El imaginario de emancipación socialista y la descolonización del pensamiento marxista (I)

Por: Javier Biardeau R.
Fuente. http://www.aporrea.org (16.01.09)

Los movimientos nacional-populares que se viene activando en las sociedades de Nuestra América vienen configurando el horizonte ideológico de nuevos imaginarios socialistas, colocando en la agenda interrogantes sobre el lugar de la tradición marxista y su papel en las transformaciones en curso. En múltiples intervenciones hemos apostado por la tesis de la des-colonización y des-dogmatización de la tradición marxista, como premisa indispensable para la renovación de un imaginario socialista, idea que se articula constitutivamente con los planteamientos de una revolución democrática y ético-cultural contra-hegemónica. Esto conduce a descolonizar la propia tradición de la izquierda marxista, lo que supone un proceso de desmontaje, dislocación, desprendimiento y apertura hacia nuevos horizontes de reflexión teórica, que marcan un más allá del canon político-cultural del euro-centrismo. En sentido estricto esto implica una doble negación en el seno de la tradición marxista: la superación del reformismo socialdemócrata y del marxismo-leninismo; es decir, de las internacionales euro-céntricas. Ha llegado el tiempo de provincializar las falacias universalistas. También hay una agenda de producción de conocimientos que puede y debe enunciar que nuestro Norte es el Sur. ¿Implica esta doble superación una liquidación del programa de investigación-acción marxista? En absoluto, implica al contrario su radical apertura y renovación. De este manera, el imaginario de los nuevos socialismos desde el Sur adquieren una densidad histórico-cultural que se arraiga en la especificidad y particularidad de las circunstancias concretas, sin abandonar la problematización de la condición existencial del género humano, entendida como conjunción de experiencias diferenciales de círculos civilizatorios, culturales y nacionales. No hay humanidad en abstracto, existen humanidades diversas, encarnadas en la multi-versidad histórica, en el diálogo intercultural. Por cierto, diálogo intercultural, que es condición de posibilidad para otros socialismos, incluso de imaginarios comunales, distintos de cualquier figura del industrialismo del colectivismo burocrático, armado desde una plataforma eco-política que pone al descubierto el mal-desarrollo del ciego industrialismo, del productivismo y de la mentalidad adquisitiva-consumista. Esto supone una ruptura aun más profunda de las inercias desarrollistas, mas que la del indispensable giro epistemológico, articulado al pensamiento complejo, descolonizador, que supere la crisis de una modernidad en ruinas.

Sabemos hoy desde donde se elaboraron los universalismos abstractos, sus marcos categoriales y conceptuales, sus “a priori” históricos. Reconocemos sus dispositivos epistemológicos, sus apuestas ontológicas y sus principios éticos. Sabemos desde cuáles lenguas legítimas, desde cuáles aparatos hegemónicos se enuncian y se legitiman verdades. Sabemos cómo se acreditan campos intelectuales y como y transcurre la legitimación de la dominación simbólica. Hoy la palabra “intelectual” es un signo problemático cruzado por su función de soporte de múltiples regímenes de poder. “Intelectual” hoy es un signo que distingue y articula una función social específica a determinados proyecto epistémicos, político y culturales. Hay que desconfiar entonces, de las proyecciones de pureza, honestidad e incontaminación de los “intelectuales”; pues en cierto sentido, son el nuevo “clero” de la modernidad. Aunque en Europa, la revolución francesa liquidó en cierta medida el calado de las supersticiones religiosas diseminadas por el bloque de poder dominante, instaló la superstición de la autoridad simbólica en los intelectuales ilustrados, sin considerar que eran portadores de su propio horizonte ético-mítico. En la América poscolonial, ambas fuentes de autoridad se disputaron la hegemonía intelectual y moral sobre lo que consideraron un campo popular sometido a clasificaciones raciales, plagado de la necesidad de un “poder pastoral”, y de un “mando coercitivo”. La cruz y la espada, han sido modificadas por la incitación al consumo y el derecho a morir de hambre. Como todos los humanos, los intelectuales no están exentos de una precariedad para descentrase de la multiplicidad de inserciones, filtros e identificaciones ideológicas y culturales. Aun así, el más deshonesto intelectual es el que no hace explícita su toma de postura ideológica y su trasfondo de prejuicios ético-culturales. Más que ideas, el liberalismo de las elites, encubre la colonialidad de sus marcos ético-míticos. Por esto, aquí hablamos sin ambigüedades del imaginario socialista, de la necesidad de comprender la dinámica de compromisos, de solidaridades, así como del distanciamiento crítico para superar los cuadros del desarrollismo. Sabemos que la verdad produce poder tanto como que el poder es condición de posibilidad de determinado régimen de verdad. Y en la anterior afirmación, hay múltiples estratos y ramificaciones del sentido.

Los intelectuales orgánicos al proyecto socialista deben dar paso al espacio del intelectual colectivo socialista, contribuyendo al establecimiento de una malla de espacios para fortalecer la reflexión crítica sobre el curso del proceso revolucionario. Por tanto, una reivindicación de la crítica irreductible de los dogmas y codificaciones de la tradición marxista, es imprescindible para postular la relevancia de marxismos abiertos, críticos y heterodoxos, para reimpulsar el programa de investigación-acción socialista, que asuma la tarea de la descolonización frente a las realidades específicas de Nuestra América. Con esto queda claro, que es pasando por el des-aprendizaje de lo aprendido sobre la falacia desarrollista, que una cierta constelación de perspectivas marxianas, pueden entroncarse creativamente con las corrientes histórico-culturales de emancipación en curso. El viejo socialismo burocrático ya no tiene nada que decir para renovar el imaginario socialista. Hay que apostar por un socialismo descolonizador, afirmación aparentemente paradójica, pues implica asumir la descolonización del propio socialismo euro-céntrico. Para esta tarea, es pertinente la deconstrucción de las codificaciones marxistas euro-céntricas, fracturando el régimen de sentido de las grotescas deformaciones del pensamiento marxiano tardío, que había colocado en suspenso cualquier interpretación de su pensamiento como un modelo histórico-filosófico de secuencias universales evolutivas. Aquí, Marx superó al marxismo. Una lectura rigurosa del pensamiento marxiano permite postular la articulación de una concepción materialista de las historias en plural, con un método dialéctico cada vez menos atado a los cuadros mentales de Hegel. En el seno del programa de investigación marxiano adquirió relevancia la crítica radical de la economía política burguesa como naturalización de un régimen de explotación salarial. Allí, Marx pone cabeza abajo una ciencia social burguesa, y su modo de producir y legitimar un campo de objetividad socio-histórica, cuyos “ceteris paribus” eliminaban la posibilidad de transmutar sus “leyes de tendencia” ajustadas a determinadas condiciones históricas, producto de la emergencia de la intervención consciente de la acción colectiva revolucionaria. Marx logro cuestionar el espejismo de naturalizar relaciones sociales históricamente determinadas. Pero no cuestionó la identificación con los espejismos ético-míticos del occidentalismo, impidiendo deslastrarse del desarrollismo, de su burocratización del mundo de vida y de la reproducción de una función de mando, presa del mito de la neutralidad ideológica de las fuerzas productivas. Pero hoy sabemos que los manantiales de riqueza son muy distintos a la opulencia contaminante del metabolismo social del Capital.

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