La revolución galileana: De la especulación teórica a la confirmación experimental

Por: Guillermo Guevara Pardo*
Fuente: Revista “Deslinde”, N° 45, (Noviembre-Diciembre 2009)

*Licenciado en Ciencias de la Educación, especialidad Biología, Universidad Distrital “Francisco José de Caldas”. Odontólogo, Universidad Nacional de Colombia. Correo electrónico: guillega28@hotmail.com

Introducción

Los avances científicos y tecnológicos alcanzados especialmente durante el siglo XVII fueron despertando a los europeos de lo que Federico Engels llamó el “prolongado letargo de la Edad Media cristiana”. La nueva filosofía que se desarrolla durante estos siglos abandona las toldas de las estériles disputas escolásticas y pasa a plantearse la búsqueda de soluciones que le permitan a la ciencia lograr el dominio del mundo material. A la par, una clase social ascendía planteando retos filosóficos a la ideología dominante; esa clase era la burguesía.Por primera vez, durante estos siglos, el problema de la relación entre el ser y el pensar, entre la materia y el espíritu, pudo plantearse con toda claridad. Los avances de la ciencia comenzaban a mostrar que la naturaleza precede al espíritu y distintas formas de materialismo fueron ganando terreno. La burguesía comienza a tener consciencia de que los estrechos marcos del modo de producción del feudalismo no sirven a sus intereses y empieza la larga brega histórica por romper esas cadenas, empresa que se logró culminar exitosamente con la Revolución Francesa.

Ante la represión que ejercía la Iglesia católica contra toda forma de inconformismo filosófico, la burguesía emprendió inicialmente su cruzada revolucionaria bajo el ropaje ideológico del protestantismo. Tenía que ser así, pues durante la Edad Media la teología católica convirtió en instrumentos a su servicio la filosofía, la jurisprudencia, la política, la ciencia, el arte, etc. Todo movimiento social que pretendiera enfrentar la hegemonía católica tenía que adoptar alguna forma religiosa. Ése fue el ropaje que utilizó inicialmente la burguesía durante la Reforma impulsada por Lutero y Calvino. Su triunfo solamente podía alcanzarse bajo formas exclusivamente ateas y políticas, como en el siglo XVIII “cuando fue ya lo bastante fuerte para tener también una ideología propia, acomodada a su posición de clase… sin preocuparse de la religión más que en la medida en que le estorbaba”, aclara Engels.1

Inicio del fin del cosmos aristotélico

Cuando Nicolás Copernico nació en Torún (Polonia) a orillas del río Vístula, la sencillez de la cosmología aristotélica y la complejidad de la astronomía ptolemaica mantenían una articulada armonía que había evolucionado durante por lo menos dos siglos. La visión aristotélica ptolemaica y judeo-cristiana del Universo ya no se limitaba únicamente a describir los movimientos de los astros, sino que se erigió también en una ideología que sustentaba El 20 de diciembre de 2007 la 62a Asamblea General de las Naciones Unidas decidió declarar 2009 como el Año Internacional de la Astronomía, para celebrar 400 años de dos importantes hechos científicos: la utilización, por primera vez, del telescopio como instrumento al servicio de la ciencia por parte de Galileo Galilei y, la publicación de Astronomia Nova la obra de Johannes Kepler donde se recogen los resultados de diez años de investigación sobre el movimiento de los planetas. Los extraordinarios avances de la moderna astronomía son el fruto del titánico esfuerzo de estos dos grandes científicos. la condición humana: el hombre, abandonado de Dios tras su expulsión del Edén, quedaba atrapado en una Tierra degradada y situada en el centro del Cosmos, pero con la esperanza de alcanzar el trono de Dios situado allende las cristalinas esferas celestes. Nicolás Copérnico (1473-1543), en su obra Sobre las revoluciones de las esferas celestes2 propone el sistema heliocéntrico iniciando una revolución científica que tuvo, en su momento, un profundo impacto ideológico; según Thomas Kuhn: “La revolución copernicana fue una revolución en el campo de las ideas, una transformación del concepto del Universo que tenía el hombre hasta aquel momento y de su propia relación con el mismo”.3 Copérnico notó que al reorganizar las órbitas planetarias, colocando al Sol en el centro, surgía una regularidad maravillosa. Este esquema daba una explicación natural para algunos hechos que anteriormente no se comprendían adecuadamente, como era el caso de la geometría del arco retrógrado de cada planeta (el segmento de la órbita en el cual el planeta parece cambiar de dirección a través del cielo). El poder explicativo del sistema heliocéntrico cobraba un alto costo: él arrojaba a la Tierra en un vertiginoso vuelo alrededor del Sol y debía además arrastrar con ella a la Luna. En el marco de para la época dominante física aristotélica, el esquema copernicano era ridículo; además, como lo sostiene Jürgen Renn del Instituto Max Plank, “…aceptar una interpretación realista del sistema copernicano no resultaba fácil, y no sólo por motivos de orden religioso. Se trataba de aceptar una nueva visión del mundo, en la que el cielo y los astros cambiaban de significado. Los presupuestos conceptuales ligados a la percepción del movimiento eran difíciles de modificar, lo que era necesario para aceptar el movimiento de la Tierra”.

Al finalizar el siglo XV e iniciar el XVI la astronomía gozaba de gran prestigio, era la única ciencia que había logrado acumular un vasto conjunto de datos, que junto al desarrollo de procesos matemáticos más precisos, empezaron a resquebrajar el sistema geocéntrico de Claudio Ptolomeo (90-­‐‑168 a.C.) que dominó el pensamiento cosmológico por más de 1.400 años. El modelo ptolemaico permitía predecir y dar razón de los movimientos observables de los cinco planetas que se conocían en sus tiempos, así como los del Sol y la Luna, manteniendo la Tierra en una posición centrada y estática. La astronomía ptolemaica tuvo un gran desarrollo desde el siglo VIII al XIV en Oriente Medio, el norte de África y la España árabe. El pensamiento de Ptolomeo, preservado y mejorado por los astrónomos del Islam, se empezó a filtrar muy lentamente hacia Europa en el siglo XI. Para su consolidación en el continente europeo fue de gran importancia la traducción al latín del pensamiento de Aristóteles en el siglo XII. Con el paso del tiempo la interpretación medieval de la cosmología aristotélica hizo simbiosis con el pensamiento cristiano y posteriormente con la astronomía ptolemaica.

La astronomía tenía como objetivos fundamentales predecir los movimientos de los cuerpos celestes (ciclos lunares, trayectorias y conjunciones planetarias, eclipses) de importancia práctica en la agricultura, la navegación y la elaboración de horóscopos; además, debía explicar la estructura del mundo y la posición de éste en el Universo. El Almagesto de Ptolomeo basaba su concepción del Universo en el legado heredado de Platón y Aristóteles: la Tierra, que no se consideraba un planeta, es el centro del Universo, esférica e inmóvil, está rodeada de ocho esferas concéntricas; las siete primeras corresponden a la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno (quienes tenían la categoría de planetas); la octava, a las estrellas fijas. Los cuerpos celestes describen órbitas perfectamente circulares. En el Medioevo, a las esferas celestes se les contrapuso las teológicamente necesarias, esferas del inframundo, los círculos infernales tan bellamente descritos en la Divina Comedia de Dante Alighieri (el centro de la Tierra es el punto más perverso y vil del Universo, mientras que se asciende al trono de Dios a través de varias esferas celestiales donde se mueven los planetas); a pesar de lo erróneo de su esquema cosmológico, Ptolomeo trabajó científicamente desarrollando para su investigación métodos matemáticos particulares y basándose en las observaciones astronómicas acumuladas en la antigüedad greco-latina, especialmente en el trabajo de Hiparco de Nicea (190-­‐‑120 a.C.).4

Los astrónomos alemanes Georg von Peuerbach (1423-­‐‑1461) y Johann Müller Königsberg (1436–1476), llamado Regiomontano, intentaron actualizar el Almagesto con la información astronómica que se había venido acumulando. El trabajo de estos dos astrónomos demostró que no todo lo contenido en la obra de Ptolomeo era correcto. El sistema ptolemaico con sus ‘epiciclos’, ‘deferentes’, ‘excéntricas’ y ‘ecuantes’ era tan complejo estructural y matemáticamente, que Alfonso X, rey de Castilla y León en el siglo XIII, dijo que si Dios lo hubiera consultado antes de crear el mundo, él le habría aconsejado diseñar uno más sencillo. Las obras de los dos alemanes fueron leídas por Copérnico, antes de publicar De revolutionibus. En esta obra demostraba que el movimiento de los cuerpos celestes se debe a los ciclos de rotación y traslación de la Tierra, negando la inmovilidad de ésta. Postuló un sistema de esferas ubicando los planetas en el orden que conocemos; la teoría heliocéntrica simplificó el sistema pero no eliminó los epiciclos y excéntricas de Ptolomeo. En la antigüedad, Aristarco de Samos (310-­‐‑230 a.C.), 17 siglos antes que Copérnico, ya había colocado el Sol y no la Tierra en el centro del Universo como lo informa Arquímedes al rey Gelón de Siracusa: “Aristarco de Samos compuso un libro con cierta hipótesis de la que puede deducirse que el universo es muchas veces más grande que lo que se ha venido creyendo hasta ahora. Desarrolla este postulado diciendo que las estrellas fijas y el Sol permanecen inmóviles, que la Tierra gira alrededor del Sol sobre la circunferencia de un círculo…”. Pero el sistema de Aristarco no logró prevalecer al ser catalogado en su época de impío, filosóficamente absurdo y por estar contra el sentido común. A pesar de su revolucionario aporte (que es lo principal), Copérnico no pudo deshacerse de muchas de las concepciones aristotélicas del Cosmos; y tenía que ser así, pues como anotara Engels “sólo podemos llegar a conocer bajo las condiciones de la época en que vivimos y dentro de los ámbitos de estas condiciones”.5 Las condiciones históricas de su época lo condicionaban para creer que las órbitas planetarias seguían siendo círculos perfectos, que el Sol, inmóvil, ocupaba el centro del Universo y que éste estaba limitado espacialmente por una capa exterior de estrellas fijas e inmutables. Por esa razón, Copérnico al igual que Aristóteles, consideraba que los fenómenos terrestres estaban gobernados por unas leyes y que los cuerpos celestes se regían por otras totalmente diferentes. Fue el astrónomo británico Thomas Digges, discípulo de Copérnico, quien en 1576 liberó las estrellas de su sphaera immobilis y las esparció por toda la infinitud del
Cosmos, con lo cual esos cuerpos celestes pasaron a ser objetos materiales sujetos a las mismas leyes físicas que se observan en la Tierra.

Lutero y Calvino se manifestaron en contra del científico polaco y llamaron a reprimir a sus seguidores, pero “puesto que los protestantes no dispusieron jamás de un aparato policial comparable al de la Iglesia católica, sus medidas represivas raramente tuvieron tanta eficacia como las puestas en juego por los católicos años después, y abandonaron la lucha con mayor facilidad que los católicos cuando las teorías de Copérnico se vieron confirmadas por pruebas indiscutibles”, aclara Thomas Kuhn.6 En 1539 Martín Lutero ya había hablado de Copérnico: “Algunos han prestado atención a un astrólogo advenedizo que se esfuerza en demostrar que es la Tierra quien gira y no el cielo o el firmamento, el Sol y la Luna… Este loco anhela trastocar por completo la ciencia de la astronomía; pero las Sagradas Escrituras nos enseñan que Josué ordenó al Sol, y no a la Tierra, que se parara”. En estas palabras el Reformador se alineaba en contra de la razón, de la cual advertía que “es el mayor enemigo que tiene la fe; nunca viene en ayuda de las cosas espirituales, aunque más frecuentemente lucha contra la Palabra divina, tratando con desprecio todo lo que emana de Dios… Quienquiera que desee ser un cristiano debería arrancarse los ojos fuera de su razón… La razón debería ser destruida en todos los cristianos”. Siglos más tarde el poeta alemán Goethe diría de Copérnico que “este apacible canónigo era el más revolucionario de los reformadores. Al invertir las posiciones respectivas de la Tierra y el Sol, no sólo innovó la más antigua de las ciencias, sino que dotó a la humanidad de una conciencia cósmica”, y Engels habría de calificar su doctrina como “el acto revolucionario con que la investigación de la naturaleza declaró su independencia…con respecto a la teología”.7

Aquí es interesante ver la evolución de la definición del concepto de planeta como un ejemplo de cómo los conceptos científicos se van modificando con el descubrimiento de nuevos fenómenos naturales, conceptos que se van haciendo más complejos y más precisos. Inicialmente se definía planeta como un “cuerpo que gira alrededor de una estrella, brilla al reflejar la luz estelar y tiene un tamaño mayor que el de un asteroide”, hasta que diversos descubrimientos logrados en la década de los años 1990 (cuerpos de gran tamaño en el cinturón de Kuiper, planetas extrasolares, estrellas enanas marrones, cuerpos planetarios errantes por el espacio sin conexión con estrella alguna) vinieron a socavar tal definición. La Unión Astronómica Internacional (UAI) acordó en 2006 una nueva definición para el concepto de planeta: “Cuerpo que orbita alrededor de una estrella, con tamaño suficiente para hacerse esférico y que ha despejado la mayor parte de la materia de su zona orbital”. La definición de la UAI le quitó a Plutón su estatus planetario. Según Steven Soter del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, el problema no es de naturaleza terminológica: “La cuestión reviste interés científico. La nueva definición de planeta refleja los avances en el conocimiento de la arquitectura de nuestro sistema solar y de otros sistemas planetarios”.8 La degradación de un cuerpo celeste de su categoría de planeta no es nueva en la historia de la ciencia. Después de 1543, con las tesis de Copérnico, la Tierra adquiere ese estatus y lo pierden el Sol y la Luna. En 1781 se agrega Urano y en el interregno hasta 1845 se descubren diversos asteroides a los que se calificaban como planetas. En 1846 se descubre Neptuno y hacia 1851 se consideraba que el Sistema Solar tenía 23 planetas (por los nuevos asteroides que se habían descubierto). En 1852 los asteroides pierden el carácter planetario. En 1930 se descubre Plutón y el Sistema Solar tiene nueve planetas, hasta que en 2006 la UAI lo elimina de esa categoría apoyándose en el descubrimiento y estudio de las características de nuevos cuerpos estelares encontrados en el Sistema Solar y en otros sistemas extrasolares, así como en los criterios derivados de la física del movimiento orbital: “No necesitamos establecer una distinción arbitraria porque, al menos en nuestro Sistema Solar, la naturaleza lo hace por nosotros”9, añade el profesor Soter. Algunos que estaban contra la decisión de degradar a Plutón de la categoría de planeta veían en la cultura y la tradición criterios de peso para mantenerlo: “Pero la ciencia no puede lastrarse con errores del pasado. Para que sean útiles, las definiciones científicas han de basarse en la estructura natural del Universo. Podemos y debemos revisar nuestras definiciones, siempre que sea necesario, para reflejar el conocimiento mejorado que deriva de los nuevos descubrimientos”, comenta con acierto el citado Steven Soter.10 El revolucionario acto copernicano nos ha llevado al conocimiento de la actual organización del Sistema Solar: ocho planetas que se ajustan a la definición de la UAI de agosto de 2006, la nueva categoría de los llamados “planetas enanos” (Ceres, Plutón y Eris), las 166 lunas conocidas, los innumerables cuerpos de los cinturones de asteroides y de Kuiper y la lejana nube de Oort, fuente de los muchos cometas que periódicamente nos visitan.

El mártir de la idea heliocéntrica

Giordano Bruno (1548-1600) es uno de los representantes típicos del Renacimiento; el pensador que debido a sus avanzadas concepciones teológicas y científicas, que defendió por toda Europa, sufrió persecución de católicos y protestante y terminó ardiendo en la hoguera de la Santa Inquisición acusado de hereje. Bruno abandonó la orden de los dominicos en 1576 haciéndose por algún tiempo seguido de Calvino, erró por diversas ciudades europeas hasta el final de sus días en Roma. El ser un acérrimo contradictor de Aristóteles le acarreó contradicciones irreconciliables con la jerarquía católica; fue además seguidor de la doctrina atomista de Demócrito, Epicuro y Leucipo. En la Universidad de Oxford enseñó y defendió el sistema heliocéntrico de Copérnico, en un momento en que la cosmografía aristotélica se derrumbaba y la visión cristiana del Universo empezaba a entrar en contradicción con las modernas tesis astronómicas: “Todo este orbe, esta estrella, no estando sujeta a la muerte, y siendo imposibles la disolución y la aniquilación de la Naturaleza, de tanto en tanto se renueva a sí mismo cambiando y alterando todas sus partes. No hay un arriba o abajo absolutos, como enseñó Aristóteles; ninguna posición absoluta en el espacio; sino que la posición de un cuerpo es relativa a la de los otros cuerpos. En todos lados hay un incesante cambio relativo de posición a través del Universo, y el observador siempre está en el centro”.

El aspecto materialista de la filosofía de Bruno le permitió no sólo apoyar a Copérnico, sino también criticarlo por no haber sido capaz de extender las consecuencias de su Universo heliocéntrico: concebirlo infinito, sin direcciones ni lugares privilegiados, como ha terminado demostrándolo la moderna cosmología. Para Bruno el Sol es otra estrella más, rechaza la existencia de esferas transparentes, los astros vagan libremente por el espacio y niega la realidad de los aristotélicos mundo sublunar y supralunar. El Universo de Giordano Bruno deja de ser jerárquico, como lo concebían Aristóteles, Ptolomeo y el mismo Copérnico: “El Universo es, pues, uno, infinito, inmóvil… El Universo será de extensión infinita y los mundos serán innumerables”. A mediados del siglo XIX se descubrió la existencia de Neptuno; en 1930 se encuentra al hoy degradado Plutón y en la actualidad se conocen alrededor de 350 planetas más allá de nuestro Sistema Solar en la Vía Láctea. En los miles de millones de galaxias que se encuentran esparcidas por todo el Universo conocido hasta hoy, habitan los innumerables mundos con que soñaba Bruno: “Existen innumerables constelaciones, soles y planetas; sólo vemos los soles porque emiten luz; los planetas permanecen invisibles porque son pequeños y oscuros. Existen asimismo innumerables tierras que giran alrededor de sus soles, no peores y no menores que el globo nuestro… No hay mente razonable que pueda suponer que cuerpos celestes que pueden ser más espléndidos que el nuestro no posean en ellos criaturas similares o incluso superiores a las que hay sobre nuestra Tierra humana… La Tierra no es más centro que cualquier otro cuerpo mundano… Y algo semejante sucede con todos los otros cuerpos… La Tierra, por tanto, no está en medio del Universo de un modo absoluto, sino en relación con esta región nuestra”. La hoguera, en febrero de 1600, lo convirtió en un mártir de la libertad de pensamiento; su cosmología anuncia a Newton, comienza a disipar la neblina del Medioevo y lo hizo uno de los gigantes del Renacimiento.

El mensajero de las estrellas

Galileo Galilei (1564-1642), mensajero de las estrellas, con sus experimentos, la utilización del telescopio para observar los orbes y el soporte matemático de sus trabajos, introdujo una nueva manera de hacer ciencia apoyándose en el llamado método científico. Galileo utilizó la filosofía como una guía para la acción en su lucha contra la escolástica; no fue el individuo que se apartó del mundo para encerrarse en sus propias meditaciones, por el contrario, su vida fue la de un luchador que con las armas del conocimiento científico se convirtió en fustigador implacable de la tradición escolástica: era un defensor sin fisuras del criterio de que la experiencia era el camino para entender el “gran libro de la naturaleza”. Su actitud lo llevó inicialmente a chocar con los filósofos escolásticos y finalmente con las autoridades eclesiásticas que mantenían una estrecha alianza con un anquilosado pensamiento aristotélico. En Uno y el universo, Ernesto Sábato define el espíritu libertario del científico de Pisa con las siguientes palabras: “Galileo fue escasamente lo que se llama una persona bien educada. Ya antes de ser profesor en la Universidad de Pisa era famoso por sus bromas contra la escuela aristotélica; cuando comenzó a enseñar en la facultad declaró que las teorías de Aristóteles no eran dignas del menor respeto; escribió un libro en que ridiculizaba el afán académico por la toga; salía a beber con sus alumnos; componía versos de amor; armaba pendencia con los colegas peripatéticos y se divertía en refutar sus teorías arrojando piedras desde lo alto de la torre inclinada. En pocas palabras: usó los métodos más eficaces para lograr mala fama en los círculos filosóficamente decentes de la ciudad de Pisa”.11 Por años Galileo había sido, en el mejor de los casos, un tímido o aún indiferente copernicano que había enseñado a sus estudiantes en Pisa y Padua los argumentos prevalecientes acerca de una Tierra central e inmóvil. Su cautelosa actitud puede explicarse entendiendo que él no quería poner en entredicho la ventajosa situación de que gozaba en la Universidad de Padua y porque además aún no contaba con sólidos argumentos a favor del sistema copernicano. Finalizando el año 1609, con un telescopio que él mismo construyó, empezó a observar los cielos y lo que allí vio lo llenó de asombro: encontró que la Luna no era el etéreo globo de cristal puro que imaginaban los escolásticos pues su superficie “no es perfectamente lisa, sin accidentes y perfectamente esférica sino que, por el contrario, está llena de irregularidades, es desigual, está repleta de huecos y protuberancias, lo mismo que la superficie de la propia Tierra, cruzada por todas partes por altas montañas y por profundos valles”, llegando a la conclusión de que hay similitud entre la materia del mundo sublunar y supralunar, rompiendo de paso la dicotomía aristotélica entre la Tierra y el cielo. El aparato óptico también le permitió descubrir las manchas solares, cúmulos estelares, los anillos de Saturno, las fases de Venus (que de golpe derrumbaban el sistema ptolemaico y validaban el copernicano), cuatro ‘estrellas’ girando alrededor de Júpiter que astutamente llamó mediceas con la esperanza de ganar el apoyo del Gran Duque Cósimo II de Medici (esos cuatro cuerpos son hoy llamados satélites galileanos: Io, Europa, Ganímedes y Calisto). De esta manera se convirtió en el primer hombre en emplear científicamente el artilugio óptico; el impacto sobre Galileo fue tan grande que abandonó durante años sus investigaciones en física para dedicarse a la astronomía: “Son muchos los beneficios que este aparato trae, tanto en la tierra como en el mar. Pero yo dejé todo lo de la Tierra y me entregué a la observación de los cielos”.12 Sus experimentos con el plano inclinado le permitieron demostrar que no era cierta la tesis aristotélica de que la velocidad con que caen los cuerpos depende de su masa, pues si se descarta la resistencia del aire, los objetos caerán a la Tierra con la misma aceleración, independientemente de la masa que posean.13 A pesar que sus resultados experimentales contradecían la física de Aristóteles, Galileo no dejó de fustigar a los escolásticos que habían convertido en dogmas férreos las tesis del filósofo de Estagira: “Si Aristóteles hubiese sido como ellos se imaginan, sería un cerebro indócil, un espíritu obstinado, un alma llena de barbarie y un tirano que… desearía que se antepusiesen sus propios decretos a los sentidos, a la experiencia y a la propia naturaleza. Son sus seguidores los que le han investido de esta autoridad y no él quien se la ha atribuido o usurpado”. Algo que también expresó de manera acertada Lenin al señalar que “la escolástica y el clericalismo no tomaron de Aristóteles lo vivo, sino lo muerto”. La teología cristiana se apropió del modelo aristotélico de un Cosmos formado por esferas cristalinas para probar la existencia de Dios, quien hacía girar la última esfera, la de las estrellas fijas, con lo cual ponía en movimiento el mundo, totalmente inmutable, producto de la creación divina y cuyo destino final también estaba definido por Dios. El trabajo científico de Galileo demostró que los cielos no eran perfectos ni inmutables, entrando en contradicción con la física aristotélica, que gozaba de gran prestigio, y con los principios escolásticos tan caros a la jerarquía católica.

Galileo, quien era astrónomo, filósofo, matemático y físico, defendió la matematización de la naturaleza, asentó el método científico, propició el divorcio de religión y ciencia y sostenía que la Biblia debía ser autoridad en los asuntos de fe y moral, pero no en el campo de la ciencia pues “en las discusiones de los problemas naturales no se debería comenzar por la autoridad de textos de la Escritura, sino por las experiencias sensibles y por las demostraciones necesarias…”. “La filosofía está escrita en ese gran libro del Universo, que está continuamente abierto ante nosotros para que lo observemos. Pero el libro no puede comprenderse sin que antes aprendamos el lenguaje y alfabeto en que está compuesto. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender una sola palabra. Sin ese lenguaje, navegamos en un oscuro laberinto”. Declaración revolucionaria en una época en la cual no se podía imaginar que los fenómenos de la naturaleza estuvieran controlados por leyes naturales, pues para explicar el mundo prevalecía el dogma cristiano de la acción de unas leyes de origen divino sustentadas en las acomodadas tesis aristotélicas y en el terror del Tribunal de la Santa Inquisición. Las palabras de Galileo resonarán siglos después en las voces de los físicos Albert Einstein y Leopold Infeld: “Las matemáticas, como instrumento de razonar, son indispensables si queremos obtener resultados que puedan compararse con los resultados de la experiencia”.14

Los cielos estaban habitados por ángeles y era la mano de Dios quien hacía girar las cristalinas esferas donde se hallaban incrustados los planetas; no había lugar para la ciencia ni para la idea de leyes físicas subyacentes a los fenómenos naturales. El esfuerzo valiente y solitario de Copérnico, Galileo y Kepler desencadenó la revolución científica que le permitió al hombre, por primera vez, empezar a mirar con otros ojos los orbes celestiales. El trabajo de Galileo lo llevó a chocar con las tesis teológicas y el geocentrismo de la Iglesia Católica, tanto que un enemigo suyo se atrevió a decir: “Los astrólogos han hecho sus horóscopos teniendo en cuenta todo aquello que se mueve en los cielos. Por lo tanto los astros mediceos no sirven para nada y, Dios no crea cosas inútiles, estos astros no pueden existir”.15 Inclusive otros seguidores de Aristóteles se atrevieron a afirmar que quizá los satélites eran producidos por el telescopio utilizado por Galileo, ante lo cual el científico ofreció una jugosa recompensa a quien fuera capaz de construir un anteojo tan astuto. En una carta le comentaba a Kepler: “Habrías reído estrepitosamente si hubieras oído las cosas que el primer
filósofo de la facultad de Pisa dijo en mi contra delante del Gran Duque, y cómo se esforzaba, mediante la ayuda de la lógica y de conjuros mágicos, en discutir la existencia de las nuevas estrellas”.16 En su contradicción con las autoridades eclesiásticas de Roma, Galileo aspiraba a un debate basado en los datos de la observación y el razonamiento lógico, pero la lógica escolástica no iba en el mismo sentido, ésta no aceptaba la preeminencia de los datos empíricos. Mientras tanto, el sacerdote Paolo Antonio Foscarini escribía un texto (Carta sobre la opinión mantenida por pitagóricos y por Copérnico sobre el movimiento de la Tierra, la estabilidad del Sol y el nuevo sistema del mundo pitagórico) donde argumentaba a favor de la compatibilidad entre las tesis de Copérnico y la Biblia, ante lo cual el cardenal Roberto Bellarmino, que era jesuita y quien hizo quemar a Giordano Bruno, le contestaba que sostener que “querer afirmar que el Sol está ubicado realmente en el centro del mundo y sólo gira sobre sí mismo sin correr de oriente a occidente, y que la Tierra está en el tercer cielo y gira con suma velocidad en torno al Sol, es cosa que encierra el peligro no sólo de irritar a todos los filósofos y teólogos escolásticos, sino también dañar a la Santa Fe, al hacer falsas las Sagradas Escrituras…” y ante la duda planteada por los dos sistemas en conflicto (el heliocéntrico y el geocéntrico) le recuerda que “el Concilio [de Trento] prohíbe explicar las Escrituras contra el consenso común de los Santos Padres…”. Además Bellarmino le ratifica que al leer “los comentarios modernos sobre el Génesis, sobre los Salmos, sobre el Eclesiastés y sobre Josué, advertirá que todos están de acuerdo en explicar literalmente (“ad literam”) que el Sol está en el cielo y gira a gran velocidad en torno a la Tierra, y que la Tierra está muy alejada del cielo y está inmóvil en el centro del mundo”. El Cardenal, que de ciencia no sabía nada, creía además que la tesis de Copérnico no se podía demostrar.

En 1616 el Santo Oficio puso en consideración ante once teólogos calificados dos proposiciones: “Que el Sol es el centro del mundo, y, por tanto, inmóvil en cuanto a su posición. Que la Tierra no es el centro del mundo ni inmóvil, sino que se mueve toda ella, también en movimiento diurno”. A los pocos días los teólogos dictaminaron que la primera proposición era “estúpida y absurda en filosofía, y formalmente herética”, y la segunda la consideraron “por lo menos errónea en la fe”. Fue la primera vez que se consideraba como herética la tesis de Copérnico, juicio emitido en un lapso de tiempo ridículamente corto (del 19 al 24 de febrero de ese año), sin mediar ningún estudio serio de la cuestión y por individuos totalmente ignorantes en los asuntos de la astronomía. Después de toda esta tormenta ideológica al cardenal Bellarmino se le encomienda amonestar a Galileo para que abandonara la tesis copernicana. Mientras tanto, la Congregación del Índice incluyó en el Índice de libros prohibidos el texto de Copérnico así como el opúsculo del padre Foscarini y en adelante todos los libros que enseñaran la doctrina del clérigo Nicolás Copérnico, pues ésta era “totalmente contraria a la Sagrada Escritura”. Ése era el ambiente ideológico en el cual la ciencia tuvo que batirse con la teología para poder emanciparse de su tutela.17

Ante el acoso de la Iglesia para que Galileo enseñara su tesis heliocéntrica presentándola solamente como una hipótesis, el científico rechaza firmemente la equivalencia de la hipótesis copernicana y ptolemaica. En 1630 decide publicar, en Florencia, el Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano18 (donde tuvo la osadía de colocar en boca de un personaje llamado Simplicio algunas de las opiniones del Papa), obra revolucionaria y abiertamente copernicana que introduce el método científico como la vía para hacer ciencia. Lo que estaba en juego era mucho: Galileo le daba una nueva estructura al Universo y destruía la venerada visión ptolemaica del Cosmos. Los pensamientos de Simplicio reflejan de cuerpo entero el pánico de los escolásticos por perder el seguro refugio que les brindaba la filosofía de Aristóteles, perderlo era el caos, pues significaba “permanecer sin guía, sin escolta y sin cabeza en la filosofía”. Para el peripatético del Diálogo la manera de filosofar de Galileo conducía “hacia la subversión de toda filosofía natural y al desorden, y a poner boca abajo al cielo y la Tierra y todo el universo. Pero yo creo que los fundamentos de los peripatéticos son tales que, destruyéndolos, mucho dudo que se puedan construir ciencias nuevas”. Cuando a principios de 1632 el libro llega a Roma, el papa Urbano VIII ordenó, infructuosamente, detener su impresión y distribución. Finalmente Galileo Galilei comparece ante el Tribunal del Santo Oficio y dada la posibilidad de que se cumpla la orden del Papa de que sea sometido a tortura, el científico, enfermo y casi ciego, cede ante la autoridad religiosa y es condenado a permanecer confinado en su villa de Florencia hasta el final de sus días. La imagen de Galileo en el convento de Santa María Sopra Minerva el 22 de junio de 1633 arrodillado frente a los Santos Evangelios, cardenales e inquisidores retrata la dura lucha que tuvo que librar la ciencia para liberarse de la férula de la fe religiosa. Aunque la acusación a Galileo era que éste había contrariado la prohibición impartida en 1616 de defender, enseñar o sostener la doctrina de la estabilidad del Sol y el movimiento de la Tierra, en el fondo el famoso juicio era en realidad contra una idea de carácter científico que cuestionaba frontalmente las tesis religiosas sobre las cuales se apoyaba la defensa del geocentrismo por parte de la Iglesia. Andando el tiempo la ciencia demostró cuán equivocados estaban obispos, cardenales y Papa; la razón científica prevalecía sobre el dogma religioso a pesar de la obligada retractación del científico de Pisa. En 1989 la NASA colocó el nombre de Galileo a una de las misiones que exploró el planeta Júpiter, su sistema de anillos, sus satélites, especialmente Io y Europa, hasta que el satélite se hundió finalmente en la atmósfera joviana en el año 2000. Ninguna nave espacial recordará al jesuita verdugo de Bruno e inquisidor de Galileo.

El juicio a Galileo era un intento de la Iglesia por imponer los criterios de la fe sobre los de la ciencia en la interpretación de los fenómenos naturales. La batalla de fondo tenía que ver con la cuestión de definir quién podía legitimar el criterio de verdad en lo referente a los asuntos del mundo natural: ¿eran los científicos y sus teorías, o por el contrario, eran los teólogos apoyados en su interpretación de la Biblia?, ¿prevalecía la fe o el conocimiento científico? El proceso adelantado contra el insigne científico italiano se daba en el marco de las conclusiones del Concilio de Trento, el cual transcurrió entre 1545 y 1563, en un momento en que los problemas de interpretación de las Sagradas Escrituras eran de vital importancia en la lucha del catolicismo contra el protestantismo. El Concilio fue un triunfo de la Contrarreforma y llevó a una etapa de poca tolerancia ante toda opinión que pusiera en tela de juicio la ortodoxia católica; la Iglesia no estaba dispuesta a tolerar la libre circulación de aquellas ideas que contravinieran su opinión. Según el filósofo italiano Eugenio Garin “la censura y la represión de las ideas mediante ese prodigioso instrumento de lucha que fue el Index, utilizado ya antes de aquella fecha no sólo para acallar las voces de los muertos, sino también para ahogar de inmediato, en su inicio, las de los vivos… El bloqueo de la circulación de las ideas fue firme y a veces implacable. Todo lo audaz, nuevo y positivo que había producido un siglo y medio de cultura fue obstaculizado, mutilado, ahogado…”.19 Los acusadores de Galileo ante el Santo Oficio de Roma sostenían que el profesor de la Universidad de Padua interpretaba “las Sagradas Escrituras a su modo y de forma muy distinta a la común exposición de los Santos Padres…, a los que les trata con poca consideración, y en especial a Santo Tomás, y además echa por tierra toda la filosofía de Aristóteles (de la que tanto se sirve la teología escolástica), y en fin, que para hacerse el ingenioso…” dice mil impertinencias. Pero las diatribas contra la ciencia también se hacían desde los púlpitos donde se calificaba a las matemáticas de “arte diabólica” y a los matemáticos de “hacedores de herejías”. La posición de Galileo fue muy clara: su lucha era por liberar a la ciencia de las ataduras de la teología; era la ciencia, y no la interpretación de la Biblia la que tenía todo el derecho de decidir acerca de la verdad sobre las cuestiones de la naturaleza, la ciencia no podía depender de las interpretaciones de la teología. La verticalidad de su posición de defensa del criterio científico la mostró cuando rechazó la propuesta conciliatoria que el cardenal Bellarmino le hizo a Galileo y al copernicano Foscarini. La solución del Cardenal consistía en considerar la teoría de Copérnico como una simple hipótesis que nada tenía que ver con la realidad. Para Galileo la cardenalicia propuesta era inaceptable por varias razones: él estaba convencido de que la teoría de Copérnico era verdadera, pues reflejaba la forma como se organizaba realmente el Universo; el sistema copernicano era una realidad física y no una mera construcción matemática, idea que muestra la confianza de Galileo en la objetividad de la ciencia; además, como ya se dijo, él no podía aceptar que la narración de la Biblia interfiriera en los asuntos de la ciencia.

La obligada retractación de Galileo y la penitencia de rezar durante tres años una vez por semana los siete salmos penitenciales no demerita para nada su lucha, no es una traición en la batalla por la independencia de la ciencia frente a la teología; la carga del oprobio la deben asumir quienes quemaron a Bruno y los que condenaron a Galileo. La Iglesia no logró su cometido de hacer prevalecer la fe sobre la ciencia, pues según el mismo Galileo “para llevar a cabo una tal decisión sería necesario prohibir no sólo el libro de Copérnico y los escritos de sus seguidores, sino que sería necesario prohibir por completo toda la ciencia de la astronomía e incluso más, prohibir a los hombres mirar hacia el cielo…”. Después del juicio a la ciencia, en la persona de Galileo y en la teoría heliocéntrica, Italia entró en una especie de oscuridad científica inducida por la prohibición de la Iglesia de la teoría copernicana. La iniciativa y los logros científicos se trasladaron al norte de Europa, especialmente a Inglaterra. En enero de 2008 el papa Benedicto XVI iba a pronunciar el discurso de inauguración del año lectivo en la Universidad de la Sapienza, en Roma. Un grupo de estudiantes y profesores lo impidieron, pues en 1990 el entonces cardenal Joseph Ratzinger, sostuvo que durante el juicio contra Galileo la Iglesia había permanecido mucho más fiel a la razón que el sabio italiano y además, que dicho juicio había sido justo.

La nova luterana

Cuando la Tierra dejó de ser el centro universal la explicación aristotélica perdió toda validez, pero ni Copérnico ni Galileo elaboraron una alternativa teórica que fuera convincente. El científico italiano seguía considerando ciertas las órbitas circulares de los planetas. El alemán Johannes Kepler (1571-­‐‑1630) se ubica en el umbral de la era científica, “vivió en una época en la que aún no se consideraba seguro el reino de la ley en la naturaleza. La profundidad de su fe en la existencia de una ley natural ha de haberle brindado la fuerza necesaria para dedicar décadas de duro y paciente trabajo a la investigación empírica de los movimientos planetarios y de las leyes matemáticas de esos movimientos…”, escribió Albert Einstein sobre este personaje.20 Partiendo del legado copernicano descubrió sus famosas tres leyes del movimiento planetario, donde cambia el círculo por la elipse para la forma geométrica de la órbita que sigue un planeta alrededor del Sol. La búsqueda de estas leyes estaba inspirada en su fascinación por la antigua idea pitagórica de la música de las esferas celestes. Las tres leyes contribuyeron a comprender la mecánica de los movimientos planetarios y sirvieron de base para el posterior desarrollo del trabajo científico de Isaac Newton. Además, dichas leyes le dieron sustento empírico al sistema de Copérnico del cual Kepler se declaró firme seguidor desde que lo conoció, secretamente, en la Universidad de Tubinga; el aporte que a la ciencia hizo este alemán fue puntual clave para la revolución científica del Renacimiento.

Si Dios era el supremo geómetra, entonces debió haber creado el mundo conforme a una armonía geométrica preconcebida. Basándose en esta creencia, Kepler propuso inicialmente un modelo de movimiento planetario que obedecía a las leyes pitagóricas de la armonía de las esferas, fundado en los cinco poliedros perfectos o platónicos. Los planetas conocidos en esa época eran uno más que el número de poliedros perfectos. El modelo del universo kepleriano suponía que los planetas se organizaban en esferas localizadas en el interior de los cinco poliedros: Mercurio ocuparía la esfera interior, la esfera de Venus en el octaedro, la de la Tierra en el icosaedro, la de Marte en el dodecaedro, la de Júpiter en el tetraedro y la de Saturno en el cubo. Con su modelo, bello y perfecto, creyó haber resuelto el enigma del plan divino del Universo. La intolerancia religiosa de las autoridades católicas lo obligó a abandonar Austria, donde se desató una implacable persecución contra los militantes del protestantismo quienes fueron excluidos del poder político y económico. Ante la disyuntiva de convertirse al catolicismo o sufrir pena de muerte o el exilio perpetuo, Kepler prefirió la última opción. Fue esta circunstancia lo que le permitió aceptar la invitación del astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) para que se desplazara a Praga (donde Brahe estaba exiliado), iniciándose en 1600 una relación llena de dificultades entre estos dos genios: Tycho es el mayor observador astronómico de la época y Kepler representa el genio teórico. Esta conjunción de personalidades tan diferentes sólo pudo dar resultados positivos para el avance de la ciencia.

Tycho Brahe, el más avanzado conocedor de toda la astronomía de su tiempo, nunca aceptó el modelo copernicano; propuso un sistema geoheliocéntrico, intermedio entre el geocéntrico de Ptolomeo y el heliocéntrico de Copérnico. En el sistema de Brahe, el Sol gira alrededor de una Tierra inmóvil, pero los demás planetas lo hacen en torno al Sol. De este modo Tycho proponía un sistema del mundo que era aceptado por quienes rechazaban el ptolemaico y seguían considerando el de Copérnico contrario al sentido común y a la narración bíblica. Su sistema fue ganando notoriedad especialmente tras el repudio de católicos y protestantes al modelo heliocéntrico. Sus pacientes observaciones (especialmente las que hizo por más de veinte años sobre el movimiento de Marte) terminaron por demostrar la validez del de Copérnico. En 1572 observó la explosión de una estrella supernova cuyo estudio le permitió concluir que el astro se encontraba mucho más allá de los planetas, en la esfera de las estrellas fijas, donde por definición no podían presentarse cambios, contribuyendo así al derrumbamiento de la concepción aristotélica de la perfección e inmutabilidad de esa perfectísima esfera. Un fenómeno astronómico parecido y con las mismas consecuencias filosóficas fue observado por Kepler en 1604.

Tycho Brahe poseía los mejores datos acerca de los movimientos planetarios, inclusive mucho más precisos que los de Copérnico, pero Kepler sólo pudo disponer totalmente de ellos después de la muerte del astrónomo danés. Los datos de Brahe obligaron a Kepler a aceptar que su modelo cosmológico no era adecuado; impulsado por su profunda religiosidad intentó salvarlo recurriendo a otras figuras geométricas: círculos y óvalos, pero los datos observacionales tampoco le ayudaron. En la ciencia no hay lugar para los juicios de valor en el proceso de elaboración de una teoría. Lo que le sucedió a Kepler (y a tantos otros hombres de ciencia de ayer como de hoy) ejemplifica perfectamente que “el hombre que investiga la naturaleza lo hace con los deseos, prejuicios y vanidades que son inseparables de la pobre condición humana; pero, frente a los insobornables hechos, hay un instante en que el investigador debe abandonar sus deseos, sus prejuicios y sus vanidades; éste es el duro momento en que un verdadero científico se manifiesta superior al resto de los mortales”, comenta Ernesto Sábato,21 un físico que abandonó las altas torres de la ciencia para escalar después, las también altas de la literatura, donde ha brillado con luz propia. Kepler finalmente acudió a las elipses y, con ellas y los datos que disponía, calculó las órbitas y movimientos de los planetas. A partir de ese conocimiento empírico dedujo sus famosas tres leyes del movimiento planetario: 1) los planetas describen órbitas elípticas, uno de cuyos focos lo ocupa el Sol (esta ley eliminó los innecesarios epiciclos y excéntricas que aún usaba Copérnico en su teoría); 2) el área barrida por el radio vector Sol-planeta, es proporcional al tiempo empleado; 3) los cuadrados de los tiempos de las revoluciones planetarias son proporcionales a los cubos de los semiejes mayores de las órbitas; las dos primeras aparecieron en su obra de 1609 Astronomia Nova y la tercera en la posterior Harmonices Mundi. Estas leyes permitieron una descripción matemática y sencilla de los movimientos de los planetas del sistema solar, que no obstante, no explicaban por qué los planetas las obedecían, aunque Kepler llegó a sospechar que la respuesta estaba en una fuerza producida por el Sol (él hablaba de una extraña “fuerza arremolinada” centrada en el astro rey), sospecha que no pudo demostrar por carecer de las herramientas matemáticas fundamentales para tal empresa: “La gravedad es la mutua tendencia corporal entre cuerpos de la misma naturaleza hacia la unidad o el contacto… de tal modo que la Tierra atrae a una piedra mucho más de lo que la piedra atrae a la Tierra”. Es interesante anotar que la metodología de trabajo que emplearon Kepler y Tycho es similar a la que actualmente se emplea en astrofísica y cosmología, en donde “a diferencia de las otras áreas experimentales, en la astrofísica y sobre todo en la cosmología no se hacen experimentos de laboratorio en el sentido tradicional de recrear un fenómeno un número arbitrario de veces para hacer mediciones precisas. No podemos crear una estrella o un agujero negro en el laboratorio, mucho menos recrear el Big Bang. Para los cosmólogos el experimento del universo ya ha sido realizado. Basta con recoger los datos y hacer el análisis”, como lo precisa el científico colombiano Sergio Torres, del Centro Internacional de Física de la Universidad Nacional de Colombia.22

Cuando Copérnico derrumbó la idea platónica de una Tierra inmóvil en el centro del Universo y con los demás astros girando alrededor de ella, todavía durante muchos años se mantuvo la concepción, también platónica, de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol tenían que ser circulares. Kepler tardó años en demostrar que eso era falso, inclusive contrariando su modelo inicial. Sus tres leyes del movimiento planetario representan uno de los grandes logros de la ciencia: “El placer que he experimentado con este descubrimiento no puede expresarse con palabras… No prescindí de ningún cálculo por difícil que fuera. Dediqué días y noches a los trabajos matemáticos hasta comprobar que mi hipótesis coincidía con las órbitas de Copérnico o hasta que mi alegría se desvaneciera en el aire”. Una demostración de que la verdad científica surge cuando los datos del experimento están en armonía con los hechos observados y que la mejor ciencia se hace planteando las preguntas más apropiadas y usando posteriormente los procedimientos experimentales con mayores probabilidades de proporcionar respuestas con sentido. Sus tres leyes permitieron al astrónomo alemán predecir el tránsito de Venus (paso de este planeta por delante del Sol, visto desde la Tierra) de 1631 y posteriormente extenderlas para explicar el movimiento de los cometas y de las lunas de Júpiter y Saturno. Una importante característica de la ley científica es la capacidad que tiene de dar razón de otros fenómenos a los inicialmente explicados, predecir la existencia de otros hechos. Esta característica es universalmente válida, como lo demuestra el caso de la desintegración beta (protones y neutrones intercambian su naturaleza y se liberan otras partículas atómicas) y la aparente violación del principio de conservación de la energía. La conservación de la energía es uno de los principios sacrosantos de la física y a finales de los años 1920 el estudio de la emisión de electrones por parte de núcleos atómicos radiactivos (radiación beta), parecía violar esta ley. Durante la desintegración beta un núcleo atómico emite un electrón, que es una partícula ligera con carga eléctrica negativa. La ley de conservación de la energía exige que durante el proceso la energía que se lleva la partícula emitida deba ser igual a la energía que pierde el núcleo. Los científicos esperaban que el electrón formado llevara la misma cantidad de energía que tenía inicialmente el núcleo, pero las medidas experimentales demostraban que eso no sucedía. El eminente físico Niels Bohr tuvo el atrevimiento de proponer que la ley de la conservación de la energía no era válida a escala atómica y en 1931 expresó públicamente que “en el estado actual de la teoría atómica podemos decir que carecemos de argumento, desde el punto de vista tanto empírico como teórico, que sustente el principio de la energía en el caso de las desintegraciones de rayos beta, e incluso nos puede conducir a dificultades y complicaciones si pretendemos hacerlo”.23 Parecía que se estaba ante un experimento que falsaba sin objeción una teoría científica. Al lado de la concepción de Bohr se alineó Werner Heisenberg, pero otros científicos como Wolfgang Pauli, Ernst Rutherford y Paul Dirac se mostraron reacios a abandonar la ley de la conservación de la energía y consideraban que Bohr estaba siguiendo un camino completamente erróneo. Para explicar la contradicción entre la ley y el experimento, Pauli sugirió, a finales de los años 1930, que durante la desintegración beta se emitía otra partícula, junto con el electrón, la cual se llevaba la energía que hacía falta para seguir respetando el principio de conservación de la energía. A dicha partícula Enrico Fermi la llamó neutrino (pequeño neutrón, en italiano) y le señaló sus principales características. Veinte años más tarde la predicción de Pauli se cumplió cuando se demostró la existencia del elusivo neutrino. Bohr solamente vino a aceptar la validez de la conservación de la energía en el nivel atómico y la existencia del neutrino, en el año 1936. La posibilidad de predicción que tiene la ley científica se debe a que “existen… unos ritmos y unas formas en los fenómenos naturales que no son aparentes a simple vista sino sólo con la lupa del análisis. Son esos ritmos y formas a los que denominamos leyes físicas”, según las palabras del físico y premio Nobel Richard Feynman.24 Las leyes y teorías científicas, respaldadas por la evidencia experimental, permiten predecir y manipular los fenómenos del mundo, pues ellas describen con veracidad la naturaleza del mundo; si eso no fuera así, “el éxito obtenido por las ciencias habría que considerarlo milagroso”25 y los milagros no tienen cabida en la explicación científica. Posición que contrasta con la mantenida por el filósofo idealista Ludwig Wittgenstein, quien niega la posibilidad de explicar el mundo a través de las leyes científicas sosteniendo que “en toda la visión moderna del mundo subyace el espejismo de que las llamadas leyes de la naturaleza son las explicaciones de los fenómenos de la naturaleza”.26 Cuenta el filósofo alemán Rudolf Carnap (1891-1970) que a él le pareció que Wittgenstein sentía verdadera repugnancia por la actitud racional e impasible del científico, así como toda idea que tuviera algo que ver con las ‘Luces’, de modo que no es raro entonces que el filósofo vienés fuera escéptico ante la idea de que la ciencia pudiera dar una explicación de los fenómenos naturales.27 La ausencia de leyes naturales haría al mundo completamente caótico, nuestras experiencias se tornarían un revoltijo de sensaciones inconexas y de este marasmo resultaría imposible extraer el concepto de “objeto material”. Las leyes de la naturaleza garantizan la capacidad de identificar la presencia de ‘cosas’ que existen con independencia de nuestras impresiones y emociones. A partir de ello avanzamos hacia la certeza de la existencia de una realidad exterior independiente de nosotros mismos, en relación a la cual adquirimos nuestro propio ‘yo’. Es gracias a la existencia de leyes naturales, que dan alguna uniformidad al mundo, que nuestra conciencia puede desarrollarse.

Kepler y su trabajo fueron excepcionales; con razón el físico francés Dominique François Arago (1786-­‐‑1853) lo valoró con estas exaltadas palabras: “La gloria de Kepler está escrita en los cielos y ningún progreso de la ciencia puede oscurecerla. Los planetas en la sempiterna sucesión de sus movimientos lo proclamarán siglo tras siglo”. Cuando Johannes Kepler murió en Ratisbona, hizo grabar en su tumba un poético epitafio compuesto por él mismo: “Medí los cielos, y ahora las sombras mido. En el cielo brilló el espíritu. En la tierra descansa el cuerpo”. Este científico logró sus importantes descubrimientos gracias a que tuvo la honestidad y, para la época, valentía intelectual de delimitar campos entre teología y ciencia al sostener que “en teología sólo es válido el peso de la Autoridad, pero en filosofía sólo cuenta el peso de la razón”. La física, al abandonar el lastre de las explicaciones aristotélicas del mundo, se aliaba ahora con el método cuantitativo de la medición; en palabras de Kepler: “Cuanto más alejada se encuentra una cosa de su cuantificación, tanto más obscura y expuesta a error sigue”; la geometría, como las matemáticas, se habían alejado del reino de la especulación pura para ser inferidas de los patrones de la naturaleza: “Más que entregarme a las especulaciones de la geometría abstracta, he buscado la geometría allí donde se expresaba realmente, en los cuerpos del mundo”.

El método científico le permitió a Galileo y Kepler pasar de la observación de hechos particulares a establecer leyes de carácter cuantitativo, por medio de las cuales se podían predecir y explicar otros fenómenos naturales; los hizo chocar con sus contemporáneos, pues las conclusiones alcanzadas por el italiano y el alemán enfrentaban la naturaleza de las creencias de la época, y también “porque la creencia en la autoridad había impulsado a los eruditos a limitar a las bibliotecas sus investigaciones, y los profesores estaban angustiados ante la sugestión de que podría ser necesario contemplar el mundo para saber cómo es”, como lo apunta Bertrand Russell.28 El trabajo de los hombres de ciencia ha demostrado que el método científico es en esencia de una notable sencillez: la observación de los hechos permite el descubrimiento de las leyes generales que los rigen; los pasos de observación y de deducción de una ley son esenciales y, al igual que la ciencia, susceptibles de un afinamiento indefinido.

NOTAS

1. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Moscú, Editorial Progreso, 1986, p. 29.
2. En la primera página del libro de Copérnico se lee: “Ningún erudito ha de sentirse ofendido ante la idea de una Tierra móvil y un Sol fijo, pues el autor no lo ha cometido, en su obra nada reprochable, ya que es propio del astrónomo examinar la historia de los movimientos celestes a través de una concienzuda observación, para luego idear o imaginar acerca de ello causas o hipótesis cualesquiera –ya que de ningún modo podrán alcanzarse las verdades– sobre la base de las cuales podrán calcularse correctamente dichos movimientos, pues el astrónomo adoptará la que sea más fácil de captar”. Esta primera página fue en realidad escrita por Andreas Osiander, quien fue el editor del De revolutionibus. Citado por Jordi Urmeneta y Antoni Navarrete, ¿Hay alguien ahí?, Barcelona, Océano, 2002, p. 35.
3. Thomas Khun, La revolución copernicana, Buenos Aires, Orbis, 1985, p. 23.
4. La importancia del trabajo astronómico de Hiparco fue valorada por el romano Plinio el Viejo con las siguientes palabras: “Hiparco hizo una cosa muy audaz, algo que incluso en un dios sería meritoria: numeró las estrellas para beneficio de sus descendientes y nombró las constelaciones. Para ello hubo de inventar instrumentos con los que poder señalar sus diversas posiciones y magnitudes de tal suerte que pudiera descubrirse con facilidad no sólo si las estrellas nacen y perecen, sino también si algunas de ellas cambian de posición o si se mueven, y si su magnitud crece o decrece. Los cielos fueron su legado para la humanidad, si es que alguien puede reclamar semejante herencia”.
5. Engels, Dialéctica de la naturaleza, México, D. F., Editorial Grijalbo, 1961, p. 205.
6. Khun, Op. cit., p. 259.
7. Engels, Dialéctica de la…, p. 5.
8. Steven Soter, Definición de planeta, Investigación y Ciencia, marzo, 2007, p. 7.
9. Ibid, p. 10.
10. Ibid, p. 13.
11. Ernesto Sábato, Uno y el universo, Bogotá, Planeta, 2001, p. 74.
12. La publicación del Sidereus Nuncius llevó a Galileo a polemizar abiertamente con la visión oficial de la Iglesia, a la vez que lo convirtió en un astrónomo reconocido en toda Europa, fama que se extendió hasta China. Además hizo que el científico italiano se convirtiera en “el más prominente valedor de la imagen copernicana del mundo y un provocador que socavaba la concepción geocéntrica defendida por la Iglesia”, como lo expresa el ya citado Jürgen Renn. Pronto surgieron voces que señalaban la incompatibilidad del sistema heliocéntrico con la sagrada Biblia y se puso en marcha la tétrica maquinaria del Santo Oficio.
13. A partir de sus investigaciones sobre el movimiento, Galileo intentó avanzar una teoría mecánica para el origen del sistema solar: él imaginaba que el Creador había dejado caer cada uno de los planetas desde un punto determinado en dirección al Sol, para desviarlos después hacia una órbita específica, con lo cual el planeta terminaba por circundar al astro central con una velocidad determinada por la caída precedente. Habría que esperar hasta la genial propuesta de Kant y el desarrollo de la exploración espacial en el siglo XX para empezar a entender el origen de nuestro sistema de planetas.
14. Albert Einstein y Leopold Infeld, La evolución de la física, Barcelona, Salvat, 1993, p. 22.
15. Algunos filósofos escolásticos se negaron a aceptar la invitación de Galileo para observar a través de su telescopio y comprobar por ellos mismos la existencia de los cuatro cuerpos celestes por él descubiertos. Ellos se aferraban tercamente a la autoridad de Aristóteles. El sacerdote jesuita y matemático de origen alemán Cristoforo Clavio inicialmente se opuso a la existencia de los planetas medíceos, a los que consideraba ilusiones ópticas. Después de hacer él mismo cuidadosas observaciones terminó por convencerse de la existencia de ellos y reconoció “que es necesario cambiar la actual concepción del mundo, no pudiendo ésta de ninguna forma sostenerse ya”.
16. Kepler le manifestó a Galileo solidaridad “en contra de los atrabiliarios enemigos de las novedades, a quienes se les antoja increíble, profano y nefando, cuanto desconocen y cuanto excede los límites acostumbrados de las minucias aristotélicas”.
17. Un ejemplo más de lo que puede hacer la contundencia de la evidencia científica lo aporta Galileo cuando cuenta que Antonio Santucci, matemático de la Universidad de Pisa, “habiéndose puesto en su vejez a estudiar la doctrina de Copérnico con la esperanza de poder refutarla con fundamento (puesto que la creía falsa sin haberla analizado jamás), le sucedió que tan pronto como se hizo experto en sus fundamentos, desarrollos y demostraciones, se persuadió de ella, y de impugnador se convirtió en firmísimo defensor”.
18. La publicación del Diálogo estuvo precedida por la aparición en 1618 de tres cometas sucesivos, de los cuales el tercero mostró un brillo extraordinario. El fenómeno astronómico desencadenó un enconado debate donde Galileo participó activamente. El debate estaba atravesado por cuestiones astronómicas y filosóficas: ¿los cometas estaban en la atmósfera terrestre de acuerdo a las tesis aristotélicas, o en los cielos, según la propuesta de Tycho Brahe? La respuesta a esta pregunta comprometía a la dualidad Tierra-­‐‑Cielo. Otra pregunta tenía que ver con la trayectoria precisa que seguía el tercer cometa: ¿su camino se explicaba en el marco de la teoría geocéntrica, o de la heliocéntrica?
Además se planteaba la cuestión sobre el papel de la autoridad y la independencia racional en la investigación científica. La realidad material, la validez de la teoría de Copérnico le dieron la razón a Galileo por encima de los argumentos de fe.
19. Citado por Moisés González en su excelente Introducción en Galileo. Carta a Cristina de Lorena, Barcelona, Ediciones Altaya, 1994, p. 25.
20. Albert Einstein, Sobre la teoría de la relatividad, Madrid, Sarpe, 1983, p. 70.
21. Sábato, Op. cit., p. 33.
22. Sergio Torres, El Nobel de física, Colombia y el universo, Innovación y Ciencia, volumen XIII, #4, 2006, p. 22. El astrónomo real de la Gran Bretaña, Martin Rees, sostiene algo semejante: “El cosmos nos ofrece un laboratorio en el que podemos comprobar las leyes de la naturaleza en condiciones extremas que no pueden conseguirse en Tierra”.
23. Wolfgang Pauli, Escritos sobre física y filosofía, Madrid, Editorial Debate, 1996, p. 251.
24. Richard Feynman, El carácter de la ley física, Barcelona, Ediciones Orbis, 1986, p. 1. Este libro recoge una serie de siete conferencias que Feynman dictó en Cornell University, en 1964. La conferencia primera, La ley de la gravedad, un ejemplo de ley física, destaca un aspecto dialéctico de las leyes físicas: son simples en su forma y complejas en su acción, y desmiente la tesis idealista que niega la existencia objetiva de leyes que rigen el mundo material, suponiendo que ellas son una construcción del pensamiento. El desarrollo de la tecnología nos revela la existencia de leyes naturales sólidamente reales y no nos permite caer en la metafísica idealista de creer que la objetividad de la naturaleza es sólo un sueño.
25. Luis Alonso, Realismo científico. De la física a la metafísica, Investigación y Ciencia, julio 2008, p. 95.
26. Citado por Steven Weinberg, El sueño de una teoría final, Barcelona, Crítica, 1988, p. 31. En el año 1100 el importante filósofo de origen persa, Al-­‐‑Ghazali (1058-­‐‑1111), se oponía a la existencia de las leyes de la naturaleza pues ellas terminaban atando las manos de Dios. Según el musulmán un pedazo de algodón que se expone a una llama no arde ni se oscurece por causa del fuego, sino porque Dios lo quiere así.
27. El filósofo y matemático alemán Oswald Splenger (1880-­‐‑1936), admirador de Mussolini, en su obra La decadencia de Occidente, sostenía haber descubierto las leyes que permitían explicar el desarrollo, decadencia y muerte de las civilizaciones, leyes que llevaban a predecir la desaparición ineludible de la civilización contemporánea. Siguiendo a Splenger, Wittgenstein se mostraba escéptico y pesimista frente a los avances de la moderna civilización. Igualmente el escritor austriaco Kart Kraus (1874-­‐‑1936) veía en el moderno desarrollo científico y tecnológico el inicio del fin de la humanidad; Kraus llamaba a esto la “visión apocalíptica del mundo” y bajo su influencia Wittgenstein dice: “La visión apocalíptica del mundo es, rigurosamente hablando, aquella según la cual las cosas no se repiten. No resulta insensato creer, por ejemplo, que la época científica y técnica sea el principio del fin de la humanidad; que la idea del gran progreso sea una ilusión que nos ciega, al igual que la idea del conocimiento completo de la verdad; que en el conocimiento científico no hay nada bueno ni deseable y que la humanidad que se esfuerza por alcanzarlo se precipita en una trampa. No es para nada claro que lo anterior no sea cierto”. (Citado por Gustavo Ortiz Millán, del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, en Ideas y Valores, número 137, agosto de 2008, p.176). Aquí también vale la pena recordar que para el filósofo Martin Heidegger el fascismo representaba una vía válida para ponerle freno al desbocado progreso científico y tecnológico.
28. Bertrand Russell, La perspectiva científica, Madrid, Sarpe, 1983, p. 33.

Noviembre-Diciembre 2009

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  1. […] La revolución galileana: De lo   teórico a lo experimental […]

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