Hace falta una revolución ecológica

Por: Aleix Bombilá
Fuente: http://www.lahaine.org (24.10.10)

Entrevista con John Bellamy Foster :: La necesidad de romper con el capitalismo para asegurar la sostenibilidad medio ambiental y las estrategias para conseguirlo

John Bellamy Foster es editor de Monthly Review y autor de La ecologia de Marx y The Ecological Revolution

En tu libro ‘La Ecología de Marx’ argumentas que el marxismo tiene mucho que ofrecer al movimiento ecologista. ¿Qué tipo de trabajo común debe establecerse entre marxistas y ecologistas?

Creo que es importante reconocer que los marxistas y los ecologistas no son del todo diferentes grupos. Por supuesto, es cierto que ha habido rojos que han sido antiecologistas y verdes que han sido antimarxistas. Pero no es extraño que los dos se superpongan y que cada vez converjan más. Muchos socialistas son ecologistas y muchos ecologistas son socialistas.
Un enfoque marxista crítico, especialmente en nuestros tiempos, requiere una cosmovisión ecológica, mientras que una ecología humana crítica requiere una orientación anticapitalista y socialista en última instancia (es decir, marxista).
En cuanto al trabajo que los marxistas y los ecologistas pueden compartir, yo diría que es la justicia social y la sostenibilidad ambiental: salvar a la humanidad y salvar el planeta. No podemos esperar para conseguir una cosa sin la otra, y tampoco es posible hacerlo bajo el sistema actual.

La lucha contra el cambio climático parece un poco abstracta a primera vista. ¿Cómo podemos organizar campañas contra el cambio climático con un impacto real? ¿Quién debe promoverlas?

El cambio climático y la crisis ecológica planetaria en su conjunto, que es mucho mayor, es la mayor amenaza a la que la humanidad ha tenido que enfrentarse nunca. Nos enfrentamos, si no cambiamos el rumbo, a la desaparición de la Tierra como planeta habitable para la mayoría de las especies vivas de hoy.
Pero, tal como dices, parece algo abstracto. La gente no lo puede sentir, ya que no se refleja constantemente en las condiciones climáticas a corto plazo que experimentan en un día o incluso en una base estacional. Además, no es un problema que crece poco a poco y con suavidad, sino que se acelerará con todo tipo de puntos de inflexión y provocará cambios irreversibles. Así que el margen de tiempo para la acción es muy corto, y requiere un cierto grado de concienciación sobre lo que está sucediendo.
Entre los científicos hay ahora una cierta unanimidad sobre la amenaza, aunque no en todos los detalles. Pero, debido al poder de la clase capitalista, que considera cualquier acción destinada a evitar el problema como una amenaza a sus intereses inmediatos, la opinión de la negación del cambio climático aparece constantemente amplificada en los medios corporativos. La gente común está, pues, confusa y no sabe qué pensar. Además, también les afectan otros problemas materiales que parecen más inmediatos: el estancamiento económico, la recesión extrema actual y los efectos destructivos de la política neoliberal. Los trabajadores están viendo cómo su nivel de vida económico va en declive y están preocupados por sus puestos de trabajo, con un número creciente de parados y en la pobreza. Por lo tanto, es difícil concentrarse en algo aparentemente tan nebuloso como es el cambio climático.
Si estamos buscando una revuelta masiva desde abajo en este ámbito, creo que esta emergerá en un primer momento no del centro, sino de la periferia del mundo capitalista. Hay todo tipo de señales que las bases materiales de la lucha social se están transformando. Esto lo demuestran las guerras del agua, los hidrocarburos y la coca en Bolivia, las cuales contribuyeron a la llegada al poder de un movimiento político socialista e indígena.
Cuando se trata de las contradicciones duales representadas por los fracasos económicos y ambientales del sistema, sólo los socialistas son capaces de integrar eficazmente estos dos problemas. Sólo los materialistas históricos pueden incorporar plenamente una teoría y una práctica que reconoce que estas no son cuestiones separadas, sino que tienen una base común en el modo de producción capitalista.
Pero también hace falta una organización. Existen grandes peligros, como el crecimiento del ecofascismo o las tácticas dilatorias de los gobernantes, que podrían significar “la ruina conjunta de las clases enfrentadas entre sí”.

¿Cómo podemos promover la justicia ambiental sin afectar a la clase trabajadora?

En Estados Unidos, la injusticia ambiental es vista, comprensiblemente, como relacionada con la cuestión de la raza; tal vez incluso más que con la cuestión de clase, ya que su mayor impacto se da sobre las personas y comunidades que son objetos de racismo ambiental. Los residuos tóxicos, como es bien sabido, son más comúnmente objeto de dumping en las comunidades de color. Así pues, a veces te puedes encontrar con la idea errónea de que se trata de un problema de raza y no de clase.
A menudo está implícita aquí la falsa noción de que la clase obrera es blanca y, entonces, si se trata de un problema que afecta principalmente a los indios americanos, negros, latinos, asiáticos, etc., quiere decir que no es un problema de clase. Pero, por supuesto, la clase trabajadora en Estados Unidos está compuesta predominantemente por las llamadas ‘minorías raciales’.
No tiene ningún sentido decir que la clase trabajadora es blanca, como suponen algunos. La justicia ambiental es, pues, una cuestión de raza y de clase (y también de género). Plantea cuestiones que el movimiento obrero contemporáneo, con su limitada posición de ‘negociador’ y las divisiones raciales que a menudo ha contribuido a perpetuar, no está muy bien equipado para hacer frente. Es un movimiento socialista de la clase trabajadora lo que podría abordar la cuestión con mucha más facilidad.

Son los impuestos sobre las industrias contaminantes una solución?

Si te refieres a una solución definitiva, la respuesta es que no. La única solución real es deshacerse del capitalismo y crear una sociedad igualitaria y sostenible, a cargo de productores asociados. Pero debemos enfrentar el hecho de que el problema del medio ambiente, incluido el cambio climático, se está acelerando.
El margen de tiempo para actuar si queremos evitar un deterioro ambiental irreversible
es increíblemente corto, con sólo una generación más o menos para poner en marcha un cambio de rumbo drástico. En estas circunstancias, necesitamos respuestas radicales a corto plazo y una revolución ecológica a largo plazo. Las primeras tienen que ayudar a promover las condiciones para la segunda.
A corto plazo, necesitamos un impuesto sobre el carbono como el que propuso James Hansen: un impuesto progresivo sobre los pozos petroleros, minas, etc., Con un 100 por ciento de los ingresos dirigidos a la población, sobre una base mensual. El objetivo, como dice Hansen, es asegurarse de que el impuesto sobre el carbono se imponga en la medida de lo posible en el punto de producción y que recaiga sobre aquellas personas con una huella de carbono más grande (sobre todo los ricos). Por su parte, la mayoría de la población saldría ganando con la distribución de la recaudación del tributo, ya que su huella es inferior al promedio por habitante.
Ni el capital ni los gobiernos controlados por el capital no tendrían el control de estos ingresos, los que se derivarían directamente a la población. La aplicación de esto en el tipo de sociedad que vivimos sería, por supuesto, difícil. Pero una vez fuera entendida a la vez como una protección de la Tierra (subiendo el precio del carbono) y una redistribución favorable a los de abajo, esta medida ganaría un gran apoyo popular.
Lo cierto es que, mientras nos encontramos en una sociedad capitalista, la vía fundamental para el control de un contaminante-y, desgraciadamente, el dióxido de carbono se ha convertido en esto-será el aumento de su precio. Formas políticas de regulación más directas deben ser utilizadas también, por supuesto. Por ejemplo, tenemos que prohibir la construcción de centrales de carbón mientras no disponemos de una tecnología de secuestro (y en la actualidad hay toda clase de obstáculos para su obtención), y las centrales de carbón deben ser rápidamente eliminadas. Para lograr esto en la escala necesaria, pero, hace falta una revolución ecológica general que afecte lo que producimos y consumimos y la forma en que nuestra sociedad está organizada.

¿Hay alguna solución colectiva posible a la crisis ecológica dentro de este sistema (energías renovables, la mejora del transporte público, el cese de las grandes infraestructuras, etc.)?

Una vez más, no existe ninguna solución colectiva dentro de este sistema. Pero podemos promover reformas colectivas desde dentro del sistema, lo que va en contra de su lógica, y esto jugará un papel en la transición a otro sistema controlado por la gente. La nueva sociedad surgirá del interior de la antigua.
Si sustituimos transporte privado por público, introducimos energías renovables y adoptamos otras medidas colectivas, todo esto puede ayudar. Pero estas medidas tienden a ser limitadas, dado el objetivo de acumulación del sistema. La dependencia de los recursos renovables, por ejemplo, es importante. Pero necesitamos un sistema que las utilice sólo a un nivel que permita su renovación. El capital empuja más allá de todas estas fronteras.
Con una presión constante desde abajo se pueden conseguir algunas cosas, siempre que no afecten sustancialmente la unidad de acumulación del sistema. Pero si está en riesgo la acumulación, el capital reacciona, y es probable que las pequeñas victorias se inviertan. La única respuesta -no simplemente como una cuestión de justicia, sino también de supervivencia- es empujar más allá de lo que el capital está dispuesto a aceptar, es decir, promover las necesidades humanas y colectivas más allá del llamado ‘sistema de mercado’. En este caso estamos hablando, si lo llevamos suficientemente lejos como para marcar una diferencia real, de una revolución ecológica y social y de la transición hacia otro tipo de sociedad.

Algunos movimientos sociales creen que es posible vivir al margen del capitalismo. ¿Crees que esto es posible, o sólo conduce a una atomización de la oposición?

A lo largo de la historia de la humanidad, enfrentados a sistemas represivos, los seres humanos han vuelto a la tierra, y cultivan sus propios jardines, por decirlo de alguna manera. Esto puede ser una forma de curación, reagrupamiento, etc. Muchos de los que han ido en esta dirección general han sido pioneros en formas alternativas de agricultura, incluida la agricultura ecológica.
No cabe duda que la separación de uno mismo de la lógica principal del sistema y sus efectos (un tipo de vida fuera del sistema), constituye una especie de resistencia pasiva, y esta es una forma de resistencia. No hay que subestimar el grado en que estas acciones pueden a veces crear alternativas fundamentales para el desarrollo de una nueva sociedad, dentro de los intersticios diferentes del sistema. Pero la verdadera lucha por crear una nueva sociedad requiere, además, la resistencia activa y la organización política: una revuelta directa contra las relaciones de producción existentes.
Retirarse completamente en un sistema capitalista globalizado es en gran parte una ilusión.

El movimiento por el decrecimiento promuve iniciativas individuales y colectivas en la búsqueda de alternativas al capitalismo. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Cómo podemos decrecer globalmente en el sistema capitalista?

No podemos. El capitalismo se basa en la acumulación. Se trata de un sistema de crecer o morir y en una escala cada vez más global. Cuando el crecimiento económico, y en particular el crecimiento de las ganancias, no se llevan a cabo, el sistema entra en una crisis, como en la actualidad. Esto se traduce en un desempleo masivo.
Hay un montón de cosas buenas que decir sobre el ‘movimiento por el decrecimiento’. Sin embargo, se basa en el supuesto irreal que es posible un estado estacionario (es decir, una economía de crecimiento cero), según lo previsto por John Stuart Mill en el siglo XIX, de alguna manera en el contexto del sistema actual. Esto es simplemente un malentendido en cuanto a la naturaleza del capitalismo. Como escribió Joseph Schumpeter, el capitalismo sin crecimiento es una contradictio in adjecto.
Una reducción general de la escala económica a nivel mundial, en particular en los países ricos, podría ir acompañada de progresos en el desarrollo humano sostenible y la mejora de las condiciones reales de la humanidad, al pasar de un individualismo posesivo al colectivismo. Pero esto requeriría una economía socialista para que fuera posible (no inevitable).

Si la alternativa al capitalismo es una economía planificada democráticamente, ¿como debería funcionar para incluir las cuestiones ambientales?

Creo que debemos recordar la advertencia de Marx en El Capital sobre “escribir recetas de cocina para las tiendas del futuro.” Sería un error tratar de escribir un plan real de una sociedad socialista, entre ellos uno que incorporara las cuestiones ambientales. Sin embargo, creo que Paul Burkett demostró en un brillante artículo, Marx’s Vision of Sustainable Human Development (en octubre del 2005 en la revista Monthly Review), que la noción de Marx del comunismo era una de desarrollo humano sostenible. En efecto, únicamente en estos términos podemos entender cómo debería funcionar una sociedad de productores libremente asociados que regulan su metabolismo con la naturaleza.
Hugo Chávez ha definido la lucha por el socialismo en el siglo XXI en términos del “triángulo elemental del socialismo”. De acuerdo con esta concepción, derivada de Marx, el socialismo consiste en: (1) la propiedad social; (2) la producción social organizada por los trabajadores; y (3) la satisfacción de las necesidades comunales. En mi opinión, también se puede hablar de un “triángulo elemental de la ecología”, derivado directamente de Marx, que lleva la lucha a un nivel más profundo. Esto puede ser definido como: (1) el uso social, no la propiedad, de la naturaleza; (2) la regulación racional de los productores asociados sobre el metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza, y (3) la satisfacción de las necesidades comunales, no sólo de las generaciones actuales, sino también de las futuras.

Camino Socialista

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