El dolor de nuestro tiempo

Por: Aníbal Venegas
Fuente: http://www.elclarin.cl (14.01.09)

Hace aproximadamente treinta mil años, no existían sobre la tierra seres vivos más allá de los descritos por la mitología: eran las hadas, las sirenas, los cíclopes y los iracundos gnomos quienes se dividían la naturaleza y la riqueza que de ella emanaba. La intuición no era la única herramienta para reconocer el mundo como se solía pensar, pues más allá de los sentidos existía magia suficiente y una cuota exuberante de califragilística para convivir sin problemas con los bosques y los océanos, la montaña y las planicies diversas.

Sin embargo –y por desgracia- habitaba entre tanta perfección el hombre, animal de figura debilucha y bulbosa, incapaz de correr siete leguas con dos zancadas o de trepar las moreras que por ese tiempo acariciaban las solitarias estrellas. Quizá a modo de compensar su temprana insignificancia, la naturaleza quiso proveerlo de razón, inteligencia y sentimientos… ¡Qué mala elección!¡Cuánto no supo el hombre aprovechar tan magna gracia!

La música, la filosofía, la matemática, la física, la historia, la literatura o la pintura: ninguna de estas maravillosas creaciones ha servido para encontrar solución a los problemas del ser humano, a su cansancio y a su desdicha, a sus deudas profundas. Ni siquiera el Tarot, método antiquísimo de adivinación, ha podido otorgar respuestas que se aproximen someramente a la luz lejana que se vislumbra al final de la caverna. Por el contrario, nos hemos dedicado durante siglos a pavimentar el camino de las guerras, el hambre y la miseria, de la aniquilación de otros y otras en pos de convicciones políticas e ideológicas, siempre justificando la masacre y el dolor pues la antigua sentencia de los sabios de oriente “ojo por ojo y diente por diente” (Aún cuando a menudo sólo exista un ojo y un solo diente) todavía impera en la conciencia humana, después de tantos años y después de haber experimentado tantas masacres.

Hoy la comunidad internacional está siendo testigo directo de una matanza sostenida e inmisericorde, increíble en pleno siglo XXI, donde las víctimas fatales pronto sobrepasarán las mil unidades, me refiero al conflicto Israel- Palestina ¿Quién iba a pensar que el país fundado por uno de los pueblos que más ha sufrido de persecución, tortura y soledad en toda la historia de occidente, hoy en día esté ejecutando a niños inocentes sin remordimientos y al contrario, con orgullo y gallardía pues entiende que así está castigando a un enemigo? Hablemos sólo de la vida; pasemos por alto la miseria y arrinconamiento al que ha llevado Israel al pueblo Palestino, al éxodo obligado de miles de hombres y mujeres de esta última nación que durante siglos y por generaciones residieron en la zona ¿Qué piensa Israel de la vida de los otros? ¿Qué opina la comunidad internacional de esto?

Gran parte de la comunidad judía internacional se ha manifestado a favor de Israel. Sin ir más lejos, la novísima plataforma de control social y de la payasada gringa “Facebook” ofrece una parrilla bastante profusa de judíos e incondicionales que consideran que Israel debe acabar lo más pronto posible con los “terroristas”. Aún en el caso improbable que tales “terroristas” efectivamente constituyeran una amenaza real para el colosal poderío bélico israelí tutelado por la nación del norte de América ¿Son los civiles o esos terroristas quienes están muriendo día a día? Sin ir más lejos una serie de videos que circulan libremente por la Internet muestran a niños arrojados entre las polvorientas calles, descomponiéndose bajo el inclemente sol de medio oriente, acariciados por la dura vegetación de cardos y cactus que han resistido tantos siglos de existencia. Ellos y ellas son las víctimas de esa maldita y estúpida guerra.

Pero la vida de nuestro tiempo poco y nada vale. Antes bien es preciso indicar que los asesinatos cesarán una vez que el otro, es decir el “enemigo” (que en el caso de Palestina será acaso un número reducido de sujetos rabiosos en virtud de la real carestía de otras herramientas que no sea la violencia para reclamar todo lo perdido) interrumpa sus planes y deponga el fuego. En el 2001 Estados Unidos dio carta blanca a una guerra contra ese “terrorismo” ejercido por una docena de gatos descritos con nombres y apellidos por el oficialismo del gobierno de turno, para así aniquilar a cientos de miles de civiles y encarcelar injustamente en Guantánamo a cientos de otros elegidos al boleo en los países de oriente ¿Mueren tres y asesino a cincuenta mil? ¿Esa es la lógica? Pareciera que así es y la explicación de toda esta barbarie viene dada por el total desprecio del hombre hacia el hombre, por considerar todavía en el siglo XXI, el tiempo de los avances y de las lavadoras supersónicas, que lo uno es lo bueno y lo otro (Negros, Africanos, Indígenas, Musulmanes, etc.) todavía se encuentra empantanado en la maldad original, en la oscuridad perpetua del alma y de los sentidos ¿Hasta cuándo?

Lo peor de los conflictos bélicos es que niños y niñas inocentes ven interrumpidas sus vidas y existencias por las bazucas y tanques magistrales que fueron ideados por el imaginario espeluznante y maquiavélico de cientos de científicos que han entregado su intelecto a esa vomitiva empresa. Esos inocentes de toda culpa, ven de pronto iluminadas sus caras con el destello ensordecedor de los misiles que interrumpen su continuidad acá en la tierra y escuchan con horror las estridentes bombas que caen una a una sobre los edificios sagrados que albergan lo único que hoy día otorga sentido a la existencia de esos pueblos castigados por el miedo y la desolación –y que los asesinos se empecinan en tachar obcecadamente como albergues de diversos artefactos explosivos-; ellos son los que finalmente satisfarán las plegarias y anhelos de cientos de Judíos y otros tantos que apoyan esta guerra, guerra que se sabe ganada de antemano pues las supuestas víctimas se han elevado desde el comienzo como los victoriosos, los vencedores.

Hoy en día la comunidad mundial tiene una responsabilidad y es la de demostrar el profundo rechazo hacia la muerte de los inocentes. Cerremos los ojos y olvidemos las amenazas, ideologías y querellas; sólo pensemos en la vida. La vida –es sabido por todos- nos pertenece en tanto sujetos capaces de accionar y reaccionar, en tanto constructores de la historia, de sus dichas y sinsabores y es por ella por quien debemos luchar. Hay que salir a la calle y demostrar nuestras exigencias, pues es la única esperanza y garantía que nos queda en este escenario de soledad, dolor, angustia y desconsuelo al que somos empujados constantemente, y que muy pronto, en unos treinta años o un poco más, nos llevará a olvidar entre otras cosas que alguna vez convivimos en armonía con los seres mitológicos, y que en otro tiempo remoto la naturaleza nos dotó de razón, inteligencia y sentimientos, con el fin último de perfeccionar una dicha que ya existía sobre la faz de la tierra.

anibal.venegas@gmail.com

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