Bolivia merece una salida al mar

Por: Carlos Gutiérrez
Fuente: http://www.elclarin.cl (07.06.11)

Un nuevo fracaso de la élite chilena en política exterior se ha visto reflejado en la postura que el gobierno boliviano del Presidente Evo Morales ha adoptado en relación a la histórica exigencia por una salida soberana al pacífico y que dice relación con la posibilidad de una demanda ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, así como su instalación en foros multilaterales, como en el caso regional de la OEA.

A partir del discurso del 23 de marzo, en el contexto de la conmemoración de la Guerra del Pacífico con Chile, que le significó una pérdida territorial que le cercenó la salida al mar, la postura boliviana ha venido tomando posiciones más duras y abarcando distintos escenarios, desde el judicial al político, sobrepasando la histórica barrera del bilateralismo, para hacer de su reivindicación un asunto multilateral, en el cual ya ha conseguido importantes declaraciones y resoluciones.

Esta nueva postura boliviana viene a terminar con el progresivo mejoramiento de relaciones diplomáticas que se vivió desde finales del gobierno de Ricardo lagos y particularmente en el de Michelle Bachelet, donde se avanzó históricamente en consolidar una agenda de 13 puntos, que sintetizó de buena manera un abanico de temas bilaterales, en que se incluía el marítimo, pero que logró ser subsumido en una mirada estratégica más completa y global para una modalidad de vecindad contemporánea.

La coyuntura histórica también jugó un papel importante. Se encontraban dos jefes de Estado que tenían un importante respaldo popular interno (Morales y Bachelet), que representaban miradas políticas progresistas, aunque con sus respectivas diferencias, y compartían un interés vital en potenciar las relaciones regionales que permitiese un proceso de integración, para lo cual era fundamental avanzar en los temas históricos pendientes.

El Presidente Morales gozaba de una simpatía importante en la región y Chile paulatinamente asumía una responsabilidad mayor con su entorno internacional directo, aquel del cual nos habíamos alejado producto de una mirada economicista y de corto plazo que nos hizo abandonar la subregión y concentrarnos en la sola lógica del comercio internacional con las regiones más alejadas. Fueron los momentos en que nos pesó la soberbia de la élite chilena que había declarado su malestar por convivir en un barrio desagradable, sintiéndose en forma complaciente como el alumno sobresaliente de la región, a propósito de las felicitaciones de los organismos financieros internacionales y de los grandes íconos de la economía capitalista mundial.

Pero como siempre la realidad es más fuerte, en forma abrupta nos dimos cuenta que convivíamos con vecinos que también tenían sus planteamientos de desarrollo, a los que podríamos necesitar y sobre todo de los cuales jamás podríamos separarnos.

Volvieron a aparecer los fantasmas de las rivalidades de Chile con sus vecinos del norte, lo que se plasmó con más fuerza en la demanda territorial de Perú que hoy se encuentra en La Haya.

A mediados de 2009 se presentó una propuesta por el gobierno chileno que habría satisfecho las aspiraciones bolivianas, puesto que se cumplía con el objetivo de una salida al Pacífico, la infraestructura necesaria y facilidades apropiadas para cumplir con el objetivo de una vía expedita para el comercio y las comunicaciones. Y a su vez no significaba pérdida territorial ni soberanía para Chile. Se había dado un paso histórico.

Pero todo quedó hasta ahí, también pesó cierta desidia y falta de convicción en el gobierno de Bachelet para avanzar en forma decidida en una solución histórica a la mediterraneidad boliviana. Al igual que en otras materias de su gestión política y programática, se tranzó con los sectores más conservadores de la élite política y militar, que siempre han menospreciado a Bolivia. Hay que recordar que una de las máximas de la cancillería chilena, decía que la mejor relación con Bolivia es justamente no tener relaciones.

El cierre dorado lo puso el gobierno de Piñera, que encarnando de mejor forma a los sectores conservadores y los intereses económicos, clausuró toda posibilidad de una solución equitativa con Bolivia, privilegió las expectativas comerciales con Perú y volvió a la histórica tensión y menosprecio al pueblo boliviano.

Después de varios años de lenta y silenciosas negociaciones entre los gobiernos de Bolivia y Chile, Piñera se encargó de dilatar y evitar cualquier solución, pasando por desechar en forma total la propuesta del gobierno de Bachelet. Recordemos que hubo varias reuniones, se formaron otras tantas comisiones, se fijaron reuniones entre los cancilleres, y se prometió una respuesta para noviembre de 2010, incluso con el gobierno de Brasil como facilitador de buena fe. Solo fue el montaje de una obra que nunca fue pensada para que tuviera un final feliz. Aquí quedó una vez más de manifiesto que la tan manoseada aseveración de política de Estado en materias internacionales nada importó al momento de las definiciones, y en cambio operó lo que siempre ocurre con la actividad política y el poder, que es la instalación de los respectivos proyectos ideológicos que cada uno sustenta.

Piñera dejó instalado en la retina internacional un hecho bochornoso para el Estado chileno, que justamente tiene que ver con la falta de respeto por la continuidad en las negociaciones, y el permanente engaño en las conversaciones internacionales.

Muy al contrario de lo que manifestaron los medios de comunicación chilenos y algunos líderes políticos exaltados de chauvinismo nacionalista, no fue el gobierno boliviano el responsable de este nuevo lío internacional para Chile.

El gobierno de Piñera nunca tuvo ánimo ni capacidad de realizar una propuesta seria. Dilató y no cumplió el cronograma de trabajo fijado bilateralmente; siguió con su retórica discursiva del llamado al diálogo, pero sin la densidad debida. Y con todo el cinismo desplegado

La elite conservadora chilena una vez más frustró un acuerdo que pusiera a los dos pueblos con la mirada fija en el horizonte, desarrollando políticas de cooperación e integración y así cambiar definitivamente el paradigma de la postergación y la confrontación.

El gobierno boliviano del Presidente Morales dio muestras de enorme paciencia y cordura, esperanzado en que el diálogo bilateral tuviera algún resultado viable; después de tantos años y reuniones sin logros específicos, resulta natural que aquella frustración se traduzca en nuevas iniciativas, acudiendo al derecho internacional y a las instancias multilaterales reconocidas. Es una demostración más del ánimo no beligerante con que esperan resolver su demanda histórica.

Que el berrinche chileno se nutra de lugares comunes no es novedad. Es cierto que una línea continua y seria en política internacional pasa por reconocer la intangibilidad de los tratados, pero también es cierto que una política seria, afincada en los verdaderos intereses nacionales pasa por resolver las inquietudes y tensiones con los pueblos vecinos, a los cuales les fueron arrebatados territorios a través de una guerra injusta y expansionista llevada adelante justamente por intereses particulares de ciertos sectores económicos, más aún si éstas siguen perturbando una convivencia pacífica y cooperativa.

Se nos pide no mirar hacia el pasado y asumir lo ya hecho como algo intocable, pero tampoco se nos permite mirar hacia un futuro de oportunidades comunes, donde los genuinos intereses nacionales no son otros que la convivencia pacífica y el desarrollo de nuestros pueblos.

Espero que los sectores progresistas y de izquierda no caigan en el facilismo del llamado a la unidad nacional de Piñera para enfrentar la petición boliviana en las instancias internacionales, que por lo demás le sirve para tratar de frenar su caída en picada en la popularidad interna. Por el contrario, deberían realizar una crítica profunda al manejo de una política exterior que nos está desprestigiando en el seno de una comunidad internacional cada vez más proclive a la resolución amistosa de las controversias y nos pone en la vitrina como un país agresivo, prepotente y amenazante. Basta solo repasar las declaraciones del Ministro de Defensa, Andrés Allamand, que plantea como solución del problema la recurrencia a la fuerza.

Hoy en día también se requiere una política progresista en la mirada de los asuntos internacionales, más cuando los pueblos están exigiendo paz, democracia, estado de derecho internacional, integración, cooperación y multilateralismo.

Carlos Gutiérrez P.

Director
Centro de Estudios Estratégicos
CEE-Chile

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