Releyendo a Kropotkin

Por: José Luis Carretero ::
Fuente: http://www.lahaine.org (09.01.09)

Al llegar al fondo del proceso de descomposición y decadencia social, el pensamiento despierta, dado el impulso, la revolución surge.

Dice Pedro Kropotkin en su libro “La moral anarquista” que hay épocas en que “todo lo que había de bueno, de grande, de generoso, de independiente en el hombre, se enmohece poco a poco, se oxida como un cuchillo sin uso. La mentira se convierte en virtud, el aplanamiento en deber.

Enriquecerse –sigue diciendo el barbudo decimonónico- gozar del momento, agotar su inteligencia, su ardor, su energía, no importa cómo, llega a ser el desiderátum de las clases acomodadas, así como también el de la multitud miserable, cuyo ideal es el de parecer burgués”

Es la era de la mesocracia, así llamada por José Ingenieros, esa masa informe generada por el cretinismo social en la que cada uno busca tan sólo su propio interés inmediato, en una coexistencia transformada en una lucha sin fin por la supervivencia en la que las banderas del oportunismo, la mentira y la pequeña astucia son las marcas del ser humano “listo”, perfectamente adaptado a un universo que difícilmente puede ser denominado ya con el vocablo “sociedad”.

“Siembra la vida a tu alrededor, admite que engañar, mentir, ser astuto, es envilecerte, empequeñecerte, reconocerte débil, desde luego; ser como la esclava del harén, que se cree inferior a su señor”, nos dirá Pedro Kropotkin como ejemplo de proyecto vital que fundamenta una ética de expansión de la vida, de fecundidad de la existencia. Una ética que, sin duda, será ridiculizada, minusvalorada, arrojada lejos de sí por el hombre posmoderno –pues de él estamos hablando. Si el fin de la existencia es tan sólo la pequeña ventaja inmediata y el egoísmo estrecho, si la política, como dijera Durruti en su último discurso, es sólo el arte de las zancadillas, el ser humano honrado es, en palabras de Balzac, “el enemigo común”. Su factura debe ser impensable; sus valores, provocar la hilaridad; sus esfuerzos, ser vistos como un sinsentido infantiloide.

Y sin embargo, la llamada a ser fuerte, a ser generoso, a ser valeroso, a marcarse un sentido de vida exigente y constructivo, a expandir y aún derrochar (pues la vida sólo crece esparciéndose, regalándose) las propias fuerzas vitales, esa llamada maldita que provoca escépticos meneos de cabeza en el intelectual posmoderno, todo él “savoir vivre”, no puede ser ahogada desde el fondo de lo que vive, de lo que se siente crecer y está dispuesto a derribar los obstáculos que impiden su génesis.

Pero todo labora en contra del hombre completo y vital, del ser humano productivo. Una entera cultura de la decadencia, conscientemente construida desde los think tanks filosóficos, sociológicos, psicológicos y un sin fin más de disciplinas del saber reconvertidas hacia el control social, rodea por entero al ser humano, anegándolo en la negatividad y la pasividad. Todo vale: el consumo masivo de drogas, la ignorancia disfrazada de subcultura, la propaganda travestida de esparcimiento, la depresión convertida en tono vital.

“Se fuerte: desborda de energía pasional e intelectual, y verterás sobre los otros tu inteligencia, tu amor, tu actividad”. Pero recuerda que frente al televisor no hay actividad posible, que desde la incultura (y hay quién, creyéndose superior a sus abuelos por una educación reglada repleta de lagunas y prejuicios, no abre un libro en su vida) siempre se embiste al mismo trapo rojo de quien te torea y que desde la gramática de la desesperación y el no futuro no se puede construir más que la enfermedad y el vacío.

Construir, producir, aprender, fortalecer una voluntad de acero en un cuerpo abierto a todos los goces y a todos los aires del intelecto. Ser múltiple, ser capaz, ser laborioso, ser creativo, transformar. He ahí una apuesta.

Al llegar al fondo del proceso de descomposición y decadencia social –dice, también, Kropotkin- otra oscilación del péndulo se hace inevitable:
“La juventud se emancipa poco a poco, arroja los prejuicios por la borda, la crítica vuelve. El pensamiento despierta desde luego en algunos; pero insensiblemente el despertar gana la mayoría; dado el impulso, la revolución surge”.

¿No va siendo ya la hora del final de la noche en que los primeros gallos tempraneros empiezan a cantar desde el Levante (allí donde queda la Hélade)?.

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