El hombre posmoderno

Por: Hernán Montecinos
Fuente: http://www.icalquinta.cl

Nada parece más apropiado para hacer una caricatura que la caracterización del hombre posmoderno. Por eso se hace difícil no sentirse tentado a emplear términos y referencias peyorativas para referirse a este nuevo hombre, sujeto posmoderno. Dentro de las múltiples caricaturas hay para todos los gustos: hombre plástico, hombre objeto, permisivo, despcrsonalizado, desculturizado, irracional y alienado de sí, errante en medio de una sociedad que también se encuentra alienada en los más diversos planos.

Ciertamente, nadie podría regocijarse de estar viviendo una nueva época que nos ofrece el espectáculo de estar viendo a nuestras hijas gastando dinero en comprar pildoras para adelgazar antes que para comprar libros. Una de las imágenes que más decepcionan es cuando nos damos cuenta cómo nuestros hijos queman marihuana, detestan la política y de academias apenas si conocen las de gimnasia, en donde el culto del cuerpo apenas compensa la atrofia del cerebro. Del Mayo del 68 en Francia, del grito de Córdova en Argentina o de la gran marcha por Vietnam ya no quedan ni rastros, extinguiéndose todo signo de protesta, aún las más débiles. La solidaridad y la colaboración ya no prosperan tan fácilmente y todo rasgo comunitario se abandona, aún pese a que pequeños grupos persisten en ello como un mínimo estado de referencia. El hombre posmoderno se ha transformado en un hombre desvinculado de casi todo aquello que le rodea, totalmente descomprometido excepto con su televisor y con los diversos productos que consume vorazmente. En otras palabras, un individuo rebajado a la categoría de un objeto, de una mera cosa. Al decir del viejo Marx, un sujeto alienado, enajenado, pero, ahora, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración y superioridad sobre el resto.

En lo general, el hombre posmoderno es un individuo errante que antes o después se irá quedando huérfano de humanidad. Sin referencias y completamente desorientado ante las inevitables interrogantes de la existencia será aplastado por los grandes problemas y por las más mínimas cosas. De ahí se explica que se le haga difícil soportar o llevar una vida conyugal estable o asumir con dignidad cualquier tipo de compromiso más o menos serio. Sumido en una vida familiar que obedece a una cultura que es cada día más nihilista y donde el hombre va perdiendo sus vínculos hasta con las cosas que les son más propias, incluso sus familiares más directos. Vivirá solo para sí mismo, pensando en el placer sin restricciones, enseñanza de modelo que, sin duda, asimilarán prontamente sus propios hijos. Nos encontramos ante una nueva inmadurez, poro no una inmadurez trivial o efímera, sino una inmadurez que se vuelve congénita. Es el signo de una de las mayores contradicciones del hombre posmoderno, en donde el conocimiento inútil es lo que más resalta, todo ello, en medio de una avalancha de información que, mientras por un lado lo desculturiza, por el otro, lo desinforma.

Su permisividad pasa a constituir uno de sus rasgos patológicos más característicos, que va de la mano con su desinterés y descreimiento. Esta actitud pasiva describe un estado predeterminado del dejar hacer no importando lo que otros hagan, así se venga el mundo abajo. Con esta actitud pasiva no posee antecedentes de referencias mínimas, transformándose en un dato humano aislado de equilibrio inestable, dejándose llevar por los tirones de las fuerzas encontradas que lo empujan en las más distintas direcciones. Autoimpucsto en un espacio elemental y girando en torno de su propio eje espiritual, yace errando por el mundo, exhibiendo de un lado para otro el único elemento que tiene, esto es, su indolencia, su pasividad y su incapacidad de reaccionar ante los más mínimos acontecimientos. Su tolerancia es la forma para preservarse en un mundo social pluralístico en donde todos deben respetarse. Pero esta tolerancia, más allá de sus principios que pretenden justificarla, representa, ni más ni menos, la aceptación de todo y de todas las posibilidades de lo real, aunque esta aceptación perjudique a unos y otros. La actitud pasiva del hombre posmoderno es solamente el síntoma de una alienación llevada a su grado extremo. Así, siendo pasivo no se relaciona activamente con el mundo y se ve obligado a someterse a sus ídolos y a las exigencias de éstos. Se siente, por tanto, impotente, solo, angustiado. Posee escaso sentido de su integridad y de su propia identidad. El conformismo parece ser el único recurso para eludir la angustia intolerable de ya no tener ideas, pero ni aún la conformidad es capaz de aliviar su angustia.

El hombre posmodemo no es sino aquel producto nuevo aparecido después del largo recorrido de la sociedad moderna que, en el tiempo actual, se encuentra sumamente debilitada. Un hombre nuevo que vive al compás de las urgencias de las máquinas, con su utilitarismo y su eficacia, con sus ciudades industriales que enferman, con sus cultos a la salud y a la belleza, con sus supermercados frenéticos y sus numerosos espectáculos. En suma, un hombre pos-moderno ávido de goces intensos, despojado de toda espiritualidad y haciendo culto de la droga y del sexo, un hombre desamparado en esta sociedad de consumo, a la vez hastiado y hambriento. Pero, si el hombre moderno ha sido incapaz de detener el confinamiento de los seres humanos en grandes ciudades y ha asistido atónito al espectáculo de cómo la industria gasta la materia de la naturaleza, a menudo, en procesos que se tornan irreversibles, bien podemos presentir que nuestra civilización se encuentra ante una crisis de proporciones incalculables. Sin embargo, allí donde el hombre moderno se ha mostrado incapaz, el hombre posmoderno no le va en menos. Y cada vez más, cuando miramos los fenómenos que son hoy el espejo del progreso posmodemo, sentimos con alarma que toda solución es parcial e insuficiente y, lo que es peor, existen situaciones dramáticas para las cuales las soluciones ni siquiera existen. Después de todo, la simple contemplación del hombre posmodemo sin límites morales ni éticos nos lleva a la convicción de que difícilmente se podrá confiar a los Estados de la Tierra la empresa de corregir el rumbo y garantizar un futuro que nos parezca más o menos estable. Así, entonces, será estéril que hagamos apología a la aparición de un hombre posmoderno en la medida que éstos no nos aseguran tener la capacidad de detener o siquiera alterar la tendencia histórica que se ha precipitado vertiginosamente ya con el advenimiento de la época moderna.

El hombre posmoderno, con su ansia de goce insatisfecho y consciente de sus propias limitaciones, termina por darse cuenta de que no es capaz de realizar todo lo que quiere y, le surge, entonces, la necesidad de mimetizarse en otras referencias. De allí surge lo sobrenatural, lo supremo, en los que delega la tarea de colmar la fractura entre lo que se desea y lo que se puede conseguir. Ese Ser Supremo explota en una multitud de creencias totalizantes y de poderes misteriosos que lo guían en su frustración para lograr hacer lo que él nunca ha podido. En tal estado es fácil llegar a conformar ámbitos sustantivos de insatisfacción que incentivan a buscar caminos ocultos que la racionalidad había dejado de lado hace tiempo. Nos encontramos así frente a una frenética búsqueda de algo, no importa que sea cualquier cosa, en la medida que satisfaga el ansia insatisfecha.

EN BUSCA DEL SENTIDO

Como todos los hechos y fenómenos que se suceden en la historia y en la vida, la Posmodemidad no dejará de encontrarse señalada por elementos que le otorgan un carácter tanto positivo como negativo. Sin embargo, la regrcsividad en la calidad de los cambios que hemos logrado determinarle nos pondrán una piedra de tope -en el sentido de prcjuiciamos- para no entrar a reconocerle aspectos positivos.

A pesar de esta apriorística limitación, podríamos vislumbrar algo de positivo en tanto que el discurso de lo posmoderno puede significar involuntariamente una esperanza para las víctimas de la Modernidad en sus más diversos referentes, dentro de los que se encuentran las de nuestro continente latinoamericano. Esperanza que debería de traducirse en que el camino de la humanidad no precise más de las dominaciones directas y que no haya más destrucciones y exclusiones de las diferencias.

En este sentido, el discurso de la Posmodcmidad significaría la ocasión de reconocer el fracaso de un tipo de razón que, por miedo a la diferencia, se obligaba a destruirla para autoafirmarsc de manera imperialista. Significaría, una confesión del fracaso de una forma de política que siempre lleva a la exclusión de los otros, esto es, de los culturalmcntc diferentes, de los sexualmente distintos, de los religiosamente diversos, etc. Ahora, tal confesión reclama una conversión del paradigma, exigiendo una nueva actitud fundadora de una nueva alianza, de manera que ósta produzca vida para los seres humanos fundada en un compromiso con el entorno ecológico que nos proporciona la naturaleza y un buen aprovechamiento de la liberalidad para los fines de su propia existencia.

La Posmodcmidad ha tenido el mérito, entonces, de liberar las subjetividades del cncuadramicnto forzoso en instituciones totalitarias con sus éticas rígidas, con sus religiones e iglesias forzosas, sus filosofías globalizantcs, etc. La Posmodernidad propicia el surgimiento de una dimensión que enlaza el yo con el nosotros, evitando el individualismo del orden capitalista y el colectivismo socialista. En suma, en la Posmodcmidad, la espiritualidad y la ética fundamentales son convocadas como matrices generadoras de un nuevo paradigma civilizatorio, hoy de dimensiones planetarias, teniendo como sujeto colectivo por primera vez en la historia a la humanidad como un todo, humanidad unificada y solidaria por su origen, por su convivencia en este planeta y por su destino colectivo ahora junto al cosmos.

Desde otra perspectiva, la Posmodernidad ha venido a tener el mérito de asentar definitivamente principios que, si bien durante la Modernidad siempre existieron, tuvieron una presencia marginal dentro de una lógica exclusivamente racionalista. Hemos logrado caer en la cuenta de que la sociedad moderna ha venido a ser una sociedad represora de muchos aspectos del ser humano. Ha sido represora respecto de su pathos (forma de sentir), toda vez que la forma en que vivimos también responde a la lógica de cómo sentimos, cómo percibimos el mundo. Si bien los románticos reivindicaron estos aspectos, esa reivindicación se esfumó en una visión elitista de las artes y lo estético. Hoy, ya no se trata de una intuición romántica reivindicada por puros intelectuales y artistas, sino que pasa a ser una esencialidad en la dimensión para toda la vida humana. La Posmodernidad, entonces, no sólo redescubre, sino que asienta, que el ser humano no es exclusivamente un ser racional. La racionalidad es una de las dimensiones del hombre, toda vez que éste no es sólo un ser pensante, sino un hombre sensible, un ser con corazón que percibe, que imagina, que intuye, que crea; en definitiva, un ser simbólico integral.

En el orden filosófico, la Posmodernidad viene a ser una rcafir-mación de las críticas de Marx, Weber, Adorno, Habermas, etc., en la medida que ratifica y glorifica el lado patológico de la Modernidad para trascenderla en otra realidad distinta, la realidad posmodema. A su modo, la Posmodernidad, al igual que el socialismo, pretende trascender a la Modernidad no por una nueva realidad socialista, sino por una posmodema. Por tanto, no hay que echar en saco roto las críticas posmodernas a la realidad moderna, en tanto que éstas se orientan, al igual que el socialismo, a trascenderla. Lo que interesa, en este punto, es que la Posmodernidad le enseña al socialismo a estar atento a los latidos de la nueva realidad, única posibilidad de poder lograr los objetivos socialistas, un destino socialista, si se quiere, ahora posmodemo. Porque, a no olvidarlo, si bien el posmodernismo ha logrado liberar muchas de las ataduras a las que nos tenía sometido el modernismo, las determinantes científicas de Marx para la sociedad capitalista siguen en pie, esto es, que la explotación, la alienación y la enajenación siguen su curso bajo nuevas condiciones que hoy sabemos reconocer como posmodernas.

Finalmente, las posibilidades positivas del posmodemismo dependerán de nosotros mismos, en la medida que sepamos separar de su cuerpo doctrinal las ideas que sirvan para los propósitos de nuestros objetivos igualitarios, de emancipación y humanistas. Será ciertamente una tarea difícil, más aún cuando le hemos llegado a descubrir un trasfondo ideológico que ayuda y que ha capitalizado el neoliberalismo. Ello no le resta mérito para que intentemos extraer síntesis interpretativas para la reinvención colectiva del futuro. Crear posibilidades en las propias fuentes de las ideas posmodernas para caer en la cuenta de que la sociedad moderna ha venido a ser una sociedad represora de muchos aspectos del ser humano. Ha sido represora respecto de su pathos (forma de sentir), toda vez que la forma en que vivimos también responde a la lógica de cómo sentimos, cómo percibimos el mundo. Si bien los románticos reivindicaron estos aspectos, esa reivindicación se esfumó en una visión elitista de las artes y lo estético. Hoy, ya no se trata de una intuición romántica reivindicada por puros intelectuales y artistas, sino que pasa a ser una esencialidad en la dimensión para toda la vida humana. La Posmodernidad, entonces, no sólo redescubre, sino que asienta, que el ser humano no es exclusivamente un ser racional. La racionalidad es una de las dimensiones del hombre, toda vez que éste no es sólo un ser pensante, sino un hombre sensible, un ser con corazón que percibe, que imagina, que intuye, que crea; en definitiva, un ser simbólico integral.

En el orden filosófico, la Posmodernidad viene a ser una rcafir-mación de las críticas de Marx, Weber, Adorno, Habermas, etc., en la medida que ratifica y glorifica el lado patológico de la Modernidad para trascenderla en otra realidad distinta, la realidad posmodema. A su modo, la Posmodernidad, al igual que el socialismo, pretende trascender a la Modernidad no por una nueva realidad socialista, sino por una posmodema. Por tanto, no hay que echar en saco roto las críticas posmodernas a la realidad moderna, en tanto que éstas se orientan, al igual que el socialismo, a trascenderla. Lo que interesa, en este punto, es que la Posmodernidad le enseña al socialismo a estar atento a los latidos de la nueva realidad, única posibilidad de poder lograr los objetivos socialistas, un destino socialista, si se quiere, ahora posmodemo. Porque, a no olvidarlo, si bien el posmodernismo ha logrado liberar muchas de las ataduras a las que nos tenía sometido el modernismo, las determinantes científicas de Marx para la sociedad capitalista siguen en pie, esto es, que la explotación, la alienación y la enajenación siguen su curso bajo nuevas condiciones que hoy sabemos reconocer como posmodernas.

Finalmente, las posibilidades positivas del posmodemismo dependerán de nosotros mismos, en la medida que sepamos separar de su cuerpo doctrinal las ideas que sirvan para los propósitos de nuestros objetivos igualitarios, de emancipación y humanistas. Será ciertamente una tarea difícil, más aún cuando le hemos llegado a descubrir un trasfondo ideológico que ayuda y que ha capitalizado el neoliberalismo. Ello no le resta mérito para que intentemos extraer síntesis interpretativas para la reinvención colectiva del futuro. Crear posibilidades en las propias fuentes de las ideas posmodernas para desarrollar nuevos horizontes en la política, capaz de convocar y comprometer a los actores sociales en el nuevo contexto. Que la nueva revaloración que hace de la pluralidad y la democracia nos sirvan para una nueva cultura democrática que no sea sólo una elección de sucesivos gobiernos electos por circunstanciales mayorías. En fin, abrir nuestra percepción en el mundo de los nuevos contextos, así como supo Marx mirar profundamente la realidad de su tiempo para extraer de allí lo mejor y posibilitar así el mejoramiento de la sociedad y, si se puede, mejor aún, posibilitar su cambio.

Lo anterior puesto que ningún investigador social, filósofo o intelectual podría prescindir jamás de los aparatos teóricos que postulan o elaboran otros intelectuales que, desde circunstancias distintas, formulan tesis importantes que dicen relación con cambios en la realidad social. En el presente caso, la imprescindcncia de los aparatos teóricos posmodernos será necesaria en la medida que sus tesis pretenden determinar que nos encontramos ante nuevos paradigmas civilizatorios y que es, precisamente, la emergencia de estos nuevos paradigmas lo que estaría configurando el hecho de que nos encontramos ante un nuevo tiempo histórico distinto de la Modernidad.

REFLEXIONES FINALES

La sociedad sin límites del pensar posmodcmo nos ha hecho olvidar que nos encontramos en este mundo en un estado de tran-sitoriedad y fragilidad que cada día que pasa se nos hace más patente. El solo hecho de encontrarnos desprovistos de fines y proyectos y faltos de certidumbres nos ponen en un punto en que cada uno de nosotros sólo se encuentra viviendo lo transitorio. Vivir, entonces, nuestros días sin pasado en el cual contemplarnos y sin futuro en el cual proyectarnos nos hacen sentir que los acontecimientos que se suceden a nuestro alrededor se toman efímeros y, por tanto, la temporalidad se nos estrecha unilateralmcntc. Podemos decir que nos encontramos en un mundo que ha hecho tabla rasa de sus escrúpulos, para convencemos de que las aspiraciones del espíritu deben dar paso a las necesidades del éxito y del dinero. No nos queda tiempo para recordar que la humanidad posee una gran reserva, que es esa gran certidumbre de su evolución espiritual como única garantía para acercarla a la plenitud de la realización de su sueño. Sin embargo, las posibilidades do nuestras certidumbres se han visto franqueadas por la mezquindad de aportunidades, por la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y por el cálculo frío de la medición de las estadísticas que acallan nuestros espíritus y asordinan la libre expresión de nuestros ideales. Hemos olvidado que la humanidad ha dado más avances cuando se ha aproximado a la verdad con Sócrates, Cristo, Marx o Galileo. Lo anterior no supone tan sólo una revolucionaria forma de pensar nuestro papel y nuestro rol en este mundo, sino también y sobre todo, una reorientación en el camino de la búsqueda de la verdad cuyo significado no debe entenderse como un dogma científico, ideológico o religioso, sino como un proceso de enriquecimiento, puesta la mirada en aquello que sea capaz de acercamos lo más posible a la plenitud de nuestro ser y de nuestra potencialidad humana.

El hombre, que nunca ha sabido tener una seguridad completa acerca de sí mismo, esto es, en el sentido de una presencia humana con solidez capaz de proyectarse en su realización hacia el futuro, cae en nuestro tiempo en una orfandad del todo insostenible. La velocidad de los cambios que trae aparejado el desarrollo de la ciencia y la técnica hacen imposible la comprensión y asimilación del presente inmediato y un desconcierto en la mirada para atisbar el futuro más inmediato. El hombre termina por caer en la geometría casi absoluta de una temporalidad que se fragmenta y se deshace y desvanece velozmente. El mismo desarrollo de la cultura llamada occidental trae en sí los gérmenes que apresurarán este desvanecimiento. La explotación del hombre, la depredación de la naturaleza y la ausencia de posibilidades de una autorroalización que lo proyecte en su dimensión humana, serán los signos que caracterizarán al hombre en su condición ya posmoderna. Y si la vida no ha sido nunca estática y la historia reciente nos muestra un panorama de desplazamientos plagados de contradicciones que aún no terminamos de comprender, resulta evidente que la imagen cultural sostenida, hasta principios de nuestro siglo, se nos empieza a desperfilar vertiginosamente.

No pareciera ser indicio muy promisorio el que la gente se encuentre rechazando la racionalidad y el conocimiento científico para buscar alternativas que precisan de una fe ciega que aniquila toda razón. De seguro, algo grave está sucediendo en el mundo cuando la mayoría de la gente se encuentra tan proclive a dejarse seducir por el canto a la falaz promesa reñida con el sentido común más elemental. No puede ser de otra forma cuando se está privilegiando un pensamiento mágico que ya no se enmascara ni esconde, sino que asoma escandalosamente a la superficie cuando el espíritu cartesiano día a día se difuma vertiginosamente. ¿Por qué resulta hoy más fácil creer en lo mágico que en lo científico? No podríamos estar seguros que se deba tan sólo a la imposición de la ley del menor esfuerzo. Su razón fundamental es, de seguro, que la humanidad se encuentra en un estado de incomprensión y desilusión tal, que la hace perderse a sí misma. Si percibimos que nos encontramos viviendo en un nuevo mundo que se quiere reconocer como posmodcrno y desconocemos, a la vez, lo que ese mundo es en su escncialidad, entonces, lo que importará saber es, en definitiva, cuál es el papel que jugamos cada uno de nosotros en medio de todo este desconcierto. Todo parece indicar que nos hemos convertido en simples números o en valores de cambio o cualquier otra cosa, pero menos en seres humanos. La advertencia que nos dejara lanzada Nictzschc en cuanto a que el desierto se encuentra avanzando, parece ya una realidad a la cual no nos escapamos.

Ahora bien, si partimos del reconocimiento que nos encontramos en una sociedad injusta, ¿será justo renunciar al proyecto de transformarla en otra más justa? La negación del proyecto emancipador es, en definitiva, una cuestión central no sólo teórica, sino práctica y política, ya que descalifica la acción y condena a la impotencia o al callejón sin salida al proclamar la inutilidad de todo intento de transformación radical de la sociedad presente. Si partimos de la base que el posmodernismo proclama que todo proyecto de emancipación, y no sólo el de la Modernidad, es una causa perdida; que el intento de fundarlo racionalmente carece de fundamento y que la razón que impulsa la revolución científica y técnica es inexorablemente un arma de dominio y de destrucción, la respuesta que cabe es que no se puede renunciar, así como así, a un proyecto de emancipación, justamente porque tiene su fundamento y su razón de ser en las condiciones actuales de existencia que lo hacen posible. Contribuir a fundar, esclarecer y guiar la realización do ese proyecto de emancipación que, aún en las condiciones posmodernas sigue siendo el socialismo, un socialismo si se quiere posmodcrno, sólo puede hacerse en la medida en que la teoría de la realidad que hay que transformar se encuentre atenta a los latidos de esa realidad liberándose de concepciones teleológicas, deformadoras y estrechas que llegaron a impregnar incluso al mismo pensamiento de Marx.

En esas condiciones, las respuestas a las críticas de la Modernidad no pueden remitirse a rescatarle su lado afirmativo, como pretendía Habermas, aportando un nuevo estatuto comunicativo a la racionalidad. El proyecto de emancipación inconcluso de la Modernidad sólo podrá realizarse superando las limitaciones burguesas capitalistas que, después de Marx, lejos de haber caducado, se han acentuado. Pero, sin duda alguna, este proyecto sólo podrá realizarse tomando en cuenta las nuevas limitaciones que aportan las condiciones pos-modernas, es decir, las limitaciones que opone el capitalismo multinacional en su nueva etapa de hegemonía casi total. En este contexto, resultará contradictorio definir al posmodernismo como un nuevo paradigma, en la medida que se encuentra en una situación que se define a sí misma, aún por lo provisional. Lo anterior, por cuanto no se puede ser protagonista de la sociedad asumiendo sólo la realidad que pasa en el fugaz presente. Es fundamental proyectar el espíritu humano hacia un futuro posible, ese futuro que no es sólo lo que viene después de manera determinista e inevitable, sino lo que está abierto a nuestra responsabilidad histórica. En resumen, no quedamos en el futuro posible o probable, sino preparar las condiciones para alcanzar ese futuro deseable.

Ahora bien, la conciencia social de cada sociedad concreta es un fenómeno complejo y contradictorio. El ser social no es del todo homogéneo y contiene muchas tendencias y fenómenos avanzados y revolucionarios, así como también reaccionarios, fenómenos que se encuentran reflejados en la conciencia social. En medio de este dilema, la implacable ciencia que nos proporciona un progreso tremendo en nuestro dominio sobre la Naturaleza, en nuestra habilidad para utilizarla en provecho de nosotros mismos, no ha podido ser capaz de entregarnos los instrumentos necesarios para la realización efectiva de nuestros máximos fines humanos, haciendo, por tanto, que el disfrute de los valores se haga inseguro y del todo precario. Surge, entonces, la contradicción vital porque, en tanto más multiplicamos los medios materiales menos nos preocupamosde los valores humanos. Así, en un contexto tan desolador en el que las ciencias se muestran impotentes para solucionar los grandes problemas humanos, no es de extrañar, entonces, que las miradas se vuelquen nuevamente a buscar refugio tanto en la magia como en la religión.

Si algún legado deja el posmodernismo, es que nos obliga a la reflexión y a un replanteamiento que tenga que ver con aquello a lo que hay que prestarle atención en el muy poco tiempo que marcamos nuestros pasos por esta tierra. Más aún cuando hay toda una reacción cínica muy angustiosa de vivir muy fuertemente lo efímero y lo frivolo. Sin duda nos encontramos viviendo una crisis mundial de sentido, del por qué hacemos las cosas, de cuál es el sentido de asumir en el tiempo actual tantas posibilidades, cuando definitivamente está claro que el paraíso no está en la tierra, toda vez que ha quedado demostrado que no hay paraíso comunista, ni menos, paraíso capitalista y los optimistas empiezan a desaparecer o lisa y llanamente se desbandan. Así, entonces, es necesario retomar el espíritu trágico humano, pero no para ver cómo se hace pedazos y se derrumba, sino para posibilitar rescatarlo de tal condición. Desde esta perspectiva, en un hombre y una sociedad que han cambiado tan radicalmente en tan corto tiempo, necesitamos con urgencia la revisión de estos cambios, no para llorar sobre ellos, sino para ver si somos capaces de reconstruir los ejes progresivos que le vuelvan a dar sentido al presente y al futuro de la condición humana. Después de todo, quizá en breve tiempo echemos de menos las certezas por esa cierta áurea que despiden y atraen, y por las cuales los espíritus con sinceridad se la juegan. No sería de extrañar que en un tiempo no muy lejano, al poner en una balanza las certezas e incertidumbres, sean mucho más acogedoras las certezas, porque al menos ellas nos alientan a seguir viviendo por algo que vale la pona jugársela, aún pese a que podamos equivocarnos. Esto último, a no dudarlo, tiene más valor que jugársela por nada.

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6 comentarios

  1. Cirscunstancias que no vienen al caso explicar me han impelido a estudiar postmodernismo y este artículo es un buen abreboca porque cada parrafo sirve para desarrollar un tema, me gustó mucho todo lo que abarca. El postmodernismo es un sistema de vida en el que estoy inmersa y no me había dado cuenta hassta hace poco. Felicito al autor e imprimiré este atículo para releerlo con mucha calma. Exitos

  2. ¿Qué extraordinario!

    Estoy asombrado de tus pocas luces

    No entregas ningún argumento y cero fundamentos que avalen tu juicio

    Es probable que hayas tenido limitaciones para poder expresarte. Si así fuera te acosejo seguir al pie de la letra los sabios consejos del filósofo-linguista austriaco, Ludwig Wittgenstein: Quien no pueda decir algo claramente, mejor que se calle

    Yo por mi parte, te digo:
    Bienvenidas sean las críticas siempre y cuando éstas sean fundadas y con exposición clara de los argumentos. Lanzar frases sueltas a modo de una pura paparruchada de nada sirve y habla muy mal de quien así lo hace.

    Saludos

    HERNÁN MONTECINOS

    • ¿por qué asombrarse de alguien que tiene pocas luces?
      Acabo de recibirme de Bachiller gracias a las Misiones Educativas y comencé a estudiar Trabajo Social.
      ¿es “pecado” la Ignorancia?
      creo que no
      Creo que es “pecado” saberse ignorante y no tratar de subsanarlo; tengo 38 años a mi edad Usted de pronto era la pHD………
      Yo voy en el camino
      Y lo que pretendí fué felicitarlo porque me resultó fácil desde mi ignorancia y carencia de luces encontrar alguien que escribiera claro y coherente.
      Disculpe hoy revisé su pagina y bajé muchos artículos de su web pero no me atrevo a opinar sobree ninguno por eso que Usted intuyó con mi verbo precario………….Que Tengo CERO LUCES

  3. gracias a su argumento puedo entender que es el ser humano posmodernismo
    muchas gracias

  4. [...] El hombre posmoderno [...]

  5. Nací en la posmodernidad, aun así me resisto a perder los valores que me dieron mis padres y la vida misma en cada experiencia, creo que muchas de las miserias del hombre posmoderno no las llevo, porque estoy en constante superación espiritual, es decir solo hago cosas q enriquecen mi espíritu y mi alma, en fin..
    no pude evitar dejar un comentario (nunca me interesa hacerlo) cuando leí que quien redacto lo que antes me produjo admiración fuese tan despectivo; pero claro es el espejo…el hombre posmoderno no?? donde fue a parar la evolución del hombre, que siempre piensa que la sabe todas subestimando al resto, que si soy mejor o superior no necesito demostrarlo, solo colaborando y compartiendo mis riquezas en todo caso antes que burlarme pensando en lo afortunado que soy. No podía dejar de decirlo después de todo no soy yo quien deba educar a nadie.
    IVANA ORTEGA 28 AÑOS (mi profesión no interesa, no me hace)

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