Tiempo cero/experiencia cero: anotaciones sobre el arte de (h)ojear

Por: Miguel Á. Hernández-Navarro
Fuente: Enviado por Héctor Siluchi (artista visual)

Toda producción cultural está sompor el sistema general de organización de los mundos de vida –en tanto forma institucionalizada. […] Es necesario transformar radicalmente la forma contemporánea de la cultura si se pretende que recupere su poder simbólico, de organización y transformación de los mundos de vida. Es tarea del programa crítico combatir con todas las armas posibles el proceso de sistemática banalización y depotencialización simbólico de la cultura–José Luis Brea

Últimamente, se compara una y otra vez la literatura con las artes visuales. Este nuevo y remozado Ut pictura poesis está, sin duda, dando lugar a uno de los debates más fructíferos del panorama teórico contemporáneo. Partiendo de esa relación creciente, en este breve texto quisiera llevar el debate otro aspecto en el que la comparación que también podría resultar interesante: la experiencia de la lectura de la obra literaria y la experiencia de la contemplación de la obra visual. La tesis que me gustaría defender aquí, es que en el mundo contemporáneo estos dos niveles son totalmente incomparables, pues mientras que seguimos leyendo los libros, hemos dejado ya de contemplar –de leer– las obras de arte. Como digo, aún seguimos leyendo libros, entendiéndolos mejor o peor, pero completando un proceso de lect ura que, por lo general, es el requerido por el autor. Aunque ninguna lectura satisface la expectativa del autor –y aquí deberíamos aludir a la estética de la recepción y a las nociones de lector ideal–, y aunque, por supuesto, cada lectura está condicionada por un contexto y una historia, y hay lecturas más informadas que otras; aunque todo esto ocurra en el ámbito de la literatura, hoy a nadie –a muy pocos, la verdad– se le ocurre decir que ha “leído” un libro, y menos hacer una crítica literaria, si tan sólo lo ha hojeado por encima. Esto, que no es sino de sentido común, apenas sucede en el ámbito de las artes visuales, donde el tiempo requerido para la contemplación de la obra es mayor que el tiempo del que muchas veces disponemos para verla.
En un mundo saturado de estímulos y actividad, como el presente, apenas hay tiempo para ver las obras de arte con el detenimiento y profundidad que sería necesario. Si uno lo piensa bien, la experiencia que tenemos en un museo, en una bienal, en una exposición de arte, se parece mucho más a la experiencia de hojear un libro que a la experiencia de leerlo. Llegamos a la exposición, deambulamos entre las obras y, con las mismas, salimos hacia otro lugar. Eso recuerda bastante a lo que uno hace en una librería ante la mesa de novedades. Mira la portada de un libro, lee el título, si le interesa algo, lee la contraportada y la solapa, en ocasiones incluso lo abre y lee la primera frase, y hasta puede llegar a leer un fragmento o alguna página que otra si dispone de tiempo. Esa experiencia ante el libro, por supuesto, no es la experiencia de la lectura. Si uno tiene verdadero interés en el libro, lo compra y lo lee en casa con tranquilidad. Lo que ocurre en gran parte de las ex posiciones de arte contemporáneo –pero también de arte en general– es que ese segundo momento después de hojear el libro, el momento de lectura, no existe o progresivamente ha sido suprimido por un déficit de tiempo. Evidentemente, estamos ante diversos modos de existencia de los objetos –modos alográficos y autográficos en el sentido propuesto por Gerard Genette– y no podemos llevarnos la obra de arte a casa –aunque cada vez más esto sea puesto en cuestión con el vídeo y otros formatos artísticos en los que lo autográfico es ya apenas un residuo fantasmático de un tiempo que ya no es el nuestro–. Como digo, no se trata de que no leamos la obra porque no podamos llevarla a casa sino porque no tenemos tiempo material para hacerlo. Se ha comprobado de varias maneras que el tiempo medio que uno está ante una obra de arte no es superior a los dos minutos, llegando a los diez en los casos extremos, y al mero vistazo, la ojeada, en la mayoría de las ocasiones.
Ese tiempo es a todas luces insuficiente para atender a la complejidad de una obra de arte, especialmente de gran parte de las obras de arte contemporáneo que trabajan con el documento, el archivo o el vídeo, que requieren un tiempo físico de contemplación y examen que nunca es completado por el espectador. Ante este tipo de obras, el espectador –tanto el espectador corriente como el analista o el crítico– se siente saturado y pasa a otra cosa sin acabar de experimentar del todo de la obra, habiéndola “ojeado”, después de haber echado una mirada a su alrededor, abrir algún cajón lleno de documentos o ver cinco minutos de un vídeo de media hora que ya se encuentra a mitad de su metraje.
Para paliar ese déficit de tiempo, especialmente pertinente en eventos como bienales o exposiciones masivas, progresivamente los artistas han comenzado a proponer un arte fácil, que entra a primera vista y que en cierta manera retoma el sentido del vistazo y la instantaneidad modernista, si bien lo que en Greenberg era un “golpe de vista” ahora se convierte en un “golpe de discurso”. Gran parte del arte bienalista, consciente de que apenas hay tiempo de recepción, presenta estrategias de instantaneidad en las que “el tema” –de qué va la obra– es fácilmente identificable con un golpe de vista. Se trata, en este caso, de un arte sin sombra, sin profundidad, tan sólo mera superficie, un arte líquido en el sentido entendido por Bauman.
Nos encontramos entonces con una serie de artistas que más que escribir libros –por seguir utilizando la metáfora literaria– lo que hacen es producir el objeto libro: una portada atrayente, solapas con biografía y contexto de la colección en la que se insertan, y contraportadas con un discurso claramente localizable y, si acaso, una primera frase en la primera página, por si alguien dispone de un tiempo extra y sostiene el libro en las manos –y, por supuesto, con un precio, no vaya a ser que a alguien se le vaya a ocurrir comprar–. En cierto modo, este tipo de arte, banalizado, sin sombra, sin páginas es el que mejor representa el sentido de la experiencia artística contemporánea y el que más se ajusta a la manera en la cual vemos el arte hoy.
Esta reflexión –y esto es algo que me gustaría aclarar– surge por la experiencia de tener, por primera vez, una bienal en casa. Se trata de Manifesta 8, la bienal europea de arte contemporáneo, que se celebra este año en Murcia con el tema del diálogo entre Europa y el Norte de África. Por primera vez voy a tener el privilegio de ver una bienal con tiempo, sin las prisas y los agobios a los que uno está sujeto habitualmente. De este modo, el mes que llevamos desde su inauguración he ido poco a poco recorriendo salas de exposiciones y obras, con la intención de dedicar a las obras el tiempo que requieren. Y aún así, disponiendo de tres meses por delante, comienzo a intuir que esto va a ser una tarea imposible. Entre todos los vídeos, los documentos y la complejidad de muchos de los proyectos, apenas tendré tiempo material para ver en condiciones la mitad de lo expuesto. Y esto me hace pensar en el viaje de los críticos, comisarios y aficionados al arte, que pasan dos/tres d ías viendo una bienal y que, desde luego, no pueden dedicar más tiempo que el de la media establecida (los 2 minutos) ante cada obra. Críticos, comisarios y aficionados que, después de esta “ojeada”, de haber visto las obras “por encima encima”, se hacen una idea de lo que va la cosa y están legitimados para escribir y dar su opinión sobre el asunto, posicionándose “críticamente” ante lo allí expuesto como si hubieran llegado a un nivel de análisis profundo. Por supuesto, como todos, yo he caído en lo mismo cuando he tenido que escribir en estas circunstancias. Lo que me gustaría enfatizar es que esas circunstancias de déficit temporal y de atención no son ni mucho menos excepcionales, sino que son la norma. Es así como por lo general experimentamos las obras y es a partir de esta experiencia mínima e insuficiente que enarbolamos el juicio crítico y afrontamos el conocimiento de lo artístico.
Buscar el tiempo de la obra es, se puede pensar, una ingenuidad. Desde luego, nunca vamos a tener tiempo de dedicarle a las obras el detenimiento que requieren. Deberíamos entonces volver a pensar en el sentido de todo esto, en el sentido de un sistema que ha perdido la sombra, un sistema –y quizá seamos los profesionales los que debamos empezar a decirlo– donde los criterios críticos son inexistentes, donde reina la arbitrariedad y donde muchas veces apenas se sabe de qué se está hablando. Me pregunto si sería necesario escribir libros si se constatase que ya nadie los lee. Aquí, sin embargo, se sigue produciendo y exhibiendo arte “a cascoporro”, a sabiendas de que ya nadie lo experimenta y que incluso los que lo comentan y difunden apenas lo miran de refilón. Por supuesto, lo que sucede es que aquí la cosa se rige por otra serie fuerzas –económicas y simbólicas¬– que trascienden el ámbito de lo artístico. Como quiera que sea, y no me gustaría a mí quedar como un descreíd o apocalíptico de arte contemporáneo, lo que está claro es que es necesario que, cuanto antes, los que nos dedicamos a esto comencemos a “hacérnoslo mirar”.

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