, conmina a las masas a la lucha en la que se capacitan material y mentalmente para presidir un nuevo orden social.{5}

Mariátegui rastrea en su tiempo la onda de la historia, desde una postura marxista, asumida con carácter y ajena al doctrinarismo. Hizo extensiva su comprensión profunda acerca de las circunstancias históricas y económicas, al estudio de la realidad peruana, donde demostró la destilación creativa, comprometida y agónica de su pensamiento.

Para el peruano el problema de la revolución socialista era el de la solución de los conflictos económicos que constituyen la zona telúrica del desarrollo social, así como el que propiciara la superación de la lucha de clases y la emancipación de una clase de contenido universal como el proletariado. Asumió consecuentemente la necesidad de la dictadura del proletariado como la organización capaz de encauzar el movimiento real de transformaciones sociales que condujeran a la emancipación universal de los hombres. Desde el umbral del materialismo histórico percibió la problemática indígena y de las razas, lo cual significa la cualidad de concreción con la que hizo coherente su pensamiento respecto a las condiciones sociales dominantes de su tiempo, especialmente respecto a sus particulares circunstancias regionales, de lo cual fue capaz de extraer la universalidad de sus regularidades sin caer en algunos ismos en los cuales se ha encasillado su pensamiento por parte de la intelectualidad latinoamericana, principalmente. En muchos casos se ha construido un indigenismo mariateguiano que seca la savia de su pensamiento y lejos de evocarlo en sus mejores logros lo contrae al estrecho marco de lo regional con lo que queda velada su esencia y su valor, su trascendencia.

Sin proponerse un preciosismo teórico, pues no fue filósofo, Mariátegui demuestra que el examen de la historia no debe distanciarse de los conflictos concretos: en primer orden, los económicos y socioclasistas. En este sentido formula su comprensión del devenir del ideal de la nueva sociedad, no como un problema mental, sino como el resultado del enrarecimiento y caducidad del status quo burgués que acucia a su ruptura y tramonto, hacia una sociedad verdaderamente humana y emancipadora, en fin, como un movimiento real que anule y supere el estado de cosas actual, no como el estado ideal y utópico en que vanamente ha sido exaltado el comunismo en manos de algunos vergonzosos «marxismos». En relación con ello escribió que el socialismo no ha emanado de ningún libro genial, sino que ha surgido de la nueva realidad económica.{6}

No obstante, es necesario discrepar en algunos puntos del análisis que acerca de este fenómeno realiza Mariátegui, con la intención de persuadir al lector, al oyente, del sentido en que se postula esta crítica teórica, encaminada a la reflexión hacia una comprensión que enriquezca y desarrolle, lejos de un estéril balance de logros y limitaciones que no conduciría más que a la estigmatización de tan valedero pensamiento.

Mariátegui logró el propósito de que el marxismo no sea calco, ni copia, por ello es de considerar la polémica con las tesis que defiende acerca del Socialismo, específicamente la que refiere que «el socialismo iba a encontrarse en la necesidad de gobernar no en una época de plenitud, de riqueza, y de plétora, sino en una época de pobreza, de miseria de escasez.{7}

También afirma que «el socialismo más que un régimen de producción es un régimen de distribución».{8} Sin embargo, estas tesis son polémicas si se aprecian sumergidas en conflicto al interior de la concepción de Mariátegui, lo cual se evidencia cuando defiende el criterio de que «la nueva civilización no puede surgir de un triste y humillado mundo de ilotas y miserables, sin más título ni más aptitud que los de su ilotismo y miseria». Otro postulado importante lo expone al afirmar que «en la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y lo heroico de ascensión, el proletariado debe elevarse a una moral de productores, muy distante y distinta de la moral de esclavos».{10}

Esto explica el acento contradictorio de la concepción mariateguiana, buen síntoma para asumir que no fuese doctrinaria ni acabada como el dogma, sino plena en problemas a profundizar y desarrollar. Lo más notorio de estos criterios en pugna radica en que constituyen varios de los problemas a los que el movimiento socialista le debe una solución, tanto en el plano de las ideas como en el de las realidades concretas. La problemática bulle y se erige como uno de los aspectos sobre los cuales se torna necesaria la incidencia tanto hacia el pensamiento como hacia la acción, por lo que es comprensible que en fecha tan temprana como la de los albores de la construcción de la nueva sociedad, léase la revolución rusa, Mariátegui captara la problemática que se tornaba mucho más difícil en la realidad del continente que le viera nacer.

Más allá de este conflicto, que no fue al más sustancial que alcanzara la mirada juiciosa del Amauta, es indispensable calar muy profundamente en su pensamiento para percibir lo esencial: el asunto de la relación entre el socialismo y la función del mito en su hechura. Afirma, «el socialismo es también una religión, una mística»,{11} «el hombre contemporáneo tiene necesidad de fe. Y la única fe que puede ocupar su yo profundo, es una fe combativa»,{12} «ningún espíritu que se siente vacío, desierto, deja de tender, finalmente, hacia un mito, hacia una creencia.»{13}

He aquí, solamente presentado un cardinal conflicto del pensamiento mariateguiano. Ciertamente, elaborado en el centro de una realidad social conflictiva y gestora de mitos por excelencia, lo cual explicaría, en parte, la asunción de esta comprensión. De otra parte, todo parece indicar que fue asimilada directamente a raíz de la influencia de la teoría de los mitos revolucionarios, postulada por el sindicalista Sorel, con cuya concepción Mariátegui se emparentó.

Para demostrar que no es el objetivo de este análisis acerca de la relación inconclusa entre Mariátegui y Marx, la labor de exégesis la que trato de oficiar, sería oportuno advertir que este pensador no concibió la función del mito en el sentido comúnmente practicado por la sociedad como instrumento anacrónico, tampoco para restaurar la mitología supersticiosa y espiritualista, sino como complemento del papel de la razón que según Mariátegui no es suficiente para satisfacer las exigencias individuales de los hombres, por lo que recala en la historia al considerar que «la historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza superhumana… los pueblos capaces de la victoria fueron pueblos capaces de un mito multitudinario».{14}

Para los estudiosos y críticos del pensamiento de Mariátegui, seguramente aparecen argumentos con los cuales velar, a través de la exégesis edulcorada de su obra, este tema que tanto valor posee para la discusión teórica y la polémica de ideas, tal y como fue de polémica su propia gestación a manos del Amauta. Baste citar la siguiente aseveración: «creando ficciones y mitos, que no tienen siquiera el mérito de ser una grande, apasionada y sincera utopía, no se consigue unir a los pueblos. Más probable es que se consiga separarlos, puesto que se nubla con confusas ilusiones su verdadera perspectiva histórica.»{15}

Nuestras circunstancias históricas no reclaman el estudio de los pensadores para su divinización sino para convocar, a través de sus ideas a las mismas multitudes con las cuales comprometieron su pensamiento. La relación de Mariátegui con Marx, digna de resaltar en momentos de vaivenes ideológicos y de tanta confusión teórica, reclama ser completada, enriquecida, desarrollada. De ello debe aprender mucho la tendencia marxista de pensamiento, y en esta búsqueda, Mariátegui muestra un pensamiento con las huellas propias de una época que lo marca como verdadero y profundo analista social.

El ideal comunista no necesita revelación y objetivación a través de mitos, ni de utopías, sino en la lucha de clases encaminada hacia la liberación de las condiciones enajenantes del trabajo humano que tornan cretinos a los individuos sujetos a la producción capitalista universalmente comprendida. Para ello, la clase abanderada en este proceso, tanto por sus condiciones materiales de vida como por las condiciones espirituales está obligada a armarse con algo más desarrollado que con mitos, estos es, la conciencia de clases, cuya forja resulta del colosal proceso del cual ella misma emana: la lucha de clases.

El umbral del siglo XXI marcado por el profundo proceso de globalización, convierte esta discusión en un posible sin sentido, dado el predominio ahora de las teorías antiracionalistas, antimarxistas, antihumanistas, que velan y demoran la comprensión de la urgencia de arrostrar el tiempo del mundo hacia sus cambios, a la vez que universalizan la mentalidad de sus imposibles. Sólo que esta fase aguda de profundización del capitalismo expresada en sus irresolubles contradicciones económicas y en los agotados esquemas de pensamiento que de ella nacen para cumplir sus roles ideológicos y refrendar el supuesto carácter eterno de este cúmulo de circunstancias aparentemente novedosas en que se enreda la historia universal, reclama la comprensión de la necesaria vía de superación tanto de los conflictos económicos que evidencian la caducidad del capitalismo con sus empresas de producción mundial, con sus torres derruidas y sus guerras del hambre, así como de sus resultados espirituales con la decadencia del espíritu secularizado por los medios masivos de comunicación, las modas desideologizadoras, y los mediocres estímulos de que se sirve esta sociedad para enajenar hasta límites vergonzosos a los hombres.

Sigue en pie la vieja cuestión de la necesaria superación de este desorden de cosas que desde Mariátegui hasta nuestros días se ha profundizado y por lo tanto merece la atención del análisis social comprometido para develar en el movimiento real de superación del viejo orden social por y para las fuerzas sociales interesadas en liberar a los hombres humillados económicamente, a los hombres carcomidos espiritualmente, de las trabas en las que se fundan y organizan su actividad productiva y las condiciones de su humanidad unilateralizada, localista, enajenada, dentro de las cuales urge la superación de la división social del trabajo y la propiedad privada a través de la lucha de clases en la que ella misma resulte superada.

A esta concreción es indispensable llegar en todo ejercicio teórico que tienda, desde Marx, hacia los caminos de las rupturas y quiebras históricas. En esos caminos teóricos asentados en las concretas circunstancias materiales de la historia universal es que se puede validar el pensamiento de Mariátegui, en esos caminos en los que se articula una relación inconclusa entre el pensamiento de Mariátegui y el de Marx, radica la fuerza, el valor para asimilar la herencia y trascendencia del pensamiento de este hombre centenario que agoniza en las nuevas generaciones que enfrentan la ardua faena de liquidar esa vieja reja del siglo XVIII.

Notas

{1} José Carlos Mariátegui, Defensa del marxismo, Editorial Amauta, Lima 1987, 13ª edición, págs. 40, 67, 126, 128.
{2} José Carlos Mariátegui, La escena contemporánea, Editorial Amauta, Lima 1987, 14ª edición, pág. 48.
{3} José Carlos Mariátegui, Historia de la crisis mundial, Editorial Amauta, Lima 1969, 3ª edición, págs. 16-17.
{4} José Carlos Mariátegui, idem, págs. 28, 144.
{5} José Carlos Mariátegui, Ideología y Política, Editorial Amauta, pág. 158.
{6} Ibídem, pág. 24.
{7} Ibídem, pág. 128.
{8} José Carlos Mariátegui, Defensa del marxismo, edic. cit., págs. 72-73.
{10} Ibídem, pág. 73.
{11} José Carlos Mariátegui, Temas de Nuestra América, Editorial Amauta, Lima 1960, pág. 46.
{12} José Carlos Mariátegui, El alma matinal y otras estaciones del hombre, Casa de las Américas, La Habana 1982, pág. 411.
{13} José Carlos Mariátegui, Ideología y política, edic. cit., pág. 167.
{14} José Carlos Mariátegui, El alma matinal y otras estaciones del hombre, edic. cit., pág. 413.
{15} José Carlos Mariátegui, Temas de Nuestra América, edic. cit., pág. 21.
 

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