El silencio de Dios y la lucha por el reconocimiento

Por: Aníbal Venegas
Fuente: http://www.elclarin.cl ( 27.04.09)

Ocurre que hubo quienes existieron bajo el alero de un bien y un mal establecido, acurrucados y enmudecidos en la penumbra de la irrevocable soledad. Un día llegaron mensajeros provenientes de tierras lejanas tocando sus puertas: se trataba de sujetos altos, bonachones, poseedores de una oratoria incomprensible y repleta de refutaciones y dicterios. Venían desde muy lejos con el fin último de enseñarles el correcto sendero de la vida pues el de ellos –se les informó- se encontraba atiborrado de maldad, grosería, concupiscencia, de inexorable oscuridad.

Entendieron muy pronto que hasta aquel entonces habían suspendido la existencia en una vida inservible y defectuosa, por lo cual el único remedio para saldar todas sus profundas deudas frente a ese Dios extraordinario y ajeno, era sumergirse en el silencio. El silencio era el castigo merecido para los blasfemos y sólo hasta que entregaran la última reserva de su atormentado espíritu, Dios abandonaría su hermetismo y comenzaría a tocar sus corazones. Todavía aguardan por ese momento…

Aún en nuestro tiempo los pueblos iluminados por la Cruz del Sur aguardan el mensaje del Dios creador, ese mensaje del amor insondable y la esperanza dispuesta a existencias distintas a esta, reservadas para un mundo fabuloso y con un sentido incomparable y extraordinario. Dadas las extrañas y paganas usanzas existentes en estas tierras antes de la llegada de los legionarios de Dios, las filosofías y religiones aquí pactadas han debido ser entregadas al olvido. Creo sin embargo que este olvido no ha sido programado gracias al triunfo de la voluntad del ser o al de su propia historia. De ahí que la filosofía misma haya mirado desde muy lejos esta problemática, argumentando de manera fenomenal la renuncia, la soledad y la desesperación de una humanidad en la que otros todavía no pueden encontrarse a sí mismos. Y todavía Dios guarda silencio.

Entender la metafísica, la axiología y en síntesis, cualquier manifestación espiritual e intelectual de los pueblos originarios de Latinoamérica implica una sistematización de la historia de su filosofía. Tal sistematización necesariamente alude a las bases del continente. Sólo a partir de aquello es posible estructurar una visión organizada de su devenir intelectual, insoslayablemente silenciado o a menudo mal interpretado por las corrientes de pensamiento occidentales. En este sentido, nuestro tiempo es testigo de la lucha por el reconocimiento en la cual se ven inmersos los pueblos originarios de Latinoamérica: esta lucha trata de desnudar lo que ellos son en esencia, a saber, todo lo que su seno alberga en cuanto a identidad y espíritu, en cuanto a ser, voluntad, belleza y tiempo. Entonces debemos tratar de centrar la atención (como dijera Nietzsche en otro tiempo) más allá del bien y del mal, pues la trinchera de resistencia creada a partir de la renuncia, el cansancio y la indiferencia de Dios ha surgido como antagonista a un reconocimiento moderno con el cual no existe -ni podrá jamás existir- identificación. Nuestra mirada debe estar centrada en otro sentido, como muy bien expresa Axel Honneth: “la mirada debe dirigirse a las prácticas de humillación o envilecimiento a través de las cuales les es escatimada a los sujetos una forma fundada de reconocimiento social y con ello una condición decisiva de la formación de su autonomía”[i]. Nuestra misión es romper las barreras del silencio.

Pero ¿Por qué reflexionar respecto a este silencio? ¿Es que la filosofía es la culpable del aislamiento de los pueblos de América? ¿Cómo podría reflexionar Platón o Aristóteles, San Agustín o Séneca respecto a realidades que ellos ni siquiera podían lograr intuir? He ahí nuestro problema, he ahí la interrogante ¿Es posible desocultar la veracidad más auténtica del espíritu de los que en América son estructura y origen, basados en el logos de historias y experiencias tan distintas, magnas y ajenas? Creo que no. Es por ello que en el presente ensayo me ocupo de contemplar someramente lo que tres de los más grandes modernos, Kant, Hegel y Nietzsche, creyeron del sujeto en tanto ente universal. Y a partir de lo que ellos postularon, los pueblos originarios de América y su lucha por lograr huir de los imperios del silencio.

Ese silencio filosófico es la fuente intelectual de la cual obtiene su vitalidad la indiferencia de Dios. De ahí que la historia del pensamiento haya medido a los colonizados desde sus cimas. De la sensibilidad de los pueblos se ha dicho todo y con los más exhaustivos análisis: desde la metafísica y la fenomenología, hasta la sistematización de la fealdad y la belleza. Kant: “en el alemán se mezclan la sensibilidad de un inglés y la de un francés [en cambio] los negros de África carecen por naturaleza de una sensibilidad que se eleva por encima de lo insignificante […]. Los negros son muy vanidosos, pero a su manera, y tan habladores, que es preciso separarlos a golpes. Entre los salvajes no hay ningún pueblo que demuestre un carácter tan sublime como los de Norte América”[ii]. Y en tanto que salvajes, es decir, sujetos crueles y feroces, recios en virtud de su pseudo espiritualidad, estos pueblos han debido esconder en lo más profundo de sí todo cuanto concernía a su verdadera humanidad, pues lo que es moderno, auténtico, inmanente y trascendente no pudo –en los tiempos de Kant- visibilizarse. No quedaba más remedio que refugiarse en la soledad: el silencio de Dios imponía tal estado en el espíritu.

Producto del silencio, los pueblos originarios jamás pudieron ofrecer auténtica filosofía desde el amor y la pasión. En este sentido, la actual lucha por el reconocimiento trata de ir más allá de lo que en occidente se ha interpretado de sus actos, de sus omisiones, de sus miedos y sus cansancios. Todavía hay quienes creen al bueno de Kant cuando espeta: “[…] Únicamente el europeo ha encontrado el encanto sensual de una inclinación poderosa con tantas flores y penetrarlo con tantos elementos morales […]. De todos los salvajes, sólo entre los canadienses disfruta, en realidad, la mujer una gran consideración. Acaso aventajan en ello a nuestros países civilizados”[iii]. De ahí que en el sur, tierra dominada por la más genuina decadencia de las ideas modernas y la indiferencia de aquel ente austero, distante y ajeno que es Dios, la lucha por el reconocimiento emerge como la resistencia delirante contra la inexorable verdad: ellos, sujetos obcecados y repletos de exigencias, que existen sólo en virtud de la mera voluntad divina y producto del acaso, que en síntesis no son más que sujetos a posteriori, no pueden constituir sinceridad. Claro que refutar las ideas de Kant a estas alturas se torna un ejercicio inútil; en tanto filósofo, ya fueron sus omisiones sepultadas por el peso de la historia del pensamiento. Sin embargo, resulta paradójico que la lucha por el reconocimiento, esa batalla incansable por lograr liberarse de las cadenas del silencio, trate de de abandonar esas visiones que a nosotros nos parecen tan lejanas y que al mismo tiempo, son la prueba fehaciente de que los pueblos castigados por la incomprensibilidad todavía no han logrado huir de la indiferencia; indiferencia del alma, indiferencia de las ideas, indiferencia de la filosofía, indiferencia de Dios.

Hegel también erró cuando se refirió a la razón y al sujeto. Para Hegel “el europeo sabe de sí, es objeto de sí mismo; la determinación que él conoce, es la libertad; se conoce a sí mismo como libre […]. Los hombres son todos racionales; lo formal de esta racionalidad es que el hombre sea libre; esta es su naturaleza, esto pertenece a la esencia del hombre. Y no obstante, ha existido en muchos pueblos la esclavitud y en algunos todavía existe; y los pueblos están contentos.”[iv] Hegel pareciera desconocer los mecanismos de dominación que provocaron que el sujeto latinoamericano no haya logrado ser libre ¿Cómo es posible afirmar que la mera no-conciencia-de sí mismo (en términos eminentemente modernos, o lo que es igual, europeos) es el único motivo por el cual los pueblos desconocen lo que en sí les es inmanente, es decir, la libertad? Creo que el gran problema en nuestro tiempo es que el concepto de libertad no es visto como la condición necesaria para exteriorizar sin reservas lo que los pueblos son en sí mismos, basados en última instancia en cuestiones como los Derechos Humanos. Por el contrario: esa forma de libertad occidental, con su pasado, historia, presente o futuro constituye la única manera de enfrentar la problemática del Ser. Entonces, la libertad –y por lo tanto, la percepción y concepción de ella- es una cuestión eminentemente vinculada con la Razón, la estética y metafísica moderna: de ahí que los pueblos se debatan en una lucha por el reconocimiento de sí mismos, sino ¿Cuál es el fin de establecer una búsqueda del espíritu si lo que se quiere encontrar ya ha sido definido a priori?

En este mismo sentido, creo firmemente que una gran problemática a superar para acabar con los imperios del silencio es la cuestión de la conciencia histórica y su exclusiva relación con la racionalidad occidental. Los pueblos originarios que hoy en día luchan arduamente por exteriorizarse, por desvincularse de la alienación de la que han sido víctimas y por el reconocimiento que les es propio, no se basan necesariamente en ésta. Pienso que Hegel los margina cuando dice que “solamente el pensar es la esfera donde toda alienación es eliminada y donde el espíritu es absolutamente libre, es en sí mismo. Alcanzar este fin es el interés de la idea, del pensar, de la filosofía”. La pregunta es ¿Cómo es posible alcanzar ese fin? A través de la voluntad. Pero cuando hablamos de voluntad, nuevamente surge un inconveniente pues tal estado ha sido definido en tanto es el camino para especificar lo que lo uno es con vistas a una conciencia moderna de sí: y la lucha por el reconocimiento planea exteriorizar un nuevo fin último del sujeto en tanto materia y espíritu, y la voluntad moderna que nosotros entendemos, vivimos o experimentamos surge como antagonista para tales fines.

Nietzsche, como todo filósofo moderno, creía en la voluntad del sujeto. En este sentido, fue lo suficientemente lúcido para detectar la enfermedad de esa voluntad: la moral cristiana: “con ayuda de la eticidad y de la camisa de fuerza social el hombre fue hecho realmente calculable”[v]. Lo que Nietzsche ignoró, creo, fueron las condiciones sociales que se oponían al triunfo de la voluntad inclusive más allá del bien y del mal. Ni siquiera vale la pena mencionar su total indiferencia (cómo la de tantos otros filósofos) respecto a la enfermedad de la voluntad de los pueblos distintos a los del hegemónico occidente. Siguiendo a este autor, por un lado constituye un acierto su crítica a la moral cristiana: sin lugar a dudas que la lucha por el reconocimiento de los pueblos originarios halla sentido en esto (aunque para estos pueblos sólo existe el silencio por parte de Dios), pero a la vez, no puede identificarse con la idea moderna de voluntad, de voluntad de poder en última instancia. Creo que ante todo, la alienación del ser de los pueblos originarios ha obstaculizado el triunfo de su albedrío; de ahí que su disminución en tanto hombres y mujeres de carne y espíritu, su silenciamiento y la diferencia que respecto a ellos experimenta Dios, no opera bajo los parámetros del mero querer ser. Tal estado sólo es posible de presenciarlo cuando la lucha por el reconocimiento sea de una vez por todas comprendida.

De esta manera, creo que la lucha por romper el silencio de los pueblos originarios se vincula con un distanciamiento de todo cuando se ha dicho y no se ha dicho de su ser, de su ética, de su estética y de su racionalidad. Es fundamental aclarar que en nuestro tiempo y a lo largo de la historia, no ha sido sólo Dios quien ha guardado silencio. La humanidad en su totalidad se ha encargado de dificultar la búsqueda y como dijera Nietzsche “¿De qué modo podría producirse algún día nuestro encuentro?”. De ahí que la tarea de la filosofía es fundamental pues permitiría aventurarnos a una exploración de lo que nosotros somos o al menos, tratar de aproximarnos a nosotros mismos. Pero la tarea debe ser constante pues habrá que remar en un océano cuya corriente es demasiado intensa y antes de que las olas de la historia sepulten los últimos vestigios de la más auténtica humanidad, vale la pena continuar navegando. Espero que no sea para siempre.

anibal.venegas@gmail.com

Una respuesta

  1. «Pretendo interpretar al mundo de la izquierda, “de la verdadera”, no de aquella otra, la pusilánime, la tibia, la conciliadora, aquella que, poco a poco, se ha ido acomodando al actual status, aquella que se ha dejado cooptar por el poder imperante.» La verdad, quería comentar estas palabras del dueño del blog (al cual acabo de entrar). Desde el punto de vista de una derecha (desde la cual miro), le diré que en los últimos veinte o treinta años una de las buenas noticias de la humanidad quizá sería precisamente esa superación de cuestiones limítrofes como «izquierda» y «derecha», porque, a la hora de las maduras, para vivir bien en una ciudad importa más saber arreglar alcantarillas y procurar agua y gas a cada casa, que discutir sobre si Clara Zetkin o Zinoviev eran o no lo suficientemente comunistas «puros». Precisamente una de las cosas que me da esperanza es que los izquierdistas de ahora son mucho más razonables y civilizados que los de cuando era muchacho, que andaban siempre con lo del Ernesto Guevara y Vietnam y diciendo que los ricos eran malos y los pobres eran buenos y cosas así. Mucha agua ha pasado debajo del río. Y quizá lo mejor haya sido que nos hemos vuelto no más pusilánimes, pero sí más razonables, más -sí- conciliadores, más cooperantes unos con otros. Los pobres no son unos canallas, ni los ricos tampoco. Basta de demonizar a los otros. Los comunistas también creían en una vida decente y honesta, y hasta en la Unión Soviética los que estaban más arriba en la cúpula socialista como miembros del partido vivían no tan distinto de como vivían la clase media profesional de un país europeo, e inclusive con ciertos ribetes de burguesía, dicho sea en honor a lo bueno de la vida, puesto que nunca he visto que las cosas por las cuales se acusaba a los burgueses de ser malvados fueran en sí malas, sino todo lo contrario. Y no se trata tanto de «acomodarse al status» sino de compartir el poder y las responsabilidades. De ponerse la corbata los de izquierda y de quitárnosla los de derecha (e inclusive de bañarnos desnudos en el río los conservadores, una experiencia divina, lo concedo, ojalá la hubiera disfrutado hace treinta años, pero entonces creía demasiado en mis ideas), de hacer gerentes y capitanes de empresa socialistas o mártires en huelga de hambre por el capitalismo. Los roles se intercambian. ¿Es tan malo? El capitalismo también está en cambio, y no creo que nuestros nietos crecerán con las mismas expectativas que nuestros hijos. Ciertamente, en mi vida lo he visto con mi generación, pero para bien. En los últimos veinte años Latinoamérica ha reducido su pobreza y han aumentado la riqueza y el número de personas acomodadas en casi todos nuestros países. No creo que eso sea tan malo. Ni creo que sea tan malo reconocerlo. Creo que debemos ver juntos los problemas, porque los problemas no somos uno para el otro, sino los que unos y otros debemos enfrentar.

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